04 abril 2003

El alud del Janko Kala

La mitad de un cerro se desplomó sobre una población minera de Bolivia. La noticia, que por lo espectacular de la cifra de desaparecidos –casi uno de cada cuatro habitantes- ha sido al menos mencionada en el menú informativo internacional, esconde, sin embargo, detalles que la mayoría de las crónicas callan, pero que reflejan un ciclo trágico de pobreza y muerte demasiado habitual en América Latina. El caserío de Chima, que algunos denominan como campamento minero, por lo relativamente reciente de su fundación y su escaso número de pobladores, se vio sacudido en la mañana del lunes por un fuerte estruendo, al que le siguió un alud de tierra y piedras.

El Janko Kala, que había sido para Chima el dador de vida y muerte en cuentagotas, con su cuota cotidiana de mineral y derrumbe, se decidía a tomar todas las vidas de una vez, abatiéndose sobre las humildes viviendas construidas cerro abajo. Los lugareños le llamaban Kencha Calle, y allí estaban la mayoría de los bares de la aldea. Es fácil imaginar lo que significa ese plural en un lugar donde la minería reduce drásticamente la expectativa de vida. Una cantina oscura junto a otra, probablemente adornados con los mismos toallones que muestran cuatro panteras tirando de un carro guiado por una guerrera vikinga y que son tan del gusto de casi todos los bares en casi todos los campamentos mineros. Ya no existen ni la calle, ni las cantinas, ni los toallones con las quiméricas aurigas del norte. Sobre Kencha Calle y sobre Mina 7 se abatió lo más duro del alud.

Algunos hablan de quinientos muertos. Los más optimistas sitúan la cifra en los trescientos. Las fotografías muestran decenas mesas de madera rústica alineadas en lo que aparenta ser un centro comunal. Sobre cada mesa un cuerpo amortajado, un ramo y un papel con el nombre del muerto.De todas las crónicas de diarios bolivianos, la de Abdel Padilla, el enviado especial de La Prensa, es la que más busca hundirse en las raíces de la tragedia. Leyéndolo, queda la sensación de que todos sabían que eso iba a ocurrir. Horadado por túneles que han ido siendo cavados a lo largo de los años, muchas veces sin planificación, el Janko Kala siempre fue un cerro traicionero. Hace veinte años, la cooperación alemana elaboró un par de informes técnicos sobre esa peligrosidad. Más allá de las opiniones de los peritos, los mineros siguieron trabajando y los habitantes siguieron viviendo en el poblado. Los buscadores de oro sabían que si suspendían sus trabajos, se quedarían sin la única oportunidad de obtener algún que otro ingreso, por más que lo que sacaban apenas les alcanzara para sobrevivir. Sus familias y los comerciantes que se habían instalado en el campamento vuelto pueblo, habían comprado los lotes en Mina 7 y no iban a abandonarlos cuando los mismos que se los habían vendido les advirtieron, tiempo después, del riesgo que corrían. Todo era cuestión de tiempo.

Los testimonios recogidos por Padilla, indican que el colapso del cerro se produjo luego que la cooperativa minera hiciera estallar varias cargas de dinamita para abrir nuevas galerías. Antes de desplomarse tembló y rugió por algunos minutos. Eso congregó a decenas de curiosos. El Janko Kala esperó que cada cual hubiera ocupado su sitio, y se resquebrajó con violencia. El deslizamiento los sepultó a casi todos, a la vez que maquinaria, árboles y casas eran lanzados por los aires, en una combinación de alud y explosión que hizo desaparecer más de cinco mil metros cuadrados de campo y caserío. Uno de los sobrevivientes entrevistados por La Prensa resumió el resultado señalando el área del desastre: “quienes corrimos río arriba nos salvamos, quienes corrieron río abajo ahí están”. Así es el ciclo vital en los pequeños poblados mineros. Una combinación de imprevisión, azar y fatalismo, que nace de un túnel de pobreza más hondo y laberíntico que las propias galerías de una mina.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 4 de Abril de 2003).

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