21 marzo 2014

Después del referéndum de Crimea


Un 96 por ciento de los habitantes de Crimea votaron integrarse a Rusia. Washington descartó una acción militar y Bruselas pondrá tibias sanciones a Moscú. Las autoridades de Kiev resignan la estratégica península pero prometen amplia autonomía al sudeste rusófilo de Ucrania, que consideran el próximo objetivo de Putin.

Por Roberto López Belloso

Las puertas doradas de la sala del trono se abren y entran los soldados a paso de ganso. Las banderas incluyen, como siempre, la del águila bicéfala. En el auditorio esperan los boyardos. Todo está listo para el ingreso a escena del zar de todas las Rusias. Después de la firma del decreto de ese día, la palabra “todas” incluirá una más: Crimea. El que se coloca en el centro de todo ese boato es el nieto del cocinero. Milagro de un país que mandó la familia real a la tapia de fusilamiento pero nunca cortó la vocación de potencia global (salvo el confuso interregno de Mijail Gorbachov y la alegre despreocupación etílica de Boris Yeltsin). Vladimir Putin, que hace dos semanas había dicho que no se anexionaría Crimea, pero a la vez había aclarado, con dualidad de estadista, que respetaría la voluntad democrática de sus habitantes, comienza su discurso.
Se lo ve cómodo en su papel, detrás de un atril blanco, con un fondo también blanco en el que destacan los candelabros y las cortinas doradas. No es seguro que hayan llegado a sus oídos muchas de las historias de su abuelo, cocinero de Lenin primero y de Stalin después. Su padre, tripulante de submarinos que perdió a su hijo mayor por enfermedad y a su hijo del medio en el bloqueo a Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial, no ha de haber sido la mejor correa de transmisión para este hijo tardío que luego de una adolescencia problemática se enroló en el KGB. Pero los años en el poder jugando al enroque con el hoy primer ministro Dmitri Medvédev alcanzan para sentirse como en casa en un escenario de este tipo.
Un día antes, en las calles de Crimea la pompa no había sido zarista, sino bolchevique. Al pie de una estatua de Lenin, el flamante primer ministro de la flamante república de Crimea, festejaba el resultado del referéndum de separación de Ucrania celebrado el domingo 16. “Volvemos a casa”, le decía a una multitud.
En Kiev, mientras tanto, el gobierno provisorio pone los ojos en evitar que el sudeste, mayoritariamente rusófilo, siga los pasos de la península del Mar Negro. Ahora el que habla es el primer ministro ucraniano, Arseni Yatseniuk. Pasa del idioma ucraniano al ruso y dice que “con el fin de preservar la unidad y la soberanía de Ucrania”, el Gobierno de Kiev está dispuesto a conceder “la máxima amplitud de poderes” a las regiones del este. El analista Timothy Garton Ash anota que esas medidas incluyen, entre otras cosas, dar a las ciudades el derecho a tener sus propios cuerpos de policía y tomar sus propias decisiones en materia de educación y cultura.
Varios telespectadores sueltan improperios frente al televisor. Tanta apertura y generosidad les resulta contradictoria con la presencia de bandas fascistas en la multitud que llevó a Yatseniuk al poder provisorio. Pero a fin de cuentas, ¿qué otra cosa puede hacer Yatseniuk? A corto plazo tiene unas elecciones que ganar el 25 de mayo. Con una coalición europeísta dividida, debe granjearse algunos votos del antiguo partido de las regiones (aliado de Putin y paradojalmente debilitado por la decisión de Putin de favorecer la salida de Crimea, lo que le quita un millón de votos al futuro candidato rusófilo al gobierno de Ucrania). Y a mediano plazo Yatseniuk tiene que evitar de cualquier modo que surjan disturbios en el sudeste que puedan ser tomados como motivo para una entrada de tropas rusas más allá de las fronteras de Crimea. Por eso es importante lo de los cuerpos de policía propios, para que los rusófilos no se sientan indefensos ante las bandas fascistas que semanas antes parasitaron las manifestaciones europeístas de Maidán. Contrariamente a lo que ocurre en estos puertos, la palabra cultura no aparece en las promesas como un asunto meramente decorativo. Aunque las promesas luego resulten falsas. Para entenderlo a cabalidad es necesario volver a Putin y su discurso desde la sala del trono.

LA BODA. Luego de dar los datos duros del referéndum del domingo 16 (participación del 82 por ciento del electorado y un 96 por ciento de los votos a favor de pasar a formar parte de Rusia) Putin recuerda que fue en Crimea donde el príncipe Vladimir fue bautizado y aceptó el cristianismo. Se refiere a un hecho ocurrido en el lejano 988, cuando Vladímir el Grande conquistó con sus poco civilizadas huestes una fortaleza bizantina ubicada en la ya estratégica península. Al no haber manera de desalojarlo por las armas, se intentó la vía diplomática. El John Kerry del momento, enviado por un Basilio II que, al contrario de Barack Obama, dirigía un imperio en el apogeo de su poder, amenazó con sanciones. La partida estaba en tablas así que Vladimir jugó su carta: dejará la ciudad-fortaleza que había tomado, Quersoneso, si le entregan en matrimonio a la hermana del emperador. Kerry no tuvo que hacer mayor esfuerzo para imaginar el horror que tan bárbara perspectiva inspiraría en la princesa Ana Porfirogéneta. En un giro maestro, puso una condición que cambiaría la historia del mundo eslavo. El matrimonio sólo podría realizarse si Vladimir se bautizaba y abrazaba el cristianismo. Fue el comienzo de la cristianización de la Rusia de Kiev. Más de mil años después, aquella boda arreglada sigue demostando su fertilidad. La Crimea que decidió el domingo unirse a Rusia es el bocado más apetecible del disputado pastel ucraniano. Ahí viven sólo dos de los cincuenta millones de habitantes que hasta el sábado formaban la población de Ucrania, pero tienen una situación privilegiada. Su Producto Bruto Interno (PBI) per cápita es de 3882 euros: mil euros más que el promedio de su ex país. Su tasa de desempleo es del 5,8 por ciento mientras que Ucrania tiene el siete y medio. Posee, como cereza en la torta, la base de la flota rusa del Mar Negro.
Al presentar al nuevo integrante de la Federación Rusa, Putin no lo hace como si le hubiera quitado algo a alguien. Lo naturaliza como parte de un espacio común. Un espacio que nace en aquella cristianización que comienza con la boda del 988, y que “predetermina la base general de la cultura, la civilización y los valores humanos que unen a los pueblos de Rusia, Ucrania y Bielorrusia”. Algo que debe de haber preocupado a las nuevas autoridades de Kiev, surgidas de las manifestaciones que el 19 de febrero hicieron huir al que era presidente de Ucrania, el pro ruso Victor Yanukovitch. ¿Esa referencia a los tres territorios que forman parte de una unidad, quiere decir que Putin no se contentará con Crimea? Occidente no lo sabe.

LA SEPARACIÓN. “No hemos sabido leer el alma de este hombre” había dicho, palabras más palabras menos, Obama sobre su par ruso luego del estallido de la crisis ucraniana. Una escalada de pésimas decisiones en las que los ucranianos pro occidentales que se oponían a un gobierno legal pero corrupto como el de Yanukovitch, se aliaron con fuerzas neonazis para derrocarlo. Estados Unidos y Europa no midieron su política de alianzas y abrieron un espacio de enfrentamiento con Rusia. Vladimir Putin envió sus tropas a la frontera, hizo que algunas ingresaran en territorio entonces ucraniano sin insignias que las identificaran, y aprovechó el río revuelto para dar respaldo militar a los deseos rusófilos de los crimeos. Como resultado de ese conjunto de sucesos, el acercamineto de Washington con Moscú de inicios de la administración Obama, cuando la canciller todavía era Hillary Clinton, volvió a cero. No lo supieron leer, pero lo intentaron. Cada año el Pentágono gasta 300 mil dólares en un estudio del lenguaje corporal de los líderes mundiales. Vladimir Putin ha sido uno de los centros de esa investigación. El vocero de prensa del Pentágono dijo a principios de marzo a The Wall Street Journal, que el ministro de Defensa Chuck Hagel nunca leyó esos reportes que son elaborados por una usina de pensamiento que funciona dentro del edificio de cinco lados pero que se conduce de manera académicamente independiente por un excéntrico Andrew Marshall, a quien el Pentágono considera “un pensador que se sale de los esquemas habituales y al que le gusta estudiar todo tipo de cosas”.
Si Hagel lo hubiera leído, habría obtenido alguna pista de una relación barranca abajo. Con el diario del lunes a la vista y escribiendo, a la vez, el diario del lunes 17, Adam Taylor publicó en The Washington Post un seguimiento de nueve fotografías tomadas entre 2008 y 2014 en las que puede verse dicho deterioro. O al menos la interpretación que los editores gráficos de los medios hacían del mismo. El Post se limita a la relación Moscú-Washington. De haber ampliado el foco debería haber incluido la célebre secuencia de 2007 cuando Putin recibió a su par alemana Ángela Merkel en la luego olímpica Sochi y, a sabiendas de la fobia de Merkel a los perros, dejó suelto a su labrador negro que olfateaba a la aterrada visitante mientras Putin miraba complacido con gesto de patán de barrio. “Así se trata al imperialismo”, dirían en las calles de Jarkov.
Ya que no supo leerlo a tiempo, y tampoco evitar que diera la bienvenida a Crimea, Obama al menos intenta contenerlo en los límites actuales. Polonia y los países bálticos ya han dicho, tal vez con un exceso de paranoia, que temen que el Kremlin quiera volver a las viejas fronteras de la URSS. Como herramientas sólo cuenta con las sanciones (Obama aclaró que “no vamos a meternos en una expedición militar en Ucrania. No sería apropiado para nosotros y tampoco sería bueno para Ucrania”) y para las sanciones casi que sólo cuenta consigo mismo (ayer jueves 20 el diario El Mundo, de España, publicó que “los líderes europeos no activarán un bloqueo energético ni medidas comerciales, pero aumentarán la lista de personalidades con prohibición de viajar a la Unión Europea”).
Como sólo le queda subir la voz, Estados Unidos no ha cesado de calificar de ilegal e ilegítimo el referéndum de Crimea, de llamar al orden a Putin y de listar los foros internacionales de los que sería excluido de no dar marcha atrás.
Para defenderse, Rusia ha insistido en su tesis del malo y el peor. Desde la cancillería, ubicada en uno de los rascacielos moscovitas conocidos como “las siete hermanas de Stalin”, el portavoz Alexander Lukashevich postuló que "Estados Unidos no tiene y no puede tener un derecho moral para predicar sobre el respeto a las leyes internacionales y la soberanía de otras naciones", citando los ejemplos de "los bombardeos de la antigua Yugoslavia o la intrusión en Irak utilizando una causa falsificada".
Desde París, donde se encuentra en visita oficial, y antes de ser recibida por el mandatario francés Francois Hollande, la presidente argentina Cristina Fernández apoyó la postura emanada de la Plaza Smolenskaya. En declaraciones recogidas por la cadena RT, Fernández expresó: “No se puede estar de acuerdo con la integridad territorial en Crimea y estar en desacuerdo con la integridad territorial con las Malvinas en Argentina. O estamos de acuerdo con todas las integraciones territoriales y el respeto a la soberanía de todos los países y a la historia de los países… respetamos los mismos principios para todos o realmente vivimos en un mundo donde no hay derecho, donde no hay respeto a lo que decimos, sino fundamentalmente prima la relación del más fuerte”. Añadiendo que “si carece de valor el referéndum de Crimea a pocos kilómetros de Rusia, mucho menos (sic) uno de una colonia a 13.000 km de distancia”.
EN EL FRENTE ORIENTAL. Mientras las miradas estaban colocadas en la ceremonia del ingreso de Crimea a la Federación Rusa, en la segunda ciudad de Ucrania, Jarkov, una manifestación rizaba un poco más el rizo de la rusofilia. Esa ciudad del este ucraniano, mayoritariamente habitada por hablantes de ruso, ya no pedía volver al seno de la madre Rusia. “Nuestra patria es la URSS”, reclamaba la pancarta principal de la demostración.
Habían pasado casi 23 años desde la disolución de la Unión Soviética (URSS) ocurrida en diciembre de 1991, y exactamente 23 años desde el referéndum olvidado. El 17 de marzo de 1991 los ciudadanos soviéticos debieron contestar una pregunta simple: “¿Usted considera necesaria la preservación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como una federación renovada de repúblicas soberanas iguales en la que serán garantizados plenamente los derechos y la libertad de un individuo de cualquier nacionalidad?”. El 77,8 por ciento respondió afirmativamente. En Ucrania ese porcentaje fue algo menor: 70,8 por ciento.
Eran otros tiempos. Occidente era lo suficientemente fuerte como para desconocer un resultado democrático en una votación de 185 millones de personas, en el Kremlin estaba el vacilante Mijail Gorbachov y la URSS era un gigante que se caía por su propio peso de ineficiencia y atraso económico. Hoy Washington está haciendo malabarismos para evitar los efectos de un referéndum de poco más de un millón de sufragios y en el despacho con vistas a la Plaza Roja está Vladimir Putin. ¿Y Rusia? Rusia es de nuevo un actor global preponderante y prepotente aunque su PBI, como se ha hecho notar recientemente en más de un artículo, esté lejos de su “destino manifiesto” y apenas se equipare al de la cascoteada Italia. Claro, mantiene el arsenal nuclear.
Las manifestaciones que ocurren en Járkov no pueden ser descartadas como un emergente de la nostalgia por la URSS que de tanto en tanto rebrota en el antiguo país. En un artículo publicado ayer jueves en El País de Madrid, Timothy Garton Ash, alineado sin complejos con Occidente, expresaba: “Acuérdense de algo fundamental: el problema es toda Ucrania, no solo Crimea. Vladímir Putin lo sabe. Los ucranios lo saben. Y nosotros no debemos olvidarlo. Ni nosotros ni el Gobierno ucranio podemos hacer nada para que recupere el control de Crimea. Ahora se trata de luchar por el este de Ucrania”.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 21 de marzo de 2014)

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03 noviembre 2007

Superpoderosas













La elección de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina (en la foto con la canciller alemana Angela Merkel) y el favoritismo de Hillary Clinton en la interna demócrata volvieron a plantear el anticuado tema de las mujeres en el poder. Con menos visibilidad, el final de octubre también trajo el regreso de Yulia Tymoshenko a la jefatura de gobierno de Ucrania.

Cuando la prensa occidental refleja, en cuentagotas, la realidad de la Ucrania pos soviética, suele detenerse en el glamour de la heroína de la revolución naranja, Yulia Tymoshenko, sin profundizar demasiado en su carrera política. Son habituales los comentarios pop sobre su peinado que recuerda al de la princesa Leyla, la misma que desde un holograma pedía auxilio desesperadamente en La guerra de las galaxias. Pero también en Ucrania una mujer necesita de un esfuerzo extra para llegar a puestos de responsabilidad. Tymoshenko es una muestra de esa larga marcha. Antes de dedicarse a la política se recibió de economista y de ingeniera especializada en robótica. La planta industrial Lenin fue apenas el prólogo de una singladura empresarial a lo Francis Drake en la que Yulia aprovechó los meses de capitalismo salvaje que siguieron al desplome de la Unión Soviética. El resultado fue un emporio energético que la convirtió, a los 35 años, en la “princesa del gas”, según señala una completa biografía elaborada por la Fundación Cidob.

Del lobby industrial a la política hubo un solo paso. Las primeras formaciones que la tuvieron en sus capas dirigentes fueron cayendo como castillos de naipes, pero Yulia siempre logró salir ilesa. Aliada con el principal referente de los ucranianos pro occidentales, se transformó, como vicepremier, en una pesadilla política para los rusófilos, a pesar de que su familia es étnicamente rusa. Vinieron luego los escándalos de corrupción, una corta temporada tras las rejas y el primer período como primera ministra. La segunda quincena de octubre volvió a colocarla a las puertas de la jefatura de gobierno. Tras unas elecciones legislativas en las que resultó tercera, Tymoshenko movió correctamente las piezas de las alianzas y pudo sumar los votos necesarios en el Parlamento para ocupar, con holgura, el puesto máximo en el gobierno.

VIDAS PARALELAS. Las mujeres jefas de gobierno ya no son una novedad (a Tymoshenko y Kristina se les debe sumar, como caso emblemático, la alemana Angela Merkel), aunque las dos políticas más influyentes del momento no empuñan ningún cetro presidencial. Condoleezza Rice y Emma Bonino son dos casos, uno de alta exposición mediática y otro de perfil mucho más bajo, que en cierta forma reproducen lo que ya había ocurrido, con protagonistas diferentes, en la década del 90. Estados Unidos tiene casi una tradición de género en lo que respecta a la conducción de su política exterior.

Los años de Bill Clinton no pueden disociarse de la coherencia que le impuso a su cancillería Madeleine Albright, una diplomática nacida en la República Checa desde donde su familia escapó huyendo de la persecución nazi. Eran los tiempos en que las acciones militares (casi) no eran preventivas ni (casi) tampoco unilaterales, sino que formaban parte de una estrategia integral en la que Washington (casi) buscaba involucrar consensuadamente a los gobiernos social liberales de Europa. Fue bajo la batuta de Albright que “la generación del 68 fue a la guerra”, como se dijo a raíz de la guerra de la otan contra la Yugoslavia de Milosevic. Una intervención tan desastrosa como toda intervención militar (en lugar de alcanzar su objetivo de detener las violaciones a los derechos humanos las multiplicó), pero que tuvo como complemento el sometimiento de criminales de guerra a la justicia internacional.

Desde la fiscalía de un tribunal de las Naciones Unidas, otra mujer, Carla del Ponte, perseguía sin pausa a quienes se habían especializado en la limpieza étnica, la violación sistemática y el asedio a poblaciones civiles. No importaba que los acusados fueran serbios, bosniomusulmanes, albanokosovares o croatas.
Ahora una de las dos mujeres más influyentes del mundo vuelve a ser una canciller estadounidense –aunque lleve de aeropuerto en aeropuerto el mantra de la guerra preventiva y la acción unilateral– y la otra, en contrapunto, una luchadora a favor de los derechos humanos en el marco de las instituciones internacionales.

Condoleezza Rice, que supo estar en Uruguay durante la gira de los arándanos, también tiene una historia personal ligada a la lucha contra las discriminaciones. La historia oficial dice que su padre, un reverendo protestante, montaba guardia en la puerta de su casa para evitar los ataques racistas. Una mujer negra debe esforzarse el doble que los demás para abrirse paso en la vida, fue el consejo paterno. Condoleezza lo tuvo presente y se quemó las pestañas hasta obtener un doctorado en relaciones internaciones, entre otros grados académicos, y dirigir el departamento educativo de la Universidad de Stanford, antes de ocupar la cancillería en el gobierno de George W Bush. Una historia de éxito que no deja de tener sus detractores. La propia Albright llegó a decir que el gobierno republicano se las ha arreglado para dilapidar el capital político internacional acumulado por la administración Clinton.

Si Rice es la Albright de Bush ¿quién es la Del Ponte de la segunda mitad de 2007? La respuesta podría ser Emma Bonino, sobre todo en momentos en que está librando una dura batalla por la moratoria internacional que suspenda las penas de muerte. Italiana de izquierda, líder en las campañas a favor de la legalización del aborto en los setenta y militante contra las armas atómicas desde la época de la Guerra Fría, se desempeña actualmente como ministra de Asuntos Europeos y Comercio Exterior en el gobierno de Romano Prodi. Esta última semana los frutos de 14 años de lucha parecieron desvanecerse, ya que la insistencia de algunos países europeos en incluir la palabra “abolición” en un texto con el que la onu impulsará la moratoria de las ejecuciones puede restar votos clave para aprobarla. En las últimas horas de octubre Bonino no había dudado en criticar a sus pares de “eurocentrismo” y había amenazado con votar junto con países de fuera del ámbito comunitario si eso era necesario para lograr una suspensión de las ejecuciones a condenados a muerte. Podría objetarse cuál es el grado real del poder de Bonino si se la compara con Rice. En todo caso, se trata de una influencia de otro tipo, en la que –como fue, y sigue siendo, el caso de Del Ponte– se trabaja en la búsqueda de algo cercano a la justicia que esté lo más lejos posible de la venganza.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 2 de noviembre de 2007)

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03 junio 2006

Mundial 2006: Cartas de poder

Si el mundial se jugara con “cartas de poder”, Ucrania tendría buenas chances de avanzar de ronda. La presencia de la pincesa Leia en la política ucraniana indica que si uno de los rubros del hipotético juego fuera el sex appeal de los mandatarios, nadie podría contra una selección capitaneada por Yulia Tymoshenko. Uliya, como le dicen cariñosamente, es conocida por haber sido una de las artífices de la llamada “revolución naranja”, que se propone limar las raíces rusófilas del país y sintonizar con la Europa comunitaria.

La dificultad para Yulia radica en que la voz Ucrania significa “el lugar del terruño”, patria, confín. La difícil traducción que tienen los nombres cuyo nacimiento se remonta hasta una época en la que se hablaba un idioma similar pero no idéntico a las lenguas eslavas actuales, no impide que la propia denominación del país le recuerde a Yulia que la vinculación con “la madre Rusia” no es de ahora. Viene de mucho más lejos que el precario matrimonio poligámico de Moscú con las varias repúblicas soviéticas.

Ucrania es para los rusos “el lugar del terruño”, y en efecto, la Rusia de Kiev es una de las variantes más antiguas que dieron forma a la pluralidad de la identidad rusa (aquella fórmula que refería al soberano moscovita como “zar de todas las Rusias” no se debía a ninguna esquizofrenia monárquica). Situada entre Polonia y Rusia, lo que equivale a decir entre Europa y “lo otro”, la dualidad de la identidad ucraniana es riquísima en matices, a pesar de las caricaturas rioplatenses de la peluquería de Don Mateo.

Cuando salten a la canchan los once de Kiev, no sólo harán sufrir a Uliya durante noventa minutos, sino que serán un adecuado recordatorio de lo ocurrido con una de las formaciones del Dinamo de Kiev de mitad del siglo pasado, único equipo fusilado en masa por los nazis por negarse a perder un partido de fútbol ante los players del führer. Este mundial hubiera sido una buena ocasión para que su memoria recibiera un justo homenaje, con la presencia de la inminente primera ministra en las tribunas, quien sin duda daría que hablar con su peinado inspirado en la Guerra de las Galaxias.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en La Diaria en junio de 2006)

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08 julio 2005

Armas balcánicas para el Congo

Un estudio de Amnistía Internacional (AI) reveló el comercio de armas y municiones procedentes, principalmente, de Europa del este y los Balcanes, que tiene como clientes a los gobiernos de la República Democrática del Congo, Ruanda y Uganda y su posterior distribución a grupos armados y milicias de la región oriental de la República Democrática del Congo “que han participado en atrocidades constitutivas de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad”.

El sitio en internet de ese organismo defensor de los derechos humanos publica el reporte titulado “Democratic Republic of Congo: Arming the east”, que aporta datos sobre el papel que siguen desempeñando el traficante de armas ruso Victor Bout y sus asociados cercanos, a través de operadores locales, que han vendido en secreto armas a todas las partes en el conflicto de la República Democrática del Congo. En ese sentido AI reconoce que no necesariamente se producen violaciones evidentes a los embargos internacionales de armas, aunque luego en la propia región se registran los cambios de manos de armas pequeñas que son las principales responsables de la violencia contra la población civil.

El informe tiene revelaciones que seguramente despertarán polémicas en los países mencionados. Se dice, por ejemplo, que hay acuerdos de armas por diamantes “en los que están involucrados el gobierno de la República Democrática del Congo y empresas de la República Checa, Israel y Ucrania”. A la vez se presentan datos sobre la existencia en 2004 “de una red de tráfico de armas entre la República Democrática del Congo y Liberia y en la que participan empresas internacionales de transporte de mercancías”, y de la transferencia de más de 200 toneladas de armas a un grupo armado progubernamental en Kivu Septentrional por una empresa local, “utilizando aviones de una compañía sudafricana que abasteció a fuerzas de mantenimiento de la paz de la ONU en 2003”.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2005)

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10 mayo 2005

Los derechos humanos siguen siendo una utopía

Los derechos humanos siguieron siendo víctimas de la “guerra contra el terror”, afirma el informe 2005 de Amnistía Internacional (AI) presentado el pasado miércoles. El reporte revela una doble tendencia: por un lado los gobiernos aplican políticas de seguridad y control que llegan “redefinir la tortura para hacerla admisible” (maquillándola con un discurso de lucha por la libertad y la justicia), y por otra parte los llamados grupos terroristas utilizan un "grado inaudito de brutalidad".

En América, según el Informe 2005 de Amnistía Internacional (AI), "el respeto de los derechos humanos siguió siendo una utopía para muchas personas". Basan su afirmación en la persistencia de "la tortura, los homicidios ilegítimos a manos de la policía y las detenciones arbitrarias", agravados por la acción de bandas de narcotraficantes y delincuentes organizados. A la vez, "la 'guerra contra el terror' dirigida por Estados Unidos continuó socavando los derechos humanos en nombre de la seguridad, a pesar de la creciente indignación internacional producida por la evidencia de los crímenes de guerra –como por ejemplo torturas– perpetrados por Estados Unidos contra detenidos". El director de la Sección Española de Amnistía Internacional, Esteban Beltrán, dijo en declaraciones tomadas por EuropaPress que el gobierno de Estados Unidos intenta, mediante "un lenguaje casi administrativo", suavizar la prohibición absoluta de la tortura".

Sobre África el reporte de Amnesty indica que “los homicidios, los secuestros y las violaciones por parte de las fuerzas gubernamentales y los grupos armados de oposición siguieron teniendo un carácter generalizado en los conflictos armados de la República Democrática del Congo, Somalia, Sudán y Uganda”. Si bien se reconoce que se lograron avances en varios países gracias a la firma de diversos acuerdos de paz, los mismos “continuaron siendo muy frágiles en Burundi, Costa de Marfil y Somalia, donde persistieron los estallidos esporádicos de violencia en zonas localizadas”.

En Europa los principales problemas estuvieron vinculados con el racismo (se menciona que se registraron casos en casi todo el continente, desde Finlandia a Chipre), en especial contra los gitanos. Detrás de la antigua cortina de hierro, “al no haber investigaciones inmediatas, minuciosas e imparciales persistió la impunidad de los responsables de tortura y malos tratos, prácticas que, según los informes, fueron generalizadas en países como Albania, Georgia, Moldavia, Rumania, Rusia, Tayikistán, Ucrania y Uzbekistán (foto)”.

El capítulo dedicado a Asia y Oceanía no muestra un panorama mucho mejor que el del resto del mundo. Se puede leer que "Nepal se sumió en una crisis política y de seguridad cada vez más profunda", en tanto que en Sri Lanka continuaron las ejecuciones por razones políticas cometidas por los Tigres de Liberación de Eelam Tamil, y el uso de "escudos humanos" por parte de guerrilleros indonesios. En la India, sobre todo en Jammu y Cachemira y en varios estados del noreste del país, los abusos contra los derechos humanos por parte del ejército y de los grupos políticos armados, continuaron siendo habituales. "Se siguió reprimiendo la disidencia política en países como China, Corea del Norte, Laos, Myanmar y Vietnam", aunque como contracara, "Bután, Brunéi y Maldivas fueron algunos de los países en los que se realizaron intentos de democratización y perfeccionamiento de la protección de los derechos humanos".

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en mayo de 2005)

==Primera parte de tres

* 2- Mujer
* 3- Migraciones

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15 septiembre 2003

Después del Muro

Durante la Guerra Fría, la mayoría de lo que occidente y el mundo socialista sabían sobre “el otro lado”, estaba teñido por la propaganda. La visibilidad era tan baja, que las metáforas que se acuñaron en ese tiempo hablaban de cortinas de hierro y telones de acero. Cuando a mediados de los ochenta se comenzó a vivir un proceso de cambios internos en la Unión Soviética, una de las palabras de moda, glasnot, también refería a la opacidad, aunque por negación. Esta transparencia era más una expresión de deseo que una realidad. Ni siquiera los expertos estaban a salvo de la omnipresente opacidad, como quedó demostrado cuando los servicios de inteligencia occidentales no supieron prever el desplome del viejo enemigo soviético.

Esa difusa neblina dio paso, en los primeros años de los noventa, a una claridad cegadora. De pronto las cámaras de las grandes cadenas de televisión franqueaban las fronteras antiguamente vedadas, y estaban en cada ciudad en la que se tiraba abajo una estatua de Lenin. Esa atención, arrolladora y superficial, sufrió el proceso natural de todo hecho noticioso: aparición abrupta, desarrollo, clímax y desaparición. Los países del antiguo bloque socialista habían ingresado uno tras otro al esquema de economía de mercado y democracia representativa, y lo habían hecho, con la sola excepción de Yugoslavia, de un modo pacífico. Historia terminada.

Pero la realidad es más compleja. Hace quince días el Banco Mundial presentó su informe “Transición, los diez primeros años”. Como ya lo había reconocido el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 1999, esa transición fue, en muchos casos, una depresión. Ahora, a comienzos del 2002, el Banco Mundial cuantificó las pérdidas en producto bruto, calidad de vida y nivel de equidad, que sufrieron los países del ex bloque socialista en el salto a la economía de mercado. Para que se entendiera exactamente de qué se estaba hablando, el Banco Mundial comparó esta situación con la más conocida de las crisis de la economía moderna: la Gran Depresión de los años treinta, que siguió al derrumbe de Wall Street de 1929. En aquel momento Estados Unidos vio como su producción acumulaba pérdidas porcentuales de 27 puntos. Hoy, los países de la ex Unión Soviética, con excepción de los Bálticos, perdieron el doble de lo que los norteamericanos habían perdido en aquel período crítico. Algunas repúblicas ex soviéticas, como Georgia, perdieron casi el triple de su nivel de producción anterior al fin del socialismo.

¿Qué significan estas cifras en la vida cotidiana de las personas? Peor calidad de vida y más inequidad. El mismo documento del Banco Mundial asegura que en el momento final de la economía comunista, uno de cada sesenta soviéticos era tan pobre que debía vivir con un dólar por día. Tras diez años de reformas económicas de mercado, esta cifra de pobres se multiplicó por tres. En Armenia, en Rusia, en Tayikistán y en Ucrania, el nivel de inequidad, medido por el llamado coeficiente Gini, se duplicó. Estas cifras, sin embargo, encierran su propia opacidad. Los autores del informe reconocen que la situación puede ser incluso peor que lo que sugieren los estándares internacionales para medir la pobreza.

Hay otros hilos más sutiles que se han perdido para siempre en la trama de la economía de las sociedades del Este, y que son difíciles de leer con los indicadores habituales de la economía. Hilos de una trama que ofrecía lo que ha quedado enterrado en el pasado: seguridad vitalicia dentro de los limitados horizontes de la economía soviética. Al analizar las causas posibles del alarmante crecimiento en el índice de suicidios, el PNUD se acercó más que el Banco Mundial a los efectos concretos de esta seguridad perdida.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en setiembre de 2003)

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12 diciembre 2000

El espejo austríaco

Para los habitantes de varios de los países del este europeo, Austria es el modelo occidental en el que mirarse. Sus fronteras con la República Checa, Eslovaquia, Hungría y Eslovenia, han puesto a los austríacos en la vidriera, y su nivel de vida es el que tienen en mente sus vecinos cuando van de compras en busca de una imagen para su ideal de sociedad capitalista. Más allá de las implicancias históricas de esta identificación que vienen, al menos, desde la época del imperio de los Hasburgo en el que varios de esos países estuvieron integrados en distintos momentos, hay una identificación que debe leerse por el deseo de crecimiento económico. Los involuntarios propagandistas de esta situación no son los potentados austríacos sino la clase media e incluso trabajadora que, amparada en la poca fortaleza de las monedas de los países en transición, visitan en masa los pequeños pueblos checos de la frontera, como el encantador Cesky Krumlov, o van a atenderse con los dentistas húngaros de Sopron, más baratos y tan buenos como los de Viena. El impacto del choque de estos dos mundos es considerable.

Para entender el impacto del choque entre estos dos mundos, es necesario imaginar la situación de dos trabajadores, uno eslovaco y uno austríaco que se dedican a la misma actividad y que viven en las capitales de sus respectivos países, situadas a una hora de distancia. El austríaco entra a su empleo por la mañana, y veintidos minutos más tarde ya produjo el salario necesario para comprar un kilo de carne de cerdo. El eslovaco necesitará tres horas y cuarto para lograr la misma proeza. Si en la misma balanza se colocan otras nacionalidades, se comprobará que el checo necesitará dos horas y media, el húngaro dos horas y diez minutos, el polaco una hora y tres cuartos, y el croata una hora y media; pero el que deberá realizar un esfuerzo mayor será el ucraniano, que necesitará cinco horas para lograr el mismo kilo de carne de cerdo que a su colega austríaco le costó veintidos minutos de trabajo. La hora en automóvil que separa Viena de Bratislava es casi nueve veces más valiosa para un eslovaco que para un austríaco si se toma como elemento de comparación el kilo de carne de cerdo, la más común en la dieta centroeuropea.

Si se lo que se toma en cuenta es la canasta básica en su totalidad, se aprecia que el eslovaco y el checo tienen que trabajar todo el mes (24 días) para alcanzar ese nivel de subsistencia que al austríaco le cuesta sólo una semana de idéntico trabajo, pudiendo gastar el salario de las tres semanas restantes en bienes y servicios que mejoren su calidad de vida. Cuando se hacen estas cuentas globales el polaco está más cerca del nivel de vida occidental, necesitando apenas algo más que el doble de trabajo que el austríaco para obtener el mismo resultado, dos semanas y dos días. Un poco peor que la realidad del polaco, pero mejor que la del checo y que la del eslovaco, es la situación del húngaro y del croata, que necesitan de 20 días de trabajo al mes para obtener lo básico para vivir. Si quiere lograr el mismo resultado, el ucraniano deberá trabajar todo el mes incluyendo sábados y la mitad de los domingos, ya que necesitará de 28 días de salario.

De todos los ciudadanos de los páises analizados en esta comparación basada en cálculos propios a partir de tablas de HGV, una institución especializada en monitorear las economías en transición, el polaco es el único que además de cubrir su canasta básica puede comprarse un traje y un par de zapatos con el salario de un mes; para eso deberá destinar el pago recibido por diez días de trabajo. Nuevamente el doble de lo que debe trabajar un austríaco para la misma compra, pero esta vez la mitad de lo que necesitan trabajar los checos y los eslovacos, con la diferencia sustancial que si los checos o los eslovacos quieren comprarse un traje y un par de zapatos deberán renunciar a parte de aquellos alimentos y servicios imprescindibles para vivir. Esta comparación, sin embargo, no es suficiente para visualizar la diferencia en la calidad de vida de los austríacos y sus vecinos de las economías en transición, ya que no incluye uno de los elementos de análisis más importantes: el desempleo.

==Segunda parte de siete

* 1- Después del Muro, una cortina de cristal
* 3- La inseguridad básica
* 4- Dos casos: Eslovaquia y Chequia
* 5- La crisis país por país
* 6- Los niños que no nacieron
* 7- Los costos humanos de la transición

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de diciembre de 2000)

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