01 septiembre 2006

La seda y el uranio

La visita que la semana pasada realizó a dos ex repúblicas soviéticas el primer ministro japonés, Junichiro Koizumi, es el corolario de la más reciente ofensiva de la llamada “diplomacia de la seda”. Se trata de la atención política y comercial que Tokio tiene colocada sobre Asia Central con el objetivo de abrir rutas para productos que hoy son tan preciados como lo era la seda en tiempos de los hermanos Polo y su famoso sobrino: petróleo y uranio.

Precisamente, uno de los resultados concretos de esta gira, la primera de un jefe de gobierno japonés, fue el acuerdo firmado con Kazakhstán para proveerse de uranio. Aunque Japón no está solo en la carrera por el uranio kazajo. Según recuerda Kyoko Hasegawa en un artículo publicado en el Industry Week, la principal empresa nuclear rusa ya tiene un acuerdo con Kazakhstan para comercializar uranio en conjunto, una alianza que reviste carácter estratégico para la estatal Kazatomprom, ya que el socio ruso se encarga de tratar el mineral volviéndolo uranio enriquecido y aumentando su valor. Kazakhstán también aloja en su subsuelo la octava reserva petrolera del mundo. En ese campo China se aseguró un oleoducto que le proveerá de un sexto de sus necesidades de petróleo, en directa competencia con Estados Unidos, ya que Washington consiguió construir una ruta segura para que el petróleo del Caspio evite pasar por Rusia e Irán.

La siguiente escala en el viaje de Koizumi lo llevó a pisar suelo uzbeko, donde también obtuvo buenos resultados. Según destacan los cables de agencias internacionales, el presidente anfitrión, Islam Karímov (foto), aseguró que "Uzbekistán está dispuesto a ofrecer a Japón sus materias primas, especialmente el mineral de uranio". Pero no es uranio todo lo que reluce. El historial negativo de uzbecos y kazajos en el campo del respeto a las libertades civiles ha enturbiado en algo los éxitos diplomáticos japoneses. Hugh Barnes, del Foreign Policy Centre, calificó el acercamiento japonés como “puramente pragmático” y, en declaraciones a la BBC británica, se manifestó escéptico sobre el efecto positivo que esta “apertura al mundo” pueda traer para los derechos humanos en la región.

Más allá de esto, lo cierto es que Japón está tan sediento de minerales estratégicos para su matriz energética como lo están China y Estados Unidos. Desde 2004 el interés japonés viene generando foros internacionales para poder manifestarse en un ambiente de cooperación donde el carácter de donante principal que tiene Japón para varios proyectos de desarrollo en Asia Central (2500 millones de dólares desde la caída de la Unión Soviética) se conjugue con su intención de asegurarse recursos naturales. Sin embargo, también en este campo corre en desventaja en relación con Rusia y China, países que lideran el cada vez más influyente Organización de Cooperación de Shangai.

Una búsqueda de incidir en las codiciadas ex repúblicas soviéticas que para los japoneses parece algo casi tan difícil como fue para los chinos llevar adelante la expedición del General Qiang, a quien el emperador Wu, de la casa Han, envió con cien guerreros de elite a establecer, en el siglo II, una alianza contra los hunos y volvió diezmado. El otro lado de la moneda es que Qiang trajo de su frustrada campaña militar un mapa con posibles acuerdos comerciales que volverían al imperio más fuerte que las armas. Koizumi, cuyo mandato culmina el 20 de setiembre, parece empeñado en dejar no sólo el mapa de la ruta del uranio, sino también en firmar los primeros acuerdos con los socios más incómodos, para evitar ese trago amargo a quien lo suceda, y permitirle pilotar a Japón en su otra singladura estratégica del presente: la búsqueda de un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.


(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 1 de setiembre de 2006)

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