15 julio 2005

Número

Cierto enfoque de la información internacional tiene la tendencia a construir la relevancia de un hecho en función del número de víctimas que causa. De ese modo, el evento único que es la muerte se vuelve –por un curioso eco pitagórico– factor de una operación matemática cuya resultante es uno de los dos componentes que decidirán qué tan importante es una noticia. El otro componente es geográfico: depende del lugar en donde ocurre. Esta semana el número ha estado particularmente presente en la ecuación noticiosa de Occidente.

Inintencionadamente, las primeras planas fueron armando una suerte de aritmética de la muerte que luego fue filtrándose en las conversaciones cotidianas. Así, ante los atentados de Londres del 7 de Julio, hubo quien recordara que periódicamente ocurren episodios similares en el Irak ocupado. Incluso con más muertos, se ha dicho. Las últimas cifras indican que son 39000 las víctimas mortales de esa guerra emprendida por Estados Unidos y sus aliados en el marco de la lucha global contra el terrorismo y ese número, plagado de ceros que recuerdan el tetraktys griego que hacía del 10 el sinónimo de lo perfecto, ha llegado a exhibirse como contracara de la cobertura mediática del 7-J, como si quienes perdieron la vida en la capital británica debieran mostrar su caso con pudor. Hasta existe la tentación de la demagogia periodística de preguntar, con aparente agudeza, por qué las 52 víctimas de Londres ocuparon más espacio informativo que los 44 haitianos que por la misma fecha murieron a causa del pasaje del Huracán Dennis por su país.

Definir la relevancia periodística de un episodio en base al número de sus víctimas es una lógica que conduce al callejón sin salida de la desinformación. Lo que define la importancia de los atentados de Londres no es la cantidad de personas que allí murieron –y la exponencial cantidad de víctimas que se derivan del momento en que se truncan, de manera irreparable, esas vidas que debieron haber continuado su curso–, sino que su importancia está dada por el modo diáfano en que demuestra el error de haber dado una respuesta militar (las invasiones a Iraq y Afganistán) a un episodio que requería una respuesta policial (los atentados del 11 de setiembre de 2001). En Irak, por el contrario, la cotidiana presencia de la palabra atentado le va quitando el carácter de excepcionalidad que hace de un hecho una novedad. Va envolviendo en la niebla de lo repetido esos hechos únicos y excepcionales que ya nadie investiga (porque se conoce el móvil y porque conocer el autor se ha vuelto irrelevante en el marco del prejuzgamiento global: o bien el culpable es el terrorismo islamista, o bien el culpable es el ocupante angloamericano). La cuota diaria de muerte que sufre el pueblo iraquí apenas obtiene un poco de atención pública cuando ocurre alguna peculiaridad, como lo sucedido el martes, cuando un atentado suicida mató a 24 niños en Bagdad.Pero la baja visibilidad del sufrimiento iraquí no es culpa de quienes murieron en Londres.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 15 de Julio de 2005)

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