02 septiembre 2007

Cartogramas/Agios Nectarios

(Grecia).- Es evidente que el hombre no está completamente cuerdo. Con un lampazo limpia la mitad de la carretera que atraviesa el pueblo. Pero nadie, excepto él, vende los boletos para el ómnibus que va hasta la capital de la isla. Así que es necesario confiar cuando indica el lugar de la parada, junto al buzón amarillo de correos, aunque no haya ninguna señal que lo identifique. Falta media hora, asegura, mostrando caóticamente la esfera de su reloj.

En todas partes hay un personaje secundario enajenado. Como aquel que recorría las calles de mi pueblo en bicicleta gritando como un asno en cada esquina, o el pintor demente que repetía su autorretrato al infinito en sucias hojas que intentaba venderle a los turistas del Puente de Carlos, en Praga, mientras les sacaba la lengua y los insultaba amenazante.

El ómnibus llega, finalmente. El trayecto hacia la ciudad de Egina es como todos los trayectos griegos. Hay una embriaguez que se apodera del alma mientras los ojos se dan de bruces contra una bahía que trae de regreso el mar que había quedado oculto por una colina. Como en un altar los iconos llenan el tablero del conductor y el sol, tibio, acaricia a los pasajeros que se dejan llevar por las pronunciadas curvas con la aburrida naturalidad del tedio. Todo viajero se ha preguntado lo mismo alguna vez: ¿qué hacen los lugareños con tanta belleza?

Los aires balcánicos de la música de la radio repiten esa canción entre pop y gitana que escucharé una y otra vez en este viaje. Más tarde averiguaré que se llama Deca Edolez. Los diez mandamientos. Un nombre excesivamente bíblico para la fotografía de la tapa del disco que muestra una Despina Vandi escasa de ropas, como corresponde a una sex symbol que encandila por igual a hombres y mujeres. Entramos en un insignificante caserío junto al cual se levanta el monasterio de Agios Nectarios, que le da nombre al lugar. No hay tiempo para pensarlo demasiado. El ómnibus se detiene para subir un pasajero, a la izquierda de la carretera está el monasterio, a la derecha un pequeño comedero, y en ese instante la única chance de bajar.

Una enramada protege del sol cuatro o cinco mesas rústicas rodeadas por sillas con asiento y respaldo de paja que se acomodan en un patio de hormigón. Un almuerzo en ese estiatorio no se puede cambiar por nada en el mundo. El pan de campo cortado en rodajas anchas, un mantel de nylon delgadísimo apretado al borde de la mesa con unos palillos de plástico, vasos de vidrio grueso, pescado fresco, ensalada griega con olivas negras, y una jarra de latón cobrizo llena de retsina, ese vino blanco griego que efectivamente tiene un distante sabor a resina de árbol y al que nunca terminé de acostumbrar el paladar.

Frente a los ojos, cruzando la ruta, el monasterio. No está pensado para el turismo sino que es claramente un lugar de peregrinos. Aunque moderno, respeta el estilo greco-bizantino de cúpulas de capelina y delgadas columnas sosteniendo los arcos en las alas de planta circular. Dominan los tonos rojizos. Del templo sale una escalinata amurallada, de casi un kilómetro, que llega a un complejo de habitaciones en el que han de vivir los monjes. La bandera amarilla con el águila bicéfala flamea anacrónica y recuerda que la iglesia ortodoxa sigue guiándose por el derecho bizantino. Es sólo cruzar la ruta y entrar.

Algo, sin embargo, me detiene. Está muy fresca la imagen sobrecogedora del interior del monasterio de Dafne. Sospecho que Agios Nectarios no resistirá la comparación y no quiero ponerlo en el aprieto. Prefiero guardarlo en mi memoria como esa aparición magnética en medio de la ruta y ese almuerzo despojado, casi bíblico (pescado, olivas, pan y vino). En algunos minutos pasará el ómnibus siguiente y habrá que continuar camino.

(Artículo de la serie "Cartogramas", de Roberto López Belloso)

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07 agosto 2007

Cartogramas/Antigua

La llamaban La Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala. Dañada por dieciséis terremotos, esta ciudad fundada en 1542 es una de las joyas coloniales de América. Los muros labrados de los conventos, el fucsia de las santarritas y el relieve volcánico que la rodea, ponen su atmósfera a salvo del deterioro y crean una ilusión de perennidad. Pero es otro su tono verdadero.

Los artesanos locales hacen complicadas alfombras con pétalos de flores, granos y arenas coloreadas. Hay toda una declaración teológica sobre la fugacidad de la creación humana, y del hombre mismo, en esa trabajosa tarea a la que se aplican con esmero durante meses, para que luego sea destruida por el paso de las procesiones en Semana Santa. Destruida no es la palabra. Como el oleaje que lame los castillos de arena desfigurándolos poco a poco, así las procesiones erosionan las efímeras alfombras de Antigua.

En el parque central, mujeres mayas ofrecen tapices de vivos colores mezcladas con los vendedores de globos y las volantas que se alquilan para un paseo por el casco viejo. Al final de la calle, una mujer lava su pelo en las piletas comunales. A pesar de que han quedado en medio del circuito turístico, siguen siendo usadas de manera comunitaria por los verdaderos dueños de esta ciudad. Cuando endereza su cuerpo y el pelo recién lavado traza un arco sobre su cabeza antes de pegarse, mojado, contra sus hombros y la fina tela blanca que la cubre, revela el mismo misterio al que se consagran las alfombras de los promesantes: todo lo bello se disuelve en el tiempo. De eso, y no de la permanencia, Antigua le habla al oído a sus visitantes.

(Artículo de la serie "Cartogramas", de Roberto López Belloso// La segunda foto es de Bill Hocker y según su crédito fue tomada en 1978)

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05 septiembre 2006

Cartogramas/Aquincum

(Hungría).- Uno de sus gobernadores fue un joven que luego se convertiría en emperador, Adriano. Esta era la frontera del Imperio Romano. De este lado, la Pannonia; más allá las tierras de los bárbaros, el Barbaricum. Cuatro siglos estuvieron allí las legiones, hasta que fueron expulsadas por los hunos. Los húngaros se consideran herederos de estas tribus de jinetes políticamente incorrectos, al punto que Atila es uno de los nombres que las familias actuales eligen con más frecuencia para sus bebés. Ahora el conjunto no es demasiado inspirador. Apenas un fragmento de acueducto y una sección indefinida de anfiteatro, de los que hay que adivinar el viejo semblante.

Una parte de las ruinas puede recorrerse en círculos a través de un camino bordeado por arbustos amarillos, y sería posible encontrar algo de los viejos ecos, si no fuera por el entorno, descuidado y completamente falto de la tan criticada mise-en-scène, y que ahora se me hace necesaria. Toco los muros, miro buscando lo que no encuentro. No hay más remedio que volver a la estación del tren de cercanías. Mientras espero, compro waffles caseros a una vendedora ambulante, que muy seriamente me extiende un recibo como comprobante de mi pago. Todavía lo conservo. Ese papel celeste rellenado a birome en una lengua incomprensible, es mi souvenir de la frontera imperial.

(Artículo de la serie "Cartogramas", de Roberto López Belloso)

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11 junio 2004

Atenas: entre la Grecia clásica
y la herencia de Bizancio

Grecia es parte de los Balcanes aunque no siempre le guste reconocerlo. No estuvo involucrada en la última guerra pero sí peleó en las anteriores, cuando comenzó a gestarse el final del imperio otomano. Además, comparte con sus vecinos eslavos de Serbia y Montenegro la fé ortodoxa y la nostalgia por Bizancio. Por eso este segundo cuaderno de los Balcanes la incluye con naturalidad, a continuación de las inexpugnables montañas montenegrinas.

Para llegar a Grecia desde Montenegro hay dos caminos. Se puede atravesar Albania en algo más de doce horas en automóvil y luego hacer un corto trayecto en ferry hasta la isla de Corfú, o embarcar en alguno de los frecuentes vuelos que tienen a Atenas como destino. Si se escoge el medio más directo, se arribará al moderno aeropuerto que la capital griega se hizo construir para estar a tono con los Juegos Olímpicos de este año. Ahora el ómnibus que lo conecta con la ciudad demora el doble de tiempo en dejar a sus pasajeros en la Plaza Sintagma, pero la nueva terminal aérea, que incluye hasta un museo con los hallazgos realizados en los trabajos de construcción, justifica la relativa molestia. Aunque se llegue casi de madrugada, Atenas siempre reserva un resto de vida nocturna para que el visitante no deba esperar hasta la mañana siguiente para sentir que ha llegado.

Al otro día es necesario levantarse temprano y comenzar la búsqueda. Hay que abrirse paso entre el tráfico caótico de Plaza Omonia, remontar las peatonales surcadas de tanto en tanto por motocicletas desbocadas y trepar más todavía por las callejuelas medievales de Plaka. Arriba está el legendario promontorio. La roca consagrada a Atenea, sembrada de templos, tapizada de un mármol resbaloso. La Acrópolis. No enamora enseguida. La primer impresión siempre encierra un cierto desencanto. Deja por fuera. Es indudable la perfección arquitectónica de esas formas vueltas una grifa, bastardeadas por el lugar común o enriquecidas por la emoción sincera que despierta en las almas de provincia. Pero la propia fuerza de la leyenda se resiente con la corporeidad de la piedra y el mármol. Por eso la primera visita a la Acrópolis tiene que ser rápida y ocupar el primer día en que se está en la ciudad.

Después empieza el cortejo. Atenas va encantando con cada uno de sus rincones, sus mercados, sus bares de rembetiko, sus templos clásicos, sus iglesias, y a la vuelta de cada esquina aparece, siempre, la visión de la Magnífica. Esquinada en lo alto. Bañada en neón rosado por las noches. Cegadora de blanco cuando refleja el sol del mediodía. Así va atrayendo inexorable como atraía a los promesantes en la procesión anual que culminaba ante el Partenón, única oportunidad de ver la perdida estatua dorada de Atenea , obra de Fidias. Entonces se le da la espalda, se toma la dirección opuesta y se trepa el Licabetos. La “colina de los lobos”.

==Primera parte de cuatro

* 2- Las otras colinas
* 3- Ciudad bizantina
* 4- El viejo cementerio

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 9 de junio de 2004)

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