28 junio 2002

¿Después de Arafat, quién?

En 1971, las Ediciones Universitarias de Valparaíso publicaban un libro que se convertiría en un clásico para la generación del 68: Para leer al Pato Donald, de Ariel Dorfman y Armand Mattelart.En la primera traducción al inglés, realizada en 1975 por David Kunzle, se le había agregado al título un complemento que aclaraba la intención de los autores: “ideología imperialista en las historietas de Disney”. Sesenta y nueve años después del nacimiento del pato en el corto animado “La pequeña gallina sabia”, los roles parecen haberse invertido. No son los comics quienes reflejan la ideología dominante a través de sus personajes (recuérdese que en 1942, cuando empiezan a publicarse las revistas dedicadas a las aventuras de Donald, la principal actividad de la productora Disney consistía en la elaboración de películas de propaganda bélica), sino que la ideología dominante parece tomar inspiración en el mundo del comic.

Por más que los años más gélidos de la Guerra Fría hayan llevado a identificar a los villanos con el bando soviético, los héroes de las historietas, tanto de las dibujadas como de las historias que pese a ser llevadas al cine o a la televisión conservan la lógica del comic (James Bond o el paródico Agente F-86), se enfrentan a oscuras organizaciones criminales que trascienden el clivaje de los Estados. El nuevo reparto de roles post once de setiembre parece haber reflotado esa concepción. Uno de los mejores ejemplos, sin duda, es Al-qaeda, red terrorista de múltiples tentáculos dirigida por un inasible Osama bin Laden, o la otra construcción simbólica que la administración Bush obsequió a las primeras planas, el “eje del mal”.

La nueva entrega de esta serie todavía tiene la tinta fresca. Este lunes 24, el Presidente de los Estados Unidos, George W Bush, dio un discurso en el que condicionó su apoyo a un Estado para los palestinos, a que éstos elijan nuevos líderes “que no estén comprometidos con el terrorismo”. Para que no quedasen dudas de que se trataba de una declaración meditada, Bush se hizo acompañar por el secretario de Estado, Colin Powell; el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld; y por la consejera en temas de Seguridad, Condoleezza Rice. No trascendió quien escribió el discurso, pero quien lo haya hecho debe de haber recordado el célebre comentario de Peggy Noonan, que era quien hacía ese trabajo para Bush padre y para Ronald Reagan: “no puede haber un buen discurso si no hay una buena política de la que hablar”.

Un vacío que puede haber llevado al anónimo “speechwriter” a poner en boca de Condoleezza Rice, hace un mes, palabras dignas de la Batichica: “la mayor batalla de nuestra era, es entre las fuerzas del orden y las fuerzas del caos”. Porque en lo que han coincidido los analistas más sutiles, incluso israelíes, es que detrás de las palabras fuertemente cargadas de apelación simbólica con las que suele despacharse el equipo Bush, no hay un plan coherente para Oriente Medio.

Este martes 25 el diario israelí Ha’aretz anunció que Yasser Arafat había sido convertido en “un muerto que camina”. En el mismo periódico, el analista Shmuel Rosner cuestionó la lógica del discurso del que resultó la zombificación del líder palestino. La existencia en Oriente Medio de líderes electos democráticamente y con garantías, no forma parte de la política estadounidense; de lo contrario, argumentaba Rosner, no se comprende cómo no se utiliza la palabra democracia al hacer referencia a Egipto, Jordania o Arabia Saudita. En una línea de argumentación similar, el editor de Radio Nederlands para temas de Oriente Medio, Bertus Hendriks, se preguntó cuál sería la posición de Estados Unidos si Arafat toma parte de elecciones democráticas genuinas, con todas las garantías de transparencia exigibles por la comunidad internacional, y resulta ganador de esos comicios. O más difícil todavía: “¿qué ocurriría si el más radical dirigente de Fatah, Marwan Barghouti, hoy en una prisión israelí, el más popular entre los líderes palestinos seculares después de Arafat, logra participar de las elecciones y gana?”. No parece una hipótesis descabellada. Para el ex senador y mediador de paz George Mitchell, es muy posible que si Arafat desaparece de escena, lo reemplace un político menos moderado.

Es cierto que en la arena política palestina existen dirigentes opuestos a los atentados contra civiles israelíes, como es el caso de los diputados Hanan Ashrawi y Sari Nussibeh quienes el 19 de junio, junto a otras cincuenta y tres personalidades palestinas, exigieron públicamente, en el diario árabe Al Quds, el cese de los atentados suicidas: "no creemos que este tipo de atentados conduzca a la libertad y la independencia, sino que incrementa el número de países que apoyan la ocupación israelí de los territorios palestinos". Sin embargo no parecen ser la opción mayoritaria, ya que a principios de junio, una encuesta del Centro de Comunicación y Medios de Jerusalén reveló que el 68.1 por ciento de los palestinos apoyan los atentados suicidas.

Tal vez por eso, un viejo zorro de la política regional, el presidente egipcio Hosni Mubarak, dejó una puerta abierta para que Bush haga un cambio de frente en caso de que las elecciones de enero de 2003 insinúen el surgimiento de un liderazgo más incómodo aún que el de Arafat. “No veo en esta declaración (de Bush) ninguna marginación de Arafat, sino una petición de reformas en la Autoridad Palestina y la formación de una nueva Administración”, dijo Mubarak.

(Artículo de Roberto López Belloso, publicado en Brecha el 28 de Junio de 2002)

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