20 marzo 2003

Irak: una delgada línea

Esta guerra será muy diferente a la de Bush padre. Aquella fue para restaurar el statuo quo de la región, ésta se hace para modificarlo. Por lo tanto no se pueden extrapolar demasiadas lecciones de la década pasada. Ya fue distinta la propia imagen del primer instante de la guerra. Faltó el esperado cielo iluminado por centenares de bombas, disparadas por los atacantes o por las baterías antiaéreas. En su lugar, había que leer el bombardeo en las entrelíneas de una imagen que durante más de una hora fue la única que obtuvieron las cadenas de noticias: una ciudad adormecida, en la que apenas se reflejaba algún destello, más parecido a un relámpago que a un misil. Sólo el estruendo otorgaba verosimilitud a lo que se estaba diciendo. Demasiado poco para una guerra que se ha prometido como una avalancha de tecnología bélica. Los propagandistas lo comprendieron enseguida, y pronto alimentaron a las cadenas con grabaciones del despegue de los bombarderos y del disparo de algún que otro misil. Casi como justificando la pobreza de la puesta en escena, se anunció que el ataque había tomado por sorpresa hasta a los propios atacantes, quienes habían adelantando sus planes para aprovechar “un blanco de oportunidad”.

Lo distinto de esta guerra irá más allá de una cuestión de imagen. En aquel momento Saddam Hussein prácticamente se rindió sin pelear. Esta vez no será así. En 1991 el gobernante iraquí sabía –por cálculo acertado o por negociación bajo cuerda- que Estados Unidos se contentaría con expulsarlo de Kuwait y evitaría agitar el avispero del Golfo. Todos lo necesitaban en el poder. Los saudíes para conjurar el florecimiento de la producción de petróleo iraquí. Los turcos para que siguiera haciendo el trabajo sucio de represión de las aspiraciones kurdas a un Kurdistán independiente. Estados Unidos para mantener bajo control a la mayoría chiita, probable aliada de los chiitas iraníes, que hacía una década habían llevado a los norteamericanos a la crisis de los rehenes.

Hoy el escenario es completamente distinto. No porque haya cambiado el juego regional de fuerzas, sino porque el objetivo manifiesto de la guerra es acabar con un régimen que le servía a todos. En este nuevo panorama, lo mejor que le puede pasar a Estados Unidos es que las incógnitas se vayan despejando de a una por vez. Nada garantiza que así sea, a menos que la victoria sea rápida. Y la victoria, que llegará, resultará más trabajosa de lo pensado. El Pentágono lo sabe con exactitud, y esa es su primer ventaja. Sabe que una campaña aérea desgastante resultará contraproducente. Por eso los bombardeos quirúrgicos. Por eso la enorme concentración de tropas terrestres. Estados Unidos necesita rápidamente tomar el control del terreno. Un avasallamiento aéreo sólo es útil para quebrar la voluntad de un líder que esté dispuesto a sacrificarse para evitar sufrimientos a su pueblo. No es el caso.

Ahora que Hussein sabe que el objetivo es derrocarlo, se aferrará a una resistencia suicida como no lo hizo en la guerra anterior. No puede apostar a otra cosa que a resistir lo más posible, mientras la presión internacional que se opone a la guerra, la interna del mundo árabe, y la acumulación de bajas estadounidenses, van haciendo su trabajo. Es una chance en un millón, pero es la única carta que puede jugar. Por eso no deberá extrañarnos una resistencia encarnizada. ¿Y la revuelta popular? Eso depende de Estados Unidos. Si mediante bombardeos constantes mantiene a la oposición en los sótanos, Bagdad seguirá siendo lo que vio la corresponsal de Tv Española la mañana siguiente al comienzo de la guerra: una ciudad desierta, en la que sólo deambulaban infinidad de paramilitares dirigidos por soldados de la Guardia Republicana.

Si Hussein mantiene esa cadena de mando y terror, frágil pero real, podrá hacer de la defensa de Bagdad la madre de todas las batallas. El resto del país irá cayendo rápidamente en manos de Estados Unidos. El ocupante deberá resolver con celeridad el problema kurdo, sin que la autonomía inevitable del Kurdistán iraquí se les vuelva un nuevo Kosovo, principalmente para aplacar al imprescindible aliado turco. Por eso necesitaba a Europa en la guerra. Si tiene suerte, el problema chiita no se le presentará hasta que Hussein sea finalmente derrocado. Deberá negociar generosamente con esa mayoría para que acepten contribuir a la estabilidad de un país de posguerra. Del triple desafío que implican el tema kurdo, la potencialidad conflictiva de un Irak chiita, y las armas de Hussein, estas últimas son las menos peligrosas para Washington, pero son las que pueden alimentar a los otros dos dolores de cabeza. Como siempre, la prospectiva es un juego de condicionales, por más que la superioridad militar sea tan clara como ahora. El atacante sabe que es sólo una delgada línea la que separa el éxito del fracaso.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 20 de Marzo de 2003).

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