26 abril 2002

Srebrenica rojo shoking

¿Cuánto valen las vidas de catorce soldados holandeses? Valen lo mismo que las de cinco mil bosnio-musulmanes. ¿Cuánto vale un turco en Venezia?. Seis mil dólares. En toda guerra hay una Srebrenica. Antes que nada, Srebrenica fue una masacre de civiles inocentes (cabría preguntarse si existen víctimas que, al menos en última instancia, no sean eso, civiles inocentes, por más que estén uniformadas y dispuestas a matar; en todo caso, en toda muerte que se produce en la guerra hay una dimensión civil de esa muerte, y esa es, esencialmente, su inocencia). Entre cinco mil y siete mil quinientos bosnio-musulmanes fueron asesinados por las fuerzas serbobosnias el 13 de julio de 1995. Cinco mil fueron entregados por los cascos azules holandeses, a cambio de catorce de los suyos. Revisando los hechos de ese verano balcánico, y analizando luego las consecuencias que han venido teniendo durante estos casi siete años que nos separan del momento de la masacre -entre las cuales la dimisión del gobierno holandés hace dos semanas fue sólo el más reciente de los efectos- queda la sensación de que lo que menos importa, como siempre, es el turco de Venezia.

En un dossier titulado “1999: el año de la guerra”, la revista literaria Ariadna, publicó una serie de poemas, entre los que incluyó un texto de Félix de Azúa. Habla de las tiendas clandestinas de Venezia que venden piezas prohibidas de cristal de Murano: deslumbrantes objetos de color rojo sangre, fabricados soplando sobre el oro fundido de los antiguos ducados. Su precio, unos seis mil dólares, no surge del valor del oro, sino de la vida del inmigrante turco que es usado para soplar el vidrio. Los vapores que aspira lo matan en unas pocas semanas, pero él no lo sabe. Si se hiciera pública la compra por parte de ciertos museos europeos de esas piezas clandestinas, que pagan como antigüedades del siglo XVII, caería alguna autoridad. No por la vida del turco, sino por el escándalo de que eso ocurra en pleno corazón del “mundo civilizado”.

Del mismo modo, el gobierno holandés no dimite por los muertos de Srebrenica. Lo hace por el escarnio a que quedaron expuestos los soldados holandeses de los cuerpos de paz, quienes se convirtieron en cómplices, sin saberlo, de los serbobosnios. El informe de 7500 páginas que da cuenta de esa responsabilidad, es menos elocuente que las imágenes de esos muchachotes de traje camuflado y casco azul, que miraban asustados, con sus camisas remangadas hasta los hombros, cómo la guerra real derribaba la puerta de la arcadia imposible que pretendía que Srebrenica era “zona segura”, transformándola, en los hechos, en una trampa. Los bombones que el general serbobosnio Ratko Mladic repartía a los niños musulmanes frente a las cámaras de televisión; la explicación del mando de la OTAN, que decía no haber aprobado el apoyo aéreo solicitado por el comandante holandés porque no lo había pedido en el formulario adecuado; los cazas de la OTAN regresando a sus bases porque se les había acabado el combustible antes de que los generales se decidieran a darles la orden de atacar a los serbios; todo ese anecdotario es lo que realmente importa de Srebrenica. La especulación sobre las responsabilidades y la teatralidad de un gobierno que cae siete años después, tal vez obteniendo réditos políticos con un gesto que, asegura, se realiza para expiar los daños ocasionados por una misión de paz que se asumió, como se ha reconocido, para ganar réditos políticos. Eso es lo que importa. No los muertos de Srebrenica. Muertos que ni siquiera son los muertos de Srebrenica. Se los mató, en verdad, en Kravica, poblado cercano. Lo que pasó en Srebrenica fue la defección de los cascos azules holandeses, que dejaron tras de sí no sólo sus armas, como todo ejército que se rinde, sino también a los civiles que debían proteger. Esa defección, y no los muertos, fue lo que hizo caer al gobierno de Holanda. El supuesto sinceramiento sobre la suerte de las víctimas de Srebrenica es, en definitiva, el eslabón final en una larga cadena de hipocresías.

(Artículo de Roberto López Belloso, publicado en Brecha el 26 de Abril de 2002)

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