23 diciembre 2005

El viejo reino de Dardania

Un café internet a la una de la mañana de una noche de hielo. Acabo de llegar a la vieja capital del reino de Dardania. Nieve, frío, y en las manos un mapa inservible. Perdido. Por suerte di con el cibercafé, que parecía ser el único sitio iluminado en esa larga avenida que lleva de la estación de trenes al centro de la ciudad. A duras penas caben cuatro computadoras. La decena larga de jóvenes que se amontonan sobre los monitores no parecen clientes; dan la impresión de ser un grupo de amigos pasando el rato. Una muchacha en vaqueros lleva un pequeño aro en la nariz. Cruzamos nuestras miradas por una fracción de segundo, con familiaridad. No hay nada extraño en ella. Podría ser cualquiera de las estudiantes que había conocido en mis años de facultad. Eso es lo curioso: la ausencia total de extrañamiento. Podría ser una escena de un barrio de Montevideo. Una barra de esquina que se refugia del frío en el café internet en el que trabaja uno de ellos, que les deja usar las computadoras hasta que llegue un cliente.

El que aparenta ser el encargado tiene poco más de veinte años. Habla en inglés con naturalidad, hasta con cierta indiferencia. Me explica dónde queda el hotel al que voy, y me dice el nombre en macedonio: Ferialno. Quiebra su mano en una y otra dirección indicando un camino laberíntico. No le entiendo. Los vidrios están empañados y no se ve la calle. Salimos. Aterido y apurado me muestra los puntos de referencia que me ayudarán a llegar. No lleva abrigo. Está vestido con una camiseta roja de football americano con el número 48 estampado en blanco. Cuando vuelve atrás y cierra la puerta tras de sí, me doy cuenta que a pesar de la impresión de familiaridad que me había asaltado allá adentro, aquí, afuera, no estoy en terreno conocido. Parado allí, en Skopje, me doy cuenta que jamás podré encontrar por mis propios medios el camino hacia el Ferialno.

Desando mi ruta y vuelvo a la estación de trenes que había dejado atrás. Mis pasos, inseguros, crujen mientras una fina capa de hielo se quiebra bajo mi peso. Busco al taxista que me había ofrecido su automóvil hace más de una hora. Parece estar esperándome. Es una única figura solitaria en medio del hall de esa estación que semeja un enorme hangar de cemento. Ferialno, le digo, y me contesta con un leve movimiento de las llaves de su taxi. Estábamos a menos de un kilómetro. Yo sabía que era cerca. Había hecho exactamente el camino inverso, siguiendo las precisas indicaciones de mi mapa pero doblando a la derecha cuando debía doblar a la izquierda. Era la primera vez que me perdía llegando a una ciudad y perderme fue casi un acto simbólico de respeto. Una forma de advertirme a mi mismo que en hay que pisar con cuidado cuando se está en un sitio donde la historia y la geografía son una delgada capa que se quiebra si los pasos son demasiado bruscos.

Todo es extraño. Incluso aquello que es parte del mundo conocido es extraño por estar aquí, fuera de sitio. En un futuro, sin embargo, la Ex República Yugoslava de Macedonia (ese es el nombre oficial del país), será parte del exclusivo club de Bruselas. El sábado 17, en la letra chica del duro debate sobre el nuevo presupuesto de la Unión Europea, se anunció que se aceptaba iniciar el proceso de adhesión del pequeño país balcánico. La ilusión, al fin de cuentas, no era la familiaridad sino el extrañamiento.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 23 de Diciembre de 2005)

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