05 agosto 2005

Revolución marca registrada

El fotógrafo cubano Alberto Korda solía bromear sobre todo el dinero que hubiera podido obtener en caso de cobrar derechos de autor por una de las fotografías más célebres que se le tomaron a Ernesto Che Guevara. Con la mirada vagamente perdida en un territorio interior que bien puede tomarse por el lugar de la utopía, esa imagen del Che es la que más se ha reproducido en posters, camisetas y banderas. Pero Korda no registró su imagen.

¿Ante qué registro de propiedad intelectual podría haberlo hecho? No fue sólo desprendimiento ni falta de habilidad para los negocios. Seguramente resultó evidente para Korda que lo que había hecho de esa foto un símbolo iba mucho más allá de su habilidad para el encuadre y el manejo de la luz. Y así fue que aquél rostro del Che captado al caer la tarde después de las honras fúnebres de uno de sus compañeros de ruta –ahí, en ese territorio era que estaba perdida esa mirada que cala hasta los huesos–se fue modificando en una curiosa mecánica cercana al pop art, y se fue adaptando, mutando, hasta quedar resuelta en los trazos arquetípicos que quienes se apropiaron del símbolo del guerrillero heroico dejaron tatuados en el siglo pasado. ¿Dónde poner la caja registradora de esos derechos de autor más que en las improvisadas alcancías de las comisiones de finanzas de los sindicatos, las juventudes políticas, los movimientos sociales, las barras de tribuna?

Pero los tiempos cambian. Hay algo en los países del ex bloque soviético que se apropia violentamente de los códigos occidentales, esos que fueron lo prohibido y lo deseado durante décadas, y que lo hace con tanta decisión que parece que la economía de mercado hubiera estado esperando por aquellos pueblos para, como dijera Lezama, “alcanzar su definición mejor”. Es un algo que también está en esa mezcla de capitalismo salvaje y ecos de la nomenklatura que suele estar en el sustrato más elemental de las mafias rusas, o albanesas. Esa combinación que dio por tierra con varios de los intentos serios de generar condiciones democráticas en sociedades que nunca las habían conocido, fue también uno de los factores que, provocando un rechazo visceral, generó las últimas revueltas civiles de los países que alguna vez estuvieron situados detrás del telón de acero.

La llamada “revolución naranja” de Ucrania fue uno de los movimientos más emblemáticos de esa rebeldía de la sociedad civil. Ahora, que los resultados tal vez fraudulentos de las elecciones de Ucrania fueron revertidos, ahora que el naranja ucraniano es importado por otros movimientos de desobediencia civil con los que tal vez no tenga contacto ideológico alguno (como es el caso de la resistencia de los colonos judíos al plan de desconexión de Gaza), se acaba de descubrir que hay quien puede reclamar derechos de autor por los símbolos de aquella revolución.

El cable de France Press lo dice con tanta claridad que cuesta creerlo: “Andriy, el hijo del presidente ucraniano, Viktor Yushchenko, cuya afición por el lujo es de sobra conocida, ha provocado un escándalo al descubrirse que cobraba derechos de autor por todos los objetos sobre la 'revolución naranja' que llevó a su padre al poder”. Son millones lo que se obtuvo de la venta de camisetas, bufandas, banderas. Mucho dinero para un emprendedor de 19 años (foto) que aprendió rápidamente los beneficios de combinar la economía de mercado con la pertenencia a los círculos del poder.

La explicación oficial es que se registraron los derechos de autor del color naranja y su merchandising asociado para proteger los símbolos “del uso indebido”. Pero nada se ha dicho sobre por qué el registro se hizo a nombre del hijo del presidente, ni sobre dónde está el dinero obtenido del negocio. A los opositores a Yushchenko, por su parte, les queda el consuelo de que aunque finalmente perdieron las elecciones, nadie podrá cobrarles derechos de propiedad por usar la vieja tela roja de los viejos días de gloria.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 5 de Agosto de 2005).

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