13 mayo 2006

Tierra de valientes

Afirmar seriamente, cuando se tienen cinco años de vida, que su equipo no es el propio sino una lejana selección polaca, puede ser traumático en un pequeño pueblo de provincia. No tanto como para sufrir el aislamiento social, pero sí lo suficiente como para que se pierda el apoyo familiar en la tarea de completar el álbum de Alemania 74.

Por alguna razón la roja Polonia siempre fue una especie de patria espiritual para gentes muy diversas y por razones también distintas. Estaban los parisinos de salón desfalleciendo de polonidad gracias a la música de Chopin. O el incomprendido Napoleón Bonaparte que se sentía atraído por razones más terrenales como eran los encantos de la condesa Walewska, dispuesta a ingresar en la recámara imperial a cambio de que Bonaparte les legara una Polonia libre en su camino hacia Rusia. De una u otra forma los polacos siempre fueron un pueblo de pelea y siempre, incluso en el fútbol, estuvieron atados a un destino trágico. Más cerca en el tiempo, la rebelión del gueto de Varsovia le enseñó a los nazis lo cara que venden su vida los valientes. O la propia lucha de la resistencia, con todos sus claroscuros, incluyendo la vergonzosa actitud de los mandos del Ejército Rojo (única mancha en su campaña de la Segunda Guerra) que no entró a liberar Varsovia hasta que los nazis sofocaron un alzamiento que estaba siendo conducido por los monárquicos.

Uno de los ejemplos más recientes de este sino lo mostró, hace poco, Televisión Española, en un documental sobre qué había sido de los líderes sindicales de Solidaridad que en 1980 se enfrentaron al régimen autoritario desde una huelga en los astilleros de Gdansk. Más allá del célebre Lech Walesa, exitoso Premio Nóbel de la Paz y fracasado político, el programa de TVE mostraba que aquellos viejos sindicalistas, a los que el gobierno autoritario no había logrado despedir, estaban ahora desempleados, ya que la democracia (que ellos habían ayudado a conquistar) trajo también la privatización de los astilleros con sus habituales coletazos de reducción de personal. Ni los rezos de Woytila ni la pegada de Lato pudieron ayudarlos.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en La Diaria en mayo de 2006)

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Nedved y Kafka

La plaza de la ciudad vieja contiene varios de los lugares más emblemáticos de Praga. El monumento a Jan Hus, predicador protestante quemado por hereje y devenido símbolo nacional checo; el reloj astronómico que deja a los turistas con la boca abierta; la iglesia de Tyn con su aspecto de Ciudad Gótica; la esquina en la que estaba la tienda del padre de Kafka.

Nada de eso le importaba a los cientos de personas que se habían congregado en el lugar para seguir la final del mundo en una pantalla gigante. Era la final soñada. Dos países que habían sido hasta hacía poco un mismo país, la República Checa y Eslovaquia, se enfrentaban en un clásico que además de la vieja rivalidad escondía un secreto motivo de orgullo: ganara quien ganara, la ex Checoslovaquia estaba demostrando que los de afuera eran de palo. Ganó República Checa, por lo que la fiesta del 2000 en Praga, generosamente regada con las cervezas de Bohemia, resultó completa. El deporte que los convocaba era el hockey sobre hielo. En fútbol no son tan buenos.

Con una de las ciudades más hermosas del mundo como capital, los checos han sido siempre los cultos y pacíficos de Europa del Este. Demasiado pacíficos, dirían los polacos. Diez millones de personas se apretan en un mapa que no llega a la mitad del tamaño de Uruguay. Suficiente lugar, sin embargo, para que quepa el escritor europeo más importante del siglo pasado, Franz Kafka (atormentado abogado que escribía en alemán), y algunas otras voces originales como Karel Chapek (inventor del término robot) o Milan Kundera.

Sus raíces medievales están demasiado teñidas por la leyenda, pero luego su pertenencia al Imperio Austrohúngaro la devolvió al terreno de la historia. La Primera Guerra le trajo la independencia con el nombre de Checoslovaquia. En 1968 fue protagonista del experimento de “socialismo de rostro humano” conocido como Primavera de Praga, aplastado por una invasión soviética. En 1989 un movimiento cívico no violento, la Revolución de Terciopelo, terminó con su pertenencia al campo socialista. En Alemania 2006 debuta el 12 de junio contra Estados Unidos. Pavel Nedved le cuidará la espalda.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en La Diaria en mayo de 2006)

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03 abril 2004

La quijada de la Santa Inés

Este 1 de mayo la República Checa ingresa en la Unión Europea. Los discursos oficiales y la prensa checa hablan de ese momento como un día histórico para el país, y no hay quienes recuerden que se cumple el vaticinio de que checos y eslovacos –separados tras la caída del comunismo- volverían a encontrarse en un espacio de integración dentro de las fronteras políticas y económicas de Europa.

El transcurso de los años suele trivializar la historia y dentro de algún tiempo este primero de mayo será una fecha más entre las muchas que atormentan a los liceales. Es, en parte, otra dimensión del vínculo entre el espacio y el tiempo. Cuanto más tiempo pasa, más historia se acumula, pero el espacio para desplegarla no crece. En consecuencia, lo que en su momento ocupaba varias páginas en una enciclopedia, o incluso daba lugar a la producción de decenas de libros que exhibían distintos puntos de vista sobre un mismo tema, termina -en el mejor de los casos- confinado a un párrafo o dos. Esa jibarización de los procesos históricos acaba con sus matices y los reduce a la cáscara de fechas y titulares, a lo sumo el condimento de algún hecho curioso. No sería extraño que más que el posterior “día histórico” de su entrada a Europa, de la transición checa del socialismo al capitalismo permanezcan su nombre -Revolución de Terciopelo- y la canonización de Santa Inés.

El hecho de que el papa polaco que durante su papado llevó adelante una cruzada contra el comunismo ateo, y la caída del régimen checoslovaco cinco días después de que ese mismo Papa canonizara a la hermana de un rey checo que vivió hace seiscientos años, es un episodio que engolosinará a los reductores del futuro con suficiente encanto como para salvarse de la tecla de borrado. En la línea sobre Checoslovaquia en la escueta media página que dará cuenta del final del comunismo, ya no estarán ni Havel ni Kundera, pero permanecerá, probablemente, la mandíbula encontrada en El Escorial. Hueso que pese a las dudas científicas sobre su pertenencia a la hermana de San Wenceslao, permitió al Papa canonizar a Santa Inés de Bohemia en una ceremonia transmitida por la televisión estatal checoslovaca en pleno noviembre del 89.

* 2- La religiión como trinchera

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 3 de abril de 2004)

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12 diciembre 2001

Skácel y Kundera: “Lo que el vino sabe de nosotros”

En su última novela, La Ignorancia, Milan Kundera cita de forma recurrente a Jan Skácel, un poeta desconocido para el público de habla hispana pero considerado en su país un escritor de culto y a la vez masivo, al punto que sus obras se siguen reeditando once años después de su muerte. Este artículo relaciona a los dos escritores checos, y presenta a Skácel en momentos en que se edita la primera traducción de sus poemas al español.Milan Kundera articula los personajes de su última novela en torno a la idea del emigrado, colocando como uno de sus ejes a la figura del poeta Jan Skácel quien, exceptuando los meses en que los nazis lo obligaron a realizar trabajos forzados en los Alpes austríacos y una visita a Vietnam en 1968, jamás salió de su país. El lugar de Skácel en la novela de Kundera está construido a partir de la cita de uno de sus poemas, en el que “habla de la tristeza que le rodea”, a la que “habría querido levantarla, llevársela muy lejos, hacerse con ella una casa, encerrarse dentro durante trescientos años y, durante esos trescientos años, no abrir la puerta, ¡no abrirle la puerta a nadie!”.
Ese inxilio de Skácel es representativo, para Kundera, de la situación que vivieron sus compatriotas durante el régimen comunista de línea dura que se instaló en Checoslovaquia luego de la invasión de las tropas del Pacto de Varsovia, fundamentalmente soviéticas, que en 1968 acabaron con la llamada Primavera de Praga que había intentado construir un sistema socialista que respetara las libertades individuales.

Ese carácter de emigrado fronteras adentro es el rasgo de la vida de Skácel que Kundera rescata para convertirlo en referencia de los personajes de su novela. Por eso no le importa dar sólo dos datos biográficos complementarios, e incluso falsear intencionalmente uno de ellos: anota a octubre de 1989 como la fecha de su muerte, que en realidad ocurrió el 7 de noviembre de ese año. Lo hace para separarla con claridad de la llamada Revolución de Terciopelo, que el 17 de noviembre de 1989 acabó con la Checoslovaquia comunista, y decir que Skácel murió “antes de que los trescientos años de tristeza que había vislumbrado ante él se pulverizaran en pocos días”.

==Primera parte de cuatro

* 2- La más larga de las noches
* 3- Como tallado en piedra
* 4- Las tres dominantes de la aldea

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en El País Cultural )

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12 octubre 2001

Varsovia y el museo de las catacumbas

Con su pasado arquitectónico borrado de la faz de la tierra por causa de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, Varsovia tiene, gracias a la pericia con que fue reconstruida, un simulacro de centro antiguo. No hay nada de engaño en ese simulacro, ya que los folletos turísticos y los paneles informativos que están emplazados en cada sitio de interés hacen permanente referencia a que no se trata de la ciudad original.

Hay una suerte de orgullo nacional en eso, una insistencia en el carácter de hogar levantado desde las cenizas muy coherente con lo que ha sido la historia de Polonia. Las postales que tienen más éxito entre los visitantes son aquellas que, como los anuncios de tratamientos para adelgazar, muestran "el antes y el después", utilizando fotografías de la ciudad destruida junto a otras posteriores a la reconstrucción. El efecto es sorprendente, y caminando por las estrechas calles del supuesto barrio histórico, se tiene la sensación de estar verdaderamente paseando entre edificios con siglos sobre sus espaldas y no entre modernas construcciones de apenas unas cuatro o cinco décadas.

Varsovia incluso puede ofrecer un castillo a sus visitantes. La honestidad de la reconstrucción es tal, que el castillo no fue llevado a su etapa medieval o gótica, períodos que "venden mejor" en el imaginario turístico, sino que se dejó tal y como estaba al momento de caer la primera bomba, con un aspecto barroco que se debe a los soberanos más modernos. El resultado es una serie de salas, en su mayoría de mal gusto, decoradas en un estilo versallesco pero sin la fastuosidad del Versailles francés. No importa esta desilusión momentánea, ya que el verdadero viaje al pasado que ofrece el castillo de Varsovia no está en su arquitectura ni en lo que alojan sus salas. Es mucho más vivo y más inquietante que eso.

Si se llega en las primeras horas de la mañana en un día de finales de otoño, es casi seguro que el visitante no tendrá la compañía de otros turistas. Empezará descendiendo unas escaleras hasta la ropería y desde allí ingresará en el laberinto de salas. En cada una de las decenas de puertas que se abren a su paso hay dos guardianes mujeres, en su mayoría de más de sesenta años de edad. Nunca hay menos que cuatro por sala. No es posible arrancarles una sonrisa ni hacerles una pregunta en otro idioma que no sea el polaco. Y aún así responden de mala gana y dando información falsa para evitar que el visitante vea todas las salas y lograr que se vaya rápido. Al cabo de la visita se cuentan más de sesenta cuidadoras; observadas en conjunto, con su uniforme y su mala disposición, es imposible no pensar en carceleras. Ese ejército de las sombras, excesivo para los fines de cuidar las escasas piezas del museo, demasiado numeroso para cualquier política de racionalidad en los gastos de la institución, permite que la fantasía elabore las más rebuscadas explicaciones sobre los motivos de su existencia.

Es posible imaginar al nuevo director del castillo sentado en su escritorio rumiando una solución para un museo en el que prácticamente no hay nada, pero en el que esa nada se despliega en decenas de salas decoradas con excesos y mal gusto, a cuyo cuidado está asignada una plantilla de decenas de mujeres por encima de la barrera de los sesenta años. Se podría llegar a imaginar, con cierto esfuerzo, la mañana en la que el semblante de preocupación habitual en el nuevo director comienza a cambiar, luego de varios días de pensar en su museo sin encontrar la forma en la que volverlo rentable o al menos útil. Por fin lo sabe: hará de ese elefante blanco, sin decirlo, una metáfora de lo que fue su país en los años del socialismo real. Las gordas y corpulentas cuidadoras, malhumoradas y mal dispuestas, que pasan el tiempo cuchicheando entre sí en los rincones o desplazándose amenazadoras por las salas vacías en las que no hay nada para disfrutar, serán las involuntarias piezas de ese vivo museo de una sociedad opresiva. Para dar el golpe de gracia en su puesta en escena, dispondrá el primer control de tickets de tal forma que el visitante deba, primero, bajar hasta el primer sótano y luego subir a las salas por una escalera secundaria, para que él también sea parte de esa coreografía de las catacumbas. El resultado actual es ese, aunque nunca nadie se lo haya propuesto y ni siquiera exista un "joven director del castillo de Varsovia preocupado por su suerte".

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de octubre de 2001)

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El bonzo y el maratonista

Le llamaban la locomotora humana. A los 76 años de edad todavía conservaba el récord de haber sido el único atleta que ganó todas las carreras de fondo en una misma competencia olímpica. Ocurrió en 1952 cuando el checo Emil Zátopek ganó tres medallas de oro en los Juegos de Helsinki. El camino que lo condujo a un total de cuatro medallas de oro y dieciocho plusmarcas mundiales, comenzó cuando el entonces aprendiz de zapatero de 19 años se anotó por aburrimiento en una carrera estudiantil. Tan meditada como esa fue la decisión de correr la maratón en Helsinki. Acababa de ganar su segunda medalla de oro, en los 10 mil metros, y no tenía experiencia como maratonista. Su esposa, que en los mismos Juegos rompió el récord olímpico de lanzamiento de jabalina, lo animó a que lo intentara. Como no sabía qué paso llevar durante la carrera de maratón, simplemente se pegó al favorito y le siguió el ritmo hasta que en los últimos kilómetros lo sobrepasó y quedó como único líder, ganando su tercer medalla de oro y pasando a la historia de los Juegos Olímpicos.

Pero su vida no sólo estuvo marcada por el deporte. Zátopek era Coronel del Ejército Checoslovaco al momento de la invasión de los tanques soviéticos ocurrida en 1968. Y se opuso. En castigo, un año más tarde, durante el llamado período de normalización que siguió a la aplastada Primavera de Praga, fue purgado de las filas militares y obligado a trabajar en una mina. Luego de eso, Zátopek pagó el precio de ser Zátopek. Se esperaba que la Locomotora Humana soportara las penurias del trabajo forzado demostrando la misma resistencia con la que había superado los 42 kilómetros de la maratón que le llevaron el oro olímpico. Pero una cosa es una pista de atletismo y otra muy distinta el socavón de una mina. Entonces Zátopek hizo lo que hicieron muchos otros en su lugar: se retractó. La diferencia estaba en que un ciudadano común podía retractarse sin que todo un país se enterara de su flaqueza. Pero Zátopek no era un ciudadano común.

A partir de ese momento fue compañero de ruta de casi todos los pronunciamientos públicos del régimen comunista de su país. Rechazó públicamente la Carta 77 en la que un grupo de intelectuales reclamaban la vigencia de los derechos humanos, y en 1984 apoyó el boicot soviético a los Juegos Olímpicos de Los Angeles. Afortunadamente para Zátopek, el fin del comunismo no implicó un ajuste de cuentas con su pasado: sus conciudadanos no le castigaron por no haber sido, además de héroe olímpico, un héroe a secas. El Presidente Vaclav Havel, uno de los principales impulsores de la Carta 77 que Zátopek había condenado, le condecoró con la Orden del León Blanco en octubre de 1998.

A pesar de esta suerte de rehabilitación, probablemente Zátopek nunca llegará a tener una plaza céntrica con su nombre. Sí la tiene Jan Palach. Es una plaza amplia e inhóspita, sobre el malecón que bordea el río Voltava, rodeada por los rieles de varias líneas de tranvías, lo que hace más difícil llegar a ella. Tiene a su favor que está situada frente a dos facultades y una sala de conciertos, lo que le da una atmósfera más joven y auténtica que si estuviera en el corazón turístico de la ciudad. Una decisión acertada ya que Jan Palach era un joven. Fue una de las pocas víctimas mortales en las protestas contra el comunismo en la República Checa. A imagen y semejanza de los monjes budistas que se inmolaban contra la guerra de Vietnam, Jan Palach empapó su cuerpo con combustible y se prendió fuego para marcar con su muerte al régimen comunista.

Aunque hoy Palach (foto) es un héroe indiscutido, se tiene la impresión de que su heroísmo resulta, en el fondo, un tanto incómodo y extraño para los checos de fin de siglo. Zátopek despierta la identificación de aquel a quien se puede considerar un compañero de padecimientos, no se lo ve tanto como un traidor sino como un ejemplo más de la tragedia colectiva checa. Tal vez Palach, además de marcar con su martirio al régimen de entonces, también señaló, en parte, al resto de sus compatriotas que aún estando en desacuerdo prefirieron sobrevivir. No debe olvidarse que el plan de Palach era iniciar una cadena de jóvenes-bonzos que con su muerte espectacular obligaran al gobierno a dimitir por la presión interna e internaciónal, y que sólo lo imitó uno de los que estaban involucrados en la idea.

Los jóvenes checos de hoy parecen sentirse más cómodos con otro tipo de héroes. Lo demuestran los miles de velas que se encienden cada mes de noviembre en el pequeño pasaje techado de la Avenida Nacional que recuerda la llamada "Masacre de 1989"; una masacre sin muertos. Una placa con manos extendidas rememora el lugar donde la policía cargó contra los manifestantes que exigían libertades civiles y elecciones democráticas, hiriendo a varios de ellos. Esa es también una ruptura. A su modo, el autosacrificio de Palach es la continuidad con uno de los símbolos de la cultura comunista: el culto al martirio. A su modo, la ausencia de muertos en la "Masacre de 1989" es una ruptura más radical con el pasado.

PS: Zatopek murió a los 78 años.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de octubre de 2001)

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23 julio 2001

Gitanos en Europa del Este: Vivir peor que todos y morir antes de tiempo (I)

En Hungría viven diez años menos que los no gitanos, en la República Checa tienen un desempleo superior al setenta por ciento, en Rumania se asegura que viven casi tan mal como en la Edad Media. La situación de los gitanos es el talón de Aquiles de las democracias nacientes de Europa del Este y uno de los escollos en el difícil camino hacia la ampliación de la Unión Europea.

Una gran luna llena domina el escenario, recortándose contra una escenografía que simula un cielo estrellado. Las cámaras de la televisión checa transmiten para todo el país el Festival Mundial de Música Gitana Khamoro. En las butacas no está la silenciosa y solemne platea que se suele encontrar en otros conciertos del Este de Europa, sino que el público conversa animadamente, va y viene de la cantina con vasos descartables rebosantes de cerveza, o simplemente camina por pasillos en los que se hace difícil abrirse paso. A pesar de que la sala alberga casi un millar de personas, todos parecen conocerse y se saludan con la efusividad de quienes llevan tiempo sin verse. Es una suerte de fiesta popular que en lugar de estar teniendo lugar en un campamento gitano está ocurriendo en una de las principales salas del centro de Praga, la Lucerna, diseñada en estilo art decó por el abuelo del actual presidente checo.

El Festival Khamoro, que formaba parte de los festejos del año 2000, en el que Praga había sido elegida una de las capitales culturales europeas, se celebró poco tiempo después de que la sociedad checa se viera conmovida por una polémica desatada por un muro. La controvertida muralla no estaba en Berlín ni en la lejana China, sino que se erigía en una pequeña localidad de Bohemia llamada Usti nad Labem. La había levantado un grupo de checos para separar su edificio de otro habitado por gitanos. Los organismos pro derechos humanos consideraron el muro una afrenta a la naciente democracia checa, en tanto que sus constructores se defendían alegando el derecho a proteger a sus hijos y a sí mismos mediante una “barrera acústica e higiénica” ubicada dentro de su propiedad. El vocero de los vecinos amurallados, Milan Knotek, explicó que se trataba de una manera de preservar a la “gente decente” de la molesta presencia de la “problemática comunidad gitana”.

En el caso intervino el propio presidente Vaclav Havel (foto) y finalmente se logró desmontar el muro, pero la herida quedó abierta y el debate instalado: ¿es el racismo uno de los nuevos fenómenos que trajo la economía de mercado; o siempre estuvo allí, disimulado bajo el espeso velo de una sociedad de iguales?. Josef Facuna, un lider gitano de la ciudad de Ostrava, en la que viven 200 000 integrantes de esa comunidad, asegura que la situación cambió desde la caída del comunismo. Para peor. “Yo he vivido en Ostrava por 42 años. Al menos durante el régimen totalitario sabía que podía trabajar ocho horas, volver a mi casa, o ir a donde quisiera. Pero ahora no. Ahora estoy todo el tiempo con el temor que alguien me ataque”.
La prensa checa y los reportes internacionales se refieren con frecuencia a casos de discriminación contra los gitanos, desde polémicas leyes de ciudadanía hasta ataques de bandas de neonazis.

Aunque el problema no es nuevo, sí es de suma actualidad, ya que puede constituirse en un escollo en el camino de la integración de la República Checa a la Unión Europea. El reporte 1999 sobre los progresos realizados por el país en esa dirección, ya veía con preocupación el tema. El documento registra que entre 1997 y 1998, el número de miembros de grupos extremistas se duplicó hasta llegar a las diez mil personas, a la vez que en 1998 hubo 133 crímenes motivados por el racismo, la mayoría en contra de gitanos. Un año más tarde, el Ministerio del Interior checo dio a conocer su “Reporte 2000 sobre el Extremismo”, en el que reconoció un aumento en la cantidad de miembros de los grupos xenófobos y la duplicación de los crímenes racistas. El resultado de este diagnóstico fue una campaña estatal contra el racismo, con un presupuesto inicial de un cuarto de millón de dólares.

La educación es uno de los aspectos críticos del vínculo entre gitanos y no gitanos en la República Checa. La Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea (OSCE), detectó que se trata de una de las peores situaciones de su tipo en toda Europa. En especial se cuestiona que mientras los gitanos son sólo el tres por ciento de la población checa, sus niños constituyen el 70 por ciento del alumnado de las escuelas especiales para discapacitados mentales. Para atacar esta realidad con medidas de fondo e integrales, el gobierno anunció, en junio del 2000, un plan de acción estratégico a implementarse entre el 2001 y el 2010, para promover el acceso justo de los gitanos a la educación en todos los niveles, desde el jardín de infantes a la Universidad.

No es fácil la integración. Décadas de desconfianza mutua y de prejuicios, se suman a estadísticas oficiales que indican que el sesenta por ciento de los crímenes en la República Checa son cometidos por gitanos. Monika Horakova (foto), la primera gitana en obtener un asiento en el Parlamento de ese país, puntualizó que existen ciertos aspectos de la cultura romaní que hacen difícil la integración: “no estamos preparados para pensar en el futuro, vivimos de día en día, lo cual hace difícil la adaptación a los trabajos asalariados”. De acuerdo con un informe dado a conocer en el 2001, entre el 70 y el 90 por ciento de los gitanos checos están desempleados.

==Primera parte de cuatro

* 2- Parte II
* 3- Parte III
* 4- Parte IV

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en julio de 2001)

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29 junio 2001

Coronado en las urnas

La victoria electoral del antiguo rey de Bulgaria parece haber sido un desesperado voto de confianza por el cambio, en un país que, según los informes de organismos internacionales, es un treinta por ciento más pobre que antes del colapso de la economía comunista.

Desde mediados de junio el poder político de Bulgaria está nuevamente en manos de la nobleza. Sólo que no se trata de la restauración de la monarquía sino de la curiosa situación de un rey que baja a la arena política y emerge de ella con el cincuenta por ciento de los escaños y doblando los votos del candidato que ocupó el segundo lugar. El éxito político de Simeón de Sajonia Coburgo, que fuera tsar de los búlgaros a los seis años, gobernando el país en pantalones cortos, lo sacó de las páginas de la prensa del corazón y lo llevó a los titulares de las cadenas internacionales .

Abolida la monarquía por referéndum en 1946, ya con Bulgaria integrada al bloque socialista, la familia real se exilió en España. La leyenda cuenta que Simeón II nunca perdió el nexo con su pueblo, que cada año contestaba de su puño y letra dos mil cartas que le enviaban sus antiguos súbditos, y que volvió como turista más de una vez, alojándose en el antiguo palacio real que lo vio nacer y que había sido reacondicionado como hotel de lujo. Con el colapso del sistema comunista, Simeón II inició una lenta estrategia de aproximación al poder perdido. No se precipitó sobre la turbia escena política, sino que se mantuvo a prudente distancia. En 1991 envió a su hermana, María Luisa, a testear el estado de opinión pública hacia la realeza. En base a los auspiciosos informes, se decidió a instalar a la Reina Madre en el país dos años más tarde. Con la excusa de visitar a su familia, Simeón II comenzó una serie de visitas privadas en las que se mantuvo alejado de la vida pública, pero en las que indudablemente fue tejiendo alianzas al interior del sistema político que llevaron a que en 1997 su hijo, Cyril Koburgotsky, fuera nombrado asesor del presidente. Esta prudente y silenciosa estrategia fue la que estuvo detrás de la aparentemente meteórica carrera electoral del monarca, que le permitió en dos meses de campaña quedar a un escaño de la mayoría absoluta en un país que se había caracterizado por la fragmentación política.

Las banderas de Simeón II fueron mejorar la situación económica y acabar con la corrupción. Una visita de poderosos banqueros y de organismos internacionales de crédito en plena campaña, parecieron el velado espaldarazo a las promesas del antiguo monarca, señal que fue leída con esperanza por una población de ocho millones de habitantes que, en promedio, debe sobrevivir con cien dólares al mes. La lista de candidatos que acompañaron a Simeón II no pudo ser más heterodoxa: varias estrellas de televisión, un actor de cine, una top model y hasta un mago de circo, fueron algunos de los rostros elegidos para reforzar la idea de que se trataba de un movimiento ajeno al sistema político tradicional y, por lo tanto, incontaminado con el clima de corrupción que el ex monarca prometía desterrar. Si bien no descartó restaurar la monarquía, Simeón II aseguró que no se trata de su prioridad inmediata. Las encuestas indican que los búlgaros no desean ese cambio, a la vez que el rey (que por derecho constitucional puede usar ese título, ya que nunca fue obligado a abdicar formalmente) ha comenzado a referirse a sí mismo como "el rey republicano"

Con acento castizo

Si bien Simeón II lleva el nombre del monarca que reinó en momentos en que Bulgaria era la nación más poderosa de Europa, a comienzos del siglo X, su linaje puede considerarse extranjero. No procede de la familia real autóctona sino que su abuelo era un noble nacido en Viena que en 1887 fue impuesto en el trono de Bulgaria cuando los zares rusos obligaron a abdicar al rey anterior, Alejandro de Battenberg, que tampoco era búlgaro sino alemán. A su abuelo, que llevó a Bulgaria a pelear la Primera Guerra Mundial en el bando perdedor, le sucedió su padre, que durante la Segunda Guerra repitió el error, aunque se negó a enviar a los judíos búgaros a los campos de concentración y no apoyó la invasión a la Unión Soviética.
Simeón II vivió todo su exilio en España. Rechazado por el régimen de Francisco Franco, que el día de la boda real sólo permitió publicar fotos de la novia, Simeón II contó, sin embargo, con el apoyo del rey Juan Carlos. En España nacieron sus cinco hijos y en España también nacieron sus nietos y nietas, incluida Mafalda, hija del príncipe Kyril (licenciado en Física Cuántica, en Princeton) y la mallorquina Rosario Nadal.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha en junio de 2001)

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23 febrero 2001

Bartok: Un musicólogo en Transilvania

Así como existe una leyenda sobre la caída de una manzana que inspiró en Isaac Newton el enunciado de la Ley de la Gravedad, también se dice que fue una manzana la que impulsó al húngaro Béla Bartok a una titánica tarea de rescate de la música tradicional de su país. En este caso no fue una fruta de piel y pulpa sino una canción llamada "La manzana roja cayó en el barro" que escuchó por azar a una muchacha de Transilvania, zona que aunque pertenece a Rumania tiene una fuerte herencia húngara.Corría el año 1904 y había un abismo cultural separando al círculo social de clase media al que pertenecía Béla Bartok y a los campesinos entre quienes realizó su sistemático trabajo musicológico. No estuvo solo, sino que en parte de sus investigaciones lo acompañó su colega y amigo Zoltán Kodály, con quien compartiría tanto la pasión por evitar la extinción de los sonidos de su país, como la característica de incluir en las composiciones propias elementos folklóricos dialogando con formas musicales cultas.

El grupo húngaro Muzsikás editó recientemente un disco compacto en el que se recogen algunas de las grabaciones originales que Bartók tomó de campesinos y gitanos, a la vez que se incluyen versiones modernas que respetan las transcripciones que hizo el musicólogo en la primera parte del siglo XX y las formas tradicionales de tocar que existen en las aldeas campesinas. El compacto Bartók Album está acompañado de un libro de bolsillo bilingüe que reproduce parte de la historia del trabajo de Bartók junto a fotografías de época y opiniones del compositor. Allí puede leerse que el investigador no tomó su recolección sonora como un peso difícil de sobrellevar: "La gente se equivoca cuando cree que este es un trabajo horriblemente cansador, que demanda grandes sacrificios. En lo que a mi concierne, yo sólo puedo decir que el tiempo que ocupé en este trabajo fue la parte más feliz de mi vida".

==Primera parte de cuatro

* 2- Hungría y Transilvania
* 3- Al otro lado de los Cárpatos
* 4- Folklore rumano

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en El País Cultural )el 23 de febrero de 2001

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12 enero 2001

Fotografías confiscadas

Cuando murió el premier soviético Leonid Brezhnev, en noviembre de 1982, los cines checos suspendieron las funciones de todas las comedias que estaban en cartel. En un pequeño pueblo de Moravia, un veterano habitué de la única sala del lugar, concurrió al cine a media tarde, como casi siempre lo hacía. Cuando la cajera le dijo que no habría función porque había muerto Brezhnev, el hombre preguntó en tono de protesta: "¿y no tienen otro proyectorista?". El nombre del duro dirigente soviético que había dado la orden de que las tropas del Pacto de Varsovia detuvieran el proceso político y cultural que se conoció internacionalmente como "La Primavera de Praga", no decía nada al checo común, por lo menos al que no habitaba en las zonas urbanas. La misma indiferencia a la que refiere esa anécdota jocosa que circula por Praga sin que ya se sepa si es verdad o el invento de algún agudo bromista, es la que muestra una exposición de fotos de Jindrich Streit.

Se llama "Fotografías Confiscadas" y recién se pudo ver en Praga a fines de 1999, diecisiete años después de que fueran expuestas en pleno régimen comunista en un acto de audacia de su autor que le valió la persecusión y la confiscación de su obra. Viéndolas, desplegadas en una sala lateral de la Casa Municipal, se entiende a los censores. Las fotos no dan testimonio de manifestantes apaleados por la policía ni tampoco son imágenes clandestinas de las celdas de los presos políticos; las fotos documentan reuniones del Partido Comunista y mitines oficiales en pequeños pueblos rurales. Muestran la indiferencia que despertaban esas actividades, los rostros aburridos, la ausencia de interés en cada uno de los poquísimos participantes de algún acto conmemorativo realizado en alguna escuela. En una de las fotografías, unas diez o doce personas delante de una jarra de cerveza miran la mesa mientras un trío de niños hacen un número musical que ni siquiera atienden quienes están en el estrado de autoridades. Hay también simples retratos de la vida cotidiana, testimonio de una pobreza que rozaba lo esencial.

A la salida de la exposición parece que ese tiempo quedó definitivamente atrás. La Casa Municipal está en pleno centro de Praga. Un distrito antiguo con una arquitectura que hace decir a muchos viajeros que es la ciudad más hermosa de Europa. Esa belleza es, en gran medida, fruto del esplendor de siglos y del daño prácticamente nulo que sufrió la ciudad durante las guerras mundiales. Los turistas que van a Praga toman sus propias fotografías, que retratan la Plaza de la Ciudad Vieja con su iglesia gótica de Tyn, cuyas agujas parecen sacar metálicos escudos negros por la noche, debido al efecto de la cerámica reflejando la luz de los reflectores colocados para que se recorte contra la noche como una imagen de ensueño; o muestran las callejuelas que se enredan y se pierden hacia el Voltava, donde se enderezan a la altura del Puente de Carlos, rodeado de estatuas, para volver a enredarse en la otra ribera y subir así, enredadas, la colina en la que se encuentra el castillo al que la catedral de San Vito otorga un indisimulable aspecto kafkiano. Esas fotografías turísticas no salen de ese micromundo maravilloso porque raramente un turista deja los límites del distrito 1 o las primeras cuadras del distrito 2. Si lo hiciera, encontraría una ciudad desconcertante.

Hay contrastes que pueden asimilarse con cierta facilidad. No es difícil asimilar el que existe entre las favelas de Río de Janeiro y el refinamiento de Ipanema o Leblon. Son tan diferentes, tienen tan poco una de la otra, que sólo pueden ser comparadas por el hecho de ser parte de la misma ciudad. Sin embargo, los barrios de Praga que se extienden fuera de los límites de los dos distritos turísticos, tienen mucho de la arquitectura que asombróunas cuadras atrás. Es como asistir a la misma ciudad varios años después de haber sido abandonada de todo cuidado. Los frentes de los palacetes están ennegrecidos, las paredes descascaradas. No son los barrios emergentes de las grandes migraciones del campo a la ciudad, los cinturones tercermundista que crecen y que tienen, dentro de su miseria, cierto pulso vital; son viejos apartamentos venidos abajo, que parecen habitados por esos números de las estadísticas oficiales que hablan del empobrecimiento de los sectores más frágiles de la población, en especial de los viejos que viven solos. A algunos se los puede ver en los metros o en los tranvías. No son aún mendigos en el sentido Occidental del término. Sus ropas aún se resisten a convertirse en andrajos. Todavía no están del todo al margen de la sociedad, pero su delgado hilo de contacto con el mercado es un plato de sopa o un plato de salsa con pan a veinte centavos de dólar que compran en los comederos populares, o los viajes en tranvía amparados en que los inspectores nunca les exigen mostrar los boletos que seguramente no tienen.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de octubre de 2001)

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12 diciembre 2000

Después del Muro, una cortina de cristal

En 1989 quienes vivían con menos de cuatro dólares por día en el campo socialista eran 14 millones. A mediados de los noventa, según datos del Banco Mundial, esa cifra se había multiplicado por diez, llegando a 142 millones de personas en los mismos países. Las Naciones Unidas ya hablan de una nueva cortina: una cortina de cristal que ha sustituido a la vieja cortina de hierro, y que no aisla fronteras afuera sino que separa ricos de pobres al interior de países.

Alcanzó una década para que se produjera lo que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) calificó de “catástrofe demográfica”, que tiene como uno de sus ejemplos más elocuentes a los casi cinco millones y medio de niños que nunca llegaron a nacer, y que lo hubieran hecho de haberse mantenido las reglas de juego socioeconómicas previas a la caída del socialismo real. Los habitantes de Europa del Este, sin embargo, no desean un retroceso en los derechos civiles recientemente conquistados, según lo han mostrado las encuestas de opinión.

“Decisiones individuales por excelencia, como formar una familia o tener un bebé, están invariablemente influidas por las condiciones generales del momento en que se toman, incluidas las circunstancias económicas y políticas, las cuales pueden ser percibidas como elementos de incertidumbre”, asegura la Comisión Económica Europea de las Naciones Unidas (ECE) en su último informe anual. Sostiene esta afirmación en el hecho de que la cantidad de hijos que tenía una mujer de Europa del Este a mediados de los ochenta, un promedio de dos, descendió drásticamente a 1,35 hijos por mujer, colocando a la región aún por debajo de la Europa Occidental que presenta un promedio de 1,53 hijos por cada mujer.

Estudios conducidos por los investigadores de la Universidad de Oxford, H Moore y R.Palomba, atribuyeron el descenso en las tasas natalidad al “miedo al futuro”, por lo que la ECE traza la hipótesis de que la situación en el ex bloque socialista se debe a que las expectativas de futuro de los jóvenes se vieron reducidas “a veces drásticamente”. El estudio internacional encuentra “evidencias claras” de esta hipótesis en la ex Alemania del Este (RDA) y en Rumania. En la antigua RDA la tasa de nacimientos cayó a la mitad con respecto a la existente un año antes de la eliminación del Muro de Berlín, en tanto que en Rumania nacieron cuatro veces menos niños que los que habían venido al mundo seis meses antes del alzamiento popular que derrocó al régimen autocrático de Ceausescu (foto).

Intranquilidad familiar

Esta “inmediata y masiva reacción” a los cambios políticos, que llevó a las parejas “a detener drásticamente los nacimientos”, se mantuvo en los años posteriores en la medida en que persistió “la ansiedad con respecto al futuro inmediato”, indica el citado documento de la ECE, que también reconoce que el lazo entre la transición y la baja de la natalidad en otros países de la región es “menos fácilmente demostrable”. Los expertos citaron a las transiciones relativamente ordenadas y pacíficas que tuvieron lugar en Hungría, Polonia y, especialmente, en la República Checa, como las que causaron menos intranquilidad en sus ciudadanos. No en vano se reconoce que estos tres países son los que presentan mejores posibilidades de ser aceptados en la Unión Europea luego de un proceso de reordenamiento económico e institucional actualmente en curso.

Las parejas del antiguo bloque comunista no sólo resuelven concebir menos hijos, sino que toman con mayor frecuencia la decisión de abortar un nacimiento, a excepxión de las que viven en países como Polonia y Croacia en los que la religión católica, contraria al aborto, es parte esencial de la identidad nacional. En algunos casos, como en el rumano, la tasa de embarazos voluntariamente interrumpidos directamente se invirtió: en los años de la sociedad comunista había un aborto por cada dos nacimientos, en tanto que actualmente hay dos abortos por cada nacimiento. En Albania este indicador social se triplicó, en tanto que disminuyó en Bulgaria, República Checa y Eslovaquia.

La menor cantidad de niños que nacen hoy en la Europa del Este con respecto a la época comunista no sólo se debe al “miedo al futuro”, sino que se vincula con el descenso real en los estándares de vida y con la influencia de las costumbres familiares occidentales caracterizadas por parejas con pocos hijos. Este último, por ejemplo, se estima como el factor que más incide en la caída de las tasas de fertilidad de un país como Eslovenia, que se ha despegado de sus antiguos compatriotas de la ex Yugoslavia alcanzando un nivel de vida emparentado al de Europa Occidental. Si se toma en cuenta que los Balcanes, a pesar de la guerra, es la única subregión en la que no se ha dado esta disminución del número de nacimientos, el caso Esloveno es aún más excepcional.

==Primera parte de siete

* 2- El espejo austríaco
* 3- La inseguridad básica
* 4- Dos casos: Eslovaquia y Chequia
* 5- La crisis país por país
* 6- Los niños que no nacieron
* 7- Los costos humanos de la transición

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de diciembre de 2000)

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13 noviembre 2000

Wajda en Montevideo

No estará en persona, pero sí llegarán sus últimas cinco películas, las que esta semana serán proyectadas por primera vez en nuestra ciudad. El acontecimiento, que tendrá lugar en la sala La Linterna Mágica, se completa con la exhibición en Sala Cinemateca de 16 de sus 39 filmes anteriores. Una retrospectiva que hace justicia a un cineasta mayor que este año recibió el Oscar de la Academia de Hollywood como premio a su trayectoria.

Al recibir su estatuilla el polaco Andrej Wajda (pronunciese Vayda) hizo una aclaración más que pertinente: “sepan que no pienso jubilarme”. Tranqulizó de ese modo a los seguidores de su obra, que descubrieron en La Patrulla de la Muerte (1957) a un realizador que sabía extraer una intensidad interior de temas que hasta ese momento sólo habían pretextado el panfleto patriótico. El último de sus trabajos en ser proyectados en las pantallas montevideanas databa de 1983, Un amor en Alemania. Entre ambas películas hubo más de una treintena de filmes, en muchos de los cuales se repitió un catálogo de temas y obsesiones entre los que pueden contarse el heroísmo, la guerra, la sinceridad, la mentira, la opresión espiritual y la soledad del individuo.

Sus personajes atormentados tuvieron más de una vez el rostro de Daniel Olbrychski, quien participó en casi todas las películas que el polaco filmó en los turbulentos años setenta, y que sirve como nexo involuntario entre la retrospectiva y los cinco estrenos, ya que también protagoniza el último Wajda: Pan Tadeusz. Ese es precisamente el título que cierra el ciclo que se presenta en La Linterna Mágica del 8 al 12 de noviembre. Pan Tadeusz, filmada en 1999 y que conoceremos el domingo 12, es la consagración de Wajda como el cineasta nacional polaco por excelencia. A pesar de haber sido escrita por un escritor lituano (Adam Mickiewicz), Pan Tadeusz está considerada una de las obras maestras de la literatura polaca, una epopeya histórica de tiempos napoleónicos que puede ser vista, como sucede con toda la filmografía de Wajda, como una metáfora de momentos políticos más recientes.

Andrzej Wajda nació en Suwalki en 1926. Luchó en la resistencia contra los nazis durante la Segunda Guerra Mundial después de la muerte de su padre, un oficial de caballería, ocurrida en 1940 en la llamada masacre de Katyn, en la que la policía secreta de Stalin asesinó a varios oficiales polacos y que dará tema al próximo filme de Wajda. Luego de la guerra, Andrej estudió en la Escuela Nacional de Cine de Lodz, graduándose en 1954. Ya en su primera película, Generación (1955) empezó a ser considerado un nombre clave en el nuevo cine polaco, a raíz de su profundo estudio de los efectos de la guerra en una juventud desilusionada.

En las consideraciones sobre la entrega del Oscar Honorífico que recibió en marzo de este año, la Academia de Hollywood lo calificaba como “uno de los cineastas más admirados de nuestro tiempo, un hombre cuyas películas han ofrecido al público de todo el mundo la visión de un artista sobre la historia, la democracia y la libertad y, haciendo esto, se ha convertido él mismo en un símbolo de valor y esperanza para miles de persones en la Europa de posguerra”.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Posdata en noviembre de 2000)

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03 noviembre 2000

Kafka y Praga: Solitario remero en el Vltava

La relación que mantuvo Franz Kafka con su ciudad, Praga, fue la de un hombre atrapado. “Praga no te suelta”, escribió a los diecinueve años el autor de obras fundamentales de la literatura europea del siglo XX, como El Proceso o El Castillo. Las casas en las que habitó, los empleos que le impidieron culminar la mayoría de sus novelas, y el río Vltava en el que ejercitó sus dotes de remero y nadador, están en este artículo en el que Kafka, sin saberlo, entrecruza sus pasos con Jaroslav Seifert y Lenin.

“Estoy en la Assicurazioni-Generali y no pierdo la esperanza de sentarme algún día en los sillones de países muy remotos, de contemplar por las ventanas del despacho campos de caña de azúcar o cementerios mahometanos”, escribía Kafka en una carta cuando tenía 20 años. Sin embargo, no sólo no pudo cumplir su deseo de viajar a países remotos, sino que tenía la percepción de que sus actividades lo encerraban en un radio de no más de cinco manzanas. En una frase dirigida a su profesor de hebreo y abundantemente citada por sus biógrafos, Kafka afirmó: “Aquí estaba mi instituto; en aquel edificio del lado opuesto, mi universidad. Un poco más a la izquierda se encuentra mi despacho. En este pequeño círculo está encerrada toda mi vida”. Sus diarios, según la interpretación que hace su amigo Ernst Weiss, “muestran que estaba arraigado a Praga de una manera trágica”.

Si bien Kafka exageraba al referirse a ese “pequeño círculo” olvidando sus habituales paseos al aire libre trepando la colina de Petrin e incluso su entusiasta actividad de remero y nadador, es cierto que en el corazón de la ciudad vieja de Praga se concentra la más alta densidad de edificios vinculados a la vida del escritor. El instituto que señaló a su profesor de hebreo se llamaba Instituto Regio Imperial de Lengua Alemana, y ocupaba el Palacio Kinsky, situado en uno de los lados de la Plaza de la Ciudad Vieja (Staromestka Namesty) junto a la iglesia de Tyn. El edificio, reciclado y pintado en colores rosa y salmón, está actualmente integrado a la plaza gracias a que se eliminó la calle que pasaba a su frente. Su nexo con la vida de Kafka no se limitó a la etapa estudiantil del escritor, sino que en la misma época en la que este “vastago de familia respetable”, como se lo llamó en la carta de recomendación para su primer empleo, soñaba con viajar a países exóticos, funcionaba en una de las alas del Palacio Kinsky el negocio de su padre. Este comercio ayudó a Kafka a formarse la imagen omnipotente y tiránica de su padre, que luego llevaría al papel en la Carta al Padre: “en la tienda te oía y te veía gritar, insultar y enfurecerte hasta un extremo que, según mi opinión de entonces, no tenía parangón en todo el mundo”.

También sobre esta plaza, en diagonal con el Palacio Kinsky, está una de las casas en las que vivió con su familia cuando tenía treinta años. Se trata de la Casa Oppelt, que está actualmente en la esquina de la Plaza de la Ciudad Vieja con la avenida Parizka, una de las más elegantes de Praga. “Justo enfrente de mi ventana, a la altura del cuarto o quinto piso, tengo la gran cúpula de la iglesia rusa, con sus dos torres, y entre la cúpula y el inmueble vecino se me ofrece a lo lejos la visión de un trocito triangular del monte San Lorenzo con una iglesia diminuta”, describe en carta a su novia Felice Bauer (Cartas a Felice y otra correspondencia de la época del noviazgo. Madrid. Alianza. 1977). Durante su segunda residencia en esta casa, que ocurrió a partir de sus 35 años, escribió diez capítulos de su novela El Castillo (del seis al dieciséis) y los relatos “Primera tristeza” y “Un artista del hambre”.

La Praga en la que vivió Franz Kafka durante el primer cuarto del siglo XX tenía 230 mil habitantes y era la tercera ciudad más grande del Imperio de los Hasburgo. El escritor perteneció a la minoría de lengua alemana, que representaba el 9,7 por ciento de la población; casi todos judíos y de una posición económica relativamente buena. Era una época de progresos y febril actividad constructora; se abrieron grandes avenidas en el lugar en que había estado el viejo ghetto judío de calles estrechas y cuando Franz tenía once años llegaron a a la ciudad la energía eléctrica y los tranvías modernos.

Pero Kafka no sólo vivió esa época como un momento de adelantos técnicos como la aviación o el cine, de los que tomó nota en sus cuentos y en sus diarios, sino que también fue testigo de los conflictos entre la mayoría checa y la minoría alemana. Cuando Kafka tenía 14 años, el idioma checo se elevó al mismo rango que el alemán en la Administración de Bohemia, y comenzaron una serie de revueltas violentas de los checos en reclamo de mayores derechos. Unos años más tarde empezaron a verse los primeros letreros bilingües en las calles, y la pulseada se trasladó al campo del urbanismo, con la construcción de obras que reflejan el despertar nacional checo y la eliminación de monumentos que representaban la dominación austroalemana. El diferendo culminó en 1918, cuando se proclamó la República Checoslovaca.

El bebedor de almas

La narración de Kafka Descripción de una lucha, a pesar de que contiene muchos elementos fantásticos, puede servir de guía a la hora de recorrer la Praga en la que vivía el autor. Ya no está la columna de la Virgen María cuyo manto “se retuerce” ante la fuerza del viento a pesar de ser de piedra, y que era una referencia obligada en el paisaje de la Ciudad Vieja a principios de siglo, al punto que Kafka solía ponerla como lugar de encuentro para citarse con su amigo y biógrafo Max Brod. Pero sí están otros lugares que aparecen en ese relato, como la calle Karlova (“sinuosa, con portales oscuros y tabernas”), la iglesia de los Caballeros de la Cruz y, sobre todo, el Puente de Carlos.

Ese viejo y hermoso puente de piedra, que en el siglo doce era de madera, representa en la vida de Kafka el camino por el cual puede escapar de sus cuatro manzanas del casco antiguo. Por allí pasa cuando va a sus excursiones a las colinas cercanas, y por allí va al Castillo en cuyas dependencias secundarias encontraría la soledad que ansió toda su vida para poder escribir. Hoy el Puente de Carlos es uno de los ejes del circuito turístico de Praga, y está tan poblado de visitantes durante todo el año, que resulta difícil imaginar al personaje de Descripción de una lucha que, “con las manos en los bolsillos, escrutó el vacío Puente de Carlos”. En una carta a su amiga Minze Eisner, Kafka utiliza una de las estatuas que están ubicadas en las barandas del puente para decirle que “cada uno tiene en su interior un demonio mordiente que destruye las noches y eso no es bueno ni malo, ya que es la vida”.

El Kafka de espíritu atormentado que puede vislumbrarse en la carta a Minze Eisner, es el arquetipo a que suelen recurrir las interpretaciones que atribuyen el tono sombrío de la obra a la supuesta experiencia vital insatisfactoria del escritor. Es una de las tesis centrales de lo que Milan Kundera llama la “kafkología”. En Los Testamentos Traicionados Kundera define el término como “el discurso destinado a kafkologizar a Kafka”, es decir, “a sustituir a Kafka por el Kafka kafkalogizado”. Considera que el creador de esta perspectiva fue Max Brod, cuyo libro Kafka fue recientemente reeditado por Emecé, y resume esta visión casi mística de un Kafka atormentado en “el inolvidable énfasis con el que Roman Karst terminó su discurso en el coloquio de Líblice en 1963: ‘¡Franz Kafka vivió y sufrió por nosotros!’”. Valiéndose de fragmentos de los diarios de Kafka censurados por Brod, citando pasajes eróticos de El Castillo, y recuperando el personaje de Brunelda que aparece en América, sobre quien Federico Fellini proyectaba filmar una película, Kundera refuta esta visión.

Pero aún en la biografía que construye Max Brod hay numerosos elementos que muestran a Kafka como una persona vital que “reía a gusto y cordialmente, y sabía hacer reír a sus amigos”. Su biógrafo y amigo recuerda que Kafka era un hábil nadador y remero, y que “conducía con especial habilidad” su canoa llamada, para placer de los kafkólogos, “el bebedor de almas” (Seelentranker).

==Primera parte de cuatro

* 2- Praga: las casas de Kafka
* 3- Praga: Los trabajos de Kafka
* 4- El amor de Kafka: Milena Jesenka

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en El País Cultural )el 3 de noviembre de 2000

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08 septiembre 2000

En el túnel del tiempo

La guía de viajes Lonely Planet recomienda visitar un bar lácteo ubicado cerca de la estación de trenes de Varsovia para hacer una regresión en el tiempo e internarse en lo que era un restaurante popular de la Polonia comunista. Resulta una experiencia impactante. Se llega atravesando una gran avenida, hoy dominada por un hotel cinco estrellas y una tienda británica por departamentos, en la que el intenso tráfico habla de una ciudad próspera y vibrante. Sin embargo, una vez que se traspasa el umbral del bar lácteo, una atmósfera de opresión se apodera del visitante. La comida se recibe en una estrecha ventana que comunica la cocina con el comedor. Los cubiertos son de latón ordinario y tienen el desgaste de años de uso ininterrumpido.

Hasta ese momento, el visitante se ha concentrado en la tarea de elegir qué comer entre una lista de platos escrita en polaco en una pared, y en completar la operación de pre-pago y autoservicio. No ha prestado mayor atención al entorno. Por eso el principal golpe lo recibe cuando le da la espalda a la ventanilla en la que le acaban de servir un humeante guisado y se encuentra de frente con el resto de los clientes. Es una insólita mezcla de mendigos, estudiantes y algún que otro empleado de tienda en busca de un plato barato. Al comienzo predomina la sensación de que está en una institución de caridad para indigentes, pero al sentarse a una mesa e integrarse a esa comunidad de comensales, esta impresión cambia y el visitante siente que se encuentra en el comedor de un hospital psiquiátrico. Varios de los que sorben su sopa ruidosamente hacen, a intervalos regulares, ruidos guturales y golpean la mesa con la cuchara; un anciano habla con su vaso en tono de confidencia. Las batas que visten las mujeres que sirven la comida contribuyen a darle al lugar su aspecto de viejo manicomio. No es fácil terminar el plato tranquilamente.

Al salir, el aire de Varsovia se siente más puro que nunca; hasta el enorme Palacio de Cultura, un edificio de arquitectura estalinista ubicado en el centro de la ciudad, parece hermoso. Rodeando la manzana de la estación, en la avenida que corre perpendicular a la que aloja al bar lácteo, y apenas a trescientos metros de éste, un Mc Donald’s de dos pisos se alza más como una tabla de salvación que como un contraste. Aunque la ciudad ofrece un abanico de opciones gastronómicas que van mucho más allá del dilema bar lácteo o fast food, vale la pena detenerse en la versión polaca de la célebre cadena norteamericana, cuya promoción del mes es una hamburguesa con panceta que se anuncia en la entrada por intermedio de una gran fotografía de John Wayne, uno de los íconos del reaganismo durante la Guerra Fría.

Se equivocan quienes piensan que los Mc Donald’s son iguales en todas partes. Las pequeñas diferencias que la franquicia internacional permite a sus socios de cada país, puede enseñar algo sobre cada sociedad. En París, cuna de la excelencia gastronómica, resultaría impesable una cadena de hamburguesas monótona y uniforme que simplemente ofreciera lo mismo que en el resto del mundo; por ese motivo, en los Campos Elyseos la legendaria Big Mac convive con promociones que permiten a los jóvenes parisinos disfrutar de hamburguesas exóticas, una distinta para cada día de la semana, bautizadas con nombres como Mc Hawai, Mc Corfú, o Mc Arabia, y aderezadas con ingredientes de las cocinas típicas de esos lugares. En Grecia la decoración busca integrar algo del pasado clásico, y la que está ubicada en la Plaza Wenceslao de Praga permite encontrar molduras art-nouveau en su interior para no desentonar con la bella arquitectura de la capital checa.

En Varsovia es diferente. La decoración del Mc Donald’s polaco está compuesta por fotografías de otros Mc Donald’s ubicados a lo largo y ancho del mundo, desde Estados Unidos hasta el Lejano Oriente. Podría leerse que los polacos no necesitan que el fast food símbolo de Occidente les ofrezca otra cosa que la sensación de que al fin forman parte de ese Occidente. El gran cow-boy John Wayne (foto), que en alguno de sus filmes supo incluso ser un aguerrido boina verde en la guerra de Vietnam, reafirma este mensaje.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 12 de octubre de 2001)

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