29 marzo 2008

Cuba: regente sin delfín

La sucesión del capital simbólico de Fidel sigue siendo un tema pendiente. En el ámbito interno, Raúl Castro tendrá que generar, con su regencia, las condiciones para el recambio generacional. Por fuera, Hugo Chávez apunta a consolidar el papel que ha venido construyendo trabajosamente.

En la casona señorial de La Habana suena, como fuera de sitio, un tango. Un grupo de parroquianos escucha al cantante, un hombre de unos 40 años y pelo recogido en coleta, y aplauden con entusiasmo. El centro de la reunión, sin embargo, no es ninguno de los músicos. Sentado en un escalón a ras del suelo –“porque todavía no tenemos sillas suficientes”–, su actitud contradice el uniforme verdeolivo y el pecho cargado de condecoraciones. Es el timonel del Granma, Norberto Collado. Prefiere hablar de tango antes que de su personaje de héroe –“sí, en los aniversarios me sacan en procesión”– y contar que si la historia no se hubiera cruzado en su camino habría aprovechado la ocasión de convertirse en cantante. Ganó un concurso en Nueva York y estuvo a punto de iniciar una carrera en los clubes nocturnos de esa ciudad, pero llegó la Segunda Guerra Mundial y se alistó en la marina. Fue tripulante de un barco especializado en cazar submarinos nazis.

Su carácter de leyenda le ha atribuido dosis de facultades sobrehumanas, y la biografía oficial asegura que su oído extraordinario fue lo que le permitió destacar en la detección de los esquivos enemigos. “A veces no era más que suerte”, se defiende. Luego es historia conocida. Su encuentro con Fidel y su travesía llevando el timón del yate en el que los rebeldes desembarcaron en Cuba para iniciar una revolución que cambiaría la historia. Los parroquianos han formado un círculo a su alrededor y aprovechan la presencia del forastero para escuchar otra vez la historia de Collado. Cuando se da cuenta, cambia de tema y pregunta: “¿Usted dónde cree que nació Gardel?, porque en mi opinión era uruguayo”.

La biografía oficial de Collado, escrita diez años después de ese encuentro, tiene una frase que no es difícil imaginar como cierta: “si Fidel me lo pide volvería a pilotar ese barco e iría donde él me dijera”. La primera pregunta que surge para hacerle 12 años después, en una hipotética continuación imposible de aquella conversación del año 96, es si también volvería a pilotar ese barco si quien se lo pidiera fuera Raúl Castro.

HEREDEROS. El retiro político de Fidel ha generado esa duda en todos aquellos que han tenido alguna vinculación con Cuba o los cubanos al margen de los discursos oficiales. En esos casos siempre quedaba la sensación de que había muchas críticas a la situación imperante, pero que a salvo de todo, y como una garantía de que la tormenta se superaría, estaba la figura inmaculada de Fidel. Ahora que no está al mando queda la incógnita de cómo se irán negociando cada una de las contradicciones individuales y colectivas derivadas de las diversas dificultades por las que ha pasado el proceso político cubano, y que hasta ahora tenían como solución –biológicamente provisoria– la presencia de un líder.

Da la sensación de que Fidel no deja un heredero sino un regente. Hasta por razones de edad, Raúl Castro no puede ser quien conduzca el futuro de Cuba. Lo que le falta de carisma dicen que lo tiene de flexible. En todo caso, se suma a la larga lista de familiares que toman el relevo de líderes demasiado fuertes como para ser sucedidos por una figura de peso, ya que su propia fuerza es la que dificulta el crecimiento de otros liderazgos a su sombra. Vedado el parricidio político, al regente le cabe ahora generar las condiciones para que rápidamente surjan las figuras de recambio. Su carácter de familiar cercanísimo le proporciona una atávica, aunque provisoria, transferencia del poder simbólico del líder, sobre todo mientras Fidel se mantenga retirado pero presente.

ORIXÁS. Por estos días otra historia vinculada a Cuba y a herencias políticas y simbólicas tuvo su porción de titulares. Mucho más reducida, por supuesto. En Venezuela, el presidente Hugo Chávez habría ordenado una investigación sobre la muerte de Simón Bolívar, ante versiones de que el Libertador fue asesinado. Esto implicaría la necesidad de exhumar sus restos. Los críticos de Chávez dicen que lo que en verdad está buscando es cumplir con la receta de los sacerdotes de cultos afrocubanos a quienes consulta habitualmente, que le habrían dicho que debe tocar los restos de Bolívar con sus propias manos para incorporar su espíritu. Lo rebuscado de esa historia, con más de Dimensión desconocida que de El general en su laberinto, entronca perfectamente con el problema de la sucesión simbólica.

Hay dos sucesiones de Fidel. Una en la interna cubana, otra en la interna de la izquierda latinoamericana. Las visitas a Fidel, los cantos, las fotos en común, los encuentros filmados, han ido situando a Chávez en una posición de heredero de Castro en esa segunda sucesión simbólica. Aunque quede la sensación de una herencia buscada por el heredero con insistencia, es indudable el nexo. Si además en cada viaje –la leyenda dixit– Chávez aprovechaba el vuelo para consultar a los intermediarios de la espiritualidad afrocubana y conectar –desde Cuba– con el espíritu de Bolívar, el corpus simbólico del bolivarianismo cierra a la perfección.

Si en el interior de Cuba el regente tiene que generar sus propios delfines, es en el ámbito regional donde el delfín tiene que administrar una sucesión que, al haber sido buscada por él mismo, tendrá el talón de Aquiles de no ser unánimemente aceptada. Estarán los que asuman la tranquilizadora situación de que se retiró Fidel pero queda Chávez, y también habrá quienes vean un cuadro de oportunismo político en el venezolano. Tras tocar la barba de Fidel busca ahora tocar los huesos de Bolívar, dirán. Lo cierto es que todos, hasta el mandatario brasileño Lula da Silva, quisieron aprovechar y tomar su foto junto al Cid mientras todavía estuviera en la montura de Babieca. Ahora que Fidel ha vuelto permanente el provisorio vestuario de equipo deportivo, serán los hechos políticos –sobre todo dentro de Cuba– los que empezarán a poner las cosas en su sitio. Al otro lado de la estrecha franja de mar turquesa, las elecciones estadounidenses de noviembre (y antes que eso las internas demócratas) también influirán en el curso de los acontecimientos. (Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 29 de febrero de 2008)