20 diciembre 2003

Una delgada capa de hielo

Son los comienzos de los años ochenta en Varsovia. No es común en esa época ni en esa ciudad que alguien tenga una computadora en su departamento. El protagonista de esta historia, un matemático, la tiene. Además de usarla para su trabajo, le enseña a su pequeño hijo a calcular el espesor del hielo que cubre el agua congelada en la que suelen ir a patinar. Ese día los datos metereológicos colocados en el programa de simulación dan por resultado un terreno seguro. El matemático puede quedarse tranquilo en su casa mientras su hijo se va a patinar sobre la improvisada pista. Sin embargo, el hielo cede bajo sus pies, y aunque logran rescatarlo, el niño muere congelado. No hubo error de cálculo. Solamente había faltado una variable: un mendigo había encendido una fogata la madrugada anterior junto al agua congelada, debilitando el hielo.

La historia, simple y trágica, sirve al cineasta polaco Krzysztof Kieslowski (foto) para una reflexión sobre la soberbia humana que cree poder controlar las fuerzas de la naturaleza más allá de la voluntad de su dios. La sutileza y hondura del telefilme –ese tipo de productos de calidad solía financiar y difundir la televisión polaca- llevan su potencialidad de reflexión mucho más allá de la lectura cristiana contenida en la superficie, y colocan a su historia en diálogo con alguna de las preocupaciones esenciales de cualquier espectador dispuesto a dejarse tocar por la cuerda que el director propone.

Hace dos domingos, siete niños de Boston sintieron el vacío en el estómago que provoca el hielo cuando se deshace y hunde en el agua a quien hasta hacía un instante se deslizaba seguro por sobre la superficie sólida. Tres murieron. Las imágenes del informativo de la Televisión Española –ya no existe la CNN en los hogares de los usuarios de la tv cable- referían inconfundiblemente al primero de los programas de la serie Decálogo, de Kieslowski. Quien hubiera visto el telefilme, presentado más de una vez en los ciclos de Cinemateca Uruguaya, recibía en ese flash de poco más de un minuto sobre los niños de Boston, la cuidada reconstrucción de la tragedia de un padre que pierde un hijo y se siente responsable de ello, que realizó Kieslowski en la Polonia de los ochenta.

Esa transtextualidad, ese diálogo entre construcciones sobre la realidad, y no la realidad a secas, es el espacio en el que verdaderamente se mueven las noticias. En esa capacidad de cada espectador para conectar, de manera consciente o no, lo que está viendo con lo que alguna vez vivió, vio, leyó, o le contaron es donde se funda uno de los nudos apelativos de la comunicación. Cuando lo que se hace es utilizar de manera intencional imágenes que conecten con sedimentos colectivos de fuerte contenido simbólico, lo informativo puede usarse con intenciones de manipulación.
Es lo que generalmente han hecho, con suerte diversa, los departamentos de propaganda de gobiernos en guerra. Por esa misma razón, por ejemplo, uno de los momentos bisagra en el conflicto de Bosnia fue cuando se dieron a conocer las fotografías de los campos de concentración en los que los serbios mantenían a sus prisioneros.

Más que cualquier otra imagen cruda de cualquiera de las guerras modernas, (algunas de ellas, como las africanas, teniendo lugar en el mismo momento que la de Bosnia), estos retratos atroces de hombres inocultablemente europeos cuyas costillas parecían querer atravesar la piel, se colocaron en ese espacio privilegiado que conecta con lo simbólico. La referencia al Holocausto del pueblo judío era inevitable. Por asociación, como en un transparente eje que parte las aguas entre el bien y el mal, los serbios fueron satanizados. Una década más tarde, los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, llevarían a Occidente a exhumar otras fotografías, éstas invirtiendo los roles de víctima y victimario. A pesar de que la crudeza de las nuevas imágenes era más directa (un musulmán sosteniendo la cabeza recién decapitada de un prisionero serbio), no es seguro que su poder, en términos de comunicación, haya podido superar al que demostraron tener las fotografías sobre los campos de concentración. La realidad, y sobre todo el modo en que los auditorios reciben los mensajes mediados que intentan explicarla, suele ser una delgada capa de hielo.

Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 20 de Diciembre de 2003.

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