25 octubre 2007

Desintoxicación ideológica

Luego de una larga dependencia, los políticos europeos están dispuestos a desintoxicarse de ideología. Aferrarse al mantra de la eficiencia y el pragmatismo es la receta. La están experimentando desde los viejos yonquis conservadores hasta los noveles políticos que emergieron desde atrás del telón de acero.

Una década atrás, el entonces ministro de Economía y Hacienda de Gran Bretaña, Gordon Brown, historiaba los males que le habían acarreado al país los veinte años de hegemonía de la “ideología de la nueva derecha”. Apenas tuvieron que pasar tres años para que el jefe de gobierno del gabinete que integraba Brown, el primer ministro Tony Blair, fuera señalado por el Financial Times como uno “de los nuevos líderes europeos que están despejando el horizonte de la Europa actual sin los condicionamientos de la izquierda o de la derecha”.

Ahora que Brown ha tomado el relevo de Blair, poco queda de la receta original que ambos, en sus tiempos de juventud impetuosa, ensayaron para preparar un plato que tuvo su cuarto de hora en el menú de la renovación ideológica pos Guerra Fría: la “tercera vía”. Los dos ingredientes más desabridos pero fáciles de encontrar en las góndolas de las usinas de pensamiento europeas, la corrección macroeconómica y la eficiencia en la gestión, fueron desplazando a la otra parte de la receta, las enmohecidas hojas silvestres de los inicios combativos del laborismo, que poco a poco quedó relegada a ser una pizca de condimento reservado a ocasiones festivas, preferentemente de tipo electoral.

Gordon Brown, sin embargo, al suceder a Blair en la jefatura del gobierno británico, despertó ciertas expectativas de que podría conducir un cierto regreso a las fuentes. Pese a esto su “nuevo laborismo renovado” duró sólo el tiempo necesario para dar lugar a un buen número de chistes políticos sobre la redundancia. Parecía difícil renovar lo que ya era una renovación. Usando el símil matemático de “menos por menos es más”, varias de las sátiras del momento recordaban que multiplicar “nuevo por nuevo” suele dar por resultado “viejo”. Apenas se bucea mínimamente en la trayectoria del hoy primer ministro se descubre que las diferencias con Blair se limitarán a aspectos coyunturales de política exterior más que a la conducción de la nación británica.

Las cuentas claras, los números bajo control y uno o dos proyectos de impacto social como buques insignia han sido siempre el eje de la estrategia del nuevo almirante de su majestad. Ya no hay trazos de ideología en su discurso. Admirador en sus años mozos del filósofo Antonio Gramsci (foto), líder comunista italiano de la primera mitad del siglo pasado, el nuevo paradigma de las lecturas de Brown es Martin Wolf, precisamente una de las plumas del Financial Times, el mismo periódico que en un onettiano “Bienvenido Bob” había saludado la entrada de Blair al mundo de los líderes pragmáticos y desideologizados de la nueva Europa. No en vano el libro de Wolf preferido por Brown es Por qué la globalización funciona.

POR DERECHA. Pero Brown no está solo. Si el laborismo británico o el flamante Partido Democrático italiano (enésimo rebautismo del sector mayoritario de los comunistas de ese país) son dos casos representativos de la desideologización en la centroizquierda europea, la derecha es la que ha llevado la delantera en el discurso del “yo no fui” ideológico. El caso más conocido es el del ecléctico y efectivo presidente francés Nicolas Sarkozy, quien ha sostenido sus palabras con hechos, diagramando un gabinete en el que no han faltado las figuras de izquierda, como su canciller Bernard Kouchner, porque lo que importa no son las ideas sino la eficiencia (véase contratapa de Daniel Gatti en Brecha, 18-V-07). Pero Sarkozy no está solo. Ni fue el primero.

Si se quiere encontrar un “caso de laboratorio” de esta desintoxicación de las ideas para generar un ejemplar puro de “gobernante gestor” debe recurrirse a los países de Europa del este. En ese terreno se destaca Robert Fico. En 1987 recibía su carné como miembro del Partido Comunista Eslovaco, y dos años más tarde, con la Revolución de Terciopelo, terminaba el régimen checoslovaco prosoviético. Comenzaba para Fico una trayectoria que los mellizos Kaczynski, que gobiernan Polonia al frente de un partido de derecha católica, no dudarían en calificar como “de purificación”. Electo diputado por el partido de los comunistas reconvertidos (previsiblemente denominado Partido de la Izquierda Democrática), rápidamente escaló posiciones hasta alzarse con una de las vicepresidencias partidarias, colaborando a dar forma a un discurso alejado de los tiempos de la cortina de acero.

Desde esa posición Fico participó en varias negociaciones para formar gobiernos de coalición, y su discurso fue alejándose de la “corrección política” del pasado hasta adquirir una liviandad netamente sarkoziana. Célebres fueron sus comentarios sobre los gitanos, “que no hacen nada salvo pasarse el día tumbados en la cama y vivir de la seguridad social”, tal como recuerda la biografía de Fico publicada por Cidob. La purificación siguió su curso, hasta que decidió abandonar a los comunistas renovados y fundar su propio partido, el Smer, que según destaca la semblanza de Cidob sería una formación “pragmática” caracterizada por la prevalencia de la “profesionalidad” sobre aspectos como la “emotividad”, el “politiqueo”, las “disputas” y los “ataques personales”, que él consideraba lacras del sistema político. Más aun, Smer nacía como un partido “sin ideología”, susceptible de cooperar con cualquier otra agrupación. No cuesta mucho trabajo imaginar el desenlace de esa historia. Un Fico finalmente liberado del peso del telón de acero terminaba siendo ungido primer ministro eslovaco en 2006, con la promesa de hacer un gobierno eficiente e inclusivo. Eso sí, en coalición con socios de derecha.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 19 de octubre de 2007)

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23 julio 2001

Gitanos en Europa del Este: Vivir peor que todos y morir antes de tiempo (IV)

Los gitanos que viven en Eslovaquia no son sólo ilegales rumanos, hay una importante comunidad que siempre vivió allí. El antiguo gobierno eslovaco (1994-1998) había abierto ciertas expectativas a través de declaraciones oficiales que luego se tradujeron en lo que los especialistas en el tema calificaron como “enfoques paternalistas”.

Más sensible al tema, el asesor del Primer Ministro para asuntos de minorías e integrante del Partido Húngaro de Coalición (que representa los intereses de los étnicamente húngaros dentro de Eslovaquia), Pál Csáky, puso el acento en algo que no por obvio resulta menos importante para el actual estado de las cosas: una solución a la cuestión gitana sólo puede ser encontrada con la participación de los representantes gitanos. Algo que parece estar en la agenda del nuevo gobierno, que estableció la Oficina del Comisionado Gubernamental para Asuntos Gitanos que tuvo como primera medida la elaboración de una “Estrategia para la Solución de los Problemas de la Minoría Nacional Romaní”. Este enfoque no se limitó a la situación interna de la comunidad romaní, sino que estableció que uno de los puntos claves para avanzar en la dirección correcta es trabajar para superar los prejuicios de la opinión pública en contra de los romaníes. Sin embargo, la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia, criticó a esta estrategia por lo lento de su implementación y por no distanciarse lo suficiente de la idea de que parte del problema es “el modo de vida gitano”.

Al gobierno, sin embargo, lo critican tirios y troyanos. Para la Unión Europea no va lo suficientemente lejos, en tanto que para la derecha eslovaca sucede todo lo contrario. Más de una vez la comunidad internacional ha escuchado las opiniones del líder del Partido Nacional Eslovaco (SNS), Viasozlav Moric, para quien los romaníes son simplemente “idiotas a los que hay que encerrar en reservaciones”. Los dirigentes romaníes tampoco están totalmente de acuerdo con el Comisionado gubernamental. No sólo le critican no haber sido electo por el voto ciudadano, sino que consideran su existencia como una forma de mantener a los romaníes al margen de los temas que interesan a toda la sociedad y guetizarlos en su propia problemática.

Más allá de las declaraciones, el peso político de los gitanos no se corresponde con su importancia demográfica. Son el ocho por ciento de la población pero sólo disponen de seis alcaldes en ochenta y seis, y no han logrado marcar con sus partidos una presencia nacional. Por el momento la comunidad está trabajando puertas adentro. Aseguran que primero es necesario que los 14 partidos políticos romaníes y las 29 asociaciones culturales que representan a esa minoría, logren, al menos, establecer una agenda común de prioridades.

==Cuarta parte de cuatro

* 1- Parte I
* 2- Parte II
* 3- Parte III

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2001)

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Gitanos en Europa del Este: Vivir peor que todos y morir antes de tiempo (III)

Los gitanos son el diez por ciento de la población rumana. Dos millones de personas que integran la minoría más numerosa del país, la cual tiene incluso su propio partido político: el Partido Rumano del Pueblo de Roma. Los dirigentes de esta organización aseguran que los prejuicios del resto de la población ayudan a que esa minoría continúe viviendo en niveles de pobreza que no se diferencian demasiado de los que existían en la Edad Media; la ausencia de luz eléctrica y de agua corriente son habituales en los hogares gitanos.

La caída del socialismo real originó rápidos movimientos de grupos gitanos que dejaron Rumania y se mudaron preferentemente a la ex Checoslovaquia, originando lo que el Ministerio de Relaciones Exteriores rumano calificó como una verdadera “red de migración ilegal”. Una vez que se produjo el llamado “divorcio de terciopelo”, que en 1993 separó a checos de eslovacos, y a medida que se hacían más duras las condiciones de admisión en Polonia y Alemania, los gitanos de Rumania establecieron la llamada “ruta verde” para ingresar a Eslovaquia a través de territorio ucraniano.

La policía eslovaca, según el artículo que Marius Dragomir escribió para la Central Europe Review, asegura que una vez en el país se dedican a la venta de pasaportes y a la trata de blancas con destino al lucrativo negocio del sexo en los mercados occidentales. La realidad, apenas se la mira cara a cara, demuestra que si unos pocos lucran, la gran mayoría apenas logra sobrevivir. Tesco es una enorme tienda por departamentos presente en todas las ciudades importantes de la República Checa y de Eslovaquia. Frente a su local de Bratislava suele pedir dinero Zanfira Gindac, una mujer gitana entrevistada por el ya citado Marius Dragomir. En sus declaraciones explicó que logra reunir unos veinte dólares por día, lo que le permite ahorrar en dos meses el dinero suficiente para volver a Rumania y vivir allí durante medio año con sus dos hijos. Las autoridades eslovacas y el consulado rumano en ese país, coinciden en que la emigración ilegal gitana procedente de Rumania se duplicó en el año 2000 con respecto a 1999.

Pero si los gitanos de Rumania son una minoría en Eslovaquia, también hay eslovacos que son una minoría dentro de territorio rumano. Viven con esa mezcla de pertenencia y desarraigo que es tan habitual en el Este de Europa y que cuesta comprender del otro lado del Océano. ¿Cómo una persona que nació en un país en el que su familia vive desde hace generaciones puede considerarse como nacional de otro? Los eslovacos de Rumania son eslovacos porque hablan ese idioma y reconocen esas raíces culturales, independientemente de cuántas generaciones haga que vivan en su ajeno país de nacimiento. Se consideran eslovacos pero legalmente no lo son, ya que las leyes de Eslovaquia no permiten la doble ciudadanía. Pese a esto la mayoría de los hijos de familias étnicamente eslovacas prefieren cursar la universidad en Bratislava (en la que son considerados estudiantes extranjeros por más que llamen a Eslovaquia “la tierra de nuestros abuelos”) antes que hacerlo en Rumania que, de acuerdo con su pasaporte, sería su país. No sólo no se sienten rumanos sino que es habitual escucharlos quejarse de que sufren las consecuencias de que en el exterior vean a Rumania “como un país sólo poblado por gitanos pobres”. Uno más entre los prejuicios que según el Partido Rumano del Pueblo de Roma “impiden que los gitanos progresen, incluso si se esfuerzan para salir de la pobreza”. Prejuicios que los rumanos no gitanos viven de manera contradictoria. Cuando salen del país y las policías fronterizas les discriminan porque asocian el pasaporte rumano con la pertenencia a la minoría gitana, en lugar de solidarizarse con sus compatriotas, viven la situación con resentimiento, lo que contribuye a reafirmar los prejuicios.

Por más que los presidentes de Rumania y de Eslovaquia realizaron una declaración conjunta en la que aseguraron que “el problema gitano es un problema de Europa”, varios analistas coincidieron en señalar que estas palabras no deben ser tomadas necesariamente como auspiciosas. No sólo por la acepción del término “problema”, que recuerda el enfoque que tomaba la multiculturalidad de algunas naciones latinoamericanas como “el problema indígena”, sino también porque parece difícil que el tema pueda solucionarse de manera sencilla. La mujer gitana que mendiga frente a Tesco, Zanfira Gindac, resumió de manera descarnada lo complejo de la situación: "En Rumania todos nos odian. No venimos aquí por gusto.¿Usted piensa que me gusta ver a mi hijo tocando el acordeón en el tranvía y recogiendo las monedas de los eslovacos? Yo querría tener un salario en mi país y venir a Bratislava como una turista común y corriente”.

==Tercera parte de cuatro

* 1- Parte I
* 2- Parte II
* 4- Parte IV

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2001)

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12 diciembre 2000

La crisis demográfica país por país

Albania. La tasa de abortos se triplicó entre 1989 y 1994 (de 18 cada cien nacidos vivos pasó a 54), implica que en la década de la transición dejaron de nacer más de un cuarto millón de niños.. Entre 1990 y 1997 se estima que el 40 por ciento de la población que tenía entre 19 y 40 años había emigrado.

Bulgaria. El número de abortos disminuyó de 132 mil en 1990 a 98.600 en 1996. Sin embargo, el saldo demográfico es negativo ya que hubo una caída aún más pronunciada en el número de hijos concebidos (que cayó de 1,9 a 1,24 por mujer) por lo que entre 1990 y 1996 la población decreció en lugar de crecer, registrándose un “faltante” de 400 mil personas.

Croacia. Registró un descenso radical de la tasa de abortos, a consecuencia de la cual en la década de la transición nacieron 288 mil niños que no hubieran nacido durante el comunismo. La incidencia de los refugiados que abandonaron el país por la guerra, que actualmente superan los 200 mil, relativiza el peso de este buen desempeño demográfico.


Eslovaquia. Hay 26.000 nacimientos y 10.640 abortos menos por año, por lo que el saldo de la década es de 153.600 niños que dejaron de nacer.

Eslovenia. Aunque hay menos nacimientos también disminuyó la mortalidad, por lo que la tasa de crecimiento mejoró hasta llegar casi a nivel cero (estaba en -1,73).

Fyrom (Ex República Yugoslava de Macedonia). Menor número de abortos por año, y mayor índice de ancianos en situación de dependencia familiar. El saldo es favorable en 120 mil nacimientos.

Hungría. Crecimiento negativo (-3,7) y 21.260 nacimientos menos por año, lo que en la década suma 212.600 niños que nunca llegaron a nacer.

Polonia. Aunque casi desaparecieron los abortos de las cifras oficialmente admitidas (la tasa bajó de 14,6 a 0,1 cada 100 nacidos vivos), lo cual implica 60.610 abortos menos por año, cayó dramáticamente el número de nacimientos (111.639 menos cada año); lo que da por resultado un déficit demográfico mayor al medio millón de personas en la década (510.297).

República Checa. A pesar de que el crecimiento demográfico global es negativo (-2,1), el descenso en la tasa de abortos (que en 1989 casi equivalían a los nacimientos) compensó el descenso en la cantidad de hijos por mujer.Actualmente hay 29.333 nacimientos menos que en 1989, pero también 29.304 abortos anuales menos que en aquel momento.

Rumania. Es el que presenta un peor desempeño, tanto en abortos (292.900 más por año) como en nacimientos (186.461 menos por año). El total de la década muestra un “faltante” de casi cinco millones de personas (4:793.610).

Yugoslavia. La tasa de abortos bajó de 130,5 a 84,6 cada cien nacidos vivos, lo que da un resultado positivo de 620.424 niños en la década de la transición.

Nota: Las cifras aquí presentadas no toman en cuenta las pequeñas variaciones de población de un año a otro, a la vez que simplifican el complejo cálculo estadístico necesario para obtener el número exacto de “población faltante”; sin embargo, este trabajo con promedios no contradice sino que confirma el panorama general de la región que fue calificado por Naciones Unidas como de “catástrofe demográfica”.

==Quinta parte de siete

* 1- Después del Muro, una cortina de cristal
* 2- El espejo austríaco
* 3- La inseguridad básica
* 4- Dos casos: Eslovaquia y Chequia
* 6- Los niños que no nacieron
* 7- Los costos humanos de la transición

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de diciembre de 2000)

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Dos casos: Eslovaquia y Chequia

Dos de cada tres eslovacos opinan que los niños de hoy tienen menos condiciones de calidad de vida que aquellos que crecieron durante el régimen comunista. Resulta ocioso anotar cuál fue el resultado de la misma encuesta del Instituto de Asuntos Públicos cuando intentó conocer lo que piensan los ciudadanos acerca del rumbo económico y político: un porcentaje similar opinó que el país estaba encaminado en la dirección equivocada. De acuerdo con la empresa Eurobarometer, los eslovacos son los más críticos entre sus vecinos del este de Europa a la hora de valorar la transición.

Esta actitud crítica, sin embargo, no se traduce en activismo político. Tres de cada cuatro eslovacos aseguran no saber cómo defenderse a sí mismos en los casos en que el gobierno o el parlamento toman decisiones que afectan sus intereses. Las conclusiones de la Agencia Estadounidense de Información (USIA) al analizar estas encuestas, es que los ciudadanos "aún tienen dudas sobre cómo los cambios contribuirán a resolver los actuales problemas sociales y económicos". Se trata de una interpretación francamente optimista.

La opinión de los eslovacos acerca de la situación nacional es más clara si se la desglosa tema por tema. La seguridad ciudadana ha empeorado para la visión del 84 por ciento, en tanto que sólo mejoró para un 1 por ciento de los consultados. La justicia en la sociedad empeoró para el 70 por ciento y mejoró para el 2 por ciento. Las oportunidades para los jóvenes son menores que antes según el 66 por ciento, y mayores según el 10 por ciento. Algo similar ocurría a fines de 1997, cuando el Institute for Public Affairs, preguntaba a los eslovacos sobre su estatus de vida personal y el de su familia: el 41 por ciento consideraban que estaban peor, el 42 por ciento que estaban igual y el 15 por ciento que estaban mejor.

Comparando encuestas similares a lo largo de tres años (1995 a 1997), el porcentaje de personas que opinan que su situación personal empeoró se mantiene en el rango del 40 por ciento, mientras que nunca es superior al 17 por ciento el porcentaje de aquellos que piensan que están mejor. El más negativo de los tres años analizados fue 1995, cuando casi la mitad de los habitantes de Eslovaquia (47 por ciento) vio empeorar su nivel de vida.

La USIA también analizó las expectativas de futuro de los eslovacos. El 44 por ciento no esperaba cambios en su situación en los próximos cinco años, el 31 por ciento pronosticaba una mejora, y el 21 por ciento creía que las cosas iban a seguir empeorando. Los resultados demostraron que la población era más pesimista que la mayoría de sus vecinos, pero más optimista que los checos. Un contrasentido, ya que los checos tienen un nivel de vida un 20 por ciento mejor que el de los eslovacos,según los estudios de Gfk publicados por Slovenský Profit. En los hogares de la República Checa hay más televisores a color, más videocaseteros, más computadoras, más hornos a micro-ondas y más freidoras que en los eslovacos; sólo están igualados en el número de familias que tienen automóvil (en ambos casos la mitad de la población) y máquinas de fax (uno por ciento en cualquiera de los dos países). Eslovaquia sólo lleva la delantera en el número de freezers por habitante y en la cantidad de casas que tienen jardín.

Luego que las encuestas que mostraban al Partido Comunista en el primer lugar de la intención de voto en la República Checa, empañaran parcialmente los festejos por los diez años de su pacífica transición llamada Revolución de Terciopelo, las opciones de centro recuperaron terreno. Sin embargo, las consultas de opinión no han dejado de demostrar que un buen porcentaje de la población en el ex bloque socialista añora la seguridad de los viejos tiempos. En casi todos los casos esta nostalgia está matizada por el rechazo de regresar al sistema político del pasado. Los especialistas en el Este europeo no deben esforzarse demasiado para calificar este estado de ánimo como el deseo de combinar lo mejor de los dos sistemas. Por el momento, los resultados socioeconómicos de la mayoría de los países (excepto Polonia y la República Checa) y las dificultades para crear una cultura democrática, parecen sugerir que se está en la situación opuesta.

==Cuarta parte de siete

* 1- Después del Muro, una cortina de cristal
* 2- El espejo austríaco
* 3- La inseguridad básica
* 5- La crisis país por país
* 6- Los niños que no nacieron
* 7- Los costos humanos de la transición

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de diciembre de 2000)

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El espejo austríaco

Para los habitantes de varios de los países del este europeo, Austria es el modelo occidental en el que mirarse. Sus fronteras con la República Checa, Eslovaquia, Hungría y Eslovenia, han puesto a los austríacos en la vidriera, y su nivel de vida es el que tienen en mente sus vecinos cuando van de compras en busca de una imagen para su ideal de sociedad capitalista. Más allá de las implicancias históricas de esta identificación que vienen, al menos, desde la época del imperio de los Hasburgo en el que varios de esos países estuvieron integrados en distintos momentos, hay una identificación que debe leerse por el deseo de crecimiento económico. Los involuntarios propagandistas de esta situación no son los potentados austríacos sino la clase media e incluso trabajadora que, amparada en la poca fortaleza de las monedas de los países en transición, visitan en masa los pequeños pueblos checos de la frontera, como el encantador Cesky Krumlov, o van a atenderse con los dentistas húngaros de Sopron, más baratos y tan buenos como los de Viena. El impacto del choque de estos dos mundos es considerable.

Para entender el impacto del choque entre estos dos mundos, es necesario imaginar la situación de dos trabajadores, uno eslovaco y uno austríaco que se dedican a la misma actividad y que viven en las capitales de sus respectivos países, situadas a una hora de distancia. El austríaco entra a su empleo por la mañana, y veintidos minutos más tarde ya produjo el salario necesario para comprar un kilo de carne de cerdo. El eslovaco necesitará tres horas y cuarto para lograr la misma proeza. Si en la misma balanza se colocan otras nacionalidades, se comprobará que el checo necesitará dos horas y media, el húngaro dos horas y diez minutos, el polaco una hora y tres cuartos, y el croata una hora y media; pero el que deberá realizar un esfuerzo mayor será el ucraniano, que necesitará cinco horas para lograr el mismo kilo de carne de cerdo que a su colega austríaco le costó veintidos minutos de trabajo. La hora en automóvil que separa Viena de Bratislava es casi nueve veces más valiosa para un eslovaco que para un austríaco si se toma como elemento de comparación el kilo de carne de cerdo, la más común en la dieta centroeuropea.

Si se lo que se toma en cuenta es la canasta básica en su totalidad, se aprecia que el eslovaco y el checo tienen que trabajar todo el mes (24 días) para alcanzar ese nivel de subsistencia que al austríaco le cuesta sólo una semana de idéntico trabajo, pudiendo gastar el salario de las tres semanas restantes en bienes y servicios que mejoren su calidad de vida. Cuando se hacen estas cuentas globales el polaco está más cerca del nivel de vida occidental, necesitando apenas algo más que el doble de trabajo que el austríaco para obtener el mismo resultado, dos semanas y dos días. Un poco peor que la realidad del polaco, pero mejor que la del checo y que la del eslovaco, es la situación del húngaro y del croata, que necesitan de 20 días de trabajo al mes para obtener lo básico para vivir. Si quiere lograr el mismo resultado, el ucraniano deberá trabajar todo el mes incluyendo sábados y la mitad de los domingos, ya que necesitará de 28 días de salario.

De todos los ciudadanos de los páises analizados en esta comparación basada en cálculos propios a partir de tablas de HGV, una institución especializada en monitorear las economías en transición, el polaco es el único que además de cubrir su canasta básica puede comprarse un traje y un par de zapatos con el salario de un mes; para eso deberá destinar el pago recibido por diez días de trabajo. Nuevamente el doble de lo que debe trabajar un austríaco para la misma compra, pero esta vez la mitad de lo que necesitan trabajar los checos y los eslovacos, con la diferencia sustancial que si los checos o los eslovacos quieren comprarse un traje y un par de zapatos deberán renunciar a parte de aquellos alimentos y servicios imprescindibles para vivir. Esta comparación, sin embargo, no es suficiente para visualizar la diferencia en la calidad de vida de los austríacos y sus vecinos de las economías en transición, ya que no incluye uno de los elementos de análisis más importantes: el desempleo.

==Segunda parte de siete

* 1- Después del Muro, una cortina de cristal
* 3- La inseguridad básica
* 4- Dos casos: Eslovaquia y Chequia
* 5- La crisis país por país
* 6- Los niños que no nacieron
* 7- Los costos humanos de la transición

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de diciembre de 2000)

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Después del Muro, una cortina de cristal

En 1989 quienes vivían con menos de cuatro dólares por día en el campo socialista eran 14 millones. A mediados de los noventa, según datos del Banco Mundial, esa cifra se había multiplicado por diez, llegando a 142 millones de personas en los mismos países. Las Naciones Unidas ya hablan de una nueva cortina: una cortina de cristal que ha sustituido a la vieja cortina de hierro, y que no aisla fronteras afuera sino que separa ricos de pobres al interior de países.

Alcanzó una década para que se produjera lo que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) calificó de “catástrofe demográfica”, que tiene como uno de sus ejemplos más elocuentes a los casi cinco millones y medio de niños que nunca llegaron a nacer, y que lo hubieran hecho de haberse mantenido las reglas de juego socioeconómicas previas a la caída del socialismo real. Los habitantes de Europa del Este, sin embargo, no desean un retroceso en los derechos civiles recientemente conquistados, según lo han mostrado las encuestas de opinión.

“Decisiones individuales por excelencia, como formar una familia o tener un bebé, están invariablemente influidas por las condiciones generales del momento en que se toman, incluidas las circunstancias económicas y políticas, las cuales pueden ser percibidas como elementos de incertidumbre”, asegura la Comisión Económica Europea de las Naciones Unidas (ECE) en su último informe anual. Sostiene esta afirmación en el hecho de que la cantidad de hijos que tenía una mujer de Europa del Este a mediados de los ochenta, un promedio de dos, descendió drásticamente a 1,35 hijos por mujer, colocando a la región aún por debajo de la Europa Occidental que presenta un promedio de 1,53 hijos por cada mujer.

Estudios conducidos por los investigadores de la Universidad de Oxford, H Moore y R.Palomba, atribuyeron el descenso en las tasas natalidad al “miedo al futuro”, por lo que la ECE traza la hipótesis de que la situación en el ex bloque socialista se debe a que las expectativas de futuro de los jóvenes se vieron reducidas “a veces drásticamente”. El estudio internacional encuentra “evidencias claras” de esta hipótesis en la ex Alemania del Este (RDA) y en Rumania. En la antigua RDA la tasa de nacimientos cayó a la mitad con respecto a la existente un año antes de la eliminación del Muro de Berlín, en tanto que en Rumania nacieron cuatro veces menos niños que los que habían venido al mundo seis meses antes del alzamiento popular que derrocó al régimen autocrático de Ceausescu (foto).

Intranquilidad familiar

Esta “inmediata y masiva reacción” a los cambios políticos, que llevó a las parejas “a detener drásticamente los nacimientos”, se mantuvo en los años posteriores en la medida en que persistió “la ansiedad con respecto al futuro inmediato”, indica el citado documento de la ECE, que también reconoce que el lazo entre la transición y la baja de la natalidad en otros países de la región es “menos fácilmente demostrable”. Los expertos citaron a las transiciones relativamente ordenadas y pacíficas que tuvieron lugar en Hungría, Polonia y, especialmente, en la República Checa, como las que causaron menos intranquilidad en sus ciudadanos. No en vano se reconoce que estos tres países son los que presentan mejores posibilidades de ser aceptados en la Unión Europea luego de un proceso de reordenamiento económico e institucional actualmente en curso.

Las parejas del antiguo bloque comunista no sólo resuelven concebir menos hijos, sino que toman con mayor frecuencia la decisión de abortar un nacimiento, a excepxión de las que viven en países como Polonia y Croacia en los que la religión católica, contraria al aborto, es parte esencial de la identidad nacional. En algunos casos, como en el rumano, la tasa de embarazos voluntariamente interrumpidos directamente se invirtió: en los años de la sociedad comunista había un aborto por cada dos nacimientos, en tanto que actualmente hay dos abortos por cada nacimiento. En Albania este indicador social se triplicó, en tanto que disminuyó en Bulgaria, República Checa y Eslovaquia.

La menor cantidad de niños que nacen hoy en la Europa del Este con respecto a la época comunista no sólo se debe al “miedo al futuro”, sino que se vincula con el descenso real en los estándares de vida y con la influencia de las costumbres familiares occidentales caracterizadas por parejas con pocos hijos. Este último, por ejemplo, se estima como el factor que más incide en la caída de las tasas de fertilidad de un país como Eslovenia, que se ha despegado de sus antiguos compatriotas de la ex Yugoslavia alcanzando un nivel de vida emparentado al de Europa Occidental. Si se toma en cuenta que los Balcanes, a pesar de la guerra, es la única subregión en la que no se ha dado esta disminución del número de nacimientos, el caso Esloveno es aún más excepcional.

==Primera parte de siete

* 2- El espejo austríaco
* 3- La inseguridad básica
* 4- Dos casos: Eslovaquia y Chequia
* 5- La crisis país por país
* 6- Los niños que no nacieron
* 7- Los costos humanos de la transición

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de diciembre de 2000)

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