10 junio 2005

Razón de extranjería

Las cosas no empezaron demasiado bien. Cuando Juan Díaz de Solís bajó de su patera las autoridades de migración de la época lo recibieron con una flecha en el pecho. Después vinieron la espada y el fuego. Las ciudades y los primeros que iban a poblarlas, entre los que estaba Artigas.

Extramuros nació el criollo. Había tiempo para el saladero y para la cuatrería. Éramos la frontera de España y la defendimos del portugués. Cuando cayó Buenos Aires fuimos a traerla de nuevo a casa y de no haber sido por eso todo el Río de la Plata hubiera sido inglés, lo que tal vez habría significado más libertad y mejor comercio. Error de cálculo podría decirse a no ser por el respeto que merecen los muertos del Cardal. La defendimos también de Napoleón en 1808. Otro error, según opiniones.

Después nos separamos sin crueldad. Hubo clemencia para ellos, que eran una parte nuestra. Tuvimos que empezar a buscar las otras partes para armar el esquivo rompecabezas de la identidad. Pero ni siquiera después de eso les dimos la espalda. El flamante siglo XX castigó al antiguo dueño de América con el hambre y la miseria. El siglo expulsó a sus hijos y aquí los recibimos. Llegaron a quedarse y se quedaron. Llegaron a trabajar y trabajaron. Los amparaba algo más que un Tratado de Amistad y Cooperación firmado en 1870. Vinieron por miles y se quedaron por miles.

Ellos y nosotros nos fuimos haciendo juntos lo que ahora somos, tanto que esas dos formas diferentes de llamarnos –ellos y nosotros- parecía que empezaban a dejar de tener sentido. En la primera mitad del siglo pasado tuvimos que defender de nuevo a España. Esta vez no era Portugal ni Napoleón ni el hambre, sino su propia soldadesca. Volvieron a llegar en barcos. Los refugiados de la República encontraron refugio. Los duros años del franquismo no lograron que España perdiera la memoria. Cuando recuperaron la libertad -que entonces nosotros habíamos perdido- fue una de las tierras que supo recibir el exilio de los uruguayos. Pero la memoria es corta.

Hoy Europa exige olvido. Cada día salen de los aeropuertos de Barajas o Barcelona las noticias de la deportación y el maltrato. Uno de los episodios más recientes recorrió los canales de televisión el martes pasado: a una joven se le impidió todo contacto con quienes la estaban esperando en la sala de arribos del aeropuerto con una carta de invitación que no debería de haber necesitado. Iba de vacaciones por un mes con su pasaporte en regla y un pasaje de ida y vuelta. La encerraron en una habitación sin más derecho que el formalismo de una displicente abogada de oficio que no hizo otra cosa que comunicarle que sería deportada.

El olvido y la ignorancia están detrás de aquellos que expulsan o cierran la puerta en la cara a quienes los habían recibido en su casa durante los duros tiempos del hambre. El olvido y la ignorancia están detrás de quienes defienden o aplican la ley de la frontera en contra de quienes fuimos su frontera. Los juristas dirán si está vigente o no el Tratado de 1870 que en su momento les dio el amparo. Lo que nadie puede decir –ningún gobierno– es que seamos extranjeros en España.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 10 de Junio de 2005).

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