12 enero 2007

No todos los dictadores mueren igual (II)

Trujillo

Este repaso a la forma en que murieron algunos de los dictadores de la historia moderna (apenas de una muestra ya que, lamentablemente, la lista es demasiado extensa), continúa muy cerca de Haití. Al otro lado de la frontera seca que divide en dos la isla de La Española, estaba el señorío de Rafael Leonidas Trujillo (en la foto, junto a Francisco Franco, dictador español), dueño de la República Dominicana durante tres décadas y un año.

En su libro La fiesta del chivo, el escritor peruano Mario Vargas Llosa retrata los últimos días del trujillismo. La novela se centra en la fascinación que Trujillo ejercía sobre su círculo más cercano, generando una forma de “divinización” del caudillo (para usar un término de Joaquín Balaguer, que fuera presidente títere en los instantes finales de la “era Trujillo”), y provocando en funcionarios y militares un sometimiento voluntario que les hace llegar a formas cada vez más extremas de renuncia a la propia dignidad. Cuando el vaso empieza a derramarse es que algunos integrantes de círculos cercanos al trujillismo planean y ejecutan su eliminación.

Varios indicios sugieren que la Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) colaboró con el plan, ya que Trujillo, un antiguo protegido, había comenzado a resultar anacrónico y molesto.

==Segunda parte de once

* 1- No todos los dictadores mueren igual
* 3- Los Somoza
* 4- Stroessner y Batista
* 5- Ante Pavelic
* 6- Salazar
* 7- Los coroneles
* 8- Idi Amin
* 9- Macías Nguema
* 10- Pol Pot
* 11- Fines de otoño

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de enero de 2007)

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28 diciembre 2005

e-gob: país a país

Buena parte de lo que se postula en eLAC ya se está haciendo en los países líderes, que son Brasil, Chile y México, y la mayoría de estos puntos ya están en marcha en los que ocupan el segundo escalón regional en gobierno electrónico. En este segundo escalón está Colombia y luego, con algo más de camino para recorrer, Costa Rica, Jamaica, Trinidad y Tobago. Sí, Trinidad y Tobago no sólo clasificó al mundial de fútbol 2006 después de un repechaje, sino que es uno de los más avanzados de la región en gobierno electrónico si se toma en cuenta su disponibilidad de recursos económicos y el tamaño de su población. Situaciones especiales son las de Argentina y Venezuela, la primera por la coexistencia de zonas avanzadas y atrasadas en esta materia, y Venezuela con una fuerte apuesta a introducir el software libre (que no necesita pagar licencias de uso) en cada vez más sectores de la administración estatal. Países como Guatemala, Perú, Bolivia, Ecuador, y Panamá, están en lo que podría llamarse un cuarto escalón, con los primeros pasos ya están recorridos. Luego están los casos de República Dominicana y Paraguay, donde se crearon oficinas especializadas en el tema y se cuenta con un fuerte liderazgo presidencial, lo que permite suponer que paulatinamente se irán situando en el tercer y cuarto escalón. Algo más lejos están aquellos países donde ni siquiera existe una estrategia nacional para el gobierno electrónico y donde el tema todavía no ha ingresado en el debate público real.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en diciembre de 2005)

==Sexta parte de diez

* 1- Kafka detrás del monitor
* 2- Un enfoque kafkiano
* 3- La construcción
* 4- Liderazgo
* 5- América Latina
* 7- Impuestos en línea
* 8- Democratización
* 9- Chile
* 10- México

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18 noviembre 2005

Estados "frágiles": la polémica

Estas polémicas no son nuevas. Ya en 2002 Carlos Taibo, experto español en temas internacionales, fue muy directo al evaluar el interés del mundo desarrollado en los Estados frágiles. “Se ajusta a pautas extremadamente egoístas”, aseguró. La preocupación se debe a que “estas nebulosas entidades suelen originar grandes oleadas de refugiados, activos comercios de armas, episodios de violencia política y graves agresiones medioambientales, sin que el interés por los padecimientos de la población local despunte, entre nosotros, por lugar alguno”.

Si se toma en cuenta que la estigmatización de algunos países como “Estados canallas” fue el primer paso para legitimar la agresión contra Irak, se puede comprender el riesgo de estas nuevas categorizaciones. Una muestra de la preocupación que generan pudo detectarse cuando la revista Foreing Policy incluyó a República Dominicana en su lista de Estados frágiles. El informe de la publicación internacional, elaborado en base a 12 indicadores, buscó desmarcarse de la posición estadounidense, justificando la importancia del tema en citas del secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan (quien había advertido que "ignorar a los Estados fallidos crea problemas que, en ocasiones, se vuelven contra nosotros"), y del presidente francés, Jacques Chirac -foto- (quien habló de "la amenaza que suponen los países fracasados para el equilibrio mundial").

Estas precauciones no le ahorraron críticas al diagnóstico. Carlos Dore Cabral, Secretario de Estado de República Dominicana, aseguró que una de las impulsoras del índice publicado por Foreing Policy, la Fundación Carnegie, “que se autodefine como una organización de investigación independiente, es, en realidad, una institución de la llamada nueva derecha de Estados Unidos”. Una vez más lo del comienzo: las palabras no son inocente. Mucho menos cuando de la utilización de una categoría de análisis pueden derivarse consecuencias políticas y económicas que afectan el desempeño de los países en el sistema internacional.

==Sexta parte de nueve

* 1- La fragilidad como amenaza
* 2- Dos enfoques
* 3- Seguridad para el desarrollo
* 4- Desarrollo para la seguridad
* 5- El riesgo
* 7- El caso congoleño
* 8- Gamberros, desestructurados y sin ley
* 9- Fuentes

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en noviembre de 2005)

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02 octubre 2003

Estación de invierno

“Nieva dentro de mí, debajo de la carne y en la pared urgente de la soledad. Afuera, sin embargo, es día claro y nieva. Yonkers es un tráfago de torpe lodo gris, de techos amarrados a un silencio indescifrable. He tomado con sigilo mi tren hacia el eterno, sin que vagón alguno respire olor humano. Minutos después, un grupo de jóvenes árabes me cerca; hablan en su lengua gutural y baldía, surcada de polvo, torbellinos y sables, pero el cántico infeliz de los rieles me ha salvado. Era tarde. Arreciaba el milagro de sobrevivir a las facas del odio y la opulencia. Oré a la niebla y al bosque de la noche: en ellos se aposenta el dominio sagrado. Ya no temo a nada en el vajido de las rocas; hoy me reconozco viajero de la muerte. Acrece la cellisca y la humedad lo es todo. Nieva todavía en el cauce de mis huesos. Afuera, sin embargo, el hielo ha disipado su imponencia letal y los niños redimen urgentes esperanzas. Nieva por los bordes de mi meditación. Hace calor aquí; el trópico me alienta con tan sólo evocarlo, y las manos desnudas de una mujer me cubren. Afuera, sin embargo, es noche honda y muerte, y mi estación no existe, y el tren no se detiene en su viaje al invierno.”

==Sexta parte de seis

* 1- El doble dilema de la identidad
* 2- Dominican-york
* 3- La identidad al interior de la isla
* 4- Más voces
* 5- Del nombre y otros rasgos

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 02 de octubre de 2003)

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Del nombre y otros rasgos

“De alto porte, color negro puro, azabachado, dos ojos azules distanciándolo de lo común. Las dos razas se le alborotaban en el rostro. De una, el cabello y los ojos, tenía el pelo muerto, como seda, y unos ojos de puro mar azul que, cuando se contrariaba, se le ponían alagarteados. De la otra, la piel negra como el tizne, por momentos con relumbres de color morado. En definitiva, no delimitó los orígenes, como puede entenderse a primera vista, al contrario, los fundió”.

En el segundo capítulo de su novela, José Enrique García (foto) presenta este retrato hablado de Victoriano de los Ángeles Vásques y Giménes, personaje principal de Una vez un hombre, también editada por Alfaguara. En ese carácter mestizo que centra la descripción, se basará el destino trágico de esta figura arquetípica de esos años finales del siglo XIX que la literatura sitúa en un terreno casi mitológico, y hacia donde muchos hunden la mirada para encontrar los barros fundacionales de la identidad anteriores a la construcción artificial del hispanismo trujillista. Quizás por eso, al final de la novela, por efecto del ascenso al poder de Trujillo que va eclipsando a los “caudillos de monte”, eliminándolos o poniéndolos a su servicio, ese carácter rebelde y autárquico de Victoriano va perdiendo su aureola y va descascarándose, hasta que sólo resta el autoritarismo y el capricho, mueca de lo que alguna vez había sido. Desde un exilio lejano, en un país del que no entiende ni el idioma ni las costumbres, la voz del narrador intenta rescatar la historia de Victoriano, y comprenderla. Ese país lejano puede ser leído, sin duda, como la República Dominicana de hoy, que busca recapitular los sedimentos de lo que efectivamente es su identidad, y rescatar los restos del naufragio después de las borrascosas décadas de Trujillo y de su herencia.

==Quinta parte de seis

* 1- El doble dilema de la identidad
* 2- Dominican-york
* 3- La identidad al interior de la isla
* 4- Más voces
* 6- Estación de invierno

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 02 de octubre de 2003)

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Más voces

Cualquier panorama de la literatura dominicana actual debe incluir, además, los nombres de José Mármol, José Enrique García, y Rita Indiana Hernández. El primero es una de las figuras clave de la poesía de su país. Nacido en 1960, catedrático de filosofía y autor más de una decena de poemarios, acaba de ingresar al selecto catálogo del sello español Visor con su antología Deus ex machina. Otro poeta, José Enrique García, doctorado en letras por la Universidad Complutense de Madrid y editor del suplemento cultural del diario Hoy, adquirió reconocimiento como narrador al fichar para Alfaguara con su novela Una vez un hombre. La menos difundida de esta terceta es Rita Indiana Hernández, autora de una novela calificada por la crítica como bukowskiana e iconoclasta, La estrategia de Chochueca, imposible de conseguir en las librerías de Santo Domingo.

En cierta medida, estas tres voces también hablan de la identidad. De un modo más metafísico en el caso de Mármol, el más universal de los tres, en cuya poética el diálogo con la divinidad no es sólo la excusa para un título sino que atraviesa buena parte de los textos del poemario; una identidad en contrapunto con el pasado caudillesco en el caso de la narración de Enrique García; o una identidad que se deja cuestionar por la mirada urbana y desencantada de Indiana Hernández que disecciona el comportamiento de los jóvenes dominicanos que transitan por los márgenes de una Santo Domingo noctámbula y sucia.

==Cuarta parte de seis

* 1- El doble dilema de la identidad
* 2- Dominican-york
* 3- La identidad al interior de la isla
* 5- Del nombre y otros rasgos
* 6- Estación de invierno

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 02 de octubre de 2003)

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La identidad al interior de la isla

El tema de la identidad no sólo le compete a los dominicanos que viven en Estados Unidos. El novelista Andrés L. Mateo, ex director de la Biblioteca Nacional y uno de los actuales jerarcas del Ministerio de Cultura de ese país, es uno de los intelectuales que más se han ocupado del tema. Recibió a Brecha en su despacho, frente al malecón sobre el Mar Caribe, y habló sobre literatura, sobre política, y sobre el tema en el que ambos tópicos se cruzan: la época de Trujillo. Ese momento de las historia dominicana fue el eje de la penúltima novela de Mario Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo, y es también el telón de fondo de uno de los libros de Mateo que le han valido mayor reconocimiento internacional: La Balada de Alfonsina Bairán. Al bucear en esas aguas turbias es inevitable hacer referencia a la obsesión dominicana con la identidad, ya que "el drama de la dominicanidad en términos de su confrontación con la era de Trujillo es un drama de desarraigo", asegura.

El tema de la identidad es uno de los asuntos recurrentes en su obra ensayística. En este terreno el autor de La Balada... no está solo, sino que es un tópico que "de alguna manera permea a todos los escritores, lo hemos discutido casi todos". Según Mateo, eso se debe a varios factores. El primero, en su opinión, es que la independencia de su país fue un proceso sui generis, que no se produjo en contra de la metrópoli española sino en contra de Haití. Una independencia que se funda "casi esencialmente en la diferenciación cultural con el dominador". El segundo factor de la permanencia de lo identitario como obsesión de la intelectualidad local, es el carácter procesual de la independencia, incluyendo sus momentos de recaída, "lo que ha hecho que la historiografía dominicana se vincule a una angustia existencial relativa a la viabilidad o no de la nación dominicana”. Una angustia a la que el dictador Trujillo, señor feudal de ese país entre 1930 y 1931, intentó responder apelando al hispanismo, un modelo que ayudó a convertir "en ideología, en modelo de identidad que supone que en el contexto del Caribe nosotros somos de ascendencia puramente hispánica". Esto genera "una incertidumbre por la identidad" que persiste y que actualmente "tiene otros matices que se derivan, por ejemplo, de la presencia haitiana en la República Dominicana, el rechazo o no de esa presencia, el racismo o el no racismo".

Mateo destacó la influencia de José Enrique Rodó en su país, afirmando incluso que el arielismo fue tomado como una de las bases de justificación ideológica de la dictadura de Trujillo. "El arielismo -explica- fue una pandemia en América y a partir de principios del siglo XX se regó como pólvora en prácticamente todos los cenáculos intelectuales del mundo americano. El Ariel de Rodó fue el armazón teórico de una sensibilidad latina opuesta, como todos sabemos, a ese pragmatismo carente de refinamiento que caracterizaba, según Rodó, el avance de los Estados Unidos sobre el continente. Ese antiamericanimo pánfilo que además supuso una exacerbación nacionalista en ciertas esferas de la vida intelectual, sirvió también para legitimar la dominación de un sector de élite sobre las masas, lo que Rodó llamaba ‘el número’". En el caso específico de la República Dominicana el arielismo coincidió, a principios de 1901, con una pretendida expansión del pensamiento liberal. No debe olvidarse que la primera publicación del Ariel de Rodó fuera de su país natal fue en la República Dominicana, y al mismo tiempo uno de los intelectuales que primero difundió a Rodó en América, en el famoso ciclo de la Sociedad de Conferencias en México, fue Pedro Enriquez Ureña, un intelectual de peso en República Domininicana, quien introdujo a Rodó como tema de los cursos de verano de la Universidad de México. "Cuando la era de Trujillo se instaura -continúa historiando Mateo- el arielismo era el pensamiento que había sustituido al positivismo dominicano, pero lo curioso es que con la figura de Trujillo, arielismo y positivismo realizan un extraño matrimonio, porque el positivismo es el dominio de la razón y la ciencia como ideología, en tanto que el arieslismo era de alguna manera una filosofía idealista, y sin embargo, tanto los arielistas como los positivistas pasaron a darle sustentación teórica a la dictadura de Trujillo".

==Tercera parte de seis

* 1- El doble dilema de la identidad
* 2- Dominican-york
* 4- Más voces
* 5- Del nombre y otros rasgos
* 6- Estación de invierno

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 02 de octubre de 2003)

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Dominican-york

Algunos integrantes de la nueva generación de escritores dominicano-americanos no excluyen la provocación a la hora de plantearse el problema de identidad. Sus libros se publican primero en inglés y luego deben ser traducidos al español para que puedan ser leídos en el país de sus padres, y la resolución a su dilema identitario, en ciertos casos, pasa por asumirse como estadounidenses y aceptar las críticas de la comunidad dominicana que pasa a llamarlos, despectivamente, ‘dominican-york’.

Nelly Rosario, que abandonó sus estudios de ingeniera en el Instituto Tecnológico de Massachusetts para hacer un Master en Creación Literaria en la Universidad de Columbia, es una de esas ‘dominicanas ausentes’, como también se les llama en Santo Domingo. En una entrevista que le realizara el suplemento cultural Ventana, con motivo de la aparición de su novela Song of the water saints , le pidieron a Nelly Rosario una opinión sobre la inmigración. La respuesta fue tajante e inesperada: “no lo sé, nunca he emigrado”. Nacida en Nueva York e hija de dominicanos, Nelly Rosario esperó a tener 23 años para asumirse como estadounidense. “Mucha gente que he conocido tenía la mente en República Dominicana. Pensaban que iban a comprarse una casa allá en el futuro y tenían la nostalgia de la patria. Y hay gente que no tiene vida porque están atrapados entre trabajar duro aquí sin disfrutar el presente para comprarse una casa allá. Pero ese sueño no siempre se realiza. Entonces pensé: ‘¿qué pasaría si alguien dice que no se quiere ir y eso es un acto patriótico?’. Es como mi decisión de convertirme en ciudadana estadounidense. Me criaron aquí y yo era ciudadana dominicana hasta los 23. Pero luego pensé, ‘sabes qué, vivo aquí, trabajo aquí, no me voy a regresar y vivir allá; yo soy americana’, y tomé la decisión de tener la ciudadanía”. A pesar de eso, sabe que no puede librarse de la tendencia de la sociedad estadounidense de catalogar a la gente con un guión en el medio: “acepto la etiqueta, cualquiera de ellas, simplemente porque no existe una mejor manera de expresar una experiencia. Pero yo no soy sólo domínico-americana. Me considero una mujer negra, una caribeña, una latina, una escritora, una mujer. Pero eso no me define. Son sólo aspectos de mí”.

==Segunda parte de seis

* 1- El doble dilema de la identidad
* 3- La identidad al interior de la isla
* 4- Más voces
* 5- Del nombre y otros rasgos
* 6- Estación de invierno

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 02 de octubre de 2003)

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El doble dilema de la identidad

La literatura dominicana es una desconocida en estas tierras. La distribución en Uruguay de una novela de Julia Álvarez, pretexta un regreso a una entrevista inédita con Andrés L. Mateo y a la libreta de apuntes de una visita a la Feria del Libro de Santo Domingo del año pasado. Una arena literaria en la que parece revelarse una tensión entre la identidad y el desarraigo que puede llegar a sernos familiar en algunos años.

¿Qué ocurriría si un hijo de uruguayos nacido en Nueva York recibiera reconocimiento como escritor en Estados Unidos; o si un montevideano de poco más de treinta años que vive en Nueva Jersey desde los siete publicara sus cuentos, asiduamente, en The New Yorker y sus libros recibieran buenas críticas en influyentes periódicos como The New York Times? ¿Formarían parte de la literatura uruguaya? ¿Y si los premios nacionales de poesía fueran ganados por compatriotas que no habían empezado la escuela cuando se mudaron con sus familias a Boston? Todo eso, que podría comenzar a ocurrir dentro de un par de generaciones si continúa el éxodo de estos primeros años del siglo, es lo que desde hace más de una década viene sucediendo con los autores dominicanos.

Julia Álvarez, neoyorquina-dominicana de cincuenta y dos años, es en la actualidad una de las escritoras más sólidas del catálogo caribeño y centroamericano de Alfaguara. Su novela En el nombre de Salomé fue uno de los lanzamientos de esa editorial para la Feria del Libro de Santo Domingo del año pasado, y ya tiene distribución en Uruguay. El asunto elegido se inscribe en uno de los universos temáticos más transitados por la literatura dominicana: la identidad. Un eje que en el caso de los escritores de la diáspora adquiere un significado doble. Por una parte el cuestionamiento sobre lo que significa ser dominicano, interpelación que Julia Álvarez canaliza ficcionando la vida de la poeta y educadura Salomé Ureña, para extraer de la Salomé personaje y de su hija, de las dos épocas que representan, dos formas diferentes de elaborar el dilema de la identidad y del compromiso con una idea de nación que no logran asir con exactitud pero ante la que tampoco pueden permanecer indiferentes. Y por otra parte, los escritores de la diáspora también se han planteado el cuestionamiento de lo que significa ser dominicano-americano, si es que eso significa algo, cuestión que la propia Julia Álvarez trató en profundidad hace más de una década en su libro De cómo las chicas García perdieron su acento.

Viviendo a medio camino entre la tranquilidad de Vermont, en la frontera con Canadá, y su granja de café orgánico en República Dominicana, Julia Álvarez no tiene la centralidad de otros autores en la escena literaria dominicano-americana. Si se quiere citar un nombre que ocupe ese espacio es posible que haya que señalar a Junot Díaz, nacido en 1969 y habitante de Nueva York desde los siete años, que mantiene un jugoso contrato con la prestigiosa editorial estadounidense Putnam, y cuya colección de cuentos Drown (Ahógate) fue recibida con entusiasmo por The New York Times y The Village Voice.

El suceso estadounidense de varios escritores de la antigua isla de La Española no implica un boom editorial al estilo del que sí tuvo lugar en los años sesenta con los autores latinoamericanos en Europa, sino que tanto las ediciones de obras individuales como la aparición de varias antologías bilingües de poetas y narradores dominicano-americanos, forman una literatura de la diáspora que no deja de estar, al decir del crítico Torres-Saillant, “circunscrita a la periferia del margen”.

==Primera parte de seis

* 2- Dominican-york
* 3- La identidad al interior de la isla
* 4- Más voces
* 5- Del nombre y otros rasgos
* 6- Estación de invierno

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 02 de octubre de 2003)

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20 noviembre 2002

Todas las fronteras del mundo

Sumergirse en la realidad del país más pobre de América, puede implicar un golpe tan fuerte que la experiencia se tiñe de una irrealidad casi onírica, mientras se recorren los jirones del viejo esplendor de la perla más preciada del imperio colonial francés. En Haití, cada imagen es una frontera.

Quienes llegan por avión a la isla de La Española, que Haití comparte con República Dominicana, aseguran que la división entre ambos países puede adivinarse desde el aire. La porción verde es República Dominicana, el gris amarronado es Haití. La postración económica de la ex colonia francesa prácticamente acabó con la vegetación. Los dominicanos comentan con cierta amargura que su propia crisis, o el pasaje furtivo de la frontera que realizan los contrabandistas de carbón vegetal, ya han ido desdibujando este remedo cartográfico. Pero si se arriba a Haití por vía terrestre, el impacto es todavía más fuerte.

La capital dominicana, Santo Domingo, tiene ciertos destellos de prosperidad, algunos basados en el auge de la construcción de infraestructura turística, otros que surgen de las inversiones realizadas en algunos monumentos de la ciudad antigua, como consecuencia de las celebraciones del quinto centenario de la llegada de Colón. Esto cambia apenas se sale de la ciudad y se pasa por los barrios de lata que se apretan en los cerros circundantes, o por las comunidades campesinas salpicadas entre los platanales. Pasan las horas y a medida que se acerca Haití, la pobreza se vuelve más extrema. Los signos de la modernidad relativa de Santo Domingo van dejando paso a pequeños poblados que muestran, al borde de la ruta, unos curiosos coliseos de madera reservados a las riñas de gallos. Unos kilómetros antes de llegar a la línea divisoria, la carretera simplemente se extingue, y es sustituída por un pedregal bordeado de casuchas miserables. El trayecto se hace trabajoso y el lado dominicano se parece a cualquier zona fronteriza de cualquier empobrecido país de América Central.

Pero a pesar de ese prólogo, que supuestamente debería preparar al viajero para llegar al país más pobre de América, no es posible estar listo para el impacto que se recibe al ingresar en Haití. Decenas de personas esperan el paso del ómnibus detrás de una pesada reja de metal verde, que sólo se abre para permitir la entrada o salida de los vehículos. Están prácticamente colgadas del portón. Un guardafronteras lo abre y el ómnibus traza una herida entre la muchedumbre, por la que avanza lentamente. Las imágenes se asemejan a la Ruanda de los noticieros. Niños negros, desnudos, mirando con los ojos desorbitados. Una enramada desvencijada bajo la cual decenas de mujeres -la piel sobre los huesos- dan vida a una feria fronteriza en la que los puestos, montados sobre estructuras de madera blanqueada por el sol y la lluvia, casi no tienen nada que ofrecer en sus cuarteadas mesas vacías. Una impresión de estar entrando en un lugar donde la pobreza extrema es la norma. A diferencia de otras, la frontera haitiana no es un lugar por el que se pasa, sino que es un lugar al que se entra.

==Primera parte de cinco

* 2- Puerto Príncipe
* 3- El brillo perdido
* 4- Petion-Ville
* 5- El Oloffson de Green

(Publicada en el semanario Brecha, de Uruguay, 2002)

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12 julio 2002

Ilegales en su propia isla (I)

La vieja isla de Ayití, hoy está dividida en dos países: Haití y República Dominicana. El ingreso per cápita de los dominicanos cuadruplica al de sus vecinos, lo que hace que miles de haitianos crucen la frontera en busca de un futuro mejor. Del otro lado, además de las plantaciones azucareras, los espera una larga historia de rechazos y deportaciones arbitrarias.

Exactamente al mediodía se desató sobre Santo Domingo una lluvia de proporciones bíblicas. La cortina de agua le daba un aire irreal a la ciudad. Sin un buen sistema de bocas de tormenta, las calles laterales se fueron desbordando rápidamente y ya no era posible distinguir las veredas. En la rambla, el viento agitaba las palmeras. Refugiados precariamente debajo del alero de una parada de autobuses, los dos desconocidos comenzaron hablando, inevitablemente, del clima. Agotado el tema por la fuerza de la evidencia empírica, los enormes carteles de propaganda electoral focalizaron la conversación. En especial uno de ellos, que fue el que primero llamó la atención del forastero. Sobre fondo rojo se veía a un candidato entrado en años, de cuello de boxeador, que en letras blancas proclamaba: “Yo arreglo esto”.

-Optimista el hombre, ¿no?
-¿Ese? Ese no sirve.
-¿Y cuál sirve?
Con un gesto de cabeza mostró a su preferido. No utilizó ese movimiento lateral que señala cabeceando, tan usual en el Río de la Plata, sino que lo señaló con la pera, a la caribeña. Moviendo su cabeza de abajo hacia arriba indicó un anuncio en el que se lee “vote blanco” junto a la fotografía de un candidato negro: José Francisco Peña Gómez.

La imagen de este político también se puede ver en la Feria del Libro, que por esos días de mayo está ubicada en un parque céntrico de Santo Domingo, originando un caos de tráfico que es la pesadilla anual de los automovilistas. Una de las novedades del año es un libro que tiene en la portada una vieja fotografía de un Peña Gómez jovencísimo, con el torso prácticamente volcado sobre una suerte de pupitre, mirando con atención un punto indefinido, tal vez el estrado desde el que está siendo acusado por un funcionario de la dictadura de Trujillo. Junto al escrito testimonial de Peña Gómez, el mismo stand muestra un clásico de la literatura política dominicana, El Río Masacre se cruza a pie, sobre una de las históricas persecuciones de haitianos por parte de autoridades dominicanas. Últimamente, esos hostigamientos han asumido la forma de redadas del Departamento de Migración, y varias de ellas han coincidido con épocas electorales.

Un informe de derechos humanos de 1996 aseguró: “con repetidas referencias a los antepasados del candidato dominicano negro José Francisco Peña Gómez, los candidatos en liza argumentaban que 100.000 nacionales haitianos estaban ilegalmente inscritos en los censos de votantes. En las semanas que precedieron a las elecciones, cerca de 5.000 presuntos haitianos fueron deportados”.

Si bien no existen cifras confiables sobre el número de haitianos y domínico-haitianos que viven actualmente en la República Dominicana, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, citando a las autoridades de inmigración dominicanas, informó en 1999 que entre 500.000 y 700.000 personas de origen haitiano estaban viviendo en ese país. Algunos jerarcas, como el Jefe del Ejército, Manuel Polanco Salvador, a mediados del año pasado hablaban de “un millón más o menos”. Cálculos extraoficiales sugieren que al menos la mitad de estas personas nacieron en la República Dominicana. De los nacidos en Haití, sólo cuatro mil estaban en situación legal, con una visa o un permiso de trabajo. Según las autoridades dominicanas, muchos miles de haitianos han traído papeles de identidad falsos, lo que complica la tarea de distinguir a los residentes y ciudadanos legítimos de los inmigrantes indocumentados.

Aunque el lado dominicano de la isla corresponde a un país latinoamericano con dificultades económicas, el abismo que separa a ambos vecinos empuja a muchos haitianos a cruzar la frontera. No los separan solamente 380 kilómetros de línea limítrofe, sino también, y esencialmente, la distancia existente entre el ingreso per cápita de los dominicanos, que en el 2001 era de 2100 dólares, y el de los haitianos, situado en los 510 dólares.

==Primera parte de cinco

* 2- Parte II
* 3- Parte III
* 4- Parte IV
* 5- Parte V

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2002)

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Ilegales en su propia isla (V)

“Nacido en la República Dominicana, David Pere Martínez creció en Batey 7, una pequeña comunidad en la región azucarera próxima a Barahona, en el sudoeste del país. Con anterioridad a febrero de 2000, fecha de su deportación, David Pere Martínez nunca había estado en Haití.

Martínez, de veintiún años, caminaba por la calle Máximo Gómez, en Santo Domingo, en dirección a su trabajo en un edificio en construcción, cuando un grupo de militares lo detuvo. A pesar de que Martínez es dominicano -sus raíces haitianas se remontan a tres generaciones, es decir, a sus bisabuelos-, los militares insistieron en que “era de Haití”. Cuando intentó explicarles que había nacido en la República Dominicana, fue golpeado dos veces y obligado a subir a un autobús en el que había ya otra veintena de personas de piel oscura. El autobús transportó al grupo directamente a Jimaní, en la frontera con Haití, donde funcionarios dominicanos le ordenaron cruzar la frontera a pie.

Martínez llegó a Haití desorientado, sólo y asustado. Nunca antes había visitado el país y era incapaz de hablar o entender créole. No había comido desde su detención, pero carecía de dinero, así que se vio obligado a mendigar comida a los comerciantes. Al final encontró una familia hispanohablante de vendedores de las montañas que le ofreció alojamiento a cambio de que trabajara en la granja.

Entretanto, el primo de Martínez, que había presenciado su detención, avisó a la familia de la deportación. Preocupado por la suerte de su hijo menor, el padre de Martínez viajó a Haití a buscarlo. Después de dos meses de intensas pesquisas, el padre lo halló en el mercado de Malpasse, en Haití. El padre, nacido también en la República Dominicana, tenía documentos de identidad en regla, y se las arregló para pasar la frontera junto con su hijo y volver a casa.

Desde la deportación, Martínez se ha sentido atrapado en Batey 7, donde el único empleador es la empresa azucarera de Barahona. A Martínez le gustaría regresar a Santo Domingo, donde podría encontrar un trabajo mejor pagado, pero teme ser deportado de nuevo si regresa. A pesar de haber obtenido un certificado especial emitido por la policía local, en el que se establece su nacionalidad dominicana y en el que consta su número de documento de identidad, se siente en verdadero peligro de deportación sumaria” (Fragmento Tomado de “Personas Ilegales”. Human Rights Watch, 2002. La foto también es de HRW aunque no se corresponde al reporte sobre el caso Martínez).

==Quinta parte de cinco

* 1- Parte I
* 2- Parte II
* 3- Parte III
* 4- Parte IV

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2002)

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Ilegales en su propia isla (IV)

En los límites del casco antiguo de Santo Domingo, se conservan varias de las puertas de la ciudad colonial. Desde una de ellas, el héroe de la independencia dominicana dio el primer disparo que marcó el comienzo de su rebelión. Cada vez que hablan de su largo proceso independentista, los dominicanos recuerdan que no se liberaron de España, sino de Haití.

La isla que Cristóbal Colón rebautizó como La Española, se llamaba originalmente Ayití. Una parte fue colonizada por los españoles y otra por los franceses. La zona francófona coincide, en líneas generales, con el territorio actual de Haití, y se liberó de Francia en 1804. El área hispanohablante es la actual República Dominicana. Si bien en 1821 culminó la dominación española dando lugar a un país efímero conocido como Santo Domingo, en 1822 esa zona fue invadida por las fuerzas haitianas que unificaron la isla. Tuvieron que pasar veintidos años para que los hispanohablantes obtuvieran su independencia por segunda vez pasando a llamar a su territorio, recién entonces, República Dominicana.

Los problemas de vecindad no culminaron con la división de la isla, sino que los diferendos limítrofes recién se zanjaron en los años treinta y cuarenta del siglo XIX. El temor a una nueva invasión haitiana fue uno de los pilares en los que se sustentó la dictadura de Leonidas Trujillo, que fue el hombre fuerte dominicano entre 1930 y 1961. En 1937, temiendo posibles infiltraciones desde Haití, envió tropas dominicanas a la frontera, y les ordenó que masacraran a todos los haitianos hallados fuera de las plantaciones de azúcar, lo que costó la vida de entre 10.000 y 15.000 personas.

Vargas Llosa dedica el capítulo once de La fiesta del chivo a ese episodio. La escena se desarrolla en la sala de banquetes del Palacio Presidencial, en la que Trujillo agasaja a un sargento retirado del cuerpo de Marines, bajo cuyas órdenes se formó el dictador en tiempos de la ocupación estadounidense del primer cuarto del siglo veinte. En esas páginas se cuentan dos de las anécdotas que dieron forma a la leyenda sangrienta de esa matanza. Una narra el modo en que los soldados trujillistas diferenciaban a los haitianos de los negros de nacionalidad dominicana; en lugar de detenerse en pequeñeces burocráticas, se les había decir la palabra “perejil”, quien no podía pronunciarla era considerado haitiano y se le degollaba en el acto. La otra compite con la primera en cuál es la más macabra. Como nunca se supo la cifra exacta de muertos, las cancillerías de ambos países establecieron un número ficto de 2750 víctimas. El gobierno dominicano debía pagar una compensación de 750.000 dólares, de los cuales 275.000 se pagaron en el momento del arreglo, y el resto se abonaría en cinco cuotas anuales de cien mil dólares. Nunca se llegó a cumplir con este saldo, ya que los dominicanos reclamaron que Haití presentara los 2750 certificados de defunción, lo que obviamente era imposible de cumplir.

Rechazo fomentado

Trujillo fue el responsable de generar, desde el poder, una constante propaganda antihaitiana, utilizando las escuelas y los medios de comunicación para divulgar estas ideas. Con la excusa de defender la identidad nacional, Trujillo y sus principales funcionarios insistieron en que lo dominicano se basana en el carácter católico, hispánico y blanco de su población, oponiéndolo a un Haití caracterizado por la religión vudú, la raíz francófona del idioma creole y el color negro de la piel de sus habitantes, ignorando, entre otras cosas, la existencia de una importante población negra y mulata en República Dominicana.

Si bien fue Trujillo quien sembró las semillas de estereotipos sobre los haitianos que se mantienen hoy en día en parte del discurso cotidiano en su país, fue quien le sucedió en la Presidencia de la República, Joaquín Balaguer, quien consolidó este discurso oficial, mediante ataques racistas similares. En 1947, en su obra La Realidad Dominicana: Semblanza de un País y de un Régimen, que fuera publicado en Buenos Aires, Balaguer describía al haitiano como “generador de pereza”, agregando que se trababa de gente “indolente por naturaleza (que) no aplica ningún esfuerzo especial a nada útil a no ser que se vea obligado para obtener su subsistencia por ese medio”.

El ya citado informe de HRW, indica que “incluso ahora, las expresiones del sentimiento antihaitiano son comunes en todos los niveles de la sociedad”. El organismo defensor de los derechos humanos señala que calificar a la llegada de inmigrantes haitianos como amenaza a la soberanía nacional, ya se ha vuelto “un sello habitual de la cultura política nacional”. En ese sentido cita un recordado llamamiento del ex presidente Balaguer a todos los dominicanos para que establecieran una “unión sagrada” contra una “invasión pacífica” de los trabajadores inmigrantes haitianos, son. “Aparte de discriminar a los ciudadanos haitianos -agrega HRW- muchos dominicanos asumen que todas las personas de raza negra son haitianos, o tienen sangre haitiana, lo que se observa con el mismo resentimiento. También se cree con frecuencia que todos los trabajadores de las plantaciones de caña de azúcar y todos los residentes en bateyes son haitianos, aunque el conjunto de la mano de la obra en la industria azucarera y la población de los bateyes son étnicamente diversos, lo que incluye segundas y terceras generaciones de domínico-haitianos y hasta dominicanos sin ascendencia haitiana”.

El gobierno de República Dominicana ha negado reiteradamente esas acusaciones. En 1999 informó al Comité de Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación Racial: “cabe señalar la inexistencia de prejuicio racial [en la República Dominicana]... siendo incierto del todo el discrimen que falsamente se supone contra los haitianos que habitan el país. Ese argumento carece totalmente de fundamento”.

==Cuarta parte de cinco

* 1- Parte I
* 2- Parte II
* 3- Parte III
* 5- Parte V

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2002)

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Ilegales en su propia isla (III)

Al momento de realizar su informe, los investigadores del HRW (las fotos de este post proceden de esa oprganización) entrevistaron a varios funcionarios dominicanos de alto nivel, entre ellos al Director de Migración,Miguel Vásquez, y al Subdirector de Asuntos Haitianos del departamento de Migración, Rómulo de los Santos. Argumentaron que no se persigue a todos los haitianos que habitan en República Dominicana, sino que se intenta “acabar con las mafias”.

Vásquez explicó que “hay mujeres haitianas que alquilan a sus hijos para que mendiguen por la calle”, y agregó, de acuerdo con lo que consta en el reporte del HRW, que el Departamento de Migración se centra en los “desempleados y mendigos”, en especial en aquellos que “apuestan y beben ron en las calles”. De los Santos corroboró estas afirmaciones, asegurando que la tarea de Migración era detener “la invasión” de jóvenes delincuentes haitianos

Siempre según el informe de HRW, ambos jerarcas sostuvieron que los potenciales deportados siempre cuentan con la oportunidad de eludir la deportación mostrando documentación dominicana. En el caso de que el sospechoso carezca de documentación, los inspectores de migración tienen instrucciones de interrogarlo para asegurar su deportabilidad. Si los inspectores confirman que el sospechoso es deportable, pueden detenerlo durante un breve periodo, generalmente no superior a 48 horas. Durante ese periodo, el inspector de migración somete una petición para obtener una orden de deportación al Subdirector de Asuntos Haitianos, quien, a su vez, la cursa al Director General de Migración. Si el sospechoso es declarado deportable, cuenta con la oportunidad de contactar con su familia y recoger sus pertenencias antes de ser transportado en autobús hasta la frontera. Sin embargo, ninguno de los deportados entrevistados por el organismo de derechos humanos coincidió con estas afirmaciones (ver recuadro).

El modus operandi habitual en los casos de deportaciones, es el siguiente: “En un caso típico, un inmigrante haitiano o un dominicano descendiente de haitianos es interceptado en la calle por un miembro del ejército o un funcionario de migración. Se le pide la documentación u, ocasionalmente, se le exige un soborno. Algunos de los deportados aseguran que al presentar su documentación les fue confiscada o destruida. La persona sospechosa de estar en la República Dominicana de forma ilegal puede permanecer detenida brevemente en dependencias militares u otras dependencias de custodia, pero a menudo es transportada en autobús hasta la frontera.

En algunos casos, los deportados denuncian haber sufrido malos tratos por parte de los funcionarios dominicanos con anterioridad a su deportación. Como regla general, los deportados no tienen la oportunidad de contactar con su familia, recoger sus pertenencias, cobrar su salario o cualquier otro preparativo para su partida. Son depositados en la frontera con la orden de cruzarla andando. Normalmente, llegan a Haití con poco o nada de dinero y sin otro equipaje que la ropa que visten y pueden verse obligados a mendigar para obtener comida y alojamiento”.

==Tercera parte de cinco

* 1- Parte I
* 2- Parte II
* 4- Parte IV
* 5- Parte V

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2002)

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Ilegales en su propia isla (II)

La lluvia se extingue tan de improviso como empezó. La sustituye un sol radiante que invita a seguir la caminata por la rambla de Santo Domingo. A la altura en la que están el Hotel Intercontinental y el Jaragua, un imponente cinco estrellas en el que comienza la novela La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, se suceden los puestos callejeros que venden artesanías y pinturas.

Clavada sobre un bastidor de madera rústica, una tela muestra un abigarrado grupo de mujeres negras lavando ropa en un río. Otra describe un mercado. El estilo es naïve haitiano. Según lo que se dice en las galerías de arte del barrio colonial, los cuadros de los puestos callejeros están hechos con tinturas de mala calidad que empalidecen rápidamente y se corren con el agua. Algo que no es totalmente exacto, a juzgar por la lluvia que acaban de soportar las decenas de obras que están apoyadas contra una pared, sin ningún tipo de protección. El vendedor asegura ser haitiano, al igual que la mayoría de quienes venden alfombras en Estambul dicen ser kurdos. En ambos casos se trata de una doble nacionalidad: una para despertar la simpatía del turista y ganar clientes con el argumento de la autenticidad, y otra para las autoridades migratorias.

Llegado el caso de una razzia, sin embargo, no importa demasiado lo que digan los papeles. Un informe de Human Rights Watch (HRW) publicado este año, detectó que los operativos de la policía dominicana se basan más en el aspecto físico (se asegura que los haitianos tienen la piel más oscura) que en la documentación que posea la persona. En algunos casos se ha denunciado que los policías han roto el documento del detenido en su propia cara. En otros, y a pesar de que la Constitución dominicana reconoce la nacionalidad a todo aquél que ha nacido en su territorio, se recurre a un artilugio legal para afirmar que los hijos de trabajadores inmigrantes haitianos nacidos en el país no tienen derecho a la nacionalidad. Se basan en una pequeña excepción constitucional, según la cual la obtención de la nacionalidad por nacimiento excluye a los hijos de extranjeros que estén “en tránsito” en el momento del nacimiento. Esta trampa al espíritu de la ley, permite considerar ilegales a haitiano-dominicanos que proceden de familias que hace o dos tres generaciones que están en el país, casi como si hubiesen nacido en el aeropuerto de Santo Domingo en un parto prematuro.

En todo caso, poco importan los documentos ante la peculiar técnica policial para detectar indocumentados que surge del informe de HRW. El Subdirector para Asuntos Haitianos del Departamento de Migración aseguró que pueden distinguirse por su modo de vivir (“son más pobres que nosotros”), por su piel (“son mucho más negros que nosotros”), y por su comportamiento (“se portan como si estuvieran en la capital de Haití, bebiendo y bailando”).

Últimamente, el gobierno de Hipólito Mejía (foto), en el poder desde 2000, ha adoptado algunas medidas, como la anunciada en julio de 2001 por el Ministro de Educación, que elimina la exigencia de acta de nacimiento para matricularse en la escuela. Esto, según el mandatario, marca un primer paso para concederle la nacionalidad a los hijos de haitianos nacidos en territorio dominicano que se integren al sistema educativo.

==Segunda parte de cinco

* 1- Parte I
* 3- Parte III
* 4- Parte IV
* 5- Parte V

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2002)

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