22 febrero 2008

Kosovo independiente

Pocas veces el proceso de nacimiento de un país ha estado rodeado de tanta polémica. Los albaneses de Kosovo declararon su independencia y recibieron el rápido respaldo de Estados Unidos. Las razones de esa alianza y el riesgo de una nueva crisis balcánica son el núcleo de este artículo.

Las banderas estadounidenses flameaban junto con las albanesas en los festejos por la declaración de la independencia de Kosovo este domingo 17. Incluso podían verse híbridos textiles como una suerte de bandera siamesa formada por la de Albania y la de Estados Unidos cosidas por un extremo. Una confirmación más de que Pristina es una de las pocas ciudades en las que la administración de Bush goza del cariño de las masas. Un amor por conveniencia, pero amor al fin. Los albanokosovares, que no dudaron en abrazar la esvástica en la Segunda Guerra Mundial cuando la Alemania nazi les prometió la independencia, ahora vuelven a dejar de lado todo prejuicio y abrazan las barras y estrellas. La pregunta que se esconde en la entrelínea de tanto entusiasmo es qué gana Estados Unidos, además de obtener un poco de oxígeno que compense la asfixiante impopularidad que sufre en el resto del mundo.

Cualquier indicio de respuesta debe conjurar la tentación de al menos dos caminos fáciles. El primer atajo aparente es el que asocia este interés de la administración de Bush con el que exhibió en su momento el gobierno demócrata de Bill Clinton. Cuando en 1999 Estados Unidos atacó al gobierno serbio de Slobodan Milosevic, en un intento de frenar la represión contra los albanokosovares, lo hizo buscando –al menos en parte– evitar una nueva catástrofe humanitaria en los Balcanes. Puede criticarse el resultado de aquella acción, ya que con las cartas a la vista resulta evidente que provocó precisamente aquello que pretendía evitar, porque las bombas de la Alianza Atlántica dieron el espacio a los albanokosovares para hacer su propia limpieza étnica contra los serbokosovares. Pero mirada en perspectiva todavía parece tener cierta validez la categorización que se le dio en su momento a aquella intervención de fin de siglo, cuando los titulares afirmaban que “la generación del 68 va a la guerra”, en alusión al carácter socialdemócrata de los gobiernos occidentales del momento. Ahora, al reconocer al Kosovo independiente, el gobierno de Bush no busca evitar ninguna debacle humanitaria, sino que parece entender que la misma –que ningún analista se atreve a descartar– sería un daño colateral más de su política exterior.

NUEVOS Y VIEJOS AMIGOS. Las motivaciones de Washington parecen estar basadas en la conveniencia de tener un “país amigo” en una zona donde las amistades incondicionales (de esas que permiten vuelos secretos procedentes de los campos de batalla del Golfo Pérsico) escasean cada vez más. Los países del ex campo socialista demuestran ser aliados menos dóciles de lo que se pensó al calor del entusiasmo de la inmediata pos Guerra Fría, y el derecho comunitario europeo los viene alineando rápidamente a la legalidad internacional. En ese sentido, un proto Estado como el naciente Kosovo puede ser una bendición para Washington.
El segundo atajo aparente que debe evitarse al analizar el juego de alineamientos que se ha producido en torno a la independencia kosovar es colocar el apoyo ruso a Serbia en un nivel equivalente al apoyo estadounidense a los albanokosovares.

Más allá de los oportunismos a los que el gobierno de Vladimir Putin es tan afecto, la alianza de Moscú y Belgrado tiene una sustancia de tipo cultural que la vuelve mucho más densa que la Realpolitik de Washington. La tradición religiosa (cristiana ortodoxa) y étnica (eslava) que une a serbios y rusos sólo puede asociarse a la tradición que separa a serbios de alemanes. No en vano es Alemania (independientemente del partido que la gobierne) la que siempre se vuelve el principal sostén europeo de legitimidad de los separatismos ex yugoslavos.

¿Y después? En términos de riesgos regionales, el especialista Jean-Arnault Dérens ha recordado, en Le Monde Diplomatique, que, si bien a priori Serbia ha descartado el envío del ejército a Kosovo, “esta promesa podría ponerse en entredicho si la violencia se generalizase en las zonas serbias del territorio”.
Dérens añade: “También ignoramos la amplitud del impacto que causará la independencia de Kosovo en la región. Los albaneses de Macedonia, Montenegro y el Valle de Presevo también deberían celebrarla. Se puede suponer que los problemas no se plantearán inmediatamente en estas regiones, aunque la independencia de Kosovo acarreará la apertura de otra cuestión, la de una posible unificación nacional albanesa. Por su parte, los serbios de Bosnia-Herzegovina podrían alegar el precedente de Kosovo para reclamar, ellos también, el derecho de autodeterminación”.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 22 de febrero de 2008)

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12 octubre 2007

Narrativa de los eslavos del sur:
Un puente demasiado lejos













La universidad de Sarajevo no puede ocultar que se encuentra en Sarajevo. La cuadra muestra los signos de los proyectiles lanzados durante el asedio por la artillería serbia. En el despacho del profesor Muhamed Nezirovic, sin embargo, se tiene una sensación de normalidad que desmiente cualquier indicio que se haya percibido puertas afuera. Sobriedad académica: un escritorio sencillo y anticuado, un deslucido cuadro con el rostro de Cervantes, una foto que muestra al profesor Nezirovic estrechando la mano del rey de España. Las apariencias engañan. También allí llegaron las heridas de la guerra. “En el año 92 todo se derrumbó, fue como salir de un paraíso, de una vida feliz y entrar en un infierno para el cual no estábamos preparados”, explica con amargura.

Su español fluye con naturalidad. Es descendiente de judíos sefardíes que fueron expulsados de España por los reyes católicos. La foto del monarca no es la única contradicción con esa herencia. Nezirovic no es judío, sino musulmán. Sin embargo detrás de la contradicción acecha la conciencia de una contradicción todavía más profunda. “Mi cultura, que podría llamar musulmana, es mucho más occidental que musulmana, pero a la vez no puede existir sin las otras culturas...todo está tan mezclado en los Balcanes”.

Un lugar pautado por el mestizaje en el que, sin embargo, se vivieron cuatro años de una guerra basada en el reclamo de la pureza étnica. Es en esa tensión entre mestizaje y pureza donde puede empezar a rastrearse los orígenes de la literatura balcánica. La épica medieval ha generado en los Balcanes una corriente literaria fuertemente popular. Las historias de los héroes que usaban su increíble poder físico y su astucia sin límites para combatir durante quinientos años al invasor turco, forman parte de la identidad de los eslavos del sur. No es extraño, entonces, que tanto serbios como bosnios, e incluso macedonios, tengan una galería de personajes en común. Esta cercanía no evita las disputas, sino que las agrava. ¿Es Marko Kralievic un héroe serbio o macedonio? ¿Son los albaneses la fuente primaria de la Ilíada?

No se trata de debates para eruditos sino que han tenido, en la historia reciente, su marca de sangre y fuego. Cuando los paramilitares ligados a Belgrado arrasaban las aldeas musulmanas en venganza por los crímenes que habían sufrido los campesinos serbios a manos de la Armija musulmana (o viceversa), no sólo llevaban como mascota un cachorro de tigre, sino que tenían como talismán una gusla. Ambos elementos eran signos de identidad. El cachorro los identificaba por ser ellos los tigres de Arkán, como se llamaban debido al nombre de su jefe, un carismático dirigente de fútbol casado con una estrella de la canción pop y asesinado años después por encargo de la mafia belgradense. El poder identitario de la gusla deriva de que ese instrumento de una sola cuerda es lo que usaban los rapsodas para acompañar el recitado interminable de la Saga de Kosovo –esa estremecedora catedral de palabras– o de los poemas de Marko Kralievic, que se transmitían oralmente de generación en generación. Alianza firmemente trenzada entre la vieja cultura popular (el folklore de los rapsodas) y la nueva (esa entente de música pop, barras bravas de los cuadros de fútbol y poder mafioso)

Nadie más alejado de la yuxtaposición posmoderna que el profesor Nezirovic y su estampa modernista. Desde un enfoque casi anacrónico, aparentemente naif, parece entusiasmarse cuando habla de esa herencia literaria. Incluso más cuando compara los héroes serbios con los bosnios. Cuenta que en el norte de Bosnia existen los “romances fronterizos”, donde los héroes no son de estirpe noble, como los serbios, sino que tienen un origen mucho más modesto pero logran, con su astucia, engañar a los señores feudales y a los gobernadores otomanos. Ese entusiasmo, sin embargo, es fugaz. Y no tiene nada de ingenuo. Enseguida hace una pausa, se queda un instante en silencio, y dice, como si estuviera pensando en voz alta: “Bosnia sería mucho más feliz sin la poesía heroica”. Habla entonces, de nuevo, de la guerra reciente. De cómo la lejana Edad Media fue usada para justificar el asesinato y la limpieza étnica. “Es una literatura que debe ser conservada en libros que no se deben leer muchas veces”, sentencia.

El más reconocido. No es necesario leer aquellos libros para encontrar las viejas historias. También la literatura contemporánea hunde sus raíces en la épica para encontrar sus temas. El caso más notorio es el de Ivo Andric, escritor serbio nacido en Bosnia, que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1961. En su obra cumbre, Un puente sobre el Drina, cuenta cómo una noche los eslavos, casi seguramente serbios, obligados a construir ese puente por orden del sultán turco, escuchan un rapsoda que saca de lo “profundo de su chaleco de piel de cordero una gusla de aspecto mísero y tan pequeña como la palma de una mano, y un arco corto”. Entonces “uno de los campesinos sale y se sitúa ante el establo, haciendo guardia para evitar que pueda llegar algún turco sin ser visto”, y el rapsoda comienza el ritual de afinar el instrumento, hasta que “echa hacia atrás la cabeza violentamente, con orgullo, de suerte que la nuez se destaca en su cuello delgado y su perfil agudo brilla a la luz”, y comienza a cantar.

El canto de ese rapsoda habla de los zares serbios y se desarrolla en Kosovo. El libro, hace de su anécdota (cómo ese puente va pautando la vida de Višegrad durante cuatro siglos) una metonimia de lo que ha sido la lucha de los pueblos balcánicos por mantener su identidad a pesar de la dominación turca. Contando la parte cuenta el todo. Pero no lo hace sólo con el argumento. Mantener la propia cultura ha significado para los pueblos balcánicos una cuestión de supervivencia. Por eso Andric, al situarse como correo de transmisión entre la vieja épica medieval y los lectores modernos, aunque habla de Bosnia, no puede evitar hablar de Kosovo.


La sombra de Kosovo. En Kosovo está el alma de Serbia. Cualquiera sea la persona con la que se hable en Belgrado, esto es lo que se le escuchará decir. Afirmado en una saga de cantares medievales y repetido hasta el hartazgo por académicos, políticos y periodistas, no hay nadie que lo dude. La justificación se encuentra en una vieja batalla que los serbios, al mando de un ejército formado por guerreros de todos los pueblos balcánicos, perdieron contra los turcos en 1379. El gobernante serbio, el zar Lazar, murió en esa ocasión y fue santificado por la iglesia ortodoxa. Kosovo se llenó de monasterios y los monasterios se llenaron de frescos que los convierten en un tesoro del arte sacro único en el mundo.

Pero con el paso de los siglos Kosovo se vació de serbios. Una serie de razones económicas y demográficas fueron dando a la provincia su rostro actual, que está compuesto en un 90 por ciento por personas de origen albanés. El otro diez por ciento vive en aldeas-fortaleza protegido a medias por fuerzas de la OTAN. Ante esta realidad, el mediador de Naciones Unidas acaba de proponer la independencia como futuro estatuto de la vieja provincia serbia. Con el correr del tiempo Kosovo será un país y como país se acercará a Albania dando la espalda a Serbia. Seiscientos treinta años después de haber perdido aquella batalla, finalmente los serbios lo perderán todo.

Los albaneses son vistos por los serbios como los traidores de aquella derrota del siglo catorce. Si se mira la historia como una fotografía fija es algo que resulta curioso, ya que había albaneses al mando de Lazar. Pero si se la mira como un continuo la paradoja deja de serlo, ya que los albanokosovares –igual que los bosnios– se convirtieron al Islam y gozaron de privilegios políticos y económicos mientras los serbios cristianos llevaban la peor parte en los siglos de ocupación. La literatura de viajes, en este caso el libro Fantasmas balcánicos, del estadounidense Robert Kaplán, brinda alguna pista para comprender cómo se mantuvo durante tanto tiempo la presencia de Kosovo en la memoria serbia. Dice Kaplán que durante décadas, las madres campesinas serbias, cuando despertaban a sus hijos varones cada mañana, lo hacían diciéndoles “buen día, pequeño vengador de Kosovo”. Con esa carga creció, por ejemplo, un niño llamado Slobodan Milosevic.

Lejos del Nobel. En los Balcanes a veces la literatura parece ser la continuación de la guerra por otros medios. Si se lee El Palacio de los sueños, del escritor albanés Ismail Kadaré, se tendrá una versión totalmente distinta de la saga de Kosovo. Kadaré, un prolífico y desparejo escritor que actualmente reside en Francia, ha sido candidateado al Nobel varias veces durante los últimos años. Su oportunidad, probablemente, se extinguió en el momento en que comenzó a languidecer el interés internacional en la crisis kosovar, que tuvo su punto de mayor visibilidad entre 1999 y 2001.

Tampoco Kadaré parecía saber cómo salir del cerco que el gobierno autoritario de Albania tendía alrededor de los escritores durante los años de Enver Hoxa. Mientras averiguaba cómo hacerlo, escribía. Por eso sus novelas son tantas y tan desparejas. Por eso han tenido varias reescrituras, sobre todo en sus años del exilio. Las versiones españolas corresponden, en su casi totalidad, al traductor español Ramón Sánchez Lizarralde. En el Río de la Plata pueden conseguirse varias. No siempre las mejor logradas. Es probable que el mejor Kadaré sea el que noveló las tradiciones ancestrales de su pueblo y el menos interesante sea el que intenta lidiar con asuntos más contemporáneos. Kosovo está presente en El Palacio de los Sueños, y el ancestral código de honor conocido como Kanun es el eje de otras dos excelentes novelas, El viaje nupcial (a medio camino entre la literatura fantástica y el policial de época) y Abril quebrado (que fue adaptado al cine por el brasileño Walter Salles, con el título de Lejos del sol).

Los injustamente olvidados. Si se habla con escritores o estudiosos de la literatura en Belgrado o en Sarajevo, casi todos dirán que los mejores escritores de esa parte del mundo son los que menos se han difundido. Mencionarán a Mesa Selimovic (foto) y a Milos Cernianski. El primero, bosnio, autor de la mítica El derviche y la muerte, considerada durante mucho tiempo como la mejor novela de una literatura que ya no existe, como es la literatura yugoslava, pero que tiene sentido como concepto literario, así como sigue teniendo sentido hablar de una literatura austrohúngara. El segundo, Cernianksi, serbio, creador de una novela-río, Migraciones. Ambos títulos son difícilmente ubicables en español, aunque algún ejemplar de la obra de Cernianski asoma de vez en cuando en las librerías montevideanas como solitario remanente de alguna exótica importación. Pero si se las logra ubicar. Si se llega a atesorar entre las manos el libro de Selimovic editado por Montesinos, o la pesada carga de Migraciones, y si después de tomarles el peso se las empieza a leer, entonces se comprende que no es mito, que efectivamente son las dos voces más potentes de la literatura yugoslava.

El primero cuenta la deriva casi metafísica de un prior de la orden de mevlana, que intenta salvar a su hermano de una acusación política. La lealtad familiar, la estructura de la religión como andamio para la fe tambalenate, el temor por la propia suerte, van dando forma a un entramado en el que no es difícil adivinar, por las heridas de claridad que se filtran entre las hebras del tapiz que teje Selimovic, las vicisitudes de los yugoslavos contemporáneos al escritor.

También las páginas del libro de Cernianski (foto) tienen un sino que va más allá de la época en que se desarrolla, que es la de la emperatriz María Teresa. Pero aquí es transparente. Aquí no hay tapiz tejido en la autocensura. Aquí, en esta novela escrita durante veinte años, está el dolor de un exiliado reconociéndose en la saga de una familia serbia, traicionada una y otra vez por el poder europeo de turno, que sólo respira gracias a su ansia de emigrar a la Rusia prometida. No en vano Cernianski, que también es poeta, escribió en 1956 un testamento-joya que llamó Lamento por Belgrado.

Le debíamos tanto a Andric. Las literaturas ex yugoslavas no se detuvieron, como es obvio, en el puente de Andric ni en el giro del derviche de Selimovic. Por el contrario, su vitalidad parece estar teniendo cada vez más eco en las lenguas latinas y es cada vez más común encontrar traducciones al español. Si pensamos en la creación que tiene a Belgrado como topos literario, siguiendo la senda de Cernianski, pero medio siglo más tarde, es imposible no pensar en la antología de cuentos Casablanca Serbia, que publicó la editorial italiana Feltrinelli en 2003, donde se destaca la figura de Mihajlo Pantic.

Una generación intermedia de textos en español pueden ser los de Milorad Pavic y Predrag Matvejevic. El primero es autor del excepcionalmente original Diccionario Jázaro y de una serie de obras posteriores cada vez más decepcionantes con las que parece haberse empantanado en las ciénagas del artilugio (novelas que se leen como cartas de tarot, historias casi epistolares y fragmentarias, y otra serie de fuegos de artificio que ya no tienen por detrás el sostén sólido que existía en su libro jázaro). Matvejevic, mientras tanto, profesor de eslavística en la universidad de Roma, es un lúcido articulista que puede leerse habitualmente en El País de Madrid, pero que también ha sabido pergeñar algunos ensayos disfrutables como Breviario Mediterráneo o La otra Venecia.

Pero después de esa generación intermedia están las traducciones más recientes, como es el caso de Aleksandar Tisma (foto), cuyo libro El Kapo tuvo una muy buena recepción crítica en España, al punto que su traductora, Luisa Fernanda Garrido logró en 2005 el Premio Nacional de Traducción en ese país europeo.
En la conferencia dictada por Garrido en las Jornadas de Traducción Literaria Tarrazona 2006, puede seguirse la pista de otras líneas de la narrativa ex yugoslava. Garrido tradujo a dos de los autores ya nombrados (le debemos Crónica de Travnik, de Ivo Andric, y Paisaje pintado con té, de Pavic, ambos disponibles en Montevideo), pero también trajo a lengua castellana a dos croatas, Slavenka Drakulik (El sabor de un hombre, que se consigue en los compactos Anagrama y también en Panorama de Narrativas) y Dragan Velikic (La Plaza de Dante, que viaja por el antiguo imperio de los Habsburgo).

En opinión de la traductora, uno de los escritores más importantes de los años finales la antigua Yugoslavia es Danilo Kis (fallecido en 1989), de quien tradujo Laúd o cicatrices. “Criado entre tres religiones, judía, ortodoxa y católica, es una de estas mezclas apasionantes que produce la región”, explica para dar una idea de los barros con los que estaba hecho un escritor “absolutamente revolucionario en sus métodos, en su forma” pero que a la vez entronca en una tradición “que demuestra cuánto le debemos todos a Ivo Andric”.

Son sólo algunos nombres de un inventario más que incompleto, pero que recoge voces viejas y nuevas que van formando un nuevo mapa, sin expresión política pero con innumerables vasos comunicantes en sus materiales y en sus orígenes. Llenos de matices y portadores de diferencias que a menudo los han llevado a la guerra, son, en su multiplicidad, la expresión de la tierra de los eslavos del sur. Eso significa, a fin de cuentas, la palabra Yugoslavia.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en la revista Dossier en 2007)

Una nota sobre algunas imágenes
* La foto que abre este artículo muestra al cellista Vedran Smailovich tocando en los restos de la Biblioteca de Sarajevo, (foto Evstafiev).
* La familia de campesinos del siglo pasado que aparece en blanco y negro, está tomada de un blog de un escritor serbio poco conocido en Occidente. Siempre me pareció que ilustraba la frase recogida por Kaplán. Imposible no imaginarse a esa mujer como la que despertaba a su hijo, cada mañana, diciéndolo "Buen día, pequeño vengador de Kosovo".
* Las fotos de la mujer serbia con la vela y la del albanokosovar pensativo, son de la agencia AP. La primera fue tomada por Vadim Ghirda, y la segunda por Peter Dejong.

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15 junio 2007

Kosovo y la cuestión albanesa
El riesgo de simplificar


La situación de Kosovo involucra a dos de los principales grupos étnicos de los balcanes: eslavos y albaneses. Una problemática regional que, a su vez, se inscribe en la relación, usualmente traumática, entre los espacios de influencia de Rusia y Occidente. El informe 2007 de Amnistía Internacional advierte que el probable futuro país está violando los derechos humanos antes de nacer.

Kosovo es considerado “el corazón de la nación serbia”, ya que ahí los príncipes serbios al mando de un ejército de varios reinos cristianos balcánicos (incluidos los albaneses) perdieron una batalla decisiva con el imperio otomano. Esa batalla, y sobre todo el posterior rechazo a someterse cultural y religiosamente, se consideraron como una prueba del carácter sagrado de la alianza entre el dios cristiano y el estado serbio. Por eso el príncipe que lideraba ese ejército fue santificado por la religión ortodoxa y Kosovo fue llenado de monasterios durante la Edad Media. Los albaneses, sin embargo, una vez derrotados se aliaron con los turcos y comenzaron a dominar la demografía de Kosovo (hoy son el 90 por ciento) ayudados por las persecusiones que el Imperio Otomano realizaba contra el irredentismo serbio.

Luego, cada vez que Serbia lograba ser independiente, la población albanesa volvía a estar en problemas. Y cada vez que Serbia era atacada, los albaneses hacían lo mismo que ante la reciente visita del mandatario estadounidense: se aliaban con el poder externo que les garantizara un Kosovo sin serbios. La más emblemática de esas alianzas fue la que establecieron con la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, al punto que llegó a crearse una brigada de las SS con paramilitares albaneses (la SS Skanderberg) que se ensañó partuicularmente en la persecusión de los partisanos serbios.

Con el fin de Yugoslavia, el régimen de Slobodan Milosevic comenzó un nuevo ajuste de cuentas. Primero las violaciones a los derechos humanos de los albanokosovares realizados por las tropas de Milosevic. Luego, la “limpieza étnica” a la que se dedicaron los paramilitares albanokosovares cuando los bombardeos de la OTAN contra Belgrado obligaron al ejército serbio a dejar la provincia en manos de Naciones Unidas.

LA GRAN ALBANIA. Si para los serbios Kosovo es el símbolo de su pasado, para los albaneses es la prueba de su futuro. Los Balcanes están plagados de fantasías nacionalistas. Una de esas construcciones utópicas es la Gran Albania. Tiene su referente nacional en el estado albanés actual, pero aspira a conformar una unidad con Kosovo, Preshevo, el noroeste de Grecia y buena parte de Macedonia. Todos los dirigentes políticos albaneses moderados rechazan la idea, pero la misma tiene el respaldo de los nacionalistas radicales.

Por eso no extraña el reciente documento de Human Rights Watch (HRW), donde se advierte de las consecuencias que podría tener la independencia de Kosovo. Según Fred Abrahams, investigador de HRW especializado en situaciones de emergencia, el eje del problema será la ciudad de Mitrovica. Ante una declaración de independencia, los serbokosovares que ahí son mayoría podrían declarar, a su vez, independiente esa zona y unirse a Serbia. Esto, en opinión de Abrahams, puede hacer que los albaneses que son mayoría en el valle de Preshevo, zona sur de Serbia, se declaren también independientes y se unan a Kosovo. El experto recuerda que todavía persiste en actividad un grupo paramilitar, el Ejército Albanés de Liberación, que reúne albaneses de Kosovo, Preshevo y Macedonia.

HRW no es el único organismo defensor de los derechos humanos preocupado por Kosovo. Amnistía Internacional asegura en su informe 2007 que en esa provincia, a pesar de la administración internacional “continúa la impunidad en los crímenes contra serbios y otras minorías” cometidos por albanokosovares. El documento registra “ataques con granadas contra ómnibus y casas”, así como la vandalización de iglesias y monasterios serbios, y otros crímenes “étnicamente motivados”. Un tema no menor es la constatación por parte de Amnistía Internacional del uso de territorio kosovar por parte de las mafias albanesas que manejan redes de prostitución en Europa occidental.

FALTA DE CARIÑO. Es en este contexto que Estados Unidos ha decidido dar su apoyo a la independencia (ver recuadro) y se ha hecho eco de las voces europeas que proponen que Serbia acepte la independencia kosovar a cambio de ingresar a la Unión Europea. El presidente serbio Boris Tadic respondió públicamenmte que Serbia, “como país democrático que es”, no aceptará ninguna contrapartida “a cambio de la pérdida de territorios”. Y añadió: “no renunciaremos nunca a Kosovo, así como no renunciaremos a nuestro futuro europeo”.

Por su parte el primer ministro serbio Vojuslav Kostunica dejó que se filtrara cierta ironía en sus declaraciones al decir que “Estados Unidos debe encontrar otra forma de mostrar su afecto y su amor por los albaneses, sin ofrecer territorios serbios”. Una frase que recuerda la dicha la semana pasada por el líder cubano Fidel Castro, quien desde su ya larga convalescencia, afirmó que la actitud de Bush se debió a que “necesita cariño”. La postura del mandatario estadounidense motivó que se lo recibiera como un héroe en Tirana, capital albanesa (que, valga la paradoja, está gobernada por la oposición socialista), donde se le reservó un baño de multitud que incluyó un polémico episodio en el que llegó a decirse que le habría sido robado el reloj mientras era saludado por enfervorizados simparizantes

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 15 de junio de 2007)

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13 abril 2007

Handke en Kosovo: La tierra de los deseos opuestos

Aunque bastante opacada por las crisis de Oriente Medio, la situación de Kosovo está nuevamente en el centro de la agenda de la comunidad internacional y se ha convertido en un nuevo escenario para que Rusia y Estados Unidos exhiban sus diferencias. Mientras tanto, un escritor austríaco decidió donar el importe de un premio literario a los habitantes de una aldea serbia asolada por el fantasma de la limpieza étnica.

Peter Handke, autor de libros como El miedo del golero ante el tiro penal y de guiones como el de la película Alas del Deseo, que dirigió Wim Wenders, estuvo el sábado pasado en Velika Hoca, uno de los pocos enclaves serbios que quedan en Kosovo. El motivo fue donar a los campesinos del lugar la suma de 50 mil euros, el equivalente a la dotación del premio Henrich Heine, uno de los principales galardones literarios en lengua alemana.
Handke, que había ganado el premio en la cancha de las letras, lo perdió luego en la liga de la política, ya que el reconocimiento le fue retirado por las protestas de varios intelectuales alemanes, incómodos por la postura pro-serbia del escritor. Un grupo de seguidores de la obra de Handke, sin embargo, reunió la suma y se la entregaron con el nombre de "Premio Heinrich Heine alternativo de Berlín".
Esta pulseada de entrecasa de la cultura germana es el reflejo de otra de mayor escala, que tiene como escenario al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y como protagonistas a Estados Unidos y Rusia. El primero (al igual que la Unión Europea) apoya el plan del Representante Especial del Secretario General de la ONU, Martti Ahtisaari, que tiene como punto de llegada la independencia que desean los albanokosovares, mientras que los rusos rechazan cualquier medida que no cuente con el consenso serbio. Como es sabido, Kosovo es formalmente una provincia de Serbia, aunque está bajo administración de la ONU desde 1999. En ese año la OTAN bombardeó la ex Yugoslavia y obligó a Belgrado a abandonar ese territorio, habitado en un 90 por ciento por personas de etnia albanesa. Tras la victoria de la OTAN, la guerrilla albanesa realizó acciones de limpieza étnica contra la minoría serbia, en venganza por ataques similares sufridos durante el gobierno de Slobodan Milosevic.
Ahora estadounidenses y rusos se acusan mutuamente de que sus posturas en torno a Kosovo pueden volver a desestabilizar los Balcanes (ver recuadro Tesis&Antítesis).
Mientras esto ocurre en las esferas diplomáticas, la situación en el terreno muestra señales preocupantes, como fue el reciente ataque con lanzagranadas contra un monasterio medieval ubicado en Kosovo. Las poblaciones circundantes y otros enclaves de la minoría serbia siguen siendo, en la práctica, ghettos aislados en los que sólo la presencia de las fuerzas militares de la OTAN impiden los ataques de algunos sectores albanokosovares que postulan retomar la limpieza étnica como camino hacia la independencia. Hacia esas aldeas fue que se dirigió Handke la semana pasada

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 13 de abril de 2007)

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16 febrero 2007

Kosovo: la resbalosa entraña de la nieve

Enero es un mes difícil en Kosovo. La nieve suele cubrir en capas espesas las grandes explanadas que dejó el urbanismo socialista y en partes enteras de la ciudad no permite distinguir vereda de calle, confundiéndolo todo en un artificial prado blanco. Este final de enero no fue la excepción. El espeso manto de la especulación se adueñó de las sobremesas en los puestos de comida tradicional travestidos en imitación de hamburgueserías. El tema era uno solo: el primer viernes de febrero traerá consigo la comunicación oficial del nuevo estatus que Naciones Unidas propone para Kosovo.

Los puntos principales se fueron conociendo de a poco y con casi una semana de anticipación, como para testear su efecto. La Alianza Atlántica (OTAN) reforzó su presencia ante la llegada del enviado de la ONU que se espera para el 2 de febrero. Saben que debajo de la mentida placidez de la nieve se oculta una resbalosa costra de hielo. Cualquiera puede resbalar y caer de nuevo –aunque sea por un momento- en el viejo infierno. Ya ocurrió en 2004 cuando se debatía también el estatus de la provincia y desde debajo del manto emergió la violencia contenida retomándose el suspendido pogromo. Unas horas fueron suficientes para que bandas albanokosovares mataran a 24 personas de la minoría serbia.

En aquel momento las fuerzas internacionales no actuaron. Ahora advirtieron que lo harán, ya sea contra la mayoría o contra la minoría. No se tolerarán desmanes, dijeron públicamente. Es que los signos de descontento pueden provenir de ambos lados. Tanto serbios como albanokosovares tienen motivos para sentirse despojados. Y para sentirse victoriosos. Así de equilibrada es la sugerencia que Naciones Unidas llevará al diálogo con ambas comunidades desde este viernes. Así de difícil es que sea aceptada por los radicales de ambas orillas.

Según el nuevo estatus, Kosovo, que actualmente es una provincia de Serbia pero sin que Belgrado ejerza ningún control sobre su adminisración, alcanzará una “casi independencia”. No se nombra esa palabra, que es la palabra soñada por los kosovares de origen albanés, que forman un 90 por ciento de la población. Pero en los hechos Kosovo podrá ingresar a organismos internacionales bajo su propio nombre y podrá tener una fuerza militar de hasta 2500 hombres con armamento ligero. No dejará de ser un protectorado, aunque pasará de ser administrada por Naciones Unidas a tener un gobernador nombrado por la Unión Europea. Sin decirlo, el paquete de medidas busca que la solución definitiva llegue una vez que se produzca el difícil pero factible ingreso de Serbia a la Europa comunitaria. Por eso se mira con atención no sólo hacia Kosovo sino también hacia Belgrado. Se espera que las fuerzas serbias europeistas, que juntas obtuvieron la mayor parte de las bancas en las elecciones legislativas del domingo 21 de enero, puedan formar gobierno y desplazar a los ultranacionalistas.

Para colaborar con el nuevo estatus de Kosovo, los serbios tienen el aliciente de que se establece, explícitamente, la protección internacional de los lugares sagrados serbios y la autonomía para cinco municipios habitados por kosovares de origen serbio. No es mucho para los serbios. Pero el hecho de que la independencia quede pendiendo en una “casi independencia”, les da la esperanza de que una vez que ingresen en la Unión Europea dejará de hablarse de esa posibilidad. Porque como es sabido, desde que en 1389 perdieron en ese sitio una batalla que consideran fundacional de su identidad, los serbios ven a Kosovo como el centro espiritual de su nación. Aunque el tiempo y la demografía hayan actuado en su contra, y ahora los monasterios medievales sean islas cristianas en un mar formado por un 90 % de albanokosovares que en un porcentaje importante son musulmanes. Perder eso sería perderlo todo. No en vano durante los cinco siglos de ocupación turca, las madres serbias despertaban a sus hijos, cada día, diciéndoles “Buen día, pequeño vengador de Kosovo”. Es sólo un mito, por supuesto. Pero los mitos son un arma en los Balcanes.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 2 de febrero de 2007)

La primera de las fotos fue tomada de www.friendsofbosnia.org en tanto que la segunda lo fue de /www.lopusina.com

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20 marzo 2006

Milosevic y la vieja herida de la identidad

Las mujeres vestidas de negro lloraban como si su muerte hubiera ocurrido esa misma noche. El cuerpo ennegrecido y arrugado del príncipe Lazar revelaba, a pesar de los esfuerzos de los embalsamadores, que se trataba de una muerte antigua. Seiscientos años no es tanto tiempo para los Balcanes, en cuya historia todavía se sigue hundiendo el mito de los héroes de las novelas de caballería, como Marko Kralievic, dueño de una fuerza descomunal y de un caballo capaz de recorrer enormes distancias tomando impulso, de tanto en tanto, con sus cascos herrados en plata

Por eso la repatriación de los restos de Lazar, organizada por Slobodan Milosevic para conmemorar los seis siglos de la Batalla de Kosovo, pareció más un hecho de la agenda política que una efemérides para historiadores. Durante semanas el ataúd del príncipe hizo una peregrinación, ciudad tras ciudad, para recibir el homenaje postergado. En cada estación las autoridades locales reafirmaban la intencionalidad política del recorrido: Lazar, que al luchar contra los turcos en la batalla de 1389 eligió una muerte honorable y sagrada antes que la efímera victoria terrenal, estaba ahí para decirles que Kosovo era la patria espiritual de los serbios. Que las cosas hubieran cambiado en seis siglos y que ahora el 90 por ciento de los kosovares fueran de origen albanés (musulmanes como aquellos turcos), era un detalle demográfico menor, menos trascendente que el testimonio de los monasterios ortodoxos que salpicaban la geografía de la provincia con su arquitectura bizantina.

“Libre y piadoso”

En esa vieja herida de la identidad fue que Milosevic plantó su bandera del oportunismo nacionalista y se encaramó en el poder. Eran tiempos en que un oscuro dirigente del aparato comunista debía aferrarse a cualquier cosa si no quería terminar abruptamente su carrera política. Sus bravuconadas historicistas se volvieron algo mucho más serio cuando varias repúblicas de la entonces Yugoslavia proclamaron su independencia. La irresponsabilidad de Alemania y Austria, que se apresuraron a reconocer a Croacia y Eslovenia sin asegurar garantías para las poblaciones serbias que allí vivían, desató la primera de las modernas guerras balcánicas. El oportunismo de Milosevic y de los líderes croata y bosniomusulmán hicieron el resto, desangrando al país y desmembrándolo en cuatro años. La historia más reciente es conocida. Llevado al Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, a efectos de ser juzgado por crímenes contra la humanidad y genocidio, su defensa de sí mismo tuvo el efecto de relanzar su arraigo popular. La muerte ocurrida el 11 de marzo en una celda de La Haya, imputable a una genérica negligencia médica, le da la oportunidad a sus seguidores de colocarlo en el santoral de la ortodoxia serbia. Ya comenzaron a aparecer las imágenes en las que un Slobo desafiante presta su rostro a uno de los santos guerreros que adornan las paredes de las iglesias. Como ocurrió antes con Lazar, ahora es el cuerpo de Milosevic el que regresa en busca de homenaje. A cambio lleva consigo, en la rigidez de la muerte, el rejuvenecido mito del martirio serbio. Fue Lazar un mártir (el profeta Elías le anunció su suerte antes de la batalla portando una carta de la Virgen María, y la decisión de Lazar de concurrir a la muerte profetizada fue la que ató el destino de Serbia a la estética cristiana del cordero que se sacrifica por los otros), y ahora es Slobo, cuyo nombre significa “libre y piadoso”, quien cumple con su destino.

Lugares comunes

Este razonamiento no es sólo de los nacionalistas. Hay un pathos serbio que es parte de su identidad nacional, que hace que incluso los opositores a Milosevic miren al Tribunal de La Haya con desconfianza. Para la prensa internacional fue “el carnicero de los Balcanes”. Para los serbios que se opusieron a su régimen, Milosevic fue una desgracia, pero no fue necesariamente un criminal de guerra. Los otros pueblos balcánicos, que sufrieron las guerras de los noventa, hubieran preferido verlo condenado por sus crímenes. Culpable de los cargos de los que se lo acusaban, Milosevic fue uno de los personajes que causaron más muerte y dolor en la ex Yugoslavia. Pero no fue el único, dicen los serbios de cualquier tendencia política. En cierta forma, el rechazo a la simplificación con la que la prensa internacional los vuelve a bombardear desde el 11 de marzo (reciclando los viejos lugares comunes que mostraban a Serbia como único agresor en las guerras de los noventa), contribuye a dar cierto barniz de consenso a la incómoda figura del obediente cuadro de la nomenclatura titista. Cuando esta nota esté impresa, Milosevic estará siendo velado en Belgrado, frente al Parlamento, y luego de dos días se le llevará a su pueblo natal, Pozarevac, donde será enterrado el sábado. El cronograma está pensado para darle a los homenajes el tono simbólico de una pasión cristiana. Sin embargo podemos asegurar, según fuentes confiables, que al tercer día no resucitará.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en La Diaria el 20 de marzo de 2006)

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26 febrero 2006

Nagorno Karabaj y Kosovo

En cierta forma puede calificárselo como el primer conflicto étnico de la era pos Guerra Fría, ya que surgió en pleno auge de la perestroika. Víctima de la zigzagueante política soviética de “nacionalidades”, el enclave de Nagorno Karabaj fue empujado al abismo a fuerza de decisiones administrativas. Habitado por armenios de religión cristiana, fue puesto bajo jurisdicción de Azerbaiyán, cuya población es mayoritariamente musulmana. Tres años antes de la caída de la Unión Soviética comenzaron los primeros problemas que luego derivaron en actos de “limpieza étnica”, incluyendo una recordada masacre cometida por azeríes en contra de mujeres armenias en la sala de maternidad de un hospital.

Esos antecedentes, y los largos años de una guerra civil que sólo se detuvo en 1994, iniciaron un complejo proceso de negociaciones que siempre se ha mantenido en un tercer plano informativo. Esta semana, una nueva ronda de conversaciones fue dada por terminada sin que se llegara a ningún acuerdo entre las partes. Tanto armenios como azeríes afirman que Nagorno Karabaj les pertenece. Por el momento Armenia controla el enclave y varias zonas cercanas, por lo que se vive en un estado de paz armada.

En la situación opuesta está el conflicto de Kosovo. El lunes 20 las delegaciones serbia y albanokosovar se sentarán ante una mesa de negociaciones que se instalará en Viena para tratar el futuro de esa provincia balcánica. Aunque también en este caso las partes comienzan con posiciones muy claras y en apariencia antagónicas, hay un mejor horizonte para la flexibilidad. Los kosovares de raíz albanesa parecen estar proclives a negociar una fórmula de autonomía, si es que abarca todos los aspectos de la administración de la provincia, y siempre y cuando no implique renunciar a la posibilidad de la independencia. Para los serbios, mientras tanto, la independencia de Kosovo resulta una hipótesis “impensable”, según lo afirmó el primer ministro Vojislav Kostunica. Desde Albania, el canciller Besnik Mustafaj aclaró –para despejar eventuales expectativas– que su país no tiene ningún interés en que se produzca una unión con Kosovo.

Puestas todas las cartas sobre la mesa, la solución de otorgar a la provincia una autonomía importante pero manteniéndola dentro de Serbia presenta dos caras de una solución que es triple. La tercer arista es la expectativa del ingreso de Serbia a la Unión Europea, por lo que los albanokosovares podrían convertirse en ciudadanos comunitarios y tendrían la garantía de que Belgrado debería cumplir con los estándares europeos en materia de respeto a los derechos humanos. Ya en 1999, en plena crisis balcánica, el escritor bosnio Predrag Matvejevic había dicho que la mejor solución para los pueblos balcánicos era vivir bajo un “arbitraje internacional”. En su opinión, el rol que en su momento cumplieron los imperios otomano y austríaco, que además de ser fuerzas de ocupación actuaron como elementos de contención ante los nacionalismos locales, podría en un futuro cumplirlo Bruselas, en un marco que fuera respetuoso de las soberanías y al que se llegara de común acuerdo. Por el momento, el protectorado de Kosovo, habitado en más de un 90 por ciento por personas de origen albanés, sigue siendo en los papeles una provincia serbia, aunque está bajo administración de las Naciones Unidas.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en febrero de 2006)

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15 julio 2004

Monasterios del sur: el alma de serbia (I)


No es fácil llegar a los monasterios medievales serbios. Los más bellos, como el de Gracanica, se encuentran cercados en la provincia de Kosovo, hoy bajo administración de Naciones Unidas pero controlada en los hechos por la población de origen albanés. El más sureño de aquellos a los que se puede tener acceso es Sopocani, aunque probablemente recién sea en Studenica, en el centro de Serbia, donde pueda visitarse con cierta tranquilidad una de esas joyas del arte que iluminó los siglos previos al Renacimiento. Cerca de Belgrado, el complejo monacal de Manasija puede dar una idea aproximada de la belleza que encierran los monasterios que la guerra ha ido alejando de los visitantes.
En el siglo XII, en la actual Sandjak –hoy enclave musulmán dentro de la Serbia moderna, lo que no es la única paradoja de los Balcanes- se originó un reino serbio cristiano que doscientos años más tarde dominaba los actuales Sandjak, Kosovo y Macedonia. El creador fue un jefe tribal llamado Stefan Nemanja, padre de San Saba, una figura clave de la religión ortodoxa, ya que fue quien obtuvo en 1219 la autocefalía de la iglesia serbia. Luego el rey Milutin acercaría el esplendor del reino serbio al espejo en el que siempre se habían mirado estos príncipes eslavos: el Imperio Bizantino. Para probarlo, Milutin no sólo financió la construcción de iglesias en Serbia sino también en Constantinopla y en la propia Jerusalén. Y para que no tuviera necesidad de recurrir a las armas para seguir probándolo, el emperador bizantino le dio a su hija en matrimonio como prueba de alianza y amistad.
Pero quien llevó el reino serbio a su máximo esplendor fue el príncipe Dushan, que en 1345 fue coronado en Skopje, actual capital de Macedonia, como “Emperador de los Serbios, los Griegos y los Albaneses”. Su título y sus tierras conquistadas sirven de base territorial al mapa imaginario de la Gran Serbia que construyeron los nacionalistas serbios modernos. Significativamente el nombre Dushan deriva de la palabra dusha, que puede traducirse como alma. Dushan era, al igual que varios de los reyes medievales serbios, un príncipe sagrado, ya que se trataba de una nobleza que luego de su muerte tenía casi asegurada la canonización por el cristianismo ortodoxo y su pasaje a la iconografía de los monasterios en los que coexistían, en frescos y mosaicos, con Jesús, Juan el Bautista, los apóstoles y la Virgen María.

Gobernantes sagrados

Los muros interiores de los monasterios serbios ortodoxos, igual que los bizantinos, están literalmento cubiertos de estas imágenes que reafirman el carácter sagrado de sus gobernantes. En el monasterio de Studenica, del siglo XIV, se ve al rey Milutin, también rodeado por el halo sagrado, ofrendando a su dios una maqueta de una iglesia que él mandó a construir. O en el monasterio de Gracanica, donde un fresco de 1312 muestra a la mujer de Milutin, la reina Simonida, siendo coronada por un ángel. Es la expresión más palpable de la idea de la monarquía por derecho divino, que no sólo está en los códigos sino también, y sobre todo, en esos abigarrados códices que son los monasterios ortodoxos y sus frescos que responden a una calculada y precisa iconografía. Si son sagrados los gobernantes también es sagrada la lucha que se emprende para hacer triunfar a la cristiandad por sobre sus enemigos terrenales y espirituales, en general identificados con los musulmanes, pero que también llegó a abarcar a los católicos romanos o a los paganos de diversa índole. Los monasterios reflejan esa posición con las habituales figuras de 'guerreros sagrados'. Barbados caballeros en armadura, de rostro enjuto, portadores de lanzas o espadas y rodeados, también ellos, por el halo de la santidad. Son los representantes en la tierra de las fuerzas con las que, de acuerdo a la tradición bíblica, el dios de los cristianos enfrentará al Anticristo en la batalla final por el control del Universo.

==Primera parte de dos. Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en junio de 2004

* 1- El alma de serbia
* 2- Un rostro para un rey.

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15 junio 2004

Monasterios del Sur: Un rostro para un rey (II)

El aspecto del rostro del emperador Dushan el Poderoso se ha conservado en uno de los frescos más emblemáticos de la tradición serbio ortodoxa. Fue realizado en 1347 y está en el monasterio del Arcángel Miguel. En una pintura de tres metros de alto se puede observar una figura majestuosa del monarca mientras que en un segundo plano y pintada de menor tamaño aparece su esposa Jelena. Ambos están ataviados con un lujo que recuerda el fasto bizantino. .El fresco tiene la virtud de darle un rostro a la figura emblemática de la Gran Serbia. Los ojos con bolsas, la mirada frontal, una barba que no llega a taparle las mejillas sino que crece en el borde de la cara, un fino bigote y una melena rojiza que cae por detrás sin tapar las orejas, como si el soberano acabara de mojarse el pelo y acomodárselo para ese pasaje iconográfico a la posteridad. La vestimenta es de tonos rojos y naranjas sobre un fondo negro, y parece estar tapizada de piedras preciosas. Es, sin embargo, un soberano guerrero. La forma en la que sostiene su bastón imperial, la dureza de la mirada, la corona encasquetada que parece ser parte de la cabeza y no un elemento del atuendo, todo refleja que estamos ante un rey que está forjando su imperio en ese momento. Lo principal del retrato aparece por detrás: el halo sagrado que indica que se trata de un santo cristiano y no sólo de un gobernante terrenal. Ni más ni menos que la idea bizantina. Por eso no extraña que los impulsores de la Tercera Roma, en pleno siglo XIX, hayan recurrido a su figura y a la idea de la Gran Serbia como fórmula para hacer realidad el renacimiento de Bizancio.

Kosovo

El reino forjado por Dushan comenzó a desintegrarse cuando el príncipe Lazar perdió ante los turcos la Batalla de Kosovo. El enfrentamiento de junio de 1389 fue la consecuencia inevitable del afán turco por conquistar Europa. Habían iniciado su campaña en 1356, cuando dejaron Asia y comenzaron una serie de luchas que les permitieron obtener las dos principales ciudades griegas del norte: Tesalónica y Adrianópolis, la actual Edirne turca. Teniendo en cuenta que el poder balcánico más importante de la época era la corona serbia (en 1345 un príncipe serbio había sido coronado Emperador de Serbios Griegos y Albaneses) resultaba un desenlace natural que fueran estos monarcas los que unieran a los cristianos balcánicos para oponer un ejército poderoso al invasor musulmán. Pero el nacionalismo serbio hizo de esa derrota una de sus piedras fundacionales. Desarrollando esta idea, el periodista estadounidense Robert Kaplan anota que los serbios tienen “dos pilares de fuego que definen su actitud nacional y su difícil situación histórica”. El más arraigado de estos pilares serían los monasterios, “cajas de seguridad de arte y magia”, pero el más grande es la batalla de Kosovo. Kaplán estaba haciendo referencia a lo que Canetti llamó los símbolos de masas, esa unidad mayor con la que el individuo se siente en relación con los suyos y en la cual descansa la continuidad del sentimiento nacional. Por eso, explican los académicos eslavos Dragnich y Todorovich, “el problema de Kosovo es complicado y complejo para la mitad de la población de Yugoslavia, pero para los serbios no lo es. Para ellos Kosovo es tierra sagrada. Es la cuna de su condición nacional, donde ellos eran virtualmente los únicos ocupantes. Fue el centro del imperio serbio de la Edad Media, en su tiempo el imperio más fuerte de los Balcanes, y es también el lugar donde están localizados los principales monumentos históricos y religiosos de Serbia”.

==Segunda parte de dos. Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en junio de 2004

* 1- El alma de serbia
* 2- Un rostro para un rey.

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04 junio 2004

El tiempo de Miroslav

Para llegar al monasterio de Rezevici hay que pasar Kotor, dejar atrás la ciudad amurallada de Budva y el pueblo-hotel de San Stephan. El complejo es pequeño en comparación con otros, pero sus frescos del siglo XIV y el arco de mar que se despeña bajo su patio de montaña compensan la falta de monumentalidad arquitectónica. No están acostumbrados a recibir visitantes, pero uno de los monjes abre las puertas con amabilidad.
Su entusiasmo va creciendo a medida que relata las escenas bíblicas que se despliegan en las paredes de piedra. No le interesan mucho los frescos antiguos, sino que prefiere concentrarse en los más modernos. Son una reproducción casi exacta del plan de pinturas que decora el legendario monasterio de Studenica, en el corazón de Serbia. El guía se llama Miroslav, tiene apenas 28 años y hace tres meses que ingresó como novicio, dejando su carrera de Ingeniería para convertirse en monje. En su conversación el tiempo se mezcla con naturalidad. Pasa fácilmente de los relatos sobre la vida de un santo medieval a la destrucción de iglesias serbias en Kosovo ocurrida hace apenas unos meses. Mientras habla, invita con aguardiente destilada por los propios monjes y con unos dulces de Pascua. Esa hospitalidad es su único nexo con el presente. El eje de su tiempo, sin embargo, no es el pasado. Explica, sin que se le note la menor sombra de duda en la voz, que antes del fin de los tiempos la madre Rusia recuperará Constantinopla para la Cristiandad. Entonces Estambul volverá a tener su nombre de antes de la conquista otomana, y Santa Sofía volverá a ser una iglesia. Para reafirmar sus dichos sale del interior de la iglesia. Teatralmente, pero sin afectación, se toca el pecho y señala hacia el mar que se abre como un territorio interminable montaña abajo y dice: así, como el mar, es la fé.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en junio de 2004)

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26 marzo 2004

Espiral de violencia en Kosovo

"El hecho es que las minorías en Kosovo no han sido bien protegidas". El reconocimiento, que proviene del responsable de la política exterior europea, Javier Solana, puede leerse como el fracaso de la comunidad internacional en la provincia ex yugoslava.

Si hay un sitio donde resulta difícil saber quién tiró la primera piedra, ese lugar es Kosovo. En la escalada de esta semana, sin embargo, todo parece haber comenzado con el asesinato de un joven serbio de 18 años a manos de un francotirador albanés. Un grupo de serbios habrían luego tomado venganza matando a dos niños albanokosovares. Uno y otro bando silenciaron el hecho de sangre cometido por su propia gente, y se dedicaron a clamar venganza por la o las víctimas que pertenecían a su grupo étnico. En un lugar donde una de las partes tiene el 90 por ciento de la población, resulta fácil saber quién va a pasar a la ofensiva cuando la violencia se sale de control. En consecuencia fueron quemadas casas e iglesias serbias, y las monjas de un monasterio cristiano ortodoxo debieron ser evacuadas por helicóptero, obligando al éxodo de unos 3000 no albaneses. Mientras en las aldeas se trató de un pogromo contra la minoría serbia, en la ciudad dividida de Mitrovica, que comparten ambas comunidades, lo que se produjeron fueron enfrentamientos callejeros. Ahí se completó la treintena de muertos y los casi seiscientos heridos, tanto serbios como albanokosovares.

Si se revisan las noticias de los últimos cuatro años, en más de una oportunidad hubo episodios puntuales de asesinatos. En una ocasión, por ejemplo, también hubo niños entre las víctimas. Pero en aquellos casos “la primera víctima” era serbia, y esa minoría sólo podía protestar en las instancias formales del protectorado de Naciones Unidas. Ahora, de manera coordinada o por iniciativa propia, una parte de la prensa albanesa silenció la muerte del joven serbio y presentó a los niños albaneses como víctimas iniciales. Eso desencadenó la furia. El premio Nóbel Elías Canetti describe este tipo de fenómenos en su libro Masa y Poder: “Es el primer muerto el que contagia a todos con el sentimiento de la amenaza. La significación de este primer muerto para atizar las guerras es imponderable. Los detentadores del poder que quieren desatar una guerra saben muy bien que deben conseguir o inventar un primer muerto. No se trata tanto de su peso dentro de su grupo. Puede tratarse de alguien sin ninguna influencia especial, a veces hasta es un desconocido. Lo que importa es su muerte y no otra cosa; hay que creer que el enemigo carga la responsabilidad por ella. Se ocultan todas las razones que podrían haber llevado a matarlo menos una: ha perecido como miembro del grupo al que uno mismo pertenece”

==Primera parte de dos

* 2- El auxilio de la literatura

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 26 de marzo de 2004)

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15 agosto 2003

La mirada turca

Las crónicas turcas han conservado la memoria de la batalla de Kosovo vista desde el lado de los vencedores. Como corresponde a la tradición, el historiador otomano Neshri, cronista al servicio de Murad, comienza su detalle narrando el revés inicial de las fuerzas turcas: “Los arqueros de los fieles lanzaron sus flechas desde ambas orillas. Numerosos serbios se pusieron de pie como si fueran montañas de hierro. Cuando se hizo un pequeño claro en la lluvia de flechas, ellos comenzaron a moverse, y pareció como si las olas del Mar Muerto estuvieran rugiendo...De pronto los infieles arreciaron contra los arqueros del ala izquierda, los atacaron de frente y, habiéndolos dividido, los hicieron retroceder. Los infieles destruyeron también otro regimiento y se pararon detrás del ala izquierda...Así, los serbios empujaron completamente ese flanco, y las confusas novedades del desastre comenzaron a difundirse entre los turcos bajando su moral...Bayazet, con el ala derecha, se había movido tan poco como la montaña que tenía a su lado. Pero vio que era muy poco lo que faltaba para que el Sultán perdiera todo su ejército”.

Si recurrimos al libro de Kadaré (foto) Los tambores de la lluvia, que trata de las campañas de los turcos contra los albaneses en el siglo XV, es posible recrear la difícil tarea que tenían los cronistas imperiales. Acompañaban al ejército en las más duras condiciones, y debían afinar su imaginación para equilibrar la verdad histórica con la necesidad vital de agradar a sus señores. Escribe Kadaré: “Mevla Chelebi, el cronista, se detuvo a cincuenta pasos de la tienda del pachá...Mientras seguía con la mirada a los oficiales superiores, buscaba los epítetos con que habría de describirlos en su crónica, si todos demostraban valor y arrojo en el combate. Pero dichos calificativos eran extraños y débiles y, en su mayor parte, ya habían sido empleados por sus antecesores. Además, si descartaba los que tenía reservados al comandante en jefe, su número se veía aún más reducido, por lo que tenía que reflexionar mucho antes de emplear cualquiera de ellos en forma aislada. Tenía algo así como un puñado de alhajas que debía prodigar con mesura sobre aquellos combatientes sin nombre”.

Veintiseis años después de aquél libro escrito en 1972, Kadaré vuelve a introducirse en un campamento otomano en la víspera de una batalla decisiva. Esta vez no lo hace en la piel de un cronista sino en la del preceptor del hijo del Sultán. Su objetivo es mostrar uno de los aspectos de la batalla de Kosovo que las crónicas de la época no registraron: ese fue más que un choque entre dos ejércitos, fue un choque entre dos mundos que se desconocían, y que luego de ese combate empezarían una pulseada en la que no dejarían de atraerse y de repelerse. Fue un choque que le dio a la península su nombre actual, Balcanes, montaña en lengua turca. La primera vez que los pueblos diversos de la ex Yugoslavia tenían un nombre común, éste provenía del idioma del enemigo. A Kadaré no el pasa inadvertido ese hecho: “Antes incluso de poner pie en ella, los turcos bautizaban de tal suerte la península y a sus pobladeres, y ese nombre parecía amoldárseles lo mismo que las escamas nuevas al cuerpo de un viejo reptil (...) se dieron cuenta entonces de que, divididos como habían estado, nunca habían llegado a ponerle nombre a su península (...) Ahora ya era demasiado tarde para hacer algo y sería en esas condiciones, sin nombre colectivo alguno, incluso con la denominación que les había impuesto el enemigo común, como deberían marchar hacia la guerra y la derrota”.

==Octava parte de nueve (Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en agosto de 2003)

* 1- Poesía épica serbia: La saga de Kosovo
* 2- La batalla
* 3- El rol de la épica
* 4- El contexto histórico
* 5- La venganza
* 6- La mirada albanesa
* 7- La caída del reino de Serbia
* 9- Fuentes

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La caída del reino de Serbia

...y de Jerusalén, del lugar sagrado,
voló un gran pájaro gris, un halcón,
que en su pico llevaba una golondrina.
¡Pero espera! No es un halcón.
Es un santo. El sagrado San Elías:
y no lleva consigo una golondrina
sino una carta de la madre de Dios.
Lleva la carta ante el Zar en Kosovo
y la coloca en sus rodillas
que se estremecen.

Y es la propia carta la que le habla al Zar:
“Lazar! Lazar! Zar de noble familia,
¿Qué reino es aquél que más deseas?
¿Elegirás hoy una corona celestial?
¿O será terrenal aquella que elijas?
Si elijes la de este mundo,
entonces firmes sillas de montar
tendrán tus caballeros,
haz que desenvainen sus espadas
y que desciendan a la llanura atacando contra
los turcos: tu enemigo será destruido.
Pero si elijes el reino de los cielos
construye una iglesia
-no de piedra, sino de seda y terciopelo-
reúne a tus fuerzas y tomen el pan y el vino,
porque todos deberán perecer, perecer completamete,
y tú, Oh Zar, tú deberás perecer con ellos”.

Y cuando el Zar hubo escuchado estas sagradas
palabras
meditó, pensó en cada una de ellas:
“Oh, Dios adorado, ¿qué debo hacer? ¿y cómo?
¿Debo elegir lo terrenal? ¿Debo elegir
los cielos? Y si elijo el reino,
si elijo el reino de esta tierra ahora,
los reinos terrenales son cosas pasajeras,
y los reinos celestiales,
furiosos en la oscuridad,
duran
eternamente”

Y Lazar eligió el paraíso, no la tierra,
y levantó una iglesia a la medida de Kosovo
-no de piedra, sino de seda y terciopelo-
y convocó al Patriarca de Serbia,
convocó a los doce más altos obispos,
y reunió a sus fuerzas, las trajo consigo
para tomar el pan y el vino.
Y tan pronto como Lazar dio sus órdenes,
ellos cruzaron la planicie de Kosovo,
precipitándose sobre los turcos.


(Traducido por Roberto López Belloso, en base a la versión inglesa de John Mathías y Vladeta Vukovic)

==Septima parte de nueve

* 1- Poesía épica serbia: La saga de Kosovo
* 2- La batalla
* 3- El rol de la épica
* 4- El contexto histórico
* 5- La venganza
* 6- La mirada albanesa
* 8- La mirada turca
* 9- Fuentes

(publicado en Brecha en agosto de 2003)

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La mirada albanesa

Cuando Milosevic pone a los albaneses como blanco de su intento de vengar la vieja batalla de Kosovo, está manipulando los hechos en base a una verdad a medias. Es cierto que la mayoría de los albanokosovares son de religión musulmana, la cual les valió el favor de los turcos otomanos y los colocó en una posición privilegiada durante los quinientos años de dominio islámico sobre los Balcanes; no en vano veintiocho grandes visires fueron albaneses. Pero también es cierto que durante la batalla de 1389 los albaneses aún eran cristianos y combatieron bajo las órdenes del príncipe serbio. Esta ambigüedad fue recogida mejor por la literatura que por la historia. Suele ocurrir con las ambigüedades.

El escritor albanés Ismail Kadaré (foto) trata el tema en dos de sus libros: en la excelente novela de inspiración kafkiana, El Palacio de los sueños; y en la que tal vez sea una de las obras menores de su producción, Tres cantos fúnebres por Kosovo. Aunque esta última es la que está enteramente dedicada a esa batalla, fue escrita en el contexto de los enfrentamientos que siguieron a la desintegración de Yugoslavia en los años noventa, por lo que está demasiado influida por esos episodios y por el lamento acerca de la perennidad de los odios entre los pueblos balcánicos: “los serbios no cesaban de maldecir a los albaneses y los albaneses a los serbios”.

Por eso es más productivo buscar la lectura albanesa sobre Kosovo en El Palacio de los sueños, donde no es el tema central del libro y donde aparece apenas en el tercio final de la obra. Para empezar, Kadaré no lo llama Kosovo sino Kosova, que es como se dice en albanés, y para seguir no lo sitúa en Serbia del Sur, como está ubicado según la geografía moderna, sino en Albania del Norte, como correspondería al mapa idealizado de la Gran Albania por la que luchan los nacionalistas albaneses radicales. El Palacio de los sueños narra las peripecias de un joven integrante de una familia albanesa al servicio del sultán otomano, quien se enrola como funcionario en el Tabir Saray, una suerte de construcción kafkiana en la que se clasifican y se analizan los sueños de los súbditos del imperio. Los sueños con los que trabaja el Tabir Saray son la materia prima con la que se construyen los mitos balcánicos. “Nuestro Palacio de los Sueños, creado por deseo expreso y personal del Sultán soberano, tiene como misión clasificar y examinar no ya los sueños aislados de personas individuales, las cuales, por una u otra razón, constituían antes una esfera privilegiada y detentaban en la práctica el monopolio de las predicciones mediante la interpretación de los signos divinos, sino el Tabir Total, dicho de otro modo, el sueño de todos los súbditos sin excepción”.

En los archivos del Tabir Saray se guarda un cartapacio con los setecientos sueños soñados la noche antes de la batalla de Kosovo. Cuando el protagonista abre esa carpeta, “la llanura de Kosova, en Albania del Norte, donde él no había estado nunca, se desplegaba lentamente en su imaginación en forma de una visión onírica e inestable, tal como puede ser un decorado concebido por cientos de cerebros dormidos”. Esta es una de las mejores definiciones de lo que es la batalla de Kosovo para los nacionalismos balcánicos, algo tan irreal y a la vez concreto como un decorado producido por los sueños colectivos. “Y por si esto no fuera suficiente, aquellas visiones nebulosas y carentes de sentido iban acompañadas de su correspondiente interpretación, que las tornaba aún más etéreas”. Luego de relatar lo que ocurría antes y después de la batalla, Kadaré hace lo que debe hacer la literatura, pone el mito en duda: “¿cómo habría sido en realidad? ¿resultaría posible reconocer la verdad cuando sus raíces se hundían en el sueño?”.

==Sexta parte de nueve (Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en agosto de 2003)

* 1- Poesía épica serbia: La saga de Kosovo
* 2- La batalla
* 3- El rol de la épica
* 4- El contexto histórico
* 5- La venganza
* 7- La caída del reino de Serbia
* 8- La mirada turca
* 9- Fuentes

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La venganza

El 28 de junio de 1988, quinientos noventa y nueve años después de muerto el santificado príncipe serbio Lazar, comenzó el proceso recordatorio que culminaría en el Campo de los Mirlos un año más tarde. No se trataba sólo de un festejo, sino que se llevarían a su tierra nativa los restos de Lazar.

Al finalizar la batalla de 1389 había empezado el exilio del cuerpo del príncipe; para continuar con el paralelismo con la suerte de Cristo que gusta hacer la tradición épica serbia, podría decirse que el cadáver decapitado de Lazar había padecido una suerte de calvario que no había precedido al martirio sino que se había interpuesto en su camino al santo sepulcro. Al morir, los nobles serbios llevaron el cuerpo a la iglesia de Vaznesenje Hristovo, en Prishtina; luego lo trasladaron al monasterio de Ravanica donde la iglesia serbia proclamó a Lazar “santo y sagrado mártir”. Para evitar que su tumba se convirtiera en lugar de peregrinación y en foco de rebeldía contra el poder otomano, los turcos obligaron el traslado de los restos a lo que en aquél entonces era Hungría, al monasterio de Vrdnik en Fruska Gora. Durante la Segunda Guerra Mundial, y para evitar que cayeran en poder de los ustashi croatas, aliados de la Alemania nazi, los custodios de la tumba realizaron otro traslado, esta vez hacia el altar de la catedral ortodoxa de Belgrado.

Finalmente, se decidió que era tiempo que descansara en el monasterio de Ravanica, donde había sido santificado y cerca de su lugar natal, Cuprija. Ese traslado final debía hacerse con toda la pompa. Era todavía la Yugoslavia unida. El cortejo portador de las reliquias sagradas de Lazar recorrió, durante un año, todos los pueblos de Serbia. El periodista estadounidense Robert Kaplan fue testigo de esa procesión: “el paso del ataúd era recibido en cada lugar de parada por una multitud de plañideras desgarradas vestidas de negro”. Era la continuación de la pasión de Lazar crucificado en espera del día de la resurrección que, con fatalismo milenarista, se preparaba a la sombra del cálculo político. Una suerte de segundo advenimiento de aquél príncipe sobre el que los serbios habían colocado buena parte del peso de su svetosavlje, concepto que es uno de los pilares de la religión ortodoxa y que implica la combinación de “la aceptación del evangelio, de la ética de la justicia, y del carácter cristiano, junto a los ideales de libertad y amor”, explica la doctrina. Los nacionalistas croatas tenían una visión diferente del asunto. Dusan Bilandsic comentó el hecho indicando que “la propaganda serbia ha promovido una campaña de necrofilia inaudita”.

El escritor bosnio-croata Predrag Matvejevic también es crítico respecto a este montaje del nacionalismo serbio, pero no se lo toma a risa. “Kosovo tiene su realidad y su mito”, dice. Pero ese mito se ha transformado en “el arma de Milosevic”, porque “ha sido en Kosovo donde este dirigente de segunda fila de la Liga de los comunistas yugoslavos, ha hecho su primera hazaña en la Serbia postitista (...) Ha sabido poner su extraordinaria habilidad o astucia al servicio de un mito del que se sirve en su trabajo diabólico”. La hazaña comenzó en 1987 con una sonada visita de Milosevic a Kosovo, y terminó de delinearse en el acto del seiscientos aniversario de la batalla, en 1989, cuando proclamó abiertamente su nacionalismo serbio señalando el monumento conmemorativo de la derrota de 1389 y exclamando, mientras se dirigía hipotéticamente al príncipe Lazar:“nadie, ni ahora ni en el futuro, tiene el derecho de vencerte”. Es lo que algunos autores ven como la clausura de los caminos del entendimiento con eslovenos, croatas y bosnios al interior de la Federación. Es decir, el comienzo del fin de Yugoslavia.

==Quinta parte de nueve (Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en agosto de 2003)

* 1- Poesía épica serbia: La saga de Kosovo
* 2- La batalla
* 3- El rol de la épica
* 4- El contexto histórico
* 6- La mirada albanesa
* 7- La caída del reino de Serbia
* 8- La mirada turca
* 9- Fuentes

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El contexto histórico

La batalla de Kosovo fue la consecuencia inevitable del afán turco por conquistar Europa. Habían iniciado su campaña en 1356, cuando dejaron Asia y comenzaron una serie de luchas que les permitieron obtener las dos principales ciudades griegas del norte: Tesalónica y Adrianópolis, la actual Edirne turca. Teniendo en cuenta que el poder balcánico más importante de la época era la monarquía serbia (en 1345 un príncipe serbio había sido coronado Emperador de Serbios Griegos y Albaneses) resultaba un desenlace natural que fueran estos monarcas los que unieran a los cristianos balcánicos para oponer un ejército poderoso al invasor musulmán.

Pero la de 1389 no fue la única batalla medieval que se libró en Kosovo. Hubo otra, 59 años más tarde, que fue decisiva para el control de los restos del Imperio Bizantino. La segunda batalla de Kosovo duró del 17 al 20 de octubre de 1448, y en ella los cristianos, esta vez comandados por el regente húngaro Janos Hunyadi (foto), resultaron nuevamente vencidos por los otomanos, ahora al mando del sultán Murad II. Se dice que lo que definió el combate fue el cambio de bando de los valacos, habitantes de lo que hoy es Rumania, que abandonaron a los cristianos y reforzaron a los musulmanes. Este gesto les valió a los Príncipes de Valaquia una amplia autonomía en los cinco siglos siguientes durante los cuales fueron dominados por los turcos, pero hizo fracasar el último intento serio de los balcánicos por salvar los jirones de Bizancio.

Cinco años más tarde, caía Constantinopla y terminaba así un período clave de la historia de la humanidad que se había iniciado un mileño antes con la partición del Imperio Romano. Los ecos de la cristiandad bizantina, u ortodoxa, todavía resuenan, sin embargo, en las iglesias eslavas y griega, tal vez porque la religión fue uno de los refugios en el que esas nacionalidades se protegieron de los más de quinientos años de dominio otomano. Todavía flamea la bandera imperial bizantina en los monasterios ortodoxos, y todavía el martes está considerado un día de mala suerte porque fue un martes el día en que cayó Constantinopla.

La segunda batalla de Kosovo (1448), históricamente, fue tanto o más decisiva que la del Campo de los Mirlos (1389), ya que fue gracias a la segunda batalla que los turcos tuvieron el camino libre para conquistar Constantinopla (1453), y fue dos años después de esa caída de la capital de Bizancio que lograron completar la ocupación de Serbia. Si se miran las fechas anotadas entre paréntesis -es difícil hacerlo ya que desde el presente todas parecen entremezcladas en ese borroso magma del pasado remoto- se puede detectar que entre 1389 y la caída total de Serbia mediaron sesenta y seis años, lo que relativiza la trascendencia real de la Batalla de Kosovo y vuelve más evidente que su importancia es esencialmente simbólica.

==Cuarta parte de nueve (Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en agosto de 2003)

* 1- Poesía épica serbia: La saga de Kosovo
* 2- La batalla
* 3- El rol de la épica
* 5- La venganza
* 6- La mirada albanesa
* 7- La caída del reino de Serbia
* 8- La mirada turca
* 9- Fuentes

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El rol de la épica

La tradición también registra otras palabras, estas pronunciadas por el yerno de Lazar, Vuk Brankovic. Viendo la superioridad de las fuerzas del Sultán, le habría dicho: “podemos pelear, pero no podremos vencer”. A partir de ese momento comienza a tejerse el destino trágico del príncipe Lazar, que le llevaría a ser considerado santo por la iglesia cristiana ortodoxa. En esa reinterpretación de los hechos está el rol central de la serie de poesías épicas conocida como La Saga de Kosovo.

El paralelismo con el sacrificio de Jesús es intencionado y permanente. De acuerdo con la llamada Crónica del Monje Pahomije, la noche antes del combate Lazar tuvo su Ultima Cena. Le dijo a sus generales: “tres de ustedes están pensando en desertar de mis filas y pasar al bando de los turcos”. Miró a los sospechosos y les obsequió un copón de oro en prueba de amistad y les pidió que no lo traicionaran. Esa noche, Lazar fue a dormir convencido de que sería abandonado en lo peor del combate, y de que sólo podía confiar en su yerno, Brankovic, por lo que le encomendó las tropas de reserva para que fuera a cubrir el lugar que el supuesto traidor dejaría indefenso. En el momento decisivo la reserva debía entrar en combate. Pero no lo hizo. Vuk Brankovic mantuvo a sus doce mil hombres al margen de la batalla. Aunque Lazar se sintió perdido, en lugar de retroceder reunió en torno de sí a lo que quedaba de sus tropas y lideró un nuevo ataque, que también fracasó. Lazar fue tomado prisionero y la batalla estuvo perdida para los serbios. El noble que en un principio Lazar había pensado que lo traicionaría, en verdad se comportó con lealtad; se hizo conducir a la tienda del Sultán con la excusa de besar sus pies en señal de rendición, y lo apuñaló hasta matarlo. Y aquél en quien Lazar más confiaba, su yerno Brankovic, fue el que lo traicionó en el momento crucial de la batalla.

El destino trágico de Lazar continúa cuando, en cautiverio, es condenado a muerte por los otomanos en venganza por la muerte del Sultán. Uno de sus nobles, Krajimir de Toplica, pidió que le permitieran colocar su túnica debajo del lugar en el que sería decapitado el príncipe, para que su cabeza no cayera a la tierra. Antes de morir, cuenta la leyenda que Lazar pronunció sólo cinco palabras: “Dios mío, recibe mi alma”. Así Lazar tuvo su última cena, su traidor, sus leales, su pasión, sus últimas palabras, y su muerte. Su martirio, prefiere decir la tradición serbia.: “Las palabras de Cristo acerca del camino de sufrimiento que conduce al Reino de los Cielos, tiene su culminación en el martirio de Knez Lazar en Kosovo”.

El poema épico que reproducimos en recuadro aparte, responde a la interpretación que la tradición cristiana ortodoxa hace del “destino histórico de Serbia”. O para decirlo en palabras del Obispo ortodoxo Atanasije Jevtic, “la opción espiritual del pueblo serbio a favor del Paraíso aun por encima de la vida en la tierra se manifestó de la manera más completa y evidente en la opción trascendental hecha en la batalla de 1389. Esa opción implicó luchar a pesar de saberse derrotados de antemano por la más elemental lógica militar y fundó lo que el Obispo Jevtic ha llamado “la ética de Kosovo”. Esta visión está presente en la saga de poemas épicos sobre Kosovo, como en el poema llamado “La caída del Reino Serbio”, en el cual de acuerdo con la interpretación del citado religioso, “la derrota física de Kosovo fue transformada en una victoria espiritual, una filosofía cristiana del sacrificio trágico convertida en la base moral de la mentalidad de un pueblo”. Por eso el nacionalismo serbio da tanta importancia a esa derrota como elemento fundacional de su identidad.

==Tercera parte de nueve (Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en agosto de 2003)

* 1- Poesía épica serbia: La saga de Kosovo
* 2- La batalla
* 4- El contexto histórico
* 5- La venganza
* 6- La mirada albanesa
* 7- La caída del reino de Serbia
* 8- La mirada turca
* 9- Fuentes

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