22 marzo 2002

La masacre de Kaparuganza

Pocas referencias literarias han sido más utilizadas por el periodismo moderno que el título de la novela de Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada. Aunque no siempre el contenido de la información se relaciona directamente con el simple y efectivo mecanismo del libro (un asesino dice una y otra vez que va a cometer su crimen pero, o bien no es tomado demasiado en serio, o bien la víctima parece terminar siendo la única que no está enterada de cuál será su suerte), ese título, aislado, funciona como un comodín para describir buena parte de las crisis internacionales. La pertinencia de esa referencia literaria nos dice más sobre cómo son leídas las crisis que sobre las crisis mismas.

No importa que los mecanismos de alarma suenen una y otra vez alrededor de los temas potencialmente explosivos: hasta que la crisis no se desencadene, no recibirá atención. Esto provoca que cada vez que un fenómeno toma estado público, parezca, por una parte, que surgió de la nada; y que cada vez que ese fenómeno aparentemente nuevo es analizado un poco más en profundidad, empiecen a resaltar las señales previas que no se habían tomado en cuenta, y el fenómeno, entonces, encaja en la categoría de ‘crónica de un episodio anunciado’.

La masacre de doscientos civiles congoleños este dieciseis de febrero no sólo no escapa a esta lógica perversa, sino que puede ser clasificada como uno de sus ejemplos paradigmáticos. Dos días antes de que ocurriera, un informe de Human Rights Watch (HRW) alertaba de que estaban dadas todas las condiciones para una escalda en las tensiones étnicas en el noreste del Congo. El reporte se basaba en la constatación de que el contingente armado ugandés encargado de la seguridad en esa zona del Congo, estaba perdiendo su imparcialidad. Desde el momento en que una de las partes podía sentir que contaba con el respaldo -o al menos con la garantía de impunidad- de quien debía mantener el orden, el delicado equilibrio entre dos tribus, los lenda y los hemu, que están en situación bélica desde hace más de un siglo, podía romperse fácilmente. El ejército de Uganda se defiende. Su portavoz, el mayor Shaban Bantariza, dijo en una entrevista publicada por el diario ugandés Sunday Monitor: “cuando intervenimos se nos acusa de interferir en los asuntos internos congoleños, y cuando dejamos que ellos resuelvan los problemas por sí mismos, se nos acusa de que nos sentamos a mirar los muertos”.

Pero Uganda nunca fue imparcial en los asuntos internos del Congo. Fue Uganda, junto a Ruanda, quien apoyó a los rebeldes que en 1998 iniciaron la fase más reciente de la guerra del Congo, al intentar derrocar al entonces presidente Kabila (véase Brecha del 26 de enero de 2001). En el contexto de esta crisis, sin embargo, no se debe olvidar un documento elaborado por el gobierno británico, y difundido por East Africa en momentos de la reciente gira africana del Primer Ministro de Gran Bretaña, Tony Blair. Allí se califica como “débil e inefectivo” el papel que la comunidad internacional jugó en los conflictos africanos pos Guerra Fría. Si se suman todos los elementos, se comprende que el informe de HRW dado a conocer dos días antes de la matanza de Kaparuganza, podría no haber existido, y la muerte de esas doscientas personas seguiría siendo lo que finalmente fue: un episodio anunciado e invisible.

(Artículo de Roberto López Belloso. Publicado en Brecha el 22 de Febrero de 2002)

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