26 enero 2007

Crimen en la puerta del semanario armenio

Un periodista asesinado frente a las puertas de su periódico. La señal es clara. La bala que el viernes pasado acabó con la vida de Hrant Dink no se detuvo ahí. Sigue su curso y continúa amenazando. El autor intelectual del asesinato fue atrapado, pero aprovechó los micrófonos de la prensa para anunciar que ahora irán tras Orhan Pamuk, el reciente Premio Nobel de Literatura. En el velatorio de Dink, Pamuk acusó a las autoridades turcas de haber creado con sus sentencias judiciales el clima propicio para el atentado que le costó la vida al periodista.

Hrant Dink, turco de origen armenio, zoólogo diplomado y aficionado a la filosofía, fue ultimado por un extremista que lo acusaba de haber “insultado a Turquía”. No parece casualidad que la razón esgrimida por el homicida sea la misma que utilizaron varios tribunales para procesar al periodista en dos oportunidades. En octubre de 2005 Dink fue condenado por "denigrar la identidad turca". En julio de 2006 una corte de apelaciones confirmó la sentencia y un mes más tarde se le abrió una nueva causa por otro delito de opinión. Suficiente como para que Amnistía Internacional manifestara, en ese momento, que la sucesión de procesamientos implicaba “una constante de acoso judicial” en su contra “por expresar pacíficamente su opinión discrepante”.

La discrepancia de Dink con la historia oficial de su país era sustancial. El periodista defendía la existencia histórica del genocidio armenio, algo que las autoridades turcas se empeñan en negar. Pero el fundador y redactor jefe del semanario Agos tampoco era condescendiente con los armenios. En sus escritos llamaba a esa comunidad a dejar de focalizar todos sus problemas en los turcos y a pensar más en el bienestar de Armenia. Ver a los turcos como origen de todos los problemas sólo podía envenenar el alma armenia, decía Dink. Pero los fanáticos no saben leer. Así que no debe extrañar que Yasin Hayal hubiera decidido invertir unos 275 euros para pagar los gastos del atentado. Algo menos de la mitad fue el incentivo que le entregó al joven de 17 años que tiró del gatillo.

La existencia histórica del genocidio armenio no es una teoría conspirativa, sino que goza de amplia aceptación entre la comunidad académica internacional. Como ya señalara Brecha en enero de 2000, el profesor Robert F. Melson, de la Universidad estadounidense de Purdue, afirma que el genocidio de los armenios a manos del gobierno turco fue “el primer genocidio total del siglo XX” y “el prototipo de los genocidios que se cometieron después”, incluido el Holocausto del pueblo judío. Entre 1915 y 1916, según indica un especial del diario español ABC, al menos un millón y medio de armenios, del total de 2 millones que vivían en los lindes del Imperio Otomano, fueron exterminados.

La versión turca, tal como expresó el diplomático Ayhan Enginar en abril de 2005, culpa a los armenios de haber cometido atentados en contra del Imperio Otomano desde comienzos del siglo pasado, los cuales continuaron durante la Primera Guerra Mundial. Esto incluía "masacres de población civil no-armenia con el fin de cambiar la demografía de las regiones donde vivían". La reacción del gobierno otomano, "como era de esperar en tiempos de guerra, fue realojar esta población en áreas del Imperio lejanas a las zonas de conflicto y de las fronteras", sostuvo Enginar. Y agregó: "durante este realojamiento de los armenios, en las condiciones de higiene y transporte del ano 1915 y mientras el país estaba en una guerra a vida o muerte, se produjo una gran pérdida de vidas humanas que naturalmente lamentamos".

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 26 de enero de 2007)

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17 noviembre 2006

Temores mutuos

El presidente ruso Vladimir Putin lo había advertido en la Cumbre europea de octubre: en Georgia “podría ocurrir un baño de sangre”. Ahora la situación tiene nuevos elementos que la vuelven todavía más peligrosa. El 99 % de los osetios del sur proclamaron esta semana la independencia de esa región ubicada en territorio georgiano. El gobierno central y la comunidad internacional rechazaron suretensión. Georgia dobló la apuesta y acusó a Moscú de estar detrás de un plan de desestabilización contra su país, plan mediante el cual estaría apoyando a los separatistas sudosetios, quienes pretenderían unirse a Osetia del Norte, esta última en territorio ruso. Pero la crisis no se reduce a un referéndum supuestamente ilegal y a un cruce de acusaciones entre países vecinos. Varias cartas están siendo sopesadas por detrás de los recientes episodios de Osetia del Sur. Tanto por parte de quienes promovieron el referéndum como de quienes rechazaron sus resultados.

Una de las cartas es la agenda de la cumbre de la Alianza Atlántica (OTAN) a realizarse en Letonia los próximos 28 y 29. En el encuentro de Riga (al que no concurrirá el saliente Secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Runsfeld) se piensa insistir en la “oferta de un diálogo intensificado” para estrechar lazos militares con Georgia, según declaró el Secretario General de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer. Esto, evidentemente, incomoda a Moscú, que sigue viendo cómo la Alianza Atlántica amplía su presencia en una amplia franja de territorio que tradicionalmente ha sido zona de influencia rusa. Pero el estrés circula en ambas direcciones.

Occidente también está preocupado por recientes informaciones de inteligencia acerca del liderazgo ruso en la formación de un supuesto “cártel del gas”. Un artículo del Financial Times del martes 14, cita un reporte en el que se da cuenta de los primeros plazos para un acuerdo entre Rusia, Argelia, Qatar, Libia, las repúblicas del Asia Central e Irán, para usar sus recursos energéticos como medio de presión política. Al otro día, un análisis de Francesca Sforza en La Stampa otorga verosimilitud al rechazo de Rusia a esta acusación, debido a la diversidad, a veces contradictoria, de “los intereses que ligan a Rusia con el grupo de países del presunto cartel del gas”.

Pero Europa no sólo tiene planes militares para Georgia. También parece reservarle un rol político de importancia en la consolidación de su influencia sobre las ex Repúblicas Soviéticas. En ese sentido resulta sintomática la presencia del canciller georgiano en una reunión de alto nivel realizada en Bruselas esta semana para destrabar el diferendo entre Armenia y Azerbaiyán sobre el enclave de Nagorno Karabaj (foto). Para la Unión Europea el papel de Georgia está claramente definido en un documento que firmaron el lunes pasado, en el que las partes se comprometen a fortalecer los lazos de cooperación en base a “los valores comunes europeos” y a impulsar una serie de reformas democráticas en el Cáucaso.

No es un avance menor, si se tiene en cuenta que el vértice georgiano de este triángulo podría obtener la solución a un conflicto que se remonta a 1991, y que no habían logrado anteriormente los oficios diplomáticos de Estados Unidos y Rusia sumados. Solución que reafirma el rol de la Unión Europea como actor de primer orden en el Cáucaso, pero que también permitiría a Georgia desactivar las intenciones separatistas de osetios y abjasios (ver Brecha del 18 de agosto), ya que consolidaría el principio de integridad territorial de los países. No debe olvidarse que el conflicto de Nagorno Karabaj tuvo su “causa ocasional” en la declaración de independencia realizada por la mayoría armenia que vivía en esa zona del territorio de Azerbaiyán. Siendo artífice de un acuerdo sobre Nagorno Karabaj, Georgia estaría “predicando contra el ejemplo”.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 17 de noviembre de 2006)

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13 abril 2006

El fin de las lápidas labradas

Una red de periodismo independiente basada en Londres, confirmó indicios sobre la pérdida de las lápidas labradas del cementerio medieval de Jugha, actualmente en territorio del Azerbaiyán musulmán. El reporte sobre este “vandalismo de Estado”, que se conoció a menos de una semana del Día del Genocidio Armenio y que fue desmentido por el gobierno azerí, fue comparado por los expertos con la destrucción de las estatuas gigantes de Buda en Afganistán, dinamitados por el régimen talib.

La desacralización de lugares sagrados o la eliminación de vestigios históricos suele ser una de las formas que preceden a los asesinatos o deportaciones en los procesos de limpieza étnica. En los Balcanes, por ejemplo, la segunda fase del conflicto de Kosovo, posterior a los bombardeos de la Alianza Atlántica (OTAN) de 1999, estuvo acompañada de los ataques contra iglesias y monasterios cristianos ortodoxos por parte de los albanokosovares.

Antes, en Bosnia, los serbios habían acabado con mezquitas, y los croatas habían volado un puente otomano de piedra en Mostar (foto), que carecía de valor estratégico. Relativamente cerca de esta problemática balcánica, en términos históricos y geográficos, uno de los puntos de conflicto del Cáucaso, en la ex Unión Soviética, es la tensión todavía irresuelta entre Armenia, mayoritariamente cristiana, y Azerbaiyán, habitado esencialmente por musulmanes. El punto crítico de esta enemistad puede situarse en el enclave de Nagorno-Karabaj, que ambas comunidades reclaman como propio, y que ya originó en 1991 enfrentamientos armados. Ahora, la cuestión del cementerio de Jugha amenaza con convertirse en un nuevo tema espinoso entre armenios y azeríes.

Aislamiento

El Institute for War & Peace Reporting (IWPR) aseguró este miércoles que uno de sus periodistas encontró indicios sobre el terreno que confirmarían la desaparición de uno de los principales monumentos culturales armenios. Se trata del primer reportero que puede visitar el lugar, situado en la frontera de Azerbaiyán con Irán. Si desde otras partes de Azerbaiyán se quiere llegar a este enclave, perteneciente a los azeríes pero rodeado por territorio armenio e iraní, sólo se puede llegar por avión. Este aislamiento ha permitido mantenerlo alejado de los ojos de la prensa independiente. Desde el final de la Unión Soviética, tampoco los historiadores armenios han podido visitarlo.

Los expertos en las khachkars, que es como se llama en Armenia a estas lápidas medievales, han llegado incluso a añorar los tiempos en que el cementerio estaba bajo la displicente administración soviética, que no le daba mantenimiento pero al menos no lo destruía. El IWPR indica que actualmente el antiguo cementerio ha sido aplanado. Sin embargo no pudo confirmar que en su lugar se haya instalado un campo de maniobras militares del Ejército de Azerbaiyán, como algunos armenios han denunciado. Varios organismos internacionales han reclamado que se les deje visitar el lugar, y el Parlamento Europeo condenó su supuesta destrucción. El presidente azerí, Ilham aliev, dijo la semana pasada que esas acusaciones son "una mentira y una provocación", y aclaró que sólo aceptará a los observadores si éstos también van a las zonas controladas por Armenia, y que ocupan la séptima parte del territorio que es reconocido internacionalmente como Azerbaiyán.

==Primera parte de dos

* 2- Partes de la destrucción

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en La Diaria en abril de 2006)

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Partes de la destrucción

“La eliminación de las khachkars del antiguo Jugha implica el fin de un entero fenómeno de la historia de la humanidad, ya que estas lápidas no sólo reflejan la cultura del pueblo que las ha creado, sino que además son símbolos que nos hablan de una época en particular”, dijo Hranush Kharatian, responsable del departamento del gobierno armenio para las minorías nacionales y religiosas, en declaraciones recogidas por IWPR. En todo el territorio de Nakhichevan “existían 27.000 monasterios, iglesias, khachkars, tumbas y otros monumentos armenios que han sido todos destruidos” agregó Aivazian.

Los azeríes también han sufrido lo suyo en este vandalismo mutuo. La cancillería de Azerbaiyán dijo que han “desaparecido” en Armenia 1.587 mosques, 500 cementerios y 23 escuelas coránicas, la mayoría en la zona que ocupaba el antiguo kanato musulmán de Yerevan.

Esta polémica se reaviva en la semana previa al Día de la Conmemoración del Genocidio Armenio, que se recuerda este lunes 24. En 1915 el gobierno turco inició una campaña de detenciones, deportaciones y ejecuciones que habría acabado con la vida de varios miles de armenios, algo que es negado por la Turquía actual.
Este 17 abril también se recordó el trigésimoprimer aniversario del genocidio camboyano, responsabilidad del régimen maoísta de Pol Pot. La amargura de ese recuerdo se mezcló para los camboyanos con los festejos por el Año Nuevo Khmer, en este caso año del perro, que entró el pasado viernes.

Cadena perpetua

La difícil relación entre estos países vecinos tuvo ayer un nuevo capítulo, cuando se conoció que será apelada la sentencia a cadena perpetua dictada por un juez húngaro contra un militar azerí. El oficial fue condenado por matar de 16 golpes de hacha a un colega armenio con el que compartían un curso de la OTAN en Hungría. Los medios de los países de víctima y matador han realizado una amplia cobertura del caso, teñida de nacionalismo y parcialidad. En Azerbaiyán se considera que el asesino actuó para defender su honor nacional, ya que el armenio habría mancillado la bandera azerí durante una especie de broma en el cumpleaños de un compañero de curso húngaro. En Armenia consideran a su compatriota como un mártir de la causa nacional.

==Segunda parte de dos

* 1- El fin de las lápidas labradas

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en La Diaria en abril de 2006)

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26 febrero 2006

Nagorno Karabaj y Kosovo

En cierta forma puede calificárselo como el primer conflicto étnico de la era pos Guerra Fría, ya que surgió en pleno auge de la perestroika. Víctima de la zigzagueante política soviética de “nacionalidades”, el enclave de Nagorno Karabaj fue empujado al abismo a fuerza de decisiones administrativas. Habitado por armenios de religión cristiana, fue puesto bajo jurisdicción de Azerbaiyán, cuya población es mayoritariamente musulmana. Tres años antes de la caída de la Unión Soviética comenzaron los primeros problemas que luego derivaron en actos de “limpieza étnica”, incluyendo una recordada masacre cometida por azeríes en contra de mujeres armenias en la sala de maternidad de un hospital.

Esos antecedentes, y los largos años de una guerra civil que sólo se detuvo en 1994, iniciaron un complejo proceso de negociaciones que siempre se ha mantenido en un tercer plano informativo. Esta semana, una nueva ronda de conversaciones fue dada por terminada sin que se llegara a ningún acuerdo entre las partes. Tanto armenios como azeríes afirman que Nagorno Karabaj les pertenece. Por el momento Armenia controla el enclave y varias zonas cercanas, por lo que se vive en un estado de paz armada.

En la situación opuesta está el conflicto de Kosovo. El lunes 20 las delegaciones serbia y albanokosovar se sentarán ante una mesa de negociaciones que se instalará en Viena para tratar el futuro de esa provincia balcánica. Aunque también en este caso las partes comienzan con posiciones muy claras y en apariencia antagónicas, hay un mejor horizonte para la flexibilidad. Los kosovares de raíz albanesa parecen estar proclives a negociar una fórmula de autonomía, si es que abarca todos los aspectos de la administración de la provincia, y siempre y cuando no implique renunciar a la posibilidad de la independencia. Para los serbios, mientras tanto, la independencia de Kosovo resulta una hipótesis “impensable”, según lo afirmó el primer ministro Vojislav Kostunica. Desde Albania, el canciller Besnik Mustafaj aclaró –para despejar eventuales expectativas– que su país no tiene ningún interés en que se produzca una unión con Kosovo.

Puestas todas las cartas sobre la mesa, la solución de otorgar a la provincia una autonomía importante pero manteniéndola dentro de Serbia presenta dos caras de una solución que es triple. La tercer arista es la expectativa del ingreso de Serbia a la Unión Europea, por lo que los albanokosovares podrían convertirse en ciudadanos comunitarios y tendrían la garantía de que Belgrado debería cumplir con los estándares europeos en materia de respeto a los derechos humanos. Ya en 1999, en plena crisis balcánica, el escritor bosnio Predrag Matvejevic había dicho que la mejor solución para los pueblos balcánicos era vivir bajo un “arbitraje internacional”. En su opinión, el rol que en su momento cumplieron los imperios otomano y austríaco, que además de ser fuerzas de ocupación actuaron como elementos de contención ante los nacionalismos locales, podría en un futuro cumplirlo Bruselas, en un marco que fuera respetuoso de las soberanías y al que se llegara de común acuerdo. Por el momento, el protectorado de Kosovo, habitado en más de un 90 por ciento por personas de origen albanés, sigue siendo en los papeles una provincia serbia, aunque está bajo administración de las Naciones Unidas.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en febrero de 2006)

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15 septiembre 2003

Después del Muro

Durante la Guerra Fría, la mayoría de lo que occidente y el mundo socialista sabían sobre “el otro lado”, estaba teñido por la propaganda. La visibilidad era tan baja, que las metáforas que se acuñaron en ese tiempo hablaban de cortinas de hierro y telones de acero. Cuando a mediados de los ochenta se comenzó a vivir un proceso de cambios internos en la Unión Soviética, una de las palabras de moda, glasnot, también refería a la opacidad, aunque por negación. Esta transparencia era más una expresión de deseo que una realidad. Ni siquiera los expertos estaban a salvo de la omnipresente opacidad, como quedó demostrado cuando los servicios de inteligencia occidentales no supieron prever el desplome del viejo enemigo soviético.

Esa difusa neblina dio paso, en los primeros años de los noventa, a una claridad cegadora. De pronto las cámaras de las grandes cadenas de televisión franqueaban las fronteras antiguamente vedadas, y estaban en cada ciudad en la que se tiraba abajo una estatua de Lenin. Esa atención, arrolladora y superficial, sufrió el proceso natural de todo hecho noticioso: aparición abrupta, desarrollo, clímax y desaparición. Los países del antiguo bloque socialista habían ingresado uno tras otro al esquema de economía de mercado y democracia representativa, y lo habían hecho, con la sola excepción de Yugoslavia, de un modo pacífico. Historia terminada.

Pero la realidad es más compleja. Hace quince días el Banco Mundial presentó su informe “Transición, los diez primeros años”. Como ya lo había reconocido el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 1999, esa transición fue, en muchos casos, una depresión. Ahora, a comienzos del 2002, el Banco Mundial cuantificó las pérdidas en producto bruto, calidad de vida y nivel de equidad, que sufrieron los países del ex bloque socialista en el salto a la economía de mercado. Para que se entendiera exactamente de qué se estaba hablando, el Banco Mundial comparó esta situación con la más conocida de las crisis de la economía moderna: la Gran Depresión de los años treinta, que siguió al derrumbe de Wall Street de 1929. En aquel momento Estados Unidos vio como su producción acumulaba pérdidas porcentuales de 27 puntos. Hoy, los países de la ex Unión Soviética, con excepción de los Bálticos, perdieron el doble de lo que los norteamericanos habían perdido en aquel período crítico. Algunas repúblicas ex soviéticas, como Georgia, perdieron casi el triple de su nivel de producción anterior al fin del socialismo.

¿Qué significan estas cifras en la vida cotidiana de las personas? Peor calidad de vida y más inequidad. El mismo documento del Banco Mundial asegura que en el momento final de la economía comunista, uno de cada sesenta soviéticos era tan pobre que debía vivir con un dólar por día. Tras diez años de reformas económicas de mercado, esta cifra de pobres se multiplicó por tres. En Armenia, en Rusia, en Tayikistán y en Ucrania, el nivel de inequidad, medido por el llamado coeficiente Gini, se duplicó. Estas cifras, sin embargo, encierran su propia opacidad. Los autores del informe reconocen que la situación puede ser incluso peor que lo que sugieren los estándares internacionales para medir la pobreza.

Hay otros hilos más sutiles que se han perdido para siempre en la trama de la economía de las sociedades del Este, y que son difíciles de leer con los indicadores habituales de la economía. Hilos de una trama que ofrecía lo que ha quedado enterrado en el pasado: seguridad vitalicia dentro de los limitados horizontes de la economía soviética. Al analizar las causas posibles del alarmante crecimiento en el índice de suicidios, el PNUD se acercó más que el Banco Mundial a los efectos concretos de esta seguridad perdida.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en setiembre de 2003)

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12 diciembre 2000

Después del muro 3:
la inseguridad básica

Tener trabajo seguro para toda la vida es uno de los logros de las economías socialistas que los ciudadanos de los países en transición más añoran. De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), los países de Europa del Este y de la ex Unión Soviética tenían, antes del colapso del sistema socialista, “un alto grado de seguridad básica”. Se incluye en ese concepto el pleno empleo de por vida, salarios bajos pero seguros y estables, bienes básicos subsidiados, seguridad en la alimentación, seguridad en la vestimenta y la vivienda, acceso gratuito a la salud y la enseñanza, pensiones de retiro previsibles y otro tipo de seguridad social.

Como contrapartida, además del cambio medular que significa la plena vigencia de los derechos civiles (libertad de expresión, libertad de circulación, pluralismo político),entre los logros de la transición se deben destacar los bajos niveles de inflación, la todavía comparativamente alta equidad social, y la disminución de los gastos de defensa. Sin embargo, esto ha estado acompañado por “la pérdida de muchos de los derechos económicos y sociales básicos”, como la del empleo seguro.
El panorama que traza el informe del PNUD sobre los diez primeros años de la transición es desalentador. Millones de personas están sin empleo o subempleadas. Un alto número de trabajadores han sido conducidos al inseguro y mal pago sector informal. Aún aquellos que están formalmente empleados, no tienen seguridad de que se les pague su salario. Y en el caso de que el trabajador esté formalmente empleado y cobre su sueldo en fecha, éste ha pérdido buena parte de su poder de compra, lo que se suma a la desaparición o reducción drástica de otro tipo de beneficios no monetarios.

No es fácil de cuantificar el número real de desempleados, ya que en muchos países no existen estadísticas confiables. Otro factor que atenta contra la posibilidad real de medir la incidencia del desempleo en las sociedades del antiguo bloque comunista, es la importancia del sector informal en la economía. En la ex República Yugoslava de Macedonia y en Armenia, el 40 por ciento de la economía está compuesta por el sector informal. En Hungría esto ocurre con un 30 por ciento de la actividad económica. Sin pago de impuestos, sin aportes sociales, sin reglas claras a la hora del empleo, y prácticamente incontrolada, la economía informal es el primer paso, y a veces la metáfora, de las prácticas mafiosas. Luego de años moviéndose en las sombras a través del mercado negro al que obligaba la escacez de ciertos productos en los países socialistas, las mafias y otro tipo de formas de crimen organizado han encontrado en la economía de transición un ámbito de desarrollo prácticamente ideal.

==Tercera parte de siete

* 1- Después del Muro, una cortina de cristal
* 2- El espejo austríaco
* 4- Dos casos: Eslovaquia y Chequia
* 5- La crisis país por país
* 6- Los niños que no nacieron
* 7- Los costos humanos de la transición

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de diciembre de 2000)

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29 agosto 2000

La Gran Depresión

“Más de cien millones de personas empujadas a la pobreza, a veces a la mera economía de subsistencia”. Esa es la conclusión de los expertos en desarrollo de Naciones Unidas, para quienes la llamada Transición del socialismo al capitalismo es un mero eufemismo que esconde la Gran Depresión que se está viviendo en el territorio de la ex Unión Soviética.

En el Cáucaso, por ejemplo, dos de cada tres familias georgianas son pobres y, aunque el departamento gubernamental de estadísticas de Armenia ha fijado una modesta canasta básica para definir la línea de la pobreza, más de la mitad de los hogares armenios son pobres, y la cuarta parte son muy pobres. Las cifras armenias resultan particularmente desorbitantes. En los primeros cinco años de la transición, los precios de los alimentos subieron un 24 mil por ciento. Comparando esta suba con el aumento de productos que no son de primera necesidad, o directamente suntuosos, se comprueba que la nueva economía ha tenido la clara consecuencia de aumentar la brecha entre ricos y pobres: el precio de los productos que no son de primera necesidad aumentó a un ritmo tres veces menor que el de los alimentos. A la hora de las cifras astronómicas, no puede dejar de mencionarse la inflación de los primeros años de vida independiente de Georgia, que en 1994 era del 18 mil por ciento.

De cualquier modo, los expertos se niegan a evaluar estos desempeños como la fatídica consecuencia del pasaje de una economía planificada a un sistema de mercado. En la Gran Depresión intervienen numerosos factores, entre los cuales la aplicación de políticas equivocadas no es el menor. El triunfalismo que siguió a la caída del Muro de Berlín, la sensación de las poblaciones de que obtendrían rápidamente un nivel de vida similar al de los países occidentales, llevó a que se aceptaran las medidas económicas más extremas sin pesar seriamente sus consecuencias. Una de las más catastróficas de estas decisiones de política económica, según un análisis del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publicado en 1999, fue la liberalización descontrolada de los precios. Al 24 mil por ciento de aumento en los precios de los alimentos que se registró en Armenia, y al 18 mil por ciento de inflación que vivía Georgia en 1994, los analistas oponen el desempeño de otras economías en las que la transición se realizó de manera más controlada, como China, país que comenzó su silenciosa batería de cambios en 1978. Durante los primeros seis años la inflación china se mantuvo en el 3 por ciento, y si bien en 1988 creció a un 20.7 por ciento, ya en 1990 se había bajado al 2.2 por ciento. En otras palabras, las autoridades nunca perdieron el control.

==Tercera parte de cinco

* 1- El Cáucaso, un viejo campo de batalla
* 2- Secuestro de militares uruguayos
* 4- Cáucaso: El factor islámico
* 5- Chechenos: los peores enemigos

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en agosto de 2000)

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18 agosto 2000

El Cáucaso, un viejo campo de batalla

El Cáucaso, conflictivo habitat en el que coexisten tres países independientes y seis de las veintiuna repúblicas de la Federación Rusa, es un territorio más chico que el de Paraguay, que apenas duplica la superficie uruguaya. Allí viven, sin embargo, 21 millones de habitantes que integran más de cien colectividades étnicas, varias de ellas involucradas en los diez enfrentamientos principales que desestabilizan el área y que han tenido como método la “limpieza étnica”.La guerra civil que entre 1917 y 1921 enfrentó al recién formado Ejército Rojo soviético y a los Guardias Blancos del zar de Rusia, aún no ha terminado. En una remota región del Cáucaso, en la frontera natural entre Europa y Asia, los modernos fusiles de asalto han sustituido a las viejas carabinas, pero grupos étnicos que integraron ambos bandos siguen luchando por la misma causa por la que combatieron en aquella oportunidad: la tenencia de la tierra.

Los osetios habían recibido un tratamiento privilegiado durante la etapa monárquica, y eran leales al zar; esa base social firme sumada a las ventajas geográficas que otorgaba el terreno montañoso, fue una de las razones que llevó a los Guardias Blancos a elegir el Cáucaso como foco de resistencia a la Revolución Bolchevique. Pero el Ejército Rojo no tardó en encontrar sus aliados naturales: los ingushes, otro pueblo que habitaba el área y que se sentía postergado a causa de los privilegios agrarios de que gozaban los osetios, por lo que veía con buenos ojos la propuesta bolchevique de socialización de las propiedades rurales. La victoria del Ejército Rojo tuvo sangrientas consecuencias para los osetios, quienes actualmente llaman a los días posteriores a esa guerra civil “la masacre de los osetios a manos de los ingushes”.

La suerte de los ingushes cambió durante la Segunda Guerra Mundial. El premier soviético de entonces, José Stalin, los acusó de colaborar con las tropas invasoras de la Alemania nazi, y los deportó en masa a la inhóspita Siberia. Esto fue aprovechado por los osetios, quienes -según fuentes ingushes- ocuparon las propiedades que habían pertenecido a la colectividad recién caída en desgracia. El historiador Zamanho, citado por el periodista ruso experto en temas caucásicos Alan Kasaev, atribuyó esta deportación a las intrigas de ciudadanos osetios que integraban el círculo más cercano de asesores del premier Stalin. No se debe olvidar que Stalin era de origen georgiano, república en la que habita una significativa colectividad osetia.

Aunque el nuevo mandatario soviético Nikita Krushov “perdonó” en 1957 a los ingushea, y a otros pueblos como los chechenos que habían sufrido un castigo similar, no se les restituyeron todas sus tierras, sino que la zona de Prigorodny nunca volvió a la República Checheno-Ingusheta que entonces era una de las integrantes de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), sino que permaneció en manos de la también soviética República Autónoma de Osetia del Norte. Hoy, Prigorodny, situada en las riberas del río Terek, es el eje del enfrentamiento entre ingushes y osetios. Ambos pueblos ahora integran la Federación Rusa, los primeros son parte de la República de Ingushetia, y los osetios controlan la República de Alana, que es el nombre que tomó Osetia del Norte desde la primavera de 1995. El resultado inicial del conflicto entre ambas repúblicas fue el abandono de sus hogares por parte de 40 mil ingushes que vivían en Osetia del Norte y que pasaron a vivir en campamentos situados en Ingushetia. Pero en el Cáucaso los conflictos se entrecruzan, y las viviendas y tierras que los ingushes dejaron en Osetia del Norte, fueron ocupadas por osetios del sur, en este caso refugiados del enfrentamiento interno que vive la vecina Georgia.

==Primera parte de cinco

* 2- Secuestro de militares uruguayos
* 3- La Gran Depresión
* 4- Cáucaso: El factor islámico
* 5- Chechenos: los peores enemigos

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en agosto de 2000)

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29 enero 2000

Armenia, primer Estado cristiano

Considerada como uno de los primeros lugares en el mundo antiguo en el que se logró fundir el hierro y el cobre, Armenia se convirtió, en el año 301después de Cristo, en el primer Estado cristiano de la historia. A lo largo del tiempo sufrió una serie de invasiones, desde la romana que acabó con el reinado de Tigranes el Grande en el siglo primero de nuestra era, hasta la de los turcos, quienes provocaron grandes huidas de población y una masacre conocida como el primer genocidio del siglo veinte. Integrada a la Unión Soviética en 1922, catorce años más tarde alcanzó su estatus de república separada dentro de la URSS. En 1991 eligió su primer presidente de la era post-soviética, y un año más tarde Armenia ya era un estado miembro de las Naciones Unidas.

El profesor Robert F. Melson, de la Universidad estadounidense de Purdue, afirma que el genocidio de los armenios a manos del Gobierno de los Jóvenes Turcos fue «el primer genocidio total del siglo XX» y «el prototipo de los genocidios que se cometieron después», incluido el Holocausto del pueblo judío. Entre 1915 y 1916, según indica un especial del diario español ABC, al menos 1 millón y medio de armenios, del total de 2 millones que vivían en los lindes del Imperio Otomano, fueron exterminados.

Al igual que ocurrió con los judíos, un número importante de armenios llegaron al Uruguay como refugiados y se establecieron en el país. En un estudio sobre la forma en que la colectividad armenia uruguaya asumió su memoria histórica, la Licenciada Vania Markarián, integrante del proyecto Equipaje de Ilusiones, escribió: “Ninguno fue testigo de los sucesos referidos. Los padres de la mayor parte eran niños entonces y sufrieron los efectos directos de esos incidentes. Muchos perdieron a sus parientes durante la expulsión de sus tierras y fueron criados en orfanatos en Siria y el Líbano o por familias árabes. Otros habían sido guerrilleros durante la resistencia contra los turcos. Algunos lograron salir hacia otros países, perseguidos por el miedo, la inseguridad o la pobreza. En algún caso, incluso, fueron ayudados por los vecinos turcos. Todos perdieron lo poco o mucho que tenían sus familias y en los países que los acogieron trabajaron en los más diversos oficios hasta que decidieron venirse para América. Acá se establecieron, aprendieron el idioma y se integraron. Pero también conservaron sus costumbres, sus tradiciones y fundaron sus propios ámbitos de socialización”.

La diáspora convirtió la peripecia de la colectividad armenia en la más conocida en Uruguay entre las que han vivido los pueblos del Cáucaso, una región en la que el uso de la “limpieza étnica” como método político y militar no se ha interrumpido desde la Antigüedad, cuando era una de las formas habituales de garantizar el control de un territorio.

(Publicado en Brecha en enero de 2000)

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