11 julio 2005

El buen entendedor

La vieja máxima lo asegura. A buen entendedor pocas palabras. A juzgar por la reciente movida del Secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, ese país parecería estar mejorando su capacidad de comprender. Para lo que es habitual en la política exterior de Washington fueron necesarias muy pocas palabras para que Rumsfeld entendiera que debe ponerle fecha a la retirada de sus bases militares en Asia Central. Tal vez haya ayudado el hecho de quién fue que pronunció esas pocas palabras: el Grupo de Shangai, integrado por China, Rusia y varias repúblicas ex soviéticas.

En un artículo publicado por Brecha en la edición del 8 de julio, sobre la alianza estratégica que rusos y chinos habían comenzado a profundizar, se incluía información sobre cómo ambas potencias estaban tratando de neutralizar la presencia estadounidense en su zona de influencia geopolítica. Intención que el 6 de julio habían canalizado mediante la declaración final de la Cumbre de la Organización de Cooperación de Shangai, OCS, (integrada por Rusia, China, Kazajistán, Kirguizistán, Tayikistán y Uzbekistán). Ese documento reclamaba que “teniendo en cuenta que la fase activa de la operación antiterrorista en Afganistán ha concluido, los miembros de la OCS consideran necesario que los correspondientes países de la coalición (que lidera Estados Unidos) se definan sobre los plazos finales del uso provisional de las citadas infraestructuras y de su presencia militar” en países de la OCS.

La primera reacción estadounidense, a través del portavoz del Departamento de Estado, Sean McCormack, fue quitarle entidad al tema y asegurar que el acantonamiento de sus tropas en estos países “está determinada por los términos de nuestros acuerdos bilaterales”. Sólo debieron transcurrir dos semanas para que esa seguridad fuera cambiada por una visita de primer nivel a Kirguizistán. Allí Donald Rumsfeld, antes de que termine julio, fijará una fecha para la retirada de la base militar estadounidense que desde 2001 está establecida en ese territorio.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2005)

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08 julio 2005

Asia Central y la Organización de Cooperación de Shangai

Luego de profundizar su comunión estratégica durante la visita de Hu Jintao a Moscú, China y Rusia dieron un paso decisivo para controlar lo que en términos geopolíticos podrían considerar su “zona de influencia”: el Asia Central ex soviética. Este miércoles la declaración final de la Cumbre de la Organización de Cooperación de Shangai, OCS, (integrada por Rusia, China, Kazajistán, Kirguizistán, Tayikistán y Uzbekistán) reclamó que “teniendo en cuenta que la fase activa de la operación antiterrorista en Afganistán ha concluido, los miembros de la OCS consideran necesario que los correspondientes países de la coalición (que lidera Estados Unidos) se definan sobre los plazos finales del uso provisional de las citadas infraestructuras y de su presencia militar” en países de la OCS. Por si esto no fuera suficiente para preocupar a Washington, otra de las resoluciones de la cumbre fue aceptar a India, Pakistán e Irán con el estatus de países observadores.

La reacción de los estadounidenses no se hizo esperar. El portavoz del Departamento de Estado norteamericano, Sean McCormack, dijo en declaraciones citadas por Europa Press que la presencia militar estadounidense en estos países “está determinada por los términos de nuestros acuerdos bilaterales”. Sin embargo, el corresponsal en Moscú de El País de Madrid, Rodrigo Fernández, dijo que las relaciones de Estados Unidos con sus antiguos aliados en la zona han empeorado, en especial con el polémico hombre fuerte uzbeco, Islam Karímov (foto). “El descontento con los norteamericanos –explica Fernández– se debe al apoyo a las revoluciones democráticas desarrolladas en Georgia, Ucrania y Kirguizistán”, por lo que Uzbekistán y Kazajistán “temen que Washington pueda apoyar ahora también a la oposición en sus países”.

==Quinta parte de cinco

* 1- El oso y el dragón
* 2- Angarsk
* 3- Nuevo orden
* 4- El noveno de los ocho

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2005)

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26 mayo 2005

Masacre en los confines del Khan (II)
La invasión

Un artículo del periódico oficialista La voz del pueblo, reproducido por el servicio de prensa de la presidencia uzbeka, da la versión oficial de los hechos de la semana pasada. “Un grupo de 30 criminales portando armas automáticas y pistolas invadieron Andijan en automóviles, a la medianoche, y atacaron el puesto policial, dispararon contra la milicia, y lanzaron granadas. Usaron el elemento sorpresa para atacar el cuartel militar y matar cinco soldados y oficiales, lo que les reportó más armas automáticas y dos ametralladoras”. El artículo, titulado “Tal como ocurrió”, informa que al otro día llegó el ejército al lugar, y “después de once horas de negociaciones, los criminals intentaron romper el cerco cubriéndose con rehenes y pacíficos ciudadanos. Las autoridades los persiguieron y destruyeron mientras se desplazaban a través de la ciudad”.

En este punto, el vocero es conciente que su mirada difiere claramente de las que han venido circulando a través de las agencias de prensa, por lo que incluye ese punto de vista en su narración e intenta rebatirlo diciendo que “la versión que habla de ‘pacíficos ciudadanos’ que salieron a las calles para una ingenua protesta carece de sustento”. Y agrega: “los terroristas, por supuesto, intentan presentarse como nieve blanca, pero cuando periodistas de respetables medios de comunicación occidentales entran en ese juego, lo hacen para confundir”. Sostiene su afirmación afirmando que muchas de las imágenes de televisión que se vieron en Occidente sobre los episodios uzbecos procedían, en realidad, de los disturbios callejeros que se habían producido en marzo en Kyrgyzstan, o del conflicto armado tayico ocurrido en Khodjand hace siete años.

==Segunda parte de seis

* 1- Masacre en los confines del Khan
* 3- Un anuncio
* 4- Los soviets y después
* 5- Linaje
* 6- Karimov

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en mayo de 2005)

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10 mayo 2005

Los derechos humanos siguen siendo una utopía

Los derechos humanos siguieron siendo víctimas de la “guerra contra el terror”, afirma el informe 2005 de Amnistía Internacional (AI) presentado el pasado miércoles. El reporte revela una doble tendencia: por un lado los gobiernos aplican políticas de seguridad y control que llegan “redefinir la tortura para hacerla admisible” (maquillándola con un discurso de lucha por la libertad y la justicia), y por otra parte los llamados grupos terroristas utilizan un "grado inaudito de brutalidad".

En América, según el Informe 2005 de Amnistía Internacional (AI), "el respeto de los derechos humanos siguió siendo una utopía para muchas personas". Basan su afirmación en la persistencia de "la tortura, los homicidios ilegítimos a manos de la policía y las detenciones arbitrarias", agravados por la acción de bandas de narcotraficantes y delincuentes organizados. A la vez, "la 'guerra contra el terror' dirigida por Estados Unidos continuó socavando los derechos humanos en nombre de la seguridad, a pesar de la creciente indignación internacional producida por la evidencia de los crímenes de guerra –como por ejemplo torturas– perpetrados por Estados Unidos contra detenidos". El director de la Sección Española de Amnistía Internacional, Esteban Beltrán, dijo en declaraciones tomadas por EuropaPress que el gobierno de Estados Unidos intenta, mediante "un lenguaje casi administrativo", suavizar la prohibición absoluta de la tortura".

Sobre África el reporte de Amnesty indica que “los homicidios, los secuestros y las violaciones por parte de las fuerzas gubernamentales y los grupos armados de oposición siguieron teniendo un carácter generalizado en los conflictos armados de la República Democrática del Congo, Somalia, Sudán y Uganda”. Si bien se reconoce que se lograron avances en varios países gracias a la firma de diversos acuerdos de paz, los mismos “continuaron siendo muy frágiles en Burundi, Costa de Marfil y Somalia, donde persistieron los estallidos esporádicos de violencia en zonas localizadas”.

En Europa los principales problemas estuvieron vinculados con el racismo (se menciona que se registraron casos en casi todo el continente, desde Finlandia a Chipre), en especial contra los gitanos. Detrás de la antigua cortina de hierro, “al no haber investigaciones inmediatas, minuciosas e imparciales persistió la impunidad de los responsables de tortura y malos tratos, prácticas que, según los informes, fueron generalizadas en países como Albania, Georgia, Moldavia, Rumania, Rusia, Tayikistán, Ucrania y Uzbekistán (foto)”.

El capítulo dedicado a Asia y Oceanía no muestra un panorama mucho mejor que el del resto del mundo. Se puede leer que "Nepal se sumió en una crisis política y de seguridad cada vez más profunda", en tanto que en Sri Lanka continuaron las ejecuciones por razones políticas cometidas por los Tigres de Liberación de Eelam Tamil, y el uso de "escudos humanos" por parte de guerrilleros indonesios. En la India, sobre todo en Jammu y Cachemira y en varios estados del noreste del país, los abusos contra los derechos humanos por parte del ejército y de los grupos políticos armados, continuaron siendo habituales. "Se siguió reprimiendo la disidencia política en países como China, Corea del Norte, Laos, Myanmar y Vietnam", aunque como contracara, "Bután, Brunéi y Maldivas fueron algunos de los países en los que se realizaron intentos de democratización y perfeccionamiento de la protección de los derechos humanos".

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en mayo de 2005)

==Primera parte de tres

* 2- Mujer
* 3- Migraciones

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15 septiembre 2003

Después del Muro

Durante la Guerra Fría, la mayoría de lo que occidente y el mundo socialista sabían sobre “el otro lado”, estaba teñido por la propaganda. La visibilidad era tan baja, que las metáforas que se acuñaron en ese tiempo hablaban de cortinas de hierro y telones de acero. Cuando a mediados de los ochenta se comenzó a vivir un proceso de cambios internos en la Unión Soviética, una de las palabras de moda, glasnot, también refería a la opacidad, aunque por negación. Esta transparencia era más una expresión de deseo que una realidad. Ni siquiera los expertos estaban a salvo de la omnipresente opacidad, como quedó demostrado cuando los servicios de inteligencia occidentales no supieron prever el desplome del viejo enemigo soviético.

Esa difusa neblina dio paso, en los primeros años de los noventa, a una claridad cegadora. De pronto las cámaras de las grandes cadenas de televisión franqueaban las fronteras antiguamente vedadas, y estaban en cada ciudad en la que se tiraba abajo una estatua de Lenin. Esa atención, arrolladora y superficial, sufrió el proceso natural de todo hecho noticioso: aparición abrupta, desarrollo, clímax y desaparición. Los países del antiguo bloque socialista habían ingresado uno tras otro al esquema de economía de mercado y democracia representativa, y lo habían hecho, con la sola excepción de Yugoslavia, de un modo pacífico. Historia terminada.

Pero la realidad es más compleja. Hace quince días el Banco Mundial presentó su informe “Transición, los diez primeros años”. Como ya lo había reconocido el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 1999, esa transición fue, en muchos casos, una depresión. Ahora, a comienzos del 2002, el Banco Mundial cuantificó las pérdidas en producto bruto, calidad de vida y nivel de equidad, que sufrieron los países del ex bloque socialista en el salto a la economía de mercado. Para que se entendiera exactamente de qué se estaba hablando, el Banco Mundial comparó esta situación con la más conocida de las crisis de la economía moderna: la Gran Depresión de los años treinta, que siguió al derrumbe de Wall Street de 1929. En aquel momento Estados Unidos vio como su producción acumulaba pérdidas porcentuales de 27 puntos. Hoy, los países de la ex Unión Soviética, con excepción de los Bálticos, perdieron el doble de lo que los norteamericanos habían perdido en aquel período crítico. Algunas repúblicas ex soviéticas, como Georgia, perdieron casi el triple de su nivel de producción anterior al fin del socialismo.

¿Qué significan estas cifras en la vida cotidiana de las personas? Peor calidad de vida y más inequidad. El mismo documento del Banco Mundial asegura que en el momento final de la economía comunista, uno de cada sesenta soviéticos era tan pobre que debía vivir con un dólar por día. Tras diez años de reformas económicas de mercado, esta cifra de pobres se multiplicó por tres. En Armenia, en Rusia, en Tayikistán y en Ucrania, el nivel de inequidad, medido por el llamado coeficiente Gini, se duplicó. Estas cifras, sin embargo, encierran su propia opacidad. Los autores del informe reconocen que la situación puede ser incluso peor que lo que sugieren los estándares internacionales para medir la pobreza.

Hay otros hilos más sutiles que se han perdido para siempre en la trama de la economía de las sociedades del Este, y que son difíciles de leer con los indicadores habituales de la economía. Hilos de una trama que ofrecía lo que ha quedado enterrado en el pasado: seguridad vitalicia dentro de los limitados horizontes de la economía soviética. Al analizar las causas posibles del alarmante crecimiento en el índice de suicidios, el PNUD se acercó más que el Banco Mundial a los efectos concretos de esta seguridad perdida.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en setiembre de 2003)

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