03 octubre 2003

Otro canal interoceánico

Acaba de transcurrir el primero de los 36 meses del plazo que fijó el gobierno de Nicaragua para que esté listo el estudio de impacto ambiental para la construcción del llamado Canal Seco, que proyecta unir el océano Atlántico y el Pacífico, constituyendo una alternativa al Canal de Panamá.

El estudio costará 15 millones de dólares, y será el primer insumo para calibrar una de las tres posibilidades que están sobre la mesa. El más modesto de estos impulsos épicos es el llamado Ecocanal, que consiste en hacer navegable el Río San Juan y aprovechar los puertos de carga ya existentes en la región, conectando con el río Tipitapa, cercano a Managua. Su aparente realismo y relativa modestia deben competir con el llamado Canal Húmedo, que planea excavar cinco millas al sur del Río Escondido para evitar sus curvas, o el ya mencionado Canal Seco, que es el que se encuentra mejor perfilado en esta parte inicial de la carrera. Su nombre, casi un oxímoron, deriva de que no abrirá una herida en la tierra ni dragará el curso de un río, sino que construirá un puerto a cada lado del país, y los unirá por una vía férrea por la que viajará un interminable ferrocarril de 25 kilómetros de largo, capaz de transportar mil contenedores a la vez. Hacer eso en Nicaragua, con su asumida incomunicación entre este y oeste, su selva Atlántica, y su difícil geografía, es una tarea titánica. El debate sobre la incidencia en el ambiente, los pronósticos más optimistas sobre el despegue económico del país, y las cifras astronómicas que calculan los estudios preliminares de costos, condimentan las tertulias de los nicaragüenses con un tema que ya integra la tradición oral del país.

La historia de la Nicaragua del siglo pasado ha estado marcada, más que por cualquier otra cosa, por la posibilidad de que a través de su territorio se construya un canal que una los dos océanos. En épocas de la “fiebre del oro”, muchos de quienes partían desde las ciudades del este de Estados Unidos rumbo a la salvaje California, no atravesaban las planicies dominadas por los nativos. Numerosos aspirantes a mineros se embarcaban en alguna de las ciudades costeras del este, navegaban el Atlántico con rumbo al sur hasta desembarcar -paradojalmente- en San Juan del Norte, en Nicaragua, desde donde seguían en barcazas por el Río San Juan y el Lago Xolotlán hasta la ciudad de Granada, en la que hacían un tramo en carretas para llegar a la costa y tomar otro barco con el que remontaban el Pacífico en dirección, ahora sí, a California. Esta prometedora ruta fue la que trajo a los Filibusteros de William Walker (foto) , quien invadió Nicaragua en 1855, proclamándose su presidente un año más tarde y siendo reconocido por Estados Unidos. Antes de ser derrotado por un ejército de varios países centroamericanos, Walker cometió una serie de tropelías, entre ellas incendiar la ciudad de mayor abolengo del sur y colocar en su entrada un apocalíptico cartel en el que se leía: “Aquí fue Granada”. Luego hubo otras intervenciones norteamericanas, éstas más formales que la aventura de Walker. Como resultado de las mismas se firmó el Tratado Bryan-Chamorro, por el cual Estados Unidos obtenía el derecho de construir un canal interoceánico (a pesar de que hacía dos años que existía el de Panamá).

El segundo canal, como era previsible, nunca se construyó, pero los marines igual se mantuvieron en Nicaragua hasta 1925. Más que una retirada fueron unas vacaciones, ya que regresaron en 1926, en una nueva intervención que fue combatida por el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, liderado por Augusto César Sandino (foto) y que culminó en 1933. Al levar anclas, los norteamericanos dejaron sus intereses a buen recaudo gracias a la flamante Guardia Nacional que comandaba el primero de los Somoza, quien asesinó a Sandino a traición e inició una dinastía que duraría cuatro décadas.

Si bien el último de los Somoza fue derrotado en 1979, no ocurrió lo mismo con la idea del canal. Los propios sandinistas reflotaron el proyecto en 1984; lo bautizaron como “Canal profundo” y llegaron, incluso, a iniciar negociaciones con Brasil para que ese país financiara las obras. Casi veinte años más tarde, el utópico canal interoceánico regresa a la centralidad de la escena. Nuevamente Nicaragua vive su “fiebre del canal”, y parece haber más de un ingeniero dispuesto a calzarse el impecable traje blanco de Fitzcarraldo.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 3 de Octubre de 2003).

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