08 julio 2012

Esquilo el balcánico


por Roberto López Belloso

Nietzsche estaba equivocado. Los orígenes de la tragedia griega no tienen que buscarse en los cultos dionisíacos sino que su magma original debe rastrearse en las bodas y funerales de los Balcanes. La tesis corresponde al escritor albanés Ismaíl Kadaré y es refutada por el filólogo español Carlos García Gual. Al margen de esa polémica, la Comedia Nacional acaba de estrenar la Orestíada en el Solís.

Lo mataron de un balazo en el pecho. Fue una muerte que no asombró a nadie. Todos en el pueblo esperaban que ocurriera en cualquier momento. Tal vez por eso las plañideras, profesionales del oficio de llorar, arribaron enseguida desde una aldea cercana. El muerto está en la habitación de al lado. El padre está sentado a la cabecera de la mesa. Los hermanos parecen retorcerse por la inquietud. Las mujeres de la casa sirven la comida de difuntos. Nadie necesita preguntar quién ha disparado. El que apretó el gatillo está entre los comensales con una cinta negra en el brazo para que todos sepan quien ha sido.
Escenas como esta eran comunes en las montañas del norte de Albania hasta que se abolió el Kanun, código que regía las venganzas de sangre, cosa que recién sucedió al final de la Segunda Guerra Mundial.
También podría haber ocurrido en la Grecia de hace dos mil quinientos años, solo sustituyendo la bala por una lanza. A fin de cuentas, postula el escritor Ismaíl Kadaré, premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2009, esa forma de lidiar con los momentos límite era parte del espacio cultural balcánico que se extendía desde Grecia hasta el norte de la ex Yugoslavia. Pero poco a poco “el viejo código” que normaba las deudas de sangre fue limando sus aristas. Primero en Grecia, ya sea por el énfasis democrático de la Atenas clásica o más adelante por el avance del derecho bizantino, y luego en el resto de la península por el efecto combinado de los derechos bizantino, otomano y austrohúngaro. Pero no se limó su filo en Albania.
Cuenta Kadaré en su novela Abril quebrado, y luego lo retoma en sus ensayos sobre Esquilo, que las venganzas de sangre tenían un mecanismo tan reglamentado que más que una venganza parecían una representación. Por eso el que “se cobra una sangre” matando al que ha matado a un pariente, tiene que ir al velorio de su víctima con una cinta negra y luego queda protegido por una tregua de un mes. Pasado ese tiempo los deudos saldrán a darle caza y la historia recomenzará una vez más envolviendo a las familias rivales durante generaciones.

TESIS. La Orestíada, formada por Agamenón, Las coéforas y Las euménides, es la única trilogía que se conserva completa de la obra de Esquilo, de quien se han perdido 70 de las 77 tragedias que se le atribuyen. Debido a su trama, Kadaré la vincula a la venganza de sangre balcánica. A partir de esa conexión el novelista albanés traza un itinerario conceptual audaz: si se quiere entender la tragedia clásica hay que indagar en las costumbres de los montañeses de Albania. Así lo postula en Esquilo. El gran perdedor, un pequeño pero contundente librito publicado por Siruela en 2006.
Indica que el origen de la tragedia griega no está en las fiestas dionisíacas sino que debe rastrearse analizando las bodas y los funerales de su país, en especial de las zonas más alejadas. Los primeros que se han enterado de una muerte por vendetta se han arañado el rostro antes de ir a anunciarla a los familiares más cercanos, y en esos arañazos habría estado la primera máscara. En el velorio las plañideras lloran y formulan “preceptivamente el dolor desordenado y espontáneo de los allegados del difunto, para ‘representar’ más que para sentir realmente ese dolor”, como un ancestro del coro antiguo. Pero el actor principal, ese que según Kadaré de verdad “dio el paso” de convertir el rito en teatro, es el muerto. “Al principio las plañideras, es decir, el coro, conformaban el drama en su totalidad. Después, los participantes en el duelo, cansados del silencio del muerto, comenzaron a soñar con algo absolutamente temerario, pecaminoso quizás: con que él mismo tomara la palabra. El retorno del difunto, su resurrección, ha constituido sin duda el anhelo supremo del género humano. Ante la imposibilidad de lograrlo, los primeros poetas trágicos crearon su imitación: levantaron al personaje (el difunto) del ataúd para hacerle moverse en escena, para que hablara y diera testimonio”. Por eso, afirma, Nietzsche equivocó el tiro en El origen de la tragedia, de 1871.

ANTÍTESIS. Tal audacia tenía que traer algunos lodos y no todo fueron aplausos en la recepción crítica a la versión española de Esquilo. El gran perdedor. Carlos García Gual, catedrático de filología griega en la Universidad Complutense de Madrid, lo refuta en un artículo publicado en el número de noviembre de 2006 de la Revista de Libros, que edita la Fundación Caja Madrid. El filólogo defiende a su gremio sin ocultar el sarcasmo: “durante siglos los pobres filólogos se han quemado, al parecer, las cejas meditando sobre textos antiguos, contextos históricos, sobre los mitos y los héroes, las máscaras y Dioniso, cuando todo eso era innecesario”. Sostiene que atribuirle a las plañideras un lugar en la genealogía del coro del teatro “es una trivial simpleza” ya que “la tragedia se nutre de sagas míticas y héroes de antaño y no de cantos funerarios de aldea”.
Lo “local” es un guijarro que molesta en el almohadón de la tradición filológica sobre el que se asienta la argumentación de García Gual. Rechaza de plano que se pueda atribuir “a los griegos en general” el origen de la tragedia, cuando en realidad “el teatro es una invención de la polis ateniense de un momento histórico bien definido” y no de “esos griegos vecinos de los balcánicos”. Cabe recordar que para un ateniense o un espartano de la época clásica, los habitantes de la franja norte de la Grecia actual, los macedonios, eran lisa y llanamente bárbaros.
García Gual remata su artículo con un golpe directo a la mandíbula: “no sé si Nietzsche pecó gravemente al no viajar por los montes de Albania y dedicarse sólo al estudio de la filología según la tradición universitaria germánica; pero frecuentar sólo funerales y bodas albanesas para lanzar fáciles hipótesis sobre los orígenes de la tragedia no me parece, a estas alturas, un método recomendable”.

¿SÍNTESIS? Parecería necesario preguntarle al propio Kadaré qué opina de esta refutación. Y además de necesario parecería posible. Brecha entrevistó en 2001 a su traductor al español, Ramón Sánchez Lizarralde (foto) y de esa entrevista había quedado una dirección de correo electrónico y un par de intercambios posteriores de mensajes. No sería un trabajo ciclópeo enviar un e-mail y plantear una pregunta que pudiera ser trasladada al escritor. Pero el intento se frustra apenas comenzado: Sánchez Lizarralde murió en julio del año pasado. Es una pérdida de una magnitud esquílea que sólo puede calibrarse si se piensa que a él se deben las versiones españolas de 30 novelas de Kadaré. No en vano en el obituario de El País de Madrid escribió Carlos Fortea, decano de la Facultad de Traducción y Documentación de la Universidad de Salamanca: “el domingo, en Asturias, se nos murió a los traductores Ramón Sánchez Lizarralde, e Ismail Kadaré se quedó sin voz, presa de una súbita afonía, y como en una extraña interferencia sus lectores de lengua española pensaron que había enmudecido”.
Hay que buscar otra ayuda entonces. En primer lugar (y para actuar luego por analogía) se puede recurrir a una de las novelas de Kadaré, El expediente H, que narra la visita a Albania de dos doctorandos irlandeses que con el desparpajo de la juventud están seguros de poder descubrir “algo nuevo” sobre la tantas veces batida y rebatida “cuestión homérica”. La ficción tiene un soporte en hechos reales. Un estadounidense, Milman Parry, considerado el padre de los estudios sobre la tradición oral, hizo ese viaje junto a su entonces estudiante Albert Lord, que luego se convertiría en un respetado catedrático de Harvard hasta su retiro ocurrido en 1983.
Hacía poco que un Parry de tan solo 26 años había publicado un artículo que, según los entendidos, revolucionó los estudios homéricos. Más o menos decía que podía encontrarse en Homero el uso de algo parecido a los leit motiv en la música. Su profesor en la Sorbonne, Antoine Meillet, lejos de lanzarle un anatema le presentó a un colega búlgaro, Matija Murko, especialista en épica oral balcánica. Fue Murko quien lo puso en contacto con la única parte del mundo en el que el “taller homérico” podía encontrarse todavía “en funcionamiento”, creando y recreando viejos cantos: los Balcanes.
Si se hace la analogía con el Homero que encontraron los filólogos anglosajones, se entiende lo que busca Kadaré en Esquilo. Una lectura superficial (o enojada) de Esquilo. El gran perdedor puede llevar a la interpretación literal de que la tragedia surgió de los velorios y bodas balcánicas y desde ahí llegó a los teatros de la Atenas clásica. Pero en verdad el libro dice otra cosa: que es en los velorios y bodas balcánicas donde hasta más o menos la Segunda Guerra mundial podía verse todavía, en funcionamiento, la materia prima que, en otro contexto, el de la Atenas clásica, dio origen a la tragedia. Porque tampoco en El expediente H Kadaré dice que Homero fuera un recopilador de mitos balcánicos, sino que dice aquello que Parry, Lord y Murko descubrieron con todas las herramientas de la ciencia: que es en los rapsodas de los Balcanes donde podía verse aquella materia prima homérica todavía en la línea de producción.

DE ARGOS A MONTEVIDEO. La segunda ayuda puede pedírsele al propio Esquilo. La Orestíada comienza a las puertas de Argos. Una puerta, la de Esquilo, que en definitiva es siempre más que la puerta material alguna vez existente en alguna ciudad concreta. Y si la guerra de Troya, mediada por Homero, puede ser vista como el símbolo de todas las guerras y su asedio como el símbolo de todos los asedios, también esa puerta trágica, mediada por Esquilo, es símbolo de todos los umbrales donde se produce –desde que se teje hasta que se concreta– una venganza de sangre. Por eso Pier Paolo Pasolini puede situarla en una nación africana “algo maoísta” en Apuntes para una Orestíada africana, o un elenco mexicano puede trasladarla a la época actual en una “narcotragedia” muy comentada por la prensa de ese país en abril de 2010, o Theo Angelopoulos en El viaje de los comediantes puede colocarla en la Grecia de posguerra con un Orestes partisano y una Clitemnestra amancebada con un Egisto colaboracionista.
Esa puerta de Argos también se ha abierto en Montevideo. En estos momentos la Comedia Nacional, con dirección de Levón, pone en escena (foto) la trilogía esquiliana en el Teatro Solís.
Ya desde el comienzo, cuando el vigía del palacio divisa la hoguera que marca el fin de la guerra de Troya, se escucha uno de los elementos que Kadaré destaca en su “tesis balcánica”: el verso que habla de “la mesa deshonrada” como excusa para esa guerra. “Lo que tuvo de especial, aquello que transformó el rapto (de Helena) en una verdadera calamidad , no fue la proeza del rapto en sí, sino la vulneración de los deberes de la hospitalidad, la deshonra de la mesa”, escribe en Esquilo. El gran perdedor. El Kanun albanés indica que la casa es un lugar sagrado porque “pertenece a Dios y al huésped”, por lo tanto si había una deshonra imperdonable (jurídicamente imperdonable) era la producida contra el huésped. O, en espejo, por el huésped contra el anfitrión. Fue esa ofensa, y no el adulterio en sí, la excusa para la guerra de Troya.
Curiosamente Kadaré no hace ninguna referencia a otro elemento que podría haber aportado para sostener su tesis. Cuando los príncipes griegos disputaban la mano de Helena juraron que quien la obtuviera recibiría el apoyo de los otros para defenderla. No imaginaban a un príncipe troyano raptándola sino que se protegían de sí mismos y de la tentación de obtener por la fuerza lo que no habían logrado por la persuasión. Al igual que la hospitalidad, esa “palabra empeñada” es un elemento central de la literatura tradicional balcánica. Si un joven balcánico llegó a levantarse de su tumba para no dejar una promesa sin cumplir (leyenda que se repite en las tradiciones de todos los pueblos del área), ¿cómo no iba a servir como excusa para que los caudillos griegos fueran a la guerra en auxilio de Menelao?
La obra sigue. El coro griego que interpreta un puñado de actores de la Comedia Nacional tiene algo de aquellos comediantes del viaje de Angelopoulos, en su vestuario, en el tono, en la naturalidad con que dicen su parte como si fueran un grupo de griegos tertuliando en las sillas de una ouzerie en un pueblo cualquiera. Consultado por Brecha Levón reconoce que ya se lo han dicho, pero la referencia no fue consciente. Si Esquilo “es la catedral”, dice el director, el coro “es como un mosaico y yo pensé un poco más en Eurípides que trabaja sobre la individuación y los puse en esa especie de plaza contando la espera y eso dio, sin pensar en Angelopoulos, la posibilidad de un vínculo que hizo que el público escuchara lo que se dice; en un momento en que el teatro es imagen, fuerza, violencia y movimiento, quise correr ese riesgo”.
Luego la trama conocida se va desarrollando ante el espectador. El asesinato de Agamenón apenas regresa de Troya, cometido por Clitemnestra para vengar a su hija Ifigenia que Agamenón había sacrificado como víctima propiciatoria para tener el favor de los dioses en el viaje a Asia y la campaña militar (“pudo no haberlo hecho -comenta Levón- pero las ansias de poder lo llevaron a hacerlo”), y luego las maquinaciones de Electra y Orestes para vengar a su vez a su padre, dando por resultado la muerte de Clitemnestra a manos de su hijo varón.
En más de una oportunidad, en las tres partes de la trilogía, se hace referencia a una túnica, una red, la que envolvía a Agamenón al momento de morir, la que luego Orestes encuentra, tiempo después, en casa de su madre, la que va envolviendo a los personajes en el ciclo interminable de la venganza de sangre. Escribe Kadaré: “el hecho de que Orestes halle la túnica de forma inmediata (a pesar del tiempo transcurrido desde el crimen) acredita que no se la ha hecho desaparecer, y no porque estuviera oculta o quedara olvidada en cualquier lugar, sino porque, al contrario, ha permanecido colocada en un lugar visible del palacio”. Una situación por demás curiosa, por lo que postula que “es perfectamente perceptible que algo se ha perdido aquí. Algo que los hombres de aquel tiempo sabían y que nosotros ignoramos”. Al igual que ha ocurrido por siglos en las venganzas de sangre de los balcánicos, “Clitemnestra está atenta a las manchas de sangre sobre la túnica, dado que constituyen la única información que ella recibe acerca de las tentativas de la víctima de enviar mensajes sobre la tierra”, plantea Kadaré. Y cuando tan lejos de Albania como de la Atenas de Pericles, con un café de por medio en un bar ubicado frente al teatro Solís, se le pregunta a Levón, dice que esa túnica, esa red, le habla de “algo que se está tejiendo desde muy atrás”. Por eso la tuvo como una carta fundamental que debía ser jugada. Por ejemplo “en ese terremoto que yo creo artificialmente para descubrir la tumba de Agamenón y que Electra se aferre a su padre, que es parte también de otra red”. El novelista albanés no podría estar más de acuerdo con esa afirmación del director uruguayo: “según los griegos –recuerda Kadaré– una venganza de sangre no podía coronarse con éxito sin contar con el beneplácito y la ayuda del muerto desde su morada subterránea”.
¿Debe Orestes cobrarse la sangre de su padre matando a Clitemnestra? ¿O matando a su madre cometerá un crimen sin perdón? Esa parte final de la obra, con las erinias pidiendo la cabeza del vengador hasta que son calmadas por Atenea dando paso al imperio de la ley por encima del imperio de la venganza, también se conecta con la tesis kadaretiana. Allá, “en las cumbres de Albania” había hasta hace poco “ancianas que hacían recordar a las erinias, con sorprendentes vestidos semejantes a los de las ánforas micénicas, vigilaban no fuera a ser que los jóvenes eludieran la venganza de sangre”, escribe en Esquilo. El gran perdedor.
Las erinias son otra de las claves de la puesta del Solís. “En el entreacto –apunta Levón– la sangre de Agamenón es lavada por tres mujeres, y luego son esas mismas esclavas a las que yo hago que sean como las erinias o vengadoras de Casandra (la esclava que trajo Agamenón de Troya viviendo a su lado) y más tarde se vuelven las vengadoras de la tierra devastada por los griegos… me parecía interesante que ese tejido estuviera presente”.
El tejido de la venganza de sangre, diría Kadaré. En realidad el de la búsqueda de la justicia, matizaría Levón.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 15 de junio de 2012)

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27 febrero 2012

Centenario de Lawrence Durrell: Un alejandrino en Corfú

Uno de los escritores más exitosos de la segunda posguerra, Lawrence Durrell, ha sido injustamente olvidado por el gran público. Su entonces célebre Cuarteto de Alejandría le puso a la cabeza de las apuestas para el Nobel en más de una oportunidad. Aunque por décadas fue diplomático británico, la leyenda dice que no tenía ciudadanía inglesa. Rechazaba a Inglaterra y amaba a Grecia más que a ninguna otra parte del mundo. El lunes 27 de febrero se cumplieron cien años de que nació en la India británica. A continuación un fragmento de la nota publicada por Roberto López Belloso en Brecha.

“Es abril y hemos tomado una vieja casa de pescadores en el extremo norte de la isla, Kalami. A diez millas por mar y unos treinta quilómetros por carretera desde la ciudad, ofrece todos los encantos de la soledad. Una casa blanca puesta como un dado sobre una roca venerable ya con las cicatrices del viento y el agua. La montaña sube hasta el cielo, detrás de ella (…) Esto ha venido a ser nuestro hogar no lamentado”.
No es abril de 1937 sino fines de agosto de 2011. La vieja casa de pescadores que menciona en La celda de Próspero ya tiene dos plantas. La segunda la hizo construir Durrel y ahora se alquila a seiscientos euros la semana. Los actuales inquilinos son una familia rusa que no tiene idea de quien era ese escritor en cuya mesa de trabajo amontonan las toallas y la ropa sucia, pero dispone del dinero para pagar por dormir al borde de un mar obscenamente cristalino. ¿Y los encantos de la soledad? Toda la isla parece haberse llenado de rusos últimamente, tanto que en varias tiendas hay carteles en cirílico. Sin embargo es cierto que acá, en este rincón alejado desde el que parece que puede tocarse Albania con los dedos, hay menos turistas que en el lado opuesto, el de las playas de arena que vuelven la espalda a los Balcanes y miran a Italia. La casa sigue siendo blanca y con forma de dado. En la planta baja viven los hijos de la familia que la habitaba cuando llegó Durrell. Fue una compra extraña. No les compró la casa propiamente dicha sino el derecho a construir en ella una segunda planta para sí. En la de abajo podrían seguir viviendo sus dueños originarios. Y ahí siguen. En el porsche han instalado un restorán en el que sirven el desayuno a los inquilinos y en el que también aceptan otros clientes. Está decorado con fotos del excéntrico escritor inglés que hizo de Kalami su “hogar no lamentado”.
Desde ahí, con 25 años, le escribió a Henry Miller: “¿Por qué toda esta angustia por el papel, la tinta, las palabras cuando la vida huye como un lebrel, y todo se siente con demasiada intensidad, con demasiada pasión para tratar de escribirlo? Entonces tomo el Van Norden (su pequeño barquito corfiota), levo las velas y huyo de mí mismo”.

La correspondencia entre los dos escritores continúa por años y a pesar de que Durrell las remite desde sus diferentes destinos (Buenos Aires, Belgrado, Chipre), siempre se regresa en ellas a Grecia. Veinte años después de que Durrell dejara la casa blanca, Miller la menciona de nuevo: “Y ahora te recuerdo en la terraza de tu casita de Corfú (foto), con tu cuaderno y tu lápiz, escribiendo, borroneando, corrigiendo, puliendo tu estilo, volviendo a escribir, escribiendo algo más, bañándote, bebiendo, cantando, riéndote, pero volviendo siempre al cuaderno y al lápiz. Se advierte claramente cómo has peleado para dominar el medio, y no sólo el medio sino el lenguaje mismo, el inglés, el inglés del rey. Ahora te leo con envidia”.
Para regresar a la ciudad hay que remontar la montaña que, efectivamente, sube hasta el cielo ya que la cuesta parece que no va a terminar nunca. Pero finalmente se llega a la ruta. La parada de ómnibus es un minúsculo refugio de lata y madera costanera: ilusoria protección contra los automóviles que toman esa curva como poseídos, incluso adelantándose unos a otros aunque no puedan ver lo que viene, en bajada, por el carril opuesto. Desde ahí el ómnibus pone casi una hora para llegar a Corfú Town, pero el paisaje en esa carretera marítima es de una belleza tal que dan ganas que el conductor derrape y se vaya a estrellar allá abajo en ese azul imposible. Por suerte no ocurre y la ciudad recibe con su arquitectura veneciana.

CORFU TOWN. “Las casas sobre el puerto viejo están elegantemente construidas en delgados peldaños con estrechas callejas y columnatas entre ellas; rojas, amarillas, rosadas, pardas: una mezcolanza de tonos pastel que la luna transforma en una ciudad deslumbradoramente blanca”.
A pocas cuadras del puerto viejo queda la iglesia de San Espiridón, el patrono de la isla. Los corfiotas cargaron su cuerpo desde Constantinopla y a cambio les salvó de la peste y de los turcos, más de una vez. Ya es de noche y la iglesia está a punto de cerrar, pero todavía puede entrarse y ver cómo queda desmentido el prejuicio de quien llega esperando encontrar una iglesia provinciana, folklórica. Los candelabros y lámparas de plata parecen tener el tono exacto para una iglesia en cuyo techo los frescos –aunque relativamente modernos- denotan la maestría de su factura. Pero es sólo el prólogo. La pequeña capilla en forma de cripta donde está el ataúd con las reliquias del santo emana una energía que no sólo proviene de la romería constante de fieles que van a besar su tapa plateada, sino también del carácter de gruta, de sus frescos enmohecidos, estos sí algo difusos por el tiempo, y de la línea tupida de lámparas que tiene encendidas a media altura. Las cosas siguen siendo como las vio Durrell hace tres cuartos de siglo: San Espiridón “yace en quietud hibernante en su ataúd ricamente labrado, cuyo caparazón exterior de plata está permanente empañado por el aliento de los fieles que se inclinan para besarlo. La oscuridad está llena de cálices y estandartes: todo el oropel de la decoración eclesiástica bizantina. Un estilo de arte que es literal más que figurativo: el santo tiene un verdadero nimbo de plata metido en el lienzo en torno a su cara oval de poseso. Ojos de oliva negra miran impenitentes desde todas las paredes”.

ALEJANDRIA. Cuando los nazis se adueñaron de Grecia tras la batalla de Creta, Durrell se evacua junto al ejército inglés hacia Alejandría. “Europa ha quedado detrás de nosotros”, escribirá más tarde sobre la ciudad donde conoce a Eve, una judía alejandrina que será su segunda esposa (foto). Se dice que en ella basó el personaje de Justine, la protagonista de El cuarteto de Alejandría. La ciudad se vuelve un lugar irreal, el fondo adecuado para una tetralogía pensada como “una investigación del amor moderno”. La obra es un mosaico de personajes, cuatro de los cuales dan nombre a sus partes, aunque hay otros, como Nessim, que son incluso más importantes en el desarrollo narrativo. Pese a esta multitud coral, el centro es siempre Justine, que “como todos los seres morales está en el límite de la diosa”. Tanto que “si nuestro mundo fuera un mundo de verdad, habría templos donde Justine podría refugiarse y encontrar la paz que busca”.
En una nota introductoria al segundo tomo, Balthazar, el novelista explica: “Como la literatura moderna no nos ofrece Unidades me he vuelto hacia la ciencia para realizar una novela como un navío de cuatro puentes cuya forma se basa en el principio de la Relatividad. Tres lados de espacio y uno de tiempo constituyen la receta para cocinar un continuo (…) Sin embargo las tres primeras partes se despliegan en el espacio (de ahí que las considere hermanas, no sucesoras una de otra) y no constituyen una serie. Se interponen, se entretejen en una relación puramente espacial. El tiempo está en suspenso. Solo la última parte representará el tiempo y será una verdadera sucesora”.
Pese a la influencia de Alejandría en la obra de Durrell, el Cuarteto no fue escrito en esa ciudad egipcia sino en Chipre. En diciembre de 1953, en otra de sus cartas a Miller, escribe: “Sigo adelante, literalmente palabra por palabra, con mi libro sobre Alejandría. Estoy cansado como un perro a la hora que llego a casa por las tardes pero todos mis momentos de vigilia le pertenecen, de modo que durante los fines de semana, cuando paso en limpio mis garabatos, suelo tener unas 1500 palabras. Me siento como una de esas máquinas para destilar agua: cae gota a gota, en contra de la fatiga física (…) Te estoy escribiendo a las 4.50 de la mañana. Un pálido amanecer malva en medio de un deslumbrante plenilunio. Fantasmagórico. Los ruiseñores cantan embriagados por las primeras lluvias. Todo húmedo de rocío. Dentro de un ratito sacaré el coche y me arrastraré por el camino hacia un amanecer que llega desde el Asia Menor como el Paraíso Perdido”.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 24-II-2012)

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30 octubre 2011

Crisis en Tesalónica

Roberto López Belloso

Según el cristal con el que se lo mire, lo que acaba de ocurrir puede ser definido como signo de atraso o de civilización. El ómnibus a Tesalónica había partido desde Igoumenitsa, el puerto griego al que llegan los ferrys desde Italia. Ahora el camino se hace por la vía Egnatia, un proyecto de ingeniería carretera que sigue el trazado y el espíritu del viejo camino romano: unir el occidente y el oriente de Europa atravesando el norte de Grecia en dirección a Estambul. Una megaobra que cortó la orografía escarpada del Epiro y de la Macedonia griega a fuerza de puentes carreteros y túneles que oradan las montañas sin que nunca se pierda la doble vía que garantiza la velocidad en el transporte de mercancías. Velocidad y mercancías. El tiempo es oro cuando se trata de comercio, fue el argumento para convencer a Bruselas de financiar buena parte de los trabajos. No sólo consumió tiempo sino también millones. No es difícil imaginar que esa impecable cinta de asfalto formó parte del agujero negro que se tragó la ilusoria prosperidad del país.

El ómnibus a Tesalónica va descontando horas de camino con respecto al viejo y trabajoso recorrido, cuando se desvía de la ruta. Sale de la perfecta carretera aprovechando su perfecta cartelería y se interna en un camino secundario, angosto, irregular, mal señalizado. Recorre apenas un par de quilómetros que parecen una eternidad y se detiene en un ignoto y solitario paradero. Recoge a una anciana de negro, casi un arquetipo de las campesinas griegas, y regresa al paraíso de asfalto para seguir en dirección a su destino. ¿Es un signo de atraso irredimible dejar la carretera soñada para levantar un pasajero en ese descampado rural? ¿O es una muestra de civilización, razonando que si ahora se hace en cinco horas el trayecto que antes llevaba ocho, bien se pueden usar diez minutos para no dejar aislado un caserío?.
Y sobre todo, ¿tiene algo que ver ese gesto con la crisis griega, con la forma de afrontarla? Desde que entra al país todo visitante busca señales de ese desmoronamiento. Si llegó en ferry no habrá tenido tiempo más que de hacer las tres cuadras que separan el puerto de la terminal de ómnibus y seguir camino media hora más tarde. Por eso ese desvío de la vía Egnatia, ese desvío de la megaobra que costó megamillones, puede decir algo sobre una cierta intención de no dejar al otro al borde del camino. Algo se ha leído, algo se ha escuchado sobre estrategias para superar la crisis en el día a día, con la instalación del trueque en el comercio interpersonal (un servicio de carpintería contra algunas verduras, clases particulares de matemáticas a cambio del arreglo de un auto), de ferias de intercambio, e incluso con el emergente a nivel popular de cierta moneda paralela, al margen del euro que quema y se escurre entre los dedos como agua ácida. Algo se ha escuchado, nada se ha visto todavía. El ómnibus sigue por la vía Egnatia y ya no se detiene. Todo es nuevo salvo la costumbre del chofer que maneja fumando un cigarrillo, casi en piloto automático.

***

La terminal de Tesalónica está como siempre. Enorme, menos caótica de lo que podría esperarse de ese permanente entrar y salir de ómnibus hacia cada punto de Grecia, con pasajeros demasiado apurados como para que el visitante pueda leer en ellos algo sobre cómo sobrellevan el temporal. La fila de taxis es casi tan interminable como la de las personas que los van abordando. Parecen moverse acompasadamente. La de taxis avanza lo suficientemente lenta como para que los pasajeros puedan cargar su maleta y subir, y los clientes hacen lo suyo con precisión de movimientos, comprometidos con que el lento avance de los taxímetros pueda seguir a paso de hombre pero con el motor encendido, casi sin detenerse. Sólo el forastero traba esa coreografía urbana. No se sube sin antes preguntar el precio del viaje hasta el hotel. El chofer se pone de malhumor, gruñe que el precio es lo que marque el reloj, que no tiene como saber. La fila de pasajeros se inquieta, todos quieren salir de ahí cuanto antes. La de taxis se frena, alguna cabeza se asoma por la ventanilla para ver qué es lo que pasa. Todo presiona sin decir palabra y el forastero decide subirse y que sea lo que el reloj quiera. A mitad de camino el conductor intenta romper el hielo con el clásico “¿where are you from?. Cuando se responde “Uruguay” se produce un vuelco en la situación.
-Uruguay, no puedo creer.
-Sí.
-El país de Pablito.
-(Rápida búsqueda en la memoria ram, análisis de posibilidades, ensayo de respuesta) ¿Pablo García?
-Claro, Pablito García. Mire (y golpea un banderín que tiene colgando del espejo retrovisor) es mi equipo, el Paok.
-Buen jugador ¿verdad?
-Es el alma del cuadro. Cuando Pablito anda bien, todo el equipo funciona bien. Cuando él no juega tan bien (que juegue mal parece una posibilidad impensable), el cuadro es un desastre. Lamentablemente este es su último año con nosotros.
-Sí, creo que dijo que quiere retirarse en Nacional.
-Para nosotros es una tragedia. Nosotros amamos a Pablito, y creo que él también nos quiere.
Al día siguiente, en la peatonal que va desde el arco de Galerio hasta la rambla, una camiseta muestra un dibujo del rostro empacado de Pablo García luciendo una boina con una estrella roja, al estilo del Che, y por única leyenda la palabra “Pablo”. Cuando se confiesa la condición de uruguayo, el dueño de la tienda se entusiasma y muestra en su teléfono celular una foto en la que está acompañado del futbolista. “Pablo is my friend”, dice con orgullo.
¿Y la crisis? Los dos fans de Pablo García, aunque tienen formas bien diferentes de ganarse la vida, coinciden en que la ciudad está “cayéndose a pedazos”. Para ilustrar su metáfora el vendedor de camisetas apunta con su brazo hacia el centro de la peatonal y muestra la basura acumulada alrededor de las ruinas del palacio de Galerio, uno de los atractivos arqueológicos. Algo similar había hecho el taxista señalando varias esquinas en las que parecía que hacía días que no pasaba el basurero.
-¿Es la huelga?
-No, es la crisis.
Toda una definición sobre cuáles son las causas primarias de los problemas.

(Fragmento de un artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en octubre de 2011)

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01 junio 2010

Homero. Sin talón ni caballo

Tres mil años después del rapto de Helena de Argos, la guerra de Troya continúa encendiendo pasiones. Trifulcas de simposio y debates sobre la vigencia de este o aquel hallazgo arqueológico sugieren que la vieja historia está lejos del formol. Este artículo se asoma al trabajo de siglo y medio de la arqueología alemana para dar con un fantasma y a la búsqueda bastante más longeva y exitosa que ha realizado la literatura.

Cuando el verano llegue al hemisferio norte, un equipo de arqueólogos de una vieja universidad alemana –Tübingen, la misma en la que estudió Kepler– volverán al lugar donde estuvo Troya. Desde el siglo XIX ese es el yacimiento que se viene excavando en busca de un mito: alguna prueba inequívoca de la guerra que cuenta Homero en La Iliada. Cada año, al final de su cíclica expedición, los arqueólogos vuelven a sus cuarteles de invierno para analizar los resultados, publican sus conclusiones en una revista anual especializada, y se preparan para reiniciar el trabajo al año siguiente. Un verdadero asedio a la ciudad que vivió el cerco más célebre de la cultura occidental y que, a su vez, los cerca y los obliga a intentar desentrañar su misterio. Como ha dicho otro de los hipnotizados por Homero, el italiano Alessandro Baricco: “Cada vez que asedias cualquier cosa, también esa cosa está asediándote. Cualquier tipo de asedio, el de un estudioso a su objeto de estudio, un asedio de amor…eso que es nuestra vida, esa búsqueda de romper una muralla no es separable –dicen los griegos a través de Homero- de la experiencia de estar detrás de la muralla. Por eso la imagen de la Ilíada de una ciudad de piedra sitiada que contraataca y a su vez asedia a una ciudad paradojal que forman las naves de los atacantes, parece querer decirnos que la vida es así, que no se trata nunca del asedio a una ciudad sino que siempre son dos ciudades que se miran”.

El asedio arqueológico de Troya comenzó con otro alemán, el arqueólogo aficionado Heinrich Schliemann. Contra todo pronóstico y valiéndose de las coordenadas ambiguas que Homero había situado en La Iliada, Schliemann se acercó a demostrar que la guerra de Troya realmente existió, e inhumó el que creyó su sitio así como varios de los objetos que –suponía- pertenecieron a los guerreros que debieron de haberla peleado. Sus continuadores han relativizado varios de esos hallazgos pero año tras año se afirman en su rol de abogados defensores de su “padre fundador”. Fiscales no han faltado. En 2001, por ejemplo, hubo una dura polémica entre el equipo alemán y académicos ingleses, que incluyó escaramuzas en simposios –los arqueólogos son gente de pocas pulgas - y un “debate abierto” en el Times. Se acusaba a quienes trabajan en Troya de haber montado un pastiche que pretendía pasar gato por liebre, es decir, tomar las ruinas de una ciudad secundaria de Asia Menor y presentarla como si fuera la ciudad bisagra entre Oriente y Occidente que menciona Homero. Para lograr esto, afirmaban los críticos, los alemanes habían sumando restos arqueológicos que efectivamente están en el mismo sitio pero que corresponden a la superposición de ciudades de épocas distintas. Los que conducen la excavación de Troya se han venido defendiendo desde entonces en artículos científicos y en reyertas intelectuales de cafetería universitaria, polemizando en pleno siglo XXI sobre algo acaecido hace unos tres mil años. Las conclusiones oficiales de esa defensa pueden encontrarse en un documento de 77 páginas que recoge el discurso de aceptación de una distinción académica por parte del arqueólogo Manfred Korfmann. “Troya a la luz de las nuevas investigaciones”, leído el 12 de noviembre de 2003 a las tres y media de la tarde –las universidades alemanas son instituciones que aman la precisión de sus registros- puede considerarse el testamento científico de Korfmann, quien murió dos años más tarde. “Nuestras excavaciones –afirmó Korfmann– no contradicen el estado de opinión de los académicos homéricos, tal como los representa por ejemplo el helenista Joachim Latacz, que parecen ser de la opinión de que hay un ‘núcleo histórico’ dentro de La Iliada según el cual Troya era una ciudad importante por la que valía la pena luchar durante un largo período de tiempo”. La segunda conclusión es que los hallazgos “tampoco contradicen” la opinión de los estudios anatólicos de vanguardia que entienden que esa Troya del siglo XIII antes de Cristo era una potencia regional vasalla del imperio hitita. Sin embargo, aclara Korfmann, un arqueólogo puede decir que una gran guerra ha ocurrido en tal lugar, pero “nadie en mi equipo ha hablado de ‘la guerra de Troya’” entendida como aquella guerra puntual entre aqueos y troyanos que luego fue cantada por Homero.
“Uno se pregunta a menudo si esa guerra realmente existió”, anotó Baricco durante una lectura pública en Roma. “Lo que nosotros sabemos –añadió, siguiendo a la estudiosa italiana María Gracia Ciani– es que probablemente las narraciones de los griegos recogen una multitud de guerras y de personajes, una constelación de historias, de pequeños y grandes asedios, de batallas luchadas o no luchadas, y todo esto lo condensaron en una única guerra simbólica, en un único asedio, en una única experiencia que simbolizaba, en resumen, la tentativa de la Grecia de entonces de apoderarse del Oriente”.

LAS JOYAS Y LA DAGA. Las salvedades de Korfmann dejaron a salvo la precisión científica de su trabajo sin arriesgar el honor de Schliemann. Demasiado esfuerzo. En verdad el trabajo de Schliemann, aunque sus resultados fueron “arqueológicos”, siempre perteneció al terreno de la literatura. Fue polémico como arqueólogo porque pretendió probar una tesis literaria. Excavar para desenterrar un fantasma. Entre las historias que se cuentan sobre Schliemann una dice que hacía lucir a su esposa las joyas encontradas en los yacimientos. Un hecho reprobable desde el punto de vista museístico pero totalmente válido en el campo de la “construcción de un personaje”. Recordemos que Schliemann, enamorado de Grecia desde su juventud, quería casarse con una mujer griega y la escogió tomando un curioso examen a varias de las muchachas de la alta sociedad: tenían que memorizar La Ilíada y recitarla sin errores.
Aquellas joyas que usaba la "Helena" de Schliemann (en verdad llamada Sophia, ver foto) no eran las de Helena de Argos ni las de ninguna mujer de su tiempo, descubriría Korfmann. Pero eso poco importa. Tampoco interesa que las otras joyas célebres encontradas por Schliemann tampoco resultaran ser las que él pensaba que eran. La obsesión de Schliemann con La Iliada no se limitó a buscar el sitio de Troya sino que también excavó casi en el otro extremo del largo hilo conductor homérico: en Micenas, la capital de Agamenón, el jefe de los ejércitos aqueos que atacaron Troya. Hoy esas joyas micénicas están en las vitrinas de la sala cuatro del Museo Arqueológico de Atenas. En el lote se destacan tres objetos: la daga, la copa y la máscara mortuoria de Agamenón. "Y con el cuchillo que siempre le pendía al costado, junto a la gran vaina de la espada, el Atrida Agamenón cortó un mechón de lana de la cabeza de los corderos, y los heraldos los distribuyeron entre los príncipes troyanos y griegos". Resulta inevitable vincular este pasaje del canto tercero de La Iliada de Homero, con la daga de la vitrina 27, en la que dos guerreros se lanzan, ciegos de furia y sedientos de venganza, sobre un león que ya ha matado a uno de los suyos.
Actualmente se sabe que la máscara mortuoria de la vitrina tercera, que Schliemman identificó expresamente con Agamenón, no pudo haber pertenecido al rey de la casa de los átridas, el padre de Electra y Orestes. Pero, una vez más, eso es un detalle arqueológico. Para la literatura esa máscara tiene la dignidad suficiente como para merecer haber cubierto, en el viaje a su última morada, el rostro de quien llevó a los ejércitos griegos al otro lado del Mar Egeo para vengar, frente a los muros de Troya, la ofensa ocasionada a su hermano, Menelao, con el rapto de Helena.

LA PUERTA DE LOS LEONES Cuando hoy se llega a Micenas ocurre lo mismo que cuando se visita Delfos: no es el yacimiento sino la geografía lo que está a la altura del mito. La aproximación es típica de la Grecia moderna. Supongamos que se llega en un ómnibus local, por ejemplo el que hace la ruta Epidauro-Micenas. Lo primero será asumir el hecho inverosímil de que esos dos lugares existen en el mapa moderno y que hay personas que viven en sus alrededores, trabajan en los campos circundantes y para quienes las ruinas de la ciudad de Agamenón o el teatro clásico de Epidauro son puntos de referencia de lo cotidiano. Si se está en ese ómnibus, seguramente escuchando la música que el chofer lleva a todo volumen, tal vez el último hit de Alkestis Protopsalti o Despina Vandi, entonces se entrará en Micenas recorriendo unos caminos bordeados por bares que se llaman Orestes o pequeños hoteles bautizados Pensión Electra. Luego de ir depositando a quienes trabajan en esos negocios o en sus satelitales tiendas de souvenirs, el ómnibus llegará a la explanada del yacimiento. Si se tiene suerte no habrá demasiados grupos de turistas. Pero si se tiene esa suerte será necesario ir abrigado, porque será invierno. “La inmensidad de la montaña”, se piensa al llegar, aunque en verdad se trata de algo apenas más alto que una colina. Pero aquí no hay dudas como en Troya, esto es la sede del poder del “rey de reyes”, conquistador de aquella Troya, y no será “la inmensidad de la montaña” pero resulta claro que la elevación donde estuvo el palacio aparece protegida por un abrupto acantilado. El alma del lugar, sus duros perfiles de roca, el gris del cielo, ayudan a tener por cierto el mito de que las murallas fueron construidas por los cíclopes, enormes criaturas de leyenda nacidas con un solo ojo. La entrada no es monumental pero ahí están, en efecto, los leones decapitados que son el ícono de Micenas y que dan acceso a las tumbas rodeadas por un foso que serpentea en la base del sitio. De aquí, y no de la tumba verdadera del rey, proceden la llamada máscara de Agamenón y las dagas y joyas de oro que se vieron en el Museo Arqueológico. Si verdaderamente hubieran pertenecido al “rey de reyes” deberían haber sido encontrados 300 metros más allá, en el Tesoro de Atreo, un montículo de tierra de unos 15 metros de altura al que se entra por una delgada abertura. En el interior no hay esculturas ni ornamentos, sólo los anchos y desnudos bloques de piedra sosteniendo el montículo y formando una bóveda oscura, un panal que visto desde sus entrañas resulta, ahora sí, gigantesco; la tumba de quien “se distingue entre los demás y sobresale entre los héroes” por voluntad de Zeus, como dice Homero en el libro primero de La Ilíada.

EL CÓDIGO ILIÓN. Los arqueólogos no son los únicos que han estado tras Homero. En la literatura se lo ha buscado incansablemente. Dante fue a buscarlo en la piel de Ulises al mismo infierno. Después James Joyce lo estuvo persiguiendo un día entero por las calles de Dublin y lo que encontró fue su propio Ulises, el libro menos leído entre los más citados del siglo pasado. Nikos Kazantzakis empezó a rastrearlo desde el punto exacto en que termina la Odisea original, Ismail Kadaré lo buscó en Albania y Dereck Walcott en una isla del Caribe anglófono. Pero tal vez la búsqueda más a fondo fue la que hizo el italiano Alessandro Baricco, intentando dar con Homero dentro de Homero mismo. El resultado fue otra Iliada, respetuosa de la letra original pero en la que el narrador externo se sustituye por monólogos de los personajes y a la que, para indignación de los puristas, se le podaron los dioses. Una Ilíada reescrita por Baricco no para ser publicada, aunque existe en libro, sino para ser leída. Ese destino, que rescata el destino original de las historias homéricas que eran recitadas por rapsodas, puede, de cierta manera, transformar esa versión herética en la más ortodoxa de las versiones. Dos jornadas de lectura a las que asistieron miles de italianos y que fue transmitida por radio generando un fenómeno de masas pocas veces alcanzado por la literatura oral en los tiempos modernos. Cada dos o tres monólogos leídos por los actores del proyecto de Baricco (que se permitió audacias de exquisito resultado como que el monólogo de Aquiles fuera interpretado por una joven actriz), el autor intercalaba comentarios que situaban a Homero, a la obra y al contexto, rescatándolos del formol. “La Iliada es un manual de todo lo que puede hacerse desde el punto de vista narrativo. Está plena de situaciones que podrían señalarse y decir: esta está en tal libro, esta en tal película, esta en toda la publicidad. Por ejemplo cuando Menelao y Paris deciden desafiarse. Los ejércitos detienen el combate, ellos se preparan, después se miran, están uno frente al otro. Corte y montaje. La narración pasa a una habitación en la que está Helena bordando. Me gusta ese salto desde el bronce y la sangre hacia el interior de la habitación de Helena. Entonces llega una mujer que le cuenta ‘escucha, afuera están por batirse a duelo y tu serás el premio para el vencedor’. Helena se levanta, sube una escalera, se asoma a la muralla y ve desde lo alto aquello que primero veíamos desde abajo. Y todos nosotros miramos desde arriba en ese momento. Eso es cine”, decía entonces Baricco. El italiano también recordó que los dos elementos más conocidos de la guerra de Troya, el ardid del caballo de madera para entrar en la ciudad y la muerte de Aquiles por un flechazo en su talón, no están presentes en las páginas de la Ilíada sino que proceden de otras narraciones.

Sucede que Homero y sus dos libros no son algo aburrido. Como ejemplo baste el conocido misterio que rodea a su autor y sus obras, esa “cuestión homérica” que se cuestiona todo, desde si pueden atribuírsele las dos obras que se le atribuyen hasta su propia existencia como una sola persona de carne y hueso. Esto no fue obstáculo para que en el período de entreguerras, en una cantina de la Calle de los Caballeros, en la isla griega de Rodas, tres parroquianos descubrieran pruebas irrefutables sobre la cuna del bardo quizás ciego. Ya que para la tradición son siete las ciudades griegas que se disputan ese privilegio, esa imprecisión es caldo de cultivo para las conversaciones que se desarrollan sin apuro mientras el alcohol alimenta la audacia epistemológica. El escritor inglés Lawrence Durrell, cuenta en su libro Reflexiones sobre una Venus marina que estaba en una cantina de Rodas cuando su amigo Gideón “levantó contra la luz roja del cielo un vaso de vino rosado, como si tratase de aprisionar los últimos rayos del sol poniente. ¿De dónde habría podido sacar Homero, por asociación -dijo- un adjetivo como dedos de rosa...a menos que hubiese presenciado una puesta de sol en Rodas? ¡Mire!. Y en efecto, a esa extraña luz sus dedos, vistos a través del vino, temblaban, rosados como el coral contra el cielo radiante. Ya no dudo de que Rodas fue la cuna de Homero-agregó. Pude ver que estaba un tanto borracho" . El pasaje homérico a que se refiere el amigo de Durrel está al comienzo del Canto II de La Odisea: "Apenas el alba con sus rosados dedos mostróse en el cielo, cuando el amado hijo de Ulises, dejando su lecho, se visitió prestamente, calzó hermosas sandalias y ciñendo la espada, arrogante como un dios, salió de su aposento".
Es discutible que Homero haya creado su metáfora como producto de las libaciones de vino griego. Es más probable que como buen hijo de una época poblada de dioses, hubiera elevado la vista al cielo. Aún hoy, tantos siglos más tarde, quien deje el puerto del Pireo buscando las Cícladas, al alba o al atardecer, podrá comprobar, con algo de suerte, el origen de la célebre imagen. El cielo tomará entonces coloraciones que a medida que avance la caída del sol parecerán ser menos caprichosas. Antes de caer definitivamente, el atardecer trazará, por un buen tiempo, la inequívoca figura de largos dedos rosados que se elevan desde el mar.

(Artículo de Roberto Lopez Belloso publicado en el semanario Brecha)

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23 abril 2010

Mármoles saqueados

El profesor, algo desaliñado, se dirige con vehemencia a sus alumnos. Sentados en el alfeizar de un enorme ventanal, con una espléndida vista de la acrópolis a sus espaldas, los estudiantes siguen la apasionada explicación de la escena mitológica que alguna vez estuvo desplegada en el templo más sagrado de los griegos, el Partenón. Han rodeado como en un rito los cuatro costados de la colección, deteniéndose ante cada conjunto de esculturas, identificando a los centauros, los gigantes, las amazonas y las escenas de la guerra de Troya.

A pesar de lo incomprensible –a oídos extranjeros- del idioma griego, hay un tono indudablemente épico en el modo en que el docente narra esas historias, que hacen pensar más en el vívido testimonio de un protagonista que en la letanía de una lección aprendida. Los escasos visitantes que han llegado descolgados de los grupos de turistas, casi sobre la hora del cierre en ese día de invierno, no se preocupan por el idioma. Siguen a respetuosa distancia el movimiento del brazo del desaliñado profesor de un liceo de Atenas, tal vez de un liceo de Kesariani, célebre por ser el foco de resistencia a la ocupación nazi en los años cuarenta del siglo pasado y todavía hoy mencionado como el “barrio rojo” de la ciudad, o quizás un liceo de Exarchia, bastión anarquista, contestatario y trendy a la vez. El profesor va mostrando las batallas míticas de los antiguos griegos y como una coreografía silenciosa los estudiantes y los intrusos se dejan guiar, como si la maldición de Babel hubiera sido dejada de lado por un momento.

Lo que ven, lo que está ante los ojos de quienes visitan el flamante Museo de la Acrópolis, completado a inicios de 2010, no son los mármoles del Partenón. Están desplegados como los mármoles del Partenón, en el mismo orden, en una disposición que permite que sean vistos como si se estuviera rodeando el templo, pero no son los mármoles del Partenón. Algunos fragmentos sí lo son, pero la mayoría son copias de yeso. Provisorias copias de yeso en espera de ser sustituidas por los originales. Es una espera que ya dura casi 180 años. Seguramente eso es parte de lo que dice el desaliñado profesor de Kesariani, o de Exarchia. Pura redundancia docente, porque cada griego sabe, desde la cuna, que los mármoles del Partenón fueron robados en 1821 por un diplomático inglés apellidado Elgin, que acordó con los ocupantes turcos el expolio de una de las mayores riquezas griegas.

Durante mucho tiempo el Museo Británico, que es donde se encuentran los originales, argumentó que mantenía en su poder los mármoles saqueados con la noble intención de “preservarlos para la humanidad”, ya que no había en Grecia un museo capaz de contenerlos. Esa excusa ya carece de validez. El museo inaugurado al pie de la Acrópolis de Atenas en 2010 no sólo es más moderno y estéticamente más bello que el Británico, sino que el espacio destinado a los mármoles del Partenón, en diálogo con las otras antigüedades procedentes de la Acrópolis, no sólo permite que esos relieves tengan las mejores condiciones de preservación sino que permite experimentar de la mejor manera posible su delicada monumentalidad.

Artículo de Roberto López Belloso, publicado en Brecha.

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02 septiembre 2007

Cartogramas/Agios Nectarios

(Grecia).- Es evidente que el hombre no está completamente cuerdo. Con un lampazo limpia la mitad de la carretera que atraviesa el pueblo. Pero nadie, excepto él, vende los boletos para el ómnibus que va hasta la capital de la isla. Así que es necesario confiar cuando indica el lugar de la parada, junto al buzón amarillo de correos, aunque no haya ninguna señal que lo identifique. Falta media hora, asegura, mostrando caóticamente la esfera de su reloj.

En todas partes hay un personaje secundario enajenado. Como aquel que recorría las calles de mi pueblo en bicicleta gritando como un asno en cada esquina, o el pintor demente que repetía su autorretrato al infinito en sucias hojas que intentaba venderle a los turistas del Puente de Carlos, en Praga, mientras les sacaba la lengua y los insultaba amenazante.

El ómnibus llega, finalmente. El trayecto hacia la ciudad de Egina es como todos los trayectos griegos. Hay una embriaguez que se apodera del alma mientras los ojos se dan de bruces contra una bahía que trae de regreso el mar que había quedado oculto por una colina. Como en un altar los iconos llenan el tablero del conductor y el sol, tibio, acaricia a los pasajeros que se dejan llevar por las pronunciadas curvas con la aburrida naturalidad del tedio. Todo viajero se ha preguntado lo mismo alguna vez: ¿qué hacen los lugareños con tanta belleza?

Los aires balcánicos de la música de la radio repiten esa canción entre pop y gitana que escucharé una y otra vez en este viaje. Más tarde averiguaré que se llama Deca Edolez. Los diez mandamientos. Un nombre excesivamente bíblico para la fotografía de la tapa del disco que muestra una Despina Vandi escasa de ropas, como corresponde a una sex symbol que encandila por igual a hombres y mujeres. Entramos en un insignificante caserío junto al cual se levanta el monasterio de Agios Nectarios, que le da nombre al lugar. No hay tiempo para pensarlo demasiado. El ómnibus se detiene para subir un pasajero, a la izquierda de la carretera está el monasterio, a la derecha un pequeño comedero, y en ese instante la única chance de bajar.

Una enramada protege del sol cuatro o cinco mesas rústicas rodeadas por sillas con asiento y respaldo de paja que se acomodan en un patio de hormigón. Un almuerzo en ese estiatorio no se puede cambiar por nada en el mundo. El pan de campo cortado en rodajas anchas, un mantel de nylon delgadísimo apretado al borde de la mesa con unos palillos de plástico, vasos de vidrio grueso, pescado fresco, ensalada griega con olivas negras, y una jarra de latón cobrizo llena de retsina, ese vino blanco griego que efectivamente tiene un distante sabor a resina de árbol y al que nunca terminé de acostumbrar el paladar.

Frente a los ojos, cruzando la ruta, el monasterio. No está pensado para el turismo sino que es claramente un lugar de peregrinos. Aunque moderno, respeta el estilo greco-bizantino de cúpulas de capelina y delgadas columnas sosteniendo los arcos en las alas de planta circular. Dominan los tonos rojizos. Del templo sale una escalinata amurallada, de casi un kilómetro, que llega a un complejo de habitaciones en el que han de vivir los monjes. La bandera amarilla con el águila bicéfala flamea anacrónica y recuerda que la iglesia ortodoxa sigue guiándose por el derecho bizantino. Es sólo cruzar la ruta y entrar.

Algo, sin embargo, me detiene. Está muy fresca la imagen sobrecogedora del interior del monasterio de Dafne. Sospecho que Agios Nectarios no resistirá la comparación y no quiero ponerlo en el aprieto. Prefiero guardarlo en mi memoria como esa aparición magnética en medio de la ruta y ese almuerzo despojado, casi bíblico (pescado, olivas, pan y vino). En algunos minutos pasará el ómnibus siguiente y habrá que continuar camino.

(Artículo de la serie "Cartogramas", de Roberto López Belloso)

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12 enero 2007

No todos los dictadores mueren igual (VII)

Los coroneles

Luego de la caída de Salazar llegó el turno del declive de Georgios Papadopoulos, figura principal de la dictadura de los coroneles, que gobernó Grecia entre 1967 y 1974. Un régimen que junto a la fuerte represión política, en especial dirigida contra organizaciones de izquierda, incluyó la prohibición de los escritos de Platón, visto por los coroneles como un adelantado de las ideas marxistas, y la eliminación de las comedias de Aristófanes del repertorio de los teatros. Artistas algo más actuales, como el músico Mikis Theodorakis, simplemente fueron confinados en islas casi abandonadas que se usaban como prisiones.

Recuperada la democracia los griegos llevaron a los coroneles a juicio. El dictador fue encontrado culpable de crímenes de traición a la patria y condenado a muerte, castigo que luego se le conmutó por la cadena perpetua. Aparentemente por un reconocimiento de su culpa, Papadopoulos se negó a beneficiarse de una amnistía y murió de cáncer a los ochenta años, en 1999.

==Septima parte de once

* 1- No todos los dictadores mueren igual
* 2- Trujillo
* 3- Los Somoza
* 4- Stroessner y Batista
* 5- Ante Pavelic
* 6- Salazar
* 8- Idi Amin
* 9- Macías Nguema
* 10- Pol Pot
* 11- Fines de otoño

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de enero de 2007)

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10 mayo 2005

Amnesty 2005: migraciones

Según el reporte de AI, los gobiernos europeos siguieron haciendo más hincapié en el control y en la disuasión del ingreso de inmigrantes que en la protección de esas personas, que en general se encontraban en situación de extrema vulnerabilidad al intentar ingresar a alguno de los países de la Unión Europea. Este énfasis en el control por sobre la protección contraviene, en opinión de AI, las normas internacionales sobre derechos humanos.

El reporte enumera, en condicional, algunos casos nacionales en que esta contravención sería más frecuente. En Grecia, por ejemplo, “es posible que los guardacostas y la policía utilizaran métodos que ponían en peligro las vidas de los migrantes con el fin de disuadirlos de entrar en territorio griego”. En varias costas europeas, “numerosas personas que deseaban emigrar o solicitar asilo murieron al zozobrar la barca en la que viajaban cuando intentaban cruzar el Mediterráneo”. Paralelamente, las expulsiones de solicitantes de asilo (como el caso de los norteafricanos en Italia), se realizaron con tal rapidez y la urgencia que “suscitaron la sospecha de que el gobierno estaba decidido a actuar sin importarle el perjuicio que pudiera acarrear a los derechos humanos”.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en mayo de 2005)

==Tercera parte de tres

* 1- Los derechos humanos siguen siendo una utopía
* 2- Mujer

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09 julio 2004

Cuaderno de los Balcanes II:
El viejo nombre de Tito

En las zonas de frontera no suele tenerse demasiada simpatía por quienes están del otro lado. En la vieja Salónica, sin embargo, ni siquiera se reconoce que haya un otro allí afuera. Entre dos macedonias, la griega y la ex yugoslava, y a un paso de una tercera, la búlgara, se desarrolla esta última nota del segundo cuaderno de los Balcanes.

Capital del norte griego, Tesalónica es una vibrante ciudad europea en la que el sonido tecno que sale de los bares de moda contrasta con la bucólica imagen cilíndrica de la torre blanca, una postal medieval rodeada de palmeras que esconde un pasado sangriento. No hay belleza inocente cuando la arquitectura está cargada de historia. Orgullosamente griega, Tesalónica no perteneció formalmente a Grecia sino hasta el declinar del imperio otomano y fue allí donde nació, paradójicamente, el más turco entre los turcos: Mustafá Kemal (foto), que con los años sería llamado Ataturk, padre de la Turquía moderna. Más allá de algún recordatorio formal de la museística local, la ciudad lo ha borrado de su álbum de familia.

Por contraste, en Tesalónica es posible cruzarse con varias de las iglesias ortodoxas más hermosas del norte griego, y sus calles guardan el eco de las voces del sefarad que trajeron a estas tierras el sonido del español antiguo, cuando los judíos fueron expulsados de la península Ibérica por los Reyes Católicos. Toda esa herencia están dispuestos a aceptar sus habitantes, aunque la refieren con una cierta displicencia, como si no le dieran el estatus de lo histórico y la tomaran apenas como parte de un pasado reciente, casi periodístico.

La verdadera historia, la única que consideran digna de su genealogía, procede del reino macedonio de Alejandro Magno, el más universal entre los antiguos griegos. En ese origen a mitad de camino entre el museo y la mitología, está la causa de la terquedad con la que los macedonios griegos se resisten a nombrar el país que tienen al otro lado de la frontera. Como en todas partes, también aquí es una larga avenida la que separa el centro y la estación de trenes. Una avenida que va despojando a la ciudad de su belleza marítima de inspiración egea, y a medida que la obliga a recorrer su elongado trayecto la va volviendo más y más balcánica.

En la boletería no quieren venderme el pasaje. No hay tren que vaya a Macedonia ya que aquí estamos, precisamente en Macedonia. No es un problema de idioma. Recién cuando le doy el nombre de la ciudad, Skopje, el funcionario finje entender lo que en verdad había entendido desde un comienzo y me vende el boleto. En la casa de cambios de la estación es imposible conseguir dinares macedonios. ¿Dinares yugoslavos?, pregunta el cambista. No, dinares macedonios, le respondo. Hace un gesto de desaprobación y niega conocer esa exótica divisa, a pesar de que es la que se usa en el país que está al otro lado de la línea divisoria. Tiene cotización para cualquier otra moneda menos para esa. Porque no existe. No la moneda, el país no existe.

==Primera parte de cuatro

* 2- Maldita vecindad
* 3- Pella
* 4- Skopje

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 7 de julio de 2004)

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07 julio 2004

Cuaderno de los Balcanes II:
Pella y las tumbas reales de Macedonia

Poco queda del palacio en el que nació Alejandro. Un amplio piso embaldosado marca el sitio donde se supone que transcurrió la infancia del semidios. Al palacio le faltan las paredes y el techo. Algunas columnas y ánforas intentan darle cierto carácter, pero es en vano. Cruzando la ruta, un pequeño museo guarda los mosaicos rescatados por los arqueólogos.

Cuando me paro ante una escena de caza me resulta imposible no pensar que esa figura que mata a un felino con su espada (detalle) es una representación de Alejandro. Nada más alejado de la verdad histórica. Me consuelo recordando que tampoco le corresponde el rostro que suele darle la iconografía de divulgación, que pone en el príncipe macedonio los rasgos de un busto que representaba al dios Helios. Tal vez esa confusión, más periodística que histórica, no sea del todo inadecuada para representar a quien se hizo construir una genealogía que hundía sus raíces en los dioses olímpicos.

Pero no es aquí donde se puede encontrar verdaderamente el esplendor helenístico. Hay que alejarse unos kilómetros más de la frontera y llegar a Vergina. Allí están las tumbas reales de Macedonia. Desde afuera el lugar tiene la apariencia insípida de un estacionamiento. Hay que ingresar por una puerta casi secundaria, y luego de pasar por la boletería se desciende a uno de los sitios arqueológicos más impactantes de toda Grecia. El museo y el yacimiento están cavados como una amplia gruta subterránea, y al principio se hace necesario avanzar a tientas. Cuando los ojos se acostumbran a la penumbra, se van recorriendo las diferentes tumbas, que están exactamente en el lugar donde fueron halladas, ya que fue el museo lo que se les construyó alrededor. Junto a cada una, hay vitrinas o paneles que exhiben los objetos que contenían o reproducen los murales que decoraban sus paredes.

Uno de ellos, en tonos ámbar y rosa viejo, recrea el rapto de Perséfone, prueba irrefutable de las pasiones humanas de los dioses. Unos pasos más allá está la tumba de Filipo. Dicen que el propio Alejandro lo hizo matar. Le obsequió a su padre unos fastuosos funerales, no por arrepentimiento, sino para demostrar su poder en ese momento crítico. Cerca de la tumba, una vitrina muestra el cofre de oro en el que se guardaron los restos del rey. Durante sus honras fúnebres, quemaron su cuerpo en una pira ritual, pero no dejaron que los huesos se dañaran. Los sacerdotes los lavaron con vino y los guardaron allí, para la eternidad.

==Tercera parte de cuatro

* 1- Cuaderno de los Balcanes II: El viejo nombre de Tito
* 2- Maldita vecindad
* 4- Skopje

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 7 de julio de 2004)

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Grecia-Macedonia: maldita vecindad

Los griegos se negaron desde un primer momento a reconocer la independencia de esa antigua república desmembrada en 1991 de la federación yugoslava. Fue tan firme su oposición que lograron vetar su reconocimiento internacional durante meses, y el nuevo país recién logró existir como tal luego de una capitulación diplomática que incluyó dejar de lado su bandera, varios artículos de su constitución y su derecho a tener un nombre.

La bandera tenía el sol de dieciseis rayos de la casa real de Macedonia, heredera de Filipo y Alejandro. Debieron cambiarla por un sol más modesto, de apenas ocho rayos. La Constitución debió borrar cualquier referencia que pudiera ser interpretada como una reivindicación al viejo espacio que históricamente había sido considerado macedonio. Y finalmente el nombre de República de Macedonia debió de ser abandonado, y el nuevo país tuvo que llevar en su anónimo presente el lastre de su pasado: Ex República Yugoslava de Macedonia, así se lo conoce oficialmente.

En la sala de espera de la estación de Tesalónica no hay lugar para sentarse. Todo está ocupado por hombres casi ancianos de una inocultable impronta campesina que se hacen acompañar por mujeres de edad indefinible que cubren su cabeza con pañuelos de tela blanca. Cargan enormes bultos con una parsimoniosa naturalidad, como si estuvieran en una migración permanente. Parecen dispuestos a esperar por su tren todo lo que sea necesario. Desando camino un par de cuadras por la avenida que conecta con el centro de la ciudad y me siento en uno de los bares que la bordean. Pido un café. Más que un bar es una suerte de casino para ludópatas diurnos. Dos hombres con aspecto de vagabundos toman tsikudia en una de las mesas. Hablan con esa fraternidad universal de los borrachos. El tiempo pasa lentamente pero la espera me sirve para despedirme del norte de Grecia y preparar el cruce de la frontera que separa a Occidente de la tierra que alguna vez se llamó Yugoslavia. Técnicamente esta ciudad ya puede considerarse parte del espacio balcánico. Su puerta de entrada. Ella prefiere, sin embargo, darle la espalda a esas montañas y volcarse de cara a las prósperas ciudades que la circundan y que la siembran de yacimientos arqueológicos. Como el de Pella, por ejemplo.

==Segunda parte de cuatro

* 1- Cuaderno de los Balcanes II: El viejo nombre de Tito
* 3- Pella
* 4- Skopje

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 7 de julio de 2004)

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11 junio 2004

Atenas: entre la Grecia clásica
y la herencia de Bizancio

Grecia es parte de los Balcanes aunque no siempre le guste reconocerlo. No estuvo involucrada en la última guerra pero sí peleó en las anteriores, cuando comenzó a gestarse el final del imperio otomano. Además, comparte con sus vecinos eslavos de Serbia y Montenegro la fé ortodoxa y la nostalgia por Bizancio. Por eso este segundo cuaderno de los Balcanes la incluye con naturalidad, a continuación de las inexpugnables montañas montenegrinas.

Para llegar a Grecia desde Montenegro hay dos caminos. Se puede atravesar Albania en algo más de doce horas en automóvil y luego hacer un corto trayecto en ferry hasta la isla de Corfú, o embarcar en alguno de los frecuentes vuelos que tienen a Atenas como destino. Si se escoge el medio más directo, se arribará al moderno aeropuerto que la capital griega se hizo construir para estar a tono con los Juegos Olímpicos de este año. Ahora el ómnibus que lo conecta con la ciudad demora el doble de tiempo en dejar a sus pasajeros en la Plaza Sintagma, pero la nueva terminal aérea, que incluye hasta un museo con los hallazgos realizados en los trabajos de construcción, justifica la relativa molestia. Aunque se llegue casi de madrugada, Atenas siempre reserva un resto de vida nocturna para que el visitante no deba esperar hasta la mañana siguiente para sentir que ha llegado.

Al otro día es necesario levantarse temprano y comenzar la búsqueda. Hay que abrirse paso entre el tráfico caótico de Plaza Omonia, remontar las peatonales surcadas de tanto en tanto por motocicletas desbocadas y trepar más todavía por las callejuelas medievales de Plaka. Arriba está el legendario promontorio. La roca consagrada a Atenea, sembrada de templos, tapizada de un mármol resbaloso. La Acrópolis. No enamora enseguida. La primer impresión siempre encierra un cierto desencanto. Deja por fuera. Es indudable la perfección arquitectónica de esas formas vueltas una grifa, bastardeadas por el lugar común o enriquecidas por la emoción sincera que despierta en las almas de provincia. Pero la propia fuerza de la leyenda se resiente con la corporeidad de la piedra y el mármol. Por eso la primera visita a la Acrópolis tiene que ser rápida y ocupar el primer día en que se está en la ciudad.

Después empieza el cortejo. Atenas va encantando con cada uno de sus rincones, sus mercados, sus bares de rembetiko, sus templos clásicos, sus iglesias, y a la vuelta de cada esquina aparece, siempre, la visión de la Magnífica. Esquinada en lo alto. Bañada en neón rosado por las noches. Cegadora de blanco cuando refleja el sol del mediodía. Así va atrayendo inexorable como atraía a los promesantes en la procesión anual que culminaba ante el Partenón, única oportunidad de ver la perdida estatua dorada de Atenea , obra de Fidias. Entonces se le da la espalda, se toma la dirección opuesta y se trepa el Licabetos. La “colina de los lobos”.

==Primera parte de cuatro

* 2- Las otras colinas
* 3- Ciudad bizantina
* 4- El viejo cementerio

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 9 de junio de 2004)

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03 abril 2004

Chipre: líneas de muerte

Que las lenguas son más portadoras de significado que lo que sus hablantes podemos captar mientras las usamos es algo que siempre ha quitado el sueño a los traductores. No es necesario recurrir a la línea final del Hamlet de Shakespeare (The rest is silence) para sostener esta afirmación; tal vez alcance con la sonoridad serbocroata que hace que se confunda fácilmente “me duele” con “te quiero”, algo que genera en los Balcanes más de una broma sobre dentistas.

Esta ambigüedad no le debe de haber hecho ninguna gracia a los que trabajaron por la reunificación de Chipre, ya que luego de cinco años de negociaciones establecieron lo que en la jerga diplomática y comercial se conoce como “dead-line” y que aunque se traduce como “fecha límite”, significa literalmente “línea de muerte”. Se intentó tomar el “tiempo real” del conflicto chipriota (que tiene treinta años sólo en su fase más reciente) y colocarlo en el marco de las necesidades de los tiempos de la eficiencia a que la comunidad internacional parece estarse volviendo tan afecta. Tras cinco años de zurcido y collage, de escuchar e incorporar o excluir las aspiraciones de los líderes de las dos partes en que se dividió la isla a consecuencia de la invasión turca de los años 70, Naciones Unidas produjo un aceleramiento del final de las negociaciones, y elaboró un plan federal de reunificación que permitiría que las dos zonas de Chipre volvieran a ser un sólo país. Pero el proceso, que según se demostró en los hechos no estaba maduro, fue apurado con la excusa de la “dead-line” de que si se aprobaba antes de fines abril el nuevo Chipre ingresaría a la Unión Europea como país unificado.

Las reacciones negativas al plan de los líderes de ambas comunidades debieron haber dado una luz de alerta para seguir trabajando en el texto y postergar el llamado a las urnas. Sin embargo se confió más en el “dead-line” de la diplomacia que en el tiempo real que los negociadores de las partes involucradas estaban leyendo en los estados de opinión de sus representados. El resultado fue que la zanahoria del ingreso a Europa no fue suficiente, y que el 75 por ciento de los grecochipriotas rechazaron el Plan Annan. Aunque el 65 por ciento de los turcochipriotas lo aprobaron, cada comunidad tenía poder de veto, por lo que ahora Chipre, el único oficialmente reconocido, que es el de origen griego, ingresará a la Unión Europea sin su parte norte.

==Segunda parte de dos

* 1- El No de Chipre

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 3 de abril de 2004)

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El No de Chipre

Cuando se da una mirada a la información internacional parece que todos los hechos ocurrieran en un mismo tiempo. Sin embargo, ese tiempo artificial de la “actualidad” no se corresponde con ninguna de las realidades que en él se describen. Así lo ponen de relevancia episodios como el referéndum sobre la reunificación de Chipre o la inminente ampliación de la Unión Europea.

Treinta años de separación no fueron suficientes para que las comunidades greco y turcochipriotas decidieran vivir juntas, así como las décadas de opresión que vivieron bajo Saddan Hussein no bastan para que los iraquíes vean a las tropas estadounidenses como libertadoras. Ambas comprobacioness ocurrieron en la misma semana y es posible leerlas en páginas contiguas de la información, pero las dos provienen de una deriva histórica que no tienen en común nada más que el hecho de que son narradas en el mismo flash de actualidad. Se parecen, eso sí, los números que las miden y que revelan que ambos rechazos, al bordear la proporción de los tres cuartos, pueden considerarse estados de situación contundentes. El 76 por ciento de los grecochipriotas votaron por el No en el referéndum por la reunificación de su isla el pasado domingo, y una encuesta de Gallup de esta semana indicó que el 77 por ciento de los iraquíes consideran a los marines y sus aliados como fuerzas de ocupación.

Que ambos episodios revelen los ilusorio del tempo que encarna la necesidad de relatar lo que ocurre en el mundo en el marco limitado de un periódico o un telediario, tiene que ver, en última instancia, con ese “pacto de ilusión” que establecen el periodismo y el lector para que se pueda compartir una lista de temas que componen el “estar enterado”. Nada particularmente novedoso. Sin embargo lo que tienen de peculiar las negativas grecochipriota e iraquí, es que esos “tiempos reales” que reflejan los estados de opinión mensurados tanto por el referéndum como por la encuesta, están en contradicción con los ritmos que parece manejar la comunidad internacional, ya sea a través de un largo operativo diplomático en Chipre o mediante la fuerza de las armas en Irak.

* 2- Líneas de muerte

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 3 de abril de 2004)

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13 enero 2002

Los Balcanes según Rebecca West (V)

Serbia del sur. Así llama la autora a la actual República de Macedonia. Ella es una enamorada de esa zona de los Balcanes, que en esos años todavía no era un país, y cuyo territorio se disputaban búlgaros, griegos y serbios, casi con tanta intensidad como las respectivas iglesias ortodoxas nacionales se disputaban el alma de sus habitantes. En aquel entonces todavía no existía nada parecido a una “nacionalidad macedonia”. El territorio que actualmente es un país, oficialmente llamado Ex República Yugoslava de Macedonia, sólo abarca una de las tres partes de lo que geográficamente se llamaba Macedonia: la parte entonces conocida como Macedonia del Vardar, diferente de la Macedonia Egea, hoy en Grecia, y de la Macedonia del Pirín, hoy en Bulgaria. Aquellos macedonios de hace sesenta años no se sentían étnicamente macedonios, sino que se asumían como serbios, búlgaros o griegos.

Recién con la Yugoslavia de Tito se impulsó la nacionalidad macedonia, se dio cuerpo lingüístico a su idioma -que los búlgaros consideran un dialecto del suyo- y, en cierta forma, se consolidó una iglesia ortodoxa nacional, todo lo que en 1991 sirvió como sustento para una independencia incruenta. Por eso no es de extrañar que Rebecca West llame a Macedonia con el nombre que le daban sus amigos serbios: Serbia del Sur. Pero esa perspectiva no le impide percibir la peculiar identidad de los macedonios: “veía frente a mi a una campesina sentada en un alféizar que era la esencia misma de Macedonia...era como muchas vírgenes bizantinas que se ven en frescos y mosaicos. Sostenía un cirio en su rugosa mano y contemplaba la llama como si se tratara de una cosa viva y joven; y en la manga de su zamarra de color bermejo se apreciaban unos árboles estilizados de color rojo y negro que sin duda provenían de un dibujo creado para elegantes mujeres persas de dos mil años atrás. Tenía ante mis ojos el milagro de Macedonia”.

Curiosamente es en esa identidad, la más cuestionada de todas las identidades nacionales ex yugoslavas, en la que Rebecca West ve, más que en cualquier otra de las naciones balcánicas, la herencia de Bizancio: “Tenía la fortaleza, la terrible y pétrea fortaleza de Macedonia...Y en esta indigencia suya se conservan las últimas gotas de la tradición bizantina”.

Mucho de lo que Rebecca West ve en Macedonia ya no está. Y alguna de las cosas que están, todavía no existían entonces. Cuando llega a Skopje habla de una estación de trenes plena de vida, de la que hoy sólo queda un casco en ruinas y un reloj cuyas agujas detenidas marcan la hora exacta del terremoto de 1961. El puente de Skopje sí está en su lugar. Todavía divide el barrio cristiano del barrio turco-albanés. Pero en los años en los que fue atravesado por Rebecca West era simplemente un puente, y no despedía esta sensación de frontera entre zonas prácticamente enemigas que emana en la actualidad. Tampoco estaban, seguramente (de haber estado lo hubiera escrito), los bebés-mendigos del puente, que en pleno invierno, depositados sobre un cartón, esperan, sin ningún rastro de su padre o de su madre, junto a una caja en la que alguien deja caer, muy de vez en cuando, una moneda.

Lo que sí permaneció incambiado fue el intenso carácter del bazar turco, y aquello que se escribió sobre sus comercios a fines de los años treinta, bien podría haber sido escrito el año pasado: “Son a un tiempo pulcros y descuidados, y quienes los regentean son capaces de emprender cualquier empresa con brillantez y soltura para luego languidecer. Un comerciante emplea grandes dosis de ingenio al exhibir artículos de sólo una o dos clases, y coloca los más apetecibles al lado de otros que no se venden desde hace no ya meses sino incluso décadas. En una tienda había unos hermosos naipes del siglo XVII al lado de unas cajas de velas que si antes habían tenido color y forma aflautada, ahora estaban manchadas y fofas, y llevaban fecha de 1921”.

==Quinta parte de seis

* 1- Los Balcanes según Rebecca West (I)
* 2- Los Balcanes según Rebecca West (II)
* 3- Los Balcanes según Rebecca West (III)
* 4- Los Balcanes según Rebecca West (IV)
* 6- Los Balcanes según Rebecca West (VI)

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en enero de 2002)

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