27 enero 2004

Cuando sólo sirve un empate

La crisis política iraní que enfrenta a conservadores y reformistas, y que pone a prueba una vez más el modo en que ese país combina democracia y religión, parece moverse en círculos, regresando siempre al mismo punto de bloqueo entre los representantes electos por el pueblo y los órganos teocráticos. Sin embargo, y aunque no lo hace en línea recta, la pulseada avanza hacia una solución que consolidará las posiciones del reformismo. De no ser así, un modelo que podría convertirse en una fórmula para la estabilidad en las difíciles relaciones entre el mundo musulmán y occidente, saldrá seriamente dañado. El sistema se basa en que la elección popular de representantes, y lo que más tarde estos representantes deciden, se encuentra bajo la tutela de los principales líderes religiosos, para garantizar que el país no se aparte de los preceptos del Islam, punto de partida que fue aceptado por conservadores y reformistas. Pero todo punto de partida lleva hacia algún lugar, y como era de esperar, un país con mayoría de jóvenes y voto universal dio por resultado un gobierno reformista. Entonces, la teoría del modelo se vio confrontada con el verdadero desafío que lleva en su interior la idea paradojal de soberanía popular tutelada. Un sistema de controles, pesos y contrapesos, en el que la última palabra no siempre la tienen las urnas. La crisis actual, en cierta medida, no es inesperada, sino que se debe a que el sistema electoral, que necesita fluir a través de canales a veces estrechos, llegó a uno de sus cuellos de botella.
El Consejo de los Guardianes, órgano teocrático formado por los principales clérigos chiitas, tiene el derecho constitucional de aceptar o rechazar a los candidatos que competirán por el favor popular en cada una de las elecciones de ese país. Para los comicios legislativos de este 20 de febrero, los clérigos prohibieron a 3600 postulantes, la gran mayoría reformistas, varios de ellos parlamentarios en funciones que pretendían buscar su reelección. Es lo que podría llamarse una crisis de crecimiento. Los reformistas no habrían sido descalificados si los conservadores no temieran sufrir una nueva derrota electoral. Ahora la pulseada está instalada: varios ministros dimitieron, algunos parlamentarios realizaron protestas, clérigos conservadores advirtieron sobre el uso que pueden hacer “los enemigos de Irán” de una situación como esta, y las voces más republicanistas del reformismo (que en este punto del sistema electoral es minoría) dicen la decisión del Consejo de los Guardianes es constitucional pero contradice otros preceptos igualmente constitucionales .
Cada uno de los bandos ha movido sus piezas. El tablero, aunque parezca estancado, llegó al punto de solución, ya que el único camino que tiene para destrabarse es dejar la partida en tablas. Los reformistas promueven una ley que impida que al Consejo prohibir candidatos que ya habían sido aprobados en oportunidad de elecciones anteriores. Un observador desprevenido podría pensar que es una medida destinada al fracaso, ya que el Consejo de los Guardianes tiene, además, poder de veto sobre todas las leyes. Sin embargo, lo más probable es que en esta ocasión no haga uso de esa facultad. A costa de aceptar que
sus rivales mantengan el actual número de parlamentarios, los conservadores podrían evitar una derrota aplastante ante una oleada de candidatos reformistas . La ley a estudio del Parlamento, le brinda al Consejo una ocasión de empatar una pulseada en la que sólo le sirve el empate. Si los Guardianes de la Fé pierden (y aceptan relegar su derecho constitucional de aprobar o vetar candidatos) o ganan (y dejan a los reformistas sin postulantes), se habrá resentido el núcleo del modelo democrático iraní, que es un equilibrio entre democracia y religión en el que ninguno de los dos componentes asfixia al otro. Manteniendo el modelo, los reformistas tendrán sus bancas, y los conservadores se reservarán la carta de vetar cualquier ley que el nuevo parlamento apruebe. Pero eso será parte del futuro regateo político.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha 27 de enero de 2004)

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