20 junio 2003

Afganistán: la realidad fuera de libreto

Como si no estuviera destinada a los informativos sino a esos programas sobre deportes en los que los panelistas siguen polemizando durante el corte publicitario, e incluso después de la finalización, la realidad se niega a encorsetarse en las pautas del formato televisivo.

Todo tiene su máxima duración permitida, como ya había advertido Jean-Luc Godard. Una canción tres minutos, una película una hora y cincuenta, una novela trescientas cuarenta y dos páginas incluyendo el índice. Si se analizara en profundidad el timing de la agenda informativa podría hacerse una verdadera escala de la expectativa de vida de una noticia, y trazarse una gráfica que describa su paulatino ostracismo desde las primeras planas hasta las tipografías menos estridentes llegándose, finalmente, a su extinción. Siempre hay, por supuesto, ocasionales resurgimientos dictados por la curiosidad o la evocación. Pero al margen del ordenado ciclo vital de ese producto que consumimos bajo el nombre de actualidad, el objeto referido, lo real –si es que existe algo que pueda llamarse de ese modo- sigue su curso cuando se apagan las luces del estudio. Como tercos polemistas de mesa deportiva, los distintos conflictos se resisten al aburrimiento de los guionistas y se salen del libreto.

Eso ocurre ahora mismo en Irak, donde quienes combaten la presencia estadounidense no se han enterado que el presidente Bush dio por finalizada la nueva temporada de la Guerra del Golfo, esa serial recurrente de la televisión norteamericana. Y eso ocurre también en Afganistán. De acuerdo con el discurso occidental, Afganistán fue liberado del yugo de los talibán como represalia a los atentados del 11 de setiembre de 2001. Sin embargo, tal cual acaba de denunciar un grupo de organizaciones de ayuda humanitaria en una carta dirigida a Naciones Unidas, la situación en ese castigado país de Asia Central dista mucho de ser idílica. Tanto es así que se advierte en la población cierta nostalgia por “los buenos tiempos del régimen talib”. Nostalgia que no está dictada por lo religioso sino por el deseo de escapar a la inseguridad en que se vive actualmente.

Hoy las fuerzas internacionales sólo patrullan Kabul y sus alrededores, por lo que existen vastas zonas del país que son tierra de nadie, de acuerdo con la mencionada carta. Allí campean los llamados señores de la guerra, varios de los cuales sirvieron en su momento como pieza militar en la estrategia occidental para vencer a los talibán, pero ahora dedican las armas facilitadas por Washington para ejercen su dominio particular sobre etnias rivales. Las agencias de ayuda saben de lo que hablan, como lo demuestra el reciente asesinato de Ricardo Munguía, de la Cruz Roja.Lo que allí está sucediendo, según Christopher Langton, del International Institute for Strategic Studies, dista mucho de ser sencillo. Por una parte están los talibán. Sí, los aparentemente extinguidos talibán, que desde sus bases pakistaníes están volviendo a ejercer cierta influencia en algunas regiones del país, lo que tiene sumamente atareados a los 12.000 soldados estadounidenses encargados de asegurar que ese fantasma permanezca lejos del reino de los vivos. Y por otra parte están los señores de la guerra más cercanos a Estados Unidos, algunos de los cuales parecen querer cobrar en forma de privilegios sus honorarios por el apoyo en la última guerra.

Uno de los casos más extremos de apropiación de las prerrogativas estatales es el de Ismail Khan (foto), quien ha establecido su propio centro de recaudación de impuestos de paso en la frontera con Irán, y quien a contrapelo de la anunciada liberación del país respecto al estricto islamismo talib, ha comenzado a reintroducir en su área de influencia varias restricciones a los derechos de las mujeres. Es como si, a lo Pirandello, los personajes de una historia cobraran vida fuera de los márgenes de la historia que debían contar. El discurso televisivo sobre la realidad logra, entonces, el milagro de que el tiempo natural de lo real parezca más artificial que el tiempo de lo construido. De ese modo lo real parece fuera de lugar, casi grotesco.

(Artículo de Roberto López Belloso publicado en Brecha el 20 de Junio de 2003).

Etiquetas: , , ,