13 octubre 2010

Las innumerables muertes de Anna Politkovskaya

(Cuatro años después de publicada esta nota, el presunto asesino de la periodista rusa, el checheno Rustam Majmúdov, sigue libre, y aún no se ha avanzado sustancialmente sobre los autores intelectuales. El órgano encargado de la investigación asegura que las indagatorias continuarán hasta febrero de 2011). Desde San Petersburgo, el presidente ruso Vladimir Putin aseguró que investigará el asesinato de Anna Politkovskaya hasta lograr su esclarecimiento. Tiene sobrados motivos para hacer esas declaraciones ya que ha sido señalado uno de los sospechosos. La periodista asesinada el sábado pasado era una de las voces más críticas contra la política del Kremlin en el Cáucaso. Al momento de morir, estaba preparando un informe con pruebas sobre las torturas en Chechenia.

“Si quiere usted seguir trabajando como periodista, deberá trabajar servilmente para Putin. De lo contrario, le aguarda la muerte, la bala, el veneno, o un proceso judicial: cualquier cosa que nuestros servicios especiales, los perros cancerberos de Putin, estimen oportuno”. La frase, a la que ahora resulta casi una falta de pudor calificar como premonitoria, fue escrita en 2004 por la periodista rusa Anna Politkovskaya.

El sábado pasado, en la entrada de su apartamento del centro de Moscú, la encontró la bala que la estaba esperando. Más de una bala. Disparadas en el pecho y en la cabeza. Probablemente disparadas por un hombre de campera liviana y gorra con visera, según las imágenes de las cámaras de seguridad del edificio. Hace dos años la había encontrado una taza de té envenenado, pero pudo salvarse a último momento. Respondió al veneno con una crónica en la que ponía en evidencia al FSB, el Servicio Federal de Seguridad, heredero de la vieja KGB, y con una gira internacional promocionando ‘La Rusia de Putin’, un libro en el que ataca con dureza al mandatario de su país. A las dos balas no puede responder por sí misma, pero sus compañeros de redacción han organizado una investigación independiente, y la revista en la que trabajaba, la Nóvaya Gazeta, ofreció un millón de dólares de recompensa por quien ayude a detener al asesino.

Pero esta no fue la primera muerte de Anna Politkovskaya. Ni siquiera la segunda, si tomamos en cuenta el episodio del envenenamiento. Tampoco la tercera, si se incluye en la lista el falso fusilamiento a que la sometieron oficiales rusos en 2001, cuando la detuvieron de manera clandestina. Aquella vez salvó su vida porque dos hombres informaron de su detención. Pero aun salvándose, esa momentánea “desaparición” de hace cinco años siguió aumentando la cuenta de las veces en que Anna Politkovskaya tuvo que morir, ya que los dos hombres que le ayudaron fueron asesinados en represalia.

En su libro “La vergüenza rusa”, centrado en el conflicto checheno, la periodista cuenta que sus investigaciones “han costado la vida a bastantes personas que desde entonces forman parte de mi biografía. También ha ocurrido que asesinasen no sólo a la persona que habló conmigo, sino también a algunos miembros de su familia. En el haber de mi cuenta de periodista figura un muchacho de quince años, asesinado junto con su madre, Marja, una activista del pueblo que recogía información sobre los crímenes de guerra cometidos contra los habitantes del lugar. ¿Saben ustedes cómo vivir con esta carga? Yo no sé”.

==Primera parte de dos

* 2- La mano que mece el gatillo

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 13 de octubre de 2006)

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07 septiembre 2007

Rescatada del archivo/Cuaderno de los Balcanes 06: El lado serbio de la ciudad

El Sarajevo serbio también es Sarajevo, pero es otro Sarajevo. La música ya no tiene los acordes turcos que tiene en el barrio del mercado. Ahora es la música que ya había escuchado en Macedonia, y que si existiera algo puro en los Balcanes podría llamarse puramente eslava. En la cafetería de la terminal de ómnibus, los manteles de hule verdes con pequeñas flores blancas amarillas y rosadas, con un sobremantel de tela violeta, cubren las mesas que atiende una mujer. Es distinta a las mujeres del Sarajevo bosniaco. En aquel lado de la ciudad casi todas las mujeres que se veían en las calles o en las tiendas tenían una sofisticación que, desesperadamente, buscaba ser europea. Acá no.

Esta mujer de la cafetería es inconfundiblemente serbia. Así como su abuela y la madre de su abuela no quisieron ser turcas, ella no quiere ser otra cosa que serbia. También son serbios los demás clientes. El hombre solo, que acodado y sosteniendo su cara con las dos manos como si rezara, parece un cuadro medio del partido comunista sacado de una escena de los años sesenta; o los dos hombres que esperan en otra mesa, hablando en voz baja, mirándome con desconfianza.

Acaban de llegar a la cafetería otros cuatro clientes. Susurran en una mesa. Vestidos con una combinación de ropa civil y militar, con barba de varios días, ellos sí tienen el aspecto siniestro de paramilitares. Son los rostros que encajan en las historias brutales de asesinatos, violaciones, y toda la serie de atrocidades que integraron el catálogo de esa forma balcánica de la guerra sucia que occidente bautizó como limpieza étnica. Uno de ellos le grita a la camarera y le exige un café. Ella finge amabilidad pero se nota el temor en la forma en que lo sirve.

El que gritó se para y se acerca al mostrador. Está vestido completamente de negro. Pantalón, zapatos, camisa y saco negros. Es difícil decir si es ropa civil o cierto tipo de uniforme. Indudablemente se trata de alguien que es de una extracción social más alta que la de sus acompañantes y se comporta de ese modo. Los mira con condescendencia. A mí me observa directamente, con desprecio. Me resulta inevitable situarlo detrás de los cañones durante el Sitio, bombardeando la ciudad, así como tampoco puedo dejar de imaginar a sus compañeros de mesa entrando furtivamente en una casa musulmana, o provocando el incendio de la biblioteca de Sarajevo.

Los dos hombres de la mesa de al lado han dejado de mirarme con desconfianza. Ahora están pendientes de la mesa de -llamémosla así- los cuatro paramilitares. Escuchan lo que aquellos hablan en voz alta. Están como paralizados por la atención. La mujer del bar, acodada del lado de atrás del mostrador, también mira directamente a la mesa que se ha transformado en el centro de la cafetería. Nunca sabré de qué estaban hablando.

==Sexta parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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13 octubre 2006

La mano que mece el gatillo

“Anna Politkovskaya vivía en el corredor de la muerte. Se sabía sentenciada, pero no conocía la fecha de la ejecución”. No podría haberse dicho mejor que como lo dijo el periodista español José Antonio Guardiola. Aunque se conocía la sentencia, queda la duda de quien ordenó apretar el gatillo. Las primeras acusaciones apuntan contra los servicios secretos y los grupos parapoliciales cercanos al Kremlin. Incluso una versión señala la coincidencia del crimen con el cumpleaños número 54 de Vladimir Putin, indicando que podría haber sido un macabro regalo de un sector de la mafia rusa. Cada vez más, sin embargo, gana espacio la teoría de una conexión chechena. Un artículo de la Nóvaya Gazeta citado por agencias internacionales indica que “o bien ha sido la venganza de Ramzán Kadírov -primer ministro checheno, foto- sobre quien Politkóvskaya escribía a menudo, o bien de los que quieren que las sospechas caigan sobre él”.

En la entrevista que Guardiola le hizo hace un año, cuando Politkovskaya fue a España a recoger el premio Vázquez Montalbán, dijo sentir que la situación chechena había sido abandonada por la prensa internacional. “Es una guerra congelada. A nadie le preocupa. Es una especie de guerra enquistada en la que a diario se echa en falta la vida de soldados y civiles que no sólo mueren, sino que también desaparecen. Ése es el gran problema de esta guerra en la que la gente desaparece sin dejar rastro. He estado viendo reportajes sobre Irak y sobre Israel, he escuchado a periodistas comentando estos actos terroristas, pero en Rusia nadie lo comenta. En Rusia las víctimas se consideran normales. La postura oficial es que debe haber víctimas y la postura de Occidente… No entiendo por qué es como es. No entiendo a Occidente todavía”.

Fuentes: Para realizar este artículo fueron consultados trabajos de los periodistas Magdalena Bandera (El Periódico, Barcelona), Sol Alameda (El País, Madrid), José María Pérez (La Vanguardia, México), José Antonio Guardiola (TVE)

==Segunda parte de dos

* 1- Las innumerables muertes de Anna Politkovskaya

(Publicado en Brecha el 13 de octubre de 2006)

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05 febrero 2006

El Oloffson de Green

Las noches de Puerto Príncipe recuperan algo del brillo perdido de la perla de Francia. Para comprobarlo es necesario dejar atrás la seguridad relativa de Petion-Ville, bajar a la capital y dejarse envolver, por ejemplo, por la leyenda del hotel Oloffson, un antiguo hospital de los marines en el que parecen superponerse las épocas en varios planos. Un espejo contenido por un grueso marco de madera tallada, escorado sobre la barra del bar, refleja una atmósfera de otro tiempo en el azogue gastado. Dos minúsculos ventiladores de techo intentan batir el aire en la sala de fiestas del hotel Oloffson, de Puerto Príncipe. La capital haitiana tiene en esa vieja mansión uno de sus lugares más emblemáticos. Sin el brillo de antaño, la luz del día lo muestra rodeado por un barrio hundido en la pobreza, aunque por las noches mantiene esa atmósfera refinada y decadente que atrajo huéspedes ilustres, incluyendo al rolling stone Mick Jagger.

Una mujer negra, encanecida, cruza la sala apoyada en su bastón y se coloca detrás de una caja registradora de los años de la Ley Seca. Afuera, en las galerías de madera labrada, algunos huéspedes toman el célebre ron Barbancourt, de espaldas a la piscina en la que fue encontrado el cadáver del doctor Philipot, en "Los comediantes", de Graham Green. Pero más allá de los trazos que recuerdan los años cincuenta, hay otra escenificación que coexiste con el Oloffson de Green. Porque encima de la misma barra del bar del hotel hay un enorme televisor que sintoniza la trasmisión en directo de un partido de básquetbol de la NBA; y además de los huéspedes que toman ron haitiano en la galería, adentro, en las mesas de la sala de fiestas, una veintena de japoneses, casi adolescentes, descansan después de un largo día recorriendo los proyectos de cooperación internacional financiados por su gobierno.

Karaoke y Dessalines

En la misma escena del Oloffson es posible, incluso, descubrir un tercer juego de imágenes. Sobre la barra no sólo están el espejo y el televisor, los acompaña una talla en madera de un general negro, tocado con un sombrero de aire napoleónico, a la que le han esculpido unas mazorcas de maíz en el lugar en que irían las charreteras. Tal vez se trate de una imagen de Jean Jaques Dessalines, un esclavo nacido en Guinea que se autoproclamó emperador y se rebeló contra Napoleón, cuando Bonaparte inentó restablecer la esclavitud en la isla. Frente a las mesas, un escenario. Un cantante local, Ticoca, agita una tela turquesa al ritmo de una música que recuerda en algo el calypso panameño. Su banda se completa con un acordeonista, una batería y un bajo eléctrico. La voz, aguda, arrastra canciones tradicionales escritas en creole, ese idioma nacido de las plantaciones cuya raíz combina algo del francés antiguo y de las lenguas de los esclavos africanos. No son, sin embargo, mundos irreconciliables. Un japonés de larga melena rubia deja la barra, y empieza a bailar en el centro de la sala. Los que se quedaron en las mesas aplauden y lo alientan. Quienes tomaban ron en la galería se acercan, para observar de qué se trata ese griterío en un idioma que seguramente les resulta incomprensible. Ticoca termina su canción, agradece en francés y hace una pausa. Para llenar el vacío, de los parlantes surge música de discoteca. Ahora sí los japones dejan sus mesas masivamente y se ponen a bailar en el centro del salón. Uno de ellos, tal vez algo borracho, entra al escenario, toma un micrófono y canta, como si estuviera en un bar de karaoke. Al personal del hotel no parece llamarle la atención.

Después de las nueve de la noche el público del Oloffson cambia. La sala comienza a llenarse de haitianos que llegan atraídos por el recital que cada jueves ofrece una banda de vodoo-rock, Ram, que alcanzó la celebridad cuando una de sus canciones fue elegida por Jonathan Demme para la banda sonora de la película Philadelphia. Se apretan contra el escenario, y parecen estar en ritual más que en un concierto. La música combina cantos vodoo acompañados de percusión y unas enormes cornetas tribales, con una base pop y un trabajo de sintetizador que recuerda los clichés más obvios del rock sinfónico. La combinación, sin embargo, hace delirar a su público. La popularidad de Ram, de cualquier modo, es mínima si se la compara con el verdadero ídolo de la música haitiana: Micky Maravilla, una suerte de bailantero local que mueve multitudes. Con una escena música vibrante, galerías de arte cargadas de cuadros de cotizados pintores que no sólo practican el estilo naïf que le valió la fama internacional a la plástica local, y con una decena de escritores que publican asiduamente en editoriales francesas, la riqueza cultural de Haití parece estar en las antípodas de su miseria económica.

==Quinta parte de cinco

* 1- Todas las fronteras del mundo
* 2- Puerto Príncipe
* 3- El brillo perdido
* 4- Petion-Ville

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha, de Uruguay, 2002)

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Petion-Ville (Haití, parte 4)

Nombrada en honor a Alexandre Sabés Petión, un hijo de padre francés y madre mulata que instauró la república en Haití y apoyó las campañas libertadoras de su amigo Simón Bolívar, Petion-Ville más que una ciudad parece un barrio de Puerto Príncipe. Situada en una elevación, allí se concentran los principales hoteles, las sucursales de las librerías francesas, los restaurantes y las galerías del cotizado arte haitiano. Aunque contrasta con Puerto Príncipe, la primera impresión de Petion-Ville no es la de un barrio próspero, sino que incluso allí lo predominante es la pobreza generalizada en la que vive la inmensa mayoría de la población haitiana. Si se camina por Petion-Ville se tiene la sensación de ir bordeando una yuxtaposición de fortalezas. Las veredas son delgados senderos situados al pie de altos muros que protegen las residencias de los hatianos acomodados (los verdaderamente ricos viven varios kilómetros montaña arriba), muros que en cada esquina tienen garitas, y a veces pequeñas torretas, en las que se asoman hombres armados.
En la puerta del hotel Kinam también hay un guardia de seguridad que cuida la entrada con una escopeta de caño recortado. Dentro de los muros de la casona, y protegidos del calor de la tarde por las galerías de madera labrada, los huéspedes parecen llevar su vida al margen del entorno. Un grupo de cubanos de más de cincuenta años, funcionarios de gobierno en misión de cooperación técnica, bromean en el bar del hotel sobre la reciente ruptura de relaciones diplomáticas entre Cuba y Uruguay. No saben exactamente de qué lado está el periodista, y para no ser descorteses cambian la conversación hacia el terreno de la emulación pacífica entre el ron haitiano y el Havana Club. Algo alejados de nuestro grupo, al borde de la piscina, media docena de preadolescentes mulatos comen langosta a las tres de la tarde, mientras mojan con pistolas de agua al camarero de frac que los atiende, solícito, ante la mirada de los padres que sonríen desde una mesa cercana.

==Cuarta parte de cinco

* 1- Todas las fronteras del mundo
* 2- Puerto Príncipe
* 3- El brillo perdido
* 5- El Oloffson de Green

(Publicada en el semanario Brecha, de Uruguay, 2002)

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El brillo perdido (Haití, parte 3)

El mercado parece haber crecido entre las ruinas del viejo esplendor de la ciudad. Todavía se adivinan los edificios sólidos de fines del siglo diecinueve, con sus amplias pasivas conformadas por enormes columnatas de granito. Están ocultos, debajo de un enjambre de puestos callejeros, algunos literalmente ambulantes, ya que los vendedores se transforman ellos mismos en vitrinas, mostrando las mercancías, ropas o relojes, sobre su cabeza o entre sus brazos mientras caminan para buscar al cliente imposible. Las ruinas del viejo esplendor de Puerto Príncipe albergan, ahora, esa hilera de mujeres que han clavado sus braseros entre el barro o sobre el contrapiso roto de veredas que perdieron sus baldosas hace décadas. Sobre los braseros hay enormes ollas de hierro en las que trozos de cerdo y plátano se fríen en aceite hirviendo, llenando el ambiente con un olor penetrante. Braseros que en otro contexto parecerían improvisados pero que acá, en este campamento colectivo, dan la sensación de estar mucho más en su lugar que los propios edificios decimonónicos, patéticamente presuntuosos, cáscaras vacías utilizadas, en el mejor de los casos, como depósito de mercancías baratas. Pegados a esos fogones, una fila de hombres comen en silencio sus porciones de cerdo con arroz, recostados a las paredes de hormigón que alguna vez estuvieron revestidas por planchas de mármol.
En el mercado, toda negociación de precios que quiera realizar un visitante comienza en los cien dólares, no importa qué tipo de producto o servicio se quiera comprar. Ya se trate de un diccionario creole-inglés, un par de zapatos, un viaje en taxi o una talla de madera, el primer precio que se escuchará será ese. El segundo precio es cinco veces menor. La mutación se produce por un acto de prestidigitación monetaria. Ante el asombro del potencial comprador por tan violenta rebaja, el vendedor aclara que el precio inicial no estaba expresado en dólares americanos, sino haitianos. Esta última es una moneda virtual. El dinero local son las gourdas, pero el uso ha mantenido la existencia de los dólares haitianos para las transacciones con extranjeros, aunque nunca sea posible ver algún billete que responda a esa divisa. Vale cinco veces menos que su pariente estadounidense, y cinco veces más que la gourda. Luego de que los cien dólares del comienzo quedan reducidos a veinte, empieza la verdadera negociación, que en general termina en precios de un dígito. No se trata de negociaciones estáticas, sino que el vendedor no suele conformarse con la primera negativa, y sigue ofertando sus productos mientras acompaña al cliente durante algunas cuadras.

==Tercera parte de cinco

* 1- Todas las fronteras del mundo
* 2- Puerto Príncipe
* 4- Petion-Ville
* 5- El Oloffson de Green

(Publicada en el semanario Brecha, de Uruguay, 2002)

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Puerto Príncipe

Frente al Parlamento, cruzando la rambla, un pequeño parque descuidado es un oasis en medio del caos urbano de la capital. Grupos de jóvenes descansan entre el pasto. Estudian o simplemente miran la copa de los árboles mientras se dejan refrescar por la brisa del golfo de Gonaïves. No miran el mar. Si lo hicieran sólo verían una bahía sucia, contaminada por un puerto en el que no parece haber nada más que cargueros herrumbrados, y por el ir y venir de pequeñas lanchas desvencijadas que reproducen el tráfico que la ciudad despliega a sus espaldas. Puerto Príncipe era la perla más preciada de la Francia colonial. Hoy, esta ciudad, que debió haber sido hermosa, se ha transformado en la contracara de lo que su nombre sugiere.

Haití es diferente por completo al resto del continente americano. Esta singularidad puede palparse cuando se visita el Mercado de Hierro de Puerto Príncipe. Cuando el país todavía recibía turismo, las guías de viaje lo recomendaban con entusiasmo. Ahora, las mismas publicaciones lo desaconsejan. La estructura cerrada del mercado es un colorido y enorme galpón metálico de aire oriental, que originalmente estaba destinado a una ciudad de la India y fue embarcado hacia Puerto Príncipe por error. A su alrededor se levanta un enjambre de puestos callejeros que forman una feria permanente al aire libre, situada a pocas cuadras del palacio de gobierno.

Ingresar a la zona de mercado es entrar a un espacio de irrealidad. No hay un sólo turista, y aparentemente tampoco hay compradores. Es un montaje casi onírico a la espera de nadie. Una maraña humana voceando mercancías agrupadas en un caos aparente, pero en el que se pueden identificar ciertas lógicas: una calle de zapateros, otra en la que se reparan relojes, la acera de los libreros. Todo dispuesto sobre mesas precarias y rodeado de basura. Como no existe ningún sistema de recolección pública, los deshechos se amontonan en los callejones que quedan entre los puestos, por lo que se debe caminar pisando directamente por sobre una capa de basura que va siendo aplastada por los pasos hasta ir formando una alfombra semi-orgánica de la que parece desprenderse un vapor, casi sólido, que enturbia la atmósfera volviéndola irreal. Llega un momento en que sólo se ve la espalda de quien camina adelante, y se confía ciegamente en que ese punto de referencia sabrá la dirección correcta, y sólo queda dejarse arrastrar por el movimiento ondulante de ese ser colectivo que es el mercado.

==Segunda parte de cinco

* 1- Todas las fronteras del mundo
* 3- El brillo perdido
* 4- Petion-Ville
* 5- El Oloffson de Green

(Publicada en el semanario Brecha, de Uruguay, 2002)

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13 diciembre 2003

Lejos de Bagdad

Montevideo se ha vuelto una ciudad del trópico. Las noches cálidas tuercen inesperadamente su rumbo y esas nubes en las que nadie había reparado hasta hacía un momento se quitan la máscara en un abrir y cerrar de ojos. Primero es una brisa suave. No alcanza el tiempo para disfrutarla que ya golpea, con violencia, arrastrando a su paso todo lo que permanece distraído. Una caminata lunar inflable daba vueltas sobre sí misma por el medio del césped mientras la tela que cubría los parlantes sólo permanecía atada por uno de los vértices y se agitaba, desbocada. El conjunto no pudo terminar su retirada, por lo que no fue posible, esa noche, comprobar el efecto real de eso de lo que todo el mundo habla en la ciudad: hasta el mejor plantado en su cinismo sufre un nudo en la garganta con la despedida de esa murga. La política ya no hace reír. Los carnavales de ahora son la crónica de eso en lo que se está convirtiendo esta ciudad del trópico, y que los informes internacionales llaman “nación disgregada”. La diáspora. Suele ocurrir después de una guerra o de una catástrofe natural de proporciones bíblicas. Acá el clima cambió por la aceleración imprevista de esa combinación de factores que dos sociólogos, padre e hijo, llamaron el largo adios al país modelo. Ya somos, finalmente, pobres como todos.

* * * * *

La CNN estaba cubriendo la llegada de un huracán a la Florida, y en medio de las calles desiertas y las palmeras que parecían quebrarse por la presión de la tormenta, había una figura solitaria sentada frente a la rambla de Miami, empapándose con las olas que ya se levantaban varios metros. Dos bomberos lo sacaron de esa peligrosa y absurda situación. Cuando ya estaba en terreno seguro el periodista le preguntó qué hacía en ese lugar mientras todo ser sensato estaba encerrado en su casa. “Quería ver cómo era un huracán”, contestó, disgustado por la interrupción, sosteniendo en sus manos un termo y un mate. Ahora ya no hay que ir tan lejos para presenciar y sufrir los nuevos sacudimientos. Enseguida del viento viene la lluvia. Violenta. Diluviana. Traspasa las ranuras y se cuela, invasiva. No hay forma de cubrirse. Las ventanas, que estaban abiertas para conjurar el calor sofocante que precede a las tormentas, se golpean con fuerza mientras el agua se desborda.

* * * * *

No lo despertó el tabletear de la ventana del comedor ni el ruido de los truenos. Lo que lo sacó del sueño fue el llanto de su hijo. Miró resignado el mar de agua en que se había convertido la mitad de su apartamento, cerró las ventanas, y levantó a su hijo de la cuna. Lo tranquilizó acurrucándolo suavemente contra su pecho, y cuando el niño volvió a dormirse, lo acostó junto a él, a su cama. Con la cabeza sobre la almohada, escuchaba la furia de la tormenta y veía cómo el reflejo de los relámpagos iluminaba el cuarto. Una angustia inexplicable comenzó a invadirlo. Se imaginó que no estaba allí, en su casa. O sí estaba. Pero eso que lo aturdía no era una tormenta, sino la guerra. La ciudad estaba siendo bombardeada y él no podía hacer nada para proteger a su hijo. Sólo esperar, acurrucado en la cama, con el corazón en la boca, y rogar que ninguna bomba diera en el blanco. Sí, era a él a quien buscaban los proyectiles. Inmóvil, podía sentir su propio temblor en la calurosa noche.

* * * * *

Al otro día lo contó en la oficina. Todos lo entendieron. No lo compadecieron ni le palmearon la espalda ni le dijeron mucha cosa. Lo entendieron desde esa forma de la comprensión que nace del haber vivido experiencias similares. Es el miedo. Inexplicable. Pero real. Colectivo e íntimo a la vez. En los sesenta estaba el miedo a la bomba. Era un miedo que se conjuraba desde la apelación a un proyecto, o al menos a una visión del futuro. Después ese miedo se fue extinguiendo. Quedó, a lo sumo, como una cuestión reservada a los europeos. Allá ellos y su Chernobyl. En esta banda del Atlántico lo sustituyó la convicción de que aquí no podía ocurrir. No a nosotros. Granero del mundo, vendedores de corned beef en cada una de las guerras pasadas, campeones del mundo en pasar desapercibidos. Pero también esa certeza desapareció. Se fue en el largo adios del que hablaban Carlos y Fernando Filgueira. En su lugar se instaló una duda que parecía provenir de lo más oscuro. ¿Por qué no iba a ocurrirnos a nosotros? No es que esta guerra importe más que otras. Ocurre que esta es nuestra primera guerra en desamparo.

* * * * *

El otro trópico, el verdadero, se toma las cosas con más calma. Nadie sale con paraguas porque cuando se desata la lluvia más vale dejarla correr, para que pase más rápido. Jeremías sobrevivió a diez años de guerra con una filosofía parecida. “Combates combates, lo que se dice combates, había pocos, la mayoría de los muertos cayeron en emboscadas”, contaba. Y del análisis se desprendía el método: “por eso no hay que ir ni muy adelante ni muy atrás, siempre en el medio de la columna, y sin hacerse el héroe, que eso no sirve para nada”. Escucharlo era como escuchar de nuevo aquellas palabras de Dora María: “acá la guerra la ganamos los cobardes, a los valientes los mataron enseguida”. Un exceso de modestia para la mujer que dirigió la toma de León.
En Nicaragua todos tienen su anecdotario. Hay quien prefiere la épica de los años de la guerrilla, otros aseguran que la verdadera estatura trágica de lo que ocurrió en ese país está en lo que vivieron los jóvenes movilizados en el Servicio Militar Patriótico. Para acercarse a esa faceta no había nada mejor que escuchar a Noel Irías, probablemente el único de los periodistas nicas que podría haber descollado en su profesión en cualquier parte del mundo. Murió con poco más de treinta años y nunca escribió el libro que debió haber escrito sobre sus años en la guerra. No los vivió como reportero sino como conscripto. Una de sus historias hablaba de un compañero de pelotón, un niño rico de Managua que nadie sabía cómo lograba estar siempre atildado e impecable incluso en medio del barro de la montaña. Todos se burlaban y hasta le habían pegado la peor etiqueta que puede recibirse en esa sociedad patriarcal y violenta: maricón. Un buen día al niño rico le diagnosticaron lepra de montaña, una enfermedad que era la pesadilla del campesino y, por lo tanto, del soldado. Un mal que se va comiendo partes enteras de la cara hasta dejar al paciente completamente desfigurado a menos que se someta de inmediato a una batería de inyecciones. En esos años de bloqueo, el tratamiento era escaso y costosísimo, así que quien tenía la desgracia de contagiarse la lepra de montaña, no podía hacer otra cosa que resignarse y volver con la cara mutilada. Una ganga para una guerra que costó cincuenta mil muertos y que dejó a casi media generación en silla de ruedas. Pero el personaje de esta historia era un niño rico, así que sus padres mandaron a traer del extranjero el tratamiento completo y se lo enviaron de inmediato. Le llegó un día que estaban acampando junto a una aldea miserable. Una niña de no más de cuatro años tenía, también, lepra de montaña. El niño rico no lo pensó ni un momento. Le devolvió las inyecciones al médico y le pidió que se las pusiera a la niña campesina. Nunca nadie volvió a tratarlo de maricón.

* * * * *

De cada vida podría escribirse una tragedia. Sobre Ramón Rivera, que era el encargado de llevar a los padres de Jalapa el telegrama sobre la muerte de los conscriptos. Sobre el muchachito que era Testigo de Jehová y que se negaba a usar un arma pero que igual lo mandaron al frente, sólo que desarmado; todos lo agarraban de punto, menos “un lumpen de San Judas” -Noel dixit- que lo tomó bajo su protección y le enseñaba malas palabras y mañas para defenderse, hasta que un día mataron a su protector, y el protegido se olvidó de Jehová, agarró un fusil en medio de la balcera y ya no lo soltó más. O sobre el balazo que un capitán le pegó a un camarógrafo porque lo filmó llorando desconsoladamente, abrazado a dos casi niños de quince años que acababan de morir en una emboscada y que esa tarde habían llegado a su batallón. Todas historias que quedan escondidas debajo de los cables de las agencias de noticias y de las páginas de los historiadores, que colocadas una junto a otra forman una crónica de un heroismo no buscado. Pero una crónica que no resiste discurso, por lo que no debe ser contada. Sólo la épica podría narrarla pero en la guerra desnuda no hay épica posible, porque la épica depende de esa noción de lo grandioso que nace del triunfo o de la derrota que es vivida como triunfo, y en la guerra desnuda no hay vencedores. Todos pierden algo. A veces no se dan cuenta de qué es lo que han perdido hasta que nacen sus hijos en una tierra extraña y empiezan a olvidar. Historias vividas por quienes hubieran preferido no vivirlas. Imágenes que se quedan como esculpidas. Un primer plano de las manos heladas de un muchacho asustado en Puerto Argentino. Una mujer, hermosísima, muerta en la nieve en Yugoslavia. Eslabones de una corriente subterránea que está presente en esa inexplicable conexión del padre que vive una vigilia en Montevideo como si fuera un habitante de Kabul, o de Londres, o de Dresden, o de Stalingrado. Una corriente que es, en sí misma, sin necesidad de palabras que la expliquen, una descripción del miedo. La más real y pura de las sensaciones que despierta la guerra. Su sinónimo. El miedo. Aunque estemos lejos de Bagdad.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha)

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17 julio 2003

El cambiante espesor de la cartografía

Aunque estén dibujados en un papel, los mapas no son planos. Tienen un espesor aluvional que va construyéndose cada día en la agenda informativa internacional. En ese cambiante relieve hay momentos en que se ven más unos países que otros. No hay día en que el mundo sea el mismo que el anterior. Ayer existía Pakistán, por ser vecino de los afganos, hoy su lugar lo toman Irán o Corea del Norte, y mañana será Indonesia. Pero ese mapa cambiante de la actualidad no sólo depende de la evolución de los acontecimientos, sino también del punto del globo en que viva el observador. No hay ciudad desde la que se vea el mismo tramo de mundo que desde otra. Por vecindad, intereses económicos, o hechos puntuales como la integración de las misiones de paz, los uruguayos ven con nitidez zonas del planisferio que para los daneses o los vietnamitas resultan inexistentes.

Desde hace algunas semanas, África ya no queda tan lejos. La presencia de los cascos azules uruguayos puso a la República Democrática del Congo en el cono de visibilidad que se alcanza desde Montevideo. A casi nadie le son ajenos nombres como Bunia o Ituri. Un tajo abierto en la frente de un niño soldado congoleño para que la cocaína que se pone sobre la herida haga un efecto más rápido y profundo, es sólo una de las historias de horror que se cuentan en las barracas de los cuarteles y que ya comienzan a filtrarse, extendiendo al resto del tejido social algo de lo que debieron ver desde sus destacamentos las fuerzas de paz del Batallón Uruguay IV. Además, el Congo llega a nuestro horizonte cotidiano acompañado de la percepción de que eso que allí pasa no ocurre porque sí (ya se habló en estas mismas páginas del rol de las mafias que trafican con el coltán, un mineral imprescindible para las telecomunicaciones), ni se circunscribe exclusivamente a las fronteras de un país.

En otras palabras, hace que buena parte de la sociedad coloque la mirada sobre África. Ahora se combate en Burundi. Es difícil leer esa noticia al pasar. Se quiere saber un poco más. Se sigue leyendo. O se pone un poco más de atención al reporte de la BBC. En Burundi combaten los hutus contra los tutsis. Se recuerda entonces que ésos eran los bandos en pugna en los tiempos del reciente genocidio en Ruanda. Y eso trae a la mente lo que se había leído sobre el Congo, que en verdad se trataba de una guerra internacionalizada en la que estaban involucrados, entre otros, Ruanda y Uganda. Se pone un mapa sobre la mesa. Se ven todos esos países rodeándose entre sí.

Se recuerdan las palabras de Madeleine Albright. ¿Qué habrá sido de esta mujer nacida en la vieja Checoslovaquia, secretaria de Estado de William Clinton? Es inevitable sentir que en sus manos el barrio era más seguro que ahora. Madeleine Albright dijo que el mundo no se estaba dando cuenta, pero que en la región de África que comparten la República Democrática del Congo, Uganda, Ruanda y Burundi, estaba peleándose la Primera Guerra Mundial africana. La habían originado una combinación de intereses económicos y políticos que se servían de los odios tribales y de la chapucería del trazado de las fronteras para poner los recursos naturales en manos de las mafias trasnacionales.

Ahora se pelea en Burundi. Es lógico pensar que se trata de otra batalla de esa misma guerra. La capital, Bujumbura, ha sido asaltada por los rebeldes del Frente de Liberación Nacional (FNL). Recién va poco más de una semana de combates, pero ya han muerto 170 personas. Los rebeldes son de la etnia hutu, igual que el 85 por ciento de la población. El ejército intenta detenerlos. La mayoría de los oficiales, al igual que la clase dirigente del país, es de la etnia minoritaria tutsi. Los eternos rivales de los hutus. En abril, un plan de paz que propiciaba un gobierno mixto, con un presidente hutu, parecía haber encontrado una mecánica institucional para salir de la crisis y había sido aceptado por la principal guerrilla, las Fuerzas para la Defensa de la Democracia.

Sin embargo, el menor de los dos grupos hutus alzados en armas, el FNL, quiere la renuncia incluso de este presidente hutu en el gobierno de coparticipación étnica. Sólo aceptarán un régimen sin presencia tutsi de ningún tipo. Este 14 de julio, el Burundi Quotidien anunciaba que los combates se habían extendido a las zonas de Gihosha y de Rohero. Nombres de una geografía destinada a extinguirse en la efímera atención de la opinión pública. Apenas una delgada capa en la cambiante cartografía de la información. Nadie anunciará desde ningún portaviones el final de esta larga guerra de los Grandes Lagos.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 17 de julio de 2003 )

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28 febrero 2003

El miedo a la sed

La obsesión de los iraquíes no es el petróleo. Es el agua. Los fabricantes clandestinos de bidones de plástico han inundado el mercado negro, y la gente los amontona en todas las habitaciones de sus casas, repletos de agua. La imagen de la Deutsche Welle de un vendedor de bidones atando una quimérica aglomeración de recipientes al cuadro de su bicicleta, hace pensar en esa otra construcción de cuatro mil años atrás, levantada a 90 kilómetros de Bagdad, en la ciudad de Babilonia, la bíblica Babel, que alguna vez gobernó Hammurabi. O también puede verse como parte de una secuencia que completa aquella otra foto de bidones en racimo, éstos atados a la espalda de un niño de Sarajevo que mira a la cámara con una mezcla de resentenimiento y angustia, porque sabe que en unos instantes, mientras el fotógrafo permanecerá a resguardo, él deberá iniciar una carrera desesperada hacia una canilla situada bajo el fuego de los sitiadores.

Las imágenes de las guerras tienen algo de ya visto, que toca al espectador haciendo equilibrio en esa cuerda floja que va del acostumbramiento indiferente al collage zen, sensación repentina de que los distintos fragmentos tomados en tiempos y lugares diferentes no son otra cosa que fotogramas de una misma historia. La ejecución sumaria del prisionero vietcong con una bala en la sien disparada por un general sudvietnamita en las calles de una Saigón devastada. El miliciano que se desploma con los brazos abiertos alcanzado por la espalda en España. La leona atravesada por un haz de flechas de los relieves mesopotámicos encontrados en yacimientos iraquíes, y que ahora puede verse en una de las salas más sobrecogedoras del Museo Británico.

El reportaje de la Deutsche Welle quiere revelar el modo en que los iraquíes esperan el ataque inminente de Estados Unidos. Como todo periodista con poco tiempo para lograr una inmersión en la vida cotidiana del hombre de la calle, el enviado alemán opta por el atajo habitual: convierte a un taxista en personaje de su historia. Como todo taxista que se deja entrevistar, Ahmed jura que no siempre fue taxista. Curiosamente no se dice ingeniero, como prefieren hacer los choferes balcánicos, sino que cuenta un pasado de capitán de buques mercantes, una historia seguramente larga que la sala de edición jibariza hasta transformarla en un titular de un par de segundos. Lo que importan son las imágenes de Ahmed en la cocina de su casa, envuelto como siempre en su turbante roiblanco a cuadros, pero ya sin lentes de sol imitación Rayban, comiendo un ensopado con uno de sus hijos y comentando los sucesos del día con su esposa. A renglón seguido, Ahmed muestra su tesoro escondido: una cisterna de barro con aspecto de gigantesca vasija, en la que guarda decenas de litros de agua. Cuando Estados Unidos comience su campaña aérea lo primero que se cortará será el suministro eléctrico, y sin electricidad no se podrá bombear agua desde los pozos, y los iraquíes deberán enfrentar el peor de sus fantasmas: la sed.

Luego es el turno de un paneo por los barrios adinerados, en los que la gente sigue casándose los jueves en medio de un mar de nieve artificial que los invitados lanzan unos sobre otros con spray portátiles. Lo único que ha cambiado, dice el novio, sonriente, son las trincheras que se han improvisado en cada esquina con bolsas de arena y que cuidan guardias privados. No son para detener a los estadounidenses, sino a los posibles saqueos que se produzcan durante los momentos sin ley que precedan a la supuesta entrada de los marines en la ciudad.

El mayor miedo para las clases privilegiadas de origen sunni, sin embargo, es que los primeros en entrar sean los kurdos, una etnia tradicionalmente oprimida por Saddam. Los kurdos están entrenando a cien mil hombres para atacar al Ejército iraquí apenas comience la guerra. Estados Unidos intenta jugar a dos puntas. Esa presencia de tropas motivadas y conocedoras del terreno le sirve para disminuir las posibles bajas estadounidenses en el combate terrestre, pero por otra parte tiene la presión turca para evitar que los kurdos se beneficien de la caída de Hussein. Casi un calco de lo que ocurrió en Afganistán, cuando Estados Unidos utilizó a la Liga del Norte para combatir a los talibán, pero debió evitar que aprovecharan el vacío de poder, ya que eso no era visto con buenos ojos por Pakistán, el aliado fronterizo que en aquel momento cumplió el rol que ahora le cabe a Turquía.

La revista brasileña Veja calificó a Irak como "la Yugoslavia del Mundo Árabe", por el polvorín étnico que representa. Y en ese escenario los kurdos son la principal preocupación, para tirios y troyanos. Muchos analistas han interpretado la concentración de tropas turcas en la frontera con Irak como una presión para evitar que los kurdos declaren una República del Kurdistán en la zona en la que son mayoría. El 17 por ciento de los iraquíes son kurdos: cuatro millones de personas. Si ellos declaran un Kurdistán independiente, la estabilidad de la región se vería seriamente comprometida, con millones de kurdos viviendo en Irán y Turquía, en áreas que reclaman como parte de ese Kurdistán. Además de cuidar la sensibilidad turca, Estados Unidos tiene que tener en cuenta que en las zonas kurdas de Irak podrían quedar comprendidas importantes reservas petroleras.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en febrero de 2003)

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20 noviembre 2002

Todas las fronteras del mundo

Sumergirse en la realidad del país más pobre de América, puede implicar un golpe tan fuerte que la experiencia se tiñe de una irrealidad casi onírica, mientras se recorren los jirones del viejo esplendor de la perla más preciada del imperio colonial francés. En Haití, cada imagen es una frontera.

Quienes llegan por avión a la isla de La Española, que Haití comparte con República Dominicana, aseguran que la división entre ambos países puede adivinarse desde el aire. La porción verde es República Dominicana, el gris amarronado es Haití. La postración económica de la ex colonia francesa prácticamente acabó con la vegetación. Los dominicanos comentan con cierta amargura que su propia crisis, o el pasaje furtivo de la frontera que realizan los contrabandistas de carbón vegetal, ya han ido desdibujando este remedo cartográfico. Pero si se arriba a Haití por vía terrestre, el impacto es todavía más fuerte.

La capital dominicana, Santo Domingo, tiene ciertos destellos de prosperidad, algunos basados en el auge de la construcción de infraestructura turística, otros que surgen de las inversiones realizadas en algunos monumentos de la ciudad antigua, como consecuencia de las celebraciones del quinto centenario de la llegada de Colón. Esto cambia apenas se sale de la ciudad y se pasa por los barrios de lata que se apretan en los cerros circundantes, o por las comunidades campesinas salpicadas entre los platanales. Pasan las horas y a medida que se acerca Haití, la pobreza se vuelve más extrema. Los signos de la modernidad relativa de Santo Domingo van dejando paso a pequeños poblados que muestran, al borde de la ruta, unos curiosos coliseos de madera reservados a las riñas de gallos. Unos kilómetros antes de llegar a la línea divisoria, la carretera simplemente se extingue, y es sustituída por un pedregal bordeado de casuchas miserables. El trayecto se hace trabajoso y el lado dominicano se parece a cualquier zona fronteriza de cualquier empobrecido país de América Central.

Pero a pesar de ese prólogo, que supuestamente debería preparar al viajero para llegar al país más pobre de América, no es posible estar listo para el impacto que se recibe al ingresar en Haití. Decenas de personas esperan el paso del ómnibus detrás de una pesada reja de metal verde, que sólo se abre para permitir la entrada o salida de los vehículos. Están prácticamente colgadas del portón. Un guardafronteras lo abre y el ómnibus traza una herida entre la muchedumbre, por la que avanza lentamente. Las imágenes se asemejan a la Ruanda de los noticieros. Niños negros, desnudos, mirando con los ojos desorbitados. Una enramada desvencijada bajo la cual decenas de mujeres -la piel sobre los huesos- dan vida a una feria fronteriza en la que los puestos, montados sobre estructuras de madera blanqueada por el sol y la lluvia, casi no tienen nada que ofrecer en sus cuarteadas mesas vacías. Una impresión de estar entrando en un lugar donde la pobreza extrema es la norma. A diferencia de otras, la frontera haitiana no es un lugar por el que se pasa, sino que es un lugar al que se entra.

==Primera parte de cinco

* 2- Puerto Príncipe
* 3- El brillo perdido
* 4- Petion-Ville
* 5- El Oloffson de Green

(Publicada en el semanario Brecha, de Uruguay, 2002)

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10 mayo 2002

Cuaderno de los Balcanes: Introducción

Durante diez años, los Balcanes fueron una presencia recurrente en las primeras planas de la prensa internacional. El final de Yugoslavia, las guerras de Croacia y de Bosnia, la crisis de Kosovo y los bombardeos de Serbia por parte de la OTAN, fueron algunos de los generadores de titulares en los años noventa. La insinuación de una guerra civil en Macedonia, el juicio a Milosevic en La Haya, y los avatares de la postergada independencia de Montenegro, volvieron a darle actualidad. Hechos que se suman a la convulsionada trayectoria de una región que desde la Edad Media siempre ha sido una frontera entre oriente y occidente. Este cuaderno de viaje se interna en esa frontera, diez años después de comenzada la extinción de Yugoslavia, y traza un itinerario que atraviesa longitudinalmente ese territorio, partiendo de la europeizada Croacia, pasando por la Bosnia dividida, y llegando a Belgrado, esa ciudad que no se parece a ninguna otra.

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

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Cuaderno de los Balcanes 10: Kalemegdam

Si hay una construcción que es símbolo de Belgrado, ésa es la fortaleza de Kalemegdan. Está a un paso del agitado tráfico de la capital, pero la paz de un parque le sirve de amortiguador, al punto que cuando se llega al pie de su entrada la calma es absoluta. Arcos, puentes y torretas de piedra, le dan un sabor inconfudiblemente medieval, aunque varias de sus partes fueron reconstruidas en el Renacimiento y en el siglo XIX. Mientras avanza por sus senderos, el visitante, que en general es un único visitante, tiene la sensación de haber ingresado a un montaje pensado para dar la imagen de un paisaje bucólico y pastoril. Entre las piedras sepulcrales del medioevo que están sembradas estratégicamente, corren grupos de ardillas, y sobre unas rocas que quedan bajo una arboleda, siempre dentro de los muros de la fortaleza, ancianas tejedoras ofrecen carpetas blancas y manteles bordados. Es difícil saber para quién es que montan sus puestos en esta ciudad vacía de turistas.

Pero es necesario seguir caminando para llegar al verdadero corazón de Kalemegdan: sus muros sobre la confluencia de los ríos Saba y Danubio. Sentado en ese plano inclinado, se tiene una panorámica única de la ciudad, y la agradable ilusión de tener, también, una panorámica de la propia historia de Serbia. Más modestamente, lo que se descubre desde esta perspectiva es para quien estaban montados los puestos de las tejedoras: hoy el Kalemegdan no es un sitio turístico, sino el lugar de paso que utilizan los lugareños cuando dejan sus oficinas y regresan a los barrios que están al otro lado de la ciudad. Internándose un poco más entre sus laberintos se descubre una escalinata que lleva colina abajo, e incluso una familia de mendigos que viven entre las ruinas de la última de las heridas que sufrieron los muros: una bomba de la OTAN. La delgada escalinata se separa de la fortaleza y parece querer llegar al propio Danubio.

Una pareja comienza a bajar los escalones. La sigo. En cada quiebre de la larga escalera esperan mujeres gitanas mendigando una moneda. El descenso parece sacado de una litografía veneciana, nunca se tiene la perspectiva completa del panorama. No los pierdo de vista. Al final llegan a una explanada, a mitad del camino de descenso, y detienen su marcha. Iban a una iglesia. Entran a un recinto inconfundiblemente bizantino, besan un ícono que está a la entrada, se sientan un instante, en la sacristía compran una delgada vela color ocre. Salen hacia un pequeño altar al aire libre. Encienden la vela y la clavan en un suelo de arena en el que hay otros siete cirios. Se quedan unos minutos, probablemente rezando una plegaria.

Para los exyugslavos la religión es una cuestión de identidad, algo que no se elige. Si se nace serbio, se es ortodoxo; si se nace croata, se es católico. Cada vez hay menos lugar para el viejo ateísmo. Sin embargo, algunos de los símbolos de la Yugoslavia comunista todavía están presentes. Los nombres de las calles han cambiado, pero varias de las placas muestran el nombre antiguo y el nombre nuevo, para evitar confusiones. La tumba de Tito también está en pie, aunque su museo se ha cerrado y, dicen, está prácticamente vacío. El tranvía 41 es el que lleva desde el centro de la ciudad hasta el mausoleo del único croata que todavía es venerado por algunos serbios, aunque no se nota. No hay un solo visitante, y los dos soldados que montan guardia ante la última morada del padre del socialismo yugoslavo no se lo toman demasiado en serio. En el trayecto del 41 se pasa por varios de los edificios destruidos por los bombardeos de la OTAN.

Hoy, todos quienes viven en Belgrado tienen alguna historia de aquellos dos meses de miedo y coraje. Un profesor universitario que habla español a la perfección, recuerda que el día en que empezaron los ataques estaba paseando a su perro en Kalemegdan. “¿Qué iba a hacer? ¿Volver a casa? Imposible. Además no había forma de librarse, los misiles pasaban con tanta velocidad que no tenía tiempo de verlos que ya estaba escuchando cómo estallaban en su blanco. Así que seguí paseando a mi perro y me dediqué a mirar el espectáculo”. Probablemente estaba mintiendo, pero es una buena anécdota.

==Decima parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 09: La ciudad blanca

Ocho horas más adelante está Belgrado. Mientras se avanza lenta y trabajosamente, trepando la cadena montañosa que da nombre a esta península, el viajero tiene la sensación de estar adentrándose todavía más en el corazón de los Balcanes. Todo aquí es más primitivo, si cabe esa palabra para nombrar lo que se ha detenido en el tiempo, no para adquirir un aire nostálgico, sino para irse descascarando por el uso, la pobreza o la desidia. La carretera es mala y angosta. Ovejas. Heno. La primera vaca balcánica. Grandes extensiones de pasturas. Un carro tirado por caballos en medio de la ruta. Aserraderos. Parece bastante claro que aquí la riqueza procede de la tierra. Todo lo que es construído por el hombre está gastado o semiborrado. Contra la roca gris de la montaña se dibujan los árboles con los colores del otoño. Algunos son rojo intenso. Otra vaca solitaria.

El ómnibus va pasando junto a pequeños pueblos de aire apacible y hasta prósperos, en el sentido de esa prosperidad relativa que nace de una buena cosecha. Es como si la Serbia profunda emergiera de la niebla y se mostrara entre los hierros retorcidos de siete autos quemados al borde del camino. Doce hieráticas ovejas en un corral. Niebla. Pasturas y montaña. Dos medallones funerarios muestran los rostros de dos soldados caídos en una emboscada. Gracias a lo fugaz de esa visión, sus rostros, tal vez entrados en años, parecen jóvenes. Sobre el mármol negro se llega a ver la gastada imagen de un águila de dos cabezas, herencia eslava de la vieja Constantinopla. Bueyes arando. Huertas. Más y más parvas de heno.

Sound track

Para llegar hay que sortear, en los últimos kilómetros, una espiral de autopistas. Recién cuando se desenredan los múltiples cruces de sus accesos, se arriba a destino. El nombre Belgrado significa ciudad blanca. Se levanta, aproximadamente, en el sitio de la Singidunum de los tiempos romanos. Este origen histórico, sumado a las bombas de la OTAN que cayeron sobre sus edificios a mediados de 1999, hizo nacer unas peculiares postales que se venden en las peatonales del centro. Se reproduce el dibujo inicial de la historia de Asterix, sólo que la aldea gala se cambia por Belgrado, y el estandarte romano se clava en Zagreb, coronándolo con una bandera estadounidense y un medallón con el rostro de Hitler. La postal luce una adaptación de la leyenda característica del personaje más célebre del comic europeo: “el año es 1999 DC. Europa está enteramente ocupada por los americanos...bueno, no enteramente...un pequeño país de indomables serbios resiste ahora y siempre al invasor”.

Belgrado no es peculiar solamente por sus postales. También lo es por la mutación que sufre cada anochecer. De día, es una ciudad venida a menos, sucia, con tranvías destartalados en los que nadie cobra ni paga boleto, con calles destruidas no por las bombas enemigas sino por interminables obras municipales. Pero de noche, la ciudad se transforma en una vibrante capital europea. Sus peatonales se llenan de gente, de las calles laterales surgen bares y pubs repletos de jóvenes, los alrededores de la zona universitaria se transforman en una réplica eslava de lo que debió haber sido Barrio Latino de París antes de ser bastardeado por el envoltorio para turistas. El corazón de esa transformación es la peatonal Kneza Mihailova. En uno de sus bares hay un espectáculo de jazz, en otro ofrecen música cubana interpretada por una banda enteramente serbia, y bajando algunos escalones hacia el café Plato, se puede escuchar el inconfundible sonido de una fanfarria gitana. El sound track se complementa con un surco inusual: una mujer que vocea periódicos desde una esquina, con una entonación que recuerda un canto coral de la liturgia ortodoxa.

En cada bar es fácil entablar conversación. Los más jóvenes hablan inglés con fluidez, y no debería ser difícil encontrar a alguno de los muchos estudiantes de letras hispanoamericanas de la Facultad de Filología. Jelena es una de esas estudiantes. Accede a contestar todas las preguntas que una década de noticias fragmentadas han construído en el imaginario de los forasteros. Uno de los temas inevitables es el de la identidad: “Yo era yugoslava, y como yugoslava me sentía europea; pero ahora Europa nos ha dado la espalda, y yo estoy aprendiendo a reconocerme como serbia”.

==Novena parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 08: En la frontera

El ómnibus serbio es mucho más antiguo que los que circulan en el lado croata de la Federación de Bosnia-Herzegovina, pero está impecablemente limpio. Las cortinas también aquí son turquesas. Del espejo retrovisor cuelga un banderín con el águila bicéfala estampada sobre los tres colores eslavos por excelencia: rojo, azul y blanco en franjas horizontales. Junto al banderín hay una cruz ortodoxa. El improvisado altar lo completan algunas postales con imágenes de focas y ballenas, deslucidas por el tiempo y por el sol, un pequeño conejo rosado de peluche, y un pinito aromatizador rojo, evidentemente gastado desde hace mucho.

Las colinas que rodeaban Sarajevo van dejando su lugar a las montañas. Otra vez los túneles abriéndose camino en la entraña de las Stare Planina, viejo nombre eslavo de los Balcanes. Ahora las miradas se clavan en un cartel que da la bienvenida a la República Serbia de Bosnia. Es una frontera doblemente extraña: por un lado, no se supone que exista esta frontera más que como una simple señal de agrimensura dentro de un país unido -Bosnia- formado por dos entidades federales, la serbia y la croata-musulmana; pero por otra parte, esa división real entre las dos entidades enemigas, no empieza donde esta frontera lo marca, ya que la zona serbia comienza en verdad unos kilómetros antes, en los barrios de Sarajevo que quedaron bajo su control.
Junto al cartel de bienvenida, en el enorme dique de concreto que evita que la montaña se desmorone sobre la carretera, se conservan, en perfecto estado, cuatro letras de cemento que datan de los años de la Yugoslavia comunista y que nadie ha quitado. En ellas se lee un nombre: Tito.

La mezquita de Pale

La marcha se hace más rápida. A ambos lados de la carretera se ven granjas, casas de tres pisos a medio construir, grandes parvas de heno. Casi no hay publicidad. Los pocos soportes de carteles que han sobrevivido alojan jirones de viejos anuncios. El sol de frente es un enemigo. El conductor hace visera con sus manos, hasta que la niebla vuelve. Regresa en el preciso momento en que un cartel anuncia que nos acercamos a Pale, ciudad que fuera la sede políticomilitar de los serbobosnios durante el asedio a Sarajevo. Antiguo cuartel general de las fuerzas de Karadzic y Mladic, los dos prófugos más buscados por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia. En las afueras parece haber sólo ruinas y gasolineras, pero ha de existir una ciudad debajo de la niebla. Cuando enfilamos hacia la terminal se puede ver un trazado urbano acogedor, con casas confortables, bien pintadas, dotadas de pequeños jardines y balcones con flores. En la terminal se renueva el pasaje y seguimos camino montaña adentro.

Curiosamente, a pesar de estar en plena zona ortodoxa, pasamos por una mezquita. Su construcción, sin embargo, es más pequeña que en las áreas musulmanas del país. Como si quisiera pasar desapercibida tanto por su tamaño como por el estilo de su arquitectura. El minarete es una torreta de base ancha, mucho más baja y menos delgada que lo habitual; su función religiosa sólo se adivina por los parlantes en forma de bocina que están amurados a sus cuatro costados para permitir que fluya el canto del muecín llamando a la oración.

==Octava parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdamc

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 07: Rumbo a Belgrado

Llega la hora de salir rumbo a Belgrado. Pago el café y dejo la escena de los cuatro paramilitares congelada a mis espaldas. Las ventanas del ómnibus están empañadas. Esa opacidad me recuerda que el territorio que voy a cruzar, la República Serbia de Bosnia, es una tierra hundida en la niebla. Hogar del bando al que se le ha dado el papel del villano en esta historia de horror que fue la guerra de Bosnia. Con la mano abro una pequeña zona de claridad en el vidrio. Mientras salimos de la ciudad se ven casas a medio construir y muchos más policías que en la Sarajevo musulmana. Vamos montaña arriba pasando por pequeños poblados campesinos que se han ido uniendo a la Sarajevo serbia, que se estira a lo largo de la carretera. El espacio que hay entre aldea y aldea, que antes era campo, ahora está cubierto por casas recién construidas o a medio construir.

Pienso que deben ser los nuevos hogares de familias desplazadas por la guerra, que encontraron aquí, en esta zona satanizada por el Sitio, el refugio ante la pérdida de su Krajina. Esta palabra eslava significa frontera, o confín, pero también terruño. Para la historia balcánica nombra los viejos confines donde los serbios peleaban al servicio del Imperio Austro-Húngaro para detener a los turcos que amenazaban Occidente. Siglos después, fue allí donde los descendientes de esos guerreros se amotinaron cuando Croacia declaró su independencia. En respuesta al nuevo país que se separaba de Yugoslavia, crearon su propio y efímero país: la República Serbia de Krajina. Luego de algunos meses fueron expulsados por el ejército croata. Ahora viven como refugiados. Probablemente, algunas de esas familias viven en estas casas que veo por la ventanilla.

Allá abajo está Sarajevo. Desde estas colinas que ahora trepamos con el motor forzando la marcha, se bombardeó la ciudad día tras día durante el Sitio que comenzó en abril de 1992 y que convirtió en rehenes a su medio millón de habitantes. Desde mi asiento tengo la misma panorámica que tenía la artillería serbia. Se ven claramente los minaretes de las mezquitas y el viejo edificio de la biblioteca construída por los Habsburgo en estilo morisco. Se puede elegir el blanco fácilmente. Y disparar.

==Septima parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 05: El río de Ulises

No era mentira entonces lo que mostraba Angelopoulous en La mirada de Ulises: los músicos tocando en la niebla, en un improvisado concierto montado en una glorieta al borde del río, mientras la gente paseaba por el malecón, gracias a que la niebla los protegía de la mirada de los francotiradores. Pero la niebla nunca es lo suficientemente espesa, y un balazo, seco y duro, atravesó el manto y enrojeció la nieve, terminando por ese día con la ilusión de normalidad.

También yo caminé, ayer, por ese paseo al borde del río. Una gran arboleda. Una pequeña colina verde y, entre la grama, viejas tumbas musulmanas. Turbantes de piedra coronando las lápidas en las que ya se borró toda inscripción. La caligrafía árabe suele tener esa facilidad para disolverse ante la erosión inevitable del tiempo, lo que permite que un observador ajeno, valiéndose de un exceso de misticismo, pueda leer esa inestabilidad de la letra al contacto con los siglos, como una declaración teológica de su alfabeto: sus letras se diferencian lo necesario como para que sea posible leerlas, pero no tanto como para que no puedan disolverse de un modo uniforme ante la erosión del olvido.

Entre esas tumbas hay algunas, sin embargo, que tienen las fechas y los nombres claramente visibles. Son las nuevas tumbas de los jóvenes muertos durante la guerra de los noventa. Los viejos y los nuevos muertos unen fuerzas, agrupados de diez en diez, en el parque junto al río, tratando de mantener el espacio que los vivos les disputan paseando a sus niños los sábados de tarde.

==Quinta parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de Sarajevo 04: La dama y el cellista

Uno de estos anuncios, de neumáticos, muestra a una modelo en un paso de ballet, con sus piernas extendidas en el suelo, abiertas con habilidad de contorsionista, desnuda, de figura perfecta, con la mirada perdida, sumergida en la introspección, los párpados a medio cerrar, concentrada en el arte de ese prodigio atlético, a medio camino entre lo circense y la danza clásica, como si no supiera que está desnuda.

Así es Sarajevo, tengo la tentación de pensar: la ciudad no sabe que está desnuda. Finge concentrarse en la vida intensa de sus noches llenas de jóvenes que caminan por las calles peatonales del centro. Finge concentrarse en las tardes pasadas en los cómodos sillones de los cafés que combinan lo mejor de la atmósfera oriental con un aire inocultablemente europeo, o en la mentira mística de las vidrieras llenas de artículos importados. Nada nuevo bajo esta neblina. Durante la guerra de los noventa, un periodista español que casi una década más tarde encontraría la muerte en Afganistán, Julio Fuentes, se asombraba de que las mujeres de esta curiosa ciudad casi musulmana, vistieran al estilo parisien y usaran perfume Paloma Picasso en los cafés elegantes de la calle Ferhadija.

Es que hay otra interpretación posible del cartel de la neumática bailarina sin ropa. Tal vez sabe que está desnuda y no le importa. No hablo de la exhibición de su cuepo perfecto, neumático en el sentido en que usaba esa palabra Aldous Huxley en su fantasía apocalíptica Un mundo feliz. No hablo de ese tipo de exhibición porque no hay nada de vulgar en ese anuncio, contrariamente a lo que ocurre con los carteles de ese tipo que pueden verse en otras ciudades. Tal vez sabe que está desnuda y no le importa, por una suerte de dignidad aprendida en los duros años del Sitio. En ese sentido recuerda al afiche del Festival de Verano de Sarajevo de 1993. La ciudad estaba bajo el fuego de la artillería serbia, pero el tradicional festival de música clásica no se suspendió. El afiche de ese año mostraba a un músico, un cellista, tocando con esa concentración dramática de los cellistas (¿o de las bailarinas desnudas de los anuncios de neumáticos?), delante de un edificio en escombros, seguramente su viejo teatro.

==Cuarta parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 03: En Sarajevo

Realmente existía Sarajevo. Estuve allí algunos días y allí estaban, en efecto, la biblioteca destruida, la placa arrancada del magnicidio de 1914, el descabezado edificio de la Universidad en la que todavía existe el despacho del viejo sefardita que tradujo el romancero español, la avenida de los snipers o francotiradores, las manchas rojas recordando la masacre del mercado, el mercado, las librerías de viejo que ahora venden las insignias de los paramilitares de los tres bandos que pelearon la guerra de Bosnia. Pero Sarajevo no deja de tener algo de irreal. Los dos Sarajevo, el serbio y el musulmán, comparten esa bruma. Ahora estoy en la República Serbia de Bosnia. Formalmente esta entidad empieza unos pocos kilómetros más allá, pero este barrio de Sarajevo ya es parte de la Bosnia serbia, el bando más satanizado durante la guerra que acabó con Yugoslavia. Espero por una taza de café, sentado frente a una mesa con mantel de hule, en la terminal de ómnibus. Un gran cuadro de la virgen acunando a su hijo no deja lugar a dudas: la zona musulmana quedó atrás.

El trayecto que me trajo hasta aquí desde el hotel, a las seis y media de la mañana, me despidió de una Sarajevo adormecida. La niebla acentuaba el aspecto irreal de la ciudad. La misma avenida de los snipers, que había visto tantas veces, se me aparecía bajo otro ropaje. Espectral. Como si la niebla despertara los fantasmas. La carpa de un circo levantado a uno de sus lados, acentuaba esta impresión. Los circos, bajo la niebla y al amanecer, armados en un baldío que hasta hace seis años era un campo de batalla, no son una visión recomendable. Enormes dibujos de la cara sonriente de los payasos. Otro de un tigre saltando por un aro de fuego. Pero lo que más estremecía era una calesita que suavemente giraba, sin que hubiera nadie a la vista, y sin que corriera una gota de viento en toda la ciudad. Aunque parecía pasar en cámara lenta, fue una visión fugaz. El auto que me llevaba a la terminal no quería perder tiempo.

Los choferes de Sarajevo no han perdido las viejas costumbres. Cuando el día ya ha despuntado desde hace horas y las calles están llenas de vida, entonces se sienten protegidos por los otros conductores, y aparentan conducir con normalidad. Pero cuando es demasiado temprano y las calles están desiertas, entonces corren, la mirada fija en la avenida, el cuerpo algo volcado sobre el volante, como si en cualquier momento esperaran escuchar la detonación de una bala. Es posible, también, que el apuro del chofer no fuera fruto de un viejo recuerdo, sino que, tal vez, simplemente quisiera apurar un trago amargo. No son muchos quienes aceptan un viaje al lado serbio de la ciudad. A nuestro lado pasaban otras imágenes. Algunos edificios enormes y grises. La mole amarilla del Holliday Inn, hogar de los corresponsales de guerra durante el Sitio. Decenas de carteles de publicidad.

==Tercera parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 02: Camino a Sarajevo



El ancho boulevard va dejando la ciudad. Los enormes bloques grises de viviendas no son tan espantosos en las afueras de Split como en otras partes. Cuando parece que vamos a chocar con unas montañas, el chofer tuerce el timón y tomamos la ruta que va a Dubrovnik, la vieja Ragusa. La carretera se vuelve angosta. Está rodeada de invernaderos, camiones, viviendas de tres pisos y talleres mecánicos. Un enorme cartel de publicidad anuncia una película: planet majmuna. El planeta de los simios. Recostada a la montaña, una pizzería adorna su techo con la maqueta de un avión caza. Del otro lado, sobre el mar, un pescador espera, inclinado, solo, en su bote.

En una desierta parada de ómnibus alguien pintó una hoz y un martillo encima del símbolo de los ustachi fascistas. Guerra ideológica en un territorio donde siempre se dijo que la guerra fue, solo e inexplicablemente, étnica. Dugi rat. Enorme fábrica abandonada. Los bordes de la carretera están llenos de placas que recuerdan a los combatientes muertos. Dos horas y media acompañando al Adriático por la Madjarska Riviera. Un camión en una curva con medio cuerpo sobre nuestro carril parecía la muerte desbocada. Cuando la carretera se bifurca en dos -un camino sigue a Dubrovnik, el otro nos lleva a Ploce- empiezan realmente los Balcanes.

Ploce

En Ploce hay casamatas cavadas en la roca. Luego el Neretva que baja con sus aguas verdes camino a Mostar. Verdes, no es metáfora. A su lado la planicie. Las montañas se alejan hacia atrás empujadas por la carretera que muerde las ruedas del ómnibus y adelante sólo queda la planicie salpicada de algunos olivos. Campo adentro tiene que haber otro paisaje lleno de naranjales, porque el borde de la carretera está sembrado de puestos de venta de naranjas. Algunos también venden cuadros con escenas de pesca que parecen reproducir la melancolía de los solitarios percadores pensativos sobre su bote en las lejanas costas del Adriático que dejamos atrás hace diez minutos. Otros ofrecen tomates y miel de abeja.

Hay tractores. Tengo que resistir la tentación de repetir como una letanía que hay tractores, como si fuesen los cadáveres de Perlongher. Pero hay tractores. Uno es rojo. El primer tractor que veo en los Balcanes es de color rojo. Más que los tanques, fueron los tractores la caballería de las guerras balcánicas. No llevaban artilleros con tapaorejas hacia el frente de batalla buscando masacrar a la infantería, sino que iban en la dirección opuesta. Cargaban al abuelo, a la madre y a los nietos, y buscaban la frontera más cercana.

Una de las ancianas del piso inferior quiere comprar naranjas. El ómnibus se detiene y el guarda la acompaña para cerrar el trato. En Metkovic se pierde la última chance de desviarse hacia Dubrovnik. Quien tuerza a la derecha no podrá librarse de Bosnia. Dentro de tres días sabré si realmente existe Sarajevo.

==Segunda parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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