30 mayo 2003

La realidad construida

La opinión pública se ha visto sacudida por la noticia de que el operativo de rescate de una soldado estadounidense en Irak fue, en verdad, un montaje propagandístico. Una verdadera curiosidad. No el montaje, sino el asombro. Vivimos en una verdadera selva simbólica, en la que la realidad es un juego de espejos y sombras. Cada episodio se presenta como una porción incuestionable de la realidad, cuando en verdad es una mirada parcial y subjetiva sobre algo que no es, en sí mismo, un hecho aislado sino una instantánea mediante la cual se intenta, en vano, congelar un continuo. De esto no tienen la culpa los medios de comunicación. Se trata de una condición propia de la naturaleza misma de nuestra aproximación a la realidad.

Ningún mensaje sobre ningún episodio de la guerra de Irak fue “real” en el sentido más radical del término. El juego hollywoodense de un helicóptero bajando tropas de élite para “rescatar” de adentro de un hospital civil a una adolescente herida que no era una prisionera sino una paciente, fue tan sólo la muestra más extrema de esa “construcción de lo real”. Pero cualquiera de las otras informaciones sobre esa guerra y sobre cualquier otro episodio, son también fragmentos de algo que no es la realidad, sino una construcción simbólica. Cada medio a través de su perfil, de sus intenciones, de sus posibilidades y de sus compromisos éticos, brinda una construcción más o menos honesta. Pero siempre que se miran las noticias en televisión se recibe un producto que es, en cierta forma, una ficción.

¿Qué puede hacer el espectador ante este estado de las cosas? Primero que nada, ser consciente de que es así. Perder la inocencia naif de que una cámara es una ventana a la realidad, o que un artículo es un testimonio fiel de lo ocurrido. En segundo término, sería sano que no transitara el camino fácil que va de la credulidad a la teoría de la conspiración. Que toda noticia sea una elaboración, no tiene que ser necesariamente un acto de maquiavelismo simbólico. Pero dejemos a la verdad –ese animal maltratado- a salvo de este análisis, ya que la misma es algo que pertenece al terreno de la filosofía, no al campo del periodismo. En definitiva, y ya lo vienen diciendo los teóricos de la comunicación desde la década de los sesenta, lo que una sociedad democrática necesita son lectores atentos y críticos. Sería posible postular, incluso, que sin lectores atentos y críticos la existencia de una prensa independiente pierde mucho de su real valor. Es probable que sirva de poco un sistema pluralista de medios si los lectores de cada uno de esos medios son crédulos acólitos de todo lo que el medio de su preferencia dice.

En ese sentido, la carta enviada a Brecha por un lector la semana pasada, fue un sano indicio del sentido crítico de quienes consumen este producto. Como un artículo que leyó en estas páginas, escrito por este mismo periodista, no coincidía con la versión que el lector tenía sobre el mismo episodio (la muerte del ingeniero Ben Linder en Nicaragua), el lector puso en movimiento sus propias fuentes para hacerse una idea más genuina de los hechos. Menos adecuado de su parte fue asumir que la versión por él recogida era la verdad, y que todo lo que la contradijera era, sencillamente, una mentira malintencionada. Un error menor comparado con el verdadero acierto de esa carta: desconfiar de aquello que se está leyendo.

No siempre la industria de la manipulación nos obsequia con una superproducción del tipo de la que se montó en torno al rescate de la soldado adolescente. Y no siempre los hechos son tan burdos como en ese caso. A veces, simplemente, se trata de puntos de vista diferentes que iluminan aristas distintas de un mismo suceso. Volviendo al caso de la carta de la semana pasada, el lector de Brecha citaba la mirada del padre del ingeniero asesinado, la cual coincide en líneas generales con la versión oficial de la época, cuando el artículo construía un relato basado en la visión de quienes vivieron con Linder en Managua. El artículo no era un informe sobre la muerte de Linder, sino de una reflexión acerca de la autenticidad del sacrificio individual por una causa a pesar de la indiferencia oficial o de la suerte de esa causa en la peripecia histórica concreta. Sea como sea, ni lector ni periodista llegan a ver por entero la verdadera complejidad de un fenómeno. El desafío del periodismo honesto no es entonces llegar a la verdad (aunque ésta sea muchas veces su víctima) sino encontrar el modo de armar el acertijo que la realidad le planta en la mesa de redacción, eligiendo aquellas piezas que no traicionen eso que Onetti llamó “el alma de los hechos”.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 30 de Mayo de 2003).

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