11 octubre 2013

Võ Nguyên Giáp (1911-2013)


Dien Bien Phu, considerada en su momento la mayor batalla desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, marcó el derrumbe de la Indochina francesa y ejemplificó la ineficacia del mando colonial que se jugó la vida de sus hombres y las perdió casi todas. Un mando sintetizado en la figura del coronel Christian de la Croix de Castries, que bautizaba las colinas del campo de batalla con los nombres de sus amantes parisinas. Nombrar es poseer, pensaba. Así fue que entre el 13 de marzo y el 7 de mayo de 1954, Gabrielle, Anne Marie, Beatrice, Eliane, Dominique, Huguette y Claudine fueron cayendo una tras otra en manos del Viet Minh.

En el Museo de la Revolución, en Hanoi, está la foto en la que este heredero de una familia noble que desde el siglo xiv le dio a Francia varios marqueses y algunos usureros, quedó inmortalizado en el momento de su rendición. Caminando gallardo con un bastón, con una media sonrisa en la cara, como si en su liviandad no supiera que estaba rindiendo algo más que las colinas que supuso haber nombrado. La misma división 308 del Viet Minh que lideró el ataque final en Dien Bien Phu, sería la que entraría en Hanoi cinco meses más tarde.

La exhibición del museo no se ocupa de Castries más allá de esa fotografía, pero debería hacerlo. Ocuparse de Castries, narrar la incorpórea levedad de Castries, mostrarlo en su carácter de holograma irreal, sería poner un filtro de contraste para revelar la estatura de Võ Nguyên Giáp, el jefe militar vietnamita.

No sé si nunca, probablemente haya ocurrido otras veces, pero digamos al menos que pocas veces como en Dien Bien Phu dos hombres tan diferentes se enfrentaron en una batalla decisiva. El Museo de la Revolución, sin embargo, evita nombrar a Giáp como el nombre principal en esa victoria. Los que la hicieron posible, se les dice a los visitantes de ese edificio ubicado a unos pasos de la Ópera –herencia colonial francesa–, fueron los que cargaron las toneladas de artillería en frágiles bicicletas que allí son la Mona Lisa del museo. Frágiles y hercúleas bicicletas tuneadas con bambú que zigzagueaban en las colinas para que las líneas trazadas en los mapas por Giáp no fueran sólo líneas sino cañones colocados en el lugar correcto para disparar sobre las efímeras trincheras de Castries.

Mientras Giáp estuvo vivo, Vietnam no llamó a ninguna ciudad con su nombre. Sin embargo cuando se dice Dien Bien Phu es como si se estuviera diciendo “la victoria de Giáp”. Por eso cuando se pronuncia el nombre de Giáp se acota siempre, como un atributo de ese nombre, “el estratega de Dien Bien Phu”.

Tenía 22 años cuando ingresó al Partido Comunista de Indochina y 28 cuando conoció a Ho Chi Minh. Era el tiempo de la lucha contra el colonialismo francés. No se trataba de un minué, precisamente. Los franceses asesinaron a su esposa, a su hijo recién nacido, a su padre y a su hermana. Giáp tenía algunas razones más que la ideológica para lograr a sangre y fuego su primera victoria en la Navidad de 1944. Lo había perdido todo y sabía que el precio que pedía a sus hombres lo había pagado él primero. Una de las críticas que ha recibido de los estudiosos de la táctica militar es la de no cuidar lo suficiente la vida de sus soldados. Lanzarlos en cargas casi suicidas contra un enemigo superior. Ocurrió en alguna de sus derrotas más dolorosas e incluso ocurrió en los primeros días de Dien Bien Phu, donde finalmente alcanzó su más resonante victoria. Es que nada fue un minué, precisamente.

Al morir el viernes pasado, se lo recordó con aquella máxima que está en varios de los carteles que se exhiben como reliquias en las galerías de arte de Hanoi, cuyas reproducciones pueden comprarse por pocos dólares en casi cualquier sitio del país. Esa frase, atribuida a Ho Chi Minh y que dice, cortante e implacable: “Victoria significa victoria”. Sin componendas. Sin maquillar un fracaso con la lectura positiva de sus frutos futuros. Sin detenerse en el costo. En uno de los carteles está Ho Chi Minh con un teléfono y al otro lado de la línea tres soldados de Vietnam del Norte. Uno lleva un arma, otro una bandera, el tercero un equipo de radio en el que recibe esa orden que impide retroceder. En otro cartel está escrita la misma frase, sólo que en la imagen aparece Giáp con el puño izquierdo en primer plano. El puño que aplastó a los franceses en Dien Bien Phu. A los japoneses en 1945. A los marines en la larga y dura “Guerra Americana”. Y a los chinos en 1979 cuando intentaron invadir Vietnam como castigo por la operación militar con la que Giáp liberó a Camboya del reino de terror de Pol Pot. Veinte mil hombres perdió el gigante chino antes de retirarse vencido de la frontera en la que había sido detenido por las tropas de reserva de Vietnam. Victorias y derrotas que fueron modelando el pensamiento militar vietnamita que Giáp sintetizó en un axioma: “Un ataque y un avance más lentos, pero más seguros (...) atacar para vencer, no atacar sino cuando se tiene la certeza de la victoria”. Sin olvidar que victoria significa victoria.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 11 de octubre de 2013)

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21 enero 2011

Cuaderno de Vietnam III: Saigón, espejismos del pasado

por Roberto López Belloso

Su nombre oficial es Ciudad Ho Chi Minh. Se trata de Saigón, que fuera la ciudad principal de la Cochinchina francesa y años después la capital de Vietnam del Sur. Los restos de ese pasado, ecos de Graham Greene o Marguerite Duras, conviven con los signos de la prosperidad económica que –más aquí que en otras partes– parece haber traído el “doi moi”, esa curiosa convivencia entre la economía de mercado y el partido único.

La brisa trepa la cuesta que lleva del río Saigón al centro histórico de Ciudad Ho Chi Minh. Una anciana que vende cigarrillos y piastras de Indochina es apenas una anomalía, una isla de pasado en una calle donde lo que prima es el lujo como promesa. En la esquina, un enorme local de Louis Vuitton, la grifa de carteras francesas, compite con los diseños italianos de Gucci que está instalado enfrente. A modo de exorcismo ante tanto despliegue capitalista, también en esta calle, Dong Khoi, la antigua rue Catinat, se han colgado los estandartes de seda roja que penden verticales de las columnas de alumbrado. Están en pares: uno con la estrella amarilla al centro, el otro con una hoz y un martillo. Decoran toda la ciudad conviviendo con el encaje de luces navideñas que envuelve los troncos de los árboles.

El tráfico se torna caótico apenas se llega al edificio de la ópera. Es el sancto sanctorum de la ciudad francesa. Frente a la ópera, el legendario Hotel Continental donde Graham Greene sitúa parte de la acción de El americano impasible. Aunque en las últimas traducciones la novela se llama El americano tranquilo, el viejo título en español será, para siempre, el mejor título de esa historia de espionaje, intervenciones e intereses coloniales que transcurre durante el final del dominio francés.

El malhumorado personal de recepción parece cansado de los visitantes que entran a percibir algo del alma de Indochina en las áreas comunes sin desembolsar los cien dólares que cuesta cada noche. Una ganga al lado de los trescientos que se cobran en el Metropol de Hanoi, su equivalente en la capital del norte, donde supo dormir Jane Fonda cuando fue a dar su apoyo a las huestes de tío Ho, y años antes el propio Greene que ahora tiene un trago con su nombre en La Terrase, el café del Metropol. Pero aquí, en Saigón, es posible subir las escaleras del Continental en un descuido del portero uniformado de marinero y curiosear en los pasillos interminables. No es sólo el uniforme de los botones, todo exuda un aspecto de transa-tlántico. O de hospital de tísicos en los Alpes alemanes. Las mucamas pendulan entre las habitaciones y un centro de comando regenteado por una mujer entrada en años que despacha almohadas, ropa de cama y pequeños frascos de champú con eficiencia de oficial de logística. Delante de la puerta de uno de los cuartos hay dos hombres de particular montando guardia. Una escalera señorial induce a regresar a la planta baja antes que la curiosidad despierte al gato. Lleva directo a un restorán exóticamente dedicado a la cocina italiana cuyos mozos –más incomprensible todavía– trabajan disfrazados con bermudas y sombrero de exploradores.

Definitivamente el único sitio donde se encontrará algo del espíritu Greene es el bar. Con sillones de mimbre y una cerca de arbustos que lo separa del ajetreo de la calle, permite leer la prensa francesa del día y tomar algo a un precio más que razonable. No hay mozos-exploradores sino aburridas camareras vestidas de negro y blanco, como visten las camareras en los bares de hotel de cualquier parte.

NUEVOS COLONOS. “La primera vez que Pyle se encontró con Fuong fue también en el Continental, unos dos meses después de su llegada. Todavía no era de noche; las bujías ya estaban encendidas en los puestos de las callejuelas laterales, en ese fresco transitorio que cae cuando el sol acaba de ponerse. Los dados repiqueteaban sobre las mesas donde los franceses jugaban al ochenta y uno, y las muchachas con sus pantalones blancos de seda regresaban a casa en bicicleta por la rue Catinat”. El que habla es Fowler, el corresponsal inglés que aunque Greene no se enterase tuvo desde siempre el rostro de Michael Caine. Pyle es el americano impasible, de quien todo Saigón ya sabía “que desempeñaba uno de esos servicios tan inapropiadamente llamados secretos”. Fuong es la mujer que ambos disputan. Cuando Fowler conoció a Pyle, también en el bar del Continental, notó que el americano tenía “una cara inconfundiblemente joven y todavía sin usar, lanzada hacia nosotros como un dardo”. Así veía la vieja Europa a los nuevos colonizadores. Una bandada naif y peligrosa. Pero Fowler no puede convencer a Pyle de la insensatez de su cruzada anticomunista. Lo intenta más de una vez, incluso mientras están atrapados en una torreta de vigilancia en medio del campo, esperando el ataque de los hombres de Ho Chi Minh. Ya se ha dicho pero vale la pena repetirlo: si los estrategas de Washington hubieran leído ese libro, tal vez habrían evitado involucrarse dos décadas más tarde en una guerra que de antemano era un callejón sin salida.

Actualmente frente al Continental hay un café cuyas paredes están decoradas con fotos históricas. En esta esquina parece que lo único que ha cambiado es el ejército de motos y autos último modelo. Sustituyen a los rickshaw en los que porteadores de pies descalzos paseaban a europeos vestidos con trajes de lino color marfil. El marco edilicio, las tres plantas del hotel y las líneas curvas de la ópera, están prácticamente incambiadas. Pero en esta ciudad toda sensación de “tiempo detenido” es un espejismo. “La vieja viciosa del sur”, como se la llamaba en el norte en los años de la guerra americana, sigue teniendo el ritmo de una metrópolis. Vuitton y Gucci no son los únicos que aprovechan las nuevas reglas del doi moi, esa peculiar perestroika vietnamita. En una galería frente al hotel de Graham Greene se anuncia un tratamiento para blanquear la dentadura. “Revolución del brillo”, reza el eslogan en medio de un cartel con los retratos de una sonriente Marilyn Monroe y un pensativo Che Guevara. En diagonal, una tienda de ropa de diseño ostenta en su vidriera un chaleco bordado a mano con el rostro de Ho Chi Minh tal como se lo ve en los carteles de propaganda. Su precio: 5 mil dólares americanos.

NÔTRE DAME. El barrio francés no se reduce al Continental y la ópera. Si se camina en una dirección está la alcaldía, construida a imagen y semejanza de su similar parisina. Delante del edificio la estatua de Ho Chi Minh acompañado de una niña corporiza la metáfora del padre de la patria. En la otra dirección están el correo (aquí la estatua es de dos carteros proletarios con actitud de cosmonautas) y la iglesia de Nôtre Dame. Greene la llama “la horrible catedral rosada”. No es del todo justo. Ese injerto neogótico tiene su encanto, sobre todo por el acierto de haber usado ladrillo en lugar del gris de la piedra. El interior es bastante más insulso. Sólo llama la atención la capilla lateral con una imagen de la virgen. Sus paredes están tapizadas con pequeñas plaquetas de agradecimiento. Discretas líneas de un diálogo de tú a tú con lo trascendente. Bajo la palabra merci sólo una fecha. Bien sabe la virgen por qué es que se le agradece. A veces, como ayudamemoria para quien ha dispensado tantos favores, aparece un nombre, para que quede claro quién es el agradecido. Los exvotos más recientes están escritos en vietnamita.

Diciembre es temporada de bodas. Por todas partes y en todo lo largo del territorio se ven parejas tomándose fotos de recuerdo. Ellos en traje de tres piezas, las novias de riguroso blanco. En Hanoi pudo verse una de estas escenas junto a uno de los impecables autos de colección que usa el Metropol para recoger a sus huéspedes en el aeropuerto. Tras comprobar en el visor de la cámara que todo hubiera salido bien, los novios volvían caminando a la realidad. Pero esta es Saigón, la ciudad principal del próspero sur, así que no extraña que aquí la pareja no tenga que tomar prestado como fondo “de prestigio” un coche de otro, sino que llegue en su auto deportivo rojo. Las fotos se hacen con el marco de la catedral. Eso sí: el fotógrafo deberá cuidar el encuadre si no quiere que se entrometa, por detrás, la fachada de cristal del shopping center Diamond Plaza. Una catedral detrás de otra catedral, podría apuntarse con un recurso facilista. Pero es lo que parece cuando se está de paso y no se tiene más tiempo que el de una mirada.

TIEMPO DETENIDO. Para llegar desde Nôtre Dame a la siguiente atracción de la ciudad hay que caminar poco más de cinco cuadras. La avenida es ancha como varias de las arterias de Saigón. El anacronismo del topónimo es voluntario. Aquí más que en ninguna otra parte es apropiado ese viejo nombre con el que la mayoría de sus habitantes se siguen refiriendo a la actual Ciudad Ho Chi Minh. El Palacio de la Reunificación había sido desde siempre el edificio de gobierno. Primero lo fue del poder francés y luego, reconstruido con una arquitectura que en su momento fue de vanguardia, se convirtió en sede de la presidencia de Vietnam del Sur. Cuando las tropas del norte derribaron sus portones, en sus salas se firmó la reunificación del país. Ahora es un museo. Los vencedores lo mantuvieron exactamente igual que como lucía en los tiempos del país dividido. Recorrerlo es un verdadero viaje en el tiempo. Las salas del consejo de ministros, los despachos del vicepresidente y del presidente (con teléfonos rosados y un par de felinos disecados como decoración), la sala de juegos, todo tiene un auténtico aire “años sesenta”. Un funcionario trepado a una silla limpia los vidrios del salón ceremonial donde la primera dama brindaba sus recepciones. La mesa está tendida con sus varios juegos de cubiertos, su vajilla importada y sus copas.

También se puede visitar el cine donde se realizaban proyecciones privadas para el presidente y sus invitados, los dormitorios y comedores, o la terraza “de los cuatro puntos cardinales”. En el subsuelo está la central de comando desde la que se dirigían los movimientos de las tropas del sur. Largos pasillos pintados de gris, escritorios metálicos con aspecto de pertenecer a alguna vieja oficina pública, trasmisores, teletipos, mapas con chinchetas de colores que mostraban el avance del enemigo, un pequeño cuarto donde dormía el mandatario cuando la situación se volvía particularmente peligrosa.

Menos claustrofóbica es la zona de la cocina con sus enormes calderos y máquinas para fabricar pastas o batir helados. Su tamaño imperial hace pensar en las enormes cocinas de la nobleza en la Francia de Vatel. Junto a esas dependencias de servicio hay una pequeña muestra fotográfica. Puede verse, por ejemplo, a las autoridades del sur en el momento de la rendición, o a un oficial norvietnamita anunciando que a partir de ese 30 de abril de 1975 todo el país está bajo el control del norte comunista. En una vitrina se exhibe la bandera, el rifle de asalto y el casco del primer soldado que entró al recinto presidencial de los enemigos derrotados. Una foto muestra el momento en que el tanque irrumpe en los jardines. En otra, los tanquistas posan junto al blindado. Parecen campesinos adolescentes. Delgados, de baja estatura, con una sonrisa que no puede ocultar cierta turbación. Se diría que prefieren mil veces batirse con el enemigo. Los visitantes también pueden tener su propia foto junto al tanque, ya que en los jardines se exhibe el histórico carro de combate 390.

Luego de ver el lujo en el que vivían y trabajaban el presidente de Vietnam del Sur y su círculo de ministros, es imposible no compararlo con la sencillez de Ho Chi Minh. La distancia entre este palacio de enormes estancias y la sencilla cabaña de Hanoi desde la que el líder comunista dirigía la otra mitad del país es el mejor manifiesto sobre dos formas de entender el mundo. Esa distancia, el abstracto que esa distancia simboliza –y no los edificios concretos– es el verdadero museo, podría pensarse.

CRAZY BUFFALO. Pasa casi siempre. Cuando años después se intenta visitar los lugares que la literatura dotó de contenido, se los encuentra vacíos de aquella aura o, tal vez, el espíritu debe llevarlo consigo el visitante. Remeras con el rostro de Kafka en Praga, malhumorados camareros en un Café de Flore lleno de turistas que buscan “la experiencia parisina”, las mercantilizadas góndolas de Venecia. Todo está desfasado. El desfasaje del tiempo trae también un desfasaje geográfico. ¿Dónde queda, entonces, el alma de Indochina? Si se la trata de encontrar en Saigón (no vale buscarla en Camboya) será necesario traducirla. Analizar las equivalencias. Cuando se hace el intento, tal vez aquello que Fowler encontraba en el Continental esté a unas quince cuadras de distancia. Se lo conoce como Pham Ngu Lao. Se le podría llamar el “barrio de los mochileros” pero no se parece en nada a Khao San, su similar de Bangkok, que es el que ha generado el molde para estos guetos. Pham Ngu Lao es mucho menos comercial, menos estandarizado, más permisivo con el ejercicio de la nostalgia. Su integración con lo occidental se ha producido de manera más natural, podría decirse.

En la esquina donde se cruzan las dos calles principales del barrio se levanta Crazy Buffalo. En la planta baja, bar para todo el día. En los tres pisos superiores, discoteca. A toda hora engulle visitantes con su fachada color burdeos en la que hay, mitad pintado mitad esculpido, el rostro enorme de un búfalo coronado por un par de cuernos que le dan un aspecto diabólico más que demencial. En las arterias circundantes, motos, puestos callejeros de comida iluminados por precarias instalaciones eléctricas, minimercados abiertos las 24 horas, tiendas de artesanías que no parecen conservadas en formol, boutiques que se adaptan a la moda barata y algo exótica que reclaman los viajeros para ir mimetizándose con esa vestimenta uniformemente distinta que lucen luego de algunas semanas en el Sudeste. A media cuadra de la discoteca, en la vidriera de una casa de t-shirts están los rostros de Fidel Castro y el subcomandante Marcos. Adentro, las camisetas con motivos de Ho Chi Minh compiten con otras que ironizan sobre el caos urbano: filas interminables de motos o el enredo incomprensible de los cables del tendido eléctrico. Sin embargo no es el caos ni la “vida loca” lo que define al barrio. Todo tiene un ritmo tranquilo en su constante animación. Los bares con nombres como Miss Saigón tienen lugar para clientes solitarios que acumulan botellas vacías de cerveza sin emborracharse. Puede pensarse fácilmente en el personaje de Harvey Keitel en Tres estaciones. Es esa vida intensa que fluye vibrante pero no impostada, la que dota de autenticidad a Pham Ngu Lao. Como si ahora fuera ahí, y no en el bar del Continental, donde Fowler citaría a Pyle para arreglar ese incómodo asunto de que su rival por el cuerpo o el corazón de Fuong (cada uno pensaba que deseaba una cosa distinta) le haya salvado la vida unos días atrás.

LOS AMANTES. Pham Ngu Lao también rebosa de agencias de viajes con excursiones a los túneles Cu Chi, esa ciudad subterránea desde la que el Vietcong burlaba a la parafernalia militar de la superpotencia. Sin embargo en ninguna saben nada sobre la pequeña ciudad del delta del Mekong donde espera la casa rosada de la madre, el hermano pequeño, el hermano mayor y la muchacha: la empobrecida familia de colonos. Tampoco conocen el nombre de Marguerite Duras, la escritora francesa nacida en el sur de Vietnam cuando todavía era Cochinchina, y que escribió esa historia en tres novelas y una obra de teatro.

Jan Dodd y Mark Lewis cuentan que lo que resta de la casa en la que la escritora pasó su infancia son las ruinas de una casona colonial venida a menos, hoy reconvertida en escuela. Dicen que pese a su decadencia aun permanecen los postigos verdes y que “los arcos de ladrillos vidriados que coronan las ventanas todavía brillan insolentemente bajo el sol”.

Fue cuando dejaba Sadec rumbo a Saigón que encontró al joven heredero de un rico banquero chino. En el primer libro, Un dique contra el Pacífico, lo nombra como un pretendiente algo tonto, marioneta de la familia francesa de la chica de la que se ha enamorado y que le saca el dinero sin pudor. Después, cuando la madre muere, cuando ya no están los hermanos, ya no es necesario esconder la realidad tras la máscara de la castidad. Entonces, en El Amante no se pone ningún dique contra ninguna inmensidad, sino que la muchacha revela el modo en que se entrega al hombre en el caos de una Saigón que ya no es europea sino cada vez más asiática: “El ruido de la ciudad resulta tan próximo, tan cercano, que se oye su roce contra la madera de las persianas. Se oye como si atravesaran la habitación. Acaricio su cuerpo en ese ruido, en ese paso”. Medio siglo después, en 1990, al enterarse de la muerte de aquel hombre ahora lejano, Marguerite Duras vuelve a esa misma historia. El resultado es otra novela, El amante de la China del Norte. “En el primer libro ella había dicho que el ruido de la ciudad era tan cercano que se oía su roce contra las persianas como si la gente atravesara la habitación (…). Y una vez más lo digo aquí”.
En 2010 Cholón, el barrio donde estaba la pieza de soltero del rico heredero chino, seguía siendo lo opuesto a la Indochina de los europeos. La maraña de gente caminando por sus veredas, los comercios donde conviven las telas con los plásticos, los callejones llenos de polvo. La ausencia total de “pintoresquismo”. No tiene, por supuesto, ninguna semejanza con los barrios chinos de Occidente. Casi no hay lámparas rojas ni carteles con cuidada caligrafía. Tampoco los templos están fácilmente visibles. La única religión parece el comercio. Un barrio donde “el tropel” avanzaba en todas direcciones. A sus ojos de europea habituada a los campesinos de las concesiones agrarias, era un tropel extraño, “una multitud de China”. Al ver Cholón en pleno siglo xxi también hay tropel, pero lo más seguro es que esta multitud sea muy diferente de aquella que veía Marguerite. Cholón ya no es una ciudad separada sino que es un barrio más de esa urbe de 9 millones de habitantes en que se ha convertido la antigua Saigón. Ya no es Indochina, sino Vietnam.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 21-I-2011)

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23 diciembre 2010

Cuaderno de Vietnam II
Camarada Noel

por Roberto López Belloso

La zona central de Vietnam tiene una personalidad propia. No es el norte asiático ni el sur occidentalizado. Una Navidad en sus ciudades permite recorrer algunos de los sitios de la “guerra Americana” o ir más atrás en el tiempo y sumergirse en los restos de la dinastía nguyen y el reino Champa. Una historia de siglos entre esculturas de piedra arenisca, barcazas con mascarones de proa de hojalata, tanques y aviones capturados al enemigo, y rojísimos Papá Noeles sufriendo el monzón con sus barbas y barrigas artificiales.

La playa de China luce desierta. Solitarias esperan unas reposeras que nadie alquila. Recién ayer las lluvias del monzón dieron un respiro y aunque el sol y el calor hacen pensar en la palabra verano, el viento que castiga desde el mar obliga a buscar una equivalencia más adecuada que esa traducción literal al esquema de las cuatro estaciones. Pero a la playa de China no se viene solamente en busca de un bronceado. Forma parte de ese museo al aire libre que es Vietnam cuando se lo recorre pensando en la guerra de los años sesenta y setenta del siglo pasado. La guerra de Vietnam para los occidentales, la guerra Americana para los vietnamitas. Arenas casi blancas, delgadas palmeras, una montaña sagrada enfrente, otra montaña sagrada detrás, un barco carguero recorriendo la bahía que se abre entre ambas con el corte curvo y perfecto de una cuchara de heladería. El oleaje hace evocar las imágenes de Coppola con soldados surfeando en el entreacto de wagnerianas cargas de helicóptero. Es la playa de China, la que fuera lugar de recreo de los marines. Está relativamente cerca de la zona desmilitarizada que los separaba del norte comunista y, sobre todo, suficientemente lejos de las zonas de mayor actividad del vietcong.
A tiro de piedra de la playa de China se encuentra el puerto de Danang, que pasó de sus 20 mil habitantes de la década del cuarenta a tener un millón durante los años de la guerra. El motivo de la explosión demográfica fue la base de la Fuerza Aérea de Estados Unidos que hizo crecer una miríada de establecimientos “de apoyo”, incluyendo bares y burdeles que competían con los de Saigón. A fin de cuentas fue en una de las playas de Danang donde se produjo el publicitado desembarco de los “salvadores de la democracia” el 8 de marzo de 1965, marcando la entrada pública de Estados Unidos en la contienda. Ocurrió en la playa Roja, separada de la de China por la montaña del Mono. No es la única elevación que le cuida la espalda a esa franja de 30 kilómetros de arena. También están las montañas de mármol.

DEIDADES DE MÁRMOL El nombre de estas montañas no es metáfora. En las laderas, mientras una estrecha carretera acerca un poco a los visitantes hacia la cumbre, se suceden los negocios de talladores que repiten sus moldes desde hace años. La variedad de intereses de los vietnamitas que se pueden permitir adornar sus casas con estas tallas de mármol provoca verdaderos choques teológicos en los patios de los artesanos. Observar a Buda o los dioses hinduistas compartir la espera de clientes no es tan extraño como ver a una exuberante Afrodita casi rozando la figura de un Jesús de Nazareth en actitud de plegaria. Los osos, leones venecianos y águilas de alas desplegadas equilibran el exceso antropomórfico. Los talleres son el prólogo a una escalera de dimensiones bíblicas que lleva a los visitantes en peregrinación hacia una sucesión de templos. Unos pasos antes de llegar a la cima queda una última prueba de carácter: eludir a las vendedoras de bebidas que cobran una gaseosa caliente hasta diez veces su cotización a nivel del mar. Arriba, apenas se recupera el aliento, es posible visitar un puñado de pagodas y disfrutar la vista panorámica de la playa y el campo.
Algunas de las figuras sagradas contemplan el paisaje desde pequeños altares. Otras le dan la espalda a todo, como la diosa-madre que espera en su inmovilidad de mármol protegida por dos dragones pintados que se enroscan en las gruesas columnas de su pagoda. Estatuillas de flautistas, de niños que un occidental confundiría con ángeles pero que han de tener otro nombre, de animales domésticos, todas ellas de mármol, aparecen a cada paso sembradas entre las rocas. Algunas tienen una esvástica labrada en el pecho. Es chocante pero los asiáticos no se hacen cargo del uso que el siglo xx le dio a uno de sus símbolos más antiguos.

El principal atractivo de Danang, sin embargo, no son sus pagodas ni sus playas ni sus montañas, sino un museo arqueológico. Fundado en 1919 refleja la exquisitez de los “arqueólogos utópicos” que trabajaron en el lugar mientras fue colonia francesa y construyeron esta casona señorial especialmente para desplegar las esculturas en piedra arenisca de los cham.
Los cham crearon un reino independiente que dominó el sur de Vietnam durante más del mil cuatrocientos años. En conflicto primero con los chinos y luego con los ancestros de los actuales camboyanos (llegaron a conquistar la capital khmer de Angkor), el reino Champa fue absorbido por los vietnamitas del norte a inicios del siglo XVIII, es decir -en términos de lo que ha sido la larga historia de la región- apenas ayer. Eran hinduistas y a juzgar por lo que muestra el museo hábiles escultores. Las piezas están colocadas reproduciendo el lugar que tenían en los templos, la luz les llega desde ventanales que favorecen los contornos, plataformas artificiales permiten que algunas de las divinidades se vean con una perspectiva similar a la que tenían los sacerdotes. Además de detenerse en las figuras hindúes más habituales, como Vishnu, Shiva, Brahma, el toro Nandín o el ave con garras de león Garuda, hay que prestar atención a los detalles de los relieves secundarios. Es posible descubrir curiosidades como las amazonas que juegan algo parecido al polo o el guerrero que monta guardia parado sobre un demonio con forma de tortuga.

RESTOS DE GUERRA Las piezas cham reclaman tanto tiempo que casi no es posible llegar en hora al otro museo de la ciudad. El portón ya está cerrado. El portero no habla inglés pero es fácil entenderse cuando se proyecta el recorrido de las agujas del reloj para rogar por quince minutos en el patio exterior. No podrán verse las salas, pero ahí, en el patio, están los aviones, helicópteros y tanques. Mira hacia la garita donde uno de sus colegas lee un diario. Piensa en consultarlo pero deshecha la idea. Hace un gesto con la mano que puede ser apúrense o no hay problema, pero que en todo caso es un provisorio pase de ingreso. La primera pieza es un tanque M48. Al pie de sus orugas un cartel lo pone en contexto: “Usado por la primera brigada de caballería del ejército títere. Mientras huían de Hue fue capturado por las tropas de liberación el 24 de marzo de 1975”. Cinco días más tarde era liberada Danang. En ese momento la lucha más cruenta no fue entre los soldados del norte y del sur, sino al interior del “ejército títere” en busca de un lugar en los barcos o aviones que escapaban de la ciudad, cuenta el periodista australiano John Pilger. Esa desbandada dejó sin protección la enorme base aérea, lo que permitió que ese día 29 los norvietnamitas capturaran varios aviones. Fue el caso del A37 que ahora se exhibe en el patio del museo. El rótulo no puede evitar cierto tono de satisfacción cuando explica que ese bombardero, “tomado al enemigo el 29 de marzo de 1975” fue usado un mes más tarde en la batalla por el aeropuerto de Saigón durante la ofensiva final.
El helicóptero UH1B, el mismo modelo que se ve en todas las películas sobre la guerra de Vietnam, también tomado ese 1975, es el nexo con las otras piezas desplegadas en el patio. Fue usado contra los estadounidenses pero también contra los chinos. Ese segundo enemigo no se nombra en los carteles. Cuatro años después de terminada la guerra Americana, el Vietnam unificado debió enfrentar una invasión de su poderoso vecino del norte. Simplificadamente puede decirse que el detonante estuvo en la mala relación entre el Vietnam pro soviético y la Camboya pro china. Lo cierto es que también ese invasor fue rechazado. Ahora usando en el campo de batalla algunos de los pertrechos capturados a los estadounidenses, como este helicóptero. Por último, un par de camiones y camionetas blindadas refieren a la guerra que directamente enfrentó a vietnamitas y camboyanos en los ochenta y que terminó con el derrocamiento del régimen de Pol Pot, el líder del khmer rojo. Aunque son más recientes lucen más viejos que el A37 y el helicóptero. Tal vez sea por el efecto lifting del cine de acción.

FUERA DE LUGAR Al volver a la ciudad, las calles de Danang están tomadas por hombres barbados vestidos de rojos. No es una manifestación comunista. Las barbas son blancas y el rojo de los trajes oculta falsas barrigas de Navidad. Son decenas y parecen estar en todas las esquinas. Al verlos en vivo y en directo resultan una curiosidad pero cuando se los captura en una foto y luego se los mira días o meses más tarde, el efecto es llanamente surrealista. Están completamente fuera de sitio, vestidos de invierno en medio de multitudes que hacen sus compras navideñas en ropa de verano. Algunos agitan sus campanas de mano poseídos por un repentino furor y parecen querer golpear en los cascos a los motonetistas que pasan a su lado sin prestarles atención. Otros, en el mismo grupo, lucen completamente aburridos. Para asegurar la reproducción de los Santa Claus varios puestos callejeros venden sus trajes rojos en tallas infantiles, al igual que falsas barbas de algodón. No es sólo la fiebre del consumo. La decoración navideña de las calles, tiendas y restoranes es consistente con la impronta católica de buena parte de la población. Vietnam es el segundo país de Asia en número de católicos, después de Filipinas. Esta presencia se nota sobre todo en el sur, debido fundamentalmente a los intercambios de población que se produjeron cuando Francia fue expulsada del norte, pero también puede percibirse en la zona central donde se encuentran Danag, Hue y Hoi-An. No debe olvidarse que en cierta manera aquí la relación entre colonización militar y religiosa se dio al revés que en otras partes. Primero llegaron los misioneros franceses y recién después lo hicieron los comerciantes y el ejército.

LA CIUDADELA PÚRPURA En Hue, ubicada a pocos quilómetros de Danang y casi equidistante de Hanoi y Saigón, pueden verse algunos restos de la antigua sede de la dinastía Nguyen. Esa casa real llegó al poder gracias al apoyo de un cura francés que no sólo les aportó “consejo diplomático” sino también armas y barcos, lo que ayudó a la expansión del catolicismo en el territorio. Lo más importante que hoy queda en pie de la que fuera capital imperial es la puerta principal de la fortaleza amurallada. Da ingreso a unos pabellones venidos a menos que se conocen como la ciudadela púrpura, la ciudad prohibida de los emperadores. El mejor conservado es el Pabellón de la lectura, de piedra y madera, desde el cual se accede a un estanque bucólico que conoció mejores días. La mayor parte de la destrucción no se debe al paso del tiempo ni a la conquista francesa sino a los combates entre tropas del norte y soldados estadounidenses durante la Ofensiva del Tet de 1968. En esas operaciones se combatió dentro de la ciudadela y el sitio histórico fue tomado provisoriamente por el ejército norvietnamita. Se hicieron fotos de propaganda de jovencísimos soldados descansando entre las murallas. La contraofensiva estadounidenses que pocos días después mató a la mayoría de aquellos muchachos resignifica esas imágenes. Muestra lo provisoria que es una sonrisa adolescente en tiempos de guerra.
Si se quiere ver algo más sobre la dinastía nguyen, esa que hizo del centro de Vietnam algo que no es ni el norte asiático ni el sur occidentalizado, es necesario darle la espalda a la ciudadela y buscar la dirección que lleva al río. En el camino se pasa por otro museo sobre la guerra, pero luego haber visto el de Danang éste puede ser dejado atrás, exorcizado por una bandada de escolares que juegan trepándose a los tanques. La cercanía de una cancha de fútbol amateur donde rojos juegan contra azules con el fondo de una torreta nguyen, casi logra que la imagen de los niños jugando entre blindados y cañones parezca un elemento más de una inocente estampa dominical.

MAUSOLEOS IMPERIALES El río Perfume jugó un rol ceremonial en la vida de los emperadores Nguyen. A lo largo de sus aguas construyeron sus mausoleos, que todavía pueden visitarse en unas chatas de cansino bogar decoradas con unos mascarones de proa de hojalata en forma de dragón. La navegación pasa por templos budistas y pagodas (incluida la que exhibe el auto que usaba el primer monje que en 1963 se prendió fuego suicidándose como parte de las protestas budistas contra el régimen del sur) y luego atraviesa curiosas plataformas mineras en las que unas barcazas dotadas de suctores sacan piedras y arena del fondo del río hurgando en busca de minerales. Después de ese prólogo se llega al primero de los mausoleos. Son tres los que pueden visitarse combinando el barco con testa de dragón y algún ómnibus más terrenal. Todos tienen una disposición parecida. La puerta monumental da ingreso a un conjunto de guerreros y mandarines de piedra formados en el patio ceremonial junto a caballos también de piedra, en una lógica de “vida después de la muerte” similar a la del ejército de terracota de sus vecinos chinos. Después se pasa a un conjunto de jardines, lagos artificiales, un templo, un palacio, un monolito con la biografía oficial del gobernante y un montículo con la tumba propiamente dicha. Más allá de la belleza de las construcciones, lo peculiar es que el emperador no sólo elegía la ubicación y construía las instalaciones en vida, sino que durante su reinado usaba el futuro mausoleo como palacio de recreo. Pescaba, yacía con sus concubinas, veía teatro, departía con los cortesanos, descansaba en lo que luego sería su lugar de descanso final. Bastante siniestro a ojos occidentales.

HOI-AN La Navidad no se detiene. Es posible esperarla en Hue pero más allá de sus restos Nguyen, del colegio donde estudió Ho Chi Minh y las excursiones por el río Perfume, la ciudad no tiene esa alma de callejuelas que invitan a perderse y que caracteriza a la mayoría de las ciudades vietnamitas. Es necesario entonces hacer unos quilómetros en ómnibus para llegar a Hoi-An, protegida por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Apenas se llega se entiende la razón. Su barrio antiguo está detenido en los siglos XVI y XVII, cuando era un importante centro comercial globalizado, territorio de los regateos de holandeses, japoneses y chinos. Lo más interesante del conjunto son las casas particulares que no han cambiado con el paso de los siglos, a las que puede entrarse y ver al abuelo tendido en un camastro sin colchón situado en el living, curiosear escaleras arriba o meterse a la cocina y ver a las nietas armando hábilmente las rosas blancas, una pasta de harina de arroz rellena de carne que es uno de los manjares de la cocina imperial. También hay comercios tradicionales, una decena de museos, templos, salas de reunión que eran “el hogar lejos del hogar” para los comerciantes venidos de distintas provincias de China, y hasta un puente techado al que protegen –en cada extremo– las estatuas de un perro y un mono sagrados.
También aquí las figuras de Papá Noel decoran los comercios. Afortunadamente coexisten con formas más tradicionales de celebración. El 24 de diciembre, en una acertadísima medida sincrética, la municipalidad organiza para las doce de la noche una suelta de velas encendidas que flotan en las tranquilas aguas del río Hoi-An.
En cuanto al 25, nada mejor que disfrutar del hecho que todo está abierto como si fuera un día cualquiera. Hoi-An tiene varios boliches de aire europeo que atraen a las crecientes olas de turistas que llegan a la ciudad. Uno de los más concurridos en la Navidad de 2009 era “Antes y ahora”. Junto a su mesa de pool pueden verse retratos pop de Mao, Lenin, Stalin, Marilyn Monroe, y murales con Che Guevaras de colores que coexisten con un warholizado Robert de Niro en su protagónico de Taxi Driver. No es la única estrella de cine que tiene su historia con esta ciudad. Michael Caine filmó aquí varias escenas de El Americano, una película de Phillip Noyce basada en la célebre novela de Graham Greene. En la zona del mercado una tienda improvisada en un garaje vende versiones pirata de la película. Negociando un poco es posible conseguir que también alquilen un reproductor de DVD. ¿Qué mejor que verla esta noche en el hotel (que no será el que usó Caine pero tiene un gallo con el reloj biológico descompuesto que canta en mitad de la madrugada) y al otro día salir a intentar identificar las locaciones? Es sabido que varias de las escenas están en Saigón, pero para eso habrá que esperar a la víspera de año nuevo.

(Artículo y fotos de Roberto López Belloso, publicado en Brecha el 23-XII-2010)

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07 noviembre 2010

Hanoi-Leningrado-Montevideo

Un grupo de muchachos sentados al pie de una estatua parece haberse aburrido definitivamente de sus patinetas. Ya no ensayan esos movimientos de minutos atrás, cuando tomaban impulso, flexionaban las rodillas, abrían los brazos como alas aerodinámicas y parecía que iban a realizar alguna acrobacia de antología, pero se apagaban en un carreteo sin resolución. El pie desalentado buscaba la tierra firme para permitirles detenerse, pensativos, tomar el skate bajo el brazo y volver a su punto de reunión al pie del monumento. Un niño en su vehículo centáurico (cuerpo de triciclo y cabeza de pato de plástico) patrulla la zona que han dejado libre los torpes patinadores. Dos ancianos lo cuidan de lejos mientras juegan al backgamon. Ninguno levanta la mirada hacia el hombre de bronce que está detenido en medio de la plaza. El cuerpo algo inclinado, la pierna izquierda lista a dar el primero de los dos pasos hacia adelante. Con una de sus manos se toma la metálica solapa para que el viento no se lleve el saco hacia atrás. La barba de chivo apunta desafiante hacia la cuadra de enfrente donde una bandera roja con una estrella amarilla ondea sobre una torre de ladrillo. Si cruzara la calle podría tomar un expreso en el Highland Coffee, algo así como el equivalente vietnamita de la cadena Starbucks si no fuera porque en Hanoi el café tiene sabor a café y la pastelería guarda ese eco parisino que dejaron los franceses antes de que Giap y Ho les mandaran de regreso.

El perfil de Vladimir Ilich no tenía la barba de chivo en los días de la revolución. Esa que se llama de octubre pero que para nuestro calendario sucedió en noviembre. Se había afeitado para entrar clandestino a Rusia y sus fotos de entonces tienen algo de la que tendría años más tarde el Che en el pasaporte uruguayo con el que entró a Bolivia para burlar a la policía de Migraciones. Cuando se hace un alto en la lógica social del Montevideo de 2010 y se aprovecha esa cápsula del tiempo que es un ómnibus avanzando cansino por 18 de Julio, se puede intentar un acercamiento a aquella Rusia de 1917. Se haga lo que se haga el chofer igual no va a apurarse, así que bien puede abrirse el libro de John Reed (el único estadounidense enterrado en el Krem­lin) Diez días que estremecieron al mundo. Lo primero que asombra es lo vibrante de esa crónica periodística. Lo segundo es poder asistir al espectáculo de toda una sociedad que puso sus músculos en tensión y se lanzó a discutir y porfiar. Deja la sensación de que perfectamente pudo no haber ocurrido. O haber dado por resultado otra cosa.

El hombre de la plaza de Hanoi, que ahora toma un café en el Highlands Coffee, fue uno de ese puñado que se jugó a forzar la historia para que eso que estaba sucediendo tomara la forma que tomó, y se volviera el proceso político más influyente del siglo xx. Es un placer leer cómo cuenta John Reed que se paraban frente a las asambleas de obreros y soldados (“la mano sobre la baranda, la mirada serena”) y con qué palabras argumentaban y convencían (“cómo puedo decirles lo que tienen que decidir si ustedes mismos ya lo han decidido”), con qué astucia (“no sé lo que se ha decidido en la discusión –interpartidaria–, yo no he participado, pero por otra parte eso ya no tiene ningún valor”), con qué riesgo (“sabemos que ahora la reacción de Europa se organizará contra nosotros”). En la foto no estaba solamente Lenin, sino también Trotsky, que tiene un rol central en la crónica de Reed.

En México está la casa-museo del otro 50 por ciento de la conducción de octubre. Están sus cristales a lo John Lennon partidos por el golpe de la piqueta. “Vienen muchos rusos –cuenta la guía– pero casi no escuchan la explicación de los que les vamos mostrando en las habitaciones. Las recorren en silencio, después se sientan junto a la tumba y se ponen a tomar vodka en vasitos minúsculos.” Lenin y Trotsky también están en los murales que pintó Diego Rivera en el Palacio de Gobierno del DF (ver reporoducción). Sólo entendiendo la dinámica de la sociedad mexicana se puede comprender la permanencia de esas imágenes en un mundo que casi las ha borrado de la faz del ornato público. El ómnibus sigue por 18 de Julio. Pasa por una recreación de La metamorfosis de Kafka que ironiza sobre ciertas vueltas carnero de senadores oficialistas, torpes como aquellos patinetistas de Hanoi. En Zizkov, que es a Praga lo que La Teja a Montevideo, estaba la fábrica de un familiar de Kafka. Ahí trabajó a regañadientes el checo que escribía en alemán. Un Lenin literario que puso la literatura de cabeza “hundiendo al imperio burgués” del preciosismo estéril de las décadas anteriores. Zizkov, el mismo barrio en el que vivió Lenin cuando estuvo en Praga. Ahora hay un cine cerca de esa casa. Pasan El evangelio según San Mateo, de Pasolini. El 2 de noviembre se cumplieron 35 años desde que lo mataron en Ostia. Todavía no se descubrió quién estuvo detrás del crimen del poeta italiano. Una vez escribió sobre el hombre de la estatua de Hanoi: “Mientras Lenin vivía, el lenguaje de su acción todavía era en parte indescifrable, porque todavía era posible y, por lo tanto, modificable por eventuales acciones futuras”. El ómnibus de 18 todavía no llega a destino.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 5 de noviembre de 2010)

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04 diciembre 2009

Lunes a orillas del Mekong

Los resultados demoran medio día en llegar a Laos. Como si se acompasara con la distancia, el reloj obliga a preguntarse no sólo qué hora es en Montevideo, sino también qué día. Ya es bien entrado el lunes laosiano cuando se confirman la previsiones. En Montevideo apenas ha comenzado la noche del domingo, esa que libera la energía contenida, la de los festejos que se habían postergado desde el estupor del mes anterior. No sólo es el reloj. Todo el entorno es tan diferente que lo que separa de Uruguay parece ser, en efecto, tiempo más que espacio.



Es imposible no preguntarse entonces cuál es la medida que separa, o conecta, este triunfo electoral del Frente Amplio, el segundo a escala nacional, de los comienzos de la unidad de la izquierda. Acá, en Laos, todavía son los setenta en cierta manera. Están incluso las bombas de la guerra americana (así se le dice en el sudeste asiático a la que los occidentales llamamos la guerra de Vietnam), que aunque no caen desde los aviones siguen latentes en el campo y todavía cobran su cuota de muerte año tras año, cuando estallan activadas por los campesinos que creían arar tierra segura. Bombas cuyas carcazas sirven, en entornos más urbanos, como macabra decoración de bares de moda. Esa sí es una diferencia, los bares, restoranes y agencias de turismo especializadas en viajes por el Mekong, que ya no son en la patrullera demencial de Coppolla sino en kayak, y que ya no se emprenden para encontrar al coronel Kurtz sino para montar en elefante y visitar alguna de las aldeas que producen lao-lao, el aguardiente local. Pero más allá de esa intrusión de lo turístico, entre lo que sobrevive de los setenta están también las banderas rojas con su hoz y su martillo, que ondean en cada comercio con la misma omnipresencia que en los países vecinos se exhiben los retratos de la realeza. Hasta en las t-shirt del mercado local de Luang Prabang, esta ciudad del norte situada a doce horas en ómnibus de la capital, ese par de herramientas es uno de los diseños que más se repiten, símbolo de la unión de campesinos y proletarios de los tiempos de los soviet, que no sólo se presentan sobre el obligatorio fondo rojo sino que vienen en colores más trendy, como el turquesa o el lila.

Esa dialéctica de los símbolos laosianos, país que sigue teniendo en su nombre el prefijo de República Popular y Democrática, será muy dialéctica pero no es, sin embargo, completamente materialista. Si quien compra la t-shirt es el primer cliente del día, la vendedora hará a sus espaldas una rápida ceremonia, tocando con el billete de 20 mil kips (algo menos de tres dólares) cada una de las camisetas que quedan en el puesto, para que los espíritus la ayuden a tener buena venta en el resto del día. Es extendidísima la creencia en los espíritus, tanto que aquí se cree que cada persona tiene 32 almas y no una sola. Estas hoces y martillos que me obligan a fotografiarlas compulsivamente con el fondo de una u otra casona colonial francesa más o menos restaurada, más el eco de la cita citable del vicepresidente electo que decía que los actuales dirigentes del Frente Amplio no son otra cosa que enanos en hombros de gigantes, llevan a pensar en otras viejas díadas, esas sí sobre fondos uniformemente rojos, nada de fucsias ni verdes manzana, de la charla de Arismendi a la salida de la dictadura en un garaje de la calle La Paz improvisado como anfiteatro. Era cierto entonces aquello de la acumulación de fuerzas, aquello de la unidad de la izquierda como camino para construir el socialismo a través de la tradición electoral del pueblo uruguayo.


El miércoles Laos celebra su día nacional, es el aniversario “del momento en que el proletariado se liberó de la monarquía”. No parece ser un mal lugar para recibir la noticia de que más de la mitad de los uruguayos se decidieron por cinco años más de gobierno frenteamplista. Los 32 espíritus de Laos alejaron el mal presagio de la India, donde me había recibido la mala nueva de que en Bengala Occidental, el lugar del mundo donde la izquierda gobierna por vía electoral desde hace más tiempo (desde 1948 para ser exactos), la alianza de comunistas y socialista había perdido las elecciones parlamentarias y la derecha había formado un gobierno provisorio hasta 2011. El río Mekong discurre marrón y ancho en la mañana. Ya es lunes en Laos. Una fila de monjes budistas en túnicas azafrán pasa frente a los comercios de la calle principal. De casi todas las casas, las mismas de las banderas rojas, ha salido alguien a poner una cucharada de arroz en la cesta de los monjes. Ni unos ni otros se dicen una palabra ni cruzan la mirada en ese rito cotidiano. Al otro lado del mundo comienzan a apagarse los festejos. La paz de la mañana tiene casi una textura de seda, y es la misma sensación tranquilizadora de que ahora se sabe, finalmente, que no serán tan distintos el último día de febrero y el primer día de marzo.



Artículo de Roberto López Belloso, desde Luang Prabang (Laos). Publicado en Brecha el 4 de diciembre de 2009.

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12 enero 2007

No todos los dictadores mueren igual (X)

Pol Pot

El mismo año en que caían Amín Dada y Macías Nguema, era derrocado en Camboya el líder Khmer Rojo. La retórica soviética le llamaba “Pol Pot el genocida”. No le faltaba razón. Aunque perdió el poder en 1979 a causa de una acción militar del ejército vietnamita, Pol Pot siguió dirigiendo las milicias khmer desde la selva. Su régimen no sólo causo más de tres millones de muertes, sino que castigó todos los aspectos de la vida cotidiana camboyana. Atacó desde la actividad intelectual hasta las relaciones interpersonales, ya que la amistad y la familia eran signos de “decadencia”.

Pero la figura política de Pol Pot no se extingue en 1979. Hasta la mitad de los años noventa los khmer rojos continúan con su guerra de guerrillas. En 1996, sin embargo, se agudizan las luchas internas en el seno de ese movimiento. Hay un cruce de acusaciones entre Pol Pot y el número dos de los khmer rojos, Song Sen, que culmina con la ejecución de Song Sen y su familia. Parece haber sido una decisión equivocada.

En 1997 Pol Pot es detenido y juzgado por sus propios camaradas (foto). Lo encuentran culpable y lo condenan a cadena perpetua, sentencia que se cumplirá en el campamento guerrillero. Pero el campamento ya no es un lugar seguro y pronto será abandonado. Antes de esa debacle, Pol Pot muere. Oficialmente ocurrió de muerte natural, aunque hay versiones de que se trató de un atentado.

==Decima parte de once

* 1- No todos los dictadores mueren igual
* 2- Trujillo
* 3- Los Somoza
* 4- Stroessner y Batista
* 5- Ante Pavelic
* 6- Salazar
* 7- Los coroneles
* 8- Idi Amin
* 9- Macías Nguema
* 11- Fines de otoño

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de enero de 2007)

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10 septiembre 2005

Tres faltas que llevan al infierno

La falta de seguridad, la falta de capacidad y la falta de legitimidad, son los tres pecados que llevan al infierno a varios Estados frágiles en los que la guerra, a veces prolongada por décadas, reduce sensiblemente las posibilidades de salir de la pobreza. Uno de los capítulos del Informe de Desarrollo Humano 2005, presentado el miércoles en Nueva York, analiza el costo social de los conflictos armados.

No es una carrera contra nadie más que contra sí mismo, por lo que muchos gobiernos y sectores opositores hacen jugar en las arenas políticas nacionales el ascenso o descenso de un país en el índice de desarrollo humano que, cada año desde 1990, encarga el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) a un equipo independiente de expertos. Más allá de las situaciones previsibles, como el primer lugar en manos de un país nórdico, Noruega, y el último en manos de un país africano, Níger, el Informe de Desarrollo Humano es un instrumento de análisis y sistematización que ayuda a contextualizar las regularidades de la agenda informativa.

Aunque el Informe también se detiene en los progresos, como el caso de Vietnam, que en una década redujo la pobreza a la mitad y bajó en diez puntos la tasa de mortalidad infantil, las cifras negativas son las que golpean con más fuerza. Uno de los datos más impactantes que contiene el reporte de este año es la que indica que cada tres segundos muere un niño a consecuencia de la pobreza. “No existe indicador más poderoso —o preocupante— de la privación de capacidades que la mortalidad infantil y, sin embargo, cada año mueren más de 10 millones de niños antes de cumplir cinco años”, se lee en el primer capítulo.

Como es fácil suponer, esa masacre silenciosa no es ajena a las desigualdades entre zonas del mundo. El África Subsahariana no sólo es la porción del mapa en la que se registran mayores índices de mortalidad infantil, sino que es el lugar en el que ese indicador aumenta con mayor rapidez. Allí nacen el 20 por ciento de los habitantes del planeta, pero allí mueren el 44 por ciento de los niños víctimas de la mortalidad infantil. Una realidad que se produce a pesar de que el estado de desarrollo científico permite decir al PNUD que “hoy en día es posible prevenir prácticamente todas las muertes en la infancia”.

==Primera parte de cuatro

* 2- El peor conflicto
* 3- Números
* 4- ¿Por qué ahí?

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en setiembre de 2005)

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10 mayo 2005

Los derechos humanos siguen siendo una utopía

Los derechos humanos siguieron siendo víctimas de la “guerra contra el terror”, afirma el informe 2005 de Amnistía Internacional (AI) presentado el pasado miércoles. El reporte revela una doble tendencia: por un lado los gobiernos aplican políticas de seguridad y control que llegan “redefinir la tortura para hacerla admisible” (maquillándola con un discurso de lucha por la libertad y la justicia), y por otra parte los llamados grupos terroristas utilizan un "grado inaudito de brutalidad".

En América, según el Informe 2005 de Amnistía Internacional (AI), "el respeto de los derechos humanos siguió siendo una utopía para muchas personas". Basan su afirmación en la persistencia de "la tortura, los homicidios ilegítimos a manos de la policía y las detenciones arbitrarias", agravados por la acción de bandas de narcotraficantes y delincuentes organizados. A la vez, "la 'guerra contra el terror' dirigida por Estados Unidos continuó socavando los derechos humanos en nombre de la seguridad, a pesar de la creciente indignación internacional producida por la evidencia de los crímenes de guerra –como por ejemplo torturas– perpetrados por Estados Unidos contra detenidos". El director de la Sección Española de Amnistía Internacional, Esteban Beltrán, dijo en declaraciones tomadas por EuropaPress que el gobierno de Estados Unidos intenta, mediante "un lenguaje casi administrativo", suavizar la prohibición absoluta de la tortura".

Sobre África el reporte de Amnesty indica que “los homicidios, los secuestros y las violaciones por parte de las fuerzas gubernamentales y los grupos armados de oposición siguieron teniendo un carácter generalizado en los conflictos armados de la República Democrática del Congo, Somalia, Sudán y Uganda”. Si bien se reconoce que se lograron avances en varios países gracias a la firma de diversos acuerdos de paz, los mismos “continuaron siendo muy frágiles en Burundi, Costa de Marfil y Somalia, donde persistieron los estallidos esporádicos de violencia en zonas localizadas”.

En Europa los principales problemas estuvieron vinculados con el racismo (se menciona que se registraron casos en casi todo el continente, desde Finlandia a Chipre), en especial contra los gitanos. Detrás de la antigua cortina de hierro, “al no haber investigaciones inmediatas, minuciosas e imparciales persistió la impunidad de los responsables de tortura y malos tratos, prácticas que, según los informes, fueron generalizadas en países como Albania, Georgia, Moldavia, Rumania, Rusia, Tayikistán, Ucrania y Uzbekistán (foto)”.

El capítulo dedicado a Asia y Oceanía no muestra un panorama mucho mejor que el del resto del mundo. Se puede leer que "Nepal se sumió en una crisis política y de seguridad cada vez más profunda", en tanto que en Sri Lanka continuaron las ejecuciones por razones políticas cometidas por los Tigres de Liberación de Eelam Tamil, y el uso de "escudos humanos" por parte de guerrilleros indonesios. En la India, sobre todo en Jammu y Cachemira y en varios estados del noreste del país, los abusos contra los derechos humanos por parte del ejército y de los grupos políticos armados, continuaron siendo habituales. "Se siguió reprimiendo la disidencia política en países como China, Corea del Norte, Laos, Myanmar y Vietnam", aunque como contracara, "Bután, Brunéi y Maldivas fueron algunos de los países en los que se realizaron intentos de democratización y perfeccionamiento de la protección de los derechos humanos".

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en mayo de 2005)

==Primera parte de tres

* 2- Mujer
* 3- Migraciones

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02 mayo 2005

Los vietnamitas

¿Quiénes son los vietnamitas, ese pueblo que derrotó en guerras imposibles a franceses, estadounidenses y chinos? Es difícil encasillar a una población de 82 millones de personas repartida en 54 etnias diferentes. Toda esa diversidad en un territorio que no llega a duplicar la superficie de Uruguay. La etnia Kihn representa el 87 por ciento de la población y es el principal habitante de las ciudades y de las tierras llanas, dejando al resto de los grupos el predominio de las áreas montañosas. Entre esas minorías están los montagnard, emparentados con aquella “tribu perdida” que aparece en el film Apocalipsis Ahora, de Francis Ford Coppola, formando parte del reino pesadillesco del Coronel Kurtz, hoy foco de la atención de los organismos defensores de los derechos humanos por las persecuciones a que estarían siendo sometidos.

Más allá de sus diferencias étnicas, el cincuenta por ciento de quienes viven en el país tienen menos de veinticinco años, formando un núcleo joven que tiene mejores posibilidades de desarrollo que las que tenían sus padres a su misma edad. Así se desprende de las cifras del UNICEF, organismo que con motivo de los treinta años del fin de la guerra emitió un comunicado en el que afirma que “en las pasadas tres décadas las chances de los niños vietnamitas de sobrevivir y convertirse en adultos saludables ha mejorado significativamente, gracias al enorme progreso de la vacunación contra enfermedades prevenibles y a una mejor nutrición”.

Agregan que el número de niñas y niños que van a la escuela se ha duplicado desde 1977, lo que ha dado por resultado que la tasa de alfabetización de las mujeres haya aumentado del 72 por ciento en que se encontraba en 1972 hasta el actual 90 por ciento. Otra agencia de Naciones Unidas, el PNUD, dijo sobre este último punto que la equidad de género “ha progresado en Vietnam más rápido que en otros países que tienen un nivel similar de ingreso per cápita". Pese a esto, es un terreno en el que queda mucho por hacer ya que –según la misma fuente– todavía se le paga menos a una mujer que a un hombre por efectuar el mismo trabajo.

==Cuarta parte de cuatro

* 1- Una persistente línea roja
* 2- Disparidades
* 3- El norte

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 2 de mayo de 2005)

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Vietnam: el norte

Vietnam ya es un solo país, pero las diferencias entre norte y sur se mantienen. Los hechos muestran que la economía funciona mejor en el sur que en el norte. Tanto es así, que un equipo de especialistas liderado por el profesor Nguyen Dinh Cung (foto), Director del Departmento de Política Macroeconómica del Instituto Central para el Gerenciamiento Económico, de Hanoi, elaboró un estudio titulado de un modo políticamente correcto: ¿Por qué las provincias del norte no crecen tan rápido?.

El reporte de Dinh Cung ya no habla de las 12 provincias más pobres y las 12 más ricas, sino que se refiere a “las siete del norte y las cuatro del sur”. Los académicos califican esas diferencias como “impresionantes” y entre los muchos indicadores que utilizan para ilustrarlas se destaca la creación de empleo. Entre el 2000 y el 2002 las provincias sureñas, aunque tienen la mitad de población que las del norte, generaron el triple de puestos de trabajo.

Una de las razones que habitualmente se dan para estas diferencias está en la historia: la economía planificada está más enraizada en el norte y su “memoria reciente” en relación con la economía de mercado no es tan fuerte como en el sur. Sin embargo, el equipo de Dinh Cung sometió esta explicación comúnmente aceptada a un test de sentido común, y concluyeron que si bien historia tiene su peso, éste debe ir disminuyendo con el paso del tiempo, por lo que la causa tiene que estar en otra parte.

Profundizaron su análisis provincia a provincia, y se concentraron en cuatro de las del norte para concluir que más allá de las tradiciones económicas, es necesario modificar algunas políticas para revertir esta inequidad geográfica. Por ejemplo, tiene que profundizarse la reforma de la tenencia de la tierra para que su precio baje y debe dejarse de promover industrias que generan pocos puestos de trabajo. Esto, opinan, detendrá el éxodo interno, y combinado con otras medidas de promoción de la competitividad en un marco de generación de empleo sustentable y de buena calidad, empezará a revertir la diferencia norte-sur en un proceso que no será fácil ni rápido.

==Tercera parte de cuatro

* 1- Una persistente línea roja
* 2- Disparidades
* 4- Los vietnamitas

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 2 de mayo de 2005)

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Vietnam: disparidades

Aunque el Vietnam de hoy es un país menos pobre, su éxito se relativiza cuando se mide en términos de equidad. El citado reporte del PNUD advierte que “los beneficios del proceso de reforma no se han distribuido de manera uniforme a través de todos los estratos y segmentos de la sociedad”, sino que, por el contrario, “hay evidencias de que en los recientes años han comenzado a emerger disparidades sociales y económicas” sistemáticas. Es difícil no vincular esta afirmación con un dato que aparece en el capítulo siguiente del documento: aunque el país ha crecido a un ritmo del 7 por ciento anual, el aumento del empleo raramente superó el 2 por ciento cada año.

Las nuevas diferencias entre pobres y ricos parecen tener rostro y lugar. Si se mira la economía a través del tamiz étnico, el número de personas de la mayoría kihn y china que estaban bajo la línea de pobreza se redujo, entre 1993 y 2002, en 30 puntos, situándose en el entorno del 23 por ciento, bastante mejor que el promedio del país. En cambio, las minorías étnicas sólo redujeron en 17 puntos su porcentaje de población pobre, quedando todavía más de la mitad de sus integrantes por debajo de esa línea. Si el corte se hace por lugar de residencia, las 12 provincias más pobres tienen indicadores sociales mucho peores que las 12 provincias más ricas.

Aunque esto es casi axiomático (los más pobres viven peor que los más ricos), en Vietnam adquiere niveles que pueden verse como sintomáticos de una segregación residencial. La docena rica tiene sólo un 9 por ciento de pobres mientras que en la docena pobre son pobres el 69 por ciento de sus habitantes. En la docena rica el 98 por ciento tiene acceso al agua potable y el 94 por ciento está vacunado, en tanto que en la docena pobre sólo recibieron vacunas el 57 por ciento de la población y apenas el 32 por ciento dispone de agua potable.

==Segunda parte de cuatro

* 1- Una persistente línea roja
* 3- El norte
* 4- Los vietnamitas

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 2 de mayo de 2005)

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Vietnam: una persistente línea roja

El Vietnam de hoy tiene un rostro muy diferente al de hace 30 años. La cultura de consumo convive con la iconografía revolucionaria y, como en un experimento de pop-art, la imagen venerable de Ho Chi Minh parece desenfocarse en la cartelería callejera y fundirse con los anuncios publicitarios. Mientras la economía sigue creciendo con un envidiable promedio del 7 por ciento, la equidad es todavía una materia pendiente. La línea que separaba los dos Vietnam de antes del fin de la guerra, separa ahora las provincias ricas de las pobres.

Una jugosa anécdota que puede leerse en casi todos los manuales de negociación política, cuenta que cuando se iniciaron las conversaciones de paz para poner fin a la guerra de Vietnam, la delegación estadounidense se alojó en un hotel, mientras que los vietnamitas alquilaron una casa. Esa paciencia de tiempos de guerra es la que han venido aplicando en tiempos de paz, acompañándola, también ahora, de una voluntad de hierro. Su enemigo actual, la pobreza, parece estar corriendo la misma suerte que los marines del siglo pasado, aunque la equidad quede en la lista de los daños colaterales.

En diciembre de 2001 hubo otras negociaciones entre vietnamitas y estadounidenses. Esta vez el resultado no fue la retirada de Saigón sino un tratado bilateral de comercio. No fue un acuerdo logrado de la noche a la mañana sino que, si se permite tomar en préstamo el concepto, llegó como parte de una larga marcha desde la planificación socialista a la economía de mercado. El viaje comenzó, si es que debe colocarse un punto de partida en algún lugar de la línea de tiempo, en 1986.
Eran los años en que el premier soviético Mijail Gorbachov le entregaba al habla cotidiana dos nuevas palabras: perestroika y glasnot. El sexto Congreso del Partido Comunista de Vietnam, realizado en 1986, se mostró a tono con los tiempos y acuñó su propio concepto: doi moi. Literalmente traducido como “renovación”, el doi moi implicó un proceso de reformas que puso el acento en lo económico más que en lo político, lo que le permitió recorrer un camino que comenzó a separarse de su inspiración soviética y se fue acercando al emprendido por China.

Básicamente se trató de un tránsito ordenado desde la economía centralmente planificada a otra orientada al mercado, lo que le valió un crecimiento ininterrumpido que ha venido rondando el siete por ciento anual. Según el más reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), este crecimiento se acompañó de una sostenida disminución de la pobreza que ha llevado la cifra de vietnamitas pobres del 70 por ciento en que se situaba en 1980 al 26 por ciento en 2004 (aunque los últimos datos oficiales, que son de 2002, indicaban un 29 por ciento). En el mismo período, el número de personas ubicadas bajo la línea de indigencia descendió del 25 al 11 por ciento.

El proceso de reformas recibió un gran impulso en 1995 cuando el país postuló para integrar la Organización Mundial de Comercio (OMC), sometiendo a su economía doméstica a una serie de ajustes que desbordaron rápidamente en gráficas y estadísticas ilustrativas de una tendencia que parece no tener marcha atrás: más mercado y menos planificación estatal. En su reporte especial sobre Vietnam aparecido el pasado 29 de abril, el Washington Times publica un artículo del premier Vu Khoan (foto), donde el jerarca afirma que su país “ha trabajado duro para reestructurar su economía en la dirección de aumentar su competitividad y participar efectivamente en la OMC una vez aceptado como miembro”. Entre los logros que destaca Vu Khoan se encuentra la liquidación de empresas estatales, que pasaron de 12000 a 4000, y que se espera que a fines de este año se reduzcan a 2000.

==Primera parte de cuatro

* 2- Disparidades
* 3- El norte
* 4- Los vietnamitas

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 2 de mayo de 2005)

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28 febrero 2003

El miedo a la sed

La obsesión de los iraquíes no es el petróleo. Es el agua. Los fabricantes clandestinos de bidones de plástico han inundado el mercado negro, y la gente los amontona en todas las habitaciones de sus casas, repletos de agua. La imagen de la Deutsche Welle de un vendedor de bidones atando una quimérica aglomeración de recipientes al cuadro de su bicicleta, hace pensar en esa otra construcción de cuatro mil años atrás, levantada a 90 kilómetros de Bagdad, en la ciudad de Babilonia, la bíblica Babel, que alguna vez gobernó Hammurabi. O también puede verse como parte de una secuencia que completa aquella otra foto de bidones en racimo, éstos atados a la espalda de un niño de Sarajevo que mira a la cámara con una mezcla de resentenimiento y angustia, porque sabe que en unos instantes, mientras el fotógrafo permanecerá a resguardo, él deberá iniciar una carrera desesperada hacia una canilla situada bajo el fuego de los sitiadores.

Las imágenes de las guerras tienen algo de ya visto, que toca al espectador haciendo equilibrio en esa cuerda floja que va del acostumbramiento indiferente al collage zen, sensación repentina de que los distintos fragmentos tomados en tiempos y lugares diferentes no son otra cosa que fotogramas de una misma historia. La ejecución sumaria del prisionero vietcong con una bala en la sien disparada por un general sudvietnamita en las calles de una Saigón devastada. El miliciano que se desploma con los brazos abiertos alcanzado por la espalda en España. La leona atravesada por un haz de flechas de los relieves mesopotámicos encontrados en yacimientos iraquíes, y que ahora puede verse en una de las salas más sobrecogedoras del Museo Británico.

El reportaje de la Deutsche Welle quiere revelar el modo en que los iraquíes esperan el ataque inminente de Estados Unidos. Como todo periodista con poco tiempo para lograr una inmersión en la vida cotidiana del hombre de la calle, el enviado alemán opta por el atajo habitual: convierte a un taxista en personaje de su historia. Como todo taxista que se deja entrevistar, Ahmed jura que no siempre fue taxista. Curiosamente no se dice ingeniero, como prefieren hacer los choferes balcánicos, sino que cuenta un pasado de capitán de buques mercantes, una historia seguramente larga que la sala de edición jibariza hasta transformarla en un titular de un par de segundos. Lo que importan son las imágenes de Ahmed en la cocina de su casa, envuelto como siempre en su turbante roiblanco a cuadros, pero ya sin lentes de sol imitación Rayban, comiendo un ensopado con uno de sus hijos y comentando los sucesos del día con su esposa. A renglón seguido, Ahmed muestra su tesoro escondido: una cisterna de barro con aspecto de gigantesca vasija, en la que guarda decenas de litros de agua. Cuando Estados Unidos comience su campaña aérea lo primero que se cortará será el suministro eléctrico, y sin electricidad no se podrá bombear agua desde los pozos, y los iraquíes deberán enfrentar el peor de sus fantasmas: la sed.

Luego es el turno de un paneo por los barrios adinerados, en los que la gente sigue casándose los jueves en medio de un mar de nieve artificial que los invitados lanzan unos sobre otros con spray portátiles. Lo único que ha cambiado, dice el novio, sonriente, son las trincheras que se han improvisado en cada esquina con bolsas de arena y que cuidan guardias privados. No son para detener a los estadounidenses, sino a los posibles saqueos que se produzcan durante los momentos sin ley que precedan a la supuesta entrada de los marines en la ciudad.

El mayor miedo para las clases privilegiadas de origen sunni, sin embargo, es que los primeros en entrar sean los kurdos, una etnia tradicionalmente oprimida por Saddam. Los kurdos están entrenando a cien mil hombres para atacar al Ejército iraquí apenas comience la guerra. Estados Unidos intenta jugar a dos puntas. Esa presencia de tropas motivadas y conocedoras del terreno le sirve para disminuir las posibles bajas estadounidenses en el combate terrestre, pero por otra parte tiene la presión turca para evitar que los kurdos se beneficien de la caída de Hussein. Casi un calco de lo que ocurrió en Afganistán, cuando Estados Unidos utilizó a la Liga del Norte para combatir a los talibán, pero debió evitar que aprovecharan el vacío de poder, ya que eso no era visto con buenos ojos por Pakistán, el aliado fronterizo que en aquel momento cumplió el rol que ahora le cabe a Turquía.

La revista brasileña Veja calificó a Irak como "la Yugoslavia del Mundo Árabe", por el polvorín étnico que representa. Y en ese escenario los kurdos son la principal preocupación, para tirios y troyanos. Muchos analistas han interpretado la concentración de tropas turcas en la frontera con Irak como una presión para evitar que los kurdos declaren una República del Kurdistán en la zona en la que son mayoría. El 17 por ciento de los iraquíes son kurdos: cuatro millones de personas. Si ellos declaran un Kurdistán independiente, la estabilidad de la región se vería seriamente comprometida, con millones de kurdos viviendo en Irán y Turquía, en áreas que reclaman como parte de ese Kurdistán. Además de cuidar la sensibilidad turca, Estados Unidos tiene que tener en cuenta que en las zonas kurdas de Irak podrían quedar comprendidas importantes reservas petroleras.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en febrero de 2003)

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26 agosto 2000

Ecos de Vietnam

La guerra de Vietnam también tendrá su lugar en los Juegos Olímpicos del 2000. No se tratará de ningún acto conmemorativo ni tampoco involucrará a la delegación vietnamita ni a la estadounidense. Su presencia estará directamente ligada a las protestas que realizarán los ecologistas de Greenpeace, quienes denuncian que un curso de agua situado a menos de tres kilómetros de la zona de competencia, aún sufre la contaminación a la que fue sometido para facilitar la fabricación de un arma química usada en esa guerra. En una bahía conocida como Homebush se vertían los desechos de un componente clave del Agente Naranja, arma biológica letal quen integraba el arsenal del ejército de Estados Unidos. Aunque en 1976 se dejó de producir la cancerígena dioxina, esa zona es todavía "uno de los lugares más poluidos del mundo", indicaron los activistas.

==Octava parte de ocho

* 1- No todo lo prohibido se puede hacer
* 2- La veté porque era mía
* 3- "Robo de atletas"
* 4- Enemigos en la villa olímpica
* 5- Aborígenes y drag-queens
* 6- Timor Oriental
* 7- Sobornos

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en agosto de 2000)

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