06 junio 2003

Congo: El mineral que mata

¿Qué tienen en común su teléfono celular, el video-juego con el que tal vez se divierte su hijo, una central atómica, la fibra óptica, la casi desaparición de los gorilas de montaña y un niño mutilado a machetazos en una aldea del Congo?

La respuesta es un recurso escaso llamado coltán, definido como “un superconductor de energía capaz de soportar cambios de temperatura”. Utilizado en la industria de las comunicaciones y causante de la invasión de las zonas naturales vírgenes por parte de compañías mineras, surge de la combinación de dos minerales, la y el tántalo. Para desgracia de los congoleños, el 80 por ciento de sus yacimientos conocidos está en la República Democrática del Congo.

Leyendo los informes de expertos internacionales acerca de la “fiebre del coltán”, queda la sensación de que nadie es inocente en esta dantesca pesadilla que ha sido reconocida por Naciones Unidas como una de las causas de la guerra del Congo. Es fácil comprender entonces que el conflicto que asola ese país (que se llegó a definir como la Primera Guerra Mundial Africana por su alto grado de internacionalización), y que desde hace algunas semanas ha ingresado en el menú informativo de los medios uruguayos por la difícil situación en la que se encuentran algunos centenares de cascos azules compatriotas, dista mucho de ser un exótico diferendo tribal. Un libro que acaba de publicar el Instituto de Estudios sobre Seguridad, con sede en Sudáfrica, indica que el coltán es el principal recurso mineral estratégico con que cuenta el Congo, y afirma que los conflictos que allí se viven pueden ser calificados como “externamente instigados”, lo que pauta una continuidad histórica cuyos orígenes se remontan a los tiempos de la dominación belga.

En abril de este año, el juez belga Michel Claise bloqueó una cuenta de diez millones de dólares pertenenciente a Aziza Kulsum, magnate del tráfico de coltán, por sus presuntas relaciones con redes mafiosas transacionales. Estas acciones judiciales se suman al desenmascaramiento de los lazos entre el sector empresarial y los grupos guerrileros que actúan en la zona de los Grandes Lagos, que se logró gracias a la actuación de un panel de expertos de Naciones Unidas que en octubre pasado elevó sus conclusiones al Secretario General de esa organización. Se descubrió además que las mismas líneas aéreas pertenecientes a las mafias africanas que se utilizaban para sacar del Congo los cargamentos de coltán, servían también para llevar aprovisionamiento a las zonas mineras, y para transportar tropas a los aeropuertos cercanos al campo de batalla. Al momento de ser elaborado el reporte de Naciones Unidas, se sabía que el 70 por ciento del coltán era comercializado por esta combinación a gran escala de contrabando, corrupción y trabajo esclavo. El informe incluye estudios de caso que involucran compañías concretas basadas en Estados Unidos y Europa. Si bien éstas niegan su participación en el negocio ilegal, se ha detectado la falsificación de documentos para “blanquear” el origen del coltán.

Nada de esto es nuevo. En enero del año pasado, un grupo de organizaciones no gubernamentales europeas pidió a empresas de comunicaciones de primera línea que se asegurasen que el coltán que utilizan en su cadena de producción no procede de las mafias africanas. A fines de 2002, se anunciaba que un informe del IPIS (Servicio de Información para la Paz Internacional), había detectado que un kilo de coltán que en el terreno se pagaba 5 dólares, podía alcanzar los 400 dólares en el mercado londinense. Un artículo publicado por Ramón Lobo en El País de Madrid hace ocho meses, describía el efecto de ese tráfico ilegal en el lugar donde se extrae el mineral: “Más de 10.000 mineros se afanan a diario en recolectar el nuevo maná en los yacimientos de la región del Kivu (...) Las escuelas de Goma, la desvencijada capital de Kivu-Norte -un puñado de casuchas de adobe techadas de hojalata y esparcidas cerca del lago-, están vacías: los niños trabajan en régimen de semiesclavitud en minas de aluvión (a ras de tierra), igual que los prisioneros hutus y los buscadores de fortuna”.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 6 de Junio de 2003; fotos tomadas del web de la Misión Permanente de Naciones Unidas en el Congo).

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