24 noviembre 2006

La persistencia de lo simbólico

El episodio es fuertemente simbólico, en especial para la Europa balcánica. La capital turca, Estambul, todavía es nombrada por los pueblos cristianos ortodoxos con el nombre bizantino de Constantinopla. Ciudad-símbolo de un imperio que duró mil años y que todavía se considera vigente en algunos territorios autónomos, como es el caso de la provincia griega del Monte Athos. Pero si Constantinopla era el emblema de la cristiandad oriental (símbolo canonizado en el martirio de su último emperador, Constantino Paleólogo, que murió al pie de sus murallas defendiendo la ciudad del avance otomano), el símbolo de Constantinopla era la basílica de Santa Sofía.

Tan importante resultaba ese edificio como encarnación del matrimonio de lo terrenal con lo celestial, que luego de tomada la ciudad en 1453, los conquistadores turcos intentaron “exorcizarla” agregándole cuatro minaretes y convirtiéndola en mezquita colocando en su interior dos enormes medallones con los nombre de Alá y de Mahoma. Con el advenimiento de la Turquía moderna, los planes de secularización impulsados por Attaturk eliminaron su carácter de mezquita y la transformaron en museo en 1935. Pese a su nuevo “ecumenismo laico”, si es permitido acuñar ese término, la iglesia de la Sagrada Sabiduría (que eso significa en griego el nombre Agia Sofía) sigue siendo una cápsula de tiempo que insinúa lo que fue Bizancio.

Una vez en su interior se comprende que los cristianos del siglo sexto consideraran la obra de Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto como un milagro en sí mismo. ¿Cómo era posible que se sostuviera esa enorme cúpula que parecía estar suspendida del cielo? Los arquitectos debieron resolver problemas técnicos que nunca se le habían presentado a ningún constructor. Para sus contemporáneos resultaba evidente que tenían que haber contado con la ayuda divina, intermediada, sin duda, por el sagrado emperador. El rosado de la fachada, los mármoles del interior, la fineza de las columnas y los capiteles labrados que sostienen las delicadas galerías laterales; generan un efecto estético que por sí solo alcanzaría para justificar la permanencia de su leyenda. Pero todavía quedan los mosaicos.

Hay que subir al piso superior, atravesando unas escaleras con aspecto de túneles arcaicos, para llegar a dos grupos de imágenes de la liturgia cristiana. El rostro en éxtasis de la Virgen. La despeinada cabellera de Juan el Bautista. Su belleza es tal que los otomanos, a pesar de estar embebidos del ímpetu de los conquistadores, no se atrevieron a destruirlos. Los taparon con una capa de estuco, como si supieran que la posteridad sería más generosa que su presente con esas imágenes. Es probable que al ocultar la obra maestra, estuvieran haciendo uno de los primeros actos de museística, aislando los mosaicos de su carácter religioso, y preservando su componente artístico.

Esta semana la noticia pudo pasar inadvertida, o apenas ser mencionada como un tardío efecto del “discurso de Ratisbona”, con el cual el Papa Benedicto XVI despertó la ira de una parte del mundo musulmán en setiembre de este año. Unos cincuenta islamistas que integran la formación de extrema derecha conocida como “Partido de la Gran Unión”, ocuparon el miércoles último la basílica de Santa Sofía. Lo hicieron en rechazo al arribo del pontífice católico a Turquía, previsto para este martes 28.

Al simbolizar en Santa Sofía el rechazo al Papa (algo que en sí mismo es un error teológico ya que la cristiandad ortodoxa considera herética la pretendida autoridad superior del Papa católico) están reafirmando la persistencia de la potencia simbólica de Constantinopla. A pesar de que hayan transcurrido cinco siglos y medio desde el momento de su caída.


(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 24 de noviembre de 2006)

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13 mayo 2006

Metáforas de un referéndum

Este domingo los montenegrinos definirán en referéndum si continúan formando un único país con los serbios, o si se independizan. Dos ciudades de la costa del Adriático parecen reflejar, en su trazado medieval, el dilema que plantea esta difícil decisión para estos dos pueblos que comparten la religión ortodoxa y la etnicidad eslava.

Las murallas medievales de Kotor parecen proteger al pequeño casco urbano a medida que cae la noche. Una puerta casi escondida conduce a una escalera irregular. Sus gastados escalones de piedra llevan montaña arriba hasta los bastiones defensivos y las iglesias en ruinas mientras un muro acompaña las líneas defensivas. Todo eso queda en la oscuridad. Parece amenazar más que proteger. En el llano las murallas son menos opresivas y casi pueden resultar agradables, aunque nunca llegan a tener el menor atisbo de “atractivo turístico”. Están a unos pocos kilómetros de las que rodean la ciudad de Budva, el segundo balneario más exclusivo de Montenegro, pero estas murallas de Kotor no buscan agradar al visitante. La diferente atmósfera de esas dos ciudades podría casi imaginarse como una metáfora de las dos posiciones que se enfrentarán en el referéndum de este domingo sobre el futuro de Montenegro.

La postura de quienes buscan la independencia y desde la independencia una inserción en Europa y en la comunidad internacional, se parece un poco a Budva. Ahí las calles medievales no hacen otra cosa que agregar encanto a la ciudad volcada sobre el turquesa del Adriático, y las murallas pueden recorrerse en un paseo que no exige mayor esfuerzo y recompensa con una vista que permite abarcar toda la costa. Las montañas son un marco lejano. El pequeño museo de Budva es otra joya, bien cuidado a pesar de los pocos visitantes que recibe, guarda algunos objetos que dan cuenta de un pasado ilirio y helénico, incluyendo un yelmo del siglo V antes de cristo, perfectamente conservado, que es la pieza estrella del lugar.

Kotor en cambio...

Kotor tiene exactamente los mismos elementos que Budva, pero los vive de manera diferente. Para empezar, no los escenifica para el turismo. Las murallas de Kotor no pueden visitarse con facilidad y las calles medievales no están formando parte de ningún “paseo histórico”; son, simplemente, calles que están ahí desde fines de la Edad Media. Al contrario que en Budva, la montaña no está lejos sino que Kotor se construyó al abrigo de la montaña. Lo lejano es el mar, aunque esté a un paso. Y no hay museo. Los principales objetos históricos que atesoran no son restos ilirios ni helénicos, sino íconos de tradición serbo-bizantina. No están a la vista del visitante, sino que se pueden ver solamente durante los servicios religiosos. De la iglesia principal pende, como un palio medieval, una bandera serbia de enormes proporciones. En el centro se le agregó un emblema que no está en el símbolo oficial. Es una cruz que tiene en cada cuadrante una “ce” del alfabeto cirilico, letra que suena como la “ese” de las lenguas de raíz latina. Las cuatro “ce” representan la frase más repetida por los partidarios de la unión con sus vecinos serbios: “Sólo la Unidad salva a Serbia”.

Ecos de Tito

Cerca de aquella iglesia, en la puerta principal de las murallas de Kotor, todavía puede leerse una inscripción en homenaje a Tito, el constructor de la Yugoslavia federal. Como un eco de esas otras cuatro letras puede citarse el otro eslogan que han reciclado quienes no llegan al campo de los unionistas desde posturas vinculadas al nacionalismo sino desde el terreno opuesto: “Yugoslavia es la única certeza”. Esta yugonostalgia, habitual entre los sectores progresistas de Serbia, es parte del debate político vinculado al referéndum. Algunos sectores radicales del nacionalismo serbio ven incluso a la independencia de Montenegro como un mal menor, ya que serviría como un antídoto contra lo que consideran “el veneno yugoslavo”. Desde esas tiendas, la separación de Montenegro le permitiría a los serbios “librarse finalmente de Tito” y construir su destino en solitario. Estos nacionalistas radicales consideran que el simple hecho de que la mitad de los montenegrinos estén a favor de la independencia ya es traición suficiente como para no querer seguir viviendo juntos. “Si quieren irse que se vayan”, aseguran en los numerosos foros electrónicos que se han abierto sobre este tema. “Los políticos dicen que con la separación de Montenegro los serbios perderemos la salida al mar y los balnearios de la costa, no importa, iremos a Grecia o a Bulgaria, donde las playas y los precios son mejores”, agregan.

Yugoslavias

Las encuestas dan un 53 % a la opción independentista y un 47 % a los que desean mantener la unión con Serbia. Para que el referéndum tenga efecto, los votantes por la separación deben alcanzar el 55 %. Si eso ocurre, la dirigencia montenegrina ya anunció que en setiembre pedirán ingresar a Naciones Unidas como nuevo país. De concretarse, habrá sido, en efecto, el tiro de gracia al experimento yugoslavo, la patria única para los eslavos del sur que tuvo en la primera posguerra una versión monárquica, y que luego de la Segunda Guerra Mundial adquirió su forma federal y socialista que duró hasta 1991. Después de las guerras balcánicas de los noventa (de las que surgieron Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia), quedó reducida a una efímera tercera Yugoslavia que ahora, y al menos hasta este domingo, se llama Serbia y Montenegro.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en La Diaria en mayo de 2006)

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15 febrero 2002

El juicio a Milosevic 4:
La culpa del otro

Como si tampoco el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia pudiera sustraerse al mito colectivo que asocia las guerras balcánicas a supuestos odios étnicos que hunden sus raíces en la Edad Media, este 12 de febrero la fiscalía comenzó el juicio contra Slobodan Milosevic acusándolo de "crímenes medievales".

En su defensa, el ex hombre fuerte serbio cuestiona la legitimidad de un tribunal al que llama "animal", e intenta inculpar, a su vez, a Estados Unidos. Milosevic sabe que ya está condenado, y por eso juega esta carta. La estrategia no es nueva. La estrenaron los nacionalistas de Croacia cuando el mismo Tribunal Penal Internacional que ahora juzga a Milosevic pidió la captura de varios generales croatas acusados de crímenes de lesa humanidad cometidos contra civiles serbios en 1991. El silogismo de la defensa era el siguiente: el ejército croata actuó con apoyo aéreo y de inteligencia de Estados Unidos; como Estados Unidos jamás participaría de una operación en la que se violen los derechos humanos, entonces el ejército croata no violó los derechos humanos.

Milosevic mejora esta técnica. Por un lado presentar como argumento de defensa su papel de gestor de la paz de Dayton codo a codo con el ex presidente Clinton. Pero a la vez que pretende utilizar a Clinton como testigo de la defensa, intenta sentarlo en el banquillo de los acusados: si no hay un juicio contra la OTAN, él transformará su juicio en una acusación contra Occidente. Con esta jugada quiere presentarse como el defensor del honor nacional serbio, de cara a la interna yugoslava, ya que sabe que la batalla ante la opinión pública internacional la tiene perdida de antemano. Como un Montesinos balcánico, Milosevic agita fantasmas para lograr alguna ventaja menor: si ya se sabe que es culpable, al menos tratará de demostrar que no es el único culpable.

Crímenes de San Vito

Como en todo juicio con un fuerte componente mediático, en este proceso sobran los calificativos, mientras que las pruebas reales permanecen en un segundo plano. Pero existen. El Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia unificó el primero de febrero las tres causas que se seguían contra Milosevic. Ahora deberá responder en un solo juicio a las acusaciones de crímenes contra la humanidad cometidos en Croacia, Bosnia y Kosovo. Como cabeza de la Federación Yugoslava, y como líder máximo de los serbios, se le acusa de ser el cerebro detrás de las atrocidades cometidas por la efímera República Serbia de Krajina (Croacia, 1991), por los serbobosnios en la sangrienta guerra de Bosnia (1992-1995), y por las fuerzas de seguridad yugoslavas en la limpieza étnica contra la población albanesa de Kosovo (1999).

Las actas de acusación abundan en nombres y en episodios concretos, aunque la fiscalía deberá ligar esas masacres a la responsabilidad palpable de Milosevic. Una de las posibles explicaciones de la insistencia en unificar las causas, estaría en que es mucho más fácil probar su responsabilidad en los hechos de Kosovo que en los anteriores. A lo largo de los dos años que se supone que durará el juicio que comenzó el 12 de febrero, se verán una y otra vez las imágenes de los campos de concentración de Bosnia, de las fosas comunes de Kosovo, de los disparos contra la población civil de Sarajevo, y de la matanza de Srebenica.

Será, sin duda, un juicio histórico. Y cuando ingrese definitivamente en los libros de historia, agregará un eslabón más a la cadena de episodios clave que suelen ocurrir en los Balcanes los 28 de junio, día de San Vito. Fue un 28 de junio de 1389 que los serbios perdieron la mítica Batalla de Kosovo frente a los turcos, episodio fundacional de su sentimiento nacional; fue también un 28 de junio cuando un serbobosnio asesinó, en 1914, al heredero del trono austrohúngaro dando la excusa para el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial; y fue un 28 de junio de 2001 que Slobodan Milosevic fue enviado a La Haya para ser juzgado por genocidio.

==Cuarta parte de cuatro, publicado en Brecha el 15 de febrero de 2002

* 1- ¿Criminales o héroes?
* 2- Preguntas en Belgrado.
* 3- Teorías de la conspiración.
* 4- La culpa del otro.

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El juicio a Milosevic 3:
Teorías de la conspiración

"El deporte favorito en Belgrado es la teoría de la conspiración", aseguró el joven filólogo español que da clases en la universidad local a los yugoslavos que se interesan en la lengua de Cervantes. Luego de diez años de guerras, bloqueos, mercado negro, y de paramilitares codeándose con las barras bravas del fútbol y las pop-stars, hay mucho material para tejer.

La conspiración favorita de la hora actual es la que vincula a la fiscal del Tribunal Penal Internacional, Carla del Ponte, con la ex Secretaria de Estado de la Administración Clinton, Madelaine Albright. Esos lazos habrían estado en la base de la negativa de la fiscal de La Haya a iniciar un proceso contra la OTAN por los noventa incidentes en los que murieron civiles durante los bombardeos contra Yugoslavia de mediados de 1999. Los recordados "daños colaterales". Esta tesis cierra su círculo cuando se conecta este "sobreseimiento a priori" con la falta de apoyo de Estados Unidos al Estatuto de Roma para una Corte Penal Internacional, aprobado por una conferencia de plenipotenciarios de Naciones Unidas el 17 de julio de 1998.

Frente a una propuesta de jurisdicción universal para juzgar crímenes de lesa humanidad, la posición estadounidense parecería ser la de limitar los juicios a tribunales puntuales sobre situaciones como la yugoslava o la ruandesa, en las que no haya demasiado riesgo de que se juzguen acciones llevadas adelante por las fuerzas de seguridad norteamericanas. El senador Jesse Helms (foto) lo dijo muy claro en el Financial Times de Londres, al advertir sobre los peligros del Estatuto de Roma: "Esta Corte pretende someter a juicio la política de seguridad nacional de los Estados Unidos. ¿Pueden ustedes imaginar lo que hubiera ocurrido si este tribunal hubiera estado ya en funcionamiento durante la invasión estadounidense de Panamá?, ¿o la de Granada?, ¿o el bombardeo de Trípoli?. En ninguno de estos casos los Estados Unidos solicitaron el permiso de las Naciones Unidas para defender nuestros intereses. Y mientras yo siga respirando, los Estados Unidos nunca permitirán -y repito, nunca- que sus decisiones sobre seguridad nacional sean juzgadas por una Corte Penal Internacional".

==Tercera parte de cuatro, publicado en Brecha el 15 de febrero de 2002

* 1- ¿Criminales o héroes?
* 2- Preguntas en Belgrado.
* 3- Teorías de la conspiración.
* 4- La culpa del otro.

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El juicio a Milosevic 2:
Preguntas en Belgrado

"¿Por qué no juzgan también a Clinton y a los mandos de la OTAN?". Cuando se pregunta a los habitantes de Belgrado por su opinión acerca del juicio a Milosevic suelen responder con ese cuestionamiento. Una conocida opositora al régimen de Milosevic lo explicó de este modo: "No se trata sólo de las víctimas de los bombardeos (de la Alianza Atlántica sobre la capital yugoslava en 1999) sino también de los civiles inocentes que murieron por culpa de las sanciones económicas y el bloqueo. A mi madre no la mató ninguna bomba ni la policía secreta, murió porque no había forma de conseguir las medicinas que necesitaba con urgencia".

El profesor de la Facultad de Filología que bajo los bombardeos logró terminar una traducción al serbio de El libro de arena, de Borges, recordaba con estupor los proyectiles que veía surcar en el cielo de Belgrado mientras paseaba a su perro en el parque de la fortaleza de Kalemegdian. Su actitud se parece a la de uno de sus alumnos que asegura: "no conozco a nadie que después de la primera semana de bombardeos se haya escondido en los refugios antiaéreos". Es posible que se trate solamente de una bravuconada de posguerra, o de la prueba de que los ataques de la OTAN fueron, errores aparte, quirúrgicos.

Algo de eso se observa todavía, cuando se ven los viejos edificios de la cancillería o de algunas dependencias militares céntricas, casi en escombros, junto a otras construcciones que no fueron tocadas por la metralla. Ninguno de los entrevistados en esa Belgrado pos Milosevic tenía una opinión positiva del ex hombre fuerte, pero todos se negaban a llamarlo dictador y a considerarlo el único responsable de las guerras que desangraron a la ex Yugoslavia. En ese ámbito universitario había también, junto al sentimiento de incredulidad ("¿cómo fue posible que Europa nos bombardeara, si nosotros también somos Europa? ¿para castigar a Milosevic? ¡pero si nosotros estábamos luchando desde hacía años contra Milosevic!"), una cierta tendencia a tomarse su desgracia colectiva con humor negro. El mismo humor negro de las postales que se venden en la principal calle peatonal de la ciudad: muestran un cielo iluminado por los misiles de la OTAN acompañado por el eslogan turístico de "Belgrado by night".

==Segunda parte de cuatro, publicado en Brecha el 15 de febrero de 2002

* 1- ¿Criminales o héroes?
* 2- Preguntas en Belgrado.
* 3- Teorías de la conspiración.
* 4- La culpa del otro.

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El juicio a Milosevic 1:
¿Criminales o héroes?

Hace cuatro horas que el ómnibus partió rumbo a Belgrado. Atrás quedaron las colinas que sirvieron de asiento a la artillería serbobosnia para bombardear Sarajevo durante los meses años del sitio. Atrás quedó la avenida de los francotiradores, hoy convertida en una insulsa vía de tránsito de cuatro carriles, dos para los autos y dos para los tranvías.

El ómnibus, que se adentra más y más en la República Serbia de Bosnia, una de las dos entidades en las que se dividió el mapa de Bosnia-Herzegovina tras la paz de Dayton, se detiene frente a un parador. Como si se tratase de una película para consumo occidental, el lugar se llama Balkan Restaurant. Pero no es un guión barato. El pequeño comedero en el que sirven humeantes platos de sopa especiada está realmente allí, esperando a los pasajeros que bajan a reponer fuerzas a mitad de camino.

En las paredes, junto a un ícono de San Jorge, hay dos cuadros. El más grande es un retrato sepia autografiado por el general Mladic; el otro es una pequeña fotografía de Radovan Karadzik. Ambos encabezan la lista de "más buscados" por el Tribunal Penal Internacional para la Ex Yugoslavia, que los acusa de haber cometido atrocidades contra la población civil musulmana. Ambos reciben, en ese pequeño restaurante perdido en medio de la carretera, y en buena parte de ese 51 por ciento del territorio de Bosnia que está en poder de los serbios, un trato de héroes nacionales.

Del mismo modo, aunque con menor resonancia en los grandes medios de comunicación, reacciona el nacionalismo croata cuando se pretende encausar judicialmente a sus mandos militares. Este problema de punto de vista, que se transforma, a ojos de parte de la opinión pública balcánica, en un tema de legitimidad, es una de las mayores dificultades que enfrentan los jueces de La Haya a la hora de enjuiciar a los sospechosos de crímenes de guerra, incluido su acusado estrella: Slobodan Milosevic (foto).

==Primera parte de cuatro, publicado en Brecha el 15 de febrero de 2002

* 1- ¿Criminales o héroes?
* 2- Preguntas en Belgrado.
* 3- Teorías de la conspiración.
* 4- La culpa del otro.

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05 enero 2001

El amable pueblo de los taxistas honrados

Si no fuera porque el suyo es un país con renombrados festivales de poesía, de música clásica y de traducción literaria, los macedonios serían el buen salvaje. Allí los taxistas desconocen el significado del verbo timar. Llevan a sus pasajeros recién llegados por el camino más directo y con el contador encendido, y cuando se llega al final de un viaje de diez o quince minutos que no ha costado más de un dólar y medio, redondean la cifra hacia abajo y no hacia arriba, como un gesto de amabilidad.

Da lo mismo si esto ocurre a plena luz del día en el centro de la ciudad, o a la una de la mañana en la estación de trenes. Tampoco importa que el pasajero le diga que aún no tiene moneda macedonia y que sólo puede pagarle en dólares, e incluso aceptan moneda griega sin beneficiarse del tipo de cambio. Un país de Europa del Este en el que los taxistas no estafan a los forasteros merece ser estudiado con detenimiento.

Pero en la Ex República Yugoslava de Macedonia no hay tiempo de detenerse en esto. La esposa del dueño del hotel recibe a los huéspedes con un plato de queso local y un vaso de rakía y los hace pasar a la sala de su propia casa mientras terminan de preparar la habitación, los restaurantes no tienen precios distintos para locatarios y visitantes como sí ocurre en otros países, la empleada de una tienda de souvenirs envuelve la compra en dos y tres papeles de regalo sin que sea necesario pedírselo, el joyero desarma un collar de madreperla y lo rehace pieza tras pieza porque a su cliente le gustó más un broche que estaba en otro colgante, y la adolescente que atiende un café internet se niega a cobrarle la conexión a un turista que acaba de revisar su correo electrónico. No es fácil de entender, pero los habitantes de este país empobrecido por una superposición intermitente de embargos comerciales, no intentan aprovecharse de cada extranjero como si fuera el último, aunque bien podría serlo, ya que cada vez reciben menos turistas por el temor que despierta la sóla mención de la palabra Balcanes.

La primera duda que surge de esta exótica manera de comportarse es cómo es posible que estén al borde de la guerra civil. O más difícil todavía, si Macedonia tiene una composición étnica similar a sus vecinos ex Yugoslavos que se desangraron en luchas internas, ¿este amable pueblo de taximetristas honestos también será capaz de producir asesinos? "La guerra es sólo un negocio; los croatas, los serbios, los macedonios, somos todos iguales", es la respuesta general. Si se insiste un poco comienzan a verse los matices: "somos todos iguales...pero no nos mezclemos". Es inútil preguntar a una madre serbia o macedonia si permitiría a su hija casarse con un albanés. Primero mirará con extrañeza a su interlocutor, segura de que la barrera idiomática le impidió entender correctamente la pregunta. Cuando comprueba que efectivamente fue eso lo que se le preguntó, contestará que no, por supuesto que no, con un dejo de condescendencia hacia la ignorancia del extranjero, ya que a su hija jamás se le ocurriría casarse con un albanés. Ni siquiera se dejará impresionar cuando se le recuerden las cifras de matrimonios interétnicos en la época de la Yugoslavia unida.

La "Gran Yugoslavia", le llaman los serbios ocultando con dificultad las similudes de ese concepto con el de la "Gran Serbia". Pero aún los que siguen entusiasmados con la independencia de Macedonia sienten algo de nostalgia. Al cabo de estar unos días en el país se pierde el miedo de preguntarle a cualquiera sobre cualquier cosa. Nadie se molestará con un forastero aunque la pregunta sea la más inoportuna; el odio se reserva a los del otro bando. Un taxista que decía ser ingeniero y que hablaba en un inglés correctísimo, no ocultaba su animosidad contra el pasado, más concretamente contra el régimen de Tito, ya que su padre había sido uno de los empresarios expropiados por los comunistas. Sin embargo, reconocía que entre la situación actual y la anterior a la independencia mediaba un abismo. Antes de 1991 él podía ejercer su profesión y no tenía que sobrevivir como chofer de taxi; su esposa, doctorada en economía, ganaba 2000 marcos alemanes en los últimos años de la Yugoslavia unida, mientras que ahora debe conformarse con trabajar como empleada de boutique por un sueldo seis veces menor. "Pero al menos tenemos trabajo", aclara.

Otro taxista debía llevar a unos visitantes hasta uno de los monasterios de la capital. Un hombre al que conocían desde hacía menos de dos días se ofreció a indicar el camino; luego de unos minutos de charla en idioma macedonio, que los forasteros no entendían, se puso de acuerdo con el conductor y subió al taxi. En otro país esto podría ser el prólogo de un robo; en Macedonia, sin embargo, todo culminó en un bar cercano en el que todos, conductor incluido, tomaron algo y conversaron durante media hora, hasta que el taxi partió con los visitantes camino al monasterio sin cargar ese tiempo en el precio del viaje.

Esta vez el coche se limitó a dejarlos en la puerta; no pasó lo que a los mismos visitantes les había sucedido una semana antes con otro taxista que los llevaba a otro monasterio y que bajó con ellos, consiguió que un sacerdote les explicara la historia del lugar, sirvió de intérprete e hizo las limosnas rituales con dinero de su propio bolsillo.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de octubre de 2001)

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19 agosto 2000

Extranjeros en su propia ciudad

Prishtina, ocho de la mañana. El termómetro registra catorce grados bajo cero. Se supone que el gran descampado blanco cubierto por la nieve es la amplia avenida que une el centro de la ciudad con el hospital general. La niebla cerrada impide tener ningún punto de referencia. El humo de olor agrio que despide la planta de energía eléctrica no contribuye a la visibilidad. Pero aún en el caso de que se llegue a la entrada del hospital general, en cuya puerta esperan los taxímetros, habrá que hacerse entender por los choferes. Por más que lo intente, el marine estadounidense que monta guardia junto a la entrada del hospital, poco podrá hacer para ayudar; se limitará a repetir, también en inglés, lo mismo que el taxista no entendió en un comienzo, enfatizando inútilmente palabras como "Down Town" o "Grand Hotel" y señalando con vehemencia un enorme mapa que trae de un contenedor que sirve de improvisada oficina de guardia.

A pesar de que viven en Kosovo desde hace más de quinientos años, los albanokosovares dan la impresión de ser recién llegados ya que no reconocen un mapa de su propia ciudad. La explicación parece simple: las calles de los planos de Prishtina están en idioma serbio, y esos nombres no coinciden con los que han utilizado desde siempre los albaneses.

Tal vez por eso, los primeros productos que llegaron a las mesas de los vendedores ambulantes de la capital fueron mapas desplegables de la República de Kosovo. La provincia autónoma yugoslava ya es para sus habitantes una república independiente. Ahí radica el principal problema de la autoridad internacional que la administra provisoriamente, y ahí está uno de los componentes claves de los últimos enfrentamientos que tuvieron lugar en la ciudad norteña de Mitrovica, la única en la que aún permanece un número importante de serbios. Los albanokosovares no aceptarán nada menos que la independencia, y eso resultará imposible mientras queden serbios en Kosovo. Esto llevó a los sectores albanokosovares radicales a desarrollar su propia "limpieza étnica" contra los serbios en los primeros meses posteriores a la retirada del ejército yugoslavo.

De los 27.000 serbios que habitaban Prishtina en 1991, hoy no quedan más que 1.500. La situación no es mejor en las zonas rurales: los 84 poblados de la municipalidad de Prishtina tenían, antes de la guerra, un estimado de 225 mil personas, de las que 180 mil eran albanokosovares, 30 mil serbios y 15 mil de otras nacionalidades; al final de octubre de 1999, quedaban menos de 600 serbios, de acuerdo con Naciones Unidas y el Centro para la Paz y la Tolerancia. El motivo, según el funcionario del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Ron Redmond, es que "los albanokosovares se están tomando la venganza con todas las letras, empleando la misma brutalidad y discrecionalidad que aplicaron los serbios con ellos".

El odio étnico va de la mano con los intereses económicos que a veces encubre, según se desprende de los últimos acontecimientos originados en Mitrovica. A mediados de febrero de este año, 50 mil albanokosovares marcharon desde toda la provincia para reclamar el cese de la división de la ciudad, y sólo un fuerte dispositivo militar de soldados franceses, británicos y estadounidenses, impidió que se enfrentaran con los 4.000 serbios que estaban dispuestos a defender su zona en una de las riberas del río. Mitrovica es la cabeza de una zona minera que en 1996 exportó productos por un valor superior a los 100 millones de dólares, convirtiendo a Trepca, la empresa que administra las 40 minas, en la principal de Yugoslavia. Hoy esa riqueza permanece en manos serbias. Como escribió la corresponsal de El País de Madrid, Yolanda Monge,"el puente de la vergüenza que divide Mitrovica se funda en algo más que siglos de odio interétnico y un pasado de sangre". Las palabras de Bajram Rexhepi, representante de los albanokosovares que viven en esa ciudad, no son tranquilizadoras: "nunca aceptaremos una división de Kosovo, y mucho menos que los serbios se queden con lo que nos pertenece. Iniciaremos una guerra si es preciso, pero Trepca no caerá en manos serbias, porque si perdemos las minas, perdemos todo".
No es difícil asociar este incremento de las tensiones en el norte de Kosovo, con los rumores sobre el inminente estallido de un conflicto en el sur de Serbia. Ambas áreas están una junto a otra, y ambas áreas esperan unirse en una República de Kosovo. La comunidad internacional no ve con buenos ojos ningún nuevo cambio en las fronteras actuales de lo que quedó de Yugoslavia, pero parece difícilmente realizable su ideal de convivencia en un estado plurinacional. Por ahora el protectorado de Naciones Unidas apoyado en las fuerzas de la OTAN contiene las tensiones, pero no podrán estar allí indefinidamente

Artículo de Roberto López Belloso publicado en el suplemento 'Qué pasa', del diario El País de Montevideo - 19 de agosto de 2000

==Tercera parte de tres

* 1- Kosovo y su laberinto
* 2- Los signos de la guerra.
* 3- Extranjeros en su propia ciudad.

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Los signos de la guerra

En la ciudad de Prishtina la presencia militar es mínima. De tanto en tanto un blindado-ambulancia con la sirena abierta atraviesa las calles, muy de vez en cuando pasa un camión con soldados. Sólo los jeeps testimonian la presencia de la OTAN en el centro de Prishtina. Pero si los soldados están prácticamente ausentes, los signos de la guerra y la destrucción están en casi todas partes.

El centro administrativo de la ciudad es el que guarda más testimonios del conflicto reciente. Edificios abandonados que muestran un gran hueco en los pisos superiores, sin duda el sitio exacto por el que penetraron los proyectiles que luego barrenaron la construcción dejando sólo las paredes en pie, como un macabro decorado ennegrecido por el fuego. Los dos o tres que aún pueden usarse están rodeados por alambradas de púas y alojan instalaciones de la Misión de Naciones Unidas.
Basta alejarse dos cuadras de esa manzana central, para que los signos visibles de la guerra queden atrás. Los edificios cercanos no fueron tocados por las bombas, lo que sugiere que el ataque no fue indiscriminado sino quirúrgico. El Hotel Grand, una de las moles más reconocibles de Prishtina, se alza en una proa que bulle de camionetas de organismos internacionales y, según cuentan los que han vivido otros conflictos, tiene el aspecto inconfundible de los hoteles en zonas de guerra. Esta percepción parece confirmarse con la imagen que da el recepcionista, con la barba semi-crecida y la deslucida chaqueta de lo que alguna vez quiso ser el uniforme de un hotel cinco estrellas. Si se le pregunta por algún sitio donde cambiar dólares por marcos alemanes, la moneda de curso legal en Kosovo, negocia él mismo el tipo de cambio, utiliza su billetera como caja registradora y da las gracias a modo de recibo de la transacción.

La realidad de Prishtina cambia en círculos concéntricos. Si el casco de la administración política de la ciudad es la zona de los edificios bombardeados y el círculo siguiente es el de la normalidad, alcanza con volver a alejarse dos o tres cuadras para encontrar de nuevo los rastros de la destrucción. Es el barrio del mercado. Todos los negocios, desde las gasolineras hasta los bares, exhiben banderas albanesas y estadounidenses. Si bien ha regresado el bullicio de los comerciantes, que reabrieron sus tiendas y peluquerías, de calle en calle pueden verse los locales arrasados por el fuego. Sólo los azulejos de lo que alguna vez fue un baño y la carcaza quemada de un aparato de aire acondicionado testimonian que en ese lugar hubo una construcción. En este caso, la responsabilidad no fue de las bombas de la OTAN sino de los paramilitares serbios que incendiaban las propiedades albanesas. No son muchos los sitios que aún están inutilizables. Las brigadas de obreros suelen necesitar poco más de un día para levantar un comercio de piezas prefabricadas supervisados por el propietario que los mira apoyado en la carrocería de su Mercedes Benz.

Otra vez es necesario salir algunas cuadras hacia la periferia para desmentir la idea de prosperidad que exhala el barrio comercial con sus boutiques y perfumerías. Entonces se podrá ver a familias enteras que se amontonan en anticuados complejos habitacionales. Allí sí se encuentra una presencia mayor de militares de la OTAN, lo que hace suponer que no sólo se trata de barrios más pobres sino también más conflictivos.

Artículo de Roberto López Belloso publicado en el suplemento 'Qué pasa', del diario El País de Montevideo - 19 de agosto de 2000

==Segunda parte de tres

* 1- Kosovo y su laberinto
* 2- Los signos de la guerra.
* 3- Extranjeros en su propia ciudad.

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Kosovo y su laberinto

En este blog hay disponibles numerosos artículos sobre Kosovo y el espacio balcánico. Además del que motiva este post, sugerimos leer El lugar del odio: guía para entender la ex Yugoslavia.

En cuanto a la información desde el terreno recomendamos Cuaderno de los Balcanes, crónica sobre la situación de las ex repúblicas yugoslavas. En una línea similar también puede leerse Los Balcanes según Rebecca West.

Si busca artículos sobre el espacio balcánico que incluyan tanto la mirada serbia como la albanesa sobre Kosovo, puede visitar los post El juicio a Milosevic, ¿criminales o héroes?, Milosevic y la vieja herida de la identidad, Monasterios del sur: el alma de serbia, Poesía épica: la saga de Kosovo, El ciclo de hierro de la venganza de sangre.

A continuación, el artículo de titulado "Kosovo y su laberinto"


Un año después de terminada la guerra de Kosovo, las tropas de la OTAN, que llegaron para proteger a los albanokosovares de los serbios, se ven obligadas a cumplir el rol inverso. Hoy, con la mayoría de los serbios expulsados por la revancha que se tomaron los albanokosovares apenas terminados los bombardeos de junio de 1999 , la conflictiva ciudad de Mitrovica es, paradojalmente, la única esperanza de construir una paz a la medida de lo que desea la comunidad internacional, es decir, en el marco de una sociedad multiétnica. Si los serbios de Mitrovica abandonan sus hogares, Kosovo quedará habitada sólo por albaneses y, tarde o temprano, deberá reconocerse a la provincia como un país independiente. Cuarenta explotaciones mineras aún en manos serbias demuestran que el conflicto no sólo se alimenta de odio.

La primer impresión que se tiene cuando se ingresa a Kosovo desde la Ex República Yugoslava de Macedonia, es la de un paso de intenso tráfico comercial. La frontera es congestionada y caótica. Mucho antes de llegar a la línea divisoria la carretera se va haciendo cada vez más estrecha debido a la fila de más de un centenar de camiones de carga que esperan, a un lado, con los motores apagados y los conductores pacientemente reclinados en sus asientos. Junto a ellos pasa una interminable caravana de vehículos oficiales, militares y de organismos internacionales, que intentan rebasarse unos a otros y discuten sus prioridades con los policías macedonios que tratan de poner orden en ciertos cruces de camino.

A medida que se acerca el límite internacional la marcha se hace más lenta, y ya comienzan a verse los adolescentes, casi niños, que con una carretilla pasan mercadería de un lado a otro, o que caminan abrazados a grandes bolsas de las que sobresalen cartones de cigarrillos americanos. Estos productos luego se venderán en algunos de los numerosos puestos ambulantes del centro de Prishtina; quince pesos uruguayos el paquete de cigarrillos, veinticuatro pesos un reloj chino de malla de plástico.

Del lado kosovar no hay ni un solo rastro del estado yugoslavo al que teóricamente pertenece la provincia. La frontera está controlada por soldados alemanes y polacos que integran las fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y la imagen que se recibe parece un juego de espejos con la que se tuvo del lado macedonio: otra vez la larga fila de camiones esperando por sus trámites aduaneros con los motores apagados, otra vez la caravana de vehículos de organismos internacionales, y una vez más los adolescentes kileros con sus carretillas para introducir o sacar mercancías en pequeña escala.

El resto del camino hasta llegar a la ciudad de Prishtina, capital de la provincia, está pautado por una sucesión de pueblos, casi todos alejados medio kilómetro de la carretera, en los que los principales signos de la destrucción que se vivió hace poco más de un año son los esqueletos retorcidos de decenas de autos incendiados. A la entrada de alguno de esos pueblos, y en la cabecera de todos los puentes, vehículos blindados de la OTAN montan guardia. No es la ruta tensa y desolada que se espera encontrar en un territorio que sufrió una catástrofe humanitaria de gran repercusión en los medios de comunicación.

A comienzos de los noventa la antigua Yugoslavia se dividió en cinco países independientes: Bosnia-Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Fyron (Ex República Yugoslava de Macedonia), y la Federación Yugoslava formada por Serbia y Montenegro. En ese momento Kosovo, del tamaño de Rocha, quedó integrado como provincia autónoma dentro de Serbia. Su autonomía fue eliminada en 1991, confirmando el viraje que el presidente Milosevic venía imprimiendo desde 1989 a la política oficial de la entonces Yugoslavia unida, que había pasado de la histórica defensa de la multiplicidad étnica a un decidido alineamiento con el sector serbio.

Las raíces del enfrentamiento entre serbios y albanokosovares se remontan a las invasiones turco-otomanas, y más concretamente a la batalla que el reino serbio perdió en Kosovo en 1389. Ese hecho es considerado fundacional por los serbios, para quienes Kosovo es el centro espiritual de su nación, a pesar de que al momento de estallar el conflicto de 1999 estaba habitado en un 90 por ciento por personas de origen albanés. En estos 610 años, la convivencia nunca fue fácil. Los serbios se refugiaron en la religión cristiana ortodoxa para no perder su identidad nacional y como forma de organizar su resistencia al poder imperial turco que recién fue expulsado hace un siglo. Los albaneses que habitan Kosovo son de religión musulmana, por esa razón aquellos serbios que se han convertido en propagandistas del odio étnico los señalan como herederos del invasor turco-otomano.

Ni los serbios ni los albanokosovares tienen que ir tan atrás para buscar justificaciones a sus enfrentamientos. Según el voluminoso informe sobre derechos humanos preparado por la Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea (OSCE), entre octubre de 1998 y junio de 1999 existió "una clara estrategia" en las violaciones de los derechos humanos cometidas por las fuerzas serbias. "Los paramilitares y civiles armados cometieron actos de extrema ilegalidad con la tolerancia y la complicidad de las fuerzas militares y de seguridad, cuyas propias acciones eran generalmente altamente organizadas y sistemáticas", indica el documento. Los hechos registrados van desde el asesinato al incendio de viviendas, pasando "por el uso de la violación como arma de guerra". Esta operación que fue calificada de "limpieza étnica" y que buscaba el insólito objetivo de expulsar de una provincia al 90 por ciento de sus habitantes, fue la causa original de las largas filas de refugiados que abandonaban la región, y que pudieron verse a diario en las imágenes de los noticieros de televisión entre marzo y mayo del año pasado.

Esta situación, sumada al fracaso de las conversaciones de paz desarrolladas en territorio francés, desembocó en una campaña de bombardeos de aviones de la OTAN sobre objetivos militares yugoslavos, la cual no sólo no estuvo libre de errores que causaron víctimas entre la población civil, sino que agravó las presiones serbias sobre los albanokosovares originando un número mayor de refugiados. Un mes más tarde, se llegó a un acuerdo que incluía la retirada total de las tropas yugoslavas de la provincia kosovar, y la instalación de una administración civil de Naciones Unidas apoyada por fuerzas de la OTAN. Esto no acabó con las violaciones de los derechos humanos, según lo demuestra la segunda parte del informe de la OSCE que analiza el período posterior a junio de 1999. Hubo sí, un cambio: las víctimas se convirtieron en victimarios. "Una motivación emerge claramente de este reporte: venganza. Por todas las regiones de Kosovo el deseo de venganza creó el clima para la vasta mayoría de las violaciones de los derechos humanos. A través de los ojos de los agresores albanokosovares, las víctimas habían participado de la violencia, o ellos creían que habían, tácita o activamente, colaborado con las fuerzas de seguridad serbias y yugoslavas. Dentro de ese clima de ansia de venganza emergió una tercera categoría de victimas: aquellos individuos o grupos que fueron perseguidos simplemente porque no se los había visto sufrir antes".

Artículo de Roberto López Belloso publicado en el suplemento 'Qué pasa', del diario El País de Montevideo - 19 de agosto de 2000

==Primera parte de tres

* 1- Kosovo y su laberinto
* 2- Los signos de la guerra.
* 3- Extranjeros en su propia ciudad.

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