23 marzo 2001

Nicaragua: tres instantáneas de la posguerra (3)

Waslala, 1995

Waslala queda tan lejos de Wirruca que de un lugar a otro se ponen más de trece horas en jeep con doble tracción. Pero antes de llegar a Waslala se pasa por Matagalpa. El enmarañamiento de callejuelas adoquinadas rodeado de montañas, con panoramas de ensueño en cada esquina, es la última oportunidad de aprovisionarse de los beneficios de la civilización antes de partir hacia el destino final. Un médico francés que montó clínicas gratuitas ginecológicas y de odontología en las cooperativas metidas montaña adentro, recoge en Matagalpa un refrigerador que deberá llevar a la maternidad de Waslala. Las enfermeras-parteras (una brasileña, una francesa y dos nicaragüenses) lo usarán para conservar algunas medicinas y en el congelador mantendrán los helados caseros con los que piensan obtener algún dinero para autofinanciar las necesidades de caja chica del proyecto. El trayecto de Matagalpa a Waslala puede tomar entre seis y ocho horas, aunque hay quien asegura haberlo hecho en cuatro. Parece difícil transitar a más de cuarenta kilómetros por hora en una carretera de tierra erizada de piedras en punta, pero la inestabilidad de la zona a mediados de los noventa, con ocasionales asaltos de bandas de delincuentes comunes o atentados políticos de diferente grado de entidad, justificaban ciertas urgencias.

Si no se toma en cuenta lo que se escuchó en Matagalpa sobre la peligrosidad de esa ruta, el viaje es un placentero traqueteo selva adentro, en dirección a la lejana Región Autónoma del Atlántico Norte. La RAAN está aislada del litoral Pacífico por la vegetación impenetrable, por la ausencia de carreteras transitables todo el año, y por la composición de la población que de un lado habla español y es de raíz mestiza mientras que del otro habla misquito y es predominantemente indígena. Waslala, aunque administrativamente pertenece a la RAAN, culturalmente es una ciudad del Pacífico. Eso le da un carácter fronterizo que se advierte apenas se desembarca en la ciudad, último núcleo poblado de cierta importancia antes de llegar a las minas de oro de Rosita y Bonanza.

Por las calles céntricas transitan hombres a caballo con sombrero de vaquero y revólver al cinto, y todo tiene el aroma de los pueblos de California durante la Fiebre del Oro: desde las casas que tienen su frente sobre el centro y su fondo de cara al río, hasta las cantinas y comederos en los que se bebe cerveza y ron ante la atenta mirada de un plato de arroz con frijoles. Uno de los bares se convierte en el preferido indiscutido de las noches por obra y gracia de un enorme televisor y un videocasetero, en el que pasan películas mexicanas que se pueden mirar desde las mesas mientras se consume algún trago, o desde rústicos bancos de madera si es que se ha preferido pagar la entrada en lugar de la cerveza. Los clientes parecen sentirse cómodos en la compañía de tapices baratos en los que exóticas mujeres vikingas conducen carros tirados por tigres y panteras. Pero si el poblado tiene aspecto de frontera, las cooperativas parecen los fuertes fronterizos. Si no fuera porque el verde exhuberante que las rodea no tiene nada de desértico, se asemejarían a los puestos de la Legión Extranjera en tierras de árabes. Sólo que las fortificaciones no están hacia arriba en forma de murallas, sino hacia abajo de la tierra a modo de trincheras. Al igual que en el resto del país, la guerra terminó en Waslala en 1990, pero una década después, los integrantes de las diecisiete cooperativas sandinistas tienen una media de tres escaramuzas semanales con remanentes de grupos de la 'contra'.

Durante la guerra frente a la contrarrevolución, los sandinistas hicieron algunas cosas bien y otras mal. Descuidaron el trabajo político en algunas partes clave, en otras realizaron desplazamientos de poblaciones enteras en una forma de limpieza que no era étnica sino ideológica, y en la zona del Atlántico casi nunca supieron entender la complejidad de la población indígena. Entre las cosas que hicieron bien, más allá del mérito militar de no haber permitido el nacimiento de ninguna 'zona liberada' de consideración dentro de su territorio, está el no haber aislado a algunas de sus unidades fronterizas. Ese es el origen de las cooperativas de Waslala. No destacaron un batallón en una zona que sabían hostil, sino que llevaron a un grupo de jóvenes políticamente formados en las ideas de izquierda y los colocaron junto a sus también jóvenes esposas en diecisiete cooperativas de producción agraria dotadas de una fuerte capacidad de respuesta militar.

Terminada la guerra, la mayoría de ellos se negaron a volver 'al Pacífico', en parte por temor a no encontrar medios de vida, y en parte porque no querían que los enemigos a los que habían repelido durante años, y a los que conocían hasta por el nombre por ser sus vecinos o familiares de sus vecinos, entraran como perico por su casa a las posiciones que habían defendido pagando un alto costo en vidas. Sin la excusa política, quedaba una extraña forma casi deportiva de la guerra de posiciones, una suerte de esgrima militar que resulta casi un juego si se compara la cifra de muertos antes y después del final oficial de las hostilidades. Entonces reciclaron el cuartel de cada cooperativa como salón comunal o clínica odontológica, hicieron más laxos los turnos de guardia y se quedaron a continuar con su pulseada. Todavía no se han marchado.

==Tercera parte de tres

* 1- Parte I
* 2- Parte II

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en el semanario Brecha, de Uruguay, el 23 de marzo de 2001)

Etiquetas: