01 agosto 2003

Necrosemántica

Acorralados, cuatro hombres mueren peleando. Frente a ellos, decenas de soldados fuertemente armados parecen quedarse con las manos vacías al no poder atraparlos con vida. La escena es arquetípica. Repetida una y otra vez en diferentes momentos y lugares, tiene la caligrafía del heroísmo y mueve ciertos resortes que arropan con un último manto de respeto a quienes tal vez no hubieran merecido sino desprecio. Héroes, mártires o forajidos. No todo es cuestión de punto de vista pero el punto de vista ayuda a situar el foco.

Los dos hijos (foto) y un nieto de Saddam Hussein murieron junto a un guardaespaldas en una casa de Mosul, al norte de Irak, acribillados por doscientos marines luego de un combate de seis horas que sólo podía tener un desenlace. Como en toda guerra moderna, la batalla no termina cuando se acalla el ruido de las armas. Fuera de juego dos de las principales barajas en el mazo de los más buscados por las tropas de ocupación estadounidense, era necesario dotar de significado al episodio. Los ocupantes intentarían mostrarlo como una prueba de que los jirones del régimen no son más que unos cuerpos cosidos a balazos, sin la menor posibilidad de producir miedo o despertar esperanzas. Hussein buscaría darle a la muerte de sus hijos el ropaje del martirio. Ambos movimientos tenían su riesgo. El peligro más evidente estaba del lado de Hussein, quien cada vez que da una señal se expone a atraer la atención de sus perseguidores. Sin embargo, tampoco es inocuo el juego que debieron plantear los ocupantes. Siempre que se intenta cargar a la muerte de sentido se juega con una simbología resbalosa que puede escurrirse entre los dedos de quien intenta manipularla y volverse un boomerang.

Tal vez uno de los ejemplos “de manual” de la ambigüedad que adquiere esta necrosemántica, la haya tenido que sufrir hace treinta años Anastasio Somoza, en Nicaragua, cuando hizo transmitir en directo por televisión la segura captura de Julio Buitrago, jefe de las células urbanas del Frente Sandinista. Sitiado en una casa de Managua, puso en ridículo a un batallón de la Guardia Nacional, tanqueta incluida, y lo que iba a ser la demostración fehaciente de la debilidad del sandinismo, terminó siendo una muestra de su fortaleza. Los hijos de Hussein no tenían un historial que los destinara a convertirse en inspiradores de la resistencia del pueblo iraquí. Un playboy acostumbrado al lujo y la crueldad, y el jefe de la Guardia Republicana, no son perfiles demasiado adecuados para construir una imagen romántica. Gracias a la obsesiva ineficacia de los ocupantes, hoy los iraquíes les reconocen el respetable blasón de haber muerto como valientes. Poco importa que su resistencia suicida no haya estado inspirada en la convicción de forjar un ejemplo para quienes tomaran el relevo de su lucha, como fue el caso, por ejemplo, de Buitrago en la Managua de 1969.

Probablemente la fiereza de los Hussein estuvo más cerca del gesto desesperado del asesino que sabe que ha transgredido demasiado como para le quede algún jirón de retaguardia. Pero para un pueblo humillado como el iraquí, que día a día ve como civiles inocentes siguen cayendo bajo las balas de tropas de ocupación que ahora ya matan hasta a sus propios intérpretes (como ocurrió con Tamir Elías el 28 de julio) es factible que las muertes de Uday y Qusay Hussein estén más cerca del martirio que del escarmiento.

Un párrafo aparte merece la macabra exhibición de fotografías mostrando a los dos muertos parcialmente cubiertos con una sábana celeste. El colmo de la profanación fue la publicación en varios medios de prensa de una completa secuencia de imágenes que permitían analizar las autopsias. Rostros groseramente reconstruidos. Los torsos cosidos en forma de y griega. Las extremidades desfiguradas. Partes sobrantes reposando en bolsas de plástico junto a los cuerpos reconstruidos por los forenses militares. Si la verdad es la primera víctima de una guerra, la víctima final es el perdido respeto por el pudor del enemigo caído en combate.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 1 de agosto de 2003).

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