12 enero 2007

No todos los dictadores mueren igual (V)


Ante Pavelic

En el juego de espejos y afinidades que se ponen en movimiento cuando un dictador otorga o busca refugio, algunos reflejos alcanzan la figura de Juan Domingo Perón (en la foto, junto a Franco), gobernante argentino que a pesar de algunos rasgos autoritarios no puede considerarse dentro de la categoría de los dictadores. Pero que supo confraternizar con los que sí lo fueron. Durante sus años de exilio fue huésped de Somoza y de Franco. Y durante sus años de gobierno Agentina alojó a uno de los dictadores más feroces del siglo XX, como es el caso de Ante Pavelic, líder de la Croacia fascista en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Pavelic, autor de crímenes masivos que –según reza la leyenda– asquearon a sus aliados de la Alemania nazi, no fue el único ustacha en vivir bajo el gobierno de Perón.

La presencia en Argentina de criminales de guerra, tanto alemanes como croatas, ocupa un capítulo largamente debatido en la historia de ese país. Ha sido objeto de revelaciones tanto de artículos periodísticos (Horacio Verbitsky en Página 12) como de libros de investigación (La auténtica Odessa, de Uki Goñi). Aunque varias fuentes insisten en la connivencia de algunas autoridades con ese exilio semi clandestino (Pavelic llegó con nombre falso y sotana de sacerdote), los documentos oficiales de la época guardan las formas de la legalidad internacional.

La embajada yugoslava en Buenos Aires pidió reiteradamente la extradición de Pavelic (foto), ante lo cual, el 7 de agosto de 1947, el Subsecretario Político de la cancillería argentina respondió que se estaban realizando las "diligencias que, pese a no haber dado hasta el presente resultado favorable, se prosiguen activamente". Esta insistencia de la diplomacia yugoslava evitó que el criminal de guerra croata tuviera un retiro tranquilo en Argentina, por lo que buscó las aguas menos agitadas del Paraguay de Stroessner. Pavelic encontró la muerte –también por causas naturales- mientras era huésped de la España de Franco.

==Quinta parte de once

* 1- No todos los dictadores mueren igual
* 2- Trujillo
* 3- Los Somoza
* 4- Stroessner y Batista
* 6- Salazar
* 7- Los coroneles
* 8- Idi Amin
* 9- Macías Nguema
* 10- Pol Pot
* 11- Fines de otoño

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de enero de 2007)

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19 julio 2004

El puente de Mostar

Ya no tiene sus muñones de piedra contenidos por una red de alambre que los protegía como una gasa improvisada. Tampoco está la plataforma flotante en la que una empresa turca intentaba rescatar bloques de piedra de las verdes aguas del Neretva. Volvieron, eso sí, los clavadistas que se lanzaban desde su punto más alto en las festividades de verano.

Fue reconstruído, finalmente, el viejo puente de Mostar, en Bosnia-Herzegovina. La comunidad internacional invirtió una buena suma de dinero para que esa antigua joya de la ingeniería otomana, volada por la artillería croata para borrar la presencia musulmana en la ciudad, pudiera ser levantada de sus cenizas y se erigiera en un símbolo de una nueva convivencia interétnica. Invitados especiales, fuegos de artificio, y danzas folklóricas ecuménicamente mezcladas en un mismo programa, dieron el marco para que el prodigio de los re-constructores tuviera una adecuada repercusión mundial. Y en efecto, en las imágenes se lo vio casi idéntico a las viejas fotos del viejo puente.

Un equipo de Televisión Española, sin embargo, intentó ir un poco más allá del decorado, y buscó la palabra de los habitantes del lugar. Del informe que realizaron se desprende que el puente que une las dos orillas del Neretva, todavía separa a los habitantes del lado católico croata de los del lado bosniomusulmán. Una mujer, de la que no se podía deducir a qué ribera pertenecía, a lo sumo podría pensarse que no era musulmana por la ausencia de pañuelo, aunque ese no es un signo definitivo, decía que la reconociliación sólo era posible para aquellos que no lo habían perdido todo con la guerra. “Mataron a mis hijos y a mi esposo, me quedé sola en el mundo, y veo a quienes los mataron caminar libres por la calle, no, no puedo perdonarlos”, explicaba, serenamente, con un edificio labrado a balazos como telón de fondo.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2004)

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04 junio 2004

Montenegro: la tierra nunca conquistada

No cabe duda que es una frontera. El minibus que parte una vez al día de la cercana Dubrovnik deja a sus ocupantes en el puesto migratorio y da por terminada su parte. La policía croata revisa los documentos con cierta despreocupación y pone los sellos de salida. A partir de ese momento se hace necesario recorrer a pie una zona de nadie que tiene más de un kilómetro de extensión. Los antiguos enemigos no tienen intención de verse las caras y quien quiera viajar a Montenegro deberá pasar por una experiencia que parece salida de los tiempos de la cortina de hierro.

Nada más alejado del resto de Europa, donde se pasa de un país a otro sin apenas darse cuenta, o donde, a lo sumo, el cambio de soberanía se salda con un rápido trámite que se hace encima del ómnibus o del tren. Pero ahora estamos en la península de Prevlaka, y aquí los guardias fronterizos se toman en serio su trabajo y su enemistad. En esta zona, durante la primera mitad de los años noventa, el enfrentamiento no fue entre serbios y musulmanes, sino entre croatas y montenegrinos. Y eso se nota.

Acabamos de bajar del minibus y ya nos han puesto el primer sello en el pasaporte. El tramo de tierra de nadie que debe recorrerse a pie se hace en silencio y casi manteniendo la misma fila que se había formado ante la primera garita. Cuatro daneses arrastran pesadas valijas mientras que una mujer croata y sus dos hijas se desplazan más livianas de equipaje. Tras algunos minutos de caminar en esa carretera de montaña se llega a Montenegro. Allí un agente anota cuidadosamente los nombres y el número de pasaporte de cada viajero, tras lo que se debe andar unas cuadras más para llegar a otro ómnibus, éste montenegrino, que espera con la proa apuntando hacia el lado equivocado. En ese tramo la ruta es tan angosta que no se entiende muy bien cómo va a poder dar la vuelta y tomar la dirección correcta. El procedimiento es lento pero el conductor parece hacerlo de memoria. Va maniobrando hasta quedar con parte del chasis trasero pendiente del abismo y las ruedas arañando el borde del asfalto. Entonces gira todo el volante y acelera para casi rozar con el paragolpes delantero la pared de la montaña, arrancándole al motor un ruido de protesta y a sus pocos pasajeros un suspiro de alivio.

Perast

Una vez que deja la frontera y los primeros kilómetros a campo abierto, el ómnibus realiza uno de los recorridos más bellos del Adriático. Tras atravesar los suburbios de Herceg Novi se bordea un fiordo de aguas color turquesa que se interna tierra adentro contenido por la montaña. Como sucede en toda la ex Yugoslavia, espantosas estructuras industriales, ya inactivas, conviven con la apacible vida campesina. Aquí se le suma una interminable serie de casas de dos plantas, a medio reciclar, que ofrecen alojamiento para turistas de paso en alguno de los dormitorios de la familia. De tanto en tanto también pueden verse chalanas de pescadores y los omnipresentes tractores balcánicos. Pero la naturaleza es la que reclama mayor atención. La lengua de mar se ensancha en algunos tramos y obliga a la carretera a dibujar un amplio arco que hace más lento un trayecto que se debate entre el deseo de los locales de llegar rápido a casa, y la conspiración en la que nos hemos embarcado con los daneses para controlar mentalmente el tiempo y lograr que ese viaje costero no termine jamás. Montenegro es un país antiguo y sabio, por lo que logra dosificar ambas necesidades. Justo en el momento en que la ruta se libra de las curvas más pronunciadas y el chofer acelera el paso, aparece ante las ventanillas del ómnibus la bahía de Perast.

Podría decirse que no está en las guías turísticas pero sería una verdad a medias, ya que no hay guías turísticas de Montenegro, pero merecería ser la fotografía de tapa de cualquier publicación que quiera atraer visitantes al país. Un pueblo del siglo XV, con rastros de la lejana Venecia en su arquitectura de piedra, cuelga casi en ruinas sobre una bahía en cuyas aguas quedaron petrificadas dos islas diminutas en las que apenas caben, en una, un templo ortodoxo, y en la otra un monasterio católico. Ahora sí el ómnibus puede llegar rápido a destino que nadie le reclamará al paisaje un gramo más de su cuota de belleza.

Kotor

Montenegro nunca fue conquistada pero siempre debió defenderse. Eso es lo que transpira la envejecida piedra gris de la fortaleza de Kotor, unos kilómetros más allá de Perast en el camino que lleva hacia Albania. La fortaleza trepa siguiendo la forma de la montaña, se refuerza con bastiones de tanto en tanto y llega a la cumbre, inexpugnable. La ciudad vieja está apretada allá abajo, dentro de la cápsula protectora de los muros que defienden lo que ha quedado a nivel del mar. A cada paso es posible encontrar las molduras de inspiración veneciana que han dejado el relieve de un león o un escudo de armas sobre el travesaño de un portal. Laberíntica y de calles estrechas, tiene, sin embargo, no menos de tres plazas en las que se agrupan las iglesias, los cafés y los tres hoteles.

De una de las iglesias cuelga una enorme bandera de seda con los colores serbios y una letra en cada una de las cuatro esquinas de la cruz. Es un acrónimo de la frase que ha acompañado por siglos la reafirmación nacionalista de los serbios: Sólo la unidad salvará a Serbia. Resulta inevitable recordar que esa misma cruz con esas mismas cuatro letras era la que se pintaba, con la desprolijidad de la guerra, sobre las ruinas de las casas no serbias que acababan de ser incendiadas en el interior de Bosnia. Acá, sin embargo, hablan de la voluntad de la mitad de los montenegrinos de continuar unidos a sus hermanos de sangre. “Siempre con Serbia, nunca sin ella”, es el lema de los partidarios de mantener la unidad entre los dos pueblos eslavos dentro de una misma entidad política, hoy llamada Serbia y Montenegro, último jirón del complejo entramado de la vieja Yugoslavia. La otra mitad del país quiere la independencia, tal vez como un modo de alcanzar un despegue económico más que como una reivindicación identitaria. Los montenegrinos no deberían tener problema de identidad. Ellos son quienes son. Todos los demás vinieron más tarde o debieron aceptar la mezcla de sangres impuesta por la conquista otomana. Esa convicción, en lugar de volverlos xenófobos, hace de Montenegro uno de los últimos experimentos exitosos de convivencia interétnica de los Balcanes.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 4 de junio de 2004)

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22 agosto 2003

Crónica de Travnik: La amargura de los cónsules

Hasta fin de año, el dilema sobre la nacionalidad de Ivo Andric se podrá resolver como lo hizo la editorial Debate en la escueta ficha biográfica de la solapa de Crónica de Travnik. Hasta diciembre alcanzará con decir que Ivo Andric es yugoslavo. Pero en enero de 2003, cuando ya esté aprobada la Constitución de la unión de Serbia y Montenegro, y se haya completado el proceso que comenzó este 14 de marzo y que llevará a la extinción de la tercera Yugoslavia, no alcanzará con una respuesta tan simple. ¿Cuál será entonces la nacionalidad de este escritor de familia y educación croata, nacido en una aldea austrohúngara que ahora pertenece a Bosnia-Herzegovina, y que fue diplomático al servicio de la monarquía serbia? De algunas facetas de este problema hablan las páginas de Crónica de Travnik, un libro que el paso de los años ha vuelto todavía más autobiográfico.

La acción, que se inicia el último viernes de octubre de 1806, transcurre en tiempos de las guerras napoleónicas, en una ciudad bosnia bajo control otomano, Travnik, a la que llegan dos cónsules: el francés y el austríaco. En la biografía de Andric es posible rastrear los insumos de los que se valió para crear esta historia. Siendo él mismo cónsul en París del Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos, embrión de la primera Yugoslavia, se sabe que leyó en profundidad la correspondencia de Pierre David, que fuera cónsul francés en Travnik. En esos tiempos, Andric combinaba una intensa tarea literaria con su trabajo diplomático, campo en el que en 1935 llegó a ser jefe del Departamento de Asuntos Políticos, paso previo a su designación como Ministro de Relaciones Exteriores de Yugoslavia, en 1937. A pesar de esa doble actividad, Andric no olvidaba el proyecto literario que desembocaría en la Crónica de Travnik, y en 1938 logró obtener toda la documentación correspondiente al trabajo de los cónsules austríacos que sirvieron en Travnik entre 1806 y 1817, Paul von Mittesser y Jakob von Paulich. En su libro, Andric mantuvo los apellidos de estos cónsules.

Crónica de Travnik es un libro amargo. Sus personajes centrales , los cónsules austríacos y el cónsul de Bonaparte, trazan un cuadro de desencanto y pesimismo, que nace tanto del entorno hostil en el que se ven obligados a vivir, como en la convicción de que sus intentos para consolidar la influencia de sus imperios en esa tierra musulmana están condenados al fracaso. Resulta inevitable relacionar este tono sombrío con la última etapa de la vida diplomática de Andric bajo la primera Yugoslavia, que coincidió con el momento en que su investigación sobre “el tiempo de los cónsules” empezó a tomar forma literaria.

==Primera parte de tres

* 2- El pacto con el Eje
* 3- La literatura como refugio

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en agosto de 2003)

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18 agosto 2003

El pacto con el Eje

El 1° de abril de 1939 parecía que la carrera de Ivo Andric en el servicio exterior había tocado su punto más alto. Se le había encomendado una misión todavía más delicada que cuando se le confió el Ministerio de Exteriores. El 19 de abril presentó sus credenciales como embajador yugoslavo ante el canciller alemán: Adolf Hitler. Eran las semanas previas a la invasión alemana de Polonia, y su ubicación en el ojo del huracán tenía el objetivo de preservar la integridad territorial yugoslava. Aquí es donde las interpretaciones sobre su papel se bifurcan.

Ivo Andric fue el firmante, en nombre de la Yugoslavia monárquica, del Pacto Tripartito de Viena, por el cual Yugoslavia se unía al Eje Roma-Berlín-Tokio y abandonaba su neutralidad en la Segunda Guerra Mundial. Al otro día una insurrección popular, con apoyo del ejército, depuso al monarca y denunció el pacto. Entonces Belgrado comenzó a ser bombardeada por los alemanes. La biografía oficial de Andric asegura que el acuerdo con Hitler fue realizado directamente desde Belgrado, salteándose al escritor, y como prueba ofrece una carta de renuncia que no fue aceptada, lo que lo obligó a ser el firmante del Pacto de Viena.

Otras fuentes presentan una visión muy diferente. En el número de 1962 de la revista Studia Croatica, Ivo Bogdan asegura que la firma del Pacto de Viena no sólo no se hizo a espaldas de Andric, sino que la verdadera misión de Andric en Berlín era llevar a Yugoslavia a una alianza con Hitler. Para la biografía oficial del escritor, que presenta la Fundación Andric, su regreso a Belgrado luego de iniciados los bombardeos fue un acto de valentía, mientras que para Bogdan habría sido la consecuencia natural de su alineamiento con la ocupación alemana.

Lo que a Bogdan le llama más la atención no es esta jugada pro-alemana de Andric, sino su posterior entendimiento con Tito. Una vez derrotados los nazis, Andric es elegido diputado yugoslavo dentro de la lista de la Liga de los Comunistas. Es imposible no asociar este episodio con las páginas finales de Crónica de Travnik, en las que una vez derrotado Bonaparte, el cónsul francés cambia de bando.

==Segunda parte de tres

* 1- Crónica de Travnik: La amargura de los cónsules
* 3- La literatura como refugio

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en agosto de 2003)

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10 mayo 2002

Cuaderno de los Balcanes 01: Split/ Croacia


El ómnibus a Sarajevo va a partir del perón tres de la terminal de Split, Croacia. Junto a la terminal queda la estación de trenes y enfrente el puerto al que llegan los ferrys de Ancona. Un viejo maletero me habla en italiano. No hay en su voz esa afectación melosa que busca agradar al extranjero para que deje una propina. Piensa que estoy llegando a la ciudad y me ofrece un cuarto en alquiler. Cuando le digo que en verdad no llego, sino que me voy, parece respirar aliviado. Ahora puede recostarse tranquilamente al muro de hormigón de la terminal y hablarme del tiempo, como si los dos fuésemos viejos maleteros a la espera de turistas.

Lleva la camisa abierta y en su cara asoman los indicios de una barba canosa que no afeita desde hace por lo menos un par de días. Respira con ese resoplido de los hombres gordos entrados en años que se ven obligados al trabajo físico, pero la gorra azul de maletero, algo desarmada, coronada con un número cinco, le da un aire de dignidad. Lo convierte en una referencia de autoridad, a juzgar por la cantidad de ancianas que le preguntan por el lugar de partida de su coche, intentando asegurarse de que sea verdadero el número de andén que está escrito en su boleto. Cuando llega mi ómnibus nos despedimos con un movimiento de cabeza y esa mirada displicente de los viejos amigos que saben que sólo se alejarán por un rato y luego volverán a charlar de nada en la esquina de siempre.

Saldré rumbo a Mostar, ciudad dividida de Bosnia-Herzegovina, en el ómnibus a Sarajevo. ¿Pero existe realmente Sarajevo? Recién lo sabré dentro de tres días. Por ahora Sarajevo es un ómnibus sucio de dos pisos, que en otro lugar sería lujoso pero aquí está envejecido y maloliente. Por ahora Sarajevo, o su promesa, son tres viejas campesinas que pagan el boleto en marcos alemanes y hablan un idioma incomprensible; aunque vecino, suena distinto que la límpida entonación de los croatas educados de la ciudad.

El chofer enciende el motor. A lo lejos la sirena de un barco anuncia que ha llegado a puerto. El cielo se despeja. Nada parece indicar que exista Sarajevo. Las viejas campesinas se han quedado en el piso de abajo. Me ubico en el asiento que está frente al enorme parabrisas superior. Tengo la sensación de ir suspendido sobre el paisaje. Todo está por verse. El viejo maletero mira con seriedad la partida del ómnibus. Viendo su postura de maletero, su gorra con el número cinco, uno juraría que ha estado todo el día llevando y trayendo las valijas de los pasajeros que viajan en los ómnibus que van a Sarajevo. Pero todo es mentira. Él es sólo una parte más del decorado. Todos, incluso las tres campesinas que hablan en serbio y pagan en marcos alemanes, saben que no existe Sarajevo.

Escucho el crujido de la caja de cambios, el motor encendido, pero todavía no nos hemos movido del perón número tres. Suben otros dos pasajeros. No los veo pero siento cómo se mece el ómnibus mientras pisan los tres escalones cubiertos por una moquette empercudida. Sólo las cortinas turquesas están limpias.
Salimos. El maletero se queda sentado sobre su carrito. Pensativo. La mirada perdida. Un inmenso ferry italiano espera en puerto. Por la ventanilla pasan una ambulancia de la cruz roja y el perfil de mármol y piedra del palacio de Diocleciano. El Adriático a un lado. Las vías del ferrocarril al otro. El sol, de frente, me quema la cara.

Atrás queda Split, la ciudad que eligió el emperador para morir. Su palacio es ahora la ciudad antigua, con calles de mármol y elegantes boutiques que venden prendas de grifas europeas. Lo que queda de su palacio se refleja también en esas cuerdas de ropa recién lavada conviviendo con columnas romanas que sostienen edificios añadidos en la Edad Media. Se lo mire desde donde se lo mire, se verán ventanas de madera gastada abriéndose como heridas en los muros del palacio. Sofisticado conventillo de mármol. Lo único que sobrevive intacto de la época de Diocleciano está en los subterráneos de la ciudad. Se puede visitar pagando un ticket al funcionario que espera, semioculto, atrincherado en uno de los costados del pasaje de los artesanos. La ciudad quiere tragarse incluso esos restos del palacio e integrarlos a su organismo, quiere seguir devorándolo con su vida bulliciosa, sus peatonales de mármol, sus cafés abiertos hasta la medianoche, sus mesas de metal arrastrándose en plena madrugada cuando cierran las discotecas. Pero todavía queda un trozo de pasado en manos de la oficina de cultura, a salvo o prisionero. Hay dos entradas pero sólo una tiene guardián. En la otra, a veces, los parroquianos de un pequeño bar gritan y dan señales al visitante desprevenido indicándole dónde queda la taquilla.


Adentro, lo que se ve parece a una tumba. Tan acostumbrado se estaba a las columnas enredadas en la vida de la ciudad, que esas oscuras y húmedas estancias imperiales, con sus gruesos muros y sus arcos, más que un palacio parecen un mausoleo. La impresión funeraria no es del todo equivocada, si se piensa que quien construyó el palacio fue un emperador que estaba erigiéndose un lugar para morir. Se sabe, sin embargo, que la construcción que estaba pensada como mausoleo era otra, hoy convertida en catedral, hermosa y profana, con dos leones guardando la entrada y una mujer malhumorada recibiendo turistas a regañadientes y vendiéndoles postales que muestran el interior de la iglesia deformado por un ojo de pez. Parece orgullosa de que haya una iglesia cristiana en el lugar del mausoleo con el que pretendía glorificarse eternamente el que fuera el más cruel perseguidor de los cristianos.

==Primera parte de diez

* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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15 febrero 2002

El juicio a Milosevic 4:
La culpa del otro

Como si tampoco el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia pudiera sustraerse al mito colectivo que asocia las guerras balcánicas a supuestos odios étnicos que hunden sus raíces en la Edad Media, este 12 de febrero la fiscalía comenzó el juicio contra Slobodan Milosevic acusándolo de "crímenes medievales".

En su defensa, el ex hombre fuerte serbio cuestiona la legitimidad de un tribunal al que llama "animal", e intenta inculpar, a su vez, a Estados Unidos. Milosevic sabe que ya está condenado, y por eso juega esta carta. La estrategia no es nueva. La estrenaron los nacionalistas de Croacia cuando el mismo Tribunal Penal Internacional que ahora juzga a Milosevic pidió la captura de varios generales croatas acusados de crímenes de lesa humanidad cometidos contra civiles serbios en 1991. El silogismo de la defensa era el siguiente: el ejército croata actuó con apoyo aéreo y de inteligencia de Estados Unidos; como Estados Unidos jamás participaría de una operación en la que se violen los derechos humanos, entonces el ejército croata no violó los derechos humanos.

Milosevic mejora esta técnica. Por un lado presentar como argumento de defensa su papel de gestor de la paz de Dayton codo a codo con el ex presidente Clinton. Pero a la vez que pretende utilizar a Clinton como testigo de la defensa, intenta sentarlo en el banquillo de los acusados: si no hay un juicio contra la OTAN, él transformará su juicio en una acusación contra Occidente. Con esta jugada quiere presentarse como el defensor del honor nacional serbio, de cara a la interna yugoslava, ya que sabe que la batalla ante la opinión pública internacional la tiene perdida de antemano. Como un Montesinos balcánico, Milosevic agita fantasmas para lograr alguna ventaja menor: si ya se sabe que es culpable, al menos tratará de demostrar que no es el único culpable.

Crímenes de San Vito

Como en todo juicio con un fuerte componente mediático, en este proceso sobran los calificativos, mientras que las pruebas reales permanecen en un segundo plano. Pero existen. El Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia unificó el primero de febrero las tres causas que se seguían contra Milosevic. Ahora deberá responder en un solo juicio a las acusaciones de crímenes contra la humanidad cometidos en Croacia, Bosnia y Kosovo. Como cabeza de la Federación Yugoslava, y como líder máximo de los serbios, se le acusa de ser el cerebro detrás de las atrocidades cometidas por la efímera República Serbia de Krajina (Croacia, 1991), por los serbobosnios en la sangrienta guerra de Bosnia (1992-1995), y por las fuerzas de seguridad yugoslavas en la limpieza étnica contra la población albanesa de Kosovo (1999).

Las actas de acusación abundan en nombres y en episodios concretos, aunque la fiscalía deberá ligar esas masacres a la responsabilidad palpable de Milosevic. Una de las posibles explicaciones de la insistencia en unificar las causas, estaría en que es mucho más fácil probar su responsabilidad en los hechos de Kosovo que en los anteriores. A lo largo de los dos años que se supone que durará el juicio que comenzó el 12 de febrero, se verán una y otra vez las imágenes de los campos de concentración de Bosnia, de las fosas comunes de Kosovo, de los disparos contra la población civil de Sarajevo, y de la matanza de Srebenica.

Será, sin duda, un juicio histórico. Y cuando ingrese definitivamente en los libros de historia, agregará un eslabón más a la cadena de episodios clave que suelen ocurrir en los Balcanes los 28 de junio, día de San Vito. Fue un 28 de junio de 1389 que los serbios perdieron la mítica Batalla de Kosovo frente a los turcos, episodio fundacional de su sentimiento nacional; fue también un 28 de junio cuando un serbobosnio asesinó, en 1914, al heredero del trono austrohúngaro dando la excusa para el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial; y fue un 28 de junio de 2001 que Slobodan Milosevic fue enviado a La Haya para ser juzgado por genocidio.

==Cuarta parte de cuatro, publicado en Brecha el 15 de febrero de 2002

* 1- ¿Criminales o héroes?
* 2- Preguntas en Belgrado.
* 3- Teorías de la conspiración.
* 4- La culpa del otro.

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13 enero 2002

Los Balcanes según Rebecca West (IV)

El puente de Mostar

Rebecca West también quedó maravillada. “Es uno de los puentes más hermosos del mundo. Un esbelto arco une dos torres redondas, y su parapeto forma un ángulo abierto en el centro”. Habla del puente de Mostar, que ya no existe. Sin ningún valor estratégico, fue destruido por el fuego de la artillería croata durante la guerra de los años noventa. Eso era parte de la limpieza étnica. No sólo se expulsaba “al otro” del territorio que se quería para sí, sino que se intentaba eliminar todo vestigio de su presencia histórica en ese lugar. Acabar con el puente, orgullo otomano de esa pequeña ciudad que los croatas católicos compartían con los bosnio-musulmanes, era borrar una parte de la identidad musulmana.

Ahora, cuando se mira desde lo alto de la pasarela de madera y metal que lo ha sustituido, se ve lo mismo que veía Rebecca West en los años inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra Mundial: el río Neretva con sus aguas color verde grisáceo y, en las orillas, las mezquitas y casas blancas entre arboledas y arbustos. Todavía, incluso, es posible dejarse llevar por esas orillas, entrar en alguna de esas casas blancas, acondicionadas como pequeños restaurantes, y en un patio sombreado en el que las bebidas se refrescarán en el interior de una fuente -la Coca Cola bien fría es un concepto inexistente en la Bosnia de hoy- pedir alguno de los especiados platos balcánicos.

Mientras se almuerza, se podría estar viviendo en la misma época en la que Rebecca West visitó Mostar. La época en la que el puente era un majestuoso monumento de piedra y no esos dos muñones de piedra cubiertos por una gran malla verde, que se ha colocado para evitar desprendimientos de escombros. La época en la que las casas blancas y las otras, más antiguas todavía, construídas en piedra rosada, no estaban semiderruidas por el fuego de la artillería. Una época, aquella de finales de los años treinta, en la que los artesanos de la calle que bordea el río Neretva no tenían que ganarse la vida grabando en vainas de obuses la imagen del viejo puente, recuerdo favorito de las fuerzas de la Otan estacionadas en Bosnia. Por treinta marcos se puede incluso lograr que el artesano agregue el nombre del cliente. Pero por tres marcos, dieciocho pesos uruguayos, se compra una lapicera fabricada con una bala punto cincuenta.

==Cuarta parte de seis

* 1- Los Balcanes según Rebecca West (I)
* 2- Los Balcanes según Rebecca West (II)
* 3- Los Balcanes según Rebecca West (III)
* 5- Los Balcanes según Rebecca West (V)
* 6- Los Balcanes según Rebecca West (VI)

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en enero de 2002)

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06 julio 2001

Poesía épica serbia: La saga de Kosovo

Traducida al alemán por Goethe, al ruso por Alexander Pushkin, y al inglés por Sir Walter Scott, la poesía épica serbia de temas medievales llamó la atención de la Europa romántica desde que el viajero italiano Alberto Fortis transcribió algunos textos en su libro Viajes por Dalmacia. Estos traductores de lujo participaban del espíritu de su época, influido notoriamente por la cruzada de Lord Byron a favor de la libertad de Grecia, que al igual que las otras naciones balcánicas intentaba expulsar de su territorio a los turcos otomanos.

Mientras esto ocurría en Occidente, en los Balcanes el siglo XIX abría el ciclo de las interpretaciones nacionalistas de los episodios de la Edad Media que en la década final del siglo XX darían la excusa a la tercera de las guerras que siguieron a la desintegración de Yugoslavia: la guerra de Kosovo entre serbios y albaneses. Cuando las tropas serbias realizaban su limpieza étnica contra la población albanesa en 1999, lo hacían movidos por los discursos del presidente yugoslavo de entonces, Slobodan Milosevic, que había prometido vengar la batalla que perdieron en Kosovo un 28 de junio de 1389 (15 de junio, para el calendario actual) y recuperar el control del territorio que se considera “el corazón de la nación serbia”.

Al decir del escritor bosnio Predrag Matvejevic (foto), lo que Milosevic estaba haciendo era utilizar el mito como arma. Y no habría mito si la batalla no estuviera inscrita “en una poesía nacional de tipo homérico que se halla entre las más bellas de nuestro continente”, asegura Matvejevic. Si bien la épica medieval serbia que llegó a nuestros días está integrada por una decena de temas, su núcleo es la llamada Saga de Kosovo. Una serie de poemas escritos en líneas de entre catorce y dieciseis sílabas que aparentemente comenzaron a escribirse a finales del siglo XV en la República de Ragusa (la actual ciudad de Duvrovnik, en Croacia) por parte de los nobles serbios y sus cortes, que habían sido obligados al exilio por la derrota ante los turcos.

John Mathías, co-traductor junto a Vladeta Vuckovic de la más reciente de las versiones inglesas de esos textos, asegura que los poetas anónimos balcánicos estaban influidos por los romances españoles sobre la lucha entre la Cristiandad y el Islam. Otro estudioso del tema, Svetozar Koljevic, refuta cualquier influencia externa y asegura que se trataba de canciones épicas escritas por campesinos y pastores que luego fueron adaptadas por las cortes en el exilio a la métrica con la que se conocen actualmente. Todos coinciden, sin embargo, en dos aspectos: la versión más autorizada que puede leerse hoy en día es la del polémico musicólogo y lingüista serbio Vuk Stefanovic Karadzic, considerado el ideólogo de la lengua serbocroata y, por lo tanto, visto por los croatas como el negador de la especificidad de su idioma nacional en favor del expansionismo cultural serbio; y un elemento indisoluble de estos cantares es el acompañamiento con la gusla.

Se trata de un instrumento de una única cuerda, de sonido monótono y lastimero, símbolo de supervivencia cultural para los serbios. De la gusla habla Ivo Andric en su libro Un puente sobre el Drina, a la gusla le cabe un papel simbólico en Tres cantos fúnebres por Kosovo de Ismail Kadaré y, para no desmentir la idea de Matvejevic sobre la utilización del mito en beneficio de los nacionalismos radicales, una gusla era el amuleto de varias de las unidades paramilitares serbias en los años noventa mientras cometían crímenes contra la población civil en las guerras de Bosnia y de Kosovo.

==Primera parte de nueve (Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en agosto de 2003)

* 2- La batalla
* 3- El rol de la épica
* 4- El contexto histórico
* 5- La venganza
* 6- La mirada albanesa
* 7- La caída del reino de Serbia
* 8- La mirada turca
* 9- Fuentes

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Guerra y cerveza

Los rostros de los Bad Blue Boys reciclados como paramilitares quedaron registrados en las ilustraciones que acompañan el libro "Guerra y cerveza", de Steve Gaunt, un inglés de 44 años que en 1993 se alistó como voluntario en las fuerzas croatas y que al ser herido se convirtió en fotoreportero. Esta obra muestra una de las caras menos ideologizadas de las guerras que desintegraron la ex Yugoslavia: la de aquellos que peleaban porque no tenían nada mejor que hacer.

El mismo día que Steve llegó a Zagreb, se apersonó en el cuartel de las milicias y pidió que le permitieran combatir contra los serbios. Lo colocaron en una unidad junto a otros tres ingleses y un francés con los que aprendió su primera palabra en croata: pivo, que al igual que en casi todas las lenguas eslavas significa cerveza. Tres días más tarde partía rumbo al frente. Las milicias derechistas croatas le entregaron su primer granada y desde ese momento el diario de Steve es una sucesión de borracheras, combates y aburrimiento. Un día están obsesionados con obtener más armas y al otro se lo pasan en la casa de una muchacha mirando televisión y sumergidos en charlas intrascendentes.

El rumbo de su vida cambia cuando comienza a sacar fotos con una cámara barata de 35 milímetros (son suyas las dos primeras fotos que acompañan este post). Las imágenes que capta tienen el mismo tono que su diario: dos sonrientes jóvenes uniformados jugando al ajedrez mientras se apuntan con sus pistolas; otros dos en un descanso del combate empinándose una botella de cerveza y mostrando la felicidad de un pie desnudo que acaba de liberarse de su bota militar; una formación marcial en la que hay algunos hombres de casco, otros con un pañuelo colocado en la cabeza a la usanza pirata, y hasta alguno que ni siquiera en esa situación deja de beber. No es el fanatismo por una idea, ni la postura cínica de quienes están más allá de cualquier idea; es más bien una forma alegre de la violencia, que hace pensar en las barras bravas de los equipos de fútbol antes que en una patrulla de mercenarios. Una aparente contradicción que se revela como falsa apenas se descubre que muchos de los paramilitares eran hooligans en ropa de combate.

El lazo entre el nacionalismo radical y las barras bravas también tuvo su expresión durante el Campeonato Mundial de 1998. La selección de fútbol de Croacia se convirtió en la revelación del torneo. Los medios especializados de Occidente, y la opinión pública occidental en general, recibían con simpatía cada noticia de los éxitos de los croatas. Era la habitual identificación con los débiles. Resultaba difícil no regocijarse con el hecho insólito de que ese pequeño país recién salido de una guerra, con una extraña camiseta a cuadros rojos y blancos (que pocos sabían que era el símbolo de la Croacia medieval usado durante la Segunda Guerra Mundial por los ustachi fascistas), hubiera podido llegar a la semifinal de una Copa del Mundo.

Pero había una realidad menos agradable por detrás de las victorias croatas. Mientras el aficionado occidental se alegraba inocentemente con los goles de Croacia, en el pueblo de Mostar, en Bosnia-Herzegovina, los nacionalistas croatas festejaban esos mismos goles desatando una verdadera cacería étnica contra la población musulmana al término de cada partido ganado por su escuadra.

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(Artículo de Roberto López Belloso publicado en el semanario Brecha, de Uruguay, el 6 de julio de 2001)

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Serbia-Croacia: la guerra de los hooligans

En la Yugoslavia de los noventa, las limpiezas étnicas estaban en manos de los hooligans. Hoy, terminada la guerra, regresan a la tribuna para su tarea de siempre, o al bronce para cumplir con la amarga profecía de un sociólogo balcánico: "los jefes de las barras bravas se vuelven los héroes nacionales".

El Dínamo de Zagreb se consagró este 23 de mayo como el nuevo campeón de fútbol de Croacia. A primera vista sólo se trataría de un dato más en esa permanente estadística que es la cíclica historia deportiva de un país. Pero en los Balcanes nada es inocente. La consagración del equipo capitalino se dio en un contexto de renacimiento nacionalista que mostraba al derechista HDZ recuperando terreno frente a los socialdemócratas (SDP) en las elecciones municipales del 20 de mayo. En la campaña electoral, dura y plagada de golpes bajos, no faltaron los actos públicos que recordaron los momentos en que las barras bravas de los dos equipos más populares de la ex Yugoslavia formaban el núcleo de las fuerzas paramilitares tanto croatas como serbias.

Diez días antes de la segunda final, los hooligans del Dínamo conocidos como The Bad Blue Boys realizaron un homenaje a sus mártires al pie del monumento dedicado a los miembros de esa barra brava "caídos en defensa de Croacia durante la guerra de liberación". La fecha elegida fue el 13 de mayo, aniversario número once de un célebre partido entre el Dínamo de Zagreb y el Estrella Roja de Belgrado. Si la guerra de Bosnia comenzó cuando un grupo de desconocidos abrieron fuego sobre una boda serbia, la pulseada étnica sobre Croacia había empezado en las tribunas de los estadios de fútbol. Más de un año antes de que Croacia declarara su independencia de Yugoslavia y se iniciara la guerra de cuatro años entre croatas y serbios, en aquel encuentro de fútbol de mayo de 1990 se produjo una batalla campal. En el minuto once del primer tiempo, los Bad Blue Boys empezaron a cantar el himno nacional croata. Los seguidores del Estrella Roja (serbios) respondieron rompiendo todo lo que podía romperse en el estadio Maksimir de Zagreb y tirándolo contra la hinchada local.

Según fuentes croatas, la policía yugoslava se alineo junto a los hooligans serbios y la batalla descendió de las tribunas al campo de juego. De ese partido procede una foto que recorrió las páginas de los principales medios occidentales, en la que se mostraba al capitán del Dínamo, Zvonimir Boban, defendiendo a un bad blue boy que estaba siendo golpeado por un policía.

Luego del acto de homenaje de este año, los actuales Bad Blue Boys, que ya no miden sus fuerzas con los hooligans serbios debido a la división de la antigua liga yugoslava, se dedicaron a golpear a otros croatas. Este año, la primera final de las dos que a la postre consagrarían al Dínamo, transformó la hermosa ciudad costera de Split "en un símil de Belfast o Medio Oriente", según podía leerse en el diario local Slobodna Dalmacija. La que fuera sede del palacio del emperador romano Diocleciano vivió las consecuencias de la refriega entre las hinchadas del Hajduk y del Dínamo, los dos clásicos rivales del fútbol profesional de Croacia. A la invasión de la cancha en el minuto ochenta y ocho, que fue dispersada con carros lanza-agua y que no impidió que el partido se reanudara tras un intervalo obligado de veinte minutos, le siguió un intenso combate en las afueras del estadio entre los seguidores del Dínamo y los de Hajduk. Estos últimos han asumido últimamente el abrasilerado nombre de Torcida.

Mientras todo esto ocurría, los croatas vivían el tramo final de la campaña electoral para los comicios municipales que el domingo 20 de mayo mostraron el retorno a los primeros planos del principal partido nacionalista, la Unión Democrática Croata (HDZ), que había sido derrotado en las últimas elecciones parlamentarias por los socialdemócratas pero que ahora resultó vencedor en la mayoría de los departamentos. El HDZ ha estado en los últimos años estrechamente ligado al Dínamo de Zagreb. Uno de sus dirigentes, Zlatko Canjuga (foto), apodado "el César", llevó las riendas del equipo siguiendo las órdenes del hombre fuerte de la Croacia independiente y fundador del HDZ, Frandjo Tudjman. Incluso los avatares de la política nacionalista estuvieron detrás de los frecuentes cambios de nombre del equipo, originalmente llamado Dínamo, luego Hask Gracanski, después Croacia, y ahora nuevamente Dínamo.

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(Artículo de Roberto López Belloso publicado en el semanario Brecha, de Uruguay, el 6 de julio de 2001)

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21 diciembre 2000

Bosnia-Herzegovina: dos países en uno

En noviembre Bosnia-Herzegovina realizará elecciones. Según el sistema electoral surgido de los acuerdos de paz que pusieron fin a la guerra, las colectividades serbia, croata y musulmana no se enfrentan entre sí, sino que elijen, a su interior, al líder que las representará en la presidencia rotativa del país. En esta oportunidad, los partidos nacionalistas musulmanes intentarán recuperar las posiciones que perdieron en abril de este año, cuando el Partido Bosnio de la Acción Democrática (SDA) fue derrotado por el Partido Demócrata Moderado (SDP) en las elecciones municipales. Aunque los partidos nacionalistas no tuvieron tan mala suerte en las zonas serbias y croatas de Bosnia, igualmente se ha registrado un avance de las opciones moderadas en estas regiones de la cantonizada república.

Al igual que Croacia, la superficie de Bosnia-Herzegovina es la tercera parte que la de Uruguay. Los 3:482.495 de personas que habitan Bosnia se dividen entre serbios (40%), bosnio-musulmanes (38%), y croatas (entre un 17 y un 22 %). También aquí existe una relación estrecha entre grupo étnico y religión profesada, por lo que hay un 40% de musulmanes, un 31% de cristianos ortodoxos (serbios), un 15% de católicos (croatas), y un 4% de cristianos protestantes. siguiendo a grandes rasgos las líneas "no oficiales" demarcadas en los acuerdos de paz de Dayton (mapa), el país está dividido en dos mitades: la Federación de Croatas y Musulmanes con capital en Sarajevo, y la República Sprska con capital en Banja Luka. La separación no sólo existe en los mapas, tal como lo demostró una encuesta del Centro de Estudios de Opinión Pública de la Facultad de Derecho de Banja Luka. Reveló que sólo uno de cada diez universitarios piensa que la República Sprska debe seguir formando parte de Bosnia-Herzegovina. La mayoría, un 44,2 %, opina que se debe integrar a la Federación Yugoslava, y casi un 30 por ciento apoya la opción de la independencia.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Quepasa en diciembre de 2000)

==Quinta parte de nueve

* 1- El lugar del odio (Guía para entender la ex Yugoslavia)
* 2- Yugoslavia: “no existe más que en teoría”
* 3- Montenegro busca su lugar
* 4- Croacia y el camino de la tolerancia
* 6- Eslovenia y Macedonia: los dos polos
* 7- Las tres Yugoslavias
* 8- Problemas pendientes
* 9- Sandjak: el país que nunca existió

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Croacia y el camino de la tolerancia

Nueve años más tarde del primer disparo, que según cuenta la leyenda ocurrió en medio de una boda, la comunidad internacional parece haber aceptado que no puede resolver a corto plazo el problema de fondo de los Balcanes. Por lo tanto, su esfuerzo se concentra en apoyar las opciones moderadas y debilitar los sectores ultranacionalistas al interior de cada una de las colectividades.

Esta estrategia, sumada al cansancio que provoca la guerra en quienes la padecen, dio buenos resultados en las elecciones nacionales de Croacia y se espera que en noviembre vuelva a rendir sus frutos entre los musulmanes de Bosnia. Se busca que el otorgamiento a Croacia de créditos blandos y apoyos para proyectos de reconstrucción sirva como incentivo para que los ciudadanos de los otros países balcánicos elijan las opciones moderadas, o para que algunos gobernantes se alejen de posturas ultranacionalistas, como viene ocurriendo con el presidente montenegrino.
Según el Banco Mundial, la llegada al poder de la centro-izquierda luego de las elecciones de enero de este año ha sido "calurosamente recibida por la comunidad internacional".

Parte de ese calor se vio reflejado, un mes después, en el otorgamiento por parte del Banco Mundial de 790,7 millones para 16 proyectos. Una cifra muy elocuente si se tiene en cuenta que los aportes a Croacia de ese organismo financiero internacional durante los últimos cinco años habían alcanzado 860,34 millones de dólares para 24 proyectos. La Unión Europea consideró la nueva situación política croata como "un paso significativo" en la perspectiva de una integración completa de Croacia a las estructuras europeas.

Esa luna de miel con la comunidad internacional ha tenido su costo interno para el gobierno, que debió tomar una serie de medidas impopulares, como reducir el presupuesto de la policía y del ejército, favorecer el regreso de parte de los refugiados serbios a Croacia, cooperar con el Tribunal de La Haya en la persecución de criminales de guerra, retrasar el pago de las sumas adeudadas a los jubilados y posponer las prometidas rebajas de impuestos. En consecuencia, la popularidad del Partido Social Democrático(SDP) bajó considerablemente desde las elecciones de enero, mientras aumentaron las críticas de sus socios en la coalición de gobierno, al punto que el vicepresidente del parlamento, el legislador oficialista Zdravko Tomac, llegó a amenazar con la convocatoria a elecciones anticipadas.

El territorio croata es tres veces menor que el uruguayo, pero en esos 56.538 kilómetros cuadrados viven más de cuatro millones y medio de personas, de los cuales un 78 por ciento son croatas y un 12 por ciento serbios; los bosnios no llegan al uno por ciento, en tanto que eslovenos y húngaros representan, en cada caso, un medio por ciento. Esta estructura de población se refleja en el mapa religioso del país, integrado por un 76,5% de católicos, un 11,1% de cristianos ortodoxos, un 1,2 % de musulmanes, y un 0,4% de protestantes. El renglón de "otros", tanto en grupo étnico como en religión, bordea el 10 por ciento.

==Cuarta parte de nueve

* 1- El lugar del odio (Guía para entender la ex Yugoslavia)
* 2- Yugoslavia: “no existe más que en teoría”
* 3- Montenegro busca su lugar
* 5- Bosnia-Herzegovina: dos países en uno
* 6- Eslovenia y Macedonia: los dos polos
* 7- Las tres Yugoslavias
* 8- Problemas pendientes
* 9- Sandjak: el país que nunca existió

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Quepasa en diciembre de 2000)

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Montenegro busca su lugar

Desde mediados de julio el público catalán puede ver y tocar un viejo cartel metálico con un mapa del casco antiguo de Dubrovnik y una flecha roja que le indica al turista "usted está aquí". El cartel está perforado por decenas de balazos. Un artista croata lo desmontó de su sitio y lo colocó en una galería de arte. Fue elegido para integrar una muestra itinerante sobre 50 años de arte en los países del ex campo socialista que actualmente se encuentra en Barcelona y que en abril estuvo en Budapest. Duvrovnik, hermosa ciudad de calles de mármol que alguna vez rivalizó con Venezia por el control del Mar Adriártico, sufrió uno de los más duros sitios durante la guerra que siguió a la desintegración de Yugoslavia.

Este 24 de junio, unos kilómetros al sur de esa ciudad, los presidentes de Croacia, Stipe Mesic (foto), y de Montenegro, Milo Djukanovic, sostuvieron un polémico encuentro a favor de la reconciliación, que les valió la calificación de "traidores" por parte de los sectores nacionalistas radicales de sus respectivos países. Con este acercamiento, los mandatarios intentan crear las condiciones para la realización de proyectos económicos comunes con ayuda de la comunidad internacional, como la futura autopista que unirá Italia con Grecia pasando por Albania, Montenegro, Croacia y Eslovenia.

La construcción de la autopista deja en un segundo plano el conflicto por la ocupación de la península de Prevlaka. Perteneciente a Croacia y tomada por los yugoslavos en 1991, Prevlaka está actualmente controlada por una misión de Naciones Unidas en espera de que se encuentre una solución definitiva. El acercamiento de los presidentes croata y montenegrino debilita la posición de la Federación Yugoslava, que Montenegro integra junto a Serbia.

Ese tema tal vez esté en el fondo de la tormenta que se desató a propósito de las disculpas que Djukanovic presentó a Mesic por la participación de ciudadanos montenegrinos en la agresión contra Duvrovnik. El diario de Belgrado Politika, favorable al presidente yugoslavo Slobodan Milosevic,declaró que Djukanovic había "ensuciado la reputación de los orgullosos montenegrinos arrodillándose ante el presidente croata Stipe Mesic"

Sin embargo, las críticas más peligrosas vinieron del interior de Montenegro, donde los nacionalistas serbios pretenden utilizar el gesto del presidente para pedir que Milosevic invada Montenegro. "No hay ninguna duda que con sus disculpas dirigidas a Croacia, el régimen montenegrino entró en la fase final de la traición, pidiendo abiertamente la ocupación de esta parte del país", declaró en Podgorica, capital de Montenegro, Velizar Nikcevic, líder del Partido del Pueblo Serbio.

==Tercera parte de nueve

* 1- El lugar del odio (Guía para entender la ex Yugoslavia)
* 2- Yugoslavia: “no existe más que en teoría”
* 4- Croacia y el camino de la tolerancia
* 5- Bosnia-Herzegovina: dos países en uno
* 6- Eslovenia y Macedonia: los dos polos
* 7- Las tres Yugoslavias
* 8- Problemas pendientes
* 9- Sandjak: el país que nunca existió

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Quepasa en diciembre de 2000)

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El lugar del odio (Guía para entender la ex Yugoslavia)

Las elecciones yugoslavas de este 24 de setiembre mostrarán, por primera vez, a un candidato único de la oposición disputándole el poder al actual mandatario Slobodan Milosevic; sin embargo, estarán empañadas por el anunciado boicot de Montenegro, el único socio de Serbia que aún permanece en la Federación. El resto de las antiguas repúblicas yugoslavas, nueve años después de la desintegración del país y a un año de finalizada la última guerra que lo tuvo por escenario, forman un mosaico de cinco estados independientes, cuatro de los cuales aún no han podido resolver las tensiones étnicas entre sus siete colectividades principales.

Los reclamos de autonomía de los albaneses de Macedonia, la pulseada por el control del norte de Kosovo, y el deseo de independencia de Montenegro, son los factores que al momento actual tienen más posibilidades de desencadenar un nuevo conflicto. Mientras el difícil avance de las posiciones moderadas en Croacia y Bosnia favorece la estabilidad de la región, sólo Eslovenia parece haber consolidado el camino de la paz.

La Yugoslavia comunista que surgió después de la Segunda Guerra Mundial desapareció en 1991. Hoy existen en su antiguo territorio cinco países diferentes: Bosnia-Herzegovina, Croacia, Eslovenia, la Ex República Yugoslava de Macedonia (FYROM, por sus siglas en inglés), y una nueva Federación Yugoslava. Dos de esos países están a su vez divididos, por lo que el conjunto de cinco estados equivale a siete repúblicas. En uno de los casos, Bosnia-Herzegovina, la división del país en mitades surgió como único medio para detener la guerra y dio lugar a la existencia de la República Sprska (de mayoría serbia), y de la Federación de Croatas y Musulmanes.

En el otro caso no se trata de una división sino de una alianza, ya que las repúblicas de Montenegro y Serbia resolvieron permanecer dentro del marco de una nueva Federación Yugoslava. En el mosaico de la ex "tierra de los eslavos del sur", que es lo que significa el nombre Yugoslavia, existen aún otras dos entidades políticas, en este caso con un estatuto de provincias autónomas dentro de Serbia: Vojvodina, habitada por una importante minoría húngara, y Kosovo, actualmente bajo administración de las Naciones Unidas y cuya reintegración a Serbia parece la opción menos probable para su futuro.

La desarticulación de un país en el que convivían siete grupos étnicos principales (albaneses, croatas, eslovenos, macedonios, montenegrinos, musulmanes bosnios, y serbios) y su transformación en siete repúblicas puede parecer, a primera vista, una solución definitiva. Sin embargo, cada uno de los países, a excepción de Eslovenia, conserva en su interior por lo menos alguno de los factores de inestabilidad que ocasionaron las tres guerras que después de 1991 terminaron con la existencia de la Yugoslavia comunista.

Los croatas y los eslovenos son católicos, los serbios son cristianos ortodoxos al igual que los macedonios y los montenegrinos, en tanto que los bosnios son musulmanes y comparten esa fe con los albaneses de Kosovo y Macedonia aunque no con los de Albania que son mayoritariamente no creyentes. Esta realidad religiosa está en el origen de las divisiones y alianzas que se han tejido durante los últimos cinco siglos, desde que la derrota del reino serbio a mano de los turcos otomanos transformó los Balcanes en una fuente permanente de rebeliones y enfrentamientos; durante ese período las distintas colectividades nacionales encontraron en la religión el refugio para no perder su identidad y la fuerza para luchar por su existencia como nación.

==Primera parte de nueve

* 2- Yugoslavia: “no existe más que en teoría”
* 3- Montenegro busca su lugar
* 4- Croacia y el camino de la tolerancia
* 5- Bosnia-Herzegovina: dos países en uno
* 6- Eslovenia y Macedonia: los dos polos
* 7- Las tres Yugoslavias
* 8- Problemas pendientes
* 9- Sandjak: el país que nunca existió

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Quepasa en diciembre de 2000)

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15 septiembre 2000

Tihomir Blasik, croata

"Los hechos que usted ha cometido, general Blaskic, son de una extrema gravedad. Estas acciones de guerra llevadas a cabo en contra del derecho internacional humanitario por el odio a terceros, esos pueblos reducidos al estado de ruinas, esas casas y esos establos incendiados y destruidos, esas personas obligadas a abandonar sus casas, esas vidas perdidas, son inaceptables". Las palabras del magistrado francés Claude Jorda estaban dirigidas al general croata Tihomir Blasik, un gélido oficial que tomaba notas en silencio mientras escuchaba la sentencia que lo condenó a 45 años de cárcel, por los cargos de crímenes contra la humanidad. Blasik se convirtió en marzo de este año en el oficial de más alto rango condenado por el Tribunal Penal Internacional (ICTY) que juzga crímenes cometidos en la ex Yugoslavia.

El principal hecho por el que se condenó a Blasik fue la matanza, el 16 de abril de 1993, de 116 musulmanes de la aldea bosnia de Ahmici, donde sus subordinados incendiaron 169 viviendas y dos mezquitas. Por ese mismo episodio el ICTY ya había condenado a cinco participantes directos: Vladimir Santic a 25 años de prisión, Drago Josipovic a 15 años, y a 10 años a tres miembros de la familia Kupreskic (Zoran, Mirjan y Vlatko). Esta masacre, según el juez italiano Antonio Cassese, “es una de las más crueles ilustraciones de la inhumanidad del hombre con el hombre”, y comparó el sufrimiento vivido por la aldea de Ahmici con el que en su momento debieron soportar Soweto en la Sudáfrica del apartheid, o la pequeña población vietnamita de My Lai en la que tropas de Estados Unidos asesinaron a civiles indefensos.

El general Blasik comandó, desde 1992 hasta 1994, las fuerzas croatas que combatían en la zona central de Bosnia. Esa ex república yugoslava fue escenario de un triple enfrentamiento, entre croatas, serbios, y musulmanes bosnios. La guerra de Bosnia-Herzegovina sólo terminó con los acuerdos de paz de Dayton, que en 1995 dividieron el país en dos entidades diferentes, la Federación de croatas y musulmanes con capital en Sarajevo, y la República Serbia de Bosnia con capital en Banja Luka.

* Slobodan Milosevic, serbio
* Zejnil Delalic, musulmán

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 15 de setiembre de 2000)

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