15 julio 2004

Monasterios del sur: el alma de serbia (I)


No es fácil llegar a los monasterios medievales serbios. Los más bellos, como el de Gracanica, se encuentran cercados en la provincia de Kosovo, hoy bajo administración de Naciones Unidas pero controlada en los hechos por la población de origen albanés. El más sureño de aquellos a los que se puede tener acceso es Sopocani, aunque probablemente recién sea en Studenica, en el centro de Serbia, donde pueda visitarse con cierta tranquilidad una de esas joyas del arte que iluminó los siglos previos al Renacimiento. Cerca de Belgrado, el complejo monacal de Manasija puede dar una idea aproximada de la belleza que encierran los monasterios que la guerra ha ido alejando de los visitantes.
En el siglo XII, en la actual Sandjak –hoy enclave musulmán dentro de la Serbia moderna, lo que no es la única paradoja de los Balcanes- se originó un reino serbio cristiano que doscientos años más tarde dominaba los actuales Sandjak, Kosovo y Macedonia. El creador fue un jefe tribal llamado Stefan Nemanja, padre de San Saba, una figura clave de la religión ortodoxa, ya que fue quien obtuvo en 1219 la autocefalía de la iglesia serbia. Luego el rey Milutin acercaría el esplendor del reino serbio al espejo en el que siempre se habían mirado estos príncipes eslavos: el Imperio Bizantino. Para probarlo, Milutin no sólo financió la construcción de iglesias en Serbia sino también en Constantinopla y en la propia Jerusalén. Y para que no tuviera necesidad de recurrir a las armas para seguir probándolo, el emperador bizantino le dio a su hija en matrimonio como prueba de alianza y amistad.
Pero quien llevó el reino serbio a su máximo esplendor fue el príncipe Dushan, que en 1345 fue coronado en Skopje, actual capital de Macedonia, como “Emperador de los Serbios, los Griegos y los Albaneses”. Su título y sus tierras conquistadas sirven de base territorial al mapa imaginario de la Gran Serbia que construyeron los nacionalistas serbios modernos. Significativamente el nombre Dushan deriva de la palabra dusha, que puede traducirse como alma. Dushan era, al igual que varios de los reyes medievales serbios, un príncipe sagrado, ya que se trataba de una nobleza que luego de su muerte tenía casi asegurada la canonización por el cristianismo ortodoxo y su pasaje a la iconografía de los monasterios en los que coexistían, en frescos y mosaicos, con Jesús, Juan el Bautista, los apóstoles y la Virgen María.

Gobernantes sagrados

Los muros interiores de los monasterios serbios ortodoxos, igual que los bizantinos, están literalmento cubiertos de estas imágenes que reafirman el carácter sagrado de sus gobernantes. En el monasterio de Studenica, del siglo XIV, se ve al rey Milutin, también rodeado por el halo sagrado, ofrendando a su dios una maqueta de una iglesia que él mandó a construir. O en el monasterio de Gracanica, donde un fresco de 1312 muestra a la mujer de Milutin, la reina Simonida, siendo coronada por un ángel. Es la expresión más palpable de la idea de la monarquía por derecho divino, que no sólo está en los códigos sino también, y sobre todo, en esos abigarrados códices que son los monasterios ortodoxos y sus frescos que responden a una calculada y precisa iconografía. Si son sagrados los gobernantes también es sagrada la lucha que se emprende para hacer triunfar a la cristiandad por sobre sus enemigos terrenales y espirituales, en general identificados con los musulmanes, pero que también llegó a abarcar a los católicos romanos o a los paganos de diversa índole. Los monasterios reflejan esa posición con las habituales figuras de 'guerreros sagrados'. Barbados caballeros en armadura, de rostro enjuto, portadores de lanzas o espadas y rodeados, también ellos, por el halo de la santidad. Son los representantes en la tierra de las fuerzas con las que, de acuerdo a la tradición bíblica, el dios de los cristianos enfrentará al Anticristo en la batalla final por el control del Universo.

==Primera parte de dos. Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en junio de 2004

* 1- El alma de serbia
* 2- Un rostro para un rey.

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09 julio 2004

Cuaderno de los Balcanes II:
El viejo nombre de Tito

En las zonas de frontera no suele tenerse demasiada simpatía por quienes están del otro lado. En la vieja Salónica, sin embargo, ni siquiera se reconoce que haya un otro allí afuera. Entre dos macedonias, la griega y la ex yugoslava, y a un paso de una tercera, la búlgara, se desarrolla esta última nota del segundo cuaderno de los Balcanes.

Capital del norte griego, Tesalónica es una vibrante ciudad europea en la que el sonido tecno que sale de los bares de moda contrasta con la bucólica imagen cilíndrica de la torre blanca, una postal medieval rodeada de palmeras que esconde un pasado sangriento. No hay belleza inocente cuando la arquitectura está cargada de historia. Orgullosamente griega, Tesalónica no perteneció formalmente a Grecia sino hasta el declinar del imperio otomano y fue allí donde nació, paradójicamente, el más turco entre los turcos: Mustafá Kemal (foto), que con los años sería llamado Ataturk, padre de la Turquía moderna. Más allá de algún recordatorio formal de la museística local, la ciudad lo ha borrado de su álbum de familia.

Por contraste, en Tesalónica es posible cruzarse con varias de las iglesias ortodoxas más hermosas del norte griego, y sus calles guardan el eco de las voces del sefarad que trajeron a estas tierras el sonido del español antiguo, cuando los judíos fueron expulsados de la península Ibérica por los Reyes Católicos. Toda esa herencia están dispuestos a aceptar sus habitantes, aunque la refieren con una cierta displicencia, como si no le dieran el estatus de lo histórico y la tomaran apenas como parte de un pasado reciente, casi periodístico.

La verdadera historia, la única que consideran digna de su genealogía, procede del reino macedonio de Alejandro Magno, el más universal entre los antiguos griegos. En ese origen a mitad de camino entre el museo y la mitología, está la causa de la terquedad con la que los macedonios griegos se resisten a nombrar el país que tienen al otro lado de la frontera. Como en todas partes, también aquí es una larga avenida la que separa el centro y la estación de trenes. Una avenida que va despojando a la ciudad de su belleza marítima de inspiración egea, y a medida que la obliga a recorrer su elongado trayecto la va volviendo más y más balcánica.

En la boletería no quieren venderme el pasaje. No hay tren que vaya a Macedonia ya que aquí estamos, precisamente en Macedonia. No es un problema de idioma. Recién cuando le doy el nombre de la ciudad, Skopje, el funcionario finje entender lo que en verdad había entendido desde un comienzo y me vende el boleto. En la casa de cambios de la estación es imposible conseguir dinares macedonios. ¿Dinares yugoslavos?, pregunta el cambista. No, dinares macedonios, le respondo. Hace un gesto de desaprobación y niega conocer esa exótica divisa, a pesar de que es la que se usa en el país que está al otro lado de la línea divisoria. Tiene cotización para cualquier otra moneda menos para esa. Porque no existe. No la moneda, el país no existe.

==Primera parte de cuatro

* 2- Maldita vecindad
* 3- Pella
* 4- Skopje

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 7 de julio de 2004)

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07 julio 2004

Cuaderno de los Balcanes II:
Skopje

Luego de varias horas en tren y de un cambio de tripulación en la frontera, se llega a Skopje. El río Vardar atraviesa la capital de la Macedonia ex yugoslava y parece ordenar el croquis histórico de su trazado urbano. En una de sus riberas están los barrios antiguos dominados por la vieja fortaleza turca construida en los tiempos en que la ciudad se llamaba de otro modo. Es el dominio del viejo bazar y su decena de cúpulas.

Es el terreno de las callejuelas del mercado turco que como un animal se retuerce hasta quedar rendido a los pies de la robusta construcción de una mezquita. Si se la mide con criterios otomanos, es apenas un templo de provincia. Pero su solitario minarete recortándose en el cielo gris de Skopje parece más real incluso que las mezquitas imperiales de Estambul, demasiado acicaladas para las cámaras y el asombro de los excursionistas. En cambio ésta, protegida por el mercado y por los perros vagabundos, se defiende de los infieles dándole la espalda a la ciudad. Quien camine hacia ella desde el centro siguiendo las calles principales no llegará a su puerta sino a su muro trasero, que lo detendrá con un baldío descuidado y un alambrado caído que evitan el paso no por su fortaleza sino por su imagen de abandono. Podría rodear la manzana y entrar, pero no lo hago. En cierto modo es evidente que no es una mezquita para ser visitada, ni siquiera después de pasar por el ritual de quitarse los zapatos y penetrar, descalzo, pisando en el mullido suelo de alfombras que seguramente serán de fondo granate y estarán, todas, apuntando en la misma dirección.

Vuelvo hacia atrás y me dejo llevar por el mercado turco. Primero camino por la calle de los barberos. Hay una peluquería junto a otra. Por el momento están vacías de clientes. Sus barberos, ataviados con impecables túnicas blancas, conversan entre sí. Viejos sillones de metal con los asientos y los respaldos de pantazote negro, esperan inútilmente junto a vaporizadores enchapados en bronce y tijeras opacas. La escena parece salida de una novela de Naguib Mahfuz. Al otro lado del río está la ciudad nueva. Esa, que paradojalmente parece pautada por lo viejo.

En lugares en los que la historia se acumula en capas, cada dato es parte de un palimpsesto que una generación tras otra han venido ayudando a velar y desvelar, según el ritmo de los equilibrios de poderes. Hay una época vieja escondida detrás de los nuevos nombres de la ciudad nueva. El amplio y desabrido Bulevar Nueva Macedonia, es, en verdad, la vieja avenida Mariscal Tito. Aquí, en Skopje, como en toda la ex Yugoslavia, el nombre del único gobernante que logró controlar las fuerzas centrífugas de los nacionalismos radicales, está presente por omisión. Todo nombre que suene demasiado nuevo esconde el viejo nombre de Tito.

==Cuarta parte de cuatro

* 1- Cuaderno de los Balcanes II: El viejo nombre de Tito
* 2- Maldita vecindad
* 3- Pella

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 7 de julio de 2004)

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Cuaderno de los Balcanes II:
Pella y las tumbas reales de Macedonia

Poco queda del palacio en el que nació Alejandro. Un amplio piso embaldosado marca el sitio donde se supone que transcurrió la infancia del semidios. Al palacio le faltan las paredes y el techo. Algunas columnas y ánforas intentan darle cierto carácter, pero es en vano. Cruzando la ruta, un pequeño museo guarda los mosaicos rescatados por los arqueólogos.

Cuando me paro ante una escena de caza me resulta imposible no pensar que esa figura que mata a un felino con su espada (detalle) es una representación de Alejandro. Nada más alejado de la verdad histórica. Me consuelo recordando que tampoco le corresponde el rostro que suele darle la iconografía de divulgación, que pone en el príncipe macedonio los rasgos de un busto que representaba al dios Helios. Tal vez esa confusión, más periodística que histórica, no sea del todo inadecuada para representar a quien se hizo construir una genealogía que hundía sus raíces en los dioses olímpicos.

Pero no es aquí donde se puede encontrar verdaderamente el esplendor helenístico. Hay que alejarse unos kilómetros más de la frontera y llegar a Vergina. Allí están las tumbas reales de Macedonia. Desde afuera el lugar tiene la apariencia insípida de un estacionamiento. Hay que ingresar por una puerta casi secundaria, y luego de pasar por la boletería se desciende a uno de los sitios arqueológicos más impactantes de toda Grecia. El museo y el yacimiento están cavados como una amplia gruta subterránea, y al principio se hace necesario avanzar a tientas. Cuando los ojos se acostumbran a la penumbra, se van recorriendo las diferentes tumbas, que están exactamente en el lugar donde fueron halladas, ya que fue el museo lo que se les construyó alrededor. Junto a cada una, hay vitrinas o paneles que exhiben los objetos que contenían o reproducen los murales que decoraban sus paredes.

Uno de ellos, en tonos ámbar y rosa viejo, recrea el rapto de Perséfone, prueba irrefutable de las pasiones humanas de los dioses. Unos pasos más allá está la tumba de Filipo. Dicen que el propio Alejandro lo hizo matar. Le obsequió a su padre unos fastuosos funerales, no por arrepentimiento, sino para demostrar su poder en ese momento crítico. Cerca de la tumba, una vitrina muestra el cofre de oro en el que se guardaron los restos del rey. Durante sus honras fúnebres, quemaron su cuerpo en una pira ritual, pero no dejaron que los huesos se dañaran. Los sacerdotes los lavaron con vino y los guardaron allí, para la eternidad.

==Tercera parte de cuatro

* 1- Cuaderno de los Balcanes II: El viejo nombre de Tito
* 2- Maldita vecindad
* 4- Skopje

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 7 de julio de 2004)

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Grecia-Macedonia: maldita vecindad

Los griegos se negaron desde un primer momento a reconocer la independencia de esa antigua república desmembrada en 1991 de la federación yugoslava. Fue tan firme su oposición que lograron vetar su reconocimiento internacional durante meses, y el nuevo país recién logró existir como tal luego de una capitulación diplomática que incluyó dejar de lado su bandera, varios artículos de su constitución y su derecho a tener un nombre.

La bandera tenía el sol de dieciseis rayos de la casa real de Macedonia, heredera de Filipo y Alejandro. Debieron cambiarla por un sol más modesto, de apenas ocho rayos. La Constitución debió borrar cualquier referencia que pudiera ser interpretada como una reivindicación al viejo espacio que históricamente había sido considerado macedonio. Y finalmente el nombre de República de Macedonia debió de ser abandonado, y el nuevo país tuvo que llevar en su anónimo presente el lastre de su pasado: Ex República Yugoslava de Macedonia, así se lo conoce oficialmente.

En la sala de espera de la estación de Tesalónica no hay lugar para sentarse. Todo está ocupado por hombres casi ancianos de una inocultable impronta campesina que se hacen acompañar por mujeres de edad indefinible que cubren su cabeza con pañuelos de tela blanca. Cargan enormes bultos con una parsimoniosa naturalidad, como si estuvieran en una migración permanente. Parecen dispuestos a esperar por su tren todo lo que sea necesario. Desando camino un par de cuadras por la avenida que conecta con el centro de la ciudad y me siento en uno de los bares que la bordean. Pido un café. Más que un bar es una suerte de casino para ludópatas diurnos. Dos hombres con aspecto de vagabundos toman tsikudia en una de las mesas. Hablan con esa fraternidad universal de los borrachos. El tiempo pasa lentamente pero la espera me sirve para despedirme del norte de Grecia y preparar el cruce de la frontera que separa a Occidente de la tierra que alguna vez se llamó Yugoslavia. Técnicamente esta ciudad ya puede considerarse parte del espacio balcánico. Su puerta de entrada. Ella prefiere, sin embargo, darle la espalda a esas montañas y volcarse de cara a las prósperas ciudades que la circundan y que la siembran de yacimientos arqueológicos. Como el de Pella, por ejemplo.

==Segunda parte de cuatro

* 1- Cuaderno de los Balcanes II: El viejo nombre de Tito
* 3- Pella
* 4- Skopje

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 7 de julio de 2004)

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15 junio 2004

Monasterios del Sur: Un rostro para un rey (II)

El aspecto del rostro del emperador Dushan el Poderoso se ha conservado en uno de los frescos más emblemáticos de la tradición serbio ortodoxa. Fue realizado en 1347 y está en el monasterio del Arcángel Miguel. En una pintura de tres metros de alto se puede observar una figura majestuosa del monarca mientras que en un segundo plano y pintada de menor tamaño aparece su esposa Jelena. Ambos están ataviados con un lujo que recuerda el fasto bizantino. .El fresco tiene la virtud de darle un rostro a la figura emblemática de la Gran Serbia. Los ojos con bolsas, la mirada frontal, una barba que no llega a taparle las mejillas sino que crece en el borde de la cara, un fino bigote y una melena rojiza que cae por detrás sin tapar las orejas, como si el soberano acabara de mojarse el pelo y acomodárselo para ese pasaje iconográfico a la posteridad. La vestimenta es de tonos rojos y naranjas sobre un fondo negro, y parece estar tapizada de piedras preciosas. Es, sin embargo, un soberano guerrero. La forma en la que sostiene su bastón imperial, la dureza de la mirada, la corona encasquetada que parece ser parte de la cabeza y no un elemento del atuendo, todo refleja que estamos ante un rey que está forjando su imperio en ese momento. Lo principal del retrato aparece por detrás: el halo sagrado que indica que se trata de un santo cristiano y no sólo de un gobernante terrenal. Ni más ni menos que la idea bizantina. Por eso no extraña que los impulsores de la Tercera Roma, en pleno siglo XIX, hayan recurrido a su figura y a la idea de la Gran Serbia como fórmula para hacer realidad el renacimiento de Bizancio.

Kosovo

El reino forjado por Dushan comenzó a desintegrarse cuando el príncipe Lazar perdió ante los turcos la Batalla de Kosovo. El enfrentamiento de junio de 1389 fue la consecuencia inevitable del afán turco por conquistar Europa. Habían iniciado su campaña en 1356, cuando dejaron Asia y comenzaron una serie de luchas que les permitieron obtener las dos principales ciudades griegas del norte: Tesalónica y Adrianópolis, la actual Edirne turca. Teniendo en cuenta que el poder balcánico más importante de la época era la corona serbia (en 1345 un príncipe serbio había sido coronado Emperador de Serbios Griegos y Albaneses) resultaba un desenlace natural que fueran estos monarcas los que unieran a los cristianos balcánicos para oponer un ejército poderoso al invasor musulmán. Pero el nacionalismo serbio hizo de esa derrota una de sus piedras fundacionales. Desarrollando esta idea, el periodista estadounidense Robert Kaplan anota que los serbios tienen “dos pilares de fuego que definen su actitud nacional y su difícil situación histórica”. El más arraigado de estos pilares serían los monasterios, “cajas de seguridad de arte y magia”, pero el más grande es la batalla de Kosovo. Kaplán estaba haciendo referencia a lo que Canetti llamó los símbolos de masas, esa unidad mayor con la que el individuo se siente en relación con los suyos y en la cual descansa la continuidad del sentimiento nacional. Por eso, explican los académicos eslavos Dragnich y Todorovich, “el problema de Kosovo es complicado y complejo para la mitad de la población de Yugoslavia, pero para los serbios no lo es. Para ellos Kosovo es tierra sagrada. Es la cuna de su condición nacional, donde ellos eran virtualmente los únicos ocupantes. Fue el centro del imperio serbio de la Edad Media, en su tiempo el imperio más fuerte de los Balcanes, y es también el lugar donde están localizados los principales monumentos históricos y religiosos de Serbia”.

==Segunda parte de dos. Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en junio de 2004

* 1- El alma de serbia
* 2- Un rostro para un rey.

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11 junio 2004

Atenas: entre la Grecia clásica
y la herencia de Bizancio

Grecia es parte de los Balcanes aunque no siempre le guste reconocerlo. No estuvo involucrada en la última guerra pero sí peleó en las anteriores, cuando comenzó a gestarse el final del imperio otomano. Además, comparte con sus vecinos eslavos de Serbia y Montenegro la fé ortodoxa y la nostalgia por Bizancio. Por eso este segundo cuaderno de los Balcanes la incluye con naturalidad, a continuación de las inexpugnables montañas montenegrinas.

Para llegar a Grecia desde Montenegro hay dos caminos. Se puede atravesar Albania en algo más de doce horas en automóvil y luego hacer un corto trayecto en ferry hasta la isla de Corfú, o embarcar en alguno de los frecuentes vuelos que tienen a Atenas como destino. Si se escoge el medio más directo, se arribará al moderno aeropuerto que la capital griega se hizo construir para estar a tono con los Juegos Olímpicos de este año. Ahora el ómnibus que lo conecta con la ciudad demora el doble de tiempo en dejar a sus pasajeros en la Plaza Sintagma, pero la nueva terminal aérea, que incluye hasta un museo con los hallazgos realizados en los trabajos de construcción, justifica la relativa molestia. Aunque se llegue casi de madrugada, Atenas siempre reserva un resto de vida nocturna para que el visitante no deba esperar hasta la mañana siguiente para sentir que ha llegado.

Al otro día es necesario levantarse temprano y comenzar la búsqueda. Hay que abrirse paso entre el tráfico caótico de Plaza Omonia, remontar las peatonales surcadas de tanto en tanto por motocicletas desbocadas y trepar más todavía por las callejuelas medievales de Plaka. Arriba está el legendario promontorio. La roca consagrada a Atenea, sembrada de templos, tapizada de un mármol resbaloso. La Acrópolis. No enamora enseguida. La primer impresión siempre encierra un cierto desencanto. Deja por fuera. Es indudable la perfección arquitectónica de esas formas vueltas una grifa, bastardeadas por el lugar común o enriquecidas por la emoción sincera que despierta en las almas de provincia. Pero la propia fuerza de la leyenda se resiente con la corporeidad de la piedra y el mármol. Por eso la primera visita a la Acrópolis tiene que ser rápida y ocupar el primer día en que se está en la ciudad.

Después empieza el cortejo. Atenas va encantando con cada uno de sus rincones, sus mercados, sus bares de rembetiko, sus templos clásicos, sus iglesias, y a la vuelta de cada esquina aparece, siempre, la visión de la Magnífica. Esquinada en lo alto. Bañada en neón rosado por las noches. Cegadora de blanco cuando refleja el sol del mediodía. Así va atrayendo inexorable como atraía a los promesantes en la procesión anual que culminaba ante el Partenón, única oportunidad de ver la perdida estatua dorada de Atenea , obra de Fidias. Entonces se le da la espalda, se toma la dirección opuesta y se trepa el Licabetos. La “colina de los lobos”.

==Primera parte de cuatro

* 2- Las otras colinas
* 3- Ciudad bizantina
* 4- El viejo cementerio

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 9 de junio de 2004)

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09 junio 2004

El viejo cementerio

El Keramiko fue el cementerio de la ciudad desde el siglo diez antes de cristo. Hoy es un sitio arqueológicoalgo marginado de los circuitos turísticos. Para llegar se pasa por una avenida poluida cortada por callejas mugrientas donde las tiendas de souvenirs han sido sustituidas por tolderías que venden ropa militar. Es increíble la pasión de los griegos por la tela camuflada. El humo y el ruido de los escapes me cercan antes de que logre llegar al antiguo camposanto. Sudado y de mal humor arribo, finalmente, a una manzana amurallada en la que apenas logra adivinarse, a lo lejos, una entrada.

No hay un solo visitante. Me recibe una mujer completamente vestida de negro. Una viuda, pienso. Nadie más adecuada para cobrar la entrada a un cementerio. Cuando me entrega el ticket señala un pequeño museo y un patio con una galería cubierta de lápidas antiguas. De su menuda figura encorvada sale una voz ronca y cavernosa. Dimitriiii, grita, llamando a su hijo. La única respuesta es el silencio. Vuelve a llamarlo tres o cuatro veces más, sin que nadie responda. La dejo sola y comienzo a recorrer los verdes senderos bordeados de muertos.

Un toro de piedra. Estelas con relieves que han captado a la perfección la leve evanescencia de las túnicas que se vestían para dejar este mundo. Rostros increíblemente jóvenes cincelados en el mármol pentélico. Morir no era cosa de viejos entre los helenos. En un rincón insignificante está lo que vengo a buscar: los vestigios de las murallas de Temístocles. A la vista no son nada. Como sucede con casi todos los sitios arqueológicos no reconstruídos, el sentido debe traerlo consigo el visitante. Unos pasos más allá está la puerta de Dipylon.

Desde allí, aproximadamente, Pericles dijo su célebre oración funeraria honrando a los caídos en el primer año de la Guerra del Peloponeso, discurso que se transformaría en una declaración de principios de la democracia ateniense. Regreso al punto de partida y resuelvo dar una rápida mirada al pequeño museo del lugar. Sentado en un escritorio ante la entrada, vegeta Dimitri con su rostro copiado de la Psicosis de Hitchcock. Lo saludo por su nombre. Me mira, extrañado. Afuera se sigue escuchando la voz de su madre que lo llama. Dimitri no exhibe intenciones de contestar.

==Cuarta parte de cuatro

* 1- Cuaderno de los Balcanes II: Entre la Grecia clásica y la herencia de Bizancio
* 2- Las otras colinas
* 3- Ciudad bizantina

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 9 de junio de 2004)

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Atenas: ciudad bizantina

En cada viaje a la zona balcánica, mi obligada peregrinación a Atenas me confirmaba, así estuviera una semana o un par de días, que la ciudad, más allá de sus restos arqueológicos helénicos, sus teatros romanos o su modernidad caótica y refinada, es en su esencia una ciudad bizantina.

Es uno de mis primeros días en Atenas. Salgo del hotel de la calle Mitropoleos sin un plan prestablecido y voy topándome, una tras otra, con innumerables iglesias. Todas tienen la marca de Bizancio: ladrillo a la vista en la fachada, cúpulas de capelina, un interior poblado de frescos o mosaicos. La Pequeña Metrópolis, con sus guardas de piedra representando animales mitológicos. La de Ioannis Kolonastis, con su columna corintia, que ya en tiempos antiguos era un lugar sagrado al que los promesantes iban en busca de sanación (hoy, junto a sus íconos, las placas de latón representando órganos o miembros del cuerpo humano, colocadas allí por quienes han recibido la gracia, testimonian la vigencia de lo que se supone fue un viejo santuario de Esculapio).

En la de Agios Theodori (foto), a un paso de la Plaza de las Penas, veo por primera vez el rito de los oficinistas que suspenden por un instante su agitado deambular de trámite en trámite, entran en la iglesia, besan el vidrio de un ícono, compran una delgada vela color ocre, la encienden y la clavan en un ofertorio con arena, para luego de una plegaria silenciosa seguir camino con naturalidad. También está la iglesia de los Ángeles Incorpóreos, en pleno barrio judío, que tal vez guarde un óleo del Greco a la izquierda de la entrada, aunque los expertos no se han puesto de acuerdo todavía.

Pero ninguna -repito, ninguna- se acerca ni un poco a la hermosa y delicada iglesia de Karnikarea. Me toma por sorpresa a la altura de la calle Ermou. En un cruce de peatonales, sitiada por edificios modernos, me golpea con su aparición inesperada la más bella de las iglesias bizantinas de Atenas. Insular, se recuesta sobre un naranjo, sin darse por enterada de que está en plena ciudad moderna. Esta minúscula iglesia del siglo XI es una de las imágenes indelebles con las que Atenas suele tatuar las retinas de quien no se conforma con el mármol. Hacia aquí parece dirigirse la estatua dorada de Constantino Paleologos que se levanta un par de cuadras más allá.

El último emperador de Bizancio, viendo a Constantinopla perdida ante el asalto de los otomanos, se quitó las insignias imperiales y se sumergió en el fragor del combate, para morir con sus soldados defendiendo las murallas. Aunque estamos lejos de la actual Estambul, en ningún lugar está mejor guardada que aquí la memoria de Constantino Paleologos. Todavía en Atenas el martes es un día de mala suerte, porque fue un martes el día fatal en que cayó Constantinopla. También la herencia de esa superstición se la debemos a los griegos.

==Tercera parte de cuatro

* 1- Cuaderno de los Balcanes II: Entre la Grecia clásica y la herencia de Bizancio
* 2- Las otras colinas
* 4- El viejo cementerio

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 9 de junio de 2004)

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Las otras colinas

En el camino queda Kolonaki, con sus boutiques exclusivas y edificios que parecen calcados de Ipanema, desde donde sale un funicular que se hunde en la piedra y deposita a sus pasajeros en la cima del Licabetos. Arriba, como en todas partes hay una iglesia, y como en toda Grecia hay un mástil de barco, aunque no haya mar sino montaña. Al pie la ciudad y enfrente, a lo lejos, la Acrópolis.

A pesar de la distancia aparente ya se está más cerca, pero todavía no se llega a entrar definitivamente. Hay que seguir enredándose en la ciudad, pasar, por ejemplo, por una tienda por departamentos como hay en cualquier capital europea, y mientras se está comprando una máquina de afeitar o un disco de Dalaras, mirar, distraído, por la ventana, y verla de nuevo, magestuosa. En cada aparición fugaz parece más real. Como si no fuera la misma. Sin embargo siempre fue ella, desde el primer encuentro, lo que ocurre es que cada vez se va dejando ver con menos velos.

Luego se la rodea por la otra colina, el Filopapos. La primera parte del ascenso nos aleja de la roca sagrada. Nos mete en un túnel de vegetación que lleva directo a la iglesia de San Demetrio. En los años de la ocupación turca, el comandante de la guarnición quiso bombardear el pequeño templo durante el día de la festividad del santo, pero en el momento en que estaba por dar la orden de abrir fuego, un rayo destruyó sus cañones acabando con él y su familia. Los feligreses no dudaron en calificar el hecho como un milagro, y desde entonces San Demetrio se conoce como “el bombardero”. El sendero hace una curva y cambia de dirección. Es necesario subir un poco más y detrás de unos arbustos se abre, ahora definitivamente, la Acrópolis. Está allá, enfrente, a un par de kilómetros de esta otra colina. La distancia la muestra sin las heridas del tiempo, marmólea, con sus templos y propileos.

Ahora sí se puede desandar camino, volver y visitar la Acrópolis sin sentirse un intruso. Entrar por la columnata de los Propileos. Recogerse ante el pequeño templo de Atenea Victoriosa. Darse de frente con el Partenón. Buscarse en el recorrido ritual de rodear cada uno de los templos. Recibir la gracia que la Magnífica obsequia a quienes acepta en su explanada de mármol. Bajar después, purificado.

==Segunda parte de cuatro

* 1- Cuaderno de los Balcanes II: Entre la Grecia clásica y la herencia de Bizancio
* 3- Ciudad bizantina
* 4- El viejo cementerio

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 9 de junio de 2004)

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04 junio 2004

Montenegro: la tierra nunca conquistada

No cabe duda que es una frontera. El minibus que parte una vez al día de la cercana Dubrovnik deja a sus ocupantes en el puesto migratorio y da por terminada su parte. La policía croata revisa los documentos con cierta despreocupación y pone los sellos de salida. A partir de ese momento se hace necesario recorrer a pie una zona de nadie que tiene más de un kilómetro de extensión. Los antiguos enemigos no tienen intención de verse las caras y quien quiera viajar a Montenegro deberá pasar por una experiencia que parece salida de los tiempos de la cortina de hierro.

Nada más alejado del resto de Europa, donde se pasa de un país a otro sin apenas darse cuenta, o donde, a lo sumo, el cambio de soberanía se salda con un rápido trámite que se hace encima del ómnibus o del tren. Pero ahora estamos en la península de Prevlaka, y aquí los guardias fronterizos se toman en serio su trabajo y su enemistad. En esta zona, durante la primera mitad de los años noventa, el enfrentamiento no fue entre serbios y musulmanes, sino entre croatas y montenegrinos. Y eso se nota.

Acabamos de bajar del minibus y ya nos han puesto el primer sello en el pasaporte. El tramo de tierra de nadie que debe recorrerse a pie se hace en silencio y casi manteniendo la misma fila que se había formado ante la primera garita. Cuatro daneses arrastran pesadas valijas mientras que una mujer croata y sus dos hijas se desplazan más livianas de equipaje. Tras algunos minutos de caminar en esa carretera de montaña se llega a Montenegro. Allí un agente anota cuidadosamente los nombres y el número de pasaporte de cada viajero, tras lo que se debe andar unas cuadras más para llegar a otro ómnibus, éste montenegrino, que espera con la proa apuntando hacia el lado equivocado. En ese tramo la ruta es tan angosta que no se entiende muy bien cómo va a poder dar la vuelta y tomar la dirección correcta. El procedimiento es lento pero el conductor parece hacerlo de memoria. Va maniobrando hasta quedar con parte del chasis trasero pendiente del abismo y las ruedas arañando el borde del asfalto. Entonces gira todo el volante y acelera para casi rozar con el paragolpes delantero la pared de la montaña, arrancándole al motor un ruido de protesta y a sus pocos pasajeros un suspiro de alivio.

Perast

Una vez que deja la frontera y los primeros kilómetros a campo abierto, el ómnibus realiza uno de los recorridos más bellos del Adriático. Tras atravesar los suburbios de Herceg Novi se bordea un fiordo de aguas color turquesa que se interna tierra adentro contenido por la montaña. Como sucede en toda la ex Yugoslavia, espantosas estructuras industriales, ya inactivas, conviven con la apacible vida campesina. Aquí se le suma una interminable serie de casas de dos plantas, a medio reciclar, que ofrecen alojamiento para turistas de paso en alguno de los dormitorios de la familia. De tanto en tanto también pueden verse chalanas de pescadores y los omnipresentes tractores balcánicos. Pero la naturaleza es la que reclama mayor atención. La lengua de mar se ensancha en algunos tramos y obliga a la carretera a dibujar un amplio arco que hace más lento un trayecto que se debate entre el deseo de los locales de llegar rápido a casa, y la conspiración en la que nos hemos embarcado con los daneses para controlar mentalmente el tiempo y lograr que ese viaje costero no termine jamás. Montenegro es un país antiguo y sabio, por lo que logra dosificar ambas necesidades. Justo en el momento en que la ruta se libra de las curvas más pronunciadas y el chofer acelera el paso, aparece ante las ventanillas del ómnibus la bahía de Perast.

Podría decirse que no está en las guías turísticas pero sería una verdad a medias, ya que no hay guías turísticas de Montenegro, pero merecería ser la fotografía de tapa de cualquier publicación que quiera atraer visitantes al país. Un pueblo del siglo XV, con rastros de la lejana Venecia en su arquitectura de piedra, cuelga casi en ruinas sobre una bahía en cuyas aguas quedaron petrificadas dos islas diminutas en las que apenas caben, en una, un templo ortodoxo, y en la otra un monasterio católico. Ahora sí el ómnibus puede llegar rápido a destino que nadie le reclamará al paisaje un gramo más de su cuota de belleza.

Kotor

Montenegro nunca fue conquistada pero siempre debió defenderse. Eso es lo que transpira la envejecida piedra gris de la fortaleza de Kotor, unos kilómetros más allá de Perast en el camino que lleva hacia Albania. La fortaleza trepa siguiendo la forma de la montaña, se refuerza con bastiones de tanto en tanto y llega a la cumbre, inexpugnable. La ciudad vieja está apretada allá abajo, dentro de la cápsula protectora de los muros que defienden lo que ha quedado a nivel del mar. A cada paso es posible encontrar las molduras de inspiración veneciana que han dejado el relieve de un león o un escudo de armas sobre el travesaño de un portal. Laberíntica y de calles estrechas, tiene, sin embargo, no menos de tres plazas en las que se agrupan las iglesias, los cafés y los tres hoteles.

De una de las iglesias cuelga una enorme bandera de seda con los colores serbios y una letra en cada una de las cuatro esquinas de la cruz. Es un acrónimo de la frase que ha acompañado por siglos la reafirmación nacionalista de los serbios: Sólo la unidad salvará a Serbia. Resulta inevitable recordar que esa misma cruz con esas mismas cuatro letras era la que se pintaba, con la desprolijidad de la guerra, sobre las ruinas de las casas no serbias que acababan de ser incendiadas en el interior de Bosnia. Acá, sin embargo, hablan de la voluntad de la mitad de los montenegrinos de continuar unidos a sus hermanos de sangre. “Siempre con Serbia, nunca sin ella”, es el lema de los partidarios de mantener la unidad entre los dos pueblos eslavos dentro de una misma entidad política, hoy llamada Serbia y Montenegro, último jirón del complejo entramado de la vieja Yugoslavia. La otra mitad del país quiere la independencia, tal vez como un modo de alcanzar un despegue económico más que como una reivindicación identitaria. Los montenegrinos no deberían tener problema de identidad. Ellos son quienes son. Todos los demás vinieron más tarde o debieron aceptar la mezcla de sangres impuesta por la conquista otomana. Esa convicción, en lugar de volverlos xenófobos, hace de Montenegro uno de los últimos experimentos exitosos de convivencia interétnica de los Balcanes.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 4 de junio de 2004)

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El tiempo de Miroslav

Para llegar al monasterio de Rezevici hay que pasar Kotor, dejar atrás la ciudad amurallada de Budva y el pueblo-hotel de San Stephan. El complejo es pequeño en comparación con otros, pero sus frescos del siglo XIV y el arco de mar que se despeña bajo su patio de montaña compensan la falta de monumentalidad arquitectónica. No están acostumbrados a recibir visitantes, pero uno de los monjes abre las puertas con amabilidad.
Su entusiasmo va creciendo a medida que relata las escenas bíblicas que se despliegan en las paredes de piedra. No le interesan mucho los frescos antiguos, sino que prefiere concentrarse en los más modernos. Son una reproducción casi exacta del plan de pinturas que decora el legendario monasterio de Studenica, en el corazón de Serbia. El guía se llama Miroslav, tiene apenas 28 años y hace tres meses que ingresó como novicio, dejando su carrera de Ingeniería para convertirse en monje. En su conversación el tiempo se mezcla con naturalidad. Pasa fácilmente de los relatos sobre la vida de un santo medieval a la destrucción de iglesias serbias en Kosovo ocurrida hace apenas unos meses. Mientras habla, invita con aguardiente destilada por los propios monjes y con unos dulces de Pascua. Esa hospitalidad es su único nexo con el presente. El eje de su tiempo, sin embargo, no es el pasado. Explica, sin que se le note la menor sombra de duda en la voz, que antes del fin de los tiempos la madre Rusia recuperará Constantinopla para la Cristiandad. Entonces Estambul volverá a tener su nombre de antes de la conquista otomana, y Santa Sofía volverá a ser una iglesia. Para reafirmar sus dichos sale del interior de la iglesia. Teatralmente, pero sin afectación, se toca el pecho y señala hacia el mar que se abre como un territorio interminable montaña abajo y dice: así, como el mar, es la fé.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en junio de 2004)

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