24 mayo 2002

Las guerras de Sudán

Cuando las fragmentarias noticias provenientes de Sudán logran pasar la barrera no escrita que las agendas informativas imponen a los países periféricos, suele hablarse de que ese país africano está en guerra. Lo correcto sería hablar de guerras, en plural. Esa confusión originó, a mediados de mes, una curiosa contradicción informativa: el día 14 se dijo que la guerra había causado 470 muertos en lo que iba de mayo, en tanto que tres días más tarde se situaba esa cifra en 50 personas. No se trató de una resurrección masiva, ni ninguna de las dos noticias estaban equivocadas. Simplemente hablaban de guerras diferentes.

Si una guerra es mucho para un país, dos son ciertamente una carga difícil de sobrellevar. En Sudán, incluso, a estos conflictos deben sumarse acciones gubernamentales que, de ser ciertas las denuncias de organizaciones no gubernamentales europeas, lindarían con el terrorismo de Estado. En los motivos de las guerras sudanesas se entrecruzan la religión, el factor étnico, el control de los recursos naturales, y la política regional. Los cincuenta muertos de mayo fueron el resultado de los enfrentamientos tribales entre los Rizayqat y los Ma’aliyah, nómadas de origen árabe, que durante generaciones han peleado por el control del agua, pero que ahora cuentan con las armas automáticas que se contrabandean desde la República Centroafricana. Las casi quinientas víctimas que se mencionaban en la mayoría de los reportes (las muertes de la violencia tribal sólo fueron consignadas en los servicios informativos de Naciones Unidas) habían sido causadas por una situación algo más compleja.

Desde 1993 Sudán es escenario de una guerra civil que enfrenta al gobierno y al Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán (SPLA). De esa guerra proceden los 470 muertos de mayo, aunque ninguno cayó a causa del fuego del SPLA ni del ejército sudanés. Las balas fueron disparadas por el ejército de Uganda y por una guerrilla formada por ugandeses. Como Uganda apoyaba al SPLA para desestabilizar al gobierno de Sudán, los sudaneses permitieron que una guerrilla ugandesa usara su territorio para pagarle a su vecino con la misma moneda. Por ese motivo, el sur de Sudán se convirtió en santuario del Ejército de Resistencia de Dios (LRA), un movimiento fundamentalista cristiano que lucha por instalar un régimen teocrático en el que la única ley sean los Diez Mandamientos de la tradición judeocristiana. En marzo de este año, sin embargo, Sudán se cansó de sus huéspedes y acordó permitir que el ejército de Uganda cruzara la frontera para perseguir a los rebeldes. Desde entonces el LRA ha estado contra las cuerdas, y en su desesperación estuvo el germen de la masacre del casi medio millar de civiles que ese grupo mató en su huida más reciente. Como suele ocurrir en estos casos, la población queda como rehén.

El gobierno, amparado en la excusa de perseguir al SPLA, comenzó en abril una política sistemática de bombardeo y minado de poblados, generando 130.000 refugiados y vaciando de población las áreas afectadas. Una coalición de 70 organizaciones no gubernamentales europeas, elaboró un informe en el que acusa al gobierno sudanés de intentar despoblar esas regiones con vistas a su explotación petrolera, ya que, argumentan, no hay ningún rastro de presencia del SPLA en el área.
Usado como santuario de Osama Bin Laden antes de su mudanza a Afganistán, acorralado entre la aplicación estricta de la sharia (ley musulmana) o el fundamentalismo cristiano, con algunos de sus habitantes sufriendo cierta forma de esclavitud, amenazado por la hambruna, Sudán es un lugar demasiado lejano del centro de la atención de la opinión pública mundial como para que su tragedia nos resulte familiar. Veinte años de guerra, sin embargo, deberían de haber sido suficientes como para llamar la atención acerca de la suerte de los 33 millones de personas que viven en ese país situado al sur de Egipto.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 24 de Mayo de 2002. Foto: Amnesty USA)

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