18 septiembre 2009

Caminata armamentista: Los aviones de Lula y los tanques de Chávez

Los equívocos han estado a la orden del día luego de que se instalara en la agenda internacional el titular de que se relanzó una carrera armamentista en América Latina: ni Venezuela es el país que más gasta en asuntos militares ni Brasil cerró su compra de cazas a Francia, todavía.

EL ANUNCIO DEL acuerdo entre Lula Da Silva y su par francés Nicolás Sarkozy tuvieron como marco los actos por el Grito de Ipiranga (lunes 7), y desde el oficialismo brasileño se aprovechó la metáfora: “el acuerdo con Francia reduce la influencia de Estados Unidos y aumenta la autonomía brasileña en términos militares”, decía Valter Pomar, secretario de Relaciones Internacionales del gobernante Partido de los Trabajadores, en declaraciones a la agencia ANSA recogidas por el diario argentino Página 12. Estas adquisiciones “así como el nuevo marco regulatorio del petróleo, concediendo más poder a Petrobras, refuerzan la soberanía nacional, el papel del Estado y favorece las condiciones para el desarrollo (…) Ambos hechos son parte de una misma estrategia global que no busca sólo la soberanía nacional, sino también la democratización del país y la igualdad social”, aseguró Pomar. El negocio incluye cinco submarinos (uno de ellos nuclear), medio centenar de helicópteros y una treintena de aviones de combate, con una factura final cercana a los 14 mil millones de dólares.

Pero el entusiasmo dio lugar rápidamente a la cautela, sobretodo en lo referido a la compra de los cazas, ya que el Comando de Aeronáutica brasileño que tuvo que salir a calmar a los otros dos contendientes de la licitación (empresas de Estados Unidos y Suecia). El Comando recordó que el proceso de compra sigue, y que el objetivo es dotarse de una flota de cazas de “multiple función” (el detalle no es menor, ya que en su momento se aclaró que propuestas de aviones sólo de ataque no eran bien vistas, porque podían generar incomodidad en gobiernos vecinos) que estén operativos en 2015 y que tengan una vida útil de aproximadamente 30 años.
Un artículo de Tania Monteiro publicado en O Estado do Sao Paulo indicó que “al día siguiente al comunicado conjunto (entre Lula y Sarkozy), el ministro de Defensa Nelson Jobim, en la reunión de coordinación política del gobierno, advirtió que era preciso ‘dar solución jurídica’ a la ‘decisión política’ tomada el día anterior”. Seguramente la presencia de Sarkozy contribuyó a crear un clima para un anuncio que todavía está en discusión, afirmó el martes 8 el diputado opositor Rodrigo Rollemberg.

El negocio tiene, evidentemente, mucho de político (además de lo que implica en términos de transferencia de tecnología), y no parece que vaya a dirimirse solamente en una política de precios. El analista Federico Merke, consultado por BBC, vinculó esta negociación con el apoyo de Francia para que Brasil ingrese en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, condimentado con la propuesta de Sarkozy de convertir el G-8 en un G-14. Esta ampliación, según BBC, “tendría un efecto directo en el equilibrio regional: la formación de un grupo de 14 naciones poderosas haría irrelevante al G-20 y dejaría fuera de los foros de toma de decisión a otros países, como el vecino Argentina”.

UNA VIEJA POLEMICA La supuesta carrera armamentista fue uno de los puntos espinosos en la reciente reunión de ministros de Defensa y cancilleres de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) que culminó esta semana en Ecuador. Algunos países querían poner el acento en la instalación de bases estadounidenses en Colombia, en tanto Bogotá se defendía pidiendo que también se analizara la compra de armas rusas realizada por Venezuela. El tema de la carrera no es nuevo y suele tener relación con la simpatía o antipatía que despierta cada corredor. A fines de 2006 llegaban a Venezuela los primeros 30 cazas rusos con los que el gobierno de Hugo Chávez remplazaba 24 aviones de combate estadounidenses. Ya entonces se alertaba sobre los gastos militares de Caracas, que se situaban en el orden de los 3000 millones de dólares según fuentes rusas citadas por la agencia EFE. Los aviones habían sido precedidos por 100 mil fusiles Kalashnikov. Uno de los puntos relevantes de las adquisiciones de los militares venezolanos al otro lado de la rasgada cortina de hierro, fue que se presentó como alternativa –mejor dicho desafío- a los obstáculos que Estados Unidos había puesto a mediados de ese mismo 2006 para que Chávez pudiera llenar su carrito de compras con aviones brasileños. En realidad la alternativa no fue tal, y casi seguramente el mandatario bolivariano ya había resuelto su compra en Rusia, sobre todo teniendo en cuenta que el trato con Brasil estaba más orientado a aeronaves de entrenamiento. Pero lo cierto es que el golpe de efecto que tuvieron por esos días las imágenes de Chávez tocando con fruición las aspas de un helicóptero ruso mientras aseguraba que eran “ideales para la guerra de resistencia” ante una potencial invasión (ya puede suponerse de quién) dejaron la “sensación térmica” de que algo parecido a un rearme estaba consolidándose en América del Sur.

Es cierto que por esa época las alertas sobre la carrera armamentista no apuntaban tanto a Chávez como a las armas que estaban siendo compradas por los gobiernos de Chile y Perú. En setiembre de 2006 el diaro limeño El Comercio señalaba que “durante los últimos cinco años, Chile ha invertido más del doble que el Perú en compras de armamento europeo y se ha consolidado así como el segundo importador de equipo militar de América Latina, únicamente superado por Brasil”.
La pregunta que surge apenas se conocen cifras sobre compra de armas, es si esos números implican mucho o poco. Muchas veces para responder esa primera pregunta es necesario hacerse otra: ¿se está gastando más o menos en relación a otros países y a otros momentos de la vida política del mismo país? Uno de los centros de investigación más serios en términos de análisis de gastos militares es el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI por sus siglas en inglés). El centro no sólo recopila información sino que la sistematiza y la transparente a través de una base de datos abierta. Si con la información disponible en esa herramienta se elabora un cuadro del gasto en la región, se descubre que tanto Venezuela como Brasil gastaron en 2008 menos de la mitad que los dos países más gastadores de la región, que fueron Chile y Colombia. Si se dejan de lado los porcentajes y se miran las cifras en términos absolutos, el gasto militar de Venezuela fue tres veces menor que el de Colombia.

En el caso de la compra de Brasil a Francia (o a Francia y a quien sea de los otros dos potenciales proveedores a quienes le adquiera los cazas) un reportaje del diario Folha de San Pablo publicado la semana pasada señala que sólo India puede compararse (compraría 11 mil millones de dólares en aviones en breve), aunque se aclara que lo que gastará Brasil en 20 años equivale a 10 días del presupuesto militar estadounidense de 2008.

LOS GASTOS DE CHAVEZ La otra sensación que queda luego de los alardes de Chávez, es que el gobierno bolivariano ha aumentado el gasto militar de su país. Esa también es una sensación equivocada. Mientras Chávez ha estado en el poder, de 1999 a la fecha, los gastos militares han representado un promedio anual del 1,4 por ciento del crecimiento del producto bruto interno (PBI) de Venezuela, mientras que en la década anterior, entre 1991 y 1998, el promedio anual era de 1,86 %. Incluso el año 2006, cuando a raíz de la compra de aviones de combate rusos la gráfica chavista tuvo un leve repunte (1,6), el porcentaje estuvo por debajo del promedio de lo que gastaban los gobiernos anteriores. Con la nueva compra que anunció Chávez para fines de este año y comienzos del próximo, es probable que estos números aumenten, pero aunque dupliquen los de 2008, igual seguirán siendo bastante menos que el 4 % colombiano.

Ocurre que en términos de gastos y presupuesto todo es relativo. Por ejemplo este martes 15, el diario mexicano La Jornada destacaba que los 2200 millones de dólares que Venezuela planifica gastar en la compra de tanques y defensas antiáreas rusas, y que tanto preocuparon esta semana a Estados Unidos, son apenas un tercio de lo que Washington ha gastado en la última década para fortalecer a Colombia (en la foto, el presidente Álvaro Uribe).

Si lo que se toma en cuenta no son los gastos militares en general, sino sólo la compra de armas, durante la “década chavista” (de 1999 a esta parte), Venezuela está en segundo lugar en América del Sur y en el puesto 25 en el mundo**. El líder regional en el acumulado es Chile, que está en el número 18 en el mundo, Brasil es tercero (29 en el mundo) y Colombia cuarto (44 en el mundo).

Pero las carreras no sólo necesitan corredores, sino también proveedores, y en este campo, los dos principales actores siguen siendo Estados Unidos y Rusia. El primero lidera el ranking*** con 6.159 millones de dólares vendidos, en tanto que los rusos, en un segundo puesto, facturaron 5.953. El principal exportador sudamericano no es Brasil sino Chile. El gobierno de Bachelet vende armas por 133 millones de dólares, mientras que Lula no ha logrado ingresar más que 48 millones en 2008.

RECUADRO
Gastos militares


País Millones de Dólares % del crecimiento del PBI
Brasil 15.477 1,5
Chile 4.778 3,4
Colombia 6.568 4
EEUU 548.531 4
Perú 1.301 1,2
México 3.938 0,4
Rusia 38.238 3,5
Venezuela 1.987 1,3


* La foto de Lula en el avión fue tomada de Defesanet.
** Indicador de valor de compra de armamento correspondiente a 2008, elaborado por el SIPRI.
*** Indicador de valor de exportación de armamento correspondiente a 2008, elaborado por el SIPRI.



Fuente: Elaboración propia a partir de datos del SIPRI.


(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 18 de setiembre de 2009)

Etiquetas: , , ,


Pulse­ aquí para leer el artículo completo

16 septiembre 2009

El periodista que soñaba con una novela que fuera un seguro de retiro

Cada día, después de su trabajo, Stieg Larsson se dedicaba a la revista Millenium. Un medio mensual, independiente, con el acento puesto en la investigación. Podía describir su redacción con los ojos cerrados y acertar cada noche el orden en que habían quedado las tazas para el café –cada una con el logo de un partido político didferente- prolijamente desordenadas desde la noche anterior. Al cabo de un tiempo, no mucho tiempo, los acontecimientos se fueron acumulando a la par que los números de Milenium ya iban conformando un montoncito que no podía ignorarse, al punto que la redacción fue pasando de la estrechez económica al éxito. Pero en ese viaje también tuvieron que afrontar momentos duros, más que duros en algunos casos.

Algunas tapas llegaron a ser emblemáticas, como aquella que terminó con su redactor jefe en la cárcel por difamación, aunque luego se demostraría que todo, desde el soplo incial hasta buena parte de las pruebas, eran un montaje para acallarlo. Más de una vez, por las tardes, mientras escribía algunos de sus artículos sobre grupos neonazis suecos y se tomaba un descanso de Millenium, Stieg Larsson se estiraba en la silla, apoyaba la cabeza sobre el borde del respaldo, y repasaba mentalmene el aspecto de aquella tapa. Cada vez que lo hacía le cambiaba algún detalle, la paleta de colores, el título, el lugar donde estaba ubicado el logo de Milenium, o incluso –y esto ocurría cuando estaba particularmente de mal humor- se animaba con modiicaciones más radicales y eliminaba la foto del empresario corrupto que la ocupaba en un primer plano y colocaba en su lugar un dibujo, una caricatura que acentuaba sus rasgos más desagradables. Podía hacerlo porque esa tapa no existía en ningún otro lugar que no fuera su imaginación. Todo lo relacionado a Millenium, que con el paso del tiempo se había convertido en una de las revistas más influyentes de la prensa sueca, no era otra cosa que caracteres en un archivo de su computadora. No había tazas para el café, ni desorden, ni redactor jefe. Millenium, que tal vez tenía como modelo la revista imposible en la que a Stiegg Larsson le hubiera gustado trabajar, era el mundo paralelo en el que se sumergía por las noches, un mundo cuyos andamios estaban formados de comida chatarra, bebidas colas y litros de café con sabor a viejo. Un mundo que apenas se apagaba cuando el cansancio lo obligaba a salvar los cambios y dejarlo suspendido hasta la noche siguiente. Pero era su seguro de retiro. Así se lo decía a su mujer, casi a modo de disculpa, cuando le explicaba la razón por la cual pasaba tantas horas encerrado en esa redacción imaginaria.

LA TRILOGÍA En torno a esa revista Stiegg Larsson construyó una historia de serie negra en tres tomos intimidantemente gruesos. La trilogía se llama Millenium y es un acierto editorial que así sea, ya que los títulos son tan largos como la novela que anuncian: Los hombres que no amaban a las mujeres (el mejor), La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (el más flojo, pero igualmente un buen libro); y La princesa del palacio de las corrientes de aire (recupera volumen de juego). La palabra novela está en singular porque los tres libros son precisamente eso, una sola novela. Es cierto que pueden llegar a leerse por separado, pero el conjunto no tiene solamente “un espíritu en común” al estilo –pongamos por caso- de la Trilogía de Nueva York, de Paul Auster. El conjunto es una historia que empieza en el primer libro y concluye en el tercero. Al menos podría decirse que concluye ahí, ya que de hecho termina como lo hacen todas las cosas, por sorpresa biológica. Probablemente a esta altura el lector ya lo sabe: Stiegg Larsson no encontró en Millenium el seguro de retiro. Es cierto que la serie se convirtió desde el primer día en un éxito de ventas, éxito que luego se volvió mundial, quitandole el sueño a los traductores que debieron digerir, procesar y más o menos traducir una montaña de páginas en desigual carrera contra los lectores que iban devorando cada tomo a un ritmo harrypotteriano, pero nada de eso pudo ser visto por Larsson, quien murió de un infarto (mucha comida chatarra, mucho sedentarismo, poco sueño) antes que el primer tomo saliera de la imprenta. El hecho le agrega morbo a la historia y le da ese carácter peculiar, casi de incunable virtual, que tiene todo libro escrito por un autor que ya no vive, en especial si ese libro es un libro que podría –hipotéticamente- haber tenido una continuación. Y es sabido que los autores que ya han muerto, salvo Sandor Marai, no siguen escribiendo. Pero más allá de estos detalles, de una importancia radical para su autor pero necesariamente anecdóticos para el libro como mundo autónomo, la trilogía es una atrapante novela de serie negra.

EL VIAJE. El protagonista no es un policía, ni un investigador privado, ni un fiscal, ni uno de los tan de moda forenses o psíquicos, sino que se trata de un periodista. Esto hace que su lógica sea distinta. Sus lealtades también. Debe proteger, antes que nada, a sus fuentes. No hay secreto de confesión que equivalga a ese compromiso y el protagonista actúa en consecuencia. Aunque en cada tomo pasan “casas diferentes”, los tres son necesarios para comprender y seguir la conformación de los personajes. En el primero descubren su personalidad, y en el camino se enfrentan a una tarea hercúlea, que es la que los forja en sus relaciones y en una “maduración” que no tiene que ver con la edad sino con ser algo más abstracto y que podríamos definir como “ser dueños de los propios actos”. En el segundo la tarea es más dura todavía, pero los personajes ya han configurado sus rasgos de personalidad, por lo que en cierta forma todo resulta algo (apenas algo) más previsible, aunque les cuesta mucho más caro. En el tercero Larsson por suerte abandona la necesidad de poner al nuevo lector al tanto de lo que ocurrió en el tomo anterior y lo aborda directamente como una continuación de la historia, por lo que se vuelve, para llamarlo de algún modo, el momento del desenlace. Para permitir a sus personajes transitar este largo viaje, esta salida del capullo, Stiegg Larsson crea un camino prolijamente señalizado, les da tiempo, y va generando una serie de marcas o señales que a lo largo del grueso primer tomo van adquiriendo sentido.

La historia está tan bien contada y su lógica parece tan articulada, que el lector comprende –más o menos por la página 400 de las casi 3000 que forman la obra completa- que el tiempo que se ha tomado Larsson para ir contando la historia es imprescindible. Puede seguir entonces disfrutando con cierta tranquilidad lo que le quedan por delante, seguro de que lo que obtendrá al final, en términos de anécdota, podrían habérselo contado en un libro cinco veces menos extenso. A partir de ahí el grosor del libro (de los libros) juega a su favor. ¿Importa la historia del cirujano que en un determinado momento del tercer tomo sacará una bala del cerebro de uno de los personajes? En el modelo de “averigüe quién es el culpable”, ni siquiera importaría si la bala la quita un cirujano o un curandero filipino. Pero en la lógica que prepara para su novela Stiegg Larsson, saber quién es ese cirujano, conocer el modo en que llegó a ese quirófano y qué tanto le importa si quien está en la mesa de operaciones es culpable o inocente de los delitos por los que supuestamente le están buscando, resulta decisivo. En Millenium no hay un culpable ni un delito. Hay “problemas”. El problema del maltrato a la mujer. El problema de la corrupción. El problema de los grupos de odio. El problema de la trata de blancas. El problema de los servicios de inteligencia que actúan sin control de los poderes institucionales. Cada problema tiene muchos delitos que se cometen en su seno. Muchos culpables. Hay delitos y culpables que involucran más de un problema. Los que son inocentes de algo son culpables de otra cosa. Hay, claro, cuatro o cinco pilares (todos personajes secundarios) que son éticamente modélicos. Todos ellos, sin embargo, son figuras “incompletas” en algún sentido. Pese a esta escasez de “personajes sin fisuras”, la novela no cae en el riesgo del “todo vale”. Los protagonistas tienen códigos, intentan actuar “de un modo moral”, pero no les resulta fácil hacerlo. Parece, en cierto momento, que Larsson quiere hablarnos de la Suecia de su tiempo y que lo hace a través de una novela que podría llamarse de serie negra. Pero en otros momentos hay tensión, intriga, un relato con nervio sobre una pelea en la que dos o tres personajes se juegan la vida. ¿Cuál de los dos platos de la balanza pesa más? Probablemente la respuesta sea que Millenium es, en efecto, “un fresco de la sociedad de su tiempo” (donde ni siquiera falta el misterio Olof Palme, el caso JFK de los suecos) pero el proceso por el cual se llega a ese resultado es un intresantísimo ejercicio de literatura policial.


Larssen vs Mankell

Cuando se habla de un policial sueco se piensa, inmediatamente, en Henning Mankell y su comisario Kurt Wallander. La trilogía de Larssen tiene algunos puntos de contacto, pero muchas diferencias. Mankell presenta una estructura más clásica, una prosa más previsible y cuidada, y tiene un protagonista más sólido que el que logró crear su colega. Larssen le gana en tensión, en crudeza (a veces), y sobre todo en la audacia de jugarse por una novela que no le tenga miedo a ser extensa y salir airosa del intento. Se parecen en los temas que abordan, completamente “societales”, donde lo que pesa no es la maldad individual de un criminal aislado, sino tramas y males sistémicos.
Los protagonistas de ambas sagas ya tienen, además, un rostro. La primera parte de la trilogía Millenium acaba de aparecer en las pantallas de España, con éxito previsible, de la mano de Yellow Bird, una productora que también fue responsable de algunas de las adaptaciones de Mankell. En este terreno Wallander lleva una delantera considerable. El comisario ya ha tenido tres rostros diferentes: el primero –y mejor logrado- fue el del paquidérmico Rolf Lassgard. El segundo rostro fue el del anodino Krister Henriksson, para una serie de televisión en la cual no se adaptaban novelas de Mankell sino historias inspiradas en sus personajes. En este caso los actores secundarios, en especial Ola Rapace en el rol de Stefan Lindman, son los que hacen un mejor trabajo. La versión más reciente es la de la BBC (atento Invernizzi) con Kenneth Branagh en el rol protagónico. Son sólo tres las novelas adaptadas por la televisión pública británica en 2008, pero el resultado está incluso por encima de su estándar habitual de calidad.

Artículo de Roberto López Belloso, publicado en Brecha en setiembre de 2009.

Pulse­ aquí para leer el artículo completo

25 julio 2009

Una mirada sobre Ismail Kadaré


Prishtina, la capital de Kosovo, es una ciudad que no llega a ser kafkiana. Aunque es la capital de un país en vías de reconocimiento, su ritmo es indudablemente provinciano. El olor ácido de la envejecida central eléctrica que recuerda los años del socialismo real, se contradice con el olor a grasa chamuscada que sale de los locales de comidas rápidas, con los que se pretende reafirmar la alianza con Occidente. Unos quilómetros al norte, el puente de Mitrovica separa los barrios albaneses de los serbios. El puente roto, dividido, ha sido siempre una metáfora de los Balcanes. Puentes que recuerdan, en su tensión metálica o de hormigón, que hay dos orillas y que esas dos orillas, que podrían estar unidas, están quebradas la una para la otra. La obra de Kadaré también tiene su puente.

Con sus limitaciones incluso podría decirse que es una obra que se planteó a sí misma como puente, entre la tradición occidental y el aislamiento de Albania (El expediente H), entre la Albania que todavía no estaba aislada y el resto del campo socialista (Los dioses de la estepa), entre el carácter cristiano originario y el bando musulmán finalmente escogido en los cinco siglos de dominio turco (Los tambores de la lluvia). Aunque los puentes concretos de Kadaré, por ejemplo el de la novela El puente de tres arcos, tienen menos de la épica de El puente sobre el Drina del yugoslavo Ivo Andric y, al menos a primera vista, son a su vez un puente con otras construcciones metafóricas, como la muralla china, de Kafka. Podría decirse de ese modo si el adjetivo kafkiano, tantas veces usado para la obra de Kadaré, no le quedara algo grande a un autor tan desparejo como el albanés. En cierta forma Kadaré es a Kafka lo que el alma de Prishtina al alma de Praga. Una versión menor pero que no por eso deja de ser un recordatorio, una referencia.

El Príncipe de Asturias de este año es un reconocimiento que sabe a poco para un autor que en el 2000 era señalado como casi seguro candidato al Nobel., y que le llega una década después de terminada la guerra de Kosovo, a consecuencia de la cual todavía hay 3000 albanokosovares y de 800 serbokosovares desaparecidos. Es difícil tener ese dato ante los ojos y no pensar en algunas de las novelas de Kadaré donde el mundo de los muertos que interactúa con el de los vivos para cuestionarlo, para ayudarlo a mirarse sin velos, para darle valor o aleccionarlo. Puede ser, por supuesto, el hermano que sale de su tumba y hace una larga travesía para cumplir con la “besa”, esa sagrada palabra empeñada del ámbito balcánico, y que es el eje de El viaje nupcial, pera también la batalla casi surrealista que libra el protagonista de El general del ejército muerto, que intenta encontrar los cuerpos de los soldados que murieron en una guerra indefinida que parece que acaba de terminar, pero que en realidad no terminará nunca hasta que él encuentre la última tumba sin nombre del último soldado anónimo.

Sin embargo, es en Spiritus donde este diálogo entre muertos y vivos adquiere su voz mejor lograda. Como casi todas las novelas de Kadaré esta es despareja, contiene momentos brillantes y otros que parecen haberse escrito de apuro, y obliga a superar unas primeras páginas que son lo suficientemente maniqueas como para desalentar a cualquier lector riguroso. Pero es necesario seguir adelante, como hacen los personajes de Kadaré. A medida que el lector se interna en el libro encuentra esa combinación típicamente kadaretiana de trama policial, literatura fantástica y novela política. Algo tan concreto como el miedo a una dictadura, en la narrativa de Kadaré se deconstruye, se vuelve un gas (en el sentido que le da Christian Ferrer a las nuevas formas de dominación de la era posindustrial) y se cuela en todas partes, al punto que también la resistencia puede volverse incorpórea y los servicios de seguridad pueden encontrarse, de pronto, persiguiendo la huella de una voz en una grabación sin saber si es la voz de alguien vivo o del hombre que acaban de matar. En esas circunstancias, los pequeños micrófonos que se instalan en las solapas de los abrigos en la ropería de un teatro donde está teniendo lugar la representación de una obra de Chejov, se vuelven fetiches animados.

Pese a lo desparejo, pese a la sobreproducción, pese incluso a cierta necesidad de “trabajar de escritor” en un medio hostil, Kadaré, al menos literariamente, nunca se traicionó a sí mismo. Y lo que no es poco, prohijó un puñado de libros que cualquiera puede leer con la seguridad de que le dejarán con la sensación de estar ante libros únicos y potentes. La maestría de Kadaré está en cómo en todos sus libros, los buenos y los menores, logra mantener un estilo, un tono, en escenarios tan disímiles como la Albania del régimen de Enver Hoxa en plena doble guerra fría (la de Occidente con la Unión Soviética pero también esa de menor duración –pero en la que los albaneses quedaron congelados como si no se hubieran enterado de su final- entre soviéticos y chinos) o la larga noche de la resistencia balcánica a la dominación turca. No hay duda de que Kadaré hizo más libros de los que debía en caso de que quisiera atenerse a un concepto de “obra sólida”. Nada menos rulfiano que la catarata de libros que con ritmo de best seller produjo Kadaré durante la mayor parte de sus años de “escritor en activo”. La razón puede encontrarse en el modo en que los regímenes autoritarios de Europa del Este coptaban a los escritores, les borraban sus aristas más críticas y los ponían (con una combinación a veces sutil y a veces burda de amenazas y lisonjas) a “trabajar de escritores”. Entonces pasar un año sin producir podía implicar perder el empleo, o sea, todo. Por eso Kadaré era aceptado. Por supuesto que era una presencia incómoda porque escribía con cierto aire que daba la posibilidad del siempre peligroso doble sentido, pero necesaria por el modo en que daba una voz literaria a la nación albanesa, esa que Hoxa quería exaltar no sólo por tic de gobernante autoritario sino para levantar una “peculiaridad nacional” frente a la generalización internacionalista que dominaba en las partituras que desde Moscú se quería hacer tocar.

Si Hoxa estaba haciendo una experiencia política paranoica, sociopática y aislada, no sólo necesitaba casamatas de hormigón sino también casamatas que actuaran a nivel de lo simbólico. Pero incluso en esos contextos los servicios de control político ejercían con maestría una de las funciones que históricamente se les ha dado mejor: la crítica literaria. No extraña entonces que uno de sus mejores libros, El Palacio de los sueños, haya sido prohibido cuando ya estaba en las librerías, debido a que alguno de los funcionarios de Hoxa encontró en sus páginas lo que efectivamente había: una crítica dura a un régimen sin alma.

Probablemente si en vez de haber nacido en Albania lo hubiera hecho en el seno de una familia serbia o montenegrina, la tonalidad de su literatura hubiera tendido naturalmente hacia la épica. La tragedia de su pueblo que refleja en sus libros, nunca es la epopeya de Migraciones de Milos Cernianski, el mayor novelista serbio. Mientras en Cernianski los derroteros individuales apenas son un medio para narrar la singladura de un pueblo, en Kadaré lo colectivo es una luz que permite mostrar de un modo diferente los claroscuros de la peripecia individual. Si en El viaje nupcial todo se construye en torno a la palabra que un hijo da a su madre de que irá a buscar a la hija pródiga y la traerá de regreso, y ni siquiera la muerte podrá contra el valor de esa promesa, en Tres cantos fúnebres por Kosovo la “besa” es una “besa étnica”, esa palabra que se empeña desde antes de la cuna sólo por haber nacido de un lado u otro en la interminable repetición de la batalla de 1389, esa que “del otro lado” lleva a los serbios a no olvidar la derrota porque olvidarla sería olvidarse como serbios. Los rapsodas de Tres cantos saben que esa batalla en la que los turcos derrotaron a los serbios y empezaron un dominio de cinco siglos, que también fue dominio del islam sobre la cristiandad, dejó el drama y la épica para los serbios y le reservó a los albaneses un destino trágico. Pudieron prosperar bajo el dominio turco (El palacio de los sueños es una excelente novela sobre una familia de visires albaneses al servicio de los otomanos) a pesar de mantener como héroe nacional a un caballero rebelde contra esos mismos turcos (Kadaré también tuvo tiempo para este momento histórico en Los tambores de la lluvia, una obra menor). Kadaré no olvida que haber estado del lado de los otomanos fue también un gesto de sobrevivencia. “Qué oscura niebla nos envuelve, levantaos albaneses o Kosovo se lo queda el eslavo” dice el rapsoda de Tres cantos, como contracara de la otra mirada, que él mismo es el que canta cuando había dicho, instantes antes, ”espesa niebla cubre el campo de los Mirlos; alzaos serbios, los albaneses nos arrebatan Kosovo”.

Etiquetas: ,


Pulse­ aquí para leer el artículo completo

31 diciembre 2008

50 años de la Revolución Cubana

El 1 de enero de 1959 se produjo el triunfo de la revolución cubana. Una semana después entraba Fidel Castro a La Habana, en su larga marcha desde la Sierra Maestra.

“Y, de repente, en torno a las once de la mañana, las estaciones de radio se concertaron. Una noticia, una sola, aún exenta de pormenores, exasperante en la reiteración de lo mismo, entraba en todas partes: Batista se había fugado de Cuba en la medianoche anterior y los fabulosos chivúos de la Sierra Maestra entrarían en La Habana aquel mismo día, en un épico estruendo de carros de asalto, tanques y caballos (…) Ahora, lo que casi era espejismo, cosa de conseja y romance, se nos ha instalado en lo cotidiano, haciéndose inmediato y comprobable”. (Alejo Carpentier, La consagración de la primavera).


Pulse­ aquí para leer el artículo completo

19 noviembre 2008

Inside Story - Crisis in DR Congo - Nov2008

Debate en los estudios de Al Jazeera. En inglés.


Pulse­ aquí para leer el artículo completo

21 octubre 2008

Emir Kusturica Le Temps des Gitans - punk opera

19 octubre 2008

Kusturica en Montevideo

Primero retó a duelo a un radical serbio por querer expulsar a los croatas del parlamento yugoslavo, y después defendió a los serbios contra los ataques de la otan y contra la parcialidad del tribunal de La Haya. Hizo una película guionada por un monárquico, Underground, en cuya entrelínea muchos vieron las tesis del destino manifiesto de Serbia, ejemplificadas en aquella escena final del trozo de tierra que se separaba, como posibilidad de una isla, del revenido Gondwana titista. Pero después hizo otra, La vida es un milagro, deliciosamente yugonostálgica. Primero se alió musicalmente con Goran Bregovic (criticado por los puristas, que consideraban que el músico de bodas y funerales hacía “demasiado mixed”) pero luego volvió a las fuentes y –sin llegar al punk de la primera juventud– la gran bestia pop balcánica empezó a musicalizar sus películas con una banda más auténtica, la No Smoking Orchestra.

Con Kusturica este 17 de octubre llega a Montevideo, inevitablemente, la complejidad de la ex Yugoslavia. Para ejemplificarlo basta el dato fundacional de su biografía: Kusturica es un serbio nacido –como yugoslavo– en Sarajevo. La capital de Bosnia-Herzegovina sigue siendo una ciudad dividida. La Berlín balcánica no tiene un muro de concreto sino de letras, ya que del lado bosniomusulmán se escribe en caracteres latinos, y en los barrios serbios se usan los caracteres cirílicos. No es artificio, los taxistas saben muy bien lo que es llevar un viaje de un lado a otro. Alfabeto, historia, religión: tres divisorias para una ciudad en la que lo poco en común es, paradójicamente, lo que siempre se ha dicho que la separa: el origen étnico de sus habitantes. Tanto serbobosnios como bosniomusulmanes son eslavos, sólo que algunos fueron obligados a convertirse al islam en los siglos de dominio otomano, ya sea por la fuerza de la espada o del recaudador de impuestos.
Ese país que por tres veces se llamó Yugoslavia (la monárquica primero, la socialista de Tito después, y la versión jibarizada de fines de los años noventa) ahora está separado en seis países más uno. Están Eslovenia, Macedonia, Croacia, Montenegro, Serbia y Bosnia-Herzegovina. Este último en la realidad son dos entidades: la Federación Bosnia (integrada por bosniocroatas y bosniomusulmanes) y la República Serbia de Bosnia (un país que, formalmente, no existe, pero que es muy real). También está Kosovo, pero eso es harina de otro costal.
En una combinación de ese tipo, en la que las fronteras separan de verdad, y donde un idioma de tronco común (el serbocroata) se ha venido destilando en el alambique del nacionalismo para extraer un idioma distinto por cada nuevo país, es lógico que los artistas, que trabajan con la sensibilidad y suelen ser más sensatos que los generales, estén hartos y se alejen de lo políticamente correcto. Kusturica no es una excepción.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 17 de octubre de 2008)

Pulse­ aquí para leer el artículo completo