10 noviembre 2006

Nicaragua 2006: el regreso

El triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en las elecciones de Nicaragua del pasado domingo, devolvió a Daniel Ortega la presidencia del país. Luego de un trabajoso ajuste de piezas, que incluyó el polémico abrazo con la jerarquía católica (apoyando la penalización del aborto) y con la derecha popular (llevando a uno de sus referentes como candidato a la vicepresidencia), Daniel Ortega logró cambiar la Constitución para que el voto sandinista cautivo fuera suficiente para lograr el premio mayor. La pregunta, sin embargo, es cómo este polémico líder logró mantener de su lado la voluntad de la tercera parte de los nicaragüenses.

Todos cruzaban apuestas. Las elecciones de 1996 estaban cerca y Daniel Ortega, que seis años antes había perdido la presidencia con Violeta Chamorro, estaba inmerso en una larga gira para recuperar el gobierno. La consigna era visitar cada municipio del país, a veces generando pequeños actos y a veces logrando entradas apoteósicas en las ciudades que eran bastiones sandinistas. Pero las apuestas no se referían a la suerte de los partidos en las urnas. Las apuestas estaban dirigidas a si Ortega incluiría en su gira los pueblos fronterizos en los que la “contra” tenía su base social. Hacía apenas un lustro que la guerra había terminado. Pero en los hechos las armas no se habían acallado por completo. Las estadísticas decían que cada día moría una persona por ajustes de cuentas políticos entre viejos enemigos. La “contra” había sido un ejército irregular financiado por Estados Unidos, inicialmente formado por ex militares somocistas, pero que con el tiempo había logrado atraer a muchos campesinos desconformes con las políticas sandinistas. Ahora, desmovilizados por los acuerdos que llevaron a las elecciones de 1990, los ex contras languidecían en empobrecidos caseríos ante la imposibilidad real o la falta de voluntad política del gobierno liberal-conservador de Chamorro de cumplir los planes de reinserción.

Los que conocían el carácter de Ortega ganaron su apuesta. Quien era la encarnación del mal para los campesinos que habían formado la contra, estaba entrando ahora en las polvorientas calles de sus poblaciones, en una camioneta doble tracción, acompañado apenas de cinco personas. Ese segmento de la gira, desaconsejado por varios de sus colaboradores, le permitió sellar un pacto inverosímil. La estructura política de la contra, el Partido de la Resistencia, llamó a votar por Ortega.

==Primera parte de cuatro

* 2- Lógica cautiva
* 3- ¿Heracles o Borgia?
* 4- Aritmética política

(Publicado en Brecha el 15 de setiembre de 2006)

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20 octubre 2005

Nicaragua: deseo y decepción

La segunda mitad de los años ochenta fue para Nicaragua el tiempo de la guerra. Eran los años en que la contra, un ejército irregular financiado por Estados Unidos, intentaba doblegar por las armas al gobierno surgido de la Revolución Sandinista. Para los lectores de Brecha, Nicaragua era uno de los temas centrales de la actualidad internacional. Los que contaban con más años la integraban en una larga cadena de revoluciones victoriosas o derrotadas, o veían los ecos de la Guerra Civil Española en el posterior combate de un ejército popular contra una fuerza invasora más o menos irregular. Los que venían de vivir una década de cárcel no tenían muchas dificultades en conectar a los sandinistas con la Revolución Cubana, protagonista central de los años sesenta. La generación de la resistencia y los más jóvenes no necesitaban puentes. Para ellos había sido Nicaragua, vista por el ojo de la cerradura de los flashes informativos de la controlada televisión uruguaya, la grieta más evidente en los muros que cercaban el Cono Sur.
Ya sea por esta rápida conexión con distintas generaciones, o por los viejos ecos de la gesta de Sandino en la década del treinta, Nicaragua integraba con facilidad el imaginario de lo utópico independientemente de edades y nacionalidades. Y como el internacionalismo también es un atajo para la realización en otros de la utopía propia, Nicaragua se llenó de gente de todas partes. Llegaban brigadas recolectoras de café, médicos, ingenieros, maestros, gente de teatro, milicianos. Los que no podía estar en el lugar organizaban campañas para enviar dinero o lápices, o simplemente le daban su atención a toda noticia que proviniera de aquél país centroamericano.
En el momento en que Brecha hizo su aparición pública, Nicaragua estaba promediando la década de gobierno Sandinista. Ya había vivido la Campaña de Alfabetización, había comenzado la Reforma Agraria, y había organizado la primer elección libre de su historia, en 1984, en la que un 64 por ciento de la población le renovó su confianza al Frente Sandinista (FSLN). Disminuido su efecto por el ruido amplificado de la agresión, por las historias de crueldad y heroísmo que toda guerra trae consigo, esas primeras elecciones han sido arrojadas a un lado. En 1990 hubo nuevas elecciones y esta vez los sandinistas perdieron. Es probable que los lectores de Brecha recibieran la noticia con incredulidad y asombro. Igual se recibió en Nicaragua. En sus memorias, Ernesto Cardenal asegura que sólo Fidel Castro y Tomás Borge habían previsto la derrota. En todo caso, reconocer la victoria de Violeta Chamorro fue, según el ex comandante Luis Carrión, el momento más glorioso del FSLN desde la toma del poder en 1979. No es cierto que las elecciones de 1990 hayan sido una condición impuesta a un gobierno tambaleante. Si bien la guerra estaba desangrando al país y la obligatoriedad del Servicio Militar Patriótico estaba separando al FSLN de buena parte de la población, la contra no tenía capacidad militar de hacerse con el poder, en especial desde la Operación Danto de 1988.
Luego de ese quiebre en el proceso político nicaragüense, el sandinismo siguió teniendo un enorme arraigo popular, tal como lo sugiere el persistente cuarenta por ciento que en cada elección obliga a la derecha a formar alianzas para evitar un regreso del FSLN al poder, o la insistencia de las ciudades del norte, como las legendarias Estelí o Jalapa, en darle la victoria al sandinismo en cada elección municipal. Un arraigo que es a su vez un quiebre, en este caso con el ciclo de deseo y decepción con el que se suelen ver los procesos de cambio desde fuera de fronteras. ¿Por qué esa persistencia? Tal vez una respuesta esté en la combinación de factores que la hicieron única desde el primer día: a la vez que se tenía una voluntad indeclinable de cambiarlo todo, se mantenía un contexto democrático con alianzas impensablemente inclusivas, elecciones plurales, economía mixta, prensa opositora, libertad religiosa.
Luego de esa derrota electoral, la década del noventa fue el momento en que comenzaron a llegar de Nicaragua las peores noticias. Tenían un nombre: “la Piñata”. Con la excusa de que las casas y empresas nacionalizadas no podían dejar a miles de sandinistas en la calle y al FSLN en la pobreza, se aprobaron dos polémicas leyes antes de entregar el gobierno, en las cuales se benefició a los legítimos y justos propietarios de las viviendas que habitaban sin papeles, pero mediante las cuales también se permitió que los dirigentes de la Revolución, con excepciones, comenzaran a enriquecerse a costa de propiedades que eran del Estado. Con la corrupción llegó la decepción y los quiebres y alejamientos del FSLN. También de eso ha pasado casi una década. Enmarcada en esos extremos permanece la atracción de Nicaragua. Una atracción que pauta su cíclica reaparición en el escenario internacional como territorio del deseo y de la decepción.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en octubre de 2005)

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20 julio 2005

El lugar donde los sandinistas nunca perdieron

En buena parte de Nicaragua los sandinistas mantienen el gobierno desde el 19 de julio de 1979. Una Nicaragua profunda que en parte coincide con las zonas en las que Sandino combatió a los marines en los años treinta. Un hilo conductor que casi calca el territorio desde el que los liberales se oponían a los conservadores en el siglo xix, y que ha sobrevivido al fracaso de más de un proyecto político.

La carretera Panamericana atraviesa Nicaragua de sur a norte. En cada uno de los dos extremos en los que esa ruta corta el contorno del país, puede empezar a recorrerse la paradoja de la supervivencia de un estado de las cosas que se creía enterrado: el extraño anacronismo de la Nicaragua sandinista. La frontera norte, con Honduras, siempre ha sido una línea difusa. Pero la nebulosa que existe a campo abierto se sustituye a nivel del asfalto por una nítida barrera metálica de color blanco. Es una frontera cavada en medio de la montaña, con una carretera flanqueada por dos imponentes paredes de roca. En la más visible hay un enorme mural que retrata, en dimensiones de realismo socialista, a Carlos Fonseca Amador, fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional (fsln). No es posible resistir la tentación de preguntarle al aduanero por la presencia de ese icono de los años de la revolución después de tres gobiernos nacionales de derecha. Su respuesta es tajante: "Mientras nosotros estemos, él se queda; y nosotros no nos vamos". Ese desafío; ese "no nos vamos", heredero del "no pasarán" de los años ochenta, tiene en el norte sus ejemplos más emblemáticos.

Las causas pueden encontrarse en una cierta tradición progresista que hunde sus raíces en las luchas entre conservadores y liberales, de las que luego se alimentó Augusto César Sandino, que a comienzos de los años treinta combatía a las tropas de ocupación estadounidenses, y que décadas más tarde retomaría el fsln en su guerra contra la dictadura de Somoza. Pero una explicación de genética histórica no puede ser suficiente para dar cuenta de una continuidad que ha sobrevivido al fracaso del proyecto político de la revolución sandinista, sobre todo porque las ciudades sandinistas no se reducen al norte, sino que salpican todo el país, aunque es cierto que la mayor concentración de los 52 municipios donde gobierna el fsln se encuentra en las montañas norteñas y alrededor del eje de la ciudad de León, en el oeste.

Es posible que las causas del inamovible 40 por ciento de los votos que mantiene la izquierda a nivel nacional estén en las propias peculiaridades de la experiencia nicaragüense: un intento de socialismo que incluyó expropiaciones de medios de producción y estatización de tierras, pero que permitió la prensa opositora, que no vetó la religión, y que tuvo el valor de convocar a elecciones limpias cada seis años como lo preveía la Constitución; muchas veces, ante la débâcle de las elecciones de 1990, se olvida que en 1984 hubo elecciones con la presencia de partidos opositores, y que el fsln las ganó con un 64 por ciento. Pero el desafío del que hablaban los aduaneros no siempre se produce en los clivajes clásicos de izquierda o derecha. A veces se trata de la pulseada entre el poder constituido y una cierta tradición de bandolerismo expropiador y redistributivo que hunde sus raíces en lo más profundo de la historia del país.

El propio Sandino podría llegar a situarse en esa tradición. O si no Sandino, al menos algunos de sus lugartenientes, como Pedrón (foto), un salteador de caminos que era el terror de los campesinos de las montañas del norte antes de volverse general del Pequeño Ejército Loco, como bautizó Gabriela Mistral a las fuerzas sandinistas.

Hoy resulta imposible no relacionar a aquel Pedrón del primer tercio del siglo pasado con uno de los personajes más peculiares de los noventa: Pedrito el Hondureño. Antiguo sargento de las fuerzas armadas de Honduras, fue reclutado por el comandante sandinista Tomás Borge antes de la caída de Somoza, cuando Borge purgaba condena en una cárcel del vecino país. Vuelto guerrillero, al triunfar la revolución en 1979 Pedrito se integró al naciente Ejército Popular Sandinista. Con el grado de mayor dirigía uno de los batallones de lucha irregular (bli), unidades que peleaban lo más crudo de la guerra enfrentando a esa mezcla de mercenarios y campesinos que fue "la contra". La leyenda dice que Pedrito, así llamado por su intimidante tamaño y su voz aflautada, aprovechaba la movilidad de su trabajo para robar ganado en Costa Rica cuando le tocaba enfrentar a los contras del sur, y venderlo en Honduras cuando el deber lo convocaba a perseguir a los contras del norte.


LA ÚLTIMA INSURRECCIÓN

En 1993 Estelí era lo mismo que es hoy. Una ciudad pobre y populosa, que en aquel año había inaugurado su primer semáforo (en verdad una luz amarilla intermitente). Un bastión sandinista en el que Sandino había tenido parte de su base social en los años treinta, fuente de reclutamiento del mayor número de combatientes para la guerrilla de los setenta, escenario de tres insurrecciones contra Somoza dirigidas por un legendario comandante rebelde que hoy es coronel del ejército -Francisco Rivera, el Zorro (foto)-, capital departamental en la que los sandinistas jamás perdieron una elección.

Pero en ese 1993 Estelí vio sacudida su modorra provinciana por la inesperada incursión de una columna guerrillera, el Frente Revolucionario de Obreros y Campesinos (froc), que tenía como principal dirigente a Pedrito el Hondureño. Las escaramuzas entre "recompas" -grupos de desmovilizados del Ejército Popular Sandinista- y "recontras" -ex miembros de la Resistencia Nacional, o "contra"- habían dejado las montañas para situarse en la centralidad de la escena.

En 1990 los sandinistas perdieron el gobierno nacional a manos de una coalición de centroderecha encabezada por Violeta Chamorro, aunque seguían instalados, como siempre, en más de una decena de alcaldías del país, incluyendo las cabeceras departamentales de León y Estelí. Como consecuencia, algunos grupos de antiguos "contras" se creyeron con el campo libre para ajustar cuentas asesinando a militantes sandinistas que iban a buscar a la puerta de sus casas en aisladas comarcas rurales. Para parar esa vendetta, al terror se le respondió con terror. Tres años después, en el mismo Estelí, cuando los sandinistas acababan de perder una nueva elección nacional, y resucitaba el fantasma de las venganzas, un campesino sandinista me dijo, parsimoniosamente y sin el menor dejo de odio en su voz: "Cinco por uno, ésa es nuestra única defensa; nos matan uno y les matamos cinco".

Pero estamos todavía en 1993. Pedrito abandonó momentáneamente su negocio de contrabando de leche en polvo y desde el froc se encargó de encauzar la autodefensa campesina ante los asesinatos selectivos de paramilitares de derecha. Eso evitaba la anarquía por partida doble: desestimulaba a los recontras y liberaba a los campesinos sandinistas de cobrarse las muertes por su cuenta. Esta funcionalidad del froc estaba en la base de la tolerancia del gobierno y sobre todo de la tolerancia de las fuerzas armadas. Como el ejército todavía cargaba sobre sus espaldas el nombre de Ejército Popular Sandinista, y como Humberto Ortega todavía era su comandante en jefe, no le era posible perseguir a las bandas de recontras sin echar más leña al fuego en el que la derecha quería incinerar a los mandos militares, todavía sandinistas.

El froc se salió, empero, del libreto habitual de los recompas. En lugar de continuar asaltando bancos y destacamentos policiales en pequeñas poblaciones rurales, o ejecutando ex contras de manera ejemplarizante, el froc atacó Estelí, ciudad estratégica ubicada a tres horas de Managua. El resultado fue una masacre. Doscientos guerrilleros tomaron la ciudad durante tres días, y fueron desalojados por el ejército. Cuando se veía pasar los camiones militares rumbo al teatro de operaciones se comprobaba que todos eran reclutas; los mandos temían que los soldados y oficiales más fogueados se negaran a atacar a sus ex camaradas, y prefirieron no correr el riesgo.

Esa bisoñez de la tropa salvó unas cuantas vidas de integrantes del froc que pudieron ganar la montaña a tiempo. De cualquier modo, sesenta guerrilleros sandinistas que usaban el pañuelo rojinegro atado en su brazo, entre ellos el capitán Baltodano, legendario jefe de columna en la guerra contra Somoza y jefe de un bli en la guerra de los ochenta, murieron a manos del Ejército Sandinista, que también tenía al rojo y al negro como colores distintivos por sobre los uniformes camuflados.

Para las bases del fsln en el norte fue un golpe muy duro de asimilar. Al otro día de culminados los combates, las calles de la ciudad sólo podían recorrerse en silencio: las barricadas de adoquines parecían reproducir las viejas barricadas de 1979, el hospital repleto de heridos que eran atendidos en los pasillos hacía imposible no recordar que en lengua indígena Estelí significa "río de sangre"; todo esto sumado a las paredes con pintadas que reclamaban justicia social y a las decenas de velatorios en los barrios pobres de la ciudad, era un déjà vu de los años setenta.


EL REGADÍO

Si Estelí, como departamento, es un bastión sandinista, El Regadío es el núcleo duro de ese bastión. Justo en el momento en que la carretera empieza a trepar las montañas de Las Segovias, donde comenzaba el territorio en que se movían con mayor comodidad los campesinos irregulares al mando de Sandino, hay una calle de tierra que se interna, serpenteando, montaña adentro. Un quilómetro y medio más adelante está El Regadío. Una única calle salpicada, a sus lados, por una treintena de ranchos de terrón. No hay un solo vehículo en todo el pueblo. Tampoco hay luz eléctrica. Durante los 11 años de revolución, el gobierno prefirió concentrar los recursos en las aldeas habitadas por adversarios políticos, y como en El Regadío sólo hay sandinistas siempre quedaba postergada.

Al otro día de la toma de Estelí de 1993, esa pequeña comunidad campesina había perdido su tranquilidad habitual. Ya no se veía pasar de tanto en tanto a los hombres montados a caballo que daban a El Regadío su apariencia de far west. Todas las casas estaban cerradas a cal y canto. Se palpaba el miedo. Al menos treinta de los doscientos hombres del froc eran habitantes de esa comunidad. Dos de ellos habían muerto, tres estaban malheridos en sus casas, pero la mayoría vagaban en la montaña sin querer acercarse para no comprometer a sus familias. En la casa de don René, el patriarca del lugar, reinaba un silencio de velorio. Su hijo mayor era uno de los oficiales del froc y estaba en la montaña tratando de escapar del ejército que le pisaba los talones. No era posible saber qué causaba más pesar a don René, si el riesgo que corría su hijo o la convicción que tenía de que ese hijo no podía entregarse porque, de hacerlo, sería ejecutado en el momento. A la luz de un candil se hablaba en voz baja. A veces simplemente se permanecía en silencio por un buen rato, con un tazón de café en la mano. Las mujeres de la casa ya se habían ido a dormir cuando una jauría comenzó a ladrar, repitiendo el ladrido que venía de un indefinido y alejado lugar, y que luego se repetiría más lejos todavía, como una cadena de ladridos que se fuera a extender de aldea en aldea. A don René no le extrañó el fenómeno. "Es el diablo que pasa", dijo.


ESTADOS UNIDOS Y NICARAGUA

No se puede entender la Nicaragua de hoy sin recordar la larga historia de invasiones estadounidenses. El interés histórico de Washington en Nicaragua se basaba en que allí querían construir un canal interoceánico antes de quedarse con el de Panamá. No debe olvidarse que en 1916 Nicaragua y Estados Unidos firmaron el tratado Chamorro-Byran, que le dio a los estadounidenses una opción por cien años para realizar el canal y el derecho a perpetuidad de fortificar las islas del Atlántico o construir una base naval en el Golfo de Fonseca. Un curioso tratado en el que una de las partes estaba ocupada militarmente por la otra. En 1926, cuando parecía que se había logrado una fórmula de estabilidad interna gracias a la coexistencia de un presidente conservador y un vice liberal, este último comienza a ser desconocido en su investidura y estalla una revuelta liberal que está en el origen de la nueva invasión de los marines que se produce en enero de 1927. Sandino, que ya había tenido contacto con ideas de izquierda durante su estadía en México, se une a las fuerzas liberales en mayo de 1926 junto con un pequeño contingente de mineros. Cuando los principales generales liberales deponen las armas ante la ocupación de los marines, Sandino se interna en el norte y continúa la guerra sólo con sus hombres. La primera de las batallas tiene lugar en la norteña ciudad de Ocotal, un 16 de julio de 1927.

Allí puede rastrearse también el hilo conductor del mantenimiento de gobiernos locales del fsln a pesar de sus sonadas débâcles electorales a nivel nacional. En 1996 y en 2000, los sandinistas mantuvieron las alcaldías de Ocotal y de Jalapa, aunque habían perdido en todo el resto de Nueva Segovia. En las calles de Ocotal, esa ciudad empobrecida y detenida en el tiempo que no parece ser una capital departamental, todo el mundo sabe quién fue Sandino, y en las paredes céntricas todavía están las pintadas que permiten cultivar una arqueología del sandinismo. Por desidia, por reafirmación de identidad, o por falta de dinero para blanquear las fachadas, las paredes de Ocotal muestran, aún hoy, la propaganda electoral de 1984: una silueta de Sandino en uniforme camuflado y portando un moderno fusil de guerra, junto la consigna "Contra el imperialismo, vote al fsln", tan distinta a la imagen light que vendió el sandinismo en los últimos comicios nacionales.

JALAPA

A dos horas de Ocotal, sin una buena carretera que la conecte con el resto del país, y después de pasar por catorce precarios puentes de madera, algunos con aspecto de viejos tablones levantados sobre un abismo de seis o siete metros, está Jalapa. Es allí, más que en Estelí incluso, donde se siente la persistencia de lo que debió haber sido la corta década de la revolución sandinista. Esa cabecera departamental, una más en las que el fsln nunca perdió una elección, parece un pueblo minero más que una ciudad. A un paso de la frontera, fue en los ochenta la ciudad más codiciada por la "contra", que nunca pudo tomarla a pesar de someterla a recurrentes bombardeos de piezas de artillería disparadas desde el lado hondureño.

En Jalapa, Mauricio es uno de los artífices de la curiosa alianza por la cual los ex contras de la zona votan a la derecha al parlamento, pero reservan para el fsln el sufragio para elegir los cargos de alcalde y de presidente. También es una fuente inagotable de anécdotas que convierten su casa en una peña improvisada prácticamente todos los días. Una de sus historias preferidas es la de la frustrada toma de Jalapa de hace más de una década.

Una de las primeras medidas del gobierno de Violeta Chamorro (foto) en 1990, después de ganada la presidencia, fue eliminar el destacamento militar de Jalapa y reducir la policía a un número simbólico de efectivos. A la semana, una columna de contras todavía no desmovilizados intentó una toma de la ciudad. Pero pese al retiro de las tropas, la población no estaba indefensa. La parte que Mauricio más disfruta de ese cuento es cuando relata la forma en que se hizo con un ak 47, ya que el suyo había quedado en casa de su hermana. Escuchándolo no se puede dudar de la veracidad de sus palabras, aunque el estilo corresponda más a una proeza de Obélix que a la tradición de la guerra de guerrillas. En unas horas los contras habían sido derrotados y quedaban en las calles de Jalapa los cuerpos de diecisiete de ellos, entre los cuales el de uno de sus comandantes más renombrados. El padre de este comandante contra vivió en Jalapa durante todos los años de la revolución, focalizando en su persona el rechazo del entorno por las acciones de su hijo. Cuentan que cada vez que se habla de la muerte de su hijo, el anciano no puede evitar que se le nublen los ojos y comentar, moviendo la cabeza en forma de negación: "Pensar que navegó en océanos, y vino a ahogarse en una escupidita"

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 20 de julio de 2005)

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13 diciembre 2003

Lejos de Bagdad

Montevideo se ha vuelto una ciudad del trópico. Las noches cálidas tuercen inesperadamente su rumbo y esas nubes en las que nadie había reparado hasta hacía un momento se quitan la máscara en un abrir y cerrar de ojos. Primero es una brisa suave. No alcanza el tiempo para disfrutarla que ya golpea, con violencia, arrastrando a su paso todo lo que permanece distraído. Una caminata lunar inflable daba vueltas sobre sí misma por el medio del césped mientras la tela que cubría los parlantes sólo permanecía atada por uno de los vértices y se agitaba, desbocada. El conjunto no pudo terminar su retirada, por lo que no fue posible, esa noche, comprobar el efecto real de eso de lo que todo el mundo habla en la ciudad: hasta el mejor plantado en su cinismo sufre un nudo en la garganta con la despedida de esa murga. La política ya no hace reír. Los carnavales de ahora son la crónica de eso en lo que se está convirtiendo esta ciudad del trópico, y que los informes internacionales llaman “nación disgregada”. La diáspora. Suele ocurrir después de una guerra o de una catástrofe natural de proporciones bíblicas. Acá el clima cambió por la aceleración imprevista de esa combinación de factores que dos sociólogos, padre e hijo, llamaron el largo adios al país modelo. Ya somos, finalmente, pobres como todos.

* * * * *

La CNN estaba cubriendo la llegada de un huracán a la Florida, y en medio de las calles desiertas y las palmeras que parecían quebrarse por la presión de la tormenta, había una figura solitaria sentada frente a la rambla de Miami, empapándose con las olas que ya se levantaban varios metros. Dos bomberos lo sacaron de esa peligrosa y absurda situación. Cuando ya estaba en terreno seguro el periodista le preguntó qué hacía en ese lugar mientras todo ser sensato estaba encerrado en su casa. “Quería ver cómo era un huracán”, contestó, disgustado por la interrupción, sosteniendo en sus manos un termo y un mate. Ahora ya no hay que ir tan lejos para presenciar y sufrir los nuevos sacudimientos. Enseguida del viento viene la lluvia. Violenta. Diluviana. Traspasa las ranuras y se cuela, invasiva. No hay forma de cubrirse. Las ventanas, que estaban abiertas para conjurar el calor sofocante que precede a las tormentas, se golpean con fuerza mientras el agua se desborda.

* * * * *

No lo despertó el tabletear de la ventana del comedor ni el ruido de los truenos. Lo que lo sacó del sueño fue el llanto de su hijo. Miró resignado el mar de agua en que se había convertido la mitad de su apartamento, cerró las ventanas, y levantó a su hijo de la cuna. Lo tranquilizó acurrucándolo suavemente contra su pecho, y cuando el niño volvió a dormirse, lo acostó junto a él, a su cama. Con la cabeza sobre la almohada, escuchaba la furia de la tormenta y veía cómo el reflejo de los relámpagos iluminaba el cuarto. Una angustia inexplicable comenzó a invadirlo. Se imaginó que no estaba allí, en su casa. O sí estaba. Pero eso que lo aturdía no era una tormenta, sino la guerra. La ciudad estaba siendo bombardeada y él no podía hacer nada para proteger a su hijo. Sólo esperar, acurrucado en la cama, con el corazón en la boca, y rogar que ninguna bomba diera en el blanco. Sí, era a él a quien buscaban los proyectiles. Inmóvil, podía sentir su propio temblor en la calurosa noche.

* * * * *

Al otro día lo contó en la oficina. Todos lo entendieron. No lo compadecieron ni le palmearon la espalda ni le dijeron mucha cosa. Lo entendieron desde esa forma de la comprensión que nace del haber vivido experiencias similares. Es el miedo. Inexplicable. Pero real. Colectivo e íntimo a la vez. En los sesenta estaba el miedo a la bomba. Era un miedo que se conjuraba desde la apelación a un proyecto, o al menos a una visión del futuro. Después ese miedo se fue extinguiendo. Quedó, a lo sumo, como una cuestión reservada a los europeos. Allá ellos y su Chernobyl. En esta banda del Atlántico lo sustituyó la convicción de que aquí no podía ocurrir. No a nosotros. Granero del mundo, vendedores de corned beef en cada una de las guerras pasadas, campeones del mundo en pasar desapercibidos. Pero también esa certeza desapareció. Se fue en el largo adios del que hablaban Carlos y Fernando Filgueira. En su lugar se instaló una duda que parecía provenir de lo más oscuro. ¿Por qué no iba a ocurrirnos a nosotros? No es que esta guerra importe más que otras. Ocurre que esta es nuestra primera guerra en desamparo.

* * * * *

El otro trópico, el verdadero, se toma las cosas con más calma. Nadie sale con paraguas porque cuando se desata la lluvia más vale dejarla correr, para que pase más rápido. Jeremías sobrevivió a diez años de guerra con una filosofía parecida. “Combates combates, lo que se dice combates, había pocos, la mayoría de los muertos cayeron en emboscadas”, contaba. Y del análisis se desprendía el método: “por eso no hay que ir ni muy adelante ni muy atrás, siempre en el medio de la columna, y sin hacerse el héroe, que eso no sirve para nada”. Escucharlo era como escuchar de nuevo aquellas palabras de Dora María: “acá la guerra la ganamos los cobardes, a los valientes los mataron enseguida”. Un exceso de modestia para la mujer que dirigió la toma de León.
En Nicaragua todos tienen su anecdotario. Hay quien prefiere la épica de los años de la guerrilla, otros aseguran que la verdadera estatura trágica de lo que ocurrió en ese país está en lo que vivieron los jóvenes movilizados en el Servicio Militar Patriótico. Para acercarse a esa faceta no había nada mejor que escuchar a Noel Irías, probablemente el único de los periodistas nicas que podría haber descollado en su profesión en cualquier parte del mundo. Murió con poco más de treinta años y nunca escribió el libro que debió haber escrito sobre sus años en la guerra. No los vivió como reportero sino como conscripto. Una de sus historias hablaba de un compañero de pelotón, un niño rico de Managua que nadie sabía cómo lograba estar siempre atildado e impecable incluso en medio del barro de la montaña. Todos se burlaban y hasta le habían pegado la peor etiqueta que puede recibirse en esa sociedad patriarcal y violenta: maricón. Un buen día al niño rico le diagnosticaron lepra de montaña, una enfermedad que era la pesadilla del campesino y, por lo tanto, del soldado. Un mal que se va comiendo partes enteras de la cara hasta dejar al paciente completamente desfigurado a menos que se someta de inmediato a una batería de inyecciones. En esos años de bloqueo, el tratamiento era escaso y costosísimo, así que quien tenía la desgracia de contagiarse la lepra de montaña, no podía hacer otra cosa que resignarse y volver con la cara mutilada. Una ganga para una guerra que costó cincuenta mil muertos y que dejó a casi media generación en silla de ruedas. Pero el personaje de esta historia era un niño rico, así que sus padres mandaron a traer del extranjero el tratamiento completo y se lo enviaron de inmediato. Le llegó un día que estaban acampando junto a una aldea miserable. Una niña de no más de cuatro años tenía, también, lepra de montaña. El niño rico no lo pensó ni un momento. Le devolvió las inyecciones al médico y le pidió que se las pusiera a la niña campesina. Nunca nadie volvió a tratarlo de maricón.

* * * * *

De cada vida podría escribirse una tragedia. Sobre Ramón Rivera, que era el encargado de llevar a los padres de Jalapa el telegrama sobre la muerte de los conscriptos. Sobre el muchachito que era Testigo de Jehová y que se negaba a usar un arma pero que igual lo mandaron al frente, sólo que desarmado; todos lo agarraban de punto, menos “un lumpen de San Judas” -Noel dixit- que lo tomó bajo su protección y le enseñaba malas palabras y mañas para defenderse, hasta que un día mataron a su protector, y el protegido se olvidó de Jehová, agarró un fusil en medio de la balcera y ya no lo soltó más. O sobre el balazo que un capitán le pegó a un camarógrafo porque lo filmó llorando desconsoladamente, abrazado a dos casi niños de quince años que acababan de morir en una emboscada y que esa tarde habían llegado a su batallón. Todas historias que quedan escondidas debajo de los cables de las agencias de noticias y de las páginas de los historiadores, que colocadas una junto a otra forman una crónica de un heroismo no buscado. Pero una crónica que no resiste discurso, por lo que no debe ser contada. Sólo la épica podría narrarla pero en la guerra desnuda no hay épica posible, porque la épica depende de esa noción de lo grandioso que nace del triunfo o de la derrota que es vivida como triunfo, y en la guerra desnuda no hay vencedores. Todos pierden algo. A veces no se dan cuenta de qué es lo que han perdido hasta que nacen sus hijos en una tierra extraña y empiezan a olvidar. Historias vividas por quienes hubieran preferido no vivirlas. Imágenes que se quedan como esculpidas. Un primer plano de las manos heladas de un muchacho asustado en Puerto Argentino. Una mujer, hermosísima, muerta en la nieve en Yugoslavia. Eslabones de una corriente subterránea que está presente en esa inexplicable conexión del padre que vive una vigilia en Montevideo como si fuera un habitante de Kabul, o de Londres, o de Dresden, o de Stalingrado. Una corriente que es, en sí misma, sin necesidad de palabras que la expliquen, una descripción del miedo. La más real y pura de las sensaciones que despierta la guerra. Su sinónimo. El miedo. Aunque estemos lejos de Bagdad.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha)

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14 noviembre 2003

En el pueblo de Pedro Páramo III

Si bien es cierto que Comala ofrece una visión de Juan Rulfo, el verdadero Rulfo se encuentra en las escasas páginas que escribió: Pedro Páramo, El Gallo de Oro y El llano en llamas. Ya es un lugar común hablar de lo inusual de un escritor que concentró en tan pocos libros un talento que lo ubica entre los grandes nombres de las letras hispanoamericanas. Pero hay otra faceta de Rulfo, menos conocido que la de escritor. Es el Rulfo fotógrafo.

La Alameda central del Distrito Federal, es un remanso de paz en medio del caos y el vértigo de Ciudad de México, como el Parque San Martín en Buenos Aires o los Jardines Nacionales en Atenas. En Uruguay no existe un símil; puede obtenerse una aproximación imaginando el Rosedal del Prado en medio de la Plaza Cagancha. No es, sin embargo, un lugar verde. Sí es un lugar tranquilo, en el que los mexicanos hacen una pausa, leen, galantean o discuten. En Navidad se puebla de hombres disfrazados de Papá Noel acompañados por fotógrafos con cámaras instantáneas; los niños posan junto a sus barbas blancas de algodón y sus trajes rojos que embolsan fingidas barrigas, y los padres pagan el precio convenido. Los diarios hablarán de los entretelones de las concesiones para hacer de Santa Claus, y mezclarán esas adjudicaciones con las que se otorgan a los lustrabotas, la mayoría de los cuales lucen en sus casetas verdes el escudo del que hasta la última elección fuera el (creíase que) eterno partido gobernante.

Donde termina la Alameda Central, en dirección a la plaza San Fernando, hay un pequeño espacio público, una suerte de plazoleta acosada por el tráfico que, ahora sí, liberado de la paz de la Alameda, es el amo y señor del paisaje urbano. Allí hay decenas de personas jugando al ajedrez, disimulando entre sus movimientos de peones y alfiles la entrada a un pabellón que alberga un singular museo de una sola obra. Emulando una de las ideas de Umberto Eco para un posible museo ideal, todo el Museo Mural Diego Rivera confluye hacia la explicación de un mural del elefantiásico marido de Frida Khalo: Paseo Dominical en la Alameda Central.

Todo menos un pequeño espacio situado en la planta alta. Allí se realizan exposiciones itinerantes a las que no es fácil acceder. Para lograrlo hay que liberarse, como si fueran las capas de una cebolla, del tráfico de la ciudad que oculta la Alameda Central que a su vez oculta la plazoleta, de los ajedrecistas que ocultan la entrada al museo, y del Mural de Rivera que oculta la planta alta. Cuando esto se logra, es posible encontrarse con joyas como la muestra de fotografías sobre la Ciudad de México tomadas por Juan Rulfo. Callejones casi sin gente; una calle apenas habitada por volkswagens; dos espectros en una rueda gigante...viéndolas se llega a pensar que, tal vez, ese sea el pueblo de muertos que pinta en Pedro Páramo.


(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 14 de noviembre de 2003)

==Tercera parte de tres

* 1- En el pueblo de Pedro Páramo I
* 2- En el pueblo de Pedro Páramo II

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En el pueblo de Pedro Páramo II

En la taberna a la que va la gente del pueblo, situada al lado de los tres restaurantes grandes, pero separada de éstos por un abismo, un joven cuenta ese secreto de familia. Hay quienes dicen que un pueblito alejado, ese sí casi fantasma, del que no quiere dar el nombre para no pasar de purista a traidor de los suyos, es el verdadero lugar que inspiró a Rulfo para situar Pedro Páramo, aunque lo llamó Comala por alguna licencia poética. Pero los notables de Comala se encargan de conjurar el peligro. Cuando ven al incómodo estudiante ocupando una mesa con un forastero, no se arriesgan. Allá va uno de ellos a compartir la tertulia y garantizar que nadie saldrá de allí suponiendo que esta Comala pueda no ser la que debe ser: la de Rulfo.

--¿Usted sabe qué es lo que pienso de la llegada del hombre a la luna?.
Ante tal pregunta, insospechada digresión en una charla que prometía ser sobre literatura, el forastero sólo puede encogerse de hombros y escuchar la tesis del "indito Contreras", que señala el cielo y comienza a explicar que, en realidad, todo fue una farsa montada por los norteamericanos.
--Porque el primero en llegar al espacio fue Gagarin, y si alguien iba a ir a la luna iban a ser los rusos, no los gringos que estaban más atrasados.

Apenas comprueba que despertó en su interlocutor algo parecido al interés, Contreras pasa de la cosmonáutica a la historia nacional. Entonces, en un tono de confidencia, habla de las masacres que se cometieron a poca distancia de ese mismo pueblo en la revuelta de los Cristeros. Según él, una guerra civil en la que los sacerdotes lideraban uno de los bandos en pugna, y en la que los motivos eran más teológicos que políticos. Es de esas batallas –agrega- de las que habla Rulfo en sus cuentos, y no de la Revolución Mexicana de Zapata y Villa. Por eso no es de extrañar que en Comala estén guardados algunos secretos de la parte más incómoda de esa guerra. Contreras comienza a dar rodeos cuando se refiere a los culpables de las masacres.

Habla con el sobreentendido de que el forastero está de su lado y señala despectivamente al grupo de personas que están sentadas en la galería frente a la plaza, en la esquina cruzada con el anuncio del ponche "El Chino"; algunos de ellos integraban aquella comitiva que dio la bienvenida a Rulfo y rompió el resentimiento. Entonces Contreras deja la política con la misma rapidez con que antes había abandonado la cosmonáutica, invita otra bebida, y saca de una carpeta de cuero los recortes de diarios de provincia que testimonian su trayectoria como cantante y poeta.

Afuera, los turistas han comenzado a dejar Comala. El pueblo vuelve a ser un tranquilo caserío aletargado. Hace cuarenta años no debe de haber sido difícil confundirlo con un lugar sólo habitado por los muertos. Dos sombreros de paja y cuatro camisas raídas y pobres están colgadas de unas herramientas clavadas en la tierra, semejando espantapájaros; son de los trabajadores de Obras Públicas que detuvieron la reparación de la carretera circundante para ir a comer algo a la sombra de un árbol. Su visión, en ese sitio, tiene algo de espectral. No hay nadie en la calle y todas las ventanas parecen haberse cerrado de repente. Un cartel clavado en una columna es hamacado por el viento. Invita a una corrida que tendrá por protagonistas a "los enanitos toreros". Los grotescos dibujos de los protagonistas vuelven el anuncio más siniestro todavía.


(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 14 de noviembre de 2003)

==Segunda parte de tres

* 1- En el pueblo de Pedro Páramo I
* 3- En el pueblo de Pedro Páramo III

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En el pueblo de Pedro Páramo I

Cuando Juan Rulfo llegó a Comala, el pueblo mexicano en el que unos años atrás había situado la acción de Pedro Páramo, nadie lo recibió triunfalmente. Encontró caras adustas, silencio, y una atmósfera de rechazo de la que trató de refugiarse en la casa parroquial. El cura lo invitó a sentarse y conversar de asuntos de familia. No lo recibía como escritor sino como pariente. Al fin de cuentas, él fue quien le hizo conocer Comala, y fue en su casa en la que pasó algunas vacaciones que le dieron la inspiración necesaria para escribir Pedro Páramo.

Frente a la iglesia está la plaza. Y frente a la plaza una galería colonial en la que se suceden la oficina del alcalde y algunos comercios. A la sombra de esa galería estaban reunidos los hombres jóvenes del pueblo, hablando de la visita que para algunos resultaba indeseable. No les había gustado que Rulfo poblara su pueblo de fantasmas. En eso estaban hasta que aquel que tenía más ascendencia entre todos, y que se había mantenido callado, como era su costumbre, alzó la vista, los miró de a uno, y aprovechando el silencio que su mirada acababa de labrar les dijo: "Vamos a saludar al señor Rulfo". Ahogó las voces de protesta con el argumento de que "gracias al señor Rulfo Comala entró en la historia de la literatura mexicana".

Tal vez las cosas no ocurrieron exactamente como acaban de ser contadas. Pero así la recuerdan sus protagonistas, sentados a la sombra de la misma galería en la que estaban cuando resolvieron romper el hielo con el que el pueblo estaba castigando al partero de su posteridad. El que motivó a los otros escucha el relato; no puede evitar que se le note un gesto de satisfacción mientras calibra el efecto que las palabras de sus paisanos producen en los oídos del forastero. Hoy es un personaje político del lugar. "Acá, él es el tigre", dice el más locuaz de los narradores para rematar su historia. Al ver que los demás lo miran en busca de su aprobación, sonríe y desestima el halago. "No, apenas un gatito".

Muchos de los que estaban dispuestos a aplicarle el código de silencio a Juan Rulfo, ofendidos porque el pueblo de muertos de Pedro Páramo era su Comala, hoy se han convertido en los principales defensores de esta tesis. Para comprender el motivo hay que estar en Comala entre las tres y las cinco de la tarde. Es en ese horario en el que se entiende qué es lo que hacen esos tres restaurantes con capacidad para unas cien personas cada uno, ubicados frente a la plaza de un pueblo minúsculo situado a unas quince horas de la capital mexicana. Un pueblo casi desierto hasta la hora en que, movidos por una extraña sincronía, llegan ómnibus de turismo y coches particulares, desembarcando en Comala a decenas de personas. Los restaurantes se animan con la música de mariachis, y sirven comidas o las célebres "cervezas a la Comala". En realidad allí se piden simplemente como cervezas, pero en el resto del país se les agrega el apellido que indica el origen de una costumbre según la cual, con cada botella, el mozo acerca a la mesa una serie de platitos con tacos, bacadillos y menudencias. Pero son sólo un par de horas. Al irse los fugaces visitantes, el pueblo vuelve a su calma de siempre. Probablemente estos fugaces visitantes no van a Comala en busca del recuerdo de Juan Rulfo. En todo caso, y por las dudas, nadie quiere matar a la gallina de los huevos de oro. Por eso la posibilidad de que Comala no sea Comala, es una historia de la que no se habla.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 14 de noviembre de 2003)

==Primera parte de tres

* 2- En el pueblo de Pedro Páramo II
* 3- En el pueblo de Pedro Páramo III

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23 marzo 2001

Nicaragua: tres instantáneas de la posguerra (3)

Waslala, 1995

Waslala queda tan lejos de Wirruca que de un lugar a otro se ponen más de trece horas en jeep con doble tracción. Pero antes de llegar a Waslala se pasa por Matagalpa. El enmarañamiento de callejuelas adoquinadas rodeado de montañas, con panoramas de ensueño en cada esquina, es la última oportunidad de aprovisionarse de los beneficios de la civilización antes de partir hacia el destino final. Un médico francés que montó clínicas gratuitas ginecológicas y de odontología en las cooperativas metidas montaña adentro, recoge en Matagalpa un refrigerador que deberá llevar a la maternidad de Waslala. Las enfermeras-parteras (una brasileña, una francesa y dos nicaragüenses) lo usarán para conservar algunas medicinas y en el congelador mantendrán los helados caseros con los que piensan obtener algún dinero para autofinanciar las necesidades de caja chica del proyecto. El trayecto de Matagalpa a Waslala puede tomar entre seis y ocho horas, aunque hay quien asegura haberlo hecho en cuatro. Parece difícil transitar a más de cuarenta kilómetros por hora en una carretera de tierra erizada de piedras en punta, pero la inestabilidad de la zona a mediados de los noventa, con ocasionales asaltos de bandas de delincuentes comunes o atentados políticos de diferente grado de entidad, justificaban ciertas urgencias.

Si no se toma en cuenta lo que se escuchó en Matagalpa sobre la peligrosidad de esa ruta, el viaje es un placentero traqueteo selva adentro, en dirección a la lejana Región Autónoma del Atlántico Norte. La RAAN está aislada del litoral Pacífico por la vegetación impenetrable, por la ausencia de carreteras transitables todo el año, y por la composición de la población que de un lado habla español y es de raíz mestiza mientras que del otro habla misquito y es predominantemente indígena. Waslala, aunque administrativamente pertenece a la RAAN, culturalmente es una ciudad del Pacífico. Eso le da un carácter fronterizo que se advierte apenas se desembarca en la ciudad, último núcleo poblado de cierta importancia antes de llegar a las minas de oro de Rosita y Bonanza.

Por las calles céntricas transitan hombres a caballo con sombrero de vaquero y revólver al cinto, y todo tiene el aroma de los pueblos de California durante la Fiebre del Oro: desde las casas que tienen su frente sobre el centro y su fondo de cara al río, hasta las cantinas y comederos en los que se bebe cerveza y ron ante la atenta mirada de un plato de arroz con frijoles. Uno de los bares se convierte en el preferido indiscutido de las noches por obra y gracia de un enorme televisor y un videocasetero, en el que pasan películas mexicanas que se pueden mirar desde las mesas mientras se consume algún trago, o desde rústicos bancos de madera si es que se ha preferido pagar la entrada en lugar de la cerveza. Los clientes parecen sentirse cómodos en la compañía de tapices baratos en los que exóticas mujeres vikingas conducen carros tirados por tigres y panteras. Pero si el poblado tiene aspecto de frontera, las cooperativas parecen los fuertes fronterizos. Si no fuera porque el verde exhuberante que las rodea no tiene nada de desértico, se asemejarían a los puestos de la Legión Extranjera en tierras de árabes. Sólo que las fortificaciones no están hacia arriba en forma de murallas, sino hacia abajo de la tierra a modo de trincheras. Al igual que en el resto del país, la guerra terminó en Waslala en 1990, pero una década después, los integrantes de las diecisiete cooperativas sandinistas tienen una media de tres escaramuzas semanales con remanentes de grupos de la 'contra'.

Durante la guerra frente a la contrarrevolución, los sandinistas hicieron algunas cosas bien y otras mal. Descuidaron el trabajo político en algunas partes clave, en otras realizaron desplazamientos de poblaciones enteras en una forma de limpieza que no era étnica sino ideológica, y en la zona del Atlántico casi nunca supieron entender la complejidad de la población indígena. Entre las cosas que hicieron bien, más allá del mérito militar de no haber permitido el nacimiento de ninguna 'zona liberada' de consideración dentro de su territorio, está el no haber aislado a algunas de sus unidades fronterizas. Ese es el origen de las cooperativas de Waslala. No destacaron un batallón en una zona que sabían hostil, sino que llevaron a un grupo de jóvenes políticamente formados en las ideas de izquierda y los colocaron junto a sus también jóvenes esposas en diecisiete cooperativas de producción agraria dotadas de una fuerte capacidad de respuesta militar.

Terminada la guerra, la mayoría de ellos se negaron a volver 'al Pacífico', en parte por temor a no encontrar medios de vida, y en parte porque no querían que los enemigos a los que habían repelido durante años, y a los que conocían hasta por el nombre por ser sus vecinos o familiares de sus vecinos, entraran como perico por su casa a las posiciones que habían defendido pagando un alto costo en vidas. Sin la excusa política, quedaba una extraña forma casi deportiva de la guerra de posiciones, una suerte de esgrima militar que resulta casi un juego si se compara la cifra de muertos antes y después del final oficial de las hostilidades. Entonces reciclaron el cuartel de cada cooperativa como salón comunal o clínica odontológica, hicieron más laxos los turnos de guardia y se quedaron a continuar con su pulseada. Todavía no se han marchado.

==Tercera parte de tres

* 1- Parte I
* 2- Parte II

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en el semanario Brecha, de Uruguay, el 23 de marzo de 2001)

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Nicaragua: tres instantáneas de la posguerra (2)

Wirruca, 1992

La aldea de Wirruca está enclavada en el departamento de Boaco, una zona ganadera de Nicaragua en la que los sandinistas nunca pudieron construir una sólida base social. Un caserío silencioso, de viviendas de adobe y madera desperdigadas entre senderos, sin luz eléctrica.En una noche clara se tiene la sensación de estar asistiendo al cielo más estrellado que se pueda ver desde cualquier parte.

En Wirruca, como en casi todo Boaco, la mayoría de los habitantes apoya a la derecha. Los pocos sandinistas, sin embargo, no se esconden. Uno de ellos, Leovigildo, pagó esa audacia con su vida. Trece antiguos integrantes de la 'contra' llegaron al pequeño sembradío de maíz que estaba junto a su pobrísima choza y lo mataron delante de la menor de sus hijas, que apenas tenía cinco años. Estaba amaneciendo, y el resto de la familia se despertó con los disparos. Ecos de una guerra que oficialmente había terminado dos años antes

-Cuando llegamos estaban velando el cuerpo sobre un tablón, cuenta Antonio. Hace un silencio y agrega con amargura: "se estaba empezando a llenar de hormigas". Ya que no habían podido hacer nada para impedir su muerte, sus amigos intentaron procurarle una despedida un poco más digna. Sabían que en una aldea cercana, Cerro Largo, la familia de los García estaba terminando de construir un cajón. A medio hacer lo prestaron para Leovigildo, bajo la promesa de que se les devolvería uno nuevo en cuanto estuviera pronto. Antonio quedó encargado de cumplir el empeño. Pero los acontecimientos fueron más rápidos que las herramientas del improvisado carpintero. Antes que Antonio terminara de construirlo, los García lo precisaron de urgencia y debieron, ahora ellos, pedir un ataúd prestado: Fernando García, de 23 años, era asesinado por la espalda, a machetazos, también por una vendetta política. Una espiral de violencia aparentemente interminable en la que cada muerte alimenta la próxima.

Antonio no vive en Wirruca sino en Las Lagunas, a una hora de caminata montaña arriba. Cuatro meses después de que Leovigildo fuera asesinado, el mismo grupo de la 'contra' intentó ejecutar a uno de los dirigentes de Las Lagunas. Pensaban que luego de las campañas del gobierno a favor del desarme, los miembros de la cooperativa estarían indefensos. Pero los cazadores se convirtieron en presa cuando estaban acampados esperando la llegada de la madrugada para ir en busca de Cirilo. Los cooperativistas no habían entregado las armas.

Las Lagunas es el único bastión sandinista en kilómetros a la redonda. En las últimas elecciones la izquierda logró la casi totalidad de los votos en ese minúsculo caserío de treinta familias, mientras en el resto del departamento apenas arañó el 20 por ciento. Desde 1974 había allí un grupo de teatro clandestino que hacía representaciones ridiculizando a la dictadura de Somoza, y sus campesinos formaron, inmediatamente después de la Revolución Sandinista de 1979, una de las pocas cooperativas que en pleno 2001, once años después de la llegada al poder de la centroderecha, aún mantiene su viabilidad. Siembran naranjas y están envueltos en una lucha legal con el antiguo terrateniente, que regresó de Estados Unidos con la esperanza de recuperar unas tierras que habían pertenecido a su familia y de las que sólo le falta conseguir las pocas hectáreas de la cooperativa de Las Lagunas.

El hacendado lleva las de perder. El gobierno no está interesado en crearse nuevos problemas, y los campesinos que se muestran lo suficientemente beligerantes como para defender lo que consideran suyo no pierden la pulseada mientras no bajan la guardia. Eso genera una situación contradictoria: muchos de los votantes sandinistas conservan sus tierras, mientras que los campesinos que forman la base social del gobierno de derecha han vuelto al sistema de asalariados rurales, perdiendo las parcelas que obtuvieron con la Reforma Agraria sandinista. "Tenemos que reconocer que en algunos casos nuestra Reforma Agraria llegó a ser bastante artificial", explicó un educado dirigente campesino que medita cada frase tres veces antes de decirla. Muchos de quienes recibieron las tierras nunca las consideraron suyas, se sentían unos intrusos, y vieron la devolucion a los antiguos patrones "como una medida de justicia que les quitaba una carga de encima", agregó con tono de autocrítica. El otro lado de la moneda son las cooperativas sandinistas, que por la formación ideológica de sus integrantes se consideran dueños por todo derecho de las tierras que sus familias cultivaron para otros durante décadas. Hay incluso algunas cooperativas, como las de Waslala, que llegaron a establecer una relación tan fuerte con el sitio donde están asentados que va más allá de los avatares políticos.

==Segunda parte de tres

* 1- Parte I
* 3- Parte III

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha , el 23 de marzo de 2001)

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Nicaragua: tres instantáneas de la posguerra (1)

Jalapa

Para los habitantes de Jalapa el sonido de la vieja motocicleta de Ramón Rivera se parece al batir de alas del ángel de la muerte. Ramón Rivera nunca le hizo daño a nadie. Ni siquiera está de acuerdo con la venganza. Acodado sobre una mesa de madera en su taller de fabricación de guitarras, este hombre de hablar pausado parece dotado de una rara paz espiritual. En realidad se trata de una amargura que a pesar del tiempo transcurrido no se le ha quitado del rostro. Dotado de una inusual habilidad para construir unas guitarras que -según los entendidos- tienen un sonido perfecto, Ramón Rivera toca en un cuarteto de músicos que lleva el nombre de un sacerdote asturiano que murió combatiendo en las filas del Frente Sandinista, Gaspar García Laviana. Tres años les costó a los otros músicos convencerlo de que aceptara ocupar el lugar que era de su hermano, Cristino, asesinado a golpes de machete, por la espalda, en la puerta de su casa. "¿Que cómo se hace para convivir con el dolor? Es como cuando se trabaja la tierra. Primero se lastiman las manos y sangran. Después se forman callos". A pesar del tiempo transcurrido, la corona de flores de plástico que acompañó el entierro de Cristino todavía está en el living de la sencilla casa de los Rivera. Pero nada de eso tiene relación con el sonido de la vieja motocicleta con aspecto de reliquia de la Segunda Guerra Mundial. Ese ruido todavía espanta en varios kilómetros a la redonda, ya que Ramón Rivera era el encargado de llevar la noticia a las familias de los adolescentes que morían cumpliendo su Servicio Militar durante la guerra entre los sandinistas y la 'contra'. Todavía hoy existen quienes culpan al mensajero de la suerte de su hijo. Ese dolor es el que se lee en el rostro de Ramón Rivera.


Jalapa no es una excepción. Toda Nicaragua vivió durante los últimos sesenta años de su historia -desde que Somoza mandó fusilar a traición a Augusto Calderón Sandino luego de haber firmado la paz, hasta el más reciente asesinato en el colombianizado triángulo minero- temiendo escuchar el sonido de la motocicleta de Ramón Rivera. Paradojalmente son las vetustas minas de oro de Siuna, Bonanza y Rosita, que fueron el símbolo de la lucha de Sandino contra la invasión de Estados Unidos en los años treinta, las que hoy se convirtieron en teatro de operaciones de la violencia contra los empobrecidos campesinos del área por parte de los narcotraficantes locales que responden al cartel de Sinaloa. Pero nada es sencillo en un país en el que se mezclan tantos años de enfrentamientos y tantas lealtades cruzadas. Este artículo, que no pretende explicar el fenómeno, muestra tres instantáneas de esa realidad. Una de 1992, tomada en una zona en la que los sandinistas son una fuerza marginal, casi simbólica. Otra de 1995 y procedente de una aislada población del noreste, cercana al triángulo minero. La tercera es del 2000, y ya no procede de una experiencia directa del autor de la nota sino que refleja la investigación de dos sociólogos sobre la violencia campesina y recoge crónicas de la prensa de aquel país. Las tres pueden ser vistas como ejemplos de una violencia que se ha transformado en atemporal.

==Primera parte de tres

* 2- Parte II
* 3- Parte III

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en marzo de 2001)

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29 septiembre 2000

La música, los libros y la risa


Es extraño que Sergio Ramírez no nombre a Milan Kundera entre sus influencias literarias, ya que el checo nacido en Brno hace de la risa y de la música dos de sus ingredientes principales a la hora de retratar la naturaleza humana, punto en el que coincide con el escritor nicaragüense. Pero como lo único que se conoce hasta el momento de Retrato de Familia con Volcán son algunos fragmentos que el autor ha leído en conferencias, habrá que quedarse con las referencias que allí aparecen y suponer las otras. "Mis libros de formación como cuentista –dice luego de reconocer las escasas lecturas con las que llegó a León a estudiar Derecho en 1959- serían los de la biblioteca de Juan Aburto, a los que entré muy luego, O.Henry, Chejov, Faulkner, Horacio Quiroga y Maupassant".
Más allá de esos nombres, Ramírez cita al humor y a la música como influencias claves en su obra, ambas provenientes de sus tíos músicos que se reunían en "la fiesta perpetua que era la tienda de mi padre", mundo del que partió para escribir su libro Baile de Máscaras. Empezaban burlándose de sí mismos ("y esa fue la primera lección de mi escuela de humor") para luego seguir con los demás, en una rueda vespertina que era "un solo jolgorio de conversación que terminaba cuando las campanas de la iglesia llamaban al rosario de las seis, hora en que los músicos recogían sus instrumentos para irse a cumplir con su oficio". Un oficio que marcó al sobrino a pesar de su falta de oído "porque no hay prosa sin música, y sin ritmo".
Muchas de las historias de esos músicos están en la obra de Sergio Ramírez y otras esperan su lugar en algún futuro cuento o novela. Pero entre esas anécdotas, quizás la más trágica sea la que le ocurrió a su tío Alberto: en 1937 la mujer que amaba fue obligada a casarse, contra su voluntad, con otro pretendiente y, para mayor desgracia de los enamorados, la orquesta de los Ramírez fue contratada para amenizar la boda.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en el suplemento El País Cultural, de Montevideo - 29 de setiembre de 2000)

==Tercera parte de cinco

* 1- Retrato de escritor con vicepresidencia
* 2- Niño estrábico con lentes.
* 3- La música, los libros y la risa .
* 4- La margarita.
* 5- FSLN: Amargura e inocencia.

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Retrato de escritor con vicepresidencia

Una orden de canje por dos botellas de ron Cañita fue el primer premio literario ganado por Sergio Ramírez. Tenía once años y lo obtuvo al enviar un guión para el programa de Don Cándido Suave y Doña Robustina Roncafuerte, que se emitía a mediados de los cincuenta por Radio Mundial de Managua. Por esa misma época apareció en letra de molde su primer cuento, que recreaba una leyenda popular de aparecidos y fue publicado por La Prensa Literaria. "Mi nombre estaba allí, y no sé porqué me llené de horror, y de vergüenza, como si se tratara de un pecado capital que había sido revelado a todos para mi desgracia; y ya me decidía a esconder el periódico, o a huir, cuando una empleada llegó de parte de mi abuela Petrona a proclamar la noticia como si de tratara de una alegre catástrofe", escribe en Retrato de Familia con volcán.

Quien visite Masatepe, el pueblo natal de Sergio Ramírez, puede reconstruir la escena al detalle y no se equivocará por mucho. El pueblo conserva su antiguo ritmo de provincias, con sus casas de techo de tejas y pisos siempre relucientes, con la sala ventilada y en semipenumbras para sentarse en una mecedora a la hora en la que el calor hace difícil estar en la calle. Basta con preguntar a cualquiera para enterarse enseguida de dónde queda su casa materna. En la respuesta resultará fácil descubrir la dicotomía entre el orgullo local que se siente por el Ramírez escritor, y la aceptación o el rechazo que se tiene, según el color de cada quien, por el Ramírez político. Recorrer Nicaragua en las semanas previas a los comicios presidenciales de 1996 equivalía a recoger las evidencias de la inevitable debacle electoral de Sergio Ramírez. Integrante de la Junta de Gobierno en 1979 cuando el dictador Somoza fue derrocado por la guerrilla, vicepresidente del país desde 1984 a 1990, y jefe de la bancada de izquierda cuando le tocó estar en la oposición de 1990 a 1994, Ramírez dejó el Frente Sandinista (FSLN) en 1995 y fundó el Movimiento Renovador Sandinista. Esa ruptura se hizo evidente durante un Congreso partidario realizado en el Centro de Conferencias Olof Palme. Para muchos, una ruptura previsible.

Pero lo que se leía en las conversaciones cotidianas de la Nicaragua de 1996 era más diáfano todavía. Nadie parecía estar con Ramírez, como efectivamente casi nadie estuvo el día de las votaciones. Un episodio más en un proceso político con características únicas: una revolución armada dirigida por una guerrilla marxista, que colocó a sacerdotes en ministerios claves, que no aplastó totalmente las libertades, que realizó profundas reformas económicas y sociales en un país sumido en la miseria, y que entregó el poder cuando perdió unas elecciones democráticas.

De perseguido político a vicepresidente del país, de jefe de la bancada de izquierda a excomulgado por el partido que ayudó a consolidar en el poder, Sergio Ramírez es uno de los testigos más lúcidos de la Nicaragua de hoy; o al menos uno de los que puede contar la historia desde la perspectiva de quien estuvo en el poder y, sin renegar de sus convicciones, sí reniega de sus anteriores compañeros de ruta. Esa visión es la que ilumina su libro Adios muchachos (Aguilar, Madrid, 1999, 291 páginas, aún no disponible en Montevideo), que apareció en España y México en setiembre de 1999 . Pero como si el acto de contar el lado más público de su vida lo hubiera llevado a buscar más atrás en sus memorias, Ramírez tiene un nuevo libro en preparación, en el que rescata historias de su familia y de su niñez. Se titulará Retrato de familia con volcán, y ya se han conocido algunos adelantos.

==Primera parte de cinco

* 1- Retrato de escritor con vicepresidencia
* 2- Niño estrábico con lentes.
* 3- La música, los libros y la risa .
* 4- La margarita.
* 5- FSLN: Amargura e inocencia.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en el suplemento El País Cultural, de Montevideo - 29 de setiembre de 2000 -- Foto del autor)

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FSLN: Amargura e inocencia

En su libro Adios muchachos Sergio Ramírez hace un paneo que parte de los años del exilio en la década de los setenta y llega hasta el presente. El libro habla de su exilio vivido en parte en Costa Rica, donde nacieron sus hijos, y en parte en Berlín; de la época de la insurrección final, cuando su casa en San José "se volvió centro de conspiración, bodega de abastos, tesorería, cuartel, oficina de relaciones públicas, y refugio"; del día del triunfo de la Revolución; de los diez años de guerra enfrentando a la "contra" financiada por Estados Unidos; y de la posterior derrota electoral de ese proceso político en 1990.

"La revolución juvenil –explica- que deslumbró al mundo por su frescura, por sus ambiciones de cambio, por presentarse como una gran aventura humanista, sin cálculos y lejos de la politiquería matrera que había consumido siempre las oportunidades de este país a lo largo de toda su historia, se vio de pronto despojada de sus ímpetus creadores, y sus líderes empezaron a sufrir de una vejez prematura que se proyecta como una sombra de decadencia sobre la idea de la revolución misma, que ellos pretenden acaparar". Para Ramírez la derrota de la Revolución Sandinista "se trató, se sigue tratando, no de otra cosa que de una derrota ética".

En el libro hay testimonio político, pero también se puede encontrar la visión de un hombre que ve cómo su vida familiar es avasallada por la actividad pública, al punto que una vez su mujer "con grave ironía, pidió a Juanita Bermúdez, mi asistenta, que la pusiera en la agenda de mis citas diarias, y apareció en mi despacho con una lista de asuntos de los dos que quería tratar conmigo". A pesar de su posición, Ramírez vivió algunas de las angustias que eran comunes a cualquier familia en época de guerra, ya que su hijo, Sergio, estaba combatiendo en la frontera como parte de los Batallones de Lucha Irregular del Ejército Sandinista, cumpliendo su servicio militar. "Subió Sergio a la plataforma del camión donde los compañeros lo apuraban entre gritos festivos como si fueran en excursión, y nos quedamos en la calle desolada hasta que dejó de oírse el motor que se perdía en la noche de Managua, para volver en silencio a la cama que a partir de entonces se volvió hostil al sueño". Durante los meses que su hijo estuvo en la guerra, Ramírez tuvo que vencer la tentación de tomar el teléfono y traerlo de vuelta a casa. "A algunos en la cumbre no iba a extrañarles, no habían dejado a sus propios hijos irse a la guerra y más bien sería un alivio para ellos", comenta.

La amargura de algunas de las páginas de Adios Muchachos se combina con otras en las que narra los primeros años de la Revolución, en capítulos bautizados con nombres como "La edad de la inocencia". Entre los jóvenes héroes de entonces el autor acostumbra recordar, por emblemática, la figura de uno de ellos, Francisco Rivera "El Zorro", cuyas hazañas fueron recogidas en el libro El Zorro que prácticamente no se conoce fuera de Nicaragua y que el propio Ramírez dotó de forma literaria, aunque manteniendo la primera persona del testimonio. A veinte años de aquellos episodios, Ramírez aún rescata en "El Zorro" el lado puro de la Revolución: "El Zorro nunca se hizo viejo, ni matrero, ni vanidoso, ni falso. Sobrevivirá de él su retrato de juventud en algún descanso de la marcha, dejándose ver apenas frente a la cámara que se esfuerza en encontrarlo, joven antes o después del combate. El retrato del héroe que no muere, ni envejece, ni se envilece. Un retrato puro. El retrato de una generación que hizo lo suyo sin concesiones, con dignidad y genio, y sin alarde. Quizás ya no habrá otra generación igual a ésa, como no habrá otro Zorro. Joven siempre, y siempre en marcha".

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en el suplemento El País Cultural, de Montevideo - 29 de setiembre de 2000)

==Quinta parte de cinco

* 1- Retrato de escritor con vicepresidencia
* 2- Niño estrábico con lentes.
* 3- La música, los libros y la risa .
* 4- La margarita.
* 5- FSLN: Amargura e inocencia.

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Sergio Ramírez: La Margarita


El reconocimiento internacional que no lograron los tíos con la música, sí lo obtuvo el sobrino con la literatura. Aunque tiene una trayectoria con más de veinticinco libros publicados, fue su obra Margarita está linda la mar, la que le dio un nuevo impulso internacional a su carrera gracias, sobre todo, al Premio Alfaguara de novela que obtuvo con ella en 1998. La historia que cuenta Margarita está linda la mar toca dos de los temas más emblemáticos de la historia nicaragüense: el triunfo literario de Ruben Darío, y el ajusticiamiento de Somoza en 1956 por parte del poeta Rigoberto López Pérez. Ambos ocurren en León, una soleada ciudad colonial, sede universitaria, donde tradicionalmente se han nucleado las mentes más progresistas del país, en oposición a la otra ciudad colonial de Nicaragua, la conservadora Granada.
Aunque fue escrita antes que Adios Muchachos y Retrato de Familia con volcán, Margarita está linda la mar puede considerarse un nexo entre esas dos obras. Un libro en el que lo político y las historias de familia se combinan para, al decir de Tomás Eloy Martínez, "tejer una historia absorbente e inolvidable". En Margarita... está la lucha contra la tiranía somocista que también aparece en Adios Muchachos, pero también están las vivencias personales que luego se explicitarán en Retrato de Familia con volcán. Sobre este punto, escribe Ramírez en su libro aún inédito: "Un mediodía de abril de 1959 bajé del autobus Vargas en la Plaza Jerez de León, bajo un sol de incendio. Llegaba de la mano de mi padre a matricularme. El quería que yo fuera el mejor abogado del mundo. Pero lo que él entonces no supo, es que al poner pie en aquella plaza, frente a la catedral, yo estaba poniendo pie en un universo narrativo; y que estaba obteniendo una foto fija para siempre de aquel lugar, que vuelve siempre a mi memoria, y que es donde empieza Margarita está linda la mar".
Durante toda su vida, el escritor continuaría atesorando los momentos importantes como "fotos fijas" que luego se revelarían en el laboratorio de su literatura. Es también con una foto fija que comienza uno de los capítulos claves de Adios Muchachos. "El mediodía del 20 de julio de 1979, las columnas guerrilleras entraron en triunfo a la Plaza de la Revolución. En un formidable desorden, los combatientes llegaban a pie, en camiones militares, en autobuses requisados, subidos sobre el lomo de las decrépitas tanquetas arrebatadas a las tropas de la dictadura, y se revolvían con la multitud que estaba allí esperándolos para celebrar con ellos la gran fiesta de sus vidas".

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en el suplemento El País Cultural, de Montevideo - 29 de setiembre de 2000)

==Cuarta parte de cinco

* 1- Retrato de escritor con vicepresidencia
* 2- Niño estrábico con lentes.
* 3- La música, los libros y la risa .
* 4- La margarita.
* 5- FSLN: Amargura e inocencia.

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Niño estrábico con lentes

Ser alto y bizco fueron los dos problemas que más preocuparon a Sergio Ramírez entre los diez y los doce años. En parte por las burlas de sus compañeros de clase ("asunto que entró en la costumbre del trato en la escuela, y en la sustancia de mis silencios retraídos") y en parte por las negativas de las muchachas a ser su pareja de baile. "Y uno no sabe cuántos de esos exilios de la infancia van llenando desde el principio la atmósfera del escritor", explica en "Retrato de niño estrábico con lentes", uno de los capítulos del libro en proceso de elaboración.

Supo compensar esas características físicas con la pasión por las historietas y el cine, que prepararon el camino para su encuentro con la literatura. Sergio Ramírez recuerda que ya leía en el jardín de infantes, y que sorprendió a su padre leyendo los clasificados del periódico un día que lo llevó a la capital para que viera a la vaca de la leche Klim que se reía y movía la cabeza en una vidriera. Esa afición temprana a la lectura no se encauzó hacia los libros sino hacia las historietas. En ese tiempo los niños nicaragüenses leían revistas argentinas de personajes como Patoruzito, El Fantasma o El Capitán Marvel. Este último era el preferido de Ramírez, y gracias a que su alter ego era un canillita, con él aprendió "esa palabra porteña para llamar a los voceadores". Confiesa que llegó a volverse un fanático de estas revistas, al punto que las leía con una linterna debajo de las sábanas, después que se habían apagado las luces de su casa.

"Le debo mi oficio al cine" dice, categórico, al referirse a la otra pasión de su pubertad. "A los doce años me hice operador y pasé a ser el soberano de la caseta de proyección del cine de mi tío Alberto", recuerda. Y agrega: "esa caseta de proyección, viendo las mismas películas por la ventanilla muchas veces, fue mi escuela de encuadre, de vuelta en el tiempo, de fundido, de aproximación de planos, de diálogos". Esa escuela, cuyas lecciones estaban formadas por películas mexicanas pero también por grandes filmes como Rashomon de Kurosawa o El Séptimo Sello de Bergman, fue la que le dio las herramientas para construir su libro Margarita está linda la mar como una secuencia que toma en cuenta distintas épocas y distintos espacios, aunque eso –reconoce- "sólo el cine puede lograrlo".

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en el suplemento El País Cultural, de Montevideo - 29 de setiembre de 2000)

==Segunda parte de cinco

* 1- Retrato de escritor con vicepresidencia
* 2- Niño estrábico con lentes.
* 3- La música, los libros y la risa .
* 4- La margarita.
* 5- FSLN: Amargura e inocencia.

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