21 febrero 2003

¿Y si Saddam fuera un peligro?

La respuesta a la pregunta del título es una sola: sin duda, Saddam Hussein es un peligro. Lo es al interior de sus fronteras, como lo prueban su historial de represión contra la disidencia política y la limpieza étnica aplicada sobre la población kurda; y lo es en términos de estabilidad regional, como lo permiten suponer la guerra con Irán en los ochenta y la invasión a Kuwait una década más tarde. Ese prontuario incluye el uso de armas químicas.

Es decir que si Hussein es derrocado, quien caerá será un gobernante de dudosa legitimidad –al menos bajo parámetros de la democracia poliárquica que conocemos en Occidente- y que con cierta facilidad podría ser enmarcado en la categoría de criminal de guerra o incluso genocida por una Corte Penal Internacional.Ese no será, sin embargo, el motivo de la Segunda Guerra del Golfo, si es que finalmente se desata. Técnicamente el motivo sería la posesión de armas de destrucción masiva por parte del régimen iraquí, y de modo un poco más velado el peligro que eso significaría para Estados Unidos y sus aliados más cercanos.

Si reformulásemos la pregunta inicial bajo estos nuevos parámetros, la respuesta sería obvia una vez más. Aunque de signo contrario. Es evidente que Irak no tiene armas de destrucción masiva, no porque los inspectores de Naciones Unidas no hayan podido encontrarlas, sino por la disposición estadounidense de atacar. Si Saddam tuviera un arsenal de ese tipo, Estados Unidos no atacaría (ver la crisis con Corea del Norte como caso testigo). Aquí cabría preguntarse qué es exactamente un arma de destrucción masiva. No es necesariamente un misil con una cabeza nuclear. Puede ser una bomba-maletín con poder nuclear. O una batería de tubos de ensayo que alojen un agente químico desarrollado militarmente, o un cultivo de viruela. O como ya hemos visto, un avión de pasajeros convenientemente dirigido contra un rascacielos. Alternativas que hacen que los servicios de inteligencia estadounidenses sepan que el riesgo no aumenta ni disminuye por el hecho de que Saddam esté en el poder, sino por una fenomenología más sutil y menos controlable.

¿Por qué entonces la guerra? Para la oposición iraquí es una pregunta de poca importancia. Así como Al Capone fue encarcelado por evadir impuestos, Saddam no será derrocado por masacrar a su pueblo sino por no poder demostrar que no tiene algo que nadie encuentra. Los opositores rezarán, en todo caso, porque la operación se salde rápidamente y con el menor número posible de víctimas. Para encontrar las razones de Estados Unidos hay que dejar de lado el estereotipo. La obsesión imperial y paranoica de un cowboy de pocas luces está bien para las pancartas, pero no puede explicar por qué la mayor potencia mundial decide ir a la guerra arriesgando agitar el avispero del mundo islámico. Tal vez una parte de la respuesta esté en ese avispero.

Establecer una escala de premios (¿el ingreso turco a la Unión Europea? ¿ahí está parte de la oposición de Alemania y Francia a la guerra contra Irak?) y castigos (cortar de modo ejemplarizante el eslabón más débil del “eje del mal”) al interior de ese complejo tetris que es el mundo musulmán puede ser una de las motivaciones. Otras razones pueden buscarse, como siempre, en el petróleo (300 mil millones de barriles como reserva), o en la siempre útil frase del asesor de Bill Clinton: “es la economía, estúpido”. Más allá de cualquier especulación, Bush ha explicitado sus razones en el documento "La estrategia militar nacional". Allí afirma que el mundo ha cambiado desde el fin de la Guerra Fría, y que "Estados Unidos no puede ya confiar sólo en una posición reactiva como lo hizo en el pasado". Por eso, “como cuestión de sentido común y defensa propia”, Estados Unidos actuará contra lo que considere “amenazas emergentes antes de que se hayan formado totalmente".

Sin embargo, ambas interpretaciones, seguridad nacional y teoría de la conspiración con olor a petróleo, aunque aparentemente divorciadas, no están lejos de tocarse. Según The Economist: "Los dirigentes estadounidenses creen que, cuando se trata de crudo, seguridad y certeza sólo se consiguen con más y más fuentes disponibles". En otras palabras: “si Irak produjera al nivel que permiten sus reservas, acabaría con la dominación saudita. Y esa situación sería más que bienvenida en Estados Unidos, el mayor consumidor de petróleo del mundo". Una ecuación que no es posible con Saddam en el poder, y que habilita, como digresión, una hipótesis sobre la falta de entusiasmo saudí ante una nueva tormenta del desierto (¿y si el inexplicable no derrocamiento de Saddam de hace una década hubiera sido una condición saudí para brindar su imprescindible apoyo a la guerra de Bush padre?). Definitivamente, Saddam es un peligro; para quién y para qué, ya es harina de otro costal.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 21 de Febrero de 2003).

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