12 octubre 2007

Narrativa de los eslavos del sur:
Un puente demasiado lejos













La universidad de Sarajevo no puede ocultar que se encuentra en Sarajevo. La cuadra muestra los signos de los proyectiles lanzados durante el asedio por la artillería serbia. En el despacho del profesor Muhamed Nezirovic, sin embargo, se tiene una sensación de normalidad que desmiente cualquier indicio que se haya percibido puertas afuera. Sobriedad académica: un escritorio sencillo y anticuado, un deslucido cuadro con el rostro de Cervantes, una foto que muestra al profesor Nezirovic estrechando la mano del rey de España. Las apariencias engañan. También allí llegaron las heridas de la guerra. “En el año 92 todo se derrumbó, fue como salir de un paraíso, de una vida feliz y entrar en un infierno para el cual no estábamos preparados”, explica con amargura.

Su español fluye con naturalidad. Es descendiente de judíos sefardíes que fueron expulsados de España por los reyes católicos. La foto del monarca no es la única contradicción con esa herencia. Nezirovic no es judío, sino musulmán. Sin embargo detrás de la contradicción acecha la conciencia de una contradicción todavía más profunda. “Mi cultura, que podría llamar musulmana, es mucho más occidental que musulmana, pero a la vez no puede existir sin las otras culturas...todo está tan mezclado en los Balcanes”.

Un lugar pautado por el mestizaje en el que, sin embargo, se vivieron cuatro años de una guerra basada en el reclamo de la pureza étnica. Es en esa tensión entre mestizaje y pureza donde puede empezar a rastrearse los orígenes de la literatura balcánica. La épica medieval ha generado en los Balcanes una corriente literaria fuertemente popular. Las historias de los héroes que usaban su increíble poder físico y su astucia sin límites para combatir durante quinientos años al invasor turco, forman parte de la identidad de los eslavos del sur. No es extraño, entonces, que tanto serbios como bosnios, e incluso macedonios, tengan una galería de personajes en común. Esta cercanía no evita las disputas, sino que las agrava. ¿Es Marko Kralievic un héroe serbio o macedonio? ¿Son los albaneses la fuente primaria de la Ilíada?

No se trata de debates para eruditos sino que han tenido, en la historia reciente, su marca de sangre y fuego. Cuando los paramilitares ligados a Belgrado arrasaban las aldeas musulmanas en venganza por los crímenes que habían sufrido los campesinos serbios a manos de la Armija musulmana (o viceversa), no sólo llevaban como mascota un cachorro de tigre, sino que tenían como talismán una gusla. Ambos elementos eran signos de identidad. El cachorro los identificaba por ser ellos los tigres de Arkán, como se llamaban debido al nombre de su jefe, un carismático dirigente de fútbol casado con una estrella de la canción pop y asesinado años después por encargo de la mafia belgradense. El poder identitario de la gusla deriva de que ese instrumento de una sola cuerda es lo que usaban los rapsodas para acompañar el recitado interminable de la Saga de Kosovo –esa estremecedora catedral de palabras– o de los poemas de Marko Kralievic, que se transmitían oralmente de generación en generación. Alianza firmemente trenzada entre la vieja cultura popular (el folklore de los rapsodas) y la nueva (esa entente de música pop, barras bravas de los cuadros de fútbol y poder mafioso)

Nadie más alejado de la yuxtaposición posmoderna que el profesor Nezirovic y su estampa modernista. Desde un enfoque casi anacrónico, aparentemente naif, parece entusiasmarse cuando habla de esa herencia literaria. Incluso más cuando compara los héroes serbios con los bosnios. Cuenta que en el norte de Bosnia existen los “romances fronterizos”, donde los héroes no son de estirpe noble, como los serbios, sino que tienen un origen mucho más modesto pero logran, con su astucia, engañar a los señores feudales y a los gobernadores otomanos. Ese entusiasmo, sin embargo, es fugaz. Y no tiene nada de ingenuo. Enseguida hace una pausa, se queda un instante en silencio, y dice, como si estuviera pensando en voz alta: “Bosnia sería mucho más feliz sin la poesía heroica”. Habla entonces, de nuevo, de la guerra reciente. De cómo la lejana Edad Media fue usada para justificar el asesinato y la limpieza étnica. “Es una literatura que debe ser conservada en libros que no se deben leer muchas veces”, sentencia.

El más reconocido. No es necesario leer aquellos libros para encontrar las viejas historias. También la literatura contemporánea hunde sus raíces en la épica para encontrar sus temas. El caso más notorio es el de Ivo Andric, escritor serbio nacido en Bosnia, que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1961. En su obra cumbre, Un puente sobre el Drina, cuenta cómo una noche los eslavos, casi seguramente serbios, obligados a construir ese puente por orden del sultán turco, escuchan un rapsoda que saca de lo “profundo de su chaleco de piel de cordero una gusla de aspecto mísero y tan pequeña como la palma de una mano, y un arco corto”. Entonces “uno de los campesinos sale y se sitúa ante el establo, haciendo guardia para evitar que pueda llegar algún turco sin ser visto”, y el rapsoda comienza el ritual de afinar el instrumento, hasta que “echa hacia atrás la cabeza violentamente, con orgullo, de suerte que la nuez se destaca en su cuello delgado y su perfil agudo brilla a la luz”, y comienza a cantar.

El canto de ese rapsoda habla de los zares serbios y se desarrolla en Kosovo. El libro, hace de su anécdota (cómo ese puente va pautando la vida de Višegrad durante cuatro siglos) una metonimia de lo que ha sido la lucha de los pueblos balcánicos por mantener su identidad a pesar de la dominación turca. Contando la parte cuenta el todo. Pero no lo hace sólo con el argumento. Mantener la propia cultura ha significado para los pueblos balcánicos una cuestión de supervivencia. Por eso Andric, al situarse como correo de transmisión entre la vieja épica medieval y los lectores modernos, aunque habla de Bosnia, no puede evitar hablar de Kosovo.


La sombra de Kosovo. En Kosovo está el alma de Serbia. Cualquiera sea la persona con la que se hable en Belgrado, esto es lo que se le escuchará decir. Afirmado en una saga de cantares medievales y repetido hasta el hartazgo por académicos, políticos y periodistas, no hay nadie que lo dude. La justificación se encuentra en una vieja batalla que los serbios, al mando de un ejército formado por guerreros de todos los pueblos balcánicos, perdieron contra los turcos en 1379. El gobernante serbio, el zar Lazar, murió en esa ocasión y fue santificado por la iglesia ortodoxa. Kosovo se llenó de monasterios y los monasterios se llenaron de frescos que los convierten en un tesoro del arte sacro único en el mundo.

Pero con el paso de los siglos Kosovo se vació de serbios. Una serie de razones económicas y demográficas fueron dando a la provincia su rostro actual, que está compuesto en un 90 por ciento por personas de origen albanés. El otro diez por ciento vive en aldeas-fortaleza protegido a medias por fuerzas de la OTAN. Ante esta realidad, el mediador de Naciones Unidas acaba de proponer la independencia como futuro estatuto de la vieja provincia serbia. Con el correr del tiempo Kosovo será un país y como país se acercará a Albania dando la espalda a Serbia. Seiscientos treinta años después de haber perdido aquella batalla, finalmente los serbios lo perderán todo.

Los albaneses son vistos por los serbios como los traidores de aquella derrota del siglo catorce. Si se mira la historia como una fotografía fija es algo que resulta curioso, ya que había albaneses al mando de Lazar. Pero si se la mira como un continuo la paradoja deja de serlo, ya que los albanokosovares –igual que los bosnios– se convirtieron al Islam y gozaron de privilegios políticos y económicos mientras los serbios cristianos llevaban la peor parte en los siglos de ocupación. La literatura de viajes, en este caso el libro Fantasmas balcánicos, del estadounidense Robert Kaplán, brinda alguna pista para comprender cómo se mantuvo durante tanto tiempo la presencia de Kosovo en la memoria serbia. Dice Kaplán que durante décadas, las madres campesinas serbias, cuando despertaban a sus hijos varones cada mañana, lo hacían diciéndoles “buen día, pequeño vengador de Kosovo”. Con esa carga creció, por ejemplo, un niño llamado Slobodan Milosevic.

Lejos del Nobel. En los Balcanes a veces la literatura parece ser la continuación de la guerra por otros medios. Si se lee El Palacio de los sueños, del escritor albanés Ismail Kadaré, se tendrá una versión totalmente distinta de la saga de Kosovo. Kadaré, un prolífico y desparejo escritor que actualmente reside en Francia, ha sido candidateado al Nobel varias veces durante los últimos años. Su oportunidad, probablemente, se extinguió en el momento en que comenzó a languidecer el interés internacional en la crisis kosovar, que tuvo su punto de mayor visibilidad entre 1999 y 2001.

Tampoco Kadaré parecía saber cómo salir del cerco que el gobierno autoritario de Albania tendía alrededor de los escritores durante los años de Enver Hoxa. Mientras averiguaba cómo hacerlo, escribía. Por eso sus novelas son tantas y tan desparejas. Por eso han tenido varias reescrituras, sobre todo en sus años del exilio. Las versiones españolas corresponden, en su casi totalidad, al traductor español Ramón Sánchez Lizarralde. En el Río de la Plata pueden conseguirse varias. No siempre las mejor logradas. Es probable que el mejor Kadaré sea el que noveló las tradiciones ancestrales de su pueblo y el menos interesante sea el que intenta lidiar con asuntos más contemporáneos. Kosovo está presente en El Palacio de los Sueños, y el ancestral código de honor conocido como Kanun es el eje de otras dos excelentes novelas, El viaje nupcial (a medio camino entre la literatura fantástica y el policial de época) y Abril quebrado (que fue adaptado al cine por el brasileño Walter Salles, con el título de Lejos del sol).

Los injustamente olvidados. Si se habla con escritores o estudiosos de la literatura en Belgrado o en Sarajevo, casi todos dirán que los mejores escritores de esa parte del mundo son los que menos se han difundido. Mencionarán a Mesa Selimovic (foto) y a Milos Cernianski. El primero, bosnio, autor de la mítica El derviche y la muerte, considerada durante mucho tiempo como la mejor novela de una literatura que ya no existe, como es la literatura yugoslava, pero que tiene sentido como concepto literario, así como sigue teniendo sentido hablar de una literatura austrohúngara. El segundo, Cernianksi, serbio, creador de una novela-río, Migraciones. Ambos títulos son difícilmente ubicables en español, aunque algún ejemplar de la obra de Cernianski asoma de vez en cuando en las librerías montevideanas como solitario remanente de alguna exótica importación. Pero si se las logra ubicar. Si se llega a atesorar entre las manos el libro de Selimovic editado por Montesinos, o la pesada carga de Migraciones, y si después de tomarles el peso se las empieza a leer, entonces se comprende que no es mito, que efectivamente son las dos voces más potentes de la literatura yugoslava.

El primero cuenta la deriva casi metafísica de un prior de la orden de mevlana, que intenta salvar a su hermano de una acusación política. La lealtad familiar, la estructura de la religión como andamio para la fe tambalenate, el temor por la propia suerte, van dando forma a un entramado en el que no es difícil adivinar, por las heridas de claridad que se filtran entre las hebras del tapiz que teje Selimovic, las vicisitudes de los yugoslavos contemporáneos al escritor.

También las páginas del libro de Cernianski (foto) tienen un sino que va más allá de la época en que se desarrolla, que es la de la emperatriz María Teresa. Pero aquí es transparente. Aquí no hay tapiz tejido en la autocensura. Aquí, en esta novela escrita durante veinte años, está el dolor de un exiliado reconociéndose en la saga de una familia serbia, traicionada una y otra vez por el poder europeo de turno, que sólo respira gracias a su ansia de emigrar a la Rusia prometida. No en vano Cernianski, que también es poeta, escribió en 1956 un testamento-joya que llamó Lamento por Belgrado.

Le debíamos tanto a Andric. Las literaturas ex yugoslavas no se detuvieron, como es obvio, en el puente de Andric ni en el giro del derviche de Selimovic. Por el contrario, su vitalidad parece estar teniendo cada vez más eco en las lenguas latinas y es cada vez más común encontrar traducciones al español. Si pensamos en la creación que tiene a Belgrado como topos literario, siguiendo la senda de Cernianski, pero medio siglo más tarde, es imposible no pensar en la antología de cuentos Casablanca Serbia, que publicó la editorial italiana Feltrinelli en 2003, donde se destaca la figura de Mihajlo Pantic.

Una generación intermedia de textos en español pueden ser los de Milorad Pavic y Predrag Matvejevic. El primero es autor del excepcionalmente original Diccionario Jázaro y de una serie de obras posteriores cada vez más decepcionantes con las que parece haberse empantanado en las ciénagas del artilugio (novelas que se leen como cartas de tarot, historias casi epistolares y fragmentarias, y otra serie de fuegos de artificio que ya no tienen por detrás el sostén sólido que existía en su libro jázaro). Matvejevic, mientras tanto, profesor de eslavística en la universidad de Roma, es un lúcido articulista que puede leerse habitualmente en El País de Madrid, pero que también ha sabido pergeñar algunos ensayos disfrutables como Breviario Mediterráneo o La otra Venecia.

Pero después de esa generación intermedia están las traducciones más recientes, como es el caso de Aleksandar Tisma (foto), cuyo libro El Kapo tuvo una muy buena recepción crítica en España, al punto que su traductora, Luisa Fernanda Garrido logró en 2005 el Premio Nacional de Traducción en ese país europeo.
En la conferencia dictada por Garrido en las Jornadas de Traducción Literaria Tarrazona 2006, puede seguirse la pista de otras líneas de la narrativa ex yugoslava. Garrido tradujo a dos de los autores ya nombrados (le debemos Crónica de Travnik, de Ivo Andric, y Paisaje pintado con té, de Pavic, ambos disponibles en Montevideo), pero también trajo a lengua castellana a dos croatas, Slavenka Drakulik (El sabor de un hombre, que se consigue en los compactos Anagrama y también en Panorama de Narrativas) y Dragan Velikic (La Plaza de Dante, que viaja por el antiguo imperio de los Habsburgo).

En opinión de la traductora, uno de los escritores más importantes de los años finales la antigua Yugoslavia es Danilo Kis (fallecido en 1989), de quien tradujo Laúd o cicatrices. “Criado entre tres religiones, judía, ortodoxa y católica, es una de estas mezclas apasionantes que produce la región”, explica para dar una idea de los barros con los que estaba hecho un escritor “absolutamente revolucionario en sus métodos, en su forma” pero que a la vez entronca en una tradición “que demuestra cuánto le debemos todos a Ivo Andric”.

Son sólo algunos nombres de un inventario más que incompleto, pero que recoge voces viejas y nuevas que van formando un nuevo mapa, sin expresión política pero con innumerables vasos comunicantes en sus materiales y en sus orígenes. Llenos de matices y portadores de diferencias que a menudo los han llevado a la guerra, son, en su multiplicidad, la expresión de la tierra de los eslavos del sur. Eso significa, a fin de cuentas, la palabra Yugoslavia.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en la revista Dossier en 2007)

Una nota sobre algunas imágenes
* La foto que abre este artículo muestra al cellista Vedran Smailovich tocando en los restos de la Biblioteca de Sarajevo, (foto Evstafiev).
* La familia de campesinos del siglo pasado que aparece en blanco y negro, está tomada de un blog de un escritor serbio poco conocido en Occidente. Siempre me pareció que ilustraba la frase recogida por Kaplán. Imposible no imaginarse a esa mujer como la que despertaba a su hijo, cada mañana, diciéndolo "Buen día, pequeño vengador de Kosovo".
* Las fotos de la mujer serbia con la vela y la del albanokosovar pensativo, son de la agencia AP. La primera fue tomada por Vadim Ghirda, y la segunda por Peter Dejong.

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01 junio 2007

Más que un damero

Actualmente la pertenencia a un estado nacional ya no aparece como un axioma incuestionable (¿son españoles los vascos? ¿son los habitantes de la cosmopolita Nueva York o de Los Ángeles igualmente estadounidenses que los nacidos en las ciudades del medio Oeste de Estados Unidos? ¿el habitante promedio del norte industrializado se siente parte de una misma sociedad con los italianos del sur?) a la vez que las construcciones supranacionales tienen todavía mucho camino que recorrer para ser vistas como claras generadoras de identidades políticas (¿hay lugar en Europa para griegos y turcos?). En ese contexto la ciudad vuelve a ser vista como el lugar en el que se resuelven las cuestiones siempre problemáticas de la comunidad y la ciudadanía.

Antropólogos como Arjun Appadurai (foto) han arriesgado la hipótesis de que las ciudades "cuestionan las naciones, se distancian de ellas e incluso llegan a reemplazarlas como espacio crucial de la ciudadanía”. No son sólo espacio. Son –en palabras de Appadurai- “espacio vivido". Frente a la abstracción del Estado-nación, aparece la realidad palpable de la ciudad como espacio en el que tiene lugar la vida de todos los días.

Pero tan real es la ciudad que también ella se termina escapando como agua entre los dedos. No es lo mismo para unos que para otros, explica el sociólogo español Manuel Castells cuando habla del “dualismo urbano fundamental de nuestros días, oponiendo el cosmopolitismo de las élites, que viven en conexión diaria con todo el mundo (funcionalmente, socialmente, culturalmente), al tribalismo de las comunidades locales atrincheradas en sus espacios, que intentan controlar como último bastión contra las macrofuerzas que moldean sus vidas al margen de su voluntad”.

Es probable que en ese apego a lo local esté la explicación de la persistencia de algunas “comunas rojas” a las que se hace referencia en este artículo. Cuando los edificios de Belgrado todavía exhibían las heridas de los bombardeos de la OTAN, a fines de 1999, se podía encontrar en la ciudad unas postales que parecían diseñadas por Castells para demostrar su tesis. Las tarjetas reproducían el mapa que abre todas las historietas de la serie de Asterix el galo. La diferencia era que el estandarte imperial estaba sustituido por una bandera de Estados Unidos y que debajo del águila romana tenía un cartel con la palabra NATO (OTAN en inglés). En la postal la aldea de los galos no estaba en Galia sino en Belgrado, a la que se llamaba por su nombre antiguo, Singidunum. El texto que acompañaba la imagen parafraseaba al comic: “Es el año 1999 DC, Europa está enteramente ocupada por los americanos. Bueno, no completamente, una pequeña aldea de indomables serbios resiste ahora y siempre al invasor”.

No sería exacto hablar de Belgrado como una comuna roja, por más que los símbolos antiestadounidenses y antifascistas estén en todas partes, pero sí es posible entenderla como un ejemplo de cómo sus habitantes se refugian en la ciudad como ámbito de resistencia política a un entorno que incluso va más allá de lo nacional y desde ahí plantea la oposición entre lo local y lo global.

Consta de seis partes: * 1- León ciudad sandinista, * 2- Más que un damero, * 3- Bobigny: Asterix el rojo, * 4- Bajalta California: el tercer espacio, * 5- Bologna: ciudad partisana, * 6- Imaginarios urbanos.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 1 de junio de 2007)

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13 mayo 2006

Metáforas de un referéndum

Este domingo los montenegrinos definirán en referéndum si continúan formando un único país con los serbios, o si se independizan. Dos ciudades de la costa del Adriático parecen reflejar, en su trazado medieval, el dilema que plantea esta difícil decisión para estos dos pueblos que comparten la religión ortodoxa y la etnicidad eslava.

Las murallas medievales de Kotor parecen proteger al pequeño casco urbano a medida que cae la noche. Una puerta casi escondida conduce a una escalera irregular. Sus gastados escalones de piedra llevan montaña arriba hasta los bastiones defensivos y las iglesias en ruinas mientras un muro acompaña las líneas defensivas. Todo eso queda en la oscuridad. Parece amenazar más que proteger. En el llano las murallas son menos opresivas y casi pueden resultar agradables, aunque nunca llegan a tener el menor atisbo de “atractivo turístico”. Están a unos pocos kilómetros de las que rodean la ciudad de Budva, el segundo balneario más exclusivo de Montenegro, pero estas murallas de Kotor no buscan agradar al visitante. La diferente atmósfera de esas dos ciudades podría casi imaginarse como una metáfora de las dos posiciones que se enfrentarán en el referéndum de este domingo sobre el futuro de Montenegro.

La postura de quienes buscan la independencia y desde la independencia una inserción en Europa y en la comunidad internacional, se parece un poco a Budva. Ahí las calles medievales no hacen otra cosa que agregar encanto a la ciudad volcada sobre el turquesa del Adriático, y las murallas pueden recorrerse en un paseo que no exige mayor esfuerzo y recompensa con una vista que permite abarcar toda la costa. Las montañas son un marco lejano. El pequeño museo de Budva es otra joya, bien cuidado a pesar de los pocos visitantes que recibe, guarda algunos objetos que dan cuenta de un pasado ilirio y helénico, incluyendo un yelmo del siglo V antes de cristo, perfectamente conservado, que es la pieza estrella del lugar.

Kotor en cambio...

Kotor tiene exactamente los mismos elementos que Budva, pero los vive de manera diferente. Para empezar, no los escenifica para el turismo. Las murallas de Kotor no pueden visitarse con facilidad y las calles medievales no están formando parte de ningún “paseo histórico”; son, simplemente, calles que están ahí desde fines de la Edad Media. Al contrario que en Budva, la montaña no está lejos sino que Kotor se construyó al abrigo de la montaña. Lo lejano es el mar, aunque esté a un paso. Y no hay museo. Los principales objetos históricos que atesoran no son restos ilirios ni helénicos, sino íconos de tradición serbo-bizantina. No están a la vista del visitante, sino que se pueden ver solamente durante los servicios religiosos. De la iglesia principal pende, como un palio medieval, una bandera serbia de enormes proporciones. En el centro se le agregó un emblema que no está en el símbolo oficial. Es una cruz que tiene en cada cuadrante una “ce” del alfabeto cirilico, letra que suena como la “ese” de las lenguas de raíz latina. Las cuatro “ce” representan la frase más repetida por los partidarios de la unión con sus vecinos serbios: “Sólo la Unidad salva a Serbia”.

Ecos de Tito

Cerca de aquella iglesia, en la puerta principal de las murallas de Kotor, todavía puede leerse una inscripción en homenaje a Tito, el constructor de la Yugoslavia federal. Como un eco de esas otras cuatro letras puede citarse el otro eslogan que han reciclado quienes no llegan al campo de los unionistas desde posturas vinculadas al nacionalismo sino desde el terreno opuesto: “Yugoslavia es la única certeza”. Esta yugonostalgia, habitual entre los sectores progresistas de Serbia, es parte del debate político vinculado al referéndum. Algunos sectores radicales del nacionalismo serbio ven incluso a la independencia de Montenegro como un mal menor, ya que serviría como un antídoto contra lo que consideran “el veneno yugoslavo”. Desde esas tiendas, la separación de Montenegro le permitiría a los serbios “librarse finalmente de Tito” y construir su destino en solitario. Estos nacionalistas radicales consideran que el simple hecho de que la mitad de los montenegrinos estén a favor de la independencia ya es traición suficiente como para no querer seguir viviendo juntos. “Si quieren irse que se vayan”, aseguran en los numerosos foros electrónicos que se han abierto sobre este tema. “Los políticos dicen que con la separación de Montenegro los serbios perderemos la salida al mar y los balnearios de la costa, no importa, iremos a Grecia o a Bulgaria, donde las playas y los precios son mejores”, agregan.

Yugoslavias

Las encuestas dan un 53 % a la opción independentista y un 47 % a los que desean mantener la unión con Serbia. Para que el referéndum tenga efecto, los votantes por la separación deben alcanzar el 55 %. Si eso ocurre, la dirigencia montenegrina ya anunció que en setiembre pedirán ingresar a Naciones Unidas como nuevo país. De concretarse, habrá sido, en efecto, el tiro de gracia al experimento yugoslavo, la patria única para los eslavos del sur que tuvo en la primera posguerra una versión monárquica, y que luego de la Segunda Guerra Mundial adquirió su forma federal y socialista que duró hasta 1991. Después de las guerras balcánicas de los noventa (de las que surgieron Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia), quedó reducida a una efímera tercera Yugoslavia que ahora, y al menos hasta este domingo, se llama Serbia y Montenegro.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en La Diaria en mayo de 2006)

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Fractura expuesta

El técnico de Serbia y Montenegro, Ilija Petkovic nació en Croacia. Pero es probable que no le guste ser presentado como croata. Ocurre que Petkovic es originario de Knin. Cuando en 1991 los croatas declararon su independencia de Yugoslavia y modificaron la constitución, eliminando algunos derechos de la minoría serbia que quedó viviendo dentro de los límites del nuevo país, éstos se rebelaron formando la República Serbia de la Krajina, con capital en Knin (recuperada por Croacia en 1995). Históricamente la Krajina era la frontera entre Europa y los turcos otomanos, y ahí vivían con sus familias destacamentos serbios al servicio del Imperio Austríaco. Por eso Petkovic ha de sentirse más cómodo si se lo considera serbocroata, o serbio, a secas.

En todo caso no es un serbomontenegrino. Ese efímero y artificial gentilicio que se deriva del país mundialista llamado Serbia y Montenegro, comenzó a perder sentido este domingo. En un referéndum la mitad de la población de Montenegro votó por separarse de Serbia (ver página 9), lo que genera una situación curiosa a las puertas del mundial. De cualquier forma que evolucione este diferendo político, Serbia, con capital en Belgrado, seguirá el camino FIFA en tanto que Montenegro, con capital en Podgorica, será quien deba empezar de cero. Así ocurrió durante la partición de Yugoslavia. El que pide el divorcio es el que pierde los derechos de la trayectoria previa. Por eso la actuación de Yugoslavia en los mundiales anteriores está en el morral de Serbia y no se dividió, por ejemplo, en cinco partes para contemplar el aporte que Croacia, Bosnia, Eslovenia y Macedonia habían hecho a la selección que partía del aeropuerto de Belgrado rumbo a las competiciones internacionales.

Si se confirma el divorcio el tema no entraría a Naciones Unidas antes de setiembre, por lo que los montenegrinos seguirían como siameses de los serbios durante toda la copa del Mundo. El país balcánico, a efectos de Alemania 2006, seguiría conservando los cien mil kilómetros cuadrados y los diez millones de habitantes. Desde ayer, sin embargo, debe recordarse que 13.812 kilómetros cuadrados y 650 mil personas pertenecen a Montenegro.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en La Diaria en mayo de 2006)

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20 marzo 2006

Milosevic y la vieja herida de la identidad

Las mujeres vestidas de negro lloraban como si su muerte hubiera ocurrido esa misma noche. El cuerpo ennegrecido y arrugado del príncipe Lazar revelaba, a pesar de los esfuerzos de los embalsamadores, que se trataba de una muerte antigua. Seiscientos años no es tanto tiempo para los Balcanes, en cuya historia todavía se sigue hundiendo el mito de los héroes de las novelas de caballería, como Marko Kralievic, dueño de una fuerza descomunal y de un caballo capaz de recorrer enormes distancias tomando impulso, de tanto en tanto, con sus cascos herrados en plata

Por eso la repatriación de los restos de Lazar, organizada por Slobodan Milosevic para conmemorar los seis siglos de la Batalla de Kosovo, pareció más un hecho de la agenda política que una efemérides para historiadores. Durante semanas el ataúd del príncipe hizo una peregrinación, ciudad tras ciudad, para recibir el homenaje postergado. En cada estación las autoridades locales reafirmaban la intencionalidad política del recorrido: Lazar, que al luchar contra los turcos en la batalla de 1389 eligió una muerte honorable y sagrada antes que la efímera victoria terrenal, estaba ahí para decirles que Kosovo era la patria espiritual de los serbios. Que las cosas hubieran cambiado en seis siglos y que ahora el 90 por ciento de los kosovares fueran de origen albanés (musulmanes como aquellos turcos), era un detalle demográfico menor, menos trascendente que el testimonio de los monasterios ortodoxos que salpicaban la geografía de la provincia con su arquitectura bizantina.

“Libre y piadoso”

En esa vieja herida de la identidad fue que Milosevic plantó su bandera del oportunismo nacionalista y se encaramó en el poder. Eran tiempos en que un oscuro dirigente del aparato comunista debía aferrarse a cualquier cosa si no quería terminar abruptamente su carrera política. Sus bravuconadas historicistas se volvieron algo mucho más serio cuando varias repúblicas de la entonces Yugoslavia proclamaron su independencia. La irresponsabilidad de Alemania y Austria, que se apresuraron a reconocer a Croacia y Eslovenia sin asegurar garantías para las poblaciones serbias que allí vivían, desató la primera de las modernas guerras balcánicas. El oportunismo de Milosevic y de los líderes croata y bosniomusulmán hicieron el resto, desangrando al país y desmembrándolo en cuatro años. La historia más reciente es conocida. Llevado al Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, a efectos de ser juzgado por crímenes contra la humanidad y genocidio, su defensa de sí mismo tuvo el efecto de relanzar su arraigo popular. La muerte ocurrida el 11 de marzo en una celda de La Haya, imputable a una genérica negligencia médica, le da la oportunidad a sus seguidores de colocarlo en el santoral de la ortodoxia serbia. Ya comenzaron a aparecer las imágenes en las que un Slobo desafiante presta su rostro a uno de los santos guerreros que adornan las paredes de las iglesias. Como ocurrió antes con Lazar, ahora es el cuerpo de Milosevic el que regresa en busca de homenaje. A cambio lleva consigo, en la rigidez de la muerte, el rejuvenecido mito del martirio serbio. Fue Lazar un mártir (el profeta Elías le anunció su suerte antes de la batalla portando una carta de la Virgen María, y la decisión de Lazar de concurrir a la muerte profetizada fue la que ató el destino de Serbia a la estética cristiana del cordero que se sacrifica por los otros), y ahora es Slobo, cuyo nombre significa “libre y piadoso”, quien cumple con su destino.

Lugares comunes

Este razonamiento no es sólo de los nacionalistas. Hay un pathos serbio que es parte de su identidad nacional, que hace que incluso los opositores a Milosevic miren al Tribunal de La Haya con desconfianza. Para la prensa internacional fue “el carnicero de los Balcanes”. Para los serbios que se opusieron a su régimen, Milosevic fue una desgracia, pero no fue necesariamente un criminal de guerra. Los otros pueblos balcánicos, que sufrieron las guerras de los noventa, hubieran preferido verlo condenado por sus crímenes. Culpable de los cargos de los que se lo acusaban, Milosevic fue uno de los personajes que causaron más muerte y dolor en la ex Yugoslavia. Pero no fue el único, dicen los serbios de cualquier tendencia política. En cierta forma, el rechazo a la simplificación con la que la prensa internacional los vuelve a bombardear desde el 11 de marzo (reciclando los viejos lugares comunes que mostraban a Serbia como único agresor en las guerras de los noventa), contribuye a dar cierto barniz de consenso a la incómoda figura del obediente cuadro de la nomenclatura titista. Cuando esta nota esté impresa, Milosevic estará siendo velado en Belgrado, frente al Parlamento, y luego de dos días se le llevará a su pueblo natal, Pozarevac, donde será enterrado el sábado. El cronograma está pensado para darle a los homenajes el tono simbólico de una pasión cristiana. Sin embargo podemos asegurar, según fuentes confiables, que al tercer día no resucitará.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en La Diaria el 20 de marzo de 2006)

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26 febrero 2006

Nagorno Karabaj y Kosovo

En cierta forma puede calificárselo como el primer conflicto étnico de la era pos Guerra Fría, ya que surgió en pleno auge de la perestroika. Víctima de la zigzagueante política soviética de “nacionalidades”, el enclave de Nagorno Karabaj fue empujado al abismo a fuerza de decisiones administrativas. Habitado por armenios de religión cristiana, fue puesto bajo jurisdicción de Azerbaiyán, cuya población es mayoritariamente musulmana. Tres años antes de la caída de la Unión Soviética comenzaron los primeros problemas que luego derivaron en actos de “limpieza étnica”, incluyendo una recordada masacre cometida por azeríes en contra de mujeres armenias en la sala de maternidad de un hospital.

Esos antecedentes, y los largos años de una guerra civil que sólo se detuvo en 1994, iniciaron un complejo proceso de negociaciones que siempre se ha mantenido en un tercer plano informativo. Esta semana, una nueva ronda de conversaciones fue dada por terminada sin que se llegara a ningún acuerdo entre las partes. Tanto armenios como azeríes afirman que Nagorno Karabaj les pertenece. Por el momento Armenia controla el enclave y varias zonas cercanas, por lo que se vive en un estado de paz armada.

En la situación opuesta está el conflicto de Kosovo. El lunes 20 las delegaciones serbia y albanokosovar se sentarán ante una mesa de negociaciones que se instalará en Viena para tratar el futuro de esa provincia balcánica. Aunque también en este caso las partes comienzan con posiciones muy claras y en apariencia antagónicas, hay un mejor horizonte para la flexibilidad. Los kosovares de raíz albanesa parecen estar proclives a negociar una fórmula de autonomía, si es que abarca todos los aspectos de la administración de la provincia, y siempre y cuando no implique renunciar a la posibilidad de la independencia. Para los serbios, mientras tanto, la independencia de Kosovo resulta una hipótesis “impensable”, según lo afirmó el primer ministro Vojislav Kostunica. Desde Albania, el canciller Besnik Mustafaj aclaró –para despejar eventuales expectativas– que su país no tiene ningún interés en que se produzca una unión con Kosovo.

Puestas todas las cartas sobre la mesa, la solución de otorgar a la provincia una autonomía importante pero manteniéndola dentro de Serbia presenta dos caras de una solución que es triple. La tercer arista es la expectativa del ingreso de Serbia a la Unión Europea, por lo que los albanokosovares podrían convertirse en ciudadanos comunitarios y tendrían la garantía de que Belgrado debería cumplir con los estándares europeos en materia de respeto a los derechos humanos. Ya en 1999, en plena crisis balcánica, el escritor bosnio Predrag Matvejevic había dicho que la mejor solución para los pueblos balcánicos era vivir bajo un “arbitraje internacional”. En su opinión, el rol que en su momento cumplieron los imperios otomano y austríaco, que además de ser fuerzas de ocupación actuaron como elementos de contención ante los nacionalismos locales, podría en un futuro cumplirlo Bruselas, en un marco que fuera respetuoso de las soberanías y al que se llegara de común acuerdo. Por el momento, el protectorado de Kosovo, habitado en más de un 90 por ciento por personas de origen albanés, sigue siendo en los papeles una provincia serbia, aunque está bajo administración de las Naciones Unidas.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en febrero de 2006)

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15 julio 2005

Srebrenica: el riesgo de la simplificación

La incapacidad de los cascos azules holandeses para proteger hace diez años a la población civil bosniomusulmana del “enclave seguro” de Srebrenica, dio lugar a la peor atrocidad europea de posguerra. Sin embargo, no se trata de un episodio que tenga una única lectura ni que haya quedado congelado en el pasado. Hasta ahí pueden rastrearse, según algunos analistas, los fragmentados hilos conductores que alimentan al islamismo radical que este 7 de julio golpeó en Londres.

Miles de personas, incluido el presidente serbio Boris Tadic (foto), participaron el pasado lunes de una ceremonia que honró a las víctimas de Srebrenica. Unos ocho mil bosniomusulmanes fueron asesinados en la que se considera la mayor masacre ocurrida en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. La enumeración de hechos parece diáfana. La primera mitad de los años noventa mostraba al mundo la desintegración de la ex Yugoslavia. En Bosnia, croatas y serbios se disputaban un territorio que no querían compartir con una parte de sus habitantes autóctonos, los bosniomusulmanes, un grupo étnicamente eslavo, mayoritariamente laico, pero culturalmente ligado a la tradición del Islam.

Ante la imposibilidad de proteger a la población en toda Bosnia-Herzegovina, la comunidad internacional creó ciudades santuario en las que los civiles podían refugiarse bajo la protección de fuerzas de paz de Naciones Unidas. Uno de esos enclaves era Srebrenica. Los serbobosnios sitiaron la ciudad a principios de julio de 1995, en un momento en que el número de refugiados había aumentado considerablemente debido a la cantidad de campesinos bosniomulsulmanes que habían huido de sus mal protegidas aldeas. Superados en número y comparativamente mal armados, los holandeses solicitan apoyo aéreo que sólo se efectiviza en un par de incursiones y que luego es suspendido por los mandos de la OTAN.

El 12 de julio los serbobosnios ya habían tomado la ciudad y comenzaron a separar a los hombres de las mujeres y los niños. Se llevaron a los hombres en ómnibus con la excusa de interrogarlos, y deportaron a las demás personas transformando a Srebrenica en una ciudad habitada casi exclusivamente por serbios (que hasta ese momento eran el 25 por ciento de su población). Los hombres que subieron a esos ómnibus nunca regresaron. Ejecutados en una aldea cercana, todavía hoy resulta difícil recuperar e identificar todos los cuerpos.

==Primera parte de cinco

* 2- Efectos
* 3- El factor Oric
* 4- Los musulmanes bosnios
* 5- Exodo

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2005)

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15 julio 2004

Monasterios del sur: el alma de serbia (I)


No es fácil llegar a los monasterios medievales serbios. Los más bellos, como el de Gracanica, se encuentran cercados en la provincia de Kosovo, hoy bajo administración de Naciones Unidas pero controlada en los hechos por la población de origen albanés. El más sureño de aquellos a los que se puede tener acceso es Sopocani, aunque probablemente recién sea en Studenica, en el centro de Serbia, donde pueda visitarse con cierta tranquilidad una de esas joyas del arte que iluminó los siglos previos al Renacimiento. Cerca de Belgrado, el complejo monacal de Manasija puede dar una idea aproximada de la belleza que encierran los monasterios que la guerra ha ido alejando de los visitantes.
En el siglo XII, en la actual Sandjak –hoy enclave musulmán dentro de la Serbia moderna, lo que no es la única paradoja de los Balcanes- se originó un reino serbio cristiano que doscientos años más tarde dominaba los actuales Sandjak, Kosovo y Macedonia. El creador fue un jefe tribal llamado Stefan Nemanja, padre de San Saba, una figura clave de la religión ortodoxa, ya que fue quien obtuvo en 1219 la autocefalía de la iglesia serbia. Luego el rey Milutin acercaría el esplendor del reino serbio al espejo en el que siempre se habían mirado estos príncipes eslavos: el Imperio Bizantino. Para probarlo, Milutin no sólo financió la construcción de iglesias en Serbia sino también en Constantinopla y en la propia Jerusalén. Y para que no tuviera necesidad de recurrir a las armas para seguir probándolo, el emperador bizantino le dio a su hija en matrimonio como prueba de alianza y amistad.
Pero quien llevó el reino serbio a su máximo esplendor fue el príncipe Dushan, que en 1345 fue coronado en Skopje, actual capital de Macedonia, como “Emperador de los Serbios, los Griegos y los Albaneses”. Su título y sus tierras conquistadas sirven de base territorial al mapa imaginario de la Gran Serbia que construyeron los nacionalistas serbios modernos. Significativamente el nombre Dushan deriva de la palabra dusha, que puede traducirse como alma. Dushan era, al igual que varios de los reyes medievales serbios, un príncipe sagrado, ya que se trataba de una nobleza que luego de su muerte tenía casi asegurada la canonización por el cristianismo ortodoxo y su pasaje a la iconografía de los monasterios en los que coexistían, en frescos y mosaicos, con Jesús, Juan el Bautista, los apóstoles y la Virgen María.

Gobernantes sagrados

Los muros interiores de los monasterios serbios ortodoxos, igual que los bizantinos, están literalmento cubiertos de estas imágenes que reafirman el carácter sagrado de sus gobernantes. En el monasterio de Studenica, del siglo XIV, se ve al rey Milutin, también rodeado por el halo sagrado, ofrendando a su dios una maqueta de una iglesia que él mandó a construir. O en el monasterio de Gracanica, donde un fresco de 1312 muestra a la mujer de Milutin, la reina Simonida, siendo coronada por un ángel. Es la expresión más palpable de la idea de la monarquía por derecho divino, que no sólo está en los códigos sino también, y sobre todo, en esos abigarrados códices que son los monasterios ortodoxos y sus frescos que responden a una calculada y precisa iconografía. Si son sagrados los gobernantes también es sagrada la lucha que se emprende para hacer triunfar a la cristiandad por sobre sus enemigos terrenales y espirituales, en general identificados con los musulmanes, pero que también llegó a abarcar a los católicos romanos o a los paganos de diversa índole. Los monasterios reflejan esa posición con las habituales figuras de 'guerreros sagrados'. Barbados caballeros en armadura, de rostro enjuto, portadores de lanzas o espadas y rodeados, también ellos, por el halo de la santidad. Son los representantes en la tierra de las fuerzas con las que, de acuerdo a la tradición bíblica, el dios de los cristianos enfrentará al Anticristo en la batalla final por el control del Universo.

==Primera parte de dos. Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en junio de 2004

* 1- El alma de serbia
* 2- Un rostro para un rey.

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15 junio 2004

Monasterios del Sur: Un rostro para un rey (II)

El aspecto del rostro del emperador Dushan el Poderoso se ha conservado en uno de los frescos más emblemáticos de la tradición serbio ortodoxa. Fue realizado en 1347 y está en el monasterio del Arcángel Miguel. En una pintura de tres metros de alto se puede observar una figura majestuosa del monarca mientras que en un segundo plano y pintada de menor tamaño aparece su esposa Jelena. Ambos están ataviados con un lujo que recuerda el fasto bizantino. .El fresco tiene la virtud de darle un rostro a la figura emblemática de la Gran Serbia. Los ojos con bolsas, la mirada frontal, una barba que no llega a taparle las mejillas sino que crece en el borde de la cara, un fino bigote y una melena rojiza que cae por detrás sin tapar las orejas, como si el soberano acabara de mojarse el pelo y acomodárselo para ese pasaje iconográfico a la posteridad. La vestimenta es de tonos rojos y naranjas sobre un fondo negro, y parece estar tapizada de piedras preciosas. Es, sin embargo, un soberano guerrero. La forma en la que sostiene su bastón imperial, la dureza de la mirada, la corona encasquetada que parece ser parte de la cabeza y no un elemento del atuendo, todo refleja que estamos ante un rey que está forjando su imperio en ese momento. Lo principal del retrato aparece por detrás: el halo sagrado que indica que se trata de un santo cristiano y no sólo de un gobernante terrenal. Ni más ni menos que la idea bizantina. Por eso no extraña que los impulsores de la Tercera Roma, en pleno siglo XIX, hayan recurrido a su figura y a la idea de la Gran Serbia como fórmula para hacer realidad el renacimiento de Bizancio.

Kosovo

El reino forjado por Dushan comenzó a desintegrarse cuando el príncipe Lazar perdió ante los turcos la Batalla de Kosovo. El enfrentamiento de junio de 1389 fue la consecuencia inevitable del afán turco por conquistar Europa. Habían iniciado su campaña en 1356, cuando dejaron Asia y comenzaron una serie de luchas que les permitieron obtener las dos principales ciudades griegas del norte: Tesalónica y Adrianópolis, la actual Edirne turca. Teniendo en cuenta que el poder balcánico más importante de la época era la corona serbia (en 1345 un príncipe serbio había sido coronado Emperador de Serbios Griegos y Albaneses) resultaba un desenlace natural que fueran estos monarcas los que unieran a los cristianos balcánicos para oponer un ejército poderoso al invasor musulmán. Pero el nacionalismo serbio hizo de esa derrota una de sus piedras fundacionales. Desarrollando esta idea, el periodista estadounidense Robert Kaplan anota que los serbios tienen “dos pilares de fuego que definen su actitud nacional y su difícil situación histórica”. El más arraigado de estos pilares serían los monasterios, “cajas de seguridad de arte y magia”, pero el más grande es la batalla de Kosovo. Kaplán estaba haciendo referencia a lo que Canetti llamó los símbolos de masas, esa unidad mayor con la que el individuo se siente en relación con los suyos y en la cual descansa la continuidad del sentimiento nacional. Por eso, explican los académicos eslavos Dragnich y Todorovich, “el problema de Kosovo es complicado y complejo para la mitad de la población de Yugoslavia, pero para los serbios no lo es. Para ellos Kosovo es tierra sagrada. Es la cuna de su condición nacional, donde ellos eran virtualmente los únicos ocupantes. Fue el centro del imperio serbio de la Edad Media, en su tiempo el imperio más fuerte de los Balcanes, y es también el lugar donde están localizados los principales monumentos históricos y religiosos de Serbia”.

==Segunda parte de dos. Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en junio de 2004

* 1- El alma de serbia
* 2- Un rostro para un rey.

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04 junio 2004

Montenegro: la tierra nunca conquistada

No cabe duda que es una frontera. El minibus que parte una vez al día de la cercana Dubrovnik deja a sus ocupantes en el puesto migratorio y da por terminada su parte. La policía croata revisa los documentos con cierta despreocupación y pone los sellos de salida. A partir de ese momento se hace necesario recorrer a pie una zona de nadie que tiene más de un kilómetro de extensión. Los antiguos enemigos no tienen intención de verse las caras y quien quiera viajar a Montenegro deberá pasar por una experiencia que parece salida de los tiempos de la cortina de hierro.

Nada más alejado del resto de Europa, donde se pasa de un país a otro sin apenas darse cuenta, o donde, a lo sumo, el cambio de soberanía se salda con un rápido trámite que se hace encima del ómnibus o del tren. Pero ahora estamos en la península de Prevlaka, y aquí los guardias fronterizos se toman en serio su trabajo y su enemistad. En esta zona, durante la primera mitad de los años noventa, el enfrentamiento no fue entre serbios y musulmanes, sino entre croatas y montenegrinos. Y eso se nota.

Acabamos de bajar del minibus y ya nos han puesto el primer sello en el pasaporte. El tramo de tierra de nadie que debe recorrerse a pie se hace en silencio y casi manteniendo la misma fila que se había formado ante la primera garita. Cuatro daneses arrastran pesadas valijas mientras que una mujer croata y sus dos hijas se desplazan más livianas de equipaje. Tras algunos minutos de caminar en esa carretera de montaña se llega a Montenegro. Allí un agente anota cuidadosamente los nombres y el número de pasaporte de cada viajero, tras lo que se debe andar unas cuadras más para llegar a otro ómnibus, éste montenegrino, que espera con la proa apuntando hacia el lado equivocado. En ese tramo la ruta es tan angosta que no se entiende muy bien cómo va a poder dar la vuelta y tomar la dirección correcta. El procedimiento es lento pero el conductor parece hacerlo de memoria. Va maniobrando hasta quedar con parte del chasis trasero pendiente del abismo y las ruedas arañando el borde del asfalto. Entonces gira todo el volante y acelera para casi rozar con el paragolpes delantero la pared de la montaña, arrancándole al motor un ruido de protesta y a sus pocos pasajeros un suspiro de alivio.

Perast

Una vez que deja la frontera y los primeros kilómetros a campo abierto, el ómnibus realiza uno de los recorridos más bellos del Adriático. Tras atravesar los suburbios de Herceg Novi se bordea un fiordo de aguas color turquesa que se interna tierra adentro contenido por la montaña. Como sucede en toda la ex Yugoslavia, espantosas estructuras industriales, ya inactivas, conviven con la apacible vida campesina. Aquí se le suma una interminable serie de casas de dos plantas, a medio reciclar, que ofrecen alojamiento para turistas de paso en alguno de los dormitorios de la familia. De tanto en tanto también pueden verse chalanas de pescadores y los omnipresentes tractores balcánicos. Pero la naturaleza es la que reclama mayor atención. La lengua de mar se ensancha en algunos tramos y obliga a la carretera a dibujar un amplio arco que hace más lento un trayecto que se debate entre el deseo de los locales de llegar rápido a casa, y la conspiración en la que nos hemos embarcado con los daneses para controlar mentalmente el tiempo y lograr que ese viaje costero no termine jamás. Montenegro es un país antiguo y sabio, por lo que logra dosificar ambas necesidades. Justo en el momento en que la ruta se libra de las curvas más pronunciadas y el chofer acelera el paso, aparece ante las ventanillas del ómnibus la bahía de Perast.

Podría decirse que no está en las guías turísticas pero sería una verdad a medias, ya que no hay guías turísticas de Montenegro, pero merecería ser la fotografía de tapa de cualquier publicación que quiera atraer visitantes al país. Un pueblo del siglo XV, con rastros de la lejana Venecia en su arquitectura de piedra, cuelga casi en ruinas sobre una bahía en cuyas aguas quedaron petrificadas dos islas diminutas en las que apenas caben, en una, un templo ortodoxo, y en la otra un monasterio católico. Ahora sí el ómnibus puede llegar rápido a destino que nadie le reclamará al paisaje un gramo más de su cuota de belleza.

Kotor

Montenegro nunca fue conquistada pero siempre debió defenderse. Eso es lo que transpira la envejecida piedra gris de la fortaleza de Kotor, unos kilómetros más allá de Perast en el camino que lleva hacia Albania. La fortaleza trepa siguiendo la forma de la montaña, se refuerza con bastiones de tanto en tanto y llega a la cumbre, inexpugnable. La ciudad vieja está apretada allá abajo, dentro de la cápsula protectora de los muros que defienden lo que ha quedado a nivel del mar. A cada paso es posible encontrar las molduras de inspiración veneciana que han dejado el relieve de un león o un escudo de armas sobre el travesaño de un portal. Laberíntica y de calles estrechas, tiene, sin embargo, no menos de tres plazas en las que se agrupan las iglesias, los cafés y los tres hoteles.

De una de las iglesias cuelga una enorme bandera de seda con los colores serbios y una letra en cada una de las cuatro esquinas de la cruz. Es un acrónimo de la frase que ha acompañado por siglos la reafirmación nacionalista de los serbios: Sólo la unidad salvará a Serbia. Resulta inevitable recordar que esa misma cruz con esas mismas cuatro letras era la que se pintaba, con la desprolijidad de la guerra, sobre las ruinas de las casas no serbias que acababan de ser incendiadas en el interior de Bosnia. Acá, sin embargo, hablan de la voluntad de la mitad de los montenegrinos de continuar unidos a sus hermanos de sangre. “Siempre con Serbia, nunca sin ella”, es el lema de los partidarios de mantener la unidad entre los dos pueblos eslavos dentro de una misma entidad política, hoy llamada Serbia y Montenegro, último jirón del complejo entramado de la vieja Yugoslavia. La otra mitad del país quiere la independencia, tal vez como un modo de alcanzar un despegue económico más que como una reivindicación identitaria. Los montenegrinos no deberían tener problema de identidad. Ellos son quienes son. Todos los demás vinieron más tarde o debieron aceptar la mezcla de sangres impuesta por la conquista otomana. Esa convicción, en lugar de volverlos xenófobos, hace de Montenegro uno de los últimos experimentos exitosos de convivencia interétnica de los Balcanes.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 4 de junio de 2004)

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