02 septiembre 2005

Avalanchas

Si las críticas acerca de la escasez de tropas de la guardia nacional para labores de rescate y control de saqueos durante la crisis de Nueva Orleáns, que ya está siendo calificada como “el tsunami de Estados Unidos”, son apenas un hilo de voz, pocos dudan en atribuirle al sector sunnita de la insurgencia iraquí la responsabilidad en la muerte de casi un millar de fieles chiitas. Es probable que si Estados Unidos no estuviera tan ocupado en Irak, país cuya guerra ya ha superado el costo diario de la que se desarrolló en Vietnam, podría haber prestado más atención y más recursos humanos a la gestión de la destrucción generada por Katrina. Pero esa hipótesis no deja de sonar algo forzada y, aunque pudiera llegar a tener algo de cierto, cede terreno ante la magnitud de una tragedia en la que las imágenes y los testimonios de los sobrevivientes abrieron un espacio de “luto de las hipótesis” antes de comenzar el análisis de responsabilidades y el tejido de las habituales teorías de la conspiración.

Más difícil resulta excluir el factor humano de la avalancha de Irak. Poco antes de la estampida que tuvo lugar en un puente de Bagdad durante una fecha del calendario religioso chiita, se produjeron siete ataques de mortero que impactaron en las cercanías de la concentración. Eso, sumado al anuncio que circuló entre los peregrinos sobre la presencia de un hombre-bomba, desató el pánico. Un cable de la agencia France Press asegura que “un grupo armado ligado a la red Al Qaeda en Irak afirmó haber sido autor de los disparos de mortero que la precedieron y que cayeron sobre el mausoleo del imán al Kazim, presentando este ataque como una respuesta a la muerte de sunitas”.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 2 de setiembre de 2005)

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