07 septiembre 2007

Rescatada del archivo/Cuaderno de los Balcanes 06: El lado serbio de la ciudad

El Sarajevo serbio también es Sarajevo, pero es otro Sarajevo. La música ya no tiene los acordes turcos que tiene en el barrio del mercado. Ahora es la música que ya había escuchado en Macedonia, y que si existiera algo puro en los Balcanes podría llamarse puramente eslava. En la cafetería de la terminal de ómnibus, los manteles de hule verdes con pequeñas flores blancas amarillas y rosadas, con un sobremantel de tela violeta, cubren las mesas que atiende una mujer. Es distinta a las mujeres del Sarajevo bosniaco. En aquel lado de la ciudad casi todas las mujeres que se veían en las calles o en las tiendas tenían una sofisticación que, desesperadamente, buscaba ser europea. Acá no.

Esta mujer de la cafetería es inconfundiblemente serbia. Así como su abuela y la madre de su abuela no quisieron ser turcas, ella no quiere ser otra cosa que serbia. También son serbios los demás clientes. El hombre solo, que acodado y sosteniendo su cara con las dos manos como si rezara, parece un cuadro medio del partido comunista sacado de una escena de los años sesenta; o los dos hombres que esperan en otra mesa, hablando en voz baja, mirándome con desconfianza.

Acaban de llegar a la cafetería otros cuatro clientes. Susurran en una mesa. Vestidos con una combinación de ropa civil y militar, con barba de varios días, ellos sí tienen el aspecto siniestro de paramilitares. Son los rostros que encajan en las historias brutales de asesinatos, violaciones, y toda la serie de atrocidades que integraron el catálogo de esa forma balcánica de la guerra sucia que occidente bautizó como limpieza étnica. Uno de ellos le grita a la camarera y le exige un café. Ella finge amabilidad pero se nota el temor en la forma en que lo sirve.

El que gritó se para y se acerca al mostrador. Está vestido completamente de negro. Pantalón, zapatos, camisa y saco negros. Es difícil decir si es ropa civil o cierto tipo de uniforme. Indudablemente se trata de alguien que es de una extracción social más alta que la de sus acompañantes y se comporta de ese modo. Los mira con condescendencia. A mí me observa directamente, con desprecio. Me resulta inevitable situarlo detrás de los cañones durante el Sitio, bombardeando la ciudad, así como tampoco puedo dejar de imaginar a sus compañeros de mesa entrando furtivamente en una casa musulmana, o provocando el incendio de la biblioteca de Sarajevo.

Los dos hombres de la mesa de al lado han dejado de mirarme con desconfianza. Ahora están pendientes de la mesa de -llamémosla así- los cuatro paramilitares. Escuchan lo que aquellos hablan en voz alta. Están como paralizados por la atención. La mujer del bar, acodada del lado de atrás del mostrador, también mira directamente a la mesa que se ha transformado en el centro de la cafetería. Nunca sabré de qué estaban hablando.

==Sexta parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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10 mayo 2002

Cuaderno de los Balcanes: Introducción

Durante diez años, los Balcanes fueron una presencia recurrente en las primeras planas de la prensa internacional. El final de Yugoslavia, las guerras de Croacia y de Bosnia, la crisis de Kosovo y los bombardeos de Serbia por parte de la OTAN, fueron algunos de los generadores de titulares en los años noventa. La insinuación de una guerra civil en Macedonia, el juicio a Milosevic en La Haya, y los avatares de la postergada independencia de Montenegro, volvieron a darle actualidad. Hechos que se suman a la convulsionada trayectoria de una región que desde la Edad Media siempre ha sido una frontera entre oriente y occidente. Este cuaderno de viaje se interna en esa frontera, diez años después de comenzada la extinción de Yugoslavia, y traza un itinerario que atraviesa longitudinalmente ese territorio, partiendo de la europeizada Croacia, pasando por la Bosnia dividida, y llegando a Belgrado, esa ciudad que no se parece a ninguna otra.

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

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Cuaderno de los Balcanes 10: Kalemegdam

Si hay una construcción que es símbolo de Belgrado, ésa es la fortaleza de Kalemegdan. Está a un paso del agitado tráfico de la capital, pero la paz de un parque le sirve de amortiguador, al punto que cuando se llega al pie de su entrada la calma es absoluta. Arcos, puentes y torretas de piedra, le dan un sabor inconfudiblemente medieval, aunque varias de sus partes fueron reconstruidas en el Renacimiento y en el siglo XIX. Mientras avanza por sus senderos, el visitante, que en general es un único visitante, tiene la sensación de haber ingresado a un montaje pensado para dar la imagen de un paisaje bucólico y pastoril. Entre las piedras sepulcrales del medioevo que están sembradas estratégicamente, corren grupos de ardillas, y sobre unas rocas que quedan bajo una arboleda, siempre dentro de los muros de la fortaleza, ancianas tejedoras ofrecen carpetas blancas y manteles bordados. Es difícil saber para quién es que montan sus puestos en esta ciudad vacía de turistas.

Pero es necesario seguir caminando para llegar al verdadero corazón de Kalemegdan: sus muros sobre la confluencia de los ríos Saba y Danubio. Sentado en ese plano inclinado, se tiene una panorámica única de la ciudad, y la agradable ilusión de tener, también, una panorámica de la propia historia de Serbia. Más modestamente, lo que se descubre desde esta perspectiva es para quien estaban montados los puestos de las tejedoras: hoy el Kalemegdan no es un sitio turístico, sino el lugar de paso que utilizan los lugareños cuando dejan sus oficinas y regresan a los barrios que están al otro lado de la ciudad. Internándose un poco más entre sus laberintos se descubre una escalinata que lleva colina abajo, e incluso una familia de mendigos que viven entre las ruinas de la última de las heridas que sufrieron los muros: una bomba de la OTAN. La delgada escalinata se separa de la fortaleza y parece querer llegar al propio Danubio.

Una pareja comienza a bajar los escalones. La sigo. En cada quiebre de la larga escalera esperan mujeres gitanas mendigando una moneda. El descenso parece sacado de una litografía veneciana, nunca se tiene la perspectiva completa del panorama. No los pierdo de vista. Al final llegan a una explanada, a mitad del camino de descenso, y detienen su marcha. Iban a una iglesia. Entran a un recinto inconfundiblemente bizantino, besan un ícono que está a la entrada, se sientan un instante, en la sacristía compran una delgada vela color ocre. Salen hacia un pequeño altar al aire libre. Encienden la vela y la clavan en un suelo de arena en el que hay otros siete cirios. Se quedan unos minutos, probablemente rezando una plegaria.

Para los exyugslavos la religión es una cuestión de identidad, algo que no se elige. Si se nace serbio, se es ortodoxo; si se nace croata, se es católico. Cada vez hay menos lugar para el viejo ateísmo. Sin embargo, algunos de los símbolos de la Yugoslavia comunista todavía están presentes. Los nombres de las calles han cambiado, pero varias de las placas muestran el nombre antiguo y el nombre nuevo, para evitar confusiones. La tumba de Tito también está en pie, aunque su museo se ha cerrado y, dicen, está prácticamente vacío. El tranvía 41 es el que lleva desde el centro de la ciudad hasta el mausoleo del único croata que todavía es venerado por algunos serbios, aunque no se nota. No hay un solo visitante, y los dos soldados que montan guardia ante la última morada del padre del socialismo yugoslavo no se lo toman demasiado en serio. En el trayecto del 41 se pasa por varios de los edificios destruidos por los bombardeos de la OTAN.

Hoy, todos quienes viven en Belgrado tienen alguna historia de aquellos dos meses de miedo y coraje. Un profesor universitario que habla español a la perfección, recuerda que el día en que empezaron los ataques estaba paseando a su perro en Kalemegdan. “¿Qué iba a hacer? ¿Volver a casa? Imposible. Además no había forma de librarse, los misiles pasaban con tanta velocidad que no tenía tiempo de verlos que ya estaba escuchando cómo estallaban en su blanco. Así que seguí paseando a mi perro y me dediqué a mirar el espectáculo”. Probablemente estaba mintiendo, pero es una buena anécdota.

==Decima parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 09: La ciudad blanca

Ocho horas más adelante está Belgrado. Mientras se avanza lenta y trabajosamente, trepando la cadena montañosa que da nombre a esta península, el viajero tiene la sensación de estar adentrándose todavía más en el corazón de los Balcanes. Todo aquí es más primitivo, si cabe esa palabra para nombrar lo que se ha detenido en el tiempo, no para adquirir un aire nostálgico, sino para irse descascarando por el uso, la pobreza o la desidia. La carretera es mala y angosta. Ovejas. Heno. La primera vaca balcánica. Grandes extensiones de pasturas. Un carro tirado por caballos en medio de la ruta. Aserraderos. Parece bastante claro que aquí la riqueza procede de la tierra. Todo lo que es construído por el hombre está gastado o semiborrado. Contra la roca gris de la montaña se dibujan los árboles con los colores del otoño. Algunos son rojo intenso. Otra vaca solitaria.

El ómnibus va pasando junto a pequeños pueblos de aire apacible y hasta prósperos, en el sentido de esa prosperidad relativa que nace de una buena cosecha. Es como si la Serbia profunda emergiera de la niebla y se mostrara entre los hierros retorcidos de siete autos quemados al borde del camino. Doce hieráticas ovejas en un corral. Niebla. Pasturas y montaña. Dos medallones funerarios muestran los rostros de dos soldados caídos en una emboscada. Gracias a lo fugaz de esa visión, sus rostros, tal vez entrados en años, parecen jóvenes. Sobre el mármol negro se llega a ver la gastada imagen de un águila de dos cabezas, herencia eslava de la vieja Constantinopla. Bueyes arando. Huertas. Más y más parvas de heno.

Sound track

Para llegar hay que sortear, en los últimos kilómetros, una espiral de autopistas. Recién cuando se desenredan los múltiples cruces de sus accesos, se arriba a destino. El nombre Belgrado significa ciudad blanca. Se levanta, aproximadamente, en el sitio de la Singidunum de los tiempos romanos. Este origen histórico, sumado a las bombas de la OTAN que cayeron sobre sus edificios a mediados de 1999, hizo nacer unas peculiares postales que se venden en las peatonales del centro. Se reproduce el dibujo inicial de la historia de Asterix, sólo que la aldea gala se cambia por Belgrado, y el estandarte romano se clava en Zagreb, coronándolo con una bandera estadounidense y un medallón con el rostro de Hitler. La postal luce una adaptación de la leyenda característica del personaje más célebre del comic europeo: “el año es 1999 DC. Europa está enteramente ocupada por los americanos...bueno, no enteramente...un pequeño país de indomables serbios resiste ahora y siempre al invasor”.

Belgrado no es peculiar solamente por sus postales. También lo es por la mutación que sufre cada anochecer. De día, es una ciudad venida a menos, sucia, con tranvías destartalados en los que nadie cobra ni paga boleto, con calles destruidas no por las bombas enemigas sino por interminables obras municipales. Pero de noche, la ciudad se transforma en una vibrante capital europea. Sus peatonales se llenan de gente, de las calles laterales surgen bares y pubs repletos de jóvenes, los alrededores de la zona universitaria se transforman en una réplica eslava de lo que debió haber sido Barrio Latino de París antes de ser bastardeado por el envoltorio para turistas. El corazón de esa transformación es la peatonal Kneza Mihailova. En uno de sus bares hay un espectáculo de jazz, en otro ofrecen música cubana interpretada por una banda enteramente serbia, y bajando algunos escalones hacia el café Plato, se puede escuchar el inconfundible sonido de una fanfarria gitana. El sound track se complementa con un surco inusual: una mujer que vocea periódicos desde una esquina, con una entonación que recuerda un canto coral de la liturgia ortodoxa.

En cada bar es fácil entablar conversación. Los más jóvenes hablan inglés con fluidez, y no debería ser difícil encontrar a alguno de los muchos estudiantes de letras hispanoamericanas de la Facultad de Filología. Jelena es una de esas estudiantes. Accede a contestar todas las preguntas que una década de noticias fragmentadas han construído en el imaginario de los forasteros. Uno de los temas inevitables es el de la identidad: “Yo era yugoslava, y como yugoslava me sentía europea; pero ahora Europa nos ha dado la espalda, y yo estoy aprendiendo a reconocerme como serbia”.

==Novena parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 08: En la frontera

El ómnibus serbio es mucho más antiguo que los que circulan en el lado croata de la Federación de Bosnia-Herzegovina, pero está impecablemente limpio. Las cortinas también aquí son turquesas. Del espejo retrovisor cuelga un banderín con el águila bicéfala estampada sobre los tres colores eslavos por excelencia: rojo, azul y blanco en franjas horizontales. Junto al banderín hay una cruz ortodoxa. El improvisado altar lo completan algunas postales con imágenes de focas y ballenas, deslucidas por el tiempo y por el sol, un pequeño conejo rosado de peluche, y un pinito aromatizador rojo, evidentemente gastado desde hace mucho.

Las colinas que rodeaban Sarajevo van dejando su lugar a las montañas. Otra vez los túneles abriéndose camino en la entraña de las Stare Planina, viejo nombre eslavo de los Balcanes. Ahora las miradas se clavan en un cartel que da la bienvenida a la República Serbia de Bosnia. Es una frontera doblemente extraña: por un lado, no se supone que exista esta frontera más que como una simple señal de agrimensura dentro de un país unido -Bosnia- formado por dos entidades federales, la serbia y la croata-musulmana; pero por otra parte, esa división real entre las dos entidades enemigas, no empieza donde esta frontera lo marca, ya que la zona serbia comienza en verdad unos kilómetros antes, en los barrios de Sarajevo que quedaron bajo su control.
Junto al cartel de bienvenida, en el enorme dique de concreto que evita que la montaña se desmorone sobre la carretera, se conservan, en perfecto estado, cuatro letras de cemento que datan de los años de la Yugoslavia comunista y que nadie ha quitado. En ellas se lee un nombre: Tito.

La mezquita de Pale

La marcha se hace más rápida. A ambos lados de la carretera se ven granjas, casas de tres pisos a medio construir, grandes parvas de heno. Casi no hay publicidad. Los pocos soportes de carteles que han sobrevivido alojan jirones de viejos anuncios. El sol de frente es un enemigo. El conductor hace visera con sus manos, hasta que la niebla vuelve. Regresa en el preciso momento en que un cartel anuncia que nos acercamos a Pale, ciudad que fuera la sede políticomilitar de los serbobosnios durante el asedio a Sarajevo. Antiguo cuartel general de las fuerzas de Karadzic y Mladic, los dos prófugos más buscados por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia. En las afueras parece haber sólo ruinas y gasolineras, pero ha de existir una ciudad debajo de la niebla. Cuando enfilamos hacia la terminal se puede ver un trazado urbano acogedor, con casas confortables, bien pintadas, dotadas de pequeños jardines y balcones con flores. En la terminal se renueva el pasaje y seguimos camino montaña adentro.

Curiosamente, a pesar de estar en plena zona ortodoxa, pasamos por una mezquita. Su construcción, sin embargo, es más pequeña que en las áreas musulmanas del país. Como si quisiera pasar desapercibida tanto por su tamaño como por el estilo de su arquitectura. El minarete es una torreta de base ancha, mucho más baja y menos delgada que lo habitual; su función religiosa sólo se adivina por los parlantes en forma de bocina que están amurados a sus cuatro costados para permitir que fluya el canto del muecín llamando a la oración.

==Octava parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdamc

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 07: Rumbo a Belgrado

Llega la hora de salir rumbo a Belgrado. Pago el café y dejo la escena de los cuatro paramilitares congelada a mis espaldas. Las ventanas del ómnibus están empañadas. Esa opacidad me recuerda que el territorio que voy a cruzar, la República Serbia de Bosnia, es una tierra hundida en la niebla. Hogar del bando al que se le ha dado el papel del villano en esta historia de horror que fue la guerra de Bosnia. Con la mano abro una pequeña zona de claridad en el vidrio. Mientras salimos de la ciudad se ven casas a medio construir y muchos más policías que en la Sarajevo musulmana. Vamos montaña arriba pasando por pequeños poblados campesinos que se han ido uniendo a la Sarajevo serbia, que se estira a lo largo de la carretera. El espacio que hay entre aldea y aldea, que antes era campo, ahora está cubierto por casas recién construidas o a medio construir.

Pienso que deben ser los nuevos hogares de familias desplazadas por la guerra, que encontraron aquí, en esta zona satanizada por el Sitio, el refugio ante la pérdida de su Krajina. Esta palabra eslava significa frontera, o confín, pero también terruño. Para la historia balcánica nombra los viejos confines donde los serbios peleaban al servicio del Imperio Austro-Húngaro para detener a los turcos que amenazaban Occidente. Siglos después, fue allí donde los descendientes de esos guerreros se amotinaron cuando Croacia declaró su independencia. En respuesta al nuevo país que se separaba de Yugoslavia, crearon su propio y efímero país: la República Serbia de Krajina. Luego de algunos meses fueron expulsados por el ejército croata. Ahora viven como refugiados. Probablemente, algunas de esas familias viven en estas casas que veo por la ventanilla.

Allá abajo está Sarajevo. Desde estas colinas que ahora trepamos con el motor forzando la marcha, se bombardeó la ciudad día tras día durante el Sitio que comenzó en abril de 1992 y que convirtió en rehenes a su medio millón de habitantes. Desde mi asiento tengo la misma panorámica que tenía la artillería serbia. Se ven claramente los minaretes de las mezquitas y el viejo edificio de la biblioteca construída por los Habsburgo en estilo morisco. Se puede elegir el blanco fácilmente. Y disparar.

==Septima parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 05: El río de Ulises

No era mentira entonces lo que mostraba Angelopoulous en La mirada de Ulises: los músicos tocando en la niebla, en un improvisado concierto montado en una glorieta al borde del río, mientras la gente paseaba por el malecón, gracias a que la niebla los protegía de la mirada de los francotiradores. Pero la niebla nunca es lo suficientemente espesa, y un balazo, seco y duro, atravesó el manto y enrojeció la nieve, terminando por ese día con la ilusión de normalidad.

También yo caminé, ayer, por ese paseo al borde del río. Una gran arboleda. Una pequeña colina verde y, entre la grama, viejas tumbas musulmanas. Turbantes de piedra coronando las lápidas en las que ya se borró toda inscripción. La caligrafía árabe suele tener esa facilidad para disolverse ante la erosión inevitable del tiempo, lo que permite que un observador ajeno, valiéndose de un exceso de misticismo, pueda leer esa inestabilidad de la letra al contacto con los siglos, como una declaración teológica de su alfabeto: sus letras se diferencian lo necesario como para que sea posible leerlas, pero no tanto como para que no puedan disolverse de un modo uniforme ante la erosión del olvido.

Entre esas tumbas hay algunas, sin embargo, que tienen las fechas y los nombres claramente visibles. Son las nuevas tumbas de los jóvenes muertos durante la guerra de los noventa. Los viejos y los nuevos muertos unen fuerzas, agrupados de diez en diez, en el parque junto al río, tratando de mantener el espacio que los vivos les disputan paseando a sus niños los sábados de tarde.

==Quinta parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de Sarajevo 04: La dama y el cellista

Uno de estos anuncios, de neumáticos, muestra a una modelo en un paso de ballet, con sus piernas extendidas en el suelo, abiertas con habilidad de contorsionista, desnuda, de figura perfecta, con la mirada perdida, sumergida en la introspección, los párpados a medio cerrar, concentrada en el arte de ese prodigio atlético, a medio camino entre lo circense y la danza clásica, como si no supiera que está desnuda.

Así es Sarajevo, tengo la tentación de pensar: la ciudad no sabe que está desnuda. Finge concentrarse en la vida intensa de sus noches llenas de jóvenes que caminan por las calles peatonales del centro. Finge concentrarse en las tardes pasadas en los cómodos sillones de los cafés que combinan lo mejor de la atmósfera oriental con un aire inocultablemente europeo, o en la mentira mística de las vidrieras llenas de artículos importados. Nada nuevo bajo esta neblina. Durante la guerra de los noventa, un periodista español que casi una década más tarde encontraría la muerte en Afganistán, Julio Fuentes, se asombraba de que las mujeres de esta curiosa ciudad casi musulmana, vistieran al estilo parisien y usaran perfume Paloma Picasso en los cafés elegantes de la calle Ferhadija.

Es que hay otra interpretación posible del cartel de la neumática bailarina sin ropa. Tal vez sabe que está desnuda y no le importa. No hablo de la exhibición de su cuepo perfecto, neumático en el sentido en que usaba esa palabra Aldous Huxley en su fantasía apocalíptica Un mundo feliz. No hablo de ese tipo de exhibición porque no hay nada de vulgar en ese anuncio, contrariamente a lo que ocurre con los carteles de ese tipo que pueden verse en otras ciudades. Tal vez sabe que está desnuda y no le importa, por una suerte de dignidad aprendida en los duros años del Sitio. En ese sentido recuerda al afiche del Festival de Verano de Sarajevo de 1993. La ciudad estaba bajo el fuego de la artillería serbia, pero el tradicional festival de música clásica no se suspendió. El afiche de ese año mostraba a un músico, un cellista, tocando con esa concentración dramática de los cellistas (¿o de las bailarinas desnudas de los anuncios de neumáticos?), delante de un edificio en escombros, seguramente su viejo teatro.

==Cuarta parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 03: En Sarajevo

Realmente existía Sarajevo. Estuve allí algunos días y allí estaban, en efecto, la biblioteca destruida, la placa arrancada del magnicidio de 1914, el descabezado edificio de la Universidad en la que todavía existe el despacho del viejo sefardita que tradujo el romancero español, la avenida de los snipers o francotiradores, las manchas rojas recordando la masacre del mercado, el mercado, las librerías de viejo que ahora venden las insignias de los paramilitares de los tres bandos que pelearon la guerra de Bosnia. Pero Sarajevo no deja de tener algo de irreal. Los dos Sarajevo, el serbio y el musulmán, comparten esa bruma. Ahora estoy en la República Serbia de Bosnia. Formalmente esta entidad empieza unos pocos kilómetros más allá, pero este barrio de Sarajevo ya es parte de la Bosnia serbia, el bando más satanizado durante la guerra que acabó con Yugoslavia. Espero por una taza de café, sentado frente a una mesa con mantel de hule, en la terminal de ómnibus. Un gran cuadro de la virgen acunando a su hijo no deja lugar a dudas: la zona musulmana quedó atrás.

El trayecto que me trajo hasta aquí desde el hotel, a las seis y media de la mañana, me despidió de una Sarajevo adormecida. La niebla acentuaba el aspecto irreal de la ciudad. La misma avenida de los snipers, que había visto tantas veces, se me aparecía bajo otro ropaje. Espectral. Como si la niebla despertara los fantasmas. La carpa de un circo levantado a uno de sus lados, acentuaba esta impresión. Los circos, bajo la niebla y al amanecer, armados en un baldío que hasta hace seis años era un campo de batalla, no son una visión recomendable. Enormes dibujos de la cara sonriente de los payasos. Otro de un tigre saltando por un aro de fuego. Pero lo que más estremecía era una calesita que suavemente giraba, sin que hubiera nadie a la vista, y sin que corriera una gota de viento en toda la ciudad. Aunque parecía pasar en cámara lenta, fue una visión fugaz. El auto que me llevaba a la terminal no quería perder tiempo.

Los choferes de Sarajevo no han perdido las viejas costumbres. Cuando el día ya ha despuntado desde hace horas y las calles están llenas de vida, entonces se sienten protegidos por los otros conductores, y aparentan conducir con normalidad. Pero cuando es demasiado temprano y las calles están desiertas, entonces corren, la mirada fija en la avenida, el cuerpo algo volcado sobre el volante, como si en cualquier momento esperaran escuchar la detonación de una bala. Es posible, también, que el apuro del chofer no fuera fruto de un viejo recuerdo, sino que, tal vez, simplemente quisiera apurar un trago amargo. No son muchos quienes aceptan un viaje al lado serbio de la ciudad. A nuestro lado pasaban otras imágenes. Algunos edificios enormes y grises. La mole amarilla del Holliday Inn, hogar de los corresponsales de guerra durante el Sitio. Decenas de carteles de publicidad.

==Tercera parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 2- Camino a Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 02: Camino a Sarajevo



El ancho boulevard va dejando la ciudad. Los enormes bloques grises de viviendas no son tan espantosos en las afueras de Split como en otras partes. Cuando parece que vamos a chocar con unas montañas, el chofer tuerce el timón y tomamos la ruta que va a Dubrovnik, la vieja Ragusa. La carretera se vuelve angosta. Está rodeada de invernaderos, camiones, viviendas de tres pisos y talleres mecánicos. Un enorme cartel de publicidad anuncia una película: planet majmuna. El planeta de los simios. Recostada a la montaña, una pizzería adorna su techo con la maqueta de un avión caza. Del otro lado, sobre el mar, un pescador espera, inclinado, solo, en su bote.

En una desierta parada de ómnibus alguien pintó una hoz y un martillo encima del símbolo de los ustachi fascistas. Guerra ideológica en un territorio donde siempre se dijo que la guerra fue, solo e inexplicablemente, étnica. Dugi rat. Enorme fábrica abandonada. Los bordes de la carretera están llenos de placas que recuerdan a los combatientes muertos. Dos horas y media acompañando al Adriático por la Madjarska Riviera. Un camión en una curva con medio cuerpo sobre nuestro carril parecía la muerte desbocada. Cuando la carretera se bifurca en dos -un camino sigue a Dubrovnik, el otro nos lleva a Ploce- empiezan realmente los Balcanes.

Ploce

En Ploce hay casamatas cavadas en la roca. Luego el Neretva que baja con sus aguas verdes camino a Mostar. Verdes, no es metáfora. A su lado la planicie. Las montañas se alejan hacia atrás empujadas por la carretera que muerde las ruedas del ómnibus y adelante sólo queda la planicie salpicada de algunos olivos. Campo adentro tiene que haber otro paisaje lleno de naranjales, porque el borde de la carretera está sembrado de puestos de venta de naranjas. Algunos también venden cuadros con escenas de pesca que parecen reproducir la melancolía de los solitarios percadores pensativos sobre su bote en las lejanas costas del Adriático que dejamos atrás hace diez minutos. Otros ofrecen tomates y miel de abeja.

Hay tractores. Tengo que resistir la tentación de repetir como una letanía que hay tractores, como si fuesen los cadáveres de Perlongher. Pero hay tractores. Uno es rojo. El primer tractor que veo en los Balcanes es de color rojo. Más que los tanques, fueron los tractores la caballería de las guerras balcánicas. No llevaban artilleros con tapaorejas hacia el frente de batalla buscando masacrar a la infantería, sino que iban en la dirección opuesta. Cargaban al abuelo, a la madre y a los nietos, y buscaban la frontera más cercana.

Una de las ancianas del piso inferior quiere comprar naranjas. El ómnibus se detiene y el guarda la acompaña para cerrar el trato. En Metkovic se pierde la última chance de desviarse hacia Dubrovnik. Quien tuerza a la derecha no podrá librarse de Bosnia. Dentro de tres días sabré si realmente existe Sarajevo.

==Segunda parte de diez

* 1- Split/ Croacia
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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Cuaderno de los Balcanes 01: Split/ Croacia


El ómnibus a Sarajevo va a partir del perón tres de la terminal de Split, Croacia. Junto a la terminal queda la estación de trenes y enfrente el puerto al que llegan los ferrys de Ancona. Un viejo maletero me habla en italiano. No hay en su voz esa afectación melosa que busca agradar al extranjero para que deje una propina. Piensa que estoy llegando a la ciudad y me ofrece un cuarto en alquiler. Cuando le digo que en verdad no llego, sino que me voy, parece respirar aliviado. Ahora puede recostarse tranquilamente al muro de hormigón de la terminal y hablarme del tiempo, como si los dos fuésemos viejos maleteros a la espera de turistas.

Lleva la camisa abierta y en su cara asoman los indicios de una barba canosa que no afeita desde hace por lo menos un par de días. Respira con ese resoplido de los hombres gordos entrados en años que se ven obligados al trabajo físico, pero la gorra azul de maletero, algo desarmada, coronada con un número cinco, le da un aire de dignidad. Lo convierte en una referencia de autoridad, a juzgar por la cantidad de ancianas que le preguntan por el lugar de partida de su coche, intentando asegurarse de que sea verdadero el número de andén que está escrito en su boleto. Cuando llega mi ómnibus nos despedimos con un movimiento de cabeza y esa mirada displicente de los viejos amigos que saben que sólo se alejarán por un rato y luego volverán a charlar de nada en la esquina de siempre.

Saldré rumbo a Mostar, ciudad dividida de Bosnia-Herzegovina, en el ómnibus a Sarajevo. ¿Pero existe realmente Sarajevo? Recién lo sabré dentro de tres días. Por ahora Sarajevo es un ómnibus sucio de dos pisos, que en otro lugar sería lujoso pero aquí está envejecido y maloliente. Por ahora Sarajevo, o su promesa, son tres viejas campesinas que pagan el boleto en marcos alemanes y hablan un idioma incomprensible; aunque vecino, suena distinto que la límpida entonación de los croatas educados de la ciudad.

El chofer enciende el motor. A lo lejos la sirena de un barco anuncia que ha llegado a puerto. El cielo se despeja. Nada parece indicar que exista Sarajevo. Las viejas campesinas se han quedado en el piso de abajo. Me ubico en el asiento que está frente al enorme parabrisas superior. Tengo la sensación de ir suspendido sobre el paisaje. Todo está por verse. El viejo maletero mira con seriedad la partida del ómnibus. Viendo su postura de maletero, su gorra con el número cinco, uno juraría que ha estado todo el día llevando y trayendo las valijas de los pasajeros que viajan en los ómnibus que van a Sarajevo. Pero todo es mentira. Él es sólo una parte más del decorado. Todos, incluso las tres campesinas que hablan en serbio y pagan en marcos alemanes, saben que no existe Sarajevo.

Escucho el crujido de la caja de cambios, el motor encendido, pero todavía no nos hemos movido del perón número tres. Suben otros dos pasajeros. No los veo pero siento cómo se mece el ómnibus mientras pisan los tres escalones cubiertos por una moquette empercudida. Sólo las cortinas turquesas están limpias.
Salimos. El maletero se queda sentado sobre su carrito. Pensativo. La mirada perdida. Un inmenso ferry italiano espera en puerto. Por la ventanilla pasan una ambulancia de la cruz roja y el perfil de mármol y piedra del palacio de Diocleciano. El Adriático a un lado. Las vías del ferrocarril al otro. El sol, de frente, me quema la cara.

Atrás queda Split, la ciudad que eligió el emperador para morir. Su palacio es ahora la ciudad antigua, con calles de mármol y elegantes boutiques que venden prendas de grifas europeas. Lo que queda de su palacio se refleja también en esas cuerdas de ropa recién lavada conviviendo con columnas romanas que sostienen edificios añadidos en la Edad Media. Se lo mire desde donde se lo mire, se verán ventanas de madera gastada abriéndose como heridas en los muros del palacio. Sofisticado conventillo de mármol. Lo único que sobrevive intacto de la época de Diocleciano está en los subterráneos de la ciudad. Se puede visitar pagando un ticket al funcionario que espera, semioculto, atrincherado en uno de los costados del pasaje de los artesanos. La ciudad quiere tragarse incluso esos restos del palacio e integrarlos a su organismo, quiere seguir devorándolo con su vida bulliciosa, sus peatonales de mármol, sus cafés abiertos hasta la medianoche, sus mesas de metal arrastrándose en plena madrugada cuando cierran las discotecas. Pero todavía queda un trozo de pasado en manos de la oficina de cultura, a salvo o prisionero. Hay dos entradas pero sólo una tiene guardián. En la otra, a veces, los parroquianos de un pequeño bar gritan y dan señales al visitante desprevenido indicándole dónde queda la taquilla.


Adentro, lo que se ve parece a una tumba. Tan acostumbrado se estaba a las columnas enredadas en la vida de la ciudad, que esas oscuras y húmedas estancias imperiales, con sus gruesos muros y sus arcos, más que un palacio parecen un mausoleo. La impresión funeraria no es del todo equivocada, si se piensa que quien construyó el palacio fue un emperador que estaba erigiéndose un lugar para morir. Se sabe, sin embargo, que la construcción que estaba pensada como mausoleo era otra, hoy convertida en catedral, hermosa y profana, con dos leones guardando la entrada y una mujer malhumorada recibiendo turistas a regañadientes y vendiéndoles postales que muestran el interior de la iglesia deformado por un ojo de pez. Parece orgullosa de que haya una iglesia cristiana en el lugar del mausoleo con el que pretendía glorificarse eternamente el que fuera el más cruel perseguidor de los cristianos.

==Primera parte de diez

* 2- Camino a Sarajevo
* 3- En Sarajevo
* 4- La dama y el cellista
* 5- El río de Ulises
* 6- El lado serbio de la ciudad
* 7- Rumbo a Belgrado
* 8- En la frontera
* 9- La ciudad blanca
* 10- Kalemegdam

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de mayo de 2002)

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