04 julio 2003

Srebrenica, el revés de la trama

Alguna vez hubo, aquí, en los bordes del Drina, una ciudad que no era más que una ciudad. Más de una vez hubo, en esa ciudad y a lo largo de su historia, ajustes de cuentas, de diferentes proporciones, basados en enfrentamientos étnicos. Una de esas veces, sin embargo, el horror tuvo tales dimensiones que el nombre de Srebrenica dejó de referir simplemente a una ciudad, y pasó a simbolizar la sucia crueldad de la guerra.

En 1995 siete mil bosniomusulmanes fueron ultimados por el ejército serbobosnio, ante la pasividad de los cascos azules holandeses asignados a su protección. El impacto que produjo ese episodio en la opinión pública y en los políticos occidentales fue tal, que ocho años después todavía fue capaz de provocar la dimisión del gobierno de Holanda, ante la publicación de un informe que probó la responsabilidad de sus tropas en la omisión internacional que facilitó los fusilamientos en masa. Srebrenica parecía ejemplificar esa mirada sobre los conflictos balcánicos que los muestra como el resultado de primitivos odios salidos de un oscuro inframundo medieval. Un juego de suma cero entre víctimas y victimarios. Pero nada es tan sencillo. Ni siquiera los crímenes en masa.

Comencemos a visitar la trama mostrando su revés: Naser Oric. Este martes 1 de julio, en La Haya, comenzó la actuación de la defensa de este militar bosniomusulmán acusado por la fiscal Carla del Ponte de haber cometido crímenes de guerra contra la población civil serbia del valle del Drina. Sepultados bajo el efecto combinado de la desinformación, de la dificultad de encontrar testigos confiables, y del tedio de una opinión pública internacional que no quiere seguir escuchando hablar de esas viejas historias, los expedientes de la guerra de Bosnia están condenados a sufrir el castigo de la indiferencia, tal vez con la única excepción del caso Milosevic. Sobre el juicio que se sigue en contra de Oric se acumula un sedimento extra de silencio. En todas las guerras hay una versión oficial que permite tolerar el relato de los horrores encuadrándolos en una distribución relativamente clara de los roles. Mientras los serbios sean los culpables y los bosniomusulmanes las víctimas, podrá aceptarse con cierta resignación que haya habido una masacre de estos últimos a manos de los primeros. Al fin de cuentas eso hacen los victimarios, masacran a las víctimas. Pero Naser Oric, acusado de crímenes de guerra en Srebrenica, no es serbio, sino bosniomusulmán. Y en los expedientes de su jucio las víctimas no son bosniomulmanes, sino serbios.

Desde 1993, y especialmente desde que la ciudad se había convertido en “zona segura” bajo la protección de Naciones Unidas, los militares y paramilitares musulmanes al mando de Oric (foto) organizaban y ejecutaban operaciones contra los civiles serbios que habitaban las aldeas cercanas, regresando luego a su santuario para ponerse lejos del alcance de las posibles represalias de las milicias serbias. Pero esta parte relativamente silenciada de la verdad, tampoco es toda la verdad. Los expedientes del juicio contra Oric confirman que en los conflictos balcánicos las víctimas recurrentes fueron los civiles, sin distinción de bandos. Obligados a huir de sus aldeas en 1993 por causa de la violencia de los paramilitares serbios, los civiles bosniomusulmanes buscaron refugio en Srebrenica. Una vez en la ciudad, y tal como lo demuestra la información recogidos por centros de investigación en derechos humanos, y en especial los casos de muchachas bonsiomusulmanas violadas por paramilitares bosniomusulmanes, esos mismos refugiados debieron sufrir durante 1994 las arbitrariedades del comandante que teóricamente debía brindarles protección.

Castigados por extraños y por propios, los habitantes de Srebrenica volvieron a ser víctimas un año más tarde, cuando el ejército serbobosnio tomó la ciudad en represalia por los raids que desde allí se hacían en contra de las aldeas del Drina. Los serbobosnios mataron entonces a siete mil civiles ante la pasividad no sólo de los cascos azules, quienes sin duda desconocían el destino que le esperaba a los prisioneros, sino también ante la pasividad del ejército bosniomusulmán que no disparó un tiro para defender a su población. Los testimonios posteriores apuntan a que el comandante Naser Oric nunca tuvo en mente proteger a los civiles de Srebrenica, sino que los utilizó como escudos humanos para mantener a los cascos azules en el perímetro de la ciudad, y poder usar el lugar como una base segura para sus incursiones. En ese momento Naser Oric tenía 24 años y en su apartamento, como lo testimonia una entrevista publicada por The Washington Post el 16 de febrero de 1994, guardaba una videoteca que mostraba sus trofeos: aldeas serbias en llamas y campesinos decapitados.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 4 de Julio de 2003)

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