Una vieja historia

Más allá de la crudeza del gesto de Aquiles –a fin de cuentas de eso trata La Ilíada, de la cólera del semidiós–, “volver a matar” al enemigo deshonrando sus restos era parte de la lógica del combate en la antigüedad. Más cerca en el tiempo, los intentos de las sociedades de ir “humanizando” las guerras (si cabe el concepto) no han podido desterrar por completo el ensañamiento con el vencido. Los avances técnicos han ido colaborando con esa burbuja de crueldad, al generar los medios para conservar trofeos y exhibirlos. Desde la palabra escrita –piénsese en las cartas de Ernest Hemingway hechas públicas en 2006, en las que narraba casi con fruición cómo había matado a prisioneros alemanes– hasta la imagen, fija o en movimiento. En la última guerra que se peleó en territorio europeo, la de Bosnia, se encontraron varias fotografías en las que soldados bosniomusulmanes posaban con cabezas de prisioneros serbios que acababan de decapitar. Precisamente en Bosnia, tanto en la ciudad de Mostar como en la capital, Sarajevo, había en 2001 un mercado de venta de insignias arrancadas a los uniformes de los soldados enemigos muertos en combate. La “pornografía de guerra” no es nueva, tampoco es nuevo que una vez más un adelanto técnico, en este caso Internet, sirva para potenciar el exhibicionismo. Lo hacen los marines en Irak y Afganistán, y también lo hacen los islamistas que combaten a esos marines. Los videos en los que cortan la garganta con un cuchillo de destazar corderos a un “infiel” atado de pies y manos, y que luego ponen a circular en Internet o venden en los mercados de ciudades de Oriente Medio, forman parte de esta cibercrueldad.
(Apunte de RLB publicado en el semanario Brecha el 30 de julio de 2010)
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