04 noviembre 2005

Ahmadinejad y los opuestos

Los últimos días de octubre trajeron el sismo diplomático ocasionado por las declaraciones del presidente iraní acerca de la necesidad de “borrar a Israel del mapa”. La noticia no sorprendió tanto por su contenido como por la forma inusualmente directa en que fue pronunciada por un jefe de Estado.

Aunque movilizó en foros internacionales declaraciones inmediatas de rechazo, también atizó el fuego de la polémica acerca de la alianza o el choque de civilizaciones. Esto último ocurrió, por ejemplo, en España, país cuyo presidente Rodríguez Zapatero lanzó en el seno de Naciones Unidas la propuesta de una Alianza de Civilizaciones que abogue “por un diálogo constructivo entre las civilizaciones, los pueblos, las culturas y las religiones”, basado en el convencimiento “de que cada cultura es una forma absolutamente legítima de aproximarse a la realidad y a los ideales de la sociedad humana”. La oposición de derecha reaccionó con dureza e ironía desde las tribunas y los medios de comunicación, calificando esta idea, cuando menos, de ingenua.

Las incendiarias declaraciones del presidente de Irán, Mohamad Ahmadinejad, reavivaron el debate, sobre todo porque llegaron a España en el contexto de otra polémica: la presencia en un foro académico del teórico egipcio Tarik Ramadán (foto), considerado por algunos como un representante del Islam moderado y por otros como un lobo con piel de cordero. Ramadán, profesor visitante de Oxford y nieto del fundador de la organización radical los Hermanos Musulmanes, pareció darle la razón a los primeros al afirmar que es “absolutamente necesario” que los occidentales y los musulmanes “no se obcequen en el radicalismo del otro”, pero también le dio tema de comentario a los segundos cuando aseguró, según la crónica del diario ABC, haber desterrado de su vocabulario la palabra “tolerancia, en tanto que no significa otra cosa que sufrir al otro cuando no se le puede soportar”.

En todo caso, el recrudecimiento del discurso de los sectores europeos que buscan aislar a islámicos e islamistas por igual, parecería sugerir que desde la actual presidencia iraní se están cometiendo los mismos errores en los que suele incurrir la política exterior de George Bush. Así como la administración republicana atacó permanentemente al anterior mandatario iraní, el clérigo moderado y reformista Mohammad Khatami, contribuyendo a erosionar su legitimidad interna y aumentando las chances de la entonces oposición teocrática khomeinista, ahora el khomeinismo nuevamente ungido en las urnas parece empeñado en destruir el lento y difícil camino de aceptación que Irán había ido logrando en el escenario europeo, haciendo que iniciativas progresistas como la de Rodríguez Zapatero queden expuestas a los perdigones que se disparan en el coto de caza de la política doméstica europea.

Si el Irán de Khatami era un factor de estabilidad en Oriente Medio, tal como lo demostró colaborando a alinear a los chiitas iraquíes en la reconstrucción institucional del Irak de posguerra, el Irán de Ahmadinejad está encaminándose a tener un rol completamente opuesto. De consolidarse esta postura, la primera víctima de las palabras de Ahmadinejad no será Israel sino que, en un efecto búmeran, es posible que una de las consecuencias más inmediatas de este giro político de Teherán sea un endurecimiento de la posición de la comunidad internacional sobre el programa nuclear iraní.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 4 de Noviembre de 2005).

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